Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA COMPASIÓN Y SOLEDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

LA COMPASIÓN Y SOLEDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

Para que pudiésemos ser sus hijos de adopción, Dios Padre llegó al extremo de entregar a su Hijo a la muerte de cruz.

Ahora bien, como quiera que Dios Padre asociara a María Santísima a esta doble fecundidad de naturaleza y caridad, es necesario que le cueste a Ella la muerte de su Primogénito; es necesario que se una al Padre Eterno y que, de común acuerdo, entreguen al suplicio al Hijo de ambos.

Luego, María Santísima toma una parte real en nuestro doloroso alumbramiento a la vida espiritual.

¿Qué vemos en el Calvario? Vemos a Jesucristo sufriendo y a su Madre virginal transida de dolor.

En este estado de sufrimiento, Jesucristo engendró al nuevo pueblo; y, en medio de sus dolores, cuando nacemos de sus llagas y nos da la vida con su muerte, quiere que su Madre también nos dé a luz. Como veremos, este alumbramiento espiritual queda simbolizado por la entrega de San Juan por Hijo: Mujer, le dice, he aquí a tu Hijo.

La Virgen María sintió la fuerza de estas palabras; Ella era cooperadora del gran misterio de la Redención, y nos engendraba al pie de la Cruz, sabiendo que consumaba esa misteriosa unidad, para que su divino Hijo y todos sus discípulos no fuesen sino un solo hijo de Ella…

Durante los largos años de Nazaret, Jesús se ocupó en educar el Corazón de su Madre, en prepararla para su futuro papel de Madre de los hombres.

Esta prolongada lección relacionaba Nazaret con el Calvario; en ella se presentía la futura culminación de la Maternidad divina de María, al pie de la Cruz. En efecto, la maternidad se consumó por el sacrificio y por el dolor en el Calvario. Y allí, nuestra adopción apareció confirmada y sellada por la palabra creadora del Verbo, convirtiéndose en sagrada e irrevocable.

Entonces la humanidad toda comenzó a sentir por María Virgen entrañas filiales, ya sea de hijos fieles y devotos…, ya sea, lamentablemente, de hijos ingratos y desnaturalizados…

Si no es por la eficacia perpetua del Testamento de Jesús, ¿cómo explicar de otra manera esta inclinación singular de los corazones humanos hacia esa criatura bendita, a la cual llaman con los nombres más dulces, pero reposando siempre en el nombre de Madre?

+++

Ahora bien, esta expresión, alumbramiento espiritual de María, encierra realidades inefables. La más significativa es la autenticidad de los dolores y de las lágrimas de María Santísima.

La Virgen María fue de verdad Reina de los Mártires. Su martirio, martirio de alma y de corazón, fue de un rigor tal que sufrió más de lo que es capaz de sufrir la naturaleza humana, entregada a sus propias fuerzas, y que fue menester, según afirma San Ambrosio, un verdadero milagro para sostenerla e impedir que muriese.

Su dolor tuvo algo del que sintió Jesucristo en Getsemaní; del que le hizo decir: Mi alma está triste hasta la muerte.

Los dolores de María Inmaculada han tenido por única fuente el amor sin límites a su Hijo, que es Dios. Su amor fue un suplicio.

Los demás mártires padecen por Cristo, y cuanto mayor es su amor, menos sienten los suplicios. María Dolorosa sufría con Jesús. Más aún, sufría las mismas torturas y los mismos dolores que su Hijo. Sufría, sobre todo, porque veía como la amaba su Hijo y se dolía de su pena.

Se herían mutuamente; Madre e Hijo son como dos espejos opuestos que, con una suerte de emulación, se envían lo que reciben y multiplican los objetos hasta el infinito. Así es como su dolor aumenta sin medida; de manera que La Virgen Dolorosa ha podido ser llamada la segunda forma del crucifijo.

Estrecha relación existe, pues, entre los sufrimientos de María y nuestra regeneración espiritual. Hemos sido regenerados por la Pasión y Muerte de Jesucristo. Ahora bien, la Pasión y la Muerte de Jesucristo son precisamente la espada que atraviesa el Corazón Inmaculado y Doloroso de María.

Ella recibió el Sagrado Depósito del Cuerpo lacerado de Jesús. En aquel momento, sobre las rodillas de María Corredentora, descansaron la gracia, los sacramentos, la Iglesia, el sacerdocio, la gloria, el cielo, todo lo que nos salva, nos purifica, nos deifica, nos hace felices; pues el Cuerpo destrozado de la Sagrada Víctima era todo esto.

Admiremos y agradezcamos el heroísmo sin igual y la calma soberana con que asintió a la inmolación de su Hijo por nosotros.

Él muere porque quiso morir; ninguna pasividad debilitó su acto redentor. También María Santísima, cuando Jesús entrega su Alma, se halla a una distancia inconmensurable de una simple resignada, que se abandona, y que, sin hacer más, deja hacer a los hombres; María es incomparablemente activa.

Este dolor mudo y estas lágrimas tan heroicamente vertidas son prueba del intenso amor maternal, que María nos profesa.

Los dolores del Corazón Inmaculado de María, en el instante de su alumbramiento espiritual, son el verdadero fundamento de nuestro amor filial para con Ella; por lo tanto, no hay ninguna devoción a María, a la cual estemos más obligados, que la devoción a sus dolores.

Notemos, en primer lugar, que la piedad filial va más lejos que la devoción.

La piedad filial añade a la veneración, a la estima, a la admiración, a la imitación de las virtudes de la Virgen Madre, aquel algo indefinible que, desde su nacimiento, une a los hijos con su madre, y que se va desarrollando con la edad en el joven y en el hombre perfecto.

Consiste esto, en el alma del hijo, en el recuerdo de los beneficios recibidos y, sobre todo, de los dolores sobrellevados por la madre; en el deseo continuamente renovado de recompensárselos; en una delicadeza llevada hasta la susceptibilidad, cuando se trata de su honor o de sus intereses; en la generosidad absoluta en su servicio ; a veces en la abnegación llevada hasta el sacrificio de aceptar a que nadie más tenga parte en su corazón, para consagrarlo por entero a la madre, no apartándose nunca de ella.

Lo mismo ocurre con la piedad filial a María. Y entre los sentimientos que animan el corazón de los que quieren mostrarse verdaderos hijos de Ella, no hay ninguno que aventaje al recuerdo de los dolores y gemidos de su Madre.

Los hombres maldicen a los hijos de corazón seco y duro que descuidan a sus padres. ¿Qué calificativo merecen los cristianos olvidadizos, que ni piensan que su nacimiento espiritual ha costado a Jesús toda su Sangre, y a María todas sus lágrimas?

+++

En la Calle de la Amargura

Descendamos a los detalles…

Jesús cargado con la Cruz

Jesús se reviste nuevamente con su túnica, deja la púrpura y la caña, pero no la corona. Es Rey; y como Rey va a morir; por eso su corona no cae de su cabeza. Ya cargó la Cruz, abrazándose a ella…, y el cortejo se puso en marcha. Camina Jesús rodeado de soldados y verdugos que le insultan… y maltratan sin cesar…, de una muchedumbre inmensa que le maldice… y se goza en verle sufrir… y de dos ladrones.

El reguero de sangre que deja en el camino, dice cómo lleva su cuerpo…, todo hecho una llaga por los azotes… La Cruz es muy pesada…; no sólo por el peso material de ella…, sino por todo lo que con ella ha cargado sobre sí…, ¡es el peso de todos los pecados de los hombres!…

No obstante, nadie le alivia… Mira a todas partes y no encuentra una sola persona que le alivie su Cruz…

Contemplemos a la Santísima Virgen; Ella sola…, Ella, ¡la única!, que no arrojó el peso de sus pecados sobre la Cruz de su Hijo. Ella, ¡la única! que puede y sabe consolarle…, aliviarle y ayudarle.

Estemos junto a Ella…, imitémosla, pidámosle que nos enseñe a consolar y a aliviar a Jesús.

El acompañamiento que lleva Cristo

Unos le cargan la cruz: los judíos, los fariseos, los soldados y verdugos. También ellos llevan su cruz…, la cruz de sus pecados. No hay remedio… O se lleva la Cruz de Cristo o la cruz de Satanás, que es más afrentosa y más pesada.

Otros llevan la cruz con Cristo, y son los ladrones; pero no la llevan por Cristo, ni por amor a Cristo, sino a la fuerza, con rabia y con desesperación…

En tercer lugar, está el Cirineo, quien lleva la cruz de Cristo y carga con ella… ¡Qué dicha la de este hombre!… No la conoció al principio…, por eso tampoco acepta su carga voluntariamente…, mas poco a poco fue conformándose, y terminó por llevarla con gusto y alegría, y esto le santificó. Así la cruz, aunque sea involuntaria e impuesta a la fuerza, puede servir para santificarnos.

Otro grupo es el de las piadosas mujeres. Éstas acompañan a Cristo, se compadecen de Él… y quisieran aliviarle y quitarle aquella carga, si pudieran…; pero su compasión es incompleta por ser puramente humana… Ven en Cristo al hombre desgraciado…, no ven en Él al Hombre-Dios que sufre…; por eso no comprenden ni penetran en la causa por la que padece. Jesús se las dice: son vuestros pecados, llorad por ellos…, así me consolaréis…, sólo así.

Por último, su Madre y el grupo que la acompaña… Ésta sí que sabe llevar la Cruz con Cristo y como Cristo… ¡Qué parte toma María en su pena y dolor!… ¡Qué sufrimiento tan sin par el de estos dos Corazones!… Igual en todo…, en la intensidad, que no puede ser mayor…; en el motivo, que son nuestros pecados, que a ambos tanto afligen y tanto cuestan…; en el modo, que es por puro amor…, divino e infinito amor del Hijo, que se refleja todo lo que puede en la Madre.

Tenemos que llevar la cruz…, tenemos que acompañar a Cristo en el camino del Calvario…, no podemos eludir esta obligación…, sólo tenemos libertad para elegir la forma y el modo de llevar la cruz…

¿En qué grupo queremos figurar? Pidamos a la Virgen Dolorosa nos admita en el suyo, en compañía de aquellas Santas mujeres. Pongámonos junto a Ella…, muy cerca de Ella… Y ahora, a sufrir…, a llevar la cruz que Dios nos dé. Nunca la llevemos a solas…, no acertaríamos a llevarla y sería sumamente penosa… Al lado de la Madre Dolorosa todas las cruces son pequeñas…, todos los dolores se endulzan.

El encuentro

Contemplemos en silencio este devotísimo paso. Consideremos el sentimiento de aquella Madre que anhela acercarse a su Hijo…; quiere verlo más de cerca…; cambiar con Él una mirada…, una palabra…, una muestra de afecto y de cariño maternal.

Y, efectivamente, en medio de la calle de la Amargura, le sale al encuentro…, le tiende sus brazos…, le quisiera arrancar, si fuera posible, y llevarle consigo…

Jesús levanta sus ojos y ve a su Madre…; se encuentran las dos miradas… ¡Cuántas cosas se dicen con ellas!… ¡Qué bien se entienden! Los Corazones se compenetraron, y cada uno aumentó más su dolor con la vista del otro. Bien lo sabía Nuestra Señora; y, no obstante, no rehúye el encuentro.

¡Cuán grande habrá sido su dolor al contemplar aquel rostro divino tan asquerosamente tratado y tan horriblemente desfigurado! Sólo Ella, con su mirada de Madre, lo pudo reconocer…

Aprendamos la generosidad ante el hecho de ver a María Dolorosa salir al encuentro de Jesús, que tanto dolor le había de causar. No dudemos…, no vacilemos…, salgamos generosamente al encuentro del dolor…, del sufrimiento…, que allí nos espera Jesús…, allí encontraremos indefectiblemente a Jesús…, y con Él a la Madre Atormentada…

Preparativos de la Crucifixión

Contemplemos la llegada al Calvario. Agotado…, pálido…, ensangrentado…, Jesús ha llegado desfalleciente después de su dolorosísimo Via Crucis, en el que, agobiado por la fatiga y el dolor, varias veces cayó en tierra.

También han llegado los verdugos que, sin perder tiempo, comienzan a preparar lo necesario para la crucifixión de Cristo y los ladrones.

Contemplemos, sobre todo, a su Madre querida. Ella también ha subido a la cumbre… Sabe lo que le espera y, valiente y decidida, se abraza con todo.

La escena de ajusticiar a un hombre, por muy criminal que sea, siempre es algo horriblemente impresionante… ¡Qué sería en el Corazón de la Virgen, que era a la vez su Madre! No nos apartemos de Ella… Estemos muy cerca, para escuchar todos los latidos de su Corazón dolorido.

Los verdugos despojan brutalmente a Jesús de todos sus vestidos…, renuevan sus heridas, que una vez más, manan sangre en abundancia; y queda así, desnudo, a la vista de todo el mundo…

¡Qué vergüenza para Jesús!… Oigamos las risotadas y las groserías con que se burlarían al verle así los soldados, los verdugos, los sacerdotes y fariseos, e incluso su mismo pueblo.

¿Cómo escucharía todo esto la Santísima Virgen? ¿Qué pasaría por su purísimo Corazón al ver de este modo a su Jesús?

En seguida es tendido con violencia sobre el madero…, y tirándole con fuerza una mano, descargan sobre ella el primer martillazo… Miremos el estremecimiento del cuerpo de Cristo al sentir un dolor tan atroz…; miremos sus labios, que se aprietan, conteniendo el quejido que de ellos se escapa…; sus ojos, que no pueden contener las lágrimas, se elevan al Cielo… Su pensamiento se dirige a nosotros y nos dice: Por ti, pecador

En seguida, otro y otro martillazo… y así hasta que clavan las dos manos y los dos pies a la Cruz… ¿No vemos el Corazón de la Virgen Dolorosa completamente traspasado?… Todos los golpes han descargado a la vez sobre Ella…; no ha oído los martillazos, los ha sentido igual que su Hijo… También Ella se estremecía…, también miraba al Cielo…, también pensaba en nosotros…

Y nosotros, ¿en qué y en quién pensamos?… ¿Qué sentimos?… ¿Qué decimos?..: ¿Qué hacemos al ver así a Jesús y a María?

En la Cruz

Ya clavado, es arrastrado en la Cruz hasta el hoyo donde se ha de fijar. Levantan la Cruz y la dejan caer, chocando violentamente. El dolor de Jesús es indecible… Ahora es todo el peso de su cuerpo el que pende de los clavos… Jesús se estremece convulsivamente, y la sangre corre por toda la Cruz…

Ni un solo movimiento pasa desapercibido a su Madre…, ni un solo dolor se le oculta… Todo lo ve…, todo lo comprende…, todo, como su Hijo, lo sufre en silencio.

Una vez más…, con María y junto a María Dolorosa, contemplemos este cuadro… ¡He ahí a nuestro Rey!, como un criminal entre dos de ellos…, abandonado de su mismo pueblo, que se goza en verle sufrir…

Pidamos a la Virgen que nos enseñe a mirar a Cristo Crucificado…

Los insultos

Y, sin embargo, parece que no hubo nadie de los que rodeaban a Jesús, que no presenciasen este espectáculo sin una alegría y un gozo satánico, que se exteriorizó en los más horrendos e inconcebibles insultos… ¿Qué más querían sus enemigos? Habían triunfado por completo… Tenían a Jesús en la Cruz a punto de expirar… Y, a pesar de todo, quieren aprovechar aquellos momentos de agonía para hacerle sufrir aún más…, hasta lo último…, insultándole sin cesar…

¡Qué tiranía la de las pasiones cuando esclavizan al corazón del hombre!… Nunca se satisfacen…, siempre exigen más, aunque sean brutales, inhumanas, completamente irracionales…

Así fue aquella muchedumbre…, aquellos judíos…, aquellos sacerdotes apasionados contra Cristo. No le perdonan ni siquiera en su agonía, y se ceban en Él con los más groseros insultos…, se burlan de Él como Profeta, como Hijo de Dios, como Mesías y Rey…, y añadían: Si bajas de la Cruz, creeremos en ti

¡Cuán dolorosas fueron para Jesús aquellas burlas…, en aquellos solemnísimos momentos…, viendo, además, la ingratitud y desprecio de Dios que suponían!

Y Jesús, callaba… y sufría, saboreando en su Corazón la amargura infinita de su tristeza y de los dolores.

Y para la Dolorosa Madre, ¿qué serían aquellos insultos?… No es posible expresarlo ni comprenderlo… ¡Qué valor el suyo! Junto a la Cruz…, muy cerca de su Hijo, todo lo más que se puede…, permanece de pie… Stabat Mater…

Recta e inmóvil, con las manos apretadas sobre el pecho, como conteniendo el Corazón que quería saltar de dolor, con los ojos fijos en Jesús… no acierta a mirar a otra parte…, es mucho lo que tiene que leer en aquel libro de su Cuerpo, escrito con su propia sangre…

Contempla a la muerte que poco a poco se va acercando ya a su Hijo divino…, y María, más fuerte que la muerte, no huye, sino que permanece sin moverse… Stabat Mater…

Oye las blasfemias…, los insultos de aquellos tigres que no respetan el dolor de una Madre que ve morir a su Hijo…; y quisiera gritarles y decirles: Ya basta, ¡fieras!, dejadle ya, es mi Hijo…, tened piedad de mi dolor….

Pero calla, como Jesús…; ahoga en su Corazón la angustia… y aunque toda la naturaleza se conmueva… y las piedras choquen y se rompan, y la tierra tiemble… Ella estará allí: Stabat Mater…

Meditemos mucho todo esto, y prometamos a nuestra Madre ser fieles a nuestros deberes de católicos de los últimos tiempos…, no apartarnos de ellos jamás, aunque sean nuestra cruz…, aunque supongan para nosotros el mayor sacrificio…, que también de cada uno de nosotros se pueda decir: Stabat…

He ahí a tu hijo…

Fue entonces cuando Jesús, mirando a su Madre, dijo estas palabras, señalando a San Juan y en él a todos nosotros.

Penetremos en el Corazón de la Virgen Inmaculada y contemplemos el estremecimiento de dolor que sintió al escucharlas… ¡Pobre Madre! ¡Cuánto sufre!… Aquellas palabras son ya una despedida. Jesús se va, y por eso esas palabras son un adiós a su Madre… Jesús, que era su vida y su todo va a desaparecer…; lo va a perder, no como cuando era niño para volverlo a encontrar… Ya será una madre sin hijo…; ya todo se desvanece en su Corazón…

Pero Jesús la da un hijo nuevo… Mas esto, lejos de consolarla, la atormenta más… Una madre no quiere por hijo más que al suyo verdadero…, no lo cambia ni por nada ni por nadie… Pero mucho menos cuando hay tanta diferencia de un hijo a otro…

Juan era el discípulo fiel y amante, pero era el discípulo, y su Hijo era el Maestro… Juan era hijo del Zebedeo, y su Hijo es el Hijo de Dios…

Finalmente, Ella ve que con Juan, y con el mismo derecho que él, se la dan por hijos a todos los discípulos…, los cobardes, los egoístas, que en el momento supremo huyen y dejan solo al Maestro…; y además, a todos nosotros… ¡Vaya una herencia que le deja Jesús!… ¡Qué carga tan pesada!… ¡Qué maternidad más humillante!

Comparemos…, y comprendamos el dolor de María Santísima en este cambio. Sin embargo, no lo rechaza. Para ser Madre de Dios se le pidió su consentimiento… Jesús, no le pregunta si quiere o no ser Madre nuestra… Conoce su Corazón y la basta… No duda en cargar sobre Él, este peso de ser Madre de todos los pecadores…

Consideremos la humildad de María, repitiendo, con inmenso dolor al pie de la Cruz, las palabras que un día dijera con inefable alegría: He aquí la esclava del Señor… Hágase en mí según tu palabra… Y así acepta todo lo que el Señor le envía.

He ahí a tu Madre…

Todo lo que tienen de penosas y dolorosas las primeras palabras para María, tienen de dulces y consoladoras para nosotros las segundas. Ya tenemos Madre… y ¡qué Madre!… Y Madre para siempre, sin que nadie nos la pueda quitar.

Jesús se abrazó en la Cruz con todas las penas, hasta la separación de su Madre, pero nos la dio a nosotros para que nunca nos falte. Y esta Madre bendita, nunca falta… ¡Cuánta verdad es esto!…

¿Cómo podremos agradecer a Jesús lo que nos dio al pie de la Cruz? ¡Qué generosidad la suya!… ¿Qué sentiría San Juan al escuchar esto? ¡Qué bien le pagó Jesús su fidelidad en amarle hasta la Cruz! Subió al Calvario como discípulo… y bajó como hijo del María… y hermano de Jesús… ¡Con qué gozo entraría en posesión de esta herencia tan rica…!

Y eso nos lo podemos aplicar a nosotros, pues la Madre de Dios es nuestra Madre…

También debemos ser de verdad hijos de María…, pero para eso hemos de amarla como Jesús la amaba…

Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Escuchemos bien estas palabras…, procuremos que resuenen en lo más hondo de nuestro corazón y pidamos a la Santísima Virgen que nos haga comprender el misterioso significado de este abandono de Jesús.

¡Jesús abandonado!… ¡Jesús solo!… ¡Qué desolación la suya al verse solo en el Calvario!

Y la soledad de Jesús continúa en el Sagrario… y en tantas almas donde no se le hace caso…

¡Qué impresión recibiría la Santísima Virgen al escuchar esta amorosísima queja de su Hijo!

Nosotros no podemos quejarnos, por muy grandes que sean nuestros sufrimientos, pues nunca nuestra alma está sola. Jesús quiso ser desamparado, para que nosotros no lo fuéramos. Por su abandono, Dios y su Madre Santísima no nos abandonarán jamás…

Prometemos nunca dejar a Jesús y María, y tener gran devoción en acompañarles en sus soledades.

Últimas palabras

Se acerca el momento supremo. La Santísima Virgen, que no cesa de mirar a su Hijo, ha visto ya en su rostro las señales de la próxima muerte…; se estremece al ver que el desenlace ya es inminente… Entonces ve a Jesús levantar penosamente sus ojos, por última vez, y exclamar: Todo está consumado… Y en seguida, en un supremo esfuerzo, proferir: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

¡Qué palabras!… Si todas las otras se grabaron en el Corazón de su Madre, ¡cómo penetrarían éstas por ser tan magníficas, y por ser las últimas que pronunció!

El Maestro terminó sus enseñanzas con una lección sublime… y cerró el libro de su vida.

¡Qué dicha poder entregar el alma a Dios, diciendo…: Todo está consumado..., todo lo que me encargaste en este mundo, todo lo que pretendías de mí, todo lo que tenías derecho a esperar de mi alma; todo, en fin, mis obligaciones todas las he cumplido, y he consumado mi vida hasta el fin en tu servicio…, para tu gloria…

La muerte de Jesús

Y así, con la majestad y dignidad propias de un Dios, Jesús inclina la cabeza… y entrega su espíritu…

En el mismo momento, la tierra se estremece, se rasga el velo del Templo, las piedras se quiebran y se abren los sepulcros y resucitan muchos para dar testimonio de la divinidad del Cordero inmolado…

Y en medio de aquella trágica y espantosa conmoción de la creación entera, la Santísima Virgen, serena, firme, valerosa, no se asusta, no huye; se abraza a la Cruz y deposita a los pies de Jesús muerto el beso más puro, más dulce, más tierno, que jamás una madre haya depositado en el cuerpo inanimado de su hijo.

Abrumada de dolor, había seguido todos los pasos de su Via Crucis… y ahora, al verle morir, lejos de acobardarse y caer abrumada con el peso de su dolor, se eleva sostenida por la gracia hasta dar consentimiento al sacrificio espantoso…; y, abrazando y besando la Cruz que tanto le hacía sufrir, ofrece al Padre Eterno la inmolación de aquella víctima divina, por la salvación de todos los pecadores… nosotros…

Entremos bien en el Corazón dolorido de aquella Madre…, la más afligida de todas las madres, y veremos en Él el altar viviente donde, a fuerza de dolores y de sacrificios espantosos, se inmoló el Cordero divino…

Y, no obstante, aquel Corazón destrozado está en paz, cumpliendo en todo momento la voluntad de Dios, que así le exigió este sacrificio. No lo olvidemos; pues nadie se verá libre de la Cruz… No nos empeñemos en volverle la espalda, que se nos hará aún más pesada…

Abracémosla…, y cuanto más dolorosa y pesada sea, besémosla con más cariño… Ella, y sólo ella nos santificará.

El Corazón de Jesús atravesado por la lanza

Jesús ya había muerto, pero allí estaba su Madre, que podía continuar sufriendo por Él. Y así fue. Uno de los soldados hundió su lanza en el costado de Cristo para más cerciorarse de su muerte… y el golpe fue tan fuerte que atravesó su Corazón.

Aquel golpe ya no atormentó al Hijo, pero ¡cuánto debió hacer sufrir a la Madre al sentir su Corazón que la lanza le atravesaba juntamente con el de Jesús! ¡Con qué amor recogería Ella aquella Sangre!… la última que ya le quedaba, la última que se derramaba por la salvación del mundo.

Podemos suponer que la Santísima Virgen, llena de dolor, al contemplar aquella atroz herida, pero más llena de admiración, se quedó extática al ver, la primera, antes que nadie, aquel Corazón Sagrado…

Nunca lo había visto, y en ese momento contempla su hermosura encantadora. Seguramente que no pudo contenerse y cayó de rodillas para adorarle… y repararle por todos los que allí mismo y por todos los siglos le habían de ultrajar.

Éste fue el primer acto público de la devoción y culto al Corazón de Jesús…, y María la primera adoradora y reparadora del Divino Corazón.

Aprendamos de Ella esa devoción salvadora y santificadora. María Santísima, Nuestra Señora del Sagrado Corazón, es la depositaria de los tesoros de este Corazón divino… Ella tiene la llave…

Soledad de María

Aquí comienza la Soledad de María… Imaginemos aquel cuadro. El cuerpo de Cristo pendiente de la Cruz…, lleno de largos manchones de sangre cuajada…, cubierto de heridas…, materialmente deshecho…, sin belleza ni hermosura…, ni casi figura humana…; labios exangües…, ojos sin vida…

Y es el Hijo de Dios, ¡qué misterio!

A los pies de la Cruz, un grupo de almas buenas llora sin cesar. Grande, muy grande es su dolor… Pero, ¿cómo compararlo con el de aquella Madre Dolorosa que llora la pérdida de su Hijo?…

¡Pobre Madre!… ¿Qué va a hacer ahora sin su hijo? Quizás, en medio del dolor, comenzó a preocuparle la sepultura de su Hijo…, pero, ¿cómo y dónde?…, si Ella no tenía sepultura, ni medios para comprarla… Si sus amigos se habían ocultado unos… y otros se habían hecho enemigos… ¿A dónde acudir?… ¿Quién bajará a su Jesús de la Cruz?…

¡Qué consuelo, en medio de su pena, cuando ve a aquellos santos varones, José y Nicodemo, que van a cumplir este piadoso oficio!… Y, efectivamente, con gran cuidado le bajan de la Cruz y depositan el santo Cuerpo, en brazos de la Madre Dolorosa.

Postrémonos en espíritu junto a esa Madre, y meditemos con Ella…, porque ¿qué meditación haría la Virgen entonces? ¡Cómo iría recordando, ante la vista de aquel Cuerpo, todos y cada uno de los tormentos de la Pasión!

Entonces recordó todo lo pasado…, las escenas de Belén…, los idilios de Nazaret…, los días felices en que Ella cuidaba de su Hijo, como ninguna madre lo ha podido hacer. Ahora entendió de una vez, lo que significaba la espada de Simeón, que toda la vida llevó atravesada en su Corazón. Ahora comprendió lo que era ser Madre nuestra… ¡Madre de los pecadores!, que así habían puesto a su Hijo… Y…, ¿a ésos, precisamente, iba Ella amar?… ¿A ésos querer como a hijos, cuando así habían hecho sufrir a su Jesús?…

¡Qué dolorosa maternidad!… Y, sin embargo, besando, una a una aquellas heridas, iría repitiendo: Soy la esclava del Señor…, hágase en mí tu divina voluntad

El santo entierro

Los santos varones Nicodemo y José de Arimatea, juntamente con las piadosas mujeres y la Santísima Virgen, comenzaron a ungir y vendar aquel cuerpo sacrosanto.

Tal vez la Santísima Virgen se reservó limpiar y ungir la sagrada cabeza…, y Ella misma cubriría aquel rostro divino con el más fino lienzo… ¡Qué dolor el suyo al echar su última mirada sobre aquel rostro que Ella conocía de memoria!…

Y así dispuesto, el cuerpo es conducido a la sepultura. Tristísima procesión que, ya casi de noche, acompaña por última vez el Cuerpo de Cristo… ¡Cómo iría la Santísima Virgen! ¡Qué penoso es el momento!… ¡Qué caminó tan largo y, al mismo tiempo, tan corto, el que hay que recorrer en el entierro! Por una parte, se desea llegar cuanto antes y acabar de una vez con aquel tristísimo momento…, por otra, se teme llegue el instante de la separación completa…, del último adiós. ¿Cuál sería el sufrimiento del Corazón de aquella Madre en estos momentos?

Y cuando la piedra fue cerrando la entrada y ocultando el santo Cuerpo, ¿quién podrá explicar lo que pasaría entonces por el alma de la Virgen?… Se quedó sin el Hijo… Está sola…

La vuelta al Calvario

El Salvador quedó allí en el sepulcro, descansando…; pero la Madre Dolorosa no podía descansar, ni sosegar…; se consideraba sola…, huérfana…, desamparada y desterrada…, sin familia…, sin hogar…, y así, acompañada de aquellas almas piadosas, pero sintiendo en su Corazón la frialdad de la más espantosa soledad, emprendió el regreso hacia su morada.

Todos los que la acompañaban, con el corazón encogido, pensaban en el Corazón destrozado de aquella Madre, que se volvía sola…, ¡sin su Hijo!

Sigamos con Ella este camino del dolor…

Ha vuelto a subir al Calvario para emprender el regreso… ¿Qué sentiría a vista de la Cruz desnuda…, vacía…, manchada de la sangre de Dios?… Se arrodilla ante ella y la abraza…, la adora…

Ya no es instrumento del suplicio…, ya no es algo odioso…, horrible…, maldito. Ve en Ella el árbol de la vida, del que se ha desprendido, ya maduro, el fruto de salvación… Es la llave del Cielo…; es la espada que vencerá a todos los enemigos de Cristo, que a sus pies irán a estrellarse; es el arma de combate de todos los cristianos…; es la locura de todos los Santos, que no podrán vivir sin Ella, ni lejos de Ella… sino subidos…, abrazados…, crucificados en Ella…; es, en fin, la balanza donde se pesarán las acciones de todos los hombres y la causa y razón de su condenación o de su salvación…

¡Oh Cruz bendita!… ¡Oh Cruz divina!… Ave, Crux, spes unica…

Y levantándose, continuó su camino… ¡Qué recuerdos al llegar a la ciudad maldita…, la ciudad deicida!… Sus calles manchadas aún de la sangre de su Hijo… ¡Cuántas veces se postraría a besarla!…

¡Cómo iría recordando todos los pasos de la Pasión!… Aquí las caídas…, allí la calle de la Amargura, donde le encontró…; más lejos, donde salió con la Cruz a cuestas…; entre sombras, el palacio de Herodes, donde le trataron como a un loco…, y más allá el de Pilatos…, la plaza donde gritaba la muchedumbre…, el balcón del Ecce Homo…, el patio de la flagelación…

¡Pobre Madre!! ¡Cómo iría recorriendo, uno a uno estos pasos!

La Reina de los mártires

Jesús quiso ser el Varón de dolores y su Madre Santísima la Reina de los mártires.

Ésos son los modelos…, los únicos que alivian, con su ejemplo, nuestros sufrimientos, y nos enseñan a santificarnos con ellos.

¡Bendito dolor!

Así dijo Jesucristo: Bienaventurados los que lloran…, los que sufren…, los que padecen.

No tengamos lástima del que sufre mucho, sino del que no sabe sufrir…

Cristo asoció a su Madre a todas sus glorias y grandezas, y por eso la hizo compañera de todos sus sufrimientos.

Al que Dios más ama, más le hace sufrir, para elevarle, como a su Madre, después a mayor gloria y grandeza.

¡Cuánto sufrió María Santísima al pie de la Cruz!… ¡Pero qué grande es María Corredentora precisamente al pie de la Cruz!… ¡Qué perla faltaría en su corona, si no tuviera la del dolor!

Por tanto, fue necesario que si era Reina, fuera Reina del dolor y del martirio. Si fue Reina del dolor, debió sufrir más que nadie… Su martirio duró toda su vida.

Dolor humano y natural

En todos estos dolores, consideremos su parte natural y humana. La medida de todo dolor, es la intensidad del amor. Sólo nos duele dejar o perder lo que amamos. A mayor amor, mayor dolor.

Con esta regla, tratemos de medir el dolor de María… Era un dolor de madre y con esto se dice todo… Es el amor más puro…, más noble…, menos egoísta que en la tierra existe.

¡Cómo ama una madre! Y, ¿cómo amaría la Virgen a su Hijo? Dios quiso juntar en su Corazón todas las ternuras de todas las madres para que con ese amor amara a su Hijo. No merecía menos el Hijo de Dios… y el que quiso llamarse por excelencia el Hijo del hombre.

Pues, ¿cuál sería su dolor…, su sufrimiento en la pérdida de su Hijo?

Pensemos en aquella íntima unión que existía entre Jesús y María, hasta el punto que en verdad el Hijo era la vida…, el todo de la Madre…; y comprendamos por aquí algo de la intensidad de su dolor de Madre.

Además, es cierto que la sensibilidad tiene muchos grados…, que no es igual en todas las personas… y que a mayor sensibilidad, mayor fuerza de dolor. María era de una delicadeza exquisita…, de un organismo perfectísimo y por lo mismo de una sensibilidad extraordinaria…

¿Cuál sería, pues, el dolor de su Corazón al ponerse en contacto con la ingratitud…, con la injusticia, etc.?

Con mucha razón, la Santísima Virgen puede aplicarse aquellas palabras de Jeremías: Mirad y ved si hay dolor semejante al mío.

Dolor divino y sobrenatural

No podemos abarcar toda la intensidad del dolor humano y natural de María… ¿Cómo podremos, pues, darnos una idea, ni siquiera aproximada, de su dolor sobrenatural?

María sufría al perder a aquel que era su Hijo…, al verle padecer y morir…, pero sobre todo sufría porque en Él veía a Dios…

¿Quién ha conocido como Ella a Dios?… ¿Quién le ha amado como Ella? Todo es nada en comparación del amor de María a Dios. Pues, ¿cómo sentiría las ofensas…, los insultos…, los tormentos que los hombres le dieron?

Si como Madre, todos repercutían en su Corazón…, como Madre de Dios, ¿qué sería?

Además, María sufrió todos estos tormentos indecibles, sin consuelo espiritual de ninguna clase… El mismo que a otros iba a consolar, era el verdugo que atormentaba el Corazón de su Madre.

Sus dolores no fueron físicos… Nada padeció en su cuerpo…, pero, por eso mismo, fue más intenso su dolor, al ser todo él interno…, puramente espiritual…, verdaderamente divino.

En fin, el colmo del dolor de la Virgen, fue no sólo el asistir…, el autorizar con su presencia el sacrificio de su Hijo…, sino que tuvo que llegar a desearlo…

En efecto, dos hijos tenía María: el Hijo inocente…, y el hijo pecador, que somos nosotros.

Si quería que viviera el Hijo inocente, no podía salvarse el hijo pecador…; si quería la salvación de éste, debía desear el sacrificio del otro… ¿Qué hacer?

Como Madre, debía de querernos tanto como a Jesús… y tuvo que llegar a querernos más que a Él, porque sabiendo que era la voluntad de Dios, quien no perdonó a su propio Hijo…, también fue la suya, y tampoco Ella le perdonó…

Y por eso, allí estuvo al pie de la Cruz, muerta de dolor…, deseando la muerte de Cristo para salvarnos a nosotros…

¡Cuánto amor!, pero también, ¡cuánto dolor!…

¡Cuánto le hemos costamos a María ser hijos suyos! Y, si lo que cuesta es lo que se aprecia y ama, ¡cuánto nos amará ahora, pues tanto la hicimos sufrir!

Pero ya basta…, basta ya de ingratitudes…; no hagamos ya sufrir más a nuestra Madre…, sino amémosla incluso a costa de nuestros sufrimientos y de nuestra misma vida…

+++

Sabemos que la piedad cristiana gusta de presentar a los mártires con los instrumentos de su suplicio que, si por una parte fueron ocasión de dolores y sufrimientos tales que les quitaron la vida, también fueron ocasión de manifestarle a Dios la excelencia de su amor, más allá de cualquier interés personal. También, por eso, son instrumentos de su glorificación.

Hermosa y sabiamente, la piedad cristiana gusta de presentar a la Reina de todos los Mártires, Nuestra Señora de la Compasión, con su Hijo Redentor en brazos, ya que fue Él el motivo y la verdadera causa de su martirio, y la ocasión de probar su amor a Dios.

También Él es ahora causa de su glorificación…

Pero ya basta…, basta ya de ingratitudes…; no hagamos ya sufrir más a nuestra Madre…, sino amémosla incluso a costa de nuestros sufrimientos y de nuestra misma vida…