DECIMOCUARTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Por lo tanto os digo: No andéis afanados para vuestra alma qué comeréis, ni para vuestro cuerpo qué vestiréis. ¿No es más el alma que la comida y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni amontonan en graneros; y vuestro padre celestial las alimenta. ¿Pues no sois vosotros más que ellas? ¿Y quién de vosotros discurriendo puede añadir un codo a su estatura? ¿Y por qué andáis acongojados por el vestido? Considerad los lirios del campo cómo crecen, no trabajan ni hilan: os digo, pues, que ni Salomón con toda su gloria fue cubierto como uno de éstos. Pues si al heno del campo, que hoy es, y mañana es echado en el horno, Dios viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los Gentiles se afanan por estas cosas, y vuestro Padre celestial sabe que necesitáis de todas ellas. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura
El Evangelio que acabamos de leer es una de las secciones más bellas y provechosas del llamado Sermón de la Montaña.
La lección que en ella se nos inculca es tan luminosa y tan práctica, que simplemente invita a reflexionar en la verdad que nos enseña.
Con todo, y como algo tengo que predicar, espero que sea más provechosa esta reflexión, si la vamos haciendo apoyándonos en las palabras mismas del divino Maestro.
Ante todo, hay que advertir una cosa: se trata de un razonamiento que debe gran parte de su fuerza a su estricta unidad.
No será difícil hallar en él la proposición que todo lo sostiene e informa, precedida de su exordio, seguida de su demostración y terminada con su peroración.
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Ninguno puede servir a dos señores… Nadie puede ser, a un mismo tiempo, esclavo de dos señores.
Prestar algún servicio, al pasar, a dos amos a la vez, no es cosa incompatible; pero lo es absolutamente ser esclavo, a un tiempo, de dos amos, especialmente si son rivales.
Porque, dice el Señor, o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará.
Esta consideración universal la concreta el Señor en una sentencia particular: No podéis servir a Dios y a las riquezas.
En esta sentencia estriba, como en su base, todo el razonamiento que sigue; es la proposición que todo lo sostiene e informa, y a la cual hacía alusión al comienzo.
Siendo Dios nuestro primer Señor, su servicio constituye nuestro primer deber y todo otro oficio debe estar subordinado al ministerio de Dios. Tal es el sentido de estas palabras del Evangelio.
No podemos dividir nuestro corazón entre Dios y el mundo, ni pretender reunir dos servicios que son incompatibles.
Son inconciliables en sí mismos, por su propia naturaleza.
Dios nos manda la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, castidad, perdón de las injurias, el desprecio de los bienes terrenales; al contrario, el mundo nos inspira la ambición, la codicia, el amor a los placeres, la vanagloria, el orgullo; el uno eleva al Cielo; el otro envilece hacia la tierra; el uno conduce hacia el bien; el otro hacia el mal; el uno hacia Dios, el otro hacia nosotros…
¿Cómo conciliar dos servicios opuestos e incompatibles por su propia razón de ser?
Ellos son también discordantes, e incluso contrapuestos, en sus exigencias.
Dios quiere nuestro corazón entero, sin reserva ni división; quiere que le amemos sobre todas las cosas, más que a todo el mundo; quiere que consagremos a su servicio nuestros pensamientos, nuestras afecciones, nuestros esfuerzos, la plenitud de nuestra vida.
El mundo quiere nuestra vida y actividad toda para él; y es imposible contentar a la vez a Dios y el mundo.
Finalmente, son irreconciliables en cuanto al objeto que se proponen.
El servicio de Dios nos hace buscar, en primer lugar y por encima de todo, los bienes celestiales y eternos; el mundo, al contrario nos presenta como único objeto los bienes de la tierra: riquezas, glorias, placeres; y nos hace sacrificarlo todo por adquirirlos.
Hay, pues una clara y neta incompatibilidad entre Dios y el mundo; y es preciso elegir entre ellos…
¡Es más! ¡No cabe opción! ¡Ya está decidido! Sólo se trata de implementar los medios que la decisión impone…
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Por otro lado, debemos evitar la demasiada solicitud por los cuidados de la vida.
Es cierto que el hombre necesita del pan material para sustentar su vida, pero necesita también del pan espiritual, del pan de la Verdad, porque no sólo es un cuerpo, no sólo es músculo, es un espíritu, y necesita del alimento incorruptible de la Verdad. No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios…, respondió Nuestro Señor al demonio en el desierto.
Es cierto que debemos buscar el pan material, que debemos trabajar por obtenerlo; pero no debemos buscarlo con solicitud exagerada, como lo hacen los paganos.
El mundo moderno ha vuelto sus ojos a la tierra y quiere saciar acá el hambre que le devora. ¿Qué comeremos…, qué vestiremos…, qué…?, son las cuestiones que agitan a todos los hombres…
Todos quieren atesorar, aumentar su capital para gastarlo en lujos, vanidades y placeres. De ahí esa industria insaciable, ese comercio sin entrañas, esas bancas omnipotentes, esos negocios, esas empresas usurarias, esa lucha entre los que no tienen y los que quieren tener más aún.
¿Qué extraño que vengan las convulsiones sociales y las guerras, que se levanten unos contra otros?
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Por lo tanto os digo: No andéis afanados para vuestra alma qué comeréis, ni para vuestro cuerpo qué vestiréis.
Tal es el tema que, como consecuencia de lo asentado, va a desarrollar el Maestro.
Son de notar tres cosas:
— 1ª) la conexión que establece entre el servicio divino y la confianza en Dios;
— 2ª) la razón fundamental de esta confianza;
— 3ª) los ejemplos vivientes de la divina providencia.
1ª) Por lo tanto os digo: No andéis afanados para vuestra alma qué comeréis, ni para vuestro cuerpo qué vestiréis. Como si dijera: Si servís al Señor, y sólo a Él, como fieles esclavos, habéis de creer que hará el Señor con vosotros lo que con tales esclavos hacen los buenos señores; que ellos cuidan de mantenerlos abundantemente y de vestirlos convenientemente.
Nuestro cuidado, pues, ha de ser servir al Señor, con la esperanza de que Él cuidará de lo demás.
De hecho, una vez vencido el diablo en el desierto, los Ángeles se acercaron para servir al Señor.
2ª) Y da el divino Maestro la razón de esta confianza nuestra en la providencia de Dios: ¿No es más el alma que la comida y el cuerpo más que el vestido?
Esto es, si miramos todas estas cosas como dones de Dios, ¿cabe imaginar siquiera que quien ha dado lo más, sea avaro en dar lo que vale tanto menos?
Y si las miramos como obras de su omnipotencia, Quien ha hecho las maravillas de la vida del hombre y de su asombroso organismo, ¿será impotente para proporcionarnos el sustento y el vestido?
Y si, por fin, atendemos a su Providencia, ¿pensamos que Quien ha criado y gobierna al hombre, que tanto vale a sus ojos, descuidará de proveerle de las cosas necesarias para su conservación?
3ª) Y si no nos convencen razones, miremos los hechos…
¿Nos da cuidado el sustento? Pues, miremos las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni amontonan en graneros; y nuestro padre celestial las alimenta. ¿Pues no somos nosotros más que ellas?
Dios, que nos ha dado la existencia, no ha de rehusar los medios para sostenerla. Dios provee a las necesidades de las criaturas inferiores a nosotros, y no puede abandonarnos a nosotros, que somos sus hijos muy amados.
Mejor, pues, cuidará de nosotros que de los pajarillos; mucho más siendo, como es, Nuestro Padre.
Estos cuidados y vanas inquietudes son indignos de un cristiano, que cree en la bondad de la Providencia divina. Debe bastarnos saber que Nuestro Padre celestial, que conoce todas las cosas, no ignora lo que necesitamos y que, siendo bueno y todopoderoso, vendrá en nuestro socorro.
Esos cuidados e inquietudes superfluos no vienen más que a turbar la paz y a hacernos desgraciados.
Fuera de que nuestros afanes valen bien poca cosa, para lo que nosotros con ellos pretendemos. Porque, ¿y quién de vosotros discurriendo puede añadir un codo (algo menos de medio metro) a su estatura?
Y lo que vale del sustento vale también del vestido. ¿Y por qué andáis acongojados por el vestido? Considerad los lirios del campo cómo crecen, no trabajan ni hilan: os digo, pues, que ni Salomón con toda su gloria fue cubierto como uno de éstos. Pues si al heno del campo, que hoy es, y mañana es echado en el horno, Dios viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?
Al escuchar estas enseñanzas, tan profundas y tan sencillas, tan prácticas y tan bellas, se escapa espontáneamente de los labios aquella exclamación con que respondieron a los príncipes de los judíos los satélites que habían sido enviado para prender a Jesús: Jamás hombre alguno ha hablado como habla este hombre.
También recordamos aquellas de San Pedro: ¿A quién iremos, Señor? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna…
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Concluye el divino Maestro resumiendo brevemente todo su razonamiento: No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos?
Tal es el fruto práctico que desea saquemos de sus palabras, es decir, que con filial confianza nos pongamos en las manos de Nuestro Padre celestial; que el no hacerlo así es propio de paganos: Porque los Gentiles se afanan por estas cosas…
Es que estos ignoran que tienen en los Cielos un Padre, que con tanto amor vela por ellos.
No así nosotros…, porque Nuestro Padre celestial sabe que necesitamos de todas ellas. Y un Padre como Dios no dejará de asistir a sus hijos en sus necesidades.
Así, libres de estos congojosos afanes, podremos atender al negocio que Dios nos ha confiado.
Buscad, pues, concluye el Señor, el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.
Dios ha querido tomar sobre sí el cuidado de sustentarnos, y vestirnos para que nosotros atendiésemos con mayor diligencia al establecimiento del Reino de Dios, en nosotros primeramente, y después en nuestros hermanos. Todo lo demás se nos dará como por añadidura.
Buscar el Reino de Dios y su justicia es lo que debe hacer el cristiano… Buscar el Reino de Dios que Jesucristo ha venido a fundar sobre la tierra, que establece en nuestra alma por la gracia, que se propaga y perpetua en el seno de la Iglesia y que tendrá finalmente su perfección en el Cielo.
Buscar su justicia, es decir, nuestra santificación, la remisión de los pecados, la vida de fe y caridad, el cumplimiento de los mandamientos divinos y la voluntad de Dios.
Quærite, quiere decir que debemos desear ardientemente el Reino de Dios y hacer todos los esfuerzos por obtenerlo.
Debemos buscarlo en primer lugar, prefiriéndolo a todas las cosas, guiando todos los esfuerzos a este fin, sacrificando todo lo demás por obtenerlo.
La añadidura, los bienes de la tierra, desearla sólo en cuanto sirve de medio para obtener este bien superior.
Jesucristo nos promete que nuestros intereses temporales y nuestro mismo bienestar en la vida no sufrirán, porque Dios provee a todas nuestras verdaderas necesidades.
Por lo tanto, en caso de conflicto entre lo espiritual y temporal, hay que buscar en todas las cosas el Reino de Dios.
La demasiada solicitud por las cosas terrenas no es agradable a Dios.
Que no nos posea, pues, el dinero, que nosotros lo poseamos a él.
Con el dinero el libertino paga sus placeres, el ambicioso satisface sus intrigas, el orgulloso su lujo, el intemperante sacia su voracidad.
No es éste el fin de las riquezas para el cristiano. Debe hacer el bien con ellas, cumplir el precepto de la limosna… granjearse amigos con el dinero de iniquidad, como hemos visto el octavo Domingo de Pentecostés.
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El hombre bueno saca lo bueno del buen tesoro de su corazón, dijo poco después el Señor en este mismo sermón montano.
De los sentimientos de misericordia que animaban su divino Corazón ha sacado el divino Maestro estas enseñanzas de filial confianza en el Padre de los Cielos.
Acudamos, pues, nosotros a su divino Corazón…, Corazón de Hijo, para que de sus inagotables tesoros comunique a los nuestros los mismos sentimientos de hijos y de filial confianza en la amorosa Providencia de Nuestro Padre celestial.

