DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Décimotercera entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

 

Continuación…

LACUNZA, EL REINO VISIBLE Y LOS DECRETOS DEL SANTO OFICIO

VI

Anexo: La condena a Lacunza en el Index

http://engloriaymajestad.blogspot.com.ar/2014/05/lacunza-el-reino-visible-y-los-decretos_24.html

No cabe la menor duda que el tema es bastante complejo.

Para comenzar empecemos con un argumento ad hominem:

En primer lugar, nadie, absolutamente nadie, cumple, hoy por hoy, con las leyes de la Iglesia relativa a la lectura y publicación de libros.

En segundo lugar, existe, por regla general, en los llamados ámbitos tradicionalistas, una férrea defensa y propagación del secreto de La Salette, condenado por el Santo Oficio[22].

[22] No se nos escapa la respuesta que algunos dan a esta objeción, a saber, que el libro condenado con el nombre “L’apparition de la Très Sainte Vierge” no es el secreto propiamente dicho sino un libro escrito por un autor anónimo. Aún suponiendo que esto fuera cierto creemos que el argumento subsiste, ad hominem por lo menos, ya que hemos visto y leído a más de un sacerdote que citaban, defendían e incluso vendían el secreto, aún creyéndolo en el Index, a pesar del silencio cómplice de sus colegas en el sacerdocio.

Pasemos de lleno a la respuesta propiamente dicha.

1) Tanto Castellani como Morrondo Rodríguez afirman, con diversos matices, que el libro fue quitado del Index.

El primero de los autores escribe:

El año pasado se cumplieron 150 años de la composición de un gran libro religioso americano, La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, del jesuita Lacunza la obra fue incluída en el Indice de Libros Prohibidos en 1824; y fue este año 1957 liberada de él, por suerte, a pedido no sabemos de quién[23].

[23]Un clásico americano echado a las llamas y al olvido”, publicado por Dictio, vol. VIII “Lugones – Esencia del Liberalismo – Nueva Crítica Literaria” (1976), pag. 408 ss.

Por su parte Morrondo Rodríguez dice:

Bien es verdad que (Sixto Senense) acostumbra a tratar al P. Lacunza con excesiva dureza, asegurando que “La venida del Mesías en gloria y majestad” apenas si tiene una página exenta de algún error exegético, o dogmático o teológico o filosófico o científico o histórico, y que por eso fue inserta en el Índice de libros prohibidos, y condenada por la Sagrada Congregación, no en el sentido de razones extrínsecas, sino teológicamente por causas doctrinales. Pero, aunque el parecer de tan sabio escritor es para nosotros digno de toda consideración y respeto, no habíamos nunca pensado así, y se conoce que no andábamos desorientados cuando el Papa León XIII en el decreto último o Índice de libros prohibidos no incluye la obra del P. Lacunza, sin duda porque los errores que pueda encerrar en sus páginas “La venida del Mesías” en nada afectan a la ortodoxia, y pueden defenderse sin enojo de la Santa Sede, o más bien la causa de levantarle el veto era histórica y debida a razones extrínsecas que han cesado en la época actual”.

Y luego:

“… pero la Obra fue condenada y este es el secreto que explica el olvido a que bien pronto descendió.

La Inquisición española, a la sazón en funciones, arrebató, el libro de la circulación en el año 1819, día 15 de Enero, por medio de un Edicto decreto que suscribieron los siguientes miembros del tribunal, según leemos en la Biblioteca de la Religión.

El Decreto aparece firmado por don José Mata Linares, don Gregorio Mohamed, don Marcos Fernández Alonso, don Manuel Alonso y Velasco, Secretario. El texto dice así. “El Inquisidor de acuerdo con los del Consejo y Real Permiso manda recoger La Venida del Mesías en gloria y Majestad y que no pueda venderse, leer, retener, pena de excomunión mayor latae sententiae y doscientos ducados para gastos del Santo Oficio hasta tanto que por el mismo se alce esta prohibición».

Indudablemente la prohibición no se alzaría porque fue suprimido el Santo Oficio, entre algunas intermitencias, un año después, en el año 1820; y no es creíble que en el breve período de ese tiempo se autorizase la circulación; y aunque es verdad que, de derecho se restauró la Inquisición en 1823, pero de hecho estaba abolida, y definitivamente en 1834.

Las frases del Decreto permitían una vaga esperanza y así la habíamos concebido nosotros, de que las causas que habían intervenido en su redacción no habían nacido de la heterodoxia del libro, sino de circunstancias externas; acaso del peligro próximo o remoto de un abuso de las ideas del P. Lacunza por parte de los elementos perturbadores que bullían en aquella sociedad, en aquella época inquieta, en que se ventilaba el triunfo incipiente, y por desgracia efectivo y total después, de las libertades modernas.

Aquel presentimiento bien pronto se vio fallido, porque muy pocos años después la Sagrada Congregación del Indice, por Decreto de 5 de Septiembre de 1824, bajo el Pontificado de León XII, confirmó el promulgado por la Inquisición española, en los siguientes términos. «La venida del Mesías en gloria y Majestad. Observaciones de Juan Josafat Ben Ezra hebreo cristiano, dirigido al Sacerdote Cristófilo (el verdadero nombre del autor es Manuel Lacunza) obra póstuma. En todo idioma. Decreto 6 de Septiembre de 1824. Condenó y condena, proscribió y proscribe».

No obstante sospechamos, no sin fundamento, que tampoco la Sagrada Congregación del Indice prohibía el libro como de doctrina contraria a la fe católica, sino por razones extrínsecas, por las cuales se juzga perjudicial o inoportuna la publicación que en otras circunstancias no ofrece inconveniente alguno.

El P. Lacunza, por un conjunto de razones, no ha podido descender al abismo del error, habiendo pasado por manos calificadoras de hombres eminentes en ciencia y en virtud, como hace constar el autor en el prólogo de «La venida del Mesías en gloria y Majestad»; y el tiempo ha venido a demostrar que la Santa Sede juzgó más tarde que ya no procedía retenerle en el catálogo de libros prohibidos.

Hay diferencia marcada entre la Congregación del Santo Oficio y la Congregación del Indice, mientras aquella está encargada de la tutela de la doctrina de la fe, de las costumbres y del juicio sobre herejías, la del Indice examina diligentemente todos los libros que se delaten, procura inquirir por propio oficio y por los medios más oportunos si se hubiesen editado libros de cualquier género que deben ser condenados, y si fuese conveniente, prohibirles. Según esto la inserción en el Indice no significa de suyo que la S. Congregación condena una doctrina sino que muchas veces se limita simplemente a prohibir su lectura por variedad de causas y motivos, ya porque no es oportuna la publicación o porque pudiera ser peligrosa, o quizá producir escándalo o por temor a los abusos que pudieran seguirse; más cuando las justas razones que motivaron la prohibición, cesan en algún tiempo, o sobrevienen circunstancias nuevas, sucede que un libro es excluido del Indice y entra en plena circulación. Actualmente se han introducido modificaciones.

La esperanza se confirmó, porque efectivamente en el Indice de libros prohibidos, editado por mandato del Papa León XIII, del año1901, no estaba incluida la obra del P. Lacunza.[24]

[24] La proximidad de la catástrofe del mundo y El advenimiento de la regeneración universal, Jaén 1922, pág. 168 y 194-196.

¿Qué pensar de esto?

El testimonio de Castellani nos parece, por lo menos, dudoso. Es muy probable que se haya equivocado porque en otras obras posteriores afirma que el libro sí estaba en el índice; además la última edición del Index data de 1949 y en las Actas de la Sede Apostólica de los años 1957-1959 Lacunza no es nombrado ¿De dónde pudo haber sacado tal información?

En cuanto a lo que trae Morrondo Rodríguez, la situación cambia un poco. El único problema es que no hemos podido corroborar lo que dice ya que no hemos encontrado la edición de 1901 por ningún lado, sino tan solo la de 1900 y la de 1907 y en ambas sí está Lacunza.

Si en 1901 la obra fue sacada, duró poco, lo cual es un tanto difícil de creer, pero más difícil aún parece creer que alguien se equivoque en algo tan sencillo como buscar el nombre de un autor en un libro ordenado por orden alfabético[25].

[25] Si alguien pudiera dar con esta edición del Index le agradeceríamos nos corroborara la veracidad o no de la afirmación del P. Morrondo Rodríguez.

VII

http://engloriaymajestad.blogspot.com.ar/2014/05/lacunza-el-reino-visible-y-los-decretos_27.html

2) Aun suponiendo que ninguna de las dos afirmaciones sea correcta, ¿se podría probar que la obra de Lacunza fue condenada por razones extrínsecas?

Todo parece indicar que sí.

En primer lugar, para toda esta cuestión nos parece imprescindible la lectura atenta de ESTE trabajo del P. Urzúa.

Antes de pasar a los testimonios, será bueno trazar una pequeña semblanza del P. Lacunza:

Urzúa nos ilustra:

En la mañana del día 17 de Junio de 1801, se encontró arrojado en un foso de las afueras de la ciudad de Imola en Italia, el cadáver del señor don Manuel Lacunza, sacerdote chileno, profeso en la que era entonces extinguida Compañía de Jesús.

Hacía más de treinta años que, proscripto de su patria, fijara allí su residencia, y en tan largo espacio de tiempo había llegado a conquistarse el respeto y la veneración, siempre crecientes, de cuantos le conocían. Las bellas prendas de su carácter humilde y bondadoso, su vida retirada y pobre, su aplicación infatigable al estudio, y más que todo, las pasmosas producciones de su ingenio, temas de interesantísimas discusiones, formaron en torno de su persona esa aureola de admiración, de simpatía y de curiosidad, que saben despertar los hombres superiores…”

(…)

«Después de cinco años de permanencia en esta ciudad Lacunza, separado voluntariamente de toda sociedad, se alojó algún tiempo en un arrabal y después en el recinto y cerca de la muralla de la ciudad: dos habitaciones del piso bajo le dieron un retiro aun más solitario, en donde ha vivido, por espacio de más de veinte años, como un verdadero anacoreta

«Para no distraerse de su plan de vida, se servía a sí mismo, y a nadie franqueaba la entrada a su habitación. Tenía la costumbre muy singular de acostarse al despuntar el día, o poco antes, según las estaciones. Acaso, arrebatado por el gusto de la astronomía que había tenido desde su juventud, le era grato estar en vela mientras estaban visibles los astros en el cielo, o quizás apreciaba este tiempo de recogimiento y de silencio como el más favorable al estudio. Se levantaba a las diez, decía misa, y después iba a comprar sus comestibles; los traía, se encerraba y los preparaba por sí mismo. Por la tarde daba, siempre solo, un paseo en el campo. Después de la cena iba, como a escondidas, a pasar un rato con un amigo, y, vuelto a su casa, estudiaba, meditaba o escribía hasta la aurora. Tal fue su régimen invariable hasta el 17 de Junio de 1801, época de su muerte…”

(…)

Que la piedad y el estudio debieron ser las ocupaciones que llenaron la vida del P. Lacunza, nos lo atestigua de una manera irrefutable la obra que escribió: en ella, desde la primera hasta la última página se descubren las vigilias y las meditaciones de un sabio, y se trasparentan la fe y la piedad de un hombre de Dios, juntos con un amor a la verdad que no conoce límites. Pero, como esta demostración puede no estar al alcance de toda suerte de personas, no omitiremos otra clase de testimonios.

El señor Menéndez Pelayo nos asegura que era el P. Lacunza «varón tan espiritual y de tanta oración, que de él dice su mismo impugnador el P. Bestard que «todos los días perseveraba inmoble en oración por cinco horas largas, cosido su rostro en la tierra»[26].

[26]  Heterodoxos, t. III, pág. 409.

No estará de más observar que la refutación del P. Bestard se titula: Observaciones que Fray Juan Buenaventura Bestard… presenta al público, para precaverlo de la seducción que pudiera ocasionarle la obra intitulada: La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, de Juan Josaphat Ben-Ezra. Por semejante título se verá cuánto valor tiene en el presente caso el testimonio del citado Padre[27]…”

[27] Morrondo Rodríguez, op. cit. capítulo VII, capítulo dedicado íntegramente a la figura de Lacunza, comenta sobre este tema (negritas nuestras): “Prevenido contra el P. Lacunza y reconociendo en el prólogo que, según fama, acostumbraba el ilustre Jesuita a orar cinco horas diarias con rostro en tierra; ante una manifestación tan sorprendente de la grandeza de su alma, no se le ocurre al autor de lasObservaciones otra exclamación que la burla piadosa de aprovecharse de este detalle, para traducirla a un lenguaje tan poco caritativo, diciendo que oraba de espaldas al cielo, como símbolo de la oposición a la verdad”.

La verdad que no recordamos haber leído jamás algo tan pero tan imbécil en nuestra vida. Realmente el grado de estupidez al que puede llegar el ser humano es algo abismal.

Por culpa de fariseos como el P. Bestard la Iglesia está como está.

(…)

Es cierto que el P. Lacunza se aplicó seriamente al estudio, y que invocaba mucho la gracia del Espíritu Santo. Cuando hallaba una cuestión difícil de resolver, o un texto que no acertaba explicar, decía a su amanuense el P. González Carvajal, por cuyo testimonio esto nos consta: Suspendamos el trabajo, hasta pedir con más instancia la ilustración divina; y, yendo con él a una iglesia, después de largo rato de oración, se levantaba de ordinario con luz suficiente, que él creía ser de Dios, para continuar el trabajo interrumpido. A las veces insistía por muchos días en la oración, dejando suspenso aquel punto, hasta poder exponerlo de un modo conveniente

(…)

“… hombre cuyo carácter humilde y afable le granjeaba las voluntades de cuantos le conocían y trataban, cuyo retiro del mundo, parsimonia en su trato, abandono de su propia persona en las comodidades aun necesarias a la vida humana, y aplicación infatigable a los estudios, le conciliaban el respeto y admiración de todos, aun de aquellos que sólo por noticias le conocían, cuyas fatigas y desvelos en el estudio y meditación constante, jamás interrumpido atento y profundo de los libros santos, Santos Padres, y de los sagrados intérpretes, por espacio de más de treinta años de una vida enteramente libre de toda otra ocupación, nos ha producido finalmente el famoso parto de su no vulgar ingenio en la obra de que hablamos”.

Hablando sobre esto dice Morrondo Rodríguez[28]:

[28] Op. cit. pag. 187.

Para conocer una misión extraordinaria, decía un Pontífice que basta un milagro que lo compruebe, o el descubrimiento de sentidos ocultos en la Escritura, como lo hizo el Bautista, de quien no se refiere que obrase ningún milagro. Salva siempre la superior autoridad, creeríamos que el P. Lacunza recibió del cielo el singularísimo don de penetrar sentidos ocultos a los demás hombres; misterios, vaticinios y promesas que estando a la vista de todos, nadie ha visto más que él, como si se hubieran rasgado ante sus ojos las nubes y brotado torrentes de luz que hiere la pequeñez de nuestras pupilas, revelando amenazas, mostrando castigos inesperados, alegrías, consuelos desconocidos, de modo que el conjunto produce honda impresión.

¿Ha obedecido la pluma del P. Lacunza a un movimiento piadoso del Espíritu Santo? El movimiento piadoso no comunica ninguna verdad, no revela, no inspira, ni transmite luz de fe, que se supone; pero en el orden de la fe, y dentro de ella, es un grado superior, porque si a todo cristiano se le ha otorgado el don de fe suficiente para creer cuanto es necesario a la salvación, el que goza del movimiento piadoso, participa de una intensidad de luz superior, como un ojo más penetrante percibe los objetos a mayor distancia; como una inteligencia más privilegiada alcanza más grados de intelección. Es el genio de la fe que descubre en el campo de la revelación lo que nadie ha visto, y, sin embargo estaba a la vista de todos…”.

Pasemos ahora a los testimonios de diversos autores, la mayoría de las cuales se encuentran en Urzúa:

Gorriti: “… el incomparable americano Lacunza, honra no sólo de Chile, que fue su patria, sino de todo nuestro continente”.

Diccionario Biográfico Americano de Cortés: “Una de las glorias de la Teología en el siglo XIX”, y sostiene que “en la Exégesis Bíblica se elevó a una altura a que no ha llegado ningún escritor moderno, ni en Europa ni en América”.

Menéndez Pelayo: «Notables y ortodoxísimos teólogos ponen sobre su cabeza el libro del P. Lacunza, como sagaz y penetrante expositor de las Escrituras».

El mismo Lacunza confiesa: “No me atreviera, dice, a exponer este escrito a la crítica de toda suerte de lectores, si no me hallase suficientemente asegurado: si no lo hubiese hecho pesar una y muchas veces en las mayores y más fieles balanzas que me han sido accesibles: si no hubiese, digo, consultado a muchos sabios de primera clase, y sido por ellos asegurado (después de un prolijo y riguroso examen) de no contener error alguno, ni tampoco alguna cosa de sustancia digna de justa reprensión”.

De entre los mismos Censores se puede ver que dos de ellos lo defendieron y que si recomendaron su censura fue simplemente por el abuso que podían hacer “los ignorantes y tímidos”. Uno déllos, Fr. Pablo de la Concepción llega a afirmar: “La verdad, la abundancia, la naturalidad de los pasajes que alega de la santa Escritura, así del antiguo como del nuevo Testamento, de tal manera inclinan el entendimiento al asenso de su sistema, que me atrevo a decir: que si lo que él dice es falso, jamás se ha presentado la mentira tan ataviada con el sencillo y hermoso ropaje de la verdad, como la ha vestido este autor, porque el tono de ingenuidad y de candor, la misma sencillez del estilo, el convite que siempre hace a que se lea todo el capítulo, y capítulos de donde se toma, y que preceden o siguieren a los pasajes que alega, la correspondencia exacta no sólo de las citas sino también del sentido que a primera vista ofrecen los sagrados textos; todo esto, digo yo, dan tan fuertes indicios de verdad, que parece imposible rehusarle el asenso a no estar obstinadamente preocupado en favor del sistema contrario”.

Morrondo Rodríguez a su vez dice[29]:

[29] Op. cit. pag. 196-197.

La Venida del Mesías tiene además una historia inédita que dejamos intacta por no ser necesario su conocimiento al plan que nos proponemos seguir.

El Censor eclesiástico en España como consta del prólogo, fué Fray Juan de la Concepción, Carmelita Descalzo, el 13 de Diciembre de 1812, de quien son estas palabras. “Que hacía ya veinte y seis años que había leído un manuscrito de la obra, y desde entonces concibió un vivo deseo de adquirirle a toda costa, para leerle muchas veces, estudiarle, meditarle, con todo el empeño que pudiese… y todas las veces que le había leído se renovó más aún su admiración, al ver el profundo estudio que tenía hecho su autor de las Sagradas Escrituras… y la luz que arroja sobre los más altos misterios”.

Y, añadía. “Por lo que afecta a las costumbres y a la moral no solo no contiene cosa alguna contra ella, sino que por lo contrario, contribuye mucho a la reforma… por la magnífica pintura de Jesucristo, por el respeto que infunde a la Escritura, a su veracidad y deseos de estudiarla y entenderla, por el saludable temor que infunde a los cristianos, a causa de la corrupción de las costumbres, amenazados del mismo castigo que hoy sufren los judíos”.

Aunque el Censor que por su ciencia gozaba de gran prestigio, no hubiere consultado su juicio con ninguno de sus hermanos de Religión, lo cual no es creíble, tanto más cuanto que la impresión que le produjo le venía preocupando hacía muchos años, desde que leyó uno de tantos manuscritos como circulaban entre los sabios de aquella época; es lo cierto que la Compañía de Jesús debe tener solidaridad con la «La Venida del Mesías», no solo porque su autor era un hombre ilustre del Instituto, sino porque no es verosímil, que una obra de tanta transcendencia saliera de las manos de uno de sus hijos sin que llevara una implícita aprobación o fuese sometida al examen de Padres graves, según es costumbre, celosa de su prestigio doctrinal; y más que nada, porque entre las consultas que el P. Lacunza dirigiera a reputados sabios, así lo consigna el mismo autor, es evidente que entre los censores figurarían Religiosos de la Compañía, porque no se encontraría tan escasa de notabilidades que fuera necesario apelar a extraños censores. Así asegura el P. Lacunza que no lanza la Obra a la publicidad sino después de escuchar la opinión de muchos sabios de primera clase que la sometieron a un rigoroso y prolijo examen sin encontrar causa de justa reprensión”.

Torres Amat: “El sabio jesuita Lacunza ha escrito en estos últimos años a favor de la sentencia de los milenarios puros o espirituales, una obra con este título: “Venida del Mesías en gloria y majestad, por Juan Josafat Ben-Ezra”. Dicha obra es digna de que la mediten los que particularmente se dedican al estudio de la Escritura, pues da luz para la inteligencia de muchos textos oscuros; pero no miro conveniente que la lean aquellos cristianos que sólo tienen un conocimiento superficial de nuestra Religión, por el mal uso que pueden hacer de algunas máximas que adopta el P. Lacunza”.

Urzúa comenta: “Además de todas estas autoridades, podemos añadir que ha sido práctica corriente de muchos sacerdotes ilustrados, y de eminentes obispos americanos, recomendar la lectura de La Venida del Mesías a personas ilustradas y piadosas. Por nuestra parte hemos tenido oportunidad de oír en repetidas ocasiones, a varios prelados expresarse de la obra del P. Lacunza, como uno de sus libros favoritos, y aconsejar encarecidamente a los sacerdotes su lectura (…) Muchos sabios de primera nota han leído esta obra con verdadera admiración, y han hecho de ella un objeto constante de sus profundas meditaciones”.

Para terminar nos parece oportuno remitirnos al excelente trabajo del adventista A. Vaucher: “Lacunza, un Heraldo de la Segunda Venida de Cristo[30]”, donde leemos, entre otros numerosos autores, que dos personas altamente influenciadas por Lacunza fueron Donoso Cortés y el mismísimo Pío IX, que sin dudas lo conoció en su paso por Chile cuando era Nuncio Apostólico[31].

[30] Libro imprescindible sobre Lacunza, lectura casi diríamos obligada. Es un estudio muy completo desde el punto de vista histórico y trae numerosos testimonios a favor del Milenarismo en general y de La Venida en particular; en este sentido es muy esclarecedor el testimonio del P. Gras que afirma que en el siglo XIX se encontró con que en Francia, Italia, España, Inglaterra, Alemania y Polonia el número de sacerdotes y fieles milenaristas era muy grande (Cap. 10).

[31] Capítulos 14 y 16.

VIII

http://engloriaymajestad.blogspot.com.ar/2014/05/lacunza-el-reino-visible-y-los-decretos_30.html

Sobre los cargos contra La Venida puede consultarse a Urzúa, cuyas respuestas son contundentes; sin embargo, queremos agregar un par de cosas:

De los 13 cargos contra Lacunza, todos menos el 11 fueron defendidos por Eyzaguirre en su “Apocalipseos Interpretatio Literalis, Romae, (1911)”. Libro en donde el autor incluso le traduce a Lacunza párrafos enteros, y que fue aprobado en Roma, bajo el Pontificado de San Pío X con imprimatur del P. Lepidi, Maestro del Sacro Palacio, algo así como el teólogo personal del Papa.

En especial nos parece digna de mención la contestación (pag. 764 y ss) que le hace a Franzelin en su crítica al Milenarismo. El argumento del eximio Cardenal es básicamente el mismo del punto 1º de los cargos contra La Venida.

No vamos ni traducir a Eyzaguirre ni entrar en detalles, pues baste con decir que para Roma esta es una cuestión totalmente opinable y que como tal debe tomarse lo que dice Franzelin.

Del resto de los puntos se puede decir otro tanto.

En cuanto al punto 11º, el referido a los sacrificios judíos, es defendido, además de Lacunza, por Morrondo Rodríguez en su capítulo XVIII, aunque con diversos matices.

Pero aun así, se nos dirá, Lacunza fue condenado por razones prudenciales y las mismas subsisten hoy en día.

No estamos tan seguros.

1) En primer lugar no hay a quién consultar hoy en día. Aléguese la razón que sea, pero esto es un hecho.

2) En segundo lugar, y lo primero no es más que un signo désto, la obra de Lacunza no fue escrita para sus contemporáneos de fines del siglo XVIII, ni para los del siglo XIX, ni siquiera para los de la primera mitad del siglo XX, sino para aquellos que asistimos a estos tortuosos últimos tiempos. En ese sentido nos parece hasta casi diríamos providencial la censura de La Venida.

Estamos convencidos que para comprender las Escrituras, y particularmente las profecías es imprescindible la lectura de la obra de Lacunza y seguir sus principios. Él es, por lejos y sin ningún tipo de comparación, el mejor y más grande exégeta de la historia de la Iglesia Católica. Ninguno le hace ni siquiera sombra y es muy superior a los Santos Padres[32].

[32] Además de Lacunza, entre los autores que hemos podido leer, nos parece que Van Rixtel y por supuesto, Straubinger, son los mejores, pero ambos dependen indudablemente de él.

Nadie debería asustarse ni tomar a mal lo que decimos. Basta leer cualquier comentario al Apocalipsis de algún Padre y se verá que sirve de muy poco hoy en día. Con respecto a la exégesis de las profecías, por regla general, reina una gran variedad de opiniones, ninguna de las cuales es capaz de aquietar el intelecto, mientras que Lacunza ha arrojado numerosísimos rayos de luz sobre innumerables cuestiones[33].

[33] Los ejemplos podrían multiplicarse casi hasta el infinito, pero un solo nos bastará señalar ahora: nos parece que después de Lacunza, ya no es lícito al exégeta Católico interpretar literalmente la Mujer del Capítulo XII del Apocalipsis ni con la Iglesia, ni mucho menos aún con la Ssma. Virgen; sin embargo los exégetas continúan copiándose unos a otros y aplican el Capítulo XII ora a la Iglesia, ora a Nuestra Señora, ora a ambos contra toda violencia y protesta del texto.

Entendemos perfectamente que aquellos que sueñan y divagan con la falsa esperanza de una próxima restauración no quieran ni siquiera oír hablar de la Parusía, pero para los tales les vendría bien reflexionar sobre esta admonición del mismo Lacunza[34]:

[34] Fenómeno I, conclusión.

La seria consideración de este gran fenómeno, después de observado con exactitud, podrá ser utilísima, en primer lugar para aquellas personas religiosas y pías, que lejos de contentarse con apariencias, ni deleitarse con discursos ingeniosos y artificiales, buscan solamente la verdad, no pudiendo descansar en otra cosa. Mucho más útil pudiera ser respecto de otras personas, de que tanto abunda nuestro siglo, que afectan un soberano desprecio de las Escrituras, en especial de las profecías; diciendo ya públicamente, que no son otra cosa que palabras al aire, sin otro sentido que el que quieren darle los intérpretes. Unas y otras podrían quedar, en la consideración de esta sola profecía, y en el confronto de ella con la historia, penetradas del más religioso temor, y del más profundo respeto a Dios y su palabra.

Desde Nabucodonosor hasta el día de hoy, esto es, por un espacio de más de 2300 años, se ha venido verificando puntualmente lo que comprende y anuncia esta antiquísima profecía. Todo el mundo ha visto por sus ojos las grandes revoluciones que han sucedido para que la estatua se formase y se completase desde la cabeza hasta los pies. La vemos ya formada y completa, según la profecía, sin que haya faltado la menor circunstancia. Lo formal de la estatua, es decir, el imperio y la dominación, que primero estuvo en la cabeza, se ha ido bajando a vista de todos, por medio de grandes revoluciones, de la cabeza al pecho y brazos; del pecho y brazos al vientre y muslos; del vientre y muslos a las piernas, pies y dedos, donde actualmente se halla. No falta ya sino la última época, o la más grande revolución, que nos anuncia esta misma profecía con quien concuerdan perfectamente otras muchísimas, que en adelante iremos observando. Mas esta última ¿por qué no se recibe como se halla? Quien ha dicho la pura verdad en tantos, tan grandes y tan diversos sucesos que vemos plenamente verificados, ¿podrá dejar de decirla en uno sólo que queda por verificarse? ¿Por qué, pues, se mira este suceso con tanta indiferencia? ¿Por qué se afecta no conocerlo? ¿Por qué se pretende equivocar y confundir la caída de la piedra sobre los pies de la estatua, y el fin y término de todo imperio y dominación, con lo que sucedió en la primera venida quieta y pacífica del hijo de Dios?

No sé, amigo, qué es lo que tememos, qué es lo que nos obliga a volver las espaldas tan de repente y recurrir a cosas tan pasadas y tan ajenas de todo el contexto ¿Acaso tememos la caída o bajada de la piedra, o la venida del Señor en gloria y majestad? Mas este temor no compete en modo alguno a los siervos de Cristo, a los fieles de Cristo, a los amadores de Cristo, pues la caridad echa fuera el temor (I Jn. IV, 18)… Estos, por el contrario, debían desear esta venida y clamar día y noche con el profeta: “¡Oh, si rasgaras los cielos y bajaras! A tu presencia se derretirían los montes, cual fuego que enciende la leña seca, cual fuego que hace hervir el agua; para manifestar a tus enemigos tu Nombre” (Is. LXIV, 1 ss). A estos se les dice en el Salmo II, 13: “Antes que se irrite y vosotros erréis el camino, pues su ira se encenderá pronto ¡Bienaventurado quien haya hecho de Él su camino!”. A estos se les dice en el evangelio (Luc. XXI, 27 s.): “Entonces es cuando verán al Hijo del Hombre viniendo en una nube con gran poder y gloria. Mas cuando estas cosas comiencen a ocurrir, erguíos y levantad la cabeza, porque vuestra redención se acerca. A estos se les dice en el Apocalipsis: “Y el Espíritu y la Novia dicen “Ven” (XXI, 17). A estos, en fin, les dice San Pablo (Fil. III, 20 s.): “En cambio la ciudadanía nuestra es en los cielos, de donde también, como Salvador, estamos aguardando al Señor Jesucristo, el cual vendrá a transformar el cuerpo de la humillación nuestra conforme al cuerpo de la gloria Suya, en virtud del poder de Aquel que es capaz para someterle a Él mismo todas las cosas“. Estos, pues nada tienen que temer, deben arrojar fuera de sí todo temor, y dejarlo para los enemigos de Cristo, a quienes compete únicamente temer, porque contra ellos viene.

¿Acaso tememos las consecuencias de la bajada y caída de la piedra, esto es, que la piedra se haga un monte tan grande, que cubra toda esta nuestra tierra? O por hablar con los términos con que habla casi toda la divina Escritura, ¿tememos aquí el reino o el juicio de Cristo sobre la tierra? Mas, ¿por qué? ¿No están convidadas todas las criaturas, aun las insensibles, a alegrarse y regocijarse, porque viene, porque viene para gobernar la tierra? ¿No estamos certificados de que juzgará al orbe de la tierra con justicia y a los pueblos con su fidelidad? (Sal. XCV, 13); ¿que juzgará el orbe de la tierra “no según lo que ven los ojos, ni según lo que oyen los oídos”, que ahora falla muchas veces, “sino que juzgará a los pobres con justicia, y fallará con rectitud en favor de los humildes de la tierra?” (Is. XI, 3) ¿No nos dan los Profetas unas ideas admirables de la bondad de este Rey, y de la paz, quietud, justicia y santidad de todos los habitadores de la tierra, debajo del pacífico Salomón? (Sal. XLV, XLVI, XLVII, LXV, LXXI; Is. II, XI, XXIV, etc. etc.). Pues, ¿qué tienen que temer los inocentes un Rey infinitamente sabio, y un juicio perfectamente justo?

¿Acaso tememos (y este puede ser motivo aparente de temor) acaso tememos el afligir, desconsolar, ofender y faltar al respeto y acatamiento debido a las cabezas respetables del cuarto reino de la estatua? ¡Oh, qué temor tan mal entendido! El decir clara y sencillamente lo que está expresado en la Escritura de la verdad; el decir a todos los soberanos actuales que sus reinos, sus principados, sus señoríos, son conocidamente los figurados en los pies y dedos de la grande estatua, haciéndoselos ver por sus propios ojos en la Escritura de la verdad; el decirles, que estos mismos reinos son los inmediatamente amenazados del golpe de la piedra, ¿se podrá mirar como una falta de respeto, y no antes como un servicio de suma importancia? Lo contrario sería faltarles al respeto, faltarles a la fidelidad, faltarles al amor que les debemos ocultándoles una verdad tan interesante después de conocida. Para decir esta verdad, no hay necesidad alguna de tomar en boca a las personas que actualmente reinan; esto sí que sería una falta reprensible; pues no es lo mismo los reinos actuales, que las cabezas actuales de los reinos; las cabezas se mudan, pues debido a la muerte no pueden permanecer; mas los reinos van adelante. Así como ninguno sabe cuando bajará la piedra, ni Dios lo ha revelado, ni lo revelará jamás; así ninguno puede saber quiénes serán entonces las cabezas del reino, ni las novedades que en él habrá en los siglos venideros. Por eso el mismo Señor nos exhorta con tanta frecuencia en los evangelios a la vigilancia en todo tiempo, porque no sabemos cuándo vendrá: “Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Vigilad en todo momento. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!“ (Mt. XXIV, Mc. XIII).

Ni a los soberanos presentes, ni a sus sucesores, ni a sus ministros, ni a sus consejeros, ni a sus grandes, les puede ser esta noticia del menor perjuicio; antes por el contrario, les puede ser de infinito provecho si la creen, y dichosos mil veces los que la creyeren; dichosos los que le dieren la atención y consideración que pide un negocio tan grave; ellos procurarán ponerse a cubierto, ellos se guardarán del golpe de la piedra, ciertos y seguros que nada tienen que temer los amigos, pues sólo están amenazados los enemigos. Mas si la noticia, o no se cree, o se desprecia y echa en olvido, ¿qué hemos de decir, sino lo que decía el Apóstol hablando de la venida del Señor? “Como ladrón de noche, así viene el día del Señor. Cuando digan “Paz y Seguridad”, entonces vendrá sobre ellos, de repente, la ruina”. (I Tes. V, 2 s.). Las profecías no dejarán de verificarse porque no se crean, ni porque se haga poco caso de ellas. Por eso mismo se verificarán con toda plenitud”.

Y si lo que dice Lacunza no les basta, sepan que preferimos mil veces quedarnos contodos los Papas del siglo XX que nos advirtieron sobre la próxima Segunda Venida de Nuestro Señor, particularmente el mismísimo Pío XII cuando dijo[35]:

Nuestro deber, el deber del Episcopado, el del clero y el de los fieles, es de prepararse espiritualmente por la plegaria y el ejemplo al futuro encuentro de Cristo con el mundo”.

[35] Palabras al Sacro Colegio pronunciadas el 2 de Julio de 1942.

Notemos que Pío XII habla de un deber, de una estricta obligación en conciencia para todo Católico. Obligación sobre la cual tendremos que dar rigurosa cuenta algún día.

Y más claro aún en su bellísimo sermón de Pascua de 1957:

¡Ven Señor Jesús! La humanidad no tiene fuerza para quitar la piedra que ella misma ha fabricado, intentando impedir tu vuelta. Envía tu ángel, oh Señor, y haz que nuestra noche se ilumine como el día ¡Cuántos corazones, oh Señor, te esperan! ¡Cuántas almas se consumen por apresurar el día en que Tú sólo vivirás y reinarás en los corazones! ¡Ven, oh Señor Jesús! ¡Hay tantos indicios de que tu vuelta no está lejana!

Los tiempos en que vivimos hacen imprescindible la lectura de Lacunza para poder comprender los próximos acontecimientos y, por lo tanto, para poder estar preparados.

Que la lectura de Lacunza no sea para cualquiera lo afirmamos terminantemente, es más, estamos convencidos que requiere un conocimiento no mediocre de las Escrituras en general y de las profecías en particular, pero lo que antes impedía su publicación por considerarse un mal mayor, creemos que los tiempos en que vivimos nos urgen a tomar otra postura.

Nos parece que para poder enfrentar los próximos acontecimientos nada mejor que prepararse con las armas de las Escrituras y por lo tanto, con las de su mejor comentador.

Sepan todos cuantos han tenido la paciencia de llegar hasta aquí, que:

En estos tiempos la Espiritualidad será Parusíaca o no será”.

Vale !

Continuará…

 

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