Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DOMINGO DE RAMOS

 

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ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

DOMINGO DE RAMOS

Epístola, tomada de la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses: Hermanos: Tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús; el cual, siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Y hallándose en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por eso Dios le exaltó y le dio el nombre que es sobre todo nombre, para que toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra se doble al nombre de Jesús, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Hace tres semanas, el Tercer Domingo de Cuaresma hemos dicho que Jesucristo, por su Pasión y Muerte, es la causa de nuestra salvación; causa meritoria, satisfactoria, sacrificial, redentora y eficiente. Ese Domingo consideramos las causas meritoria y satisfactoria, dejando las otras tres causas para este Domingo de Ramos. Continuemos, pues, con esta consideración.

Causa sacrificial

La Pasión de Cristo realizó la redención del mundo por vía de sacrificio.

En la pasión y muerte de Cristo se dieron en grado excelentísimo todas las condiciones que se requieren para un verdadero sacrificio en sentido estricto, a saber:

a) Materia del sacrificio: el Cuerpo santísimo de Cristo inmolado en el madero de la cruz.

b) Objeto formal: la inmolación o destrucción del Cuerpo de Cristo, voluntariamente aceptada por Él a impulsos de su infinita caridad.

c) Sacerdote oferente: el mismo Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, ofreciéndose a la vez como Víctima.

d) Finalidad: devolverle a Dios el honor conculcado por el pecado, reconociendo su supremo dominio y nuestra completa sujeción a Él.

Se cumplen, pues, en la Pasión de Cristo todas las condiciones del verdadero sacrificio en grado superlativo.

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Causa redentora, por vía de redención.

La palabra redimir significa volver a comprar una cosa que habíamos perdido, pagando el precio correspondiente a la nueva compra. Aplicada a la redención del mundo, significa, propia y formalmente, la recuperación del hombre al estado de justicia y de salvación, sacándole del estado de injusticia y de condenación en que se había sumergido por el pecado mediante el pago del precio del rescate.

Por su transgresión, el hombre había quedado sometido a una serie de esclavitudes o servidumbres: a la esclavitud del pecado; a la pena del mismo; a la muerte; a la potestad del diablo, y a la ley mosaica. Jesucristo nos liberó de todas ellas produciendo nuestra salud por vía de redención.

La Pasión de Cristo fue satisfacción suficiente y sobreabundante por el pecado de todo el género humano y por el reato de pena a él debido. Cristo satisfizo por nosotros, no entregando dinero o cosa semejante, sino entregándose a sí mismo, que vale infinitamente más. De este modo se dice que la Pasión de Cristo es nuestra redención o rescate.

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Causa eficiente, por vía de eficiencia.

Jesucristo es causa de nuestra redención (objetiva y subjetiva) por vía de causalidad eficiente principal en cuanto Verbo de Dios; e instrumental por parte de su humanidad santísima como instrumento unido a su divinidad.

La causa principal de nuestra salud es Dios. Pero como la humanidad de Cristo es instrumento de la divinidad, se sigue que todas las acciones y padecimientos de Cristo obran instrumentalmente la salvación de los hombres en virtud de la divinidad. Y según esto, la Pasión de Cristo causa eficientemente nuestra salvación.

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Estudiadas las diversas causalidades de la Pasión de Cristo, vamos a examinar ahora sus principales efectos. Santo Tomás expone seis efectos de la Pasión de Cristo. Los cinco primeros afectan a los redimidos, y el último al mismo Jesucristo. Son los siguientes:

Liberación del pecado, del poder del diablo, de la pena del pecado, reconciliación con Dios, apertura de las puertas del Cielo y exaltación del propio Cristo.

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Liberación del pecado

Leemos en el Apocalipsis: Nos amó y nos limpió de los pecados con su sangre (Apoc., 1, 5).

Como explica Santo Tomás, la Pasión de Cristo es la causa propia de la remisión de los pecados por tres capítulos:

a) Porque excita en nosotros la caridad para con Dios, al contemplar el amor inmenso con que Cristo nos amó, pues quiso morir por nosotros precisamente cuando éramos aún enemigos suyos. Pero la caridad nos obtiene el perdón de los pecados, según leemos en San Lucas: Le son perdonados sus muchos pecados porque amó mucho.

b) Por vía de redención. Siendo Él nuestra cabeza, con la Pasión sufrida por caridad y obediencia nos libró, como miembros suyos, de los pecados pagando el precio de nuestro rescate.

c) Por vía de eficiencia, en cuanto la carne de Cristo, en la que sufrió su Pasión, es instrumento de la divinidad; de donde proviene que los padecimientos y las acciones de Cristo producen por la virtud divina la expulsión del pecado.

A esta doctrina pueden oponerse algunas dificultades, cuya solución la confirmará todavía más.

Dificultad. Nadie puede limpiar de un pecado aún no cometido. Pero después de la Pasión de Cristo se siguen cometiendo muchísimos pecados. Luego parece claro que no nos ha liberado de todos los pecados.

Respuesta. Con su Pasión nos liberó Cristo de nuestros pecados causalmente, o sea, instituyendo la causa de nuestra liberación en virtud de la cual pudieran ser perdonados los pecados en cualquier tiempo pasado, presente o futuro que sean cometidos.

Dificultad. Puesta la causa suficiente, ninguna otra cosa se requiere para que se produzca un efecto. Mas para la remisión de los pecados se requieren otras cosas, tales como el bautismo o la penitencia. Luego parece que la Pasión de Cristo no es causa suficiente para la remisión de los pecados.

Respuesta. La Pasión de Cristo fue la causa universal de la remisión de los pecados de todo el mundo; pero su aplicación particular a cada pecador se hace por el bautismo, la penitencia y los otros sacramentos, que tienen el poder de santificarnos en virtud de la Pasión de Cristo.

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Liberación del poder del diablo

Al acercarse su Pasión dijo el Señor a sus discípulos: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, y yo, si fuese levantado de la tierra, todo lo atraeré a mí.

Escuchemos la hermosa exposición de Santo Tomás:

Acerca del poder que el diablo ejercía sobre los hombres antes de la Pasión de Cristo hay que considerar tres cosas:

a) Por parte del hombre, que con su pecado mereció ser entregado en poder del diablo, que con la tentación le había superado. Y en este sentido la Pasión de Cristo liberó al hombre del poder del diablo causando la remisión de su pecado.

b) Por parte de Dios, a quien ofendió el hombre pecando, y que, en justicia, fue abandonado por Dios al poder del diablo. La pasión de Cristo nos liberó de esta esclavitud reconciliándonos con Dios.

c) Por parte del diablo, que con su perversísima voluntad impedía al hombre la consecución de su salud. Y en este sentido nos liberó Cristo del demonio triunfando de él con su Pasión. Como dice San Agustín, era justo que quedaran libres los deudores que el demonio retenía, en virtud de la fe en Aquel a quien, sin ninguna deuda, había dado muerte maquinando contra Él.

El demonio no tenía antes de la Pasión de Cristo poder alguno para dañar a los hombres sin la permisión divina, como aparece claro en el libro de Job. Pero Dios se lo permitía con justicia en castigo de haberle prestado asentimiento a la tentación con que les incitó al pecado.

También ahora puede el diablo, permitiéndolo Dios, tentar a los hombres en el alma y vejarlos en el cuerpo; pero ellos tienen preparado el remedio en la Pasión de Cristo, con la cual se pueden defender de las impugnaciones del diablo para no ser arrastrados al abismo de la condenación eterna.

Los que antes de la Pasión resistían al diablo por la fe en esta futura Pasión podían también obtener la victoria sobre él; pero no podían evitar el descenso provisional a los infiernos, de lo que nos liberó Cristo con su Pasión. (Se entiende, al Limbo de los Justos).

Permite Dios al diablo engañar a los hombres en ciertas personas, lugares y tiempos, según las razones ocultas de los juicios divinos. Pero siempre tienen los hombres preparado por la Pasión de Cristo el remedio con que se defiendan de la maldad del diablo aun en la época del anticristo. Si algunos descuidan valerse de este remedio, esto no dice nada contra la eficacia de la Pasión de Cristo.

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Liberación de la pena del pecado

El Profeta Isaías había anunciado de Cristo: Él fue, ciertamente, quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, con el fin de liberarnos de la pena de nuestros pecados.

La Pasión de Cristo fue suficiente y sobreabundante satisfacción por los pecados del mundo entero, y, ofrecida la satisfacción, desaparece la pena.

La Pasión de Cristo produce su efecto satisfactorio de la pena del pecado en aquellos a quienes se aplica por la fe, la caridad y los sacramentos. Por eso los condenados del infierno, que no se unen a la pasión de Cristo por ninguno de esos capítulos, no perciben el fruto de la misma.

Para conseguir el efecto de la Pasión de Cristo es preciso que nos configuremos con Él. Esto se logra sacramentalmente por el Bautismo, según las palabras de San Pablo: Con Él hemos sido sepultados por el bautismo, para participar en su muerte.

Mas porque Cristo murió una sola vez por nuestros pecados, como dice San Pedro, por eso no puede el hombre configurarse segunda vez con la muerte de Cristo recibiendo de nuevo el bautismo. Esta es la razón por la cual los que después del bautismo se hacen reos de nuevos pecados necesitan configurarse con Cristo paciente mediante alguna penalidad o pasión que deben soportar.

La Pasión de Cristo no nos liberó de la muerte corporal —que es pena del pecado—, porque es preciso que los miembros de Cristo se configuren con su divina Cabeza. Nosotros, que somos sus miembros, hemos de configurarnos primeramente con los padecimientos y la muerte de Cristo, a fin de alcanzar con Él la gloria de la resurrección.

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Reconciliación con Dios

El Apóstol San Pablo dice que fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

De dos maneras, dice Santo Tomás, la Pasión de Cristo fue causa de nuestra reconciliación con Dios: destruyendo el pecado, que nos enemistaba con Él, y ofreciendo un sacrificio aceptísimo a Dios con la inmolación de sí mismo.

El padecimiento voluntario de Cristo fue un obsequio tan grato a Dios que, en atención a este bien que Dios halló en una naturaleza humana, se aplacó de todas las ofensas del género humano por lo que respecta a aquellos que se unen a Cristo paciente.

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Apertura de las puertas del Cielo

San Pablo escribe en su Epístola a los Hebreos: En virtud de la sangre de Cristo tenemos firme confianza de entrar en el santuario que Él nos abrió; cuyas puertas estaban cerradas por el pecado de origen y por los pecados personales de cada uno.

Los Patriarcas y los justos del Antiguo Testamento, viviendo santamente, merecieron la entrada en el Cielo por la fe en la futura Pasión de Cristo, por la cual cada uno se purificó del pecado en lo que tocaba a la propia persona.

Pero ni la fe ni la justicia de ninguno era suficiente para remover el obstáculo proveniente del reato de toda la naturaleza humana caída por el pecado de Adán.

Este obstáculo fue quitado únicamente por la Pasión de Cristo al precio de su Sangre. Por eso, antes de la Pasión de Cristo, nadie podía entrar en el Cielo y alcanzar la bienaventuranza eterna, que consiste en la plena fruición de Dios.

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Exaltación del propio Cristo

Como hemos leído, en su maravillosa Epístola a los Filipenses escribe el apóstol San Pablo hablando de Cristo: Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le exaltó y le dio un nombre que está sobre todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre.

Escuchemos la bellísima explicación de Santo Tomás:

El mérito supone cierta igualdad de justicia entre lo que se hace y la recompensa que se recibe.

Ahora bien, cuando alguno, por su injusta voluntad, se atribuye más de lo que se le debe, es justo que se le quite algo de lo que le es debido.

Y esto se llama «merecer», en cuanto que con ello se castiga su mala voluntad.

Pues de la misma manera, cuando alguno, por su voluntad justa, se quita lo que tenía derecho a poseer, merece que se le añada algo en recompensa de su justa voluntad.

Ahora bien: Cristo se humilló en su Pasión por debajo de su dignidad en cuatro cosas:

a) En soportar la pasión y la muerte, de las que no era deudor. Y por ello mereció su gloriosa resurrección.

b) En el lugar, ya que su Cuerpo fue depositado en el sepulcro y su Alma descendió a los infiernos. Y por ello mereció su admirable ascensión a los Cielos.

c) En la confusión y los oprobios que soportó. Y por ello mereció sentarse a la diestra del Padre y que se doble ante Él toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno.

d) En haberse entregado a los poderes humanos en la persona de Pilato, y por ello recibió el poder de juzgar a los vivos y a los muertos.

Por todo lo dicho, tengamos bien en cuenta la enseñanza de San Pablo:

Hermanos: Tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús; el cual, siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Y hallándose en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz.