ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.
Dios envió a su Hijo sujeto a la Ley, dice San Pablo. Le envió, para salvar a los que permanecíamos bajo la Ley y para hacernos sus hijos adoptivos.
Navidad es el misterio del amor, de la sabiduría, de la justicia y de la misericordia divinas. Nosotros éramos esclavos, yacíamos aherrojados en cadenas y estábamos sujetos al ignominioso servicio de Egipto, del mundo, de la carne, de la sensualidad, del pecado, del Faraón, Satanás.
Y ¿qué hizo Dios? Envió a su propio y amado Hijo y le hizo esclavo, para libertarnos a nosotros.
Le sujeta a la ley humana del nacimiento y desarrollo corporales, a todas las necesidades y esclavitudes de nuestra existencia, a la ley del dolor y de la muerte, lo mismo que si fuera un pecador como nosotros.
Le sujeta, sobre todo, a la Ley de Moisés, dada al pecador, al terco y caprichoso pueblo de Israel. Le ata, le encadena, le oprime bajo el peso de sus prescripciones.
Hoy encontramos al Hijo de Dios, al omnipotente Verbo descendido del cielo, sometido a la circuncisión para cumplir con la Ley de Moisés.
Aunque es el Hijo de Dios, se somete voluntaria y gozosamente a la Ley, a la sujeción, a la esclavitud. Se hace esclavo, para libertarnos a nosotros de nuestra esclavitud.
¡Él, el Señor! ¿Quién hubiera podido imaginar canje parecido? ¿Quién iba a imaginarse este amor, esta generosidad del Verbo divino? ¡Deja su trono de Rey celestial, y se encadena a una Ley que ha sido creada para hombres pecadores!
¡Y esto lo hace, precisamente, para romper nuestras cadenas! ¿Hemos reflexionado bien sobre ello? Lo hizo para salvarnos y hacernos sus hijos adoptivos, es decir, para libertarnos completamente de nuestra esclavitud.
No cabe libertad más perfecta, pues ella nos hace, además, participantes de la gloria del Hijo de Dios recién nacido.
El Redentor, el Verbo divino no se contenta solamente con rescatarnos de nuestro cautiverio, bajo la ley del pecado, de la carne, de la sensualidad, de la concupiscencia de los ojos, de la soberbia de la vida… Ha hecho todavía mucho más; nos ha levantado, nos ha sublimado a una nueva esfera, a un nuevo orden.
A todos los que le recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Esto mismo hizo con todos los que creyeron en su Nombre, y no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de la voluntad de un varón, sino que nacieron de Dios.
Somos, pues, hijos de Dios. Hemos nacido a Él por el agua y el Espíritu Santo. Estamos llenos y animados del espíritu de su vida, del espíritu de la filiación divina.
Ese Espíritu nos hace exclamar: Padre Nuestro.
+++
¡He aquí una redención, una liberación como sólo la omnipotencia, la sabiduría, y el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo pueden concebirla y realizarla!
¡He aquí una humanidad nueva, creada por el Hijo de Dios encarnado, por el Niño de Navidad! Este Niño, esclavo de la Ley, es, al mismo tiempo, el Rey universal.
El Hijo de Dios humanado se somete a la Ley para librarnos a nosotros de la esclavitud legal y para elevarnos, con su real y soberano poder, por encima de las leyes creadas para la naturaleza pecadora, hasta el mundo de la luz, donde sólo reina su espíritu, el Espíritu Santo.
Aunque sometido a la Ley, Cristo es superior a todas las leyes. Por eso, puede elevarnos a nosotros, por encima de la ley de la naturaleza pecadora, a la real libertad de los hijos de Dios, de la santa espiritualidad, de la unión divina.
La gloria del divino Rey, del Verbo de Dios, del esplendor del Padre, brilla en los ojos y florece en la sonrisa del Niño del Pesebre, del que, por nuestro amor, se sometió a la ley de la niñez y de la debilidad infantil.
La gloria del Verbo eterno resplandece en la frente del Unigénito de Dios humanado, en la frente de nuestro Salvador Jesús.
+++
Los hombres del Antiguo Testamento estaban sujetos a la dura tutela de la Ley mosaica, que sólo contenía prescripciones y castigos contra los transgresores, pero sin que pudiera conferir ninguna virtud interna, para poder cumplir mejor sus difíciles preceptos.
La Ley señalaba lo que era pecado; pero, ni aun confesado éste, podía perdonarlo. Solamente con el Nacimiento de Cristo llega la plenitud de los tiempos. Entonces, Dios envía a su Hijo, nacido de mujer, sujeto a la Ley, para libertar a los esclavos de la Ley y hacerlos sus hijos adoptivos.
El Hijo de Dios viene a nosotros, toma nuestra naturaleza humana, se hace uno de nosotros, para hacernos después, en unión consigo, hijos adoptivos de Dios.
¿Qué somos de nosotros mismos? Nada.
¿Qué somos por el pecado heredado de nuestro padre Adán? Hijos de ira, malditos de Dios, dignos de permanecer eternamente apartados de Él.
Y ¿qué hace Dios? Envía a su amado y unigénito Hijo, para que se acerque a nosotros, para que nos una consigo y nos haga hijos de Dios.
El Hijo de Dios se hace hijo de mujer, hijo de la Virgen. ¡Maravillosa invención divina! El Salvador en el Pesebre o Circuncidado es una garantía infalible de que Dios ya no nos rechaza lejos de sí, de que no hemos nacido para una eterna desdicha.
Cristo nos confiere el honor y la sublime dignidad de poder ser hijos del Padre, objetos de su predilección, de su paternal solicitud, de su providencia infinitamente sabia e infinitamente amorosa.
¡Hijos de Dios! Hemos sido trasladados al Reino de su dilecto Hijo. Hemos sido hechos partícipes del nombre, de la dignidad, de las riquezas, de los tesoros, de la herencia y de la alegría de su divino Hijo. Hemos sido hechos herederos de Dios y coherederos de Cristo, hermanos de Cristo. Él es Hijo de Dios por naturaleza y por nacimiento; nosotros lo somos por graciosa adopción del Padre.
Tal es el alegre mensaje que nos trae el Niño del Pesebre. En nosotros, hijos de Dios, vive y obra el Espíritu del divino Niño, del Hijo de Dios, el Espíritu de Cristo, el mismo Espíritu que llena, anima y vivifica toda la existencia de Jesús.
Este mismo Espíritu nos impulsa también a nosotros a que, como Jesús y con Jesús, vayamos al Padre, nos entreguemos a Él y le hablemos con filial confianza, con filial veneración, con agradecido y filial amor.
En la alegría y en el dolor, siempre estamos ciertos de que Él nos ama, de que su sabia, poderosa y amorosa mano nos guía y nos protege. Él vela y cuida de nosotros. Nos conoce a todos y de todos se preocupa.
Sabemos que, por ser hijos de Dios, somos también sus herederos. Como hijos de Dios, estamos ciertos de ser también hermanos de Cristo.
¡Sepamos apreciar esta dignidad!
¡Sigamos fiel y constantemente a nuestro Hermano mayor!
Marchemos, con Él, por el camino que Él nos ha señalado: por el camino de la entrega total al Padre.
Es el único camino que lleva al Cielo.

