ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
SÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Epístola, de la Carta a los Romanos 6: 15-23: ¿Pecaremos por cuanto no estamos bajo la Ley sino bajo la gracia? De ninguna manera. ¿No sabéis que si a alguien os entregáis como esclavos para obedecerle, esclavos sois de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, sea de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, así como erais esclavos del pecado, habéis venido a ser obedientes de corazón a aquella forma de doctrina, a la cual os entregasteis; y libertados del pecado vinisteis a ser siervos de la justicia. Hablo como suelen hablar los hombres, a causa de la flaqueza de vuestra carne. Porque así como para iniquidad entregasteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y a la iniquidad, así ahora entregad vuestros miembros como siervos a la justicia para la santificación. En efecto, cuando erais esclavos del pecado estabais independizados en cuanto a la justicia. ¿Qué fruto lograbais entonces de aquellas cosas de que ahora os avergonzáis, puesto que su fin es la muerte? Mas ahora, libertados del pecado, y hechos siervos para Dios, tenéis vuestro fruto en la santificación y como fin la vida eterna. Porque el salario del pecado es la muerte, mas la gracia de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.
Del San Evangelio según San Mateo, VII, 15-21: En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero interiormente son lobos rapaces: por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen de las espinas uvas, o de los abrojos higos? Así, todo árbol bueno da buenos frutos: y todo árbol malo da malos frutos. No puede el árbol bueno dar malos frutos; ni el árbol malo puede dar buenos frutos. Todo árbol, que no dé buen fruto, será arrancado y arrojado al fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ese entrará en el reino de los cielos.
La Epístola de este Séptimo Domingo de Pentecostés está tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos, capítulo sexto, versículos 19 a 23, pero la retomo desde el versículo 15.
San Pablo viene insistiendo en la ruptura del cristiano con el pecado; y entra ahora en tema presentando una objeción basada en lo que acababa de afirmar.
Había dicho que por no estar bajo la Ley, sino bajo la gracia, el pecado no tiene ya fuerza para dominarnos.
Esto podía dar motivo a que alguno pensase que bajo el régimen de la gracia no había por qué preocuparse ya del pecado ni de los preceptos morales.
Libertades semejantes vemos que habían tratado deducir algunos cristianos de Corinto. San Pablo rechaza con energía la consecuencia con un tajante: ¡Eso, no! ¡De ninguna manera!
Y luego trata de razonar esa negativa: ¿No sabéis que, si a alguien os entregáis como esclavos para obedecerle, esclavos sois de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, sea de la obediencia para justicia?
Lo que el Apóstol parece querer decir es que, aunque bajo el régimen de la gracia el pecado no tiene ya fuerza para dominarnos, eso no significa que nosotros no podamos volver a caer de nuevo en su esclavitud
La única diferencia respecto de tiempos anteriores está en que ahora esa esclavitud sería voluntaria. Pero la naturaleza de la esclavitud sigue igual en pié, e iguales son también las consecuencias a que ella nos lleva.
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En la época en que escribe San Pablo la esclavitud era aceptada; de ahí que el Apóstol se valga de ella para mejor hacer entender a sus lectores las obligaciones que la fe impone.
Es de notar, sin embargo, que la palabra esclavitud, aplicada a nuestra sumisión al Evangelio, no le gusta a San Pablo, y más bien prefiere hablar de libertad cristiana.
Por eso se excusa de tenerla que emplear aquí. Y la utiliza porque sus destinatarios no habrían podido comprender razones conceptuales más profundas; mientras que les era fácil entender que lo menos que se podía pedir a un cristiano es que pusiese al servicio de la justicia cuanto había puesto al servicio del pecado.
En un mundo poblado de legiones romanas, también estaba en el ambiente la idea de soldada o paga militar; y San Pablo la emplea para designar la muerte, que es la soldada o salario con que el pecado paga a sus servidores.
Por lo que hace a los servidores de Dios, San Pablo no habla de soldada, sino de don, de gracia; pues Dios no nos da la vida eterna como simple sueldo, sino como don, ya que es Él quien con su gracia eleva el valor de nuestras obras para que sean merecedoras de tal recompensa.
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Entrando ya en detalles, la exhortación del Apóstol gira en torno de una antítesis: antes estuvisteis al servicio del pecado, lo cual lleva a la muerte; ahora debéis estar al servicio de Dios, quien os dará la vida.
Cada uno debe servir a aquel de quien se ha hecho siervo.
Como siervos de Cristo estamos obligados a servirle siempre a Él y no al pecado. Sólo cuando le servimos a Él somos verdaderamente libres.
San Pablo presenta con rasgos fuertes, frente a frente, los dos tipos de almas antagónicas: el hombre viejo, el hombre sin Dios y sin Jesucristo, el hombre de la pura humanidad; y el hombre nuevo, nacido de Dios en el Santo Bautismo, lleno del Espíritu Santo por el Sacramento de la Confirmación, espiritualizado, cristificado, divinizado; y que marcha hacia a Dios como hacia su meta definitiva.
El hombre viejo es descrito por San Pablo en estos términos: En otro tiempo pusisteis vuestros miembros al servicio de la inmundicia y de la iniquidad, para vivir desenfrenadamente, es decir, según los deseos de un corazón inclinado profundamente al mal; para vivir libertinamente, sin freno alguno, sin sujeción a los mandamientos de Dios ni a la ley moral natural, impresa y grabada por el mismo Dios en lo más hondo de todos los corazones.
Erais esclavos del pecado y vivíais alejados de la justicia… Así nos pinta el Apóstol al hombre pecador.
Al comienzo de la misma Epístola a los Romanos, San Pablo se expresa de modo claro y firme:
Por cuanto conocieron a Dios y no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se desvanecieron en sus razonamientos, y su insensato corazón fue oscurecido. Diciendo ser sabios se tornaron necios, y trocaron la gloria del Dios incorruptible en imágenes que representan al hombre corruptible, aves, cuadrúpedos y reptiles. Por lo cual los entregó Dios a la inmundicia en las concupiscencias de su corazón, de modo que entre ellos afrentasen sus propios cuerpos. Ellos trocaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y dieron culto a la creatura antes que al Creador (…) Por esto los entregó Dios a pasiones vergonzosas, pues hasta sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza. E igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en mutua concupiscencia, cometiendo cosas ignominiosas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de sus extravíos. Y como no estimaron el reconocimiento de Dios, los entregó Dios a un sentido depravado para hacer lo indebido, henchidos de toda iniquidad, malicia, fornicación, avaricia, injusticia, llenos de envidia, homicidios, riña, dolos, malignidad; murmuradores, calumniadores, aborrecidos por Dios, insolentes, soberbios, altivos, inventores de maldades, desobedientes a sus padres, insensatos, desordenados, hombres sin amor ni pacto y sin misericordia. Y si bien conocieron la justicia de Dios, no entendieron que los que practican tales cosas son dignos de muerte; y no sólo las hacen, sino que también se complacen en los que las practican.
Así lo vivió y lo vio San Pablo.
Y el hombre moderno no hace más que ratificar el juicio del Apóstol, pues su máxima fundamental expresa: Fuera Dios, fuera la fe en un Dios, en un Cristo, en una sobrenaturaleza, en un orden sobrenatural, en un mundo del más allá. No existe más que un solo dios: el espíritu humano, la humanidad. El hombre es su propio legislador, su ley y su juez. Cualquier otro precepto que no proceda de él mismo, es un precepto inmoral y no debe cumplirse.
Por eso, no cuenta para él toda doctrina acerca de una caída original. La naturaleza humana es esencialmente buena, hermosa, casta, pura, santa. El hombre no tiene más que obedecer a su naturaleza, vivir conforme a ella, satisfacer todos sus instintos y exigencias.
¿Qué necesidad hay, pues, de un Redentor, de una Encarnación del Hijo de Dios, de una Iglesia, de una ayuda divina, de una gracia sobrenatural?
Tal es el espíritu del hombre moderno, del hombre autónomo, libertado de Dios, incrédulo.
¡Él mismo es su dios y su ley!
¿Qué extraño es, pues, que contemplemos por todas partes tanta injusticia, tanta insinceridad, tanto egoísmo, tanta inmoralidad, tanta corrupción y tanta miseria moral?
Por haber despreciado a Dios, Dios los abandonó a ellos y los entregó al réprobo sentido. ¡Los hizo esclavos del pecado, de la incredulidad, de la negación de Dios, del odio a Dios, de la autodivinización, etc.!
Por el delito de impiedad, por el cual pecaron contra Dios, han sido llevados a pecar contra su propia naturaleza.
Por haber trocado la verdad de Dios en mentira, los entregó Dios, no ciertamente empujándolos al mal, sino abandonándolos a pasiones ignominiosas, o sea, a pecados contra natura.
Pues hasta sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra natura; trocaron el derecho, rompieron la alianza eterna, o sea, el derecho natural.
En lo relativo a los maridos, explica que, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron, esto es, fuera de los límites naturales, se inflamaron; y esto en mutua concupiscencia carnal, cometiendo cosas ignominiosas varones con varones.
Algo es contra la naturaleza del hombre por razón del género, que es animal. Ahora bien, manifiesto es que conforme a la intención de la naturaleza la unión de los sexos en los animales se ordena al acto de la generación. De aquí que todo género de unión del que no se pueda voluntariamente seguir la generación es contra la naturaleza del hombre en cuanto es animal.
Y conforme a esto se dice: el uso natural es que el varón y la mujer se unan para ser una sola carne en concúbito; y contra la naturaleza es que el varón profane a varón, y la mujer a mujer.
La perversión sexual tan extendida en los centros de cultura moderna, es consecuencia de la apostasía de nuestra época, que la asemeja a aquellos tiempos paganos señalados por San Pablo.
La santa crudeza con que habla el Apóstol nos sirva de ejemplo de sinceridad y de amor a la verdad.
El mundo y los fariseos suelen escandalizarse de las palabras claras más que de las acciones oscuras…
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El hombre nuevo, por el contrario, pone sus miembros al servicio de la justicia, para vivir santamente.
Vosotros fuisteis libertados del pecado (en el Santo Bautismo) y hechos siervos de Dios. Ahora vuestro fruto es la santidad y, al fin, la vida eterna. En virtud de nuestro Bautismo y de nuestra incorporación a Cristo, hemos sido convertidos en árbol bueno, en ramas frescas y lozanas del buen árbol, Cristo.
Y aquí entra lo dicho por Nuestro Señor en el Evangelio.
Todo árbol bueno produce buenos frutos. No basta con bellas hojas estériles. El Señor exige frutos. No entrará en el reino de los cielos el que me diga: Señor, Señor, sino el que haga la voluntad de mi Padre.
Esto es el hombre nuevo, el cristiano muerto totalmente a los propios gustos, a las seducciones de la concupiscencia de la carne, al atractivo y a la esclavitud de los bienes y de los placeres terrenos, al deseo de brillar y de ser honrado por los hombres, vive solamente para la voluntad del Padre.
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La Sagrada Liturgia nos presenta, pues, hoy por el Evangelio una prueba decisiva, que debemos aplicar también a nosotros mismos. Esa prueba es la siguiente: Por sus frutos los conoceréis —tanto al hombre viejo como al nuevo.
Las obras de la carne del hombre viejo son bien manifiestas. Se llaman: fornicación, lujuria, impureza, idolatría, enemistades, disputas, emulaciones, ira, riñas, disensiones, divisiones, sectas, envidias, homicidios, embriagueces y otras cosas parecidas. Los que practiquen esto no podrán penetrar en el Reino de Dios.
Los frutos del espíritu del hombre nuevo, sobrenatural son: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad.
Del mismo modo que en otro tiempo pusisteis vuestros miembros al servicio de la impureza y de la iniquidad, para vivir desenfrenadamente, así debéis ponerlos ahora al servicio de la justicia, para vivir santamente.
Nada de lo nuestro debe pertenecer ya más al mundo, a la tierra, al pecado, a la propia voluntad. Debemos entregarlo todo a Dios y a su santa voluntad. Dejémonos invadir y saturar, cada día más y más, del espíritu de Cristo, para que nuestros miembros se entreguen totalmente al servicio de la justicia y podamos después repetir con el Señor: Mi único alimento consiste en hacer la voluntad del Padre que está en los cielos.
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En virtud del Santo Bautismo hemos sido convertidos en sarmientos de Cristo, de la verdadera y fecunda vid.
Todo sarmiento mío, que no produzca fruto, será arrancado por el Padre, por el viñador. El que produzca fruto, será limpiado y podado, para que produzca más fruto todavía.
Nosotros hemos sido llamados a producir fruto, a producir fruto copioso. No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos. Nosotros nos contamos, con mucha frecuencia, entre aquellos que se contentan con exclamar Señor, Señor, para tornar a caer en seguida en las faltas habituales, para continuar después satisfaciendo los propios gustos y aficiones.
¿Serán estos los frutos de la verdadera oración cristiana? Evidentemente que no. Una oración como esa no puede ser verdadera, no puede agradar a Dios. Y no agrada tampoco a los hombres. Lo único que consigue es desacreditar y hacer odiosa la piedad.
El que en sus oraciones se contente solamente con repetir de labios a fuera Señor, Señor, no alcanzará ninguna bendición celeste. Al contrario, caerá sobre él este fallo tajante de Cristo: No entrará en el reino de los cielos.
Todo árbol que no dé fruto, será arrancado y lanzado al fuego.
El que haga la voluntad de mi Padre, ese es el que entrará en el reino de los cielos. No basta con meras palabras, con un inútil Señor, Señor. Dios exige de los que hemos sido incorporados a Cristo verdaderos frutos.
Ahora bien, el verdadero fruto es hacer la voluntad del Padre que está en los Cielos.
La vida práctica es la mejor prueba de la oración verdadera. Si, a pesar de tanto rezar, no nos hacemos mejores, más desinteresados, más caritativos, más dispuestos al sacrificio, más fieles para con Dios y más observantes de sus mandamientos, entonces es que nuestra oración no es sincera.
Si no nos tornamos cada vez más fuertes, más animosos, más decididos a luchar contra nuestras inclinaciones desordenadas, contra nuestros defectos ordinarios; si no somos cada día más pacientes, más benignos, más mansos con nuestros hermanos, más indulgentes con las debilidades y faltas de los demás; si no progresamos constantemente en la humildad, en el aprecio al propio estado, en el fiel cumplimiento de nuestras obligaciones, entonces es que nuestra oración no es verdadera.
Si, a pesar de todas nuestras meditaciones, rezos y demás prácticas de piedad, no nos hacemos cada vez más perfectos, no estamos cada día más dispuestos a someternos gustosamente en todo a las disposiciones de la divina Providencia, a recibir alegremente, como venidas de la mano de Dios, todas las tribulaciones, enfermedades, desgracias, dolores, sufrimientos, contrariedades, fracasos, tentaciones y demás pruebas de la vida, entonces es que nuestras meditaciones, nuestros rezos y toda nuestra piedad son una cosa ficticia, superficial, puramente externa, sin ningún contenido interno.
La verdadera oración, la verdadera piedad impulsa forzosamente, y cada vez con mayor urgencia, a someterse siempre y en todo a Dios, a no ver en todas las cosas y sucesos de la vida más que la voluntad y el agrado divinos, a secundar constantemente y por encima de todo los deseos y las órdenes de Dios, aunque para ello haya que vencer antes la más obstinada resistencia de la naturaleza.
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Por sus frutos conoceréis a los auténticos cristianos, a los hombres verdaderamente piadosos, a las personas entregadas de veras a Dios. No basta con estar bautizado, se necesitan frutos. Deben hablar las obras antes que nada.
La Santa Iglesia se preocupa seriamente del crecimiento y de la madurez de nuestra vida divina; y por medio de la Liturgia nos amonesta y exhorta: El mal árbol produce malos frutos. También él produce frutos, pero son frutos malos, silvestres, inaprovechables.
Son árboles malos todos los que no han recibido aún el santo Bautismo, todos los que no poseen aún la gracia santificante, los que están privados de la vida de Dios y de Cristo, los que viven según las inclinaciones, las pasiones y la mentalidad de la naturaleza corrompida.
Todos estos podrán trabajar afanosamente, podrán realizar grandes esfuerzos y sacrificios de orden natural, podrán contribuir poderosamente, con su talento y con su febril actividad, al progreso y al bienestar del mundo… Podrán producir abundantes frutos; pero serán frutos inútiles, corrompidos, nacidos de la muerte, sin valor para la vida eterna a la que todos estamos llamados.
Son árboles malos todos aquellos que, después de haberse unido a Cristo por el Santo Bautismo, quebrantan sus votos bautismales y se vuelven a separar de Dios y de Cristo por el pecado mortal. Conservan todavía su carácter bautismal y la fe en Dios y en Cristo; pero están muertos, son ramas secas, sarmientos desgajados de la vid Cristo. Son completamente estériles para el bien, no pueden producir frutos de santidad.
Son árboles malos todos aquellos que, aunque continúen en posesión de la gracia santificante y en vivo contacto con Dios y con Cristo, no dedican, sin embargo, a su vida divina todo el cuidado que debieran y que ella exige. Estos tales no cometen, ciertamente, pecados mortales; pero, por lo demás, tampoco se preocupan gran cosa del desarrollo de su vida interior.
Son árboles malos todos los que no trabajan sincera y afanosamente en el desarrollo de su vida sobrenatural, los que no se esfuerzan con energía por adquirir las virtudes y la perfección cristiana. Todos estos son árboles que reverdecen y echan hojas; pero no pasan de ahí.
Finalmente son árboles malos todos aquellos que trabajan por adquirir la perfección, pero que lo hacen, no por motivos sobrenaturales, sino por cálculos puramente humanos. Su aparente virtud, su cristianismo, obedece únicamente al deseo de granjearse crédito y estima entre los hombres.
Todos estos producirán ciertamente frutos, pero serán frutos dañados, inútiles.
El buen árbol no produce malos frutos. Estos árboles reciben su fuerza vital y su fecundidad del mismo Cristo, fuente y plenitud de toda santidad, de toda bondad y de toda fortaleza.
Todo consiste en que permanezcamos siempre íntimamente unidos con Cristo y en que cada día tratemos de acrecentar y ahondar todavía más esta unión.
Todo depende de que nos entreguemos a Él sin reserva alguna y de que seamos cada vez más fieles a lo que le prometimos el día de nuestro Santo Bautismo.
Sólo se requiere que renunciemos, generosa y alegremente, a todo lo que pueda destruir o debilitar nuestra unión con Cristo, a todo lo que pueda impedir o retardar nuestro crecimiento en la vida divina.
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Reconoce, oh cristiano, tu dignidad, decía San León Magno. Sé un árbol bueno, un árbol que siempre dé buenos frutos.
Hemos sido plantados en el jardín de la Iglesia para ser árboles buenos. En la santa Iglesia se nos dan todos los medios, y en gran abundancia, para poder conservar y acrecentar nuestra vida y para poder hacerla fecunda.
¿Dónde están, pues, los frutos? Frutos es lo que tenemos que presentar; todo lo demás es quimera.
¡Buenos frutos! Frutos de verdadera penitencia, de sincera conversión.
Estamos bautizados, somos hijos de la Iglesia. No nos contentemos con decir: Somos católicos, poseemos la verdad.
Nuestro cristianismo, nuestra incorporación a la Iglesia, nuestra posesión de la verdad deben demostrarse con frutos.
Dios no quiere árboles estériles, quiere árboles cargados de fruto…

