ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
DOMINGO DE PASIÓN
La Epístola de este Domingo de Pasión está tomada de la Carta del Apóstol San Pablo a los Hebreos, capítulo 9, versículos 11 a 15:
Hermanos, Cristo es el Pontífice de los bienes futuros, el cual penetró una vez en el Santuario a través de un tabernáculo más amplio y más perfecto, no hecho a mano, esto es, no de creación humana; y no con la sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino con su propia Sangre, después de haber obrado la eterna redención. Si, pues, la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la ternera sacrificada, esparcida sobre los inmundos, los santifica en orden a la purificación legal de la carne, ¿cuánto más la Sangre de Cristo, quien por impulso del Espíritu Santo se ofreció a Sí mismo inmaculado a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras muertas de los pecados, para que tributemos un verdadero culto al Dios vivo? Y por eso es Mediador de un Nuevo Testamento, a fin de que mediante su muerte, para expiación de las prevaricaciones cometidas en tiempo del primer testamento, reciban los llamados la prometida y eterna herencia en Jesucristo, Nuestro Señor.
Siguiendo con nuestro plan y por entrar ya de lleno en las dos últimas semanas de la Cuaresma, llamadas de Pasión, vamos a considerar hoy la Pasión de Jesucristo en sí misma, conforme a la enseñanza de Santo Tomás de Aquino.
En primer lugar debemos establecer que, dada la actual economía de la divina gracia, fue necesario que Jesucristo padeciese para la liberación del género humano.
No fue necesario que Cristo padeciese con necesidad de coacción, ni por parte de Dios —que decretó libremente que Cristo padeciese—, ni por parte del propio Cristo —que padeció voluntariamente.
Sin embargo, fue necesario por razón del fin, el cual no se hubiera obtenido tan perfectamente por ningún otro medio. Esto puede entenderse de tres maneras.
Primera, por parte de nosotros, que fuimos liberados por su Pasión: Es necesario que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.
Segunda, por parte de Cristo mismo, que por la humillación de la Pasión mereció la gloria de la exaltación: Fue preciso que Cristo padeciese esto y entrase así en su gloria.
Tercera, por parte de Dios, cuya decisión sobre la Pasión de Cristo fue profetizada en la Escritura y prefigurada en las observancias del Antiguo Testamento: El Hijo del hombre se va, según está decretado… Esto es lo que yo os dije estando todavía con vosotros, que era necesario que se cumpliera todo lo que estaba escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí; y que estaba escrito que convenía que Cristo padeciese y resucitase de entre los muertos.
Hay que destacar que, aunque Dios hubiera podido perdonar al hombre sin exigirle ninguna reparación de justicia, sino únicamente el arrepentimiento de su pecado, la Pasión de Cristo fue mucho más conveniente a su justicia e incluso a su misericordia.
A la justicia, porque mediante su Pasión Cristo satisfizo por los pecados del género humano, y así fue liberado el hombre por la justicia de Cristo.
A la misericordia, porque, no pudiendo el hombre satisfacer, de suyo, por el pecado de toda la raza humana, Dios le dio a su Hijo como satisfactor: Todos han sido justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios ha puesto como instrumento de propiciación por la fe en Él.
Y esto fue una obra de misericordia mayor que si hubiese perdonado los pecados sin satisfacción. De donde San Pablo dice: Dios, que es rico en misericordia, por el excesivo amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos vivificó con Cristo.
Nótese que, si Dios hubiera querido perdonar al hombre por el simple arrepentimiento de su pecado, sin exigirle reparación o satisfacción alguna, no hubiera cometido la menor injusticia.
En efecto, no puede perdonar la culpa o la pena, respetando la justicia, aquel juez que está obligado a castigar la culpa cometida contra otro, sea contra otro hombre, sea contra la comunidad entera o contra un gobernante superior.
Pero Dios no tiene superior alguno, sino que Él mismo es el bien supremo y común de todo el universo. Y por eso, si perdona un pecado que tiene razón de culpa porque se comete contra Él, a nadie hace injuria, como el hombre que perdona una ofensa contra él, sin que medie la satisfacción, obra misericordiosamente y no injustamente.
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No sólo fue necesario que Jesucristo padeciese, sino que no hubo otro modo más conveniente de redimir al hombre caído en pecado que por la Pasión de Cristo.
En efecto, un medio es tanto más conveniente para conseguir un fin cuanto más ventajas concurren en él para lograr tal fin. Ahora bien, en la liberación del hombre por la Pasión de Cristo concurren muchas circunstancias que pertenecen a la salvación del hombre, fuera de la liberación del pecado.
Primero, por este medio conoce el hombre lo mucho que Dios le ama, y con esto es invitado a amarle a Él, en lo cual consiste la perfección de la salvación humana. Por lo que dice el Apóstol: Dios prueba su amor para con nosotros en que, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
Segundo, porque con esto nos dio ejemplo de obediencia, humildad, constancia, justicia y demás virtudes manifestadas en la Pasión, necesarias para la salvación de los hombres. De donde dice San Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus pasos.
Tercero, porque Cristo con su Pasión no sólo liberó al hombre del pecado, sino que también mereció para él la gracia de la justificación y la gloria de la bienaventuranza.
Cuarto, porque con esto se intimó al hombre una mayor necesidad de conservarse inmune de pecado, según aquellas palabras de San Pablo: Habéis sido comprados a gran precio, glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.
Quinto, porque esto resulta de mayor dignidad, de modo que, como el hombre fue vencido y engañado por el diablo, así fuese también el hombre el que derrotase al diablo; y así como el hombre mereció la muerte, así el hombre, muriendo, venciese la muerte, como enseña San Pablo: Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por medio de Jesucristo.
Y, en consecuencia, fue más conveniente ser liberados por la Pasión de Cristo que serlo solamente por la voluntad de Dios.
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Pero esto no es suficiente… Fue convenientísimo que Cristo padeciera precisamente muerte de Cruz.
Son muchos los motivos:
Primero, para ejemplo de virtud. Dice a este propósito San Agustín: La Sabiduría de Dios tomó la naturaleza humana para ejemplo de cómo viviríamos rectamente. Y pertenece a la vida recta el no temer lo que no debe ser temido. Pero hay hombres que, si bien no temen la muerte, tienen horror al género de muerte. Por consiguiente, para que ningún género de muerte hubiera de ser temido por el hombre que vive rectamente, hubo de mostrárseles el género de muerte en cruz de aquel hombre, pues nada había entre todos los géneros de muerte más execrable y más temible que aquél.
Segundo, porque este género de muerte era el más conveniente para satisfacer por el pecado del primer hombre, que consistió en tomar la manzana del árbol prohibido, en contra del mandato de Dios. Y por eso fue conveniente que Cristo, a fin de satisfacer por aquel pecado, tolerase ser clavado en un madero, como si restituyese lo que Adán había robado. Por lo cual dice San Agustín: Adán despreció el precepto, tomando del árbol; pero lo que Adán perdió, lo encontró Cristo en la cruz.
Ya conocemos lo que dice el Prefacio de la Santa Cruz: … pusiste la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que de donde salió la muerte, de allí renaciese la vida, y para que, el que venció en un árbol, en un árbol fuese también vencido, por Cristo Nuestro Señor.
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Cristo, Dios y hombre, padeció la Pasión por razón de su humanidad, no de su divinidad, que es impasible.
El sujeto de atribución de todos los actos de Jesucristo es la Persona divina del Verbo, única persona que hay en Él.
Pero esta única Persona subsiste en dos naturalezas perfectamente distintas e inconfusas entre sí; por eso, algunas de las acciones de Cristo pertenecen a su Persona por razón de la naturaleza divina, y otras por razón de la naturaleza humana.
La Pasión afecta a la Persona de Cristo únicamente por razón de la naturaleza humana, pero no por razón de la naturaleza divina, que es absolutamente impasible.
Y así puede decirse en verdad: «Dios padeció» o «Dios murió», por razón de la naturaleza humana, unida hipostáticamente al Verbo divino; pero no puede decirse: «La divinidad padeció» o «La divinidad murió», porque la divinidad es, de suyo, impasible e inmortal.
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Ahora bien, Jesucristo padeció en la Cruz todo género de sufrimientos humanos.
Santo Tomás hace una impresionante descripción, y enseña que esto puede considerarse de tres maneras:
La pimera, por parte de los hombres. Padeció tanto de los gentiles como de los judíos; de los hombres y de las mujeres (como es evidente por las sirvientas que acusan a Pedro). Padeció también de los jefes y de sus ministros, e incluso de la plebe. Padeció también de los familiares y conocidos, como es claro en el caso de Judas, que le traicionó, y en el de Pedro, que le negó.
La segunda, por parte de todo aquello en que el hombre puede padecer. Cristo padeció, efectivamente, en sus amigos, que le abandonaron; en la fama, por las blasfemias proferidas contra Él; en el honor y en la gloria, por las burlas y las afrentas que le hicieron; en los bienes, puesto que fue despojado hasta de los vestidos; en el alma, por la tristeza, el tedio y el temor; en el cuerpo, por las heridas y los azotes.
La tercera, por lo que atañe a los miembros del cuerpo. Cristo padeció en la cabeza la corona de punzantes espinas; en las manos y pies, el taladro de los clavos; en la cara, las bofetadas y salivazos; y en todo el cuerpo, los azotes.
Padeció también en todos los sentidos del cuerpo: en el tacto, por haber sido flagelado y atravesado con clavos; en el gusto, porque le dieron a beber hiel y vinagre; en el olfato, porque fue colgado en el patíbulo en un lugar maloliente, llamado lugar de la calavera, a causa de los cadáveres allí existentes; en el oído, al ser herido por las voces de los blasfemos y burlones; en la vista, al ver llorar a su madre y al discípulo amado.
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Entrando más en los detalles, los dolores de Cristo en su Pasión fueron los mayores que jamás ha sufrido nadie en esta vida.
La misma Sagrada Escritura lo atestigua en aquellas palabras de Jeremías aplicables al futuro Mesías: ¡Oh vosotros los que por aquí pasáis! Considerad y ved si hay dolor semejante a mi dolor.
Leamos el impresionante razonamiento de Santo Tomás:
Cuando Jesucristo padeció se dio en Él el verdadero dolor: lo mismo sensible, causado por algo perjudicial corpóreo, que interior, proveniente de la aprehensión de algo nocivo, y que se llama tristeza. Ambos dolores fueron en Cristo los mayores entre los dolores de la vida presente. Y esto sucedió por cuatro motivos:
Primero, por las propias causas del dolor, pues la causa del dolor sensible fue la lesión corporal; y esta llegó a la acerbidad, tanto por la universalidad cuanto por el género del sufrimiento.
Porque la muerte de los crucificados es acerbísima, ya que son clavados en puntos saturados de nervios y sumamente sensibles, esto es, en las manos y en los pies; y el mismo peso de su cuerpo colgado aumenta continuamente el dolor; y junto con esto está la larga duración del dolor, porque no mueren inmediatamente, como sucede con los que son muertos a espada.
Causa del dolor interior fue:
En primer lugar, el cúmulo de todos los pecados del género humano, por los que satisfacía padeciendo.
En segundo lugar, de manera especial, la ruina de los judíos y de otros que delinquieron ante su muerte; y principalmente de sus discípulos, que fueron víctimas del escándalo en la Pasión de Cristo.
Finalmente, también la pérdida de la vida corporal, que es naturalmente horrible para la naturaleza humana.
Segundo, por la capacidad de la percepción del paciente. Porque Cristo estaba óptimamente complexionado en cuanto al cuerpo, ya que éste fue formado milagrosamente por obra del Espíritu Santo.
Por esto en Él fue exquisito el sentido del tacto, de cuya percepción se sigue el dolor. También su alma, conforme a sus facultades interiores, percibió eficacísimamente todas las causas de tristeza.
Tercero, por la pureza del dolor. Porque en los demás pacientes se mitiga la tristeza interior, e incluso el dolor exterior, con alguna consideración de la mente, en virtud de cierta derivación o redundancia de las fuerzas superiores en las inferiores. Esto no aconteció en la Pasión de Cristo, porque permitió a cada una de sus potencias realizar lo que le es propio.
Cuarto, porque Cristo tomó aquella pasión y aquellos sufrimientos voluntariamente, con el fin de liberar del pecado a los hombres. Y, por ese motivo, asumió tanta cantidad de dolor cuanta fuese proporcionada a la grandeza del fruto que de ahí iba a seguirse.
Por consiguiente, de la consideración de todas estas causas juntas resulta evidente que el dolor de Cristo fue el máximo que se puede padecer en esta vida.
Es muy interesante la respuesta a una dificultad que se plantea y resuelve Santo Tomás.
Dificultad: La pérdida de un bien mayor causa un dolor mayor. Pero el pecador, al pecar, pierde un bien mayor que el que perdió Cristo en la pasión, pues éste perdió únicamente su vida natural, mientras que el pecador pierde la vida sobrenatural del alma, que vale infinitamente más. Además, Cristo perdió la vida sabiendo que iba a resucitar al tercer día; luego parece que padeció menos que los que la pierden para permanecer en la muerte.
Respuesta: Cristo no se dolió solamente de la pérdida de su propia vida corporal, sino también de los pecados de todos los hombres; y este dolor excedió al que experimenta cualquiera de los contritos, porque procedía de mayor conocimiento y caridad —que aumentan el dolor de contrición— y porque se dolió de todos los pecados del mundo. Por eso dice Isaías: Verdaderamente llevó sobre sí todos nuestros dolores.
Por otra parte, la vida corporal de Cristo fue de tanta dignidad, sobre todo por la divinidad, a la que estaba unida, que de su pérdida por una sola hora había motivo para dolerse más que de la pérdida de la vida de cualquier hombre para siempre. Sin embargo, Cristo expuso su vida, que le era sumamente amada, por el bien de la caridad.
Los dolores de Cristo fueron, por cualquier lado que se los mire, los mayores que jamás ha padecido nadie en esta vida. Con todo, no fueron mayores que los que padecen las almas del Purgatorio y, sobre todo, los condenados del Infierno. Lo dice expresamente Santo Tomás y da la razón de ello:
El dolor del alma separada que padece pertenece al estado de la futura condenación, el cual excede todo el mal de la vida presente, así como la gloria de los santos supera todo el bien de la presente vida. De manera que, cuando decimos que el dolor de Cristo es el más grande, no lo comparamos con el del alma separada.
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El alma de Cristo, durante la Pasión, gozó de la visión beatífica sin interrupción alguna.
La cuestión de cómo se armoniza la ciencia beatífica de Cristo con su agonía en Getsemaní y sus dolores del Calvario tiene por fundamento la famosa distinción escolástica entre la mente, la razón superior y la razón inferior.
La mente es la parte más espiritual y elevada, que mira exclusivamente a Dios sin contacto alguno con las cosas de la tierra, a la que no llegan nunca las perturbaciones del mundo corporal. Iluminada por Dios, refleja siempre sus divinos resplandores, lejos de las cosas de la tierra.
La razón superior saca siempre sus conclusiones de los principios del entendimiento puro, o sea, sin el influjo de las pasiones. Tiende siempre hacia arriba, hacia lo noble y elevado.
La razón inferior, en cambio, pone en contacto el espíritu con las cosas corporales; juzga a través de las experiencias de los sentidos y del influjo pasional; por eso tira hacia abajo, hacia lo útil o deleitable para el sujeto.
Según esta división y explicación, la mente de Jesucristo permaneció siempre envuelta en los resplandores de la visión beatífica, sin cesar un solo instante.
Esto le producía unos deleites inefables, que nada ni nadie podía turbar, ni siquiera las agonías de Getsemaní y del Calvario.
Pero, al mismo tiempo, su razón inferior se sumergió en un abismo de amarguras y dolores, que alcanzaron su más honda expresión en Getsemaní y en el Calvario a la vista del pecado y de la ingratitud monstruosa de los hombres.
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Concluyamos con lo dicho por San Pablo en la Epístola de hoy:
Cristo es el Pontífice de los bienes futuros, el cual penetró una vez en el Santuario a través de un tabernáculo más amplio y más perfecto, con su propia Sangre, después de haber obrado la eterna redención. Y por eso es Mediador de un Nuevo Testamento, a fin de que mediante su muerte reciban los llamados la prometida y eterna herencia en Jesucristo, Nuestro Señor.

