Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DOMINGO DECIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

DOMINGO DECIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

De la Epístola de San Pablo a los Gálatas, III, 16-22: Las promesas fueron dadas a Abrahán y a su descendiente. No dice: “y a los descendientes” como si se tratase de muchos, sino como de uno: “y a tu Descendiente”, el cual es Cristo. Digo, pues, esto: Un testamento ratificado antes por Dios, no puede ser anulado por la Ley dada cuatrocientos treinta años después, de manera que deje sin efecto la promesa. Porque si la herencia es por Ley, ya no es por promesa. Y sin embargo, Dios se la dio gratuitamente por promesa. Entonces ¿para que la Ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese el Descendiente a quien fue hecha la promesa; y fue promulgada por Ángeles por mano de un mediador. Ahora bien, no hay mediador de uno solo, y Dios es uno solo. Entonces ¿la Ley está en contra de las promesas de Dios? De ninguna manera. Porque si se hubiera dado una Ley capaz de vivificar, realmente la justicia procedería de la Ley. Pero la Escritura lo ha encerrado todo bajo el pecado, a fin de que la promesa, que es por la fe en Jesucristo, fuese dada a los que creyesen.

La Epístola de San Pablo a los Gálatas será el objeto de nuestro sermón de este Domingo Decimotercero después de Pentecostés.

Los habitantes de Galacia, provincia del Asia Menor, fueron ganados al Evangelio por San Pablo en su segundo y tercer viajes apostólicos.

Poco tiempo después, llegaron judaizantes que les enseñaban otro Evangelio; es decir, un Jesucristo deformado y estéril, exigiendo que se circuncidasen y cumpliesen la Ley mosaica, y pretendiendo que el hombre es capaz de salvarse por sus obras, sin la gracia de Cristo… Tema bien actual…

San Pablo escribió esta carta para combatir la confusión causada por esos doctores judaizantes. El punto central de su doctrina es que el cristiano se salva por la fe en Jesucristo, y no por la Ley mosaica.

Los judaizantes admitían la persona y la doctrina de Jesucristo; pero, junto con la fe en Jesucristo, exigían la observancia de la circuncisión y de las prescripciones mosaicas, cosa que iba directamente contra lo que enseñaban los Apóstoles.

La energía con que San Pablo ataca a los adversarios, claramente da a entender que no eran matices más o menos superficiales los que le separaba de esos nuevos predicadores, sino algo sustancial.

El problema era muy serio, tocando en lo más vivo la medula misma del cristianismo, cuyas consecuencias el Apóstol intuyó desde el primer momento en toda su profundidad. El mismo San Pedro no había visto el problema en todas sus dimensiones y consecuencias.

En el fondo, lo que se ventilaba era la suficiencia o insuficiencia redentora de la muerte de Cristo; afirmar que el hombre necesitaba de las obras de la Ley para conseguir la salvación era hacer una injuria a la Cruz de Cristo.

El tema central es, pues: la justificación se da por la fe en Jesucristo, sin necesidad de las obras de la Ley.

Con esta Epístola, el Apóstol sacudió definitivamente para la Iglesia el yugo de la Ley de Moisés.

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Si vamos al análisis de la misma, vemos que San Pablo comienza con una especie de ex abrupto en que recuerda a los gálatas que, cuando se convirtieron, no fueron las obras de la Ley, que seguramente ni conocían, sino la fe en Jesucristo, la que produjo en ellos el paso a la nueva vida en el Espíritu, con abundancia de dones espirituales.

A continuación, apoyado en textos de la Sagrada Escritura que le son familiares y dando luego un sesgo jurídico a la argumentación, habla de que las promesas hechas por Dios a Abraham fueron por testamento, y la Ley, venida cuatrocientos treinta años después, no puede anular ese testamento; el papel de la Ley no era vivificar, sino simplemente conducir hasta Cristo, manteniendo a los hombres en estado de alerta y de espera de los bienes celestiales prometidos por Dios en el testamento.

De esas promesas, continuadas luego a lo largo de la historia del pueblo judío, los israelitas han sido depositarios; pero los herederos son los cristianos.

Ciertamente es Abraham quien recibe la promesa divina y se convierte en poseedor del testamento; pero el verdadero heredero no son los israelitas, sino Cristo y los cristianos.

Para el Apóstol, el genuino y auténtico heredero es Cristo; y únicamente por su incorporación a Cristo, formando unidad con Él, es como los cristianos se convierten también en herederos.

No olvidemos esta revelación que debe estar en la base de nuestra vida espiritual, si queremos ser cristianos y no judaizantes: la Ley fue añadida a la promesa hasta que viniera el que había de cumplirla. Desde entonces lo prometido se da por la fe en Jesús, es decir a los que, creyendo en Él, se hacen como Él hijos de Dios.

Luego, nuestra vida no es ya la del siervo que obedece a la Ley, sino la del hijo y heredero que sirve por amor.

El mediador de la Ley antigua fue Moisés; la promesa, empero, se dio a Abrahán, sin mediador, directamente por Dios; es, pues, superior a la Ley de Moisés. No se trata de un contrato bilateral, sino de una promesa espontánea.

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San Pablo hace notar que la Escritura habla de descendiente y no de descendientes, para darnos a entender que el heredero es uno, es a saber, Cristo.

De este modo, San Pablo ha revelado al mundo el misterio de ese testamento otorgado por Dios a Abraham. No se trata de una herencia que los hombres van a adquirir sin más, llegado un determinado tiempo, sino que quien recibe la herencia es Jesucristo, Hijo de Dios, único digno de poseer los bienes divinos.

Si a los hombres también llega esa herencia, es únicamente por su cualidad de hijos adoptivos, privilegio que Cristo con su redención les ha conseguido.

Podemos, pues, decir que es mirando a Cristo y a los cristianos que Dios le hace las promesas a Abraham.

¿A qué vino, pues, el judaísmo? La respuesta la da San Pablo al explicar el papel de la Ley.

La tesis del Apóstol sobre el papel de la Ley mosaica es, pues, muy distinta de la que, en general, sostenían los judíos. Para éstos, lo realmente esencial y sustantivo en las relaciones con Dios era la Ley, que había venido a completar las promesas a Abraham, y con cuyo cumplimiento adquiríamos la justicia.

Esa Ley debía continuar vigente en la época mesiánica, y los gentiles habrían de someterse a ella, si querían participar en las promesas a Abraham.

De hecho, pues, la Ley se había convertido para los judíos en una especie de pantalla que ocultaba a Dios, exaltando a los hombres; en cuanto había de ser a base del propio esfuerzo, cumpliendo rigurosamente la Ley, como éstos debían obtener la justicia.

¡Nada más opuesto a la tesis de San Pablo! Para el Apóstol, la justicia es un don de Dios; y afirmar que la podemos adquirir con nuestro esfuerzo, aunque fuera a base del cumplimiento de una Ley dada por Dios, equivaldría a negar la gratuidad de la salud y quitar la gloria a Dios.

¿Cuál fue, pues, el papel que Dios asignó a la Ley? La respuesta de San Pablo es que en el plan salvífico de Dios la Ley fue algo provisional y transitorio, con vigencia sólo hasta Cristo; su papel era el de preparar los caminos en orden a la realización de la promesa, que es lo realmente sustancial, permanente y definitivo en el plan salvífico de Dios.

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En el capítulo segundo de esta Carta, San Pablo escribió:

Nosotros somos judíos de nacimiento, y no pecadores procedentes de la gentilidad; mas, sabiendo que el hombre es justificado, no por obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, nosotros mismos hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la Ley; puesto que por las obras de la Ley no será justificado mortal alguno.

En tan pocas líneas encontramos una síntesis completa de lo que constituye el Evangelio de San Pablo.

El Apóstol intenta hacer ver la inconsecuencia lógica en que se encuentran todos aquellos que, después de haber creído en Cristo, buscan todavía la justicia en la observancia de la Ley.

Dos son las ideas fundamentales, íntimamente enlazadas, que dominan todo el pasaje: justificación por la fe, y Cristo causa de esa justificación.

Dicho de otra manera, Cristo es presentado como solución única y plenaria del problema de la justificación.

Notemos que, si San Pablo niega el valor justificante de las obras de la Ley, ello no quiere decir que en el Antiguo Testamento no fuese obligatoria la observancia de la Ley; pero, aun entonces, la justificación de los Patriarcas y demás personas justas no fue fruto de las obras legales, sino que se daba en virtud de los méritos previstos de Cristo, mediante la fe en las promesas divinas de redención.

Por lo tanto, es absurdo e inconsecuente, después de haber abandonado la Ley y buscado la justificación por la fe en Cristo, volver ahora a la observancia de esa Ley, como si de ella dependiese nuestra justificación.

Sería declararnos transgresores de una Ley que no debíamos haber dejado. Además, sería hacer una injuria a Cristo, que fue quien nos indujo a dejar la Ley y seguirle a Él, convencidos de que conseguiríamos la justificación, cuando, en realidad, lo que hacía con nosotros era reducirnos al mismo nivel de los gentiles o pecadores.

San Pablo, por respeto a Jesucristo, considera eso tan blasfemo que pone la conclusión en forma interrogativa, rechazándola con un enérgico: ¡De ninguna manera!

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Los agitadores judaizantes insistían en que era necesario incorporarse a la descendencia de Abraham, mediante la circuncisión y la Ley, para poder participar de las bendiciones mesiánicas.

San Pablo, que no niega el papel importante de Abraham en la economía de la salud, va a poner en su punto las cosas, cortando de raíz todas esas objeciones de los judaizantes y dándonos una visión maravillosa de las relaciones entre Antiguo y Nuevo Testamento.

En resumen, dice que es por la fe como entramos a formar parte de la verdadera descendencia de Abraham; que la Ley era más bien un régimen de maldición, del que nos libró Cristo a fin de que las bendiciones hechas a Abraham pudiesen llegar hasta los gentiles.

El primer punto que toca el Apóstol es el de que Abraham fue justificado por la fe, no por la Ley, exactamente igual que, andando el tiempo, lo habían de ser también los gentiles.

Intenta hacerles ver a los gálatas que con la aceptación de la fe, imitando al fiel Abraham, habían sido ya incluidos en el ámbito de su descendencia y, consiguientemente, podían participar de las promesas hechas a él.

Es más, San Pablo insistirá en que sólo los nacidos de la fe, es decir, los engendrados a la vida sobrenatural por la fe, constituyen, en los planes divinos, la verdadera descendencia de Abraham, a la que están hechas las promesas.

La descendencia carnal, como concretará en su Carta a los Romanos, ni es necesaria ni suficiente.

Y todavía va más lejos San Pablo: la Ley, muy al contrario que la fe, no sólo no nos hace entrar en la obra de la bendición prometida de Abraham, sino que nos hace objeto de maldición.

Realmente, el modo de hablar de San Pablo, encarándose con los judaizantes, no puede ser más valiente. ¡Decir a un judío que la Ley, su máxima gloria, nos hacía objeto de maldición!

Estas son sus palabras: Porque está escrito: “Abrahán creyó a Dios, y le fue imputado a justicia.” Sabed, pues, que los que viven de la fe, esos son hijos de Abrahán. Y la Escritura, previendo que Dios justifica a los gentiles por la fe, anunció de antemano a Abrahán la buena nueva: “En ti serán bendecidas todas las naciones.” De modo que, junto con el creyente Abrahán, son bendecidos los que creen. Porque cuantos vivan de las obras de la Ley, están sujetos a la maldición.

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Hasta la venida de Cristo, la Ley y la fe podían ir unidas en las mismas personas, como de hecho lo fueron en los justos del Antiguo Testamento, fieles observadores de la Ley y con un profundo sentido de fe en Dios y en sus promesas.

Pero, una vez venido Cristo, esto ya no es posible. Ahora la Ley, terminado su cometido, queda ya disociada de la fe; y, por tanto, poner la confianza en ella, como hacen los judaizantes, es caer bajo el peso de sus maldiciones.

En resumen, la misma Ley que antes procuraba la vida, cuando la fe informaba sus preceptos, ahora no puede ya dar esa vida, una vez disociada de la fe.

San Pablo termina su razonamiento: Cristo, con su pasión y muerte, es quien nos libra de las maldiciones de la Ley y hace posible la entrada de los gentiles en la economía de la bendición prometida a Abraham.

Y saca la conclusión sobre la verdadera descendencia de Abraham: todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo estáis vestidos de Cristo. No hay ya judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón y mujer; porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús. Y siendo vosotros de Cristo, sois por tanto descendientes de Abrahán, herederos según la promesa.

Estas pocas líneas de San Pablo son de una riqueza de contenido extraordinaria. La idea fundamental es la de nuestra incorporación a Cristo, formando con Él un único organismo sobrenatural; lo que, supuesto todo lo anterior, trae como consecuencia nuestro entronque con Abraham, herederos de la promesa, sin necesidad de pasar por la Ley.

Las consecuencias de esta doctrina son inmensas, y San Pablo las apunta suficientemente al decir que por nuestra unión a Cristo han desaparecido las viejas divisiones de raza (judíos-griegos), de condición social (siervos-libres) y de sexo (varones-hembras), con absoluta igualdad espiritual entre todos los hombres, por encima de cualquier clase de privilegios y particularismos.

Palabras estas inauditas para la mentalidad del mundo antiguo, pero que son pura consecuencia de la doctrina cristiana, aunque en su aplicación se necesitara y se necesite a veces extremada prudencia, a fin de no agravar más el mal en vez de remediarlo, como hubiera sucedido en el caso de la esclavitud precipitadamente abolida.

En el último versículo, San Pablo resume el tema, sacando la conclusión que se buscaba: Si vosotros estáis interna y vitalmente unidos a Cristo, y Cristo es por derecho propio el heredero de las promesas, luego también vosotros sois herederos de esas promesas, sin necesidad de someteros a la Ley, que, además, ya no tiene ninguna razón de ser.

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El Evangelio de hoy es una magnífica miniatura de la respuesta dada por San Pablo a este grave problema.

En efecto, los leprosos, encaminados hacia los sacerdotes de la Ley, repentinamente se hallan sanos. Sanados, como habían sido tan maravillosamente, ¿qué debían hacer? ¿Continuar su camino a Jerusalén para presentarse a los sacerdotes? ¿Volver antes a Jesús?

¿Seguimos la letra de la Ley, que mata…, o vamos hacia el que debe ser el Mesías prometido? ¿Nos quedamos en la Antigua Alianza…, o abrazamos la Nueva Ley que se está proclamando?

A la duda siguió la discrepancia; y a la discrepancia siguió la escisión: los nueve judíos siguieron su camino a Jerusalén, hacia la Ley, hacia Moisés…; el samaritano quiso antes regresar a Jesús, el Descendiente…, al Legislador de un Nuevo y Eterno Testamento…

¿Quién obró bien, los nueve judíos, ateniéndose al cumplimiento material de la legalidad; o bien el samaritano, dando el primer lugar en su corazón a la glorificación de Dios en espíritu y en verdad y al agradecimiento debido a su divino bienhechor?

La respuesta del Salvador dio la razón al samaritano.

Jesús manifestó extrañeza por la falta de los nueve judíos, y preguntó al samaritano: ¿Por ventura no fueron sanados los diez? Pues los otros nueve ¿dónde están?

Pues…, están con la Ley, con Moisés, con la religión corrompida por los escribas y fariseos…

Por esto el Salvador, sin aguardar respuesta, exclamó: No se ha hallado quien volviese y diese gloria a Dios, sino este extranjero.

Y volviéndose al samaritano, postrado aún a sus pies, le dijo amorosamente: Levántate, vete en paz; porque tu fe te ha salvado.

La fe que mostraste a mi palabra te ha curado de la lepra del cuerpo…; y la fe mayor, con la que has vuelto para glorificar a Dios y darle las gracias, te ha librado de la lepra más repugnante…, la del espíritu…

Esta fe te ha hecho reconocer en mí al hijo de David, al Mesías prometido… Tu fe te ha salvado… porque las promesas fueron dadas a Abrahán y a su descendiente. No dice: “y a los descendientes” como si se tratase de muchos, sino como de uno: “y a tu Descendiente”, el cual es Cristo.