DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Décima entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

 

Continuación…

3. La generación de los jóvenes católicos de los años treinta

En la década de 1930 alcanzó notoriedad en Santiago una generación de jóvenes católicos, que en su mayoría habían estudiado en la Universidad Católica. Todos tenían fuertes inquietudes sociales y se sentían muy motivados por la doctrina social de la Iglesia expuesta en las Encíclicas Rerum novarum y Cuadragesimo anno. Les había tocado vivir la depresión de 1930-1931 y sus efectos sociales, políticos y psicológicos los marcaron con intensidad. En general eran personas bastante excepcionales, que se habían destacado como estudiantes y dirigentes juveniles. La mayoría de ellos optó por participar en la vida política, para lo cual ingresaron al partido conservador, que era la colectividad que agrupaba a los sectores católicos. Entre esos jóvenes se destacaban las figuras de Bernardo Leigthon, Eduardo Frei, Radomiro Tomic, Manuel Garretón e Ignacio Palma ente otros.

Con todo, un grupo de ellos, más reducido, optó por mantenerse al margen de la política contingente y se negó a incorporarse al partido conservador, a pesar de las presiones que recibieron, incluso por miembros de la jerarquía eclesiástica. Estimaban que la actividad política podía desviarlos de su compromiso social, el que se fundaba en un acendrado espíritu religioso. Compartían esos ideales varios jóvenes profesionales, ente los que se encontraban Jaime Eyzaguirre, Julio Philippi, Ansiando Roa, Vicente Ahumada y Arturo Fontaine. Aspiraban a un perfeccionamiento de la vida espiritual, la que debía ser fuente y sustento de la acción social. Se veían como depositarios de una misión en medio de un mundo hostil al que le presentaban un mensaje renovador. El crítico panorama que vivían no los desanimaba, pues de acuerdo al Evangelio y a los signos de los tiempos finalmente debía producirse el triunfo de la luz sobre las tinieblas.

Un papel clave en la postura religiosa de esos jóvenes, lo desempeñó el sacerdote Juan Salas Infante, párroco en ese entonces de San Juan Evangelista. Él impulsaba un movimiento de renovación litúrgica de raigambre benedictina y tenía círculos de estudios bíblicos. Aparte de su inteligencia y preparación, poseía un carisma muy especial, que fascinaba a las elites con inquietudes religiosas e intelectuales. Era milenarista y los análisis y comentarios bíblicos los efectuaba a partir de ese prisma. Sus seguidores se identifican con esa doctrina y redescubren a Lacunza. De hecho asociaba como signos de los tiempos, de carácter apocalíptico, al individualismo, la pérdida de la fe, las injusticias y el avance del ateísmo que se producía en esos años. Eyzaguine escribía que el milenarismo «en la negra realidad histórica en que vivimos, trae un sano impulso de acción y pone una luz de optimismo con la espera del triunfo definitivo de Cristo en su gloriosa venida» (22).

Entre 1938 y 1940 se producirá una polémica a través de la prensa, la que tuvo como protagonistas a Jaime Eyzaguirre, secretario de la revista Estudios, y al rector del seminario mayor de Santiago, Alejandro Huneeus. El primero de ellos sostenía que el milenarismo nunca había sido condenado por la Iglesia, mientras que el segundo señalaba que esa doctrina producía en sus adherentes un quietismo paralizante, estimulaba una actitud rebelde frente a la jerarquía y se acercaba al protestantismo por la devoción a las escrituras y el desprecio a la tradición (23).

En vista de la resonancia de la polémica y de la penetración que el milenarismo lacunciano había alcanzado en el seminario mayor, la Conferencia Episcopal, en 1940, acordó prohibir “la difusión y la enseñanza pública o privada de la doctrina llamada milenarista, en cualquiera de sus formas». (24)

En el intertanto, el Arzobispo de Santiago enviaba una carta al Santo Oficio pidiéndole un pronunciamiento debido a que en la Arquidiócesis existía un número creciente de admiradores del milenarismo y de la obra del padre Lacunza.

El 11 de junio de 1941 la Inquisición prohibió la enseñanza del milenarismo mitigado por ser doctrina insegura, lo cual reiteró en un nuevo decreto publicado el 21 de julio de 1944.

A raíz de esa determinación y de la muerte por esos días del presbítero Salas, el grupo milenarista de la parroquia de San Juan Evangelista se disolvió y sus miembros no volvieron a defender dicha doctrina. En suma, la polémica en que se involucraron los jóvenes admiradores del milenarismo y Lacunza culminó en esa prohibición de la Iglesia, que fue la primera dictada en contra de la enseñanza de dicha doctrina.

Por otra, cabe hacer notar que aquellos que se identificaron con el milenarismo eran personas de mentalidad conservadora. Esto se explicara porque dicha doctrina le daba argumentos para creer en el triunfo final de Cristo, para interpretar los males de su presente en clave apocalíptica y para valorar la más antigua tradición de la Iglesia, la de los padres de la Patrística.

4. Lacunza después de 1944

Con posterioridad a la prohibición inquisitorial, el interés por Lacunza se circunscribe casi exclusivamente al ámbito académico.

Entre los críticos a su obra se destacan los religiosos Francisco Mateos SI y Beltrán Villegas SS CC (25). El primero de ellos, junto con enfatizar la buena voluntad y arraigada fe que animaba a Lacunza, insinúa que su obra habría sido resultado de un espíritu trastornado por las vicisitudes del destierro. También, plantea que la prohibición inquisitorial de 1824 no sólo era cautelar, sino que respondía a sus cuestionables doctrinas (26). Por su parte. Beltrán Villegas dedicó al tema su disertación en el Ateneo Angelicum de Roma (27). Su objetivo era examinar si el Antiguo Testamento estudiado en su sentido histórico y literal ofrecía un argumento favorable al milenarismo. Concluye que dicho texto no contenía formalmente la doctrina del Reino mesiánico como etapa intermedia entre el siglo presente y la eternidad gloriosa.

Otro autor que mostró gran interés por Lacunza fue el historiador Mario Góngora En 1969 publicó un compendio de La Venida del Mesías y además escribió dos artículos sobre el personaje. Para Mario Góngora, la obra de Lacunza, aunque no puede ser considerada como parte de las ideologías ilustradas, tenía un vínculo intelectual con la Ilustración Católica, como era el antiescolasticismo y la crítica a la tradición eclesiástica medieval y moderna; también rechazaba el criterio de autoridad y proclamaba el mayor peso de las Escrituras literalmente interpretadas (28). Por otra parte, Góngora considera que Lacunza, aunque cercano en algunos aspectos a la Ilustración Católica, se destaca al mismo tiempo por su postura contra la época de las luces (29). Es evidente que Góngora siente una gran simpatía por la figura de Lacunza y que es un admirador de su obra, lo cual adquiere una dimensión particular si se considera que este historiador, en su juventud, formó parte del grupo de seguidores del padre Juan Salas Infante y que en su madurez se identificó con un catolicismo tradicional e incluso, en determinado momento, estuvo cerca de las ideas de monseñor Marcel Lefebvre.

Por último, en esta esquemática reseña sobre los autores preocupados de Lacunza, habría que mencionar a aquellos que se han acercado a su obra desde la perspectiva de la Teología de la Liberación. Al respecto, Juan Bulnes Aldunate lo considera un verdadero precursor de esa corriente porque su proyecto utópico plantea la instauración de un reino de justicia en la tierra, al tiempo que lucha por la renovación de la Iglesia. De acuerdo a esa perspectiva, Lacunza valoraría lo material, tendría «una visión de la historia evolutiva y dialéctica, con la esperanza de un reino para los oprimidos y con la fe en un hombre nuevo liberado y señor del universo» (30). Por su parte Fredy Parra sostiene que frente a una historia caracterizada por una negación permanente de la justicia y paz universal, la esperanza mesiánica implica la superación de ese conflicto. Ante ese panorama. Lacunza rescata la esperanza judeocristiana proclamando la instauración del reino de Dios. De acuerdo con el proyecto de Lacunza, la «acción divina no suprime el mundo, sino que lo libera de la opresión» (31).

5. Conclusión

Parece claro que la obra de Lacunza nunca ha dejado de despertar interés en ciertos círculos intelectuales del país. Y aunque no han faltado opiniones que sostienen que nadie la leía, la realidad demuestra que cada cierto tiempo algunos eclesiásticos y laicos, motivados por la doctrina que encierra, se han involucrado en su defensa o crítica pública.

Lo interesante es que La Venida del Mesías no sólo ha enfrentado a milenaristas con antimilenaristas, sino que ha servido para fundamentar posiciones doctrinarias completamente antagónicas. Sectores de mentalidad conservadora la han visto como una obra disolvente y peligrosa, mientas que en otra época, personas que podrían identificarse con un ideario más o menos similar la defendían y valoraban. Por su parte, autores liberales la han criticado por inconducente y expresión de un talento mal aprovechado, al mismo tiempo que otros la consideran como precursora de los ideales renovadores que encarna la Teología de la Liberación.

A los doscientos años de la muerte de Lacunza, su obra sigue despertando el interés de los intelectuales nacionales debido a su carácter controvertido y al hecho de ser el libro erudito de mayor impacto mundial que ha escrito un autor de nuestras tierras.

René Millar Carvacho

Pontificia Universidad Católica de Chile

Facultad de Historia, Geografía y Ciencia Política

Santiago de Chile

22. Jaime EYZAGUIRRE La Iglesia Patrística y el Milenarismo, en “Estudios”, Junio de 1940.

23. “Estudios”, Junio de 1938 y Junio de 1940.

24. “Revista Católica”, 873 (septiembre de 1940) 459.

25. Otros autores que escriben sobre Lacunza en este periodo son José ARTEAGA. Temas apocalípticos y lacuncismo 1880-1918, en “Anales de la facultad de Teología”. 39 (1988); Ricardo DONOSO, La prohibición del libro del Padre Lacunza, en “Revista Chilena de Historia y Geografía”, 135 (1967) y Walter HANISH, El padre Manuel Lacunza (1731-1801): su hogar, su vida y la censura española, en, “Historia” 8 (Santiago 1969); ID. Manuel Lacunza S.I. y el milenarismo, en “Archivium Historicum Iesu” IX (1971).

26. Francisco MATEOS El milenarismo mitigado. Méritos y errores de un insigne jesuita chileno, en “Razón y Fe”, 127 (Madrid 1943). También: El padre Manuel Lacunza y el milenarismo, en “Revista Chilena de Historia y Geografía”, 115 (1950). Este es una refundición del anterior.

27. El milenarismo y el Antiguo Testamento a través de Lacunza. Valparaíso 1951.

28. Mario GÓNGORA, Aspectos de la ilustración Católica en el pensamiento y vida eclesiástica chilena (1770-1814), en “Historia” 8 (1969) 63 y 64.

29. Mario GÓNGORA, La obra de Lacunza en la lucha contra el “Espíritu del siglo” en Europa 1770-1830, en ”Historia” 15 (1980) 19.

30. Juan BULNES ALDUNATE: Manuel Lacunza: Contenidos teológicos y filosóficos de su interpretación profética, en Pablo RICHARD (ed). Raíces de la Teología Latinoamericana: nuevos materiales para la historia de la teología. DEI. San José 1985. p. 118.

31. Fredy PARRA. El reino que ha de venir. Historia y esperanza en la obra de Manuel Lacunza, en «Anales de la Facultad de teología» 442 (Santiago 1993) 209.

Continuará…

 

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