LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.
La Santa Liturgia festeja hoy, al mismo tiempo, la Octava de la Navidad y la Circuncisión de Nuestro Señor. Y es porque el misterio de la Circuncisión es como la prolongación y un complemento del de la Encarnación y Natividad.
Todos los misterios de Jesucristo contienen una gracia propia para nuestra alma.
El Verbo, al encarnarse, asume nuestra naturaleza humana; y, en cambio, nos comunica una participación de su naturaleza divina.
Este pensamiento está expresado todavía de un modo explícito en la Secreta de la Misa de la Aurora de Navidad:
Haced, Señor, que nuestras ofrendas sean conformes con los misterios de Navidad, que hoy celebramos; y que, así como el Hombre que acaba de nacer resplandece también como Dios, así también esta substancia terrestre [la que asume] nos comunique todo cuanto en Él hay de divino.
Hacerse participantes de la Divinidad con la cual se halla unida nuestra humanidad, en la Persona de Cristo, y recibir este don divino mediante esta misma humanidad, he ahí la gracia propia del misterio de Navidad.
¡Oh admirable comercio! —cantamos en la Primera Antífona de Vísperas de la Octava de Navidad— el Creador del género humano revistiéndose de un cuerpo animado, ha tenido a bien nacer de una Virgen; y apareciendo como hombre aquí en la tierra, nos ha hecho participantes de su divinidad.
O admirabile commercium! Este mutuo préstamo entre la criatura y el Creador, entre el Cielo y la tierra, constituye toda la esencia del misterio de Navidad.
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Trasladémonos a la gruta de Belén y contemplemos al Niño reclinado en el Pesebre o bajo la acción del cuchillo de la circuncisión.
¿Qué nos dice de Él la fe? ¿Qué revelación nos hace?
La fe profesa que este Niño es el Hijo de Dios, que posee la naturaleza divina con todas sus infinitas perfecciones, y que Dios Padre le engendra con una generación eterna, en medio de los resplandores de los Cielos.
Vemos, pues, cómo a los ojos de la fe hay dos vidas en este Niño; dos vidas unidas de un modo indisoluble e inefable, porque la naturaleza humana pertenece al Verbo, el cual con su propia existencia sostiene dicha naturaleza humana.
Entre estas dos vidas que Cristo posee de continuo, no hay mezcla alguna ni confusión.
El Verbo, al hacerse hombre, permaneció lo que era, y tomó de nuestra naturaleza lo que no era.
No absorbe lo divino a lo humano, ni lo humano aminora lo divino, sino que ambas naturalezas está unidas en una sola Persona, que es la Persona divina del Verbo.
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Después que se cumplieron los ocho días para circuncidar al Niño, se le llamó Jesús.
En hacerse esta circuncisión al octavo día, se significaba la esperanza del reino celestial, porque volviendo el primero al círculo de los días, parecía mostrar en si como una especie de corona.
De aquí es que se celebra con solemnidad el día octavo después de las grandes festividades.
La Fiesta de la Circuncisión resalta, pues, la Octava de la Natividad.
En este Evangelio se destacan dos acontecimientos: la circuncisión de Cristo y la imposición del Nombre.
Cristo fue circuncidado sólo en el cuerpo, porque nada había que circuncidar en su espíritu, porque Él no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.
Al venir “entre los suyos”, porque “los suyos no lo habrían recibido”, debió ser circuncidado, para que los judíos no tuvieran pretextos contra Él, diciendo: Eres un incircunciso y debes ser eliminado; eres un trasgresor de la Ley y no queremos oírte contra la Ley.
Jesús fue circuncidado, además, para enseñarnos la circuncisión del corazón, como se expresa el Apóstol: La verdadera circuncisión es la del corazón, según el Espíritu y no según la Ley escrita.
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Cuando se circuncida al Niño, con mucha razón se le llama Salvador, porque ya desde entonces comenzó a obrar nuestra salvación, derramando por nosotros aquella sangre purísima.
Ya no tienen que preguntar los cristianos por qué causa quiso Cristo ser circuncidado.
Fue circuncidado por lo mismo que nació, por lo mismo que padeció. Ninguna de estas cosas fue por sí, sino por los escogidos.
Ni fue engendrado en pecado, ni circuncidado del pecado, ni muerto por pecado suyo, sino por nuestros delitos.
Tenemos, pues aquí un gran misterio de la fe; tenemos también un ejemplo grande de humildad.
Aquel, a quien nadie puede argüir de pecado, recibió, sin tener necesidad alguna, un remedio del pecado, vergonzoso y duro al mismo tiempo.
El que no cometió pecado, no se desdeñó de parecer pecador; nosotros decidimos ser pecadores, y no queremos parecerlo.
¿No es por ventura necesaria la medicina a los enfermos? ¿No debe curarse el enfermo?
¿Era necesaria la medicina al sano y la curación al médico?
Si su humildad y mansedumbre no fuera la causa, no le hubiese sido dificultoso conservar entera su carne, impidiendo que fuese cortada, al que había hecho, que la puerta del vientre virginal no fuese abierta en su salida.
No era difícil al párvulo impedir que su cuerpo fuese circuncidado, cuando ni muerto le fue difícil conservarle libre de la corrupción.
Llama la atención la inutilidad de la circuncisión en el que no la necesitaba de ninguna manera y, sin embargo, se sometió a ella.
No necesita salvación el que es el Salvador de todos.
Por la Encarnación el Verbo se hizo carne, tomando forma de hombre, haciéndose inferior a los Ángeles; pero en este día se abate mucho más abajo todavía, pues no sólo tiene la forma de hombre, sino la forma de pecador.
Pero ¿qué maravilla es, que la Cabeza, estando sana, reciba en sí la medicina de los miembros enfermos? De esta manera es cauterizada hoy la cabeza, para curar la corrupción de todo el cuerpo.
En fin, ¿qué maravilla, que por nosotros quisiese ser circuncidado, el que por nosotros se dignó morir?
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Después que se cumplieron los ocho días para haber de circuncidarse el Niño, se llamó su nombre Jesús.
¡Grande y admirable misterio! Es circuncidado el Niño, y se llama Jesús.
¿Pues qué conexión hay entre estas dos cosas?
La circuncisión sin duda más propia parece de quien necesita salvarse, que de quien es Salvador, y más bien corresponde al que es Salvador circuncidar, que ser circuncidado.
Pero reconozcamos en esto, una vez más, cómo el Mediador de Dios y de los hombres, desde el principio de su nacimiento, junta las cosas humanas a las divinas, las ínfimas a las supremas.
De este modo, la circuncisión prueba la verdad de la carne que ha asumido, mientras el Nombre, que es sobre todo nombre, manifiesta la gloria de la Majestad.
Es circuncidado como verdadero hijo de Abrahán; pero se le nombra Jesús, como verdadero Hijo de Dios.
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Se le puso por nombre Jesús. ¡Nombre dulce, nombre deleitoso, nombre que conforta al pecador, nombre de bienaventurada esperanza! Es júbilo al corazón, melodía al oído, miel a la boca.
Llena de júbilo, la esposa del Cantar de los Cantares dice: El nombre es como un aceite que se derrama.
Observemos que el aceite tiene cinco propiedades: flota sobre todos los líquidos, ablanda las cosas duras, endulza las cosas acerbas, ilumina las cosas oscuras y sacia el cuerpo.
Así también el Nombre de Jesús, por su excelencia, está por encima de los nombres de los hombres y de los Ángeles, porque en el nombre de Jesús toda rodilla debe doblarse.
Cuando lo proclamamos, ablanda los corazones más duros.
Si lo invocamos, modera las tentaciones más ásperas.
Si pensamos en Él, ilumina el corazón.
Si lo leemos, sacia nuestro espíritu.
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Escribe el Papa Inocencio sobre este santo nombre:
“Este nombre de Iesus (en latín) tiene dos sílabas y cinco letras, tres vocales y dos consonantes.
Dos sílabas, porque Jesús tiene dos naturalezas: la divina y la humana.
La divina del Padre, del que nació sin madre; la humana de la madre, de la que nació sin padre.
He aquí, dos son las sílabas en este único nombre, porque dos son las naturalezas en esta única persona.
Hay que destacar que la vocal es la que tiene un sonido por sí misma; en cambio, la consonante tiene sonido sólo si está unida a una vocal.
En las tres vocales está simbolizada la divinidad que, aun siendo única en sí misma, emite el sonido en tres personas.
En efecto, “tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y éstos tres son uno”.
En las dos consonantes está simbolizada la humanidad, la cual, teniendo dos sustancias, o sea, el cuerpo y el alma.
No tiene sonido por sí misma, sino sólo en virtud de la otra naturaleza, a la cual está empalmada en la unidad de la persona.
La persona se define como una sustancia racional que “suena” por sí misma (que subsiste en sí misma); y tal es Cristo.
Cristo es Dios y también hombre; pero de por sí “suena” en cuanto es Dios, pero no “suena” en cuanto es hombre, porque la divinidad conservó el derecho de la personalidad al asumir la humanidad; pero la humanidad, al ser asumida, no recibió el derecho de la personalidad (porque la persona no asumió a la persona, ni la naturaleza asumió a la naturaleza, sino que la persona asumió a la naturaleza).
Este es, pues, el Nombre santo y glorioso, que fue invocado sobre nosotros, ni hay otro nombre bajo el cielo, en el cual debamos ser salvos.
Por este Nombre nos salve Dios, Jesucristo Señor Nuestro”.

