PADRE JUAN CARLOS CERIANI: LOGOS Y BELLEZA

ACERCA DE LOGOS

ARTE

Y BELLEZA

Gracias a dos interesantes artículos, hemos podido reflexionar sobre el arte revolucionario al servicio de la apostasía que reina en la iglesia conciliar:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2015/05/14/un-logo-sincretista-masonico-y-anticristiano/

https://radiocristiandad.wordpress.com/2015/05/15/otro-logo-mas/

Estos artículos describen sendos logotipos de última factura:

Dos logos

Más allá del contenido ideológico, netamente revolucionario, destacado por los artículos citados, deseo detenerme solamente en el aspecto que hace referencia a la belleza y al arte.

No son los únicos logos conciliares que no responden a los conceptos de belleza y de arte elaborados y transmitidos por la Cultura Greco-Romana de la Iglesia Católica.

Veamos en conjunto algunos de los tantos logos que provienen de la iglesia conciliar:

Cuadro de logos

Y ahora algunos logos en particular:

Sri Lanka y Filipinas

México 2009

Los logos de las Jornadas Mundiales de la Juventud son muy ilustrativos de la capacidad de fealdad de esta gente:

Lojos JMJ

Y el de las jornadas que se vienen…, no quedará atrás tampoco en ese aspecto…:

Logo Gracovia

El logo del Congreso Panafricano no tiene desperdicio…:

Logo panafricano

Los logos para los Congresos Eucarísticos responden no sólo a la aberración artística, sino también a la herejía y desacralización del Novus Ordo Missæ:

Logos eucarísticos

En 2013 tuve oportunidad de desarrollar unos Especiales sobre la Belleza y el Arte:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2013/08/26/especiales-de-radio-cristiandad-con-el-p-juan-carlos-ceriani-agosto-2013-parte-1-la-belleza/

https://radiocristiandad.wordpress.com/2013/09/28/especiales-de-radio-cristiandad-con-el-p-ceriani-set-2013-el-arte/

Repasemos ahora sólo algunos de los conceptos allí analizados. Pero antes, como para entrar en tema, contemplemos dos manifestaciones de aquella Cultura Católica puesta el servicio de la Fe en la Sagrada Eucaristía:

Logo Dublin

Logo Buenos Aires

LA BELLEZA COMO TRASCENDENTAL

La consideración del ser en cuanto tal muestra tan vastísima amplitud y tan rica simplicidad que, de inmediato, se manifiesta como UnidadVerdad y Bien. Estas son sus propiedades, las cuales no le agregan adición o diferenciación alguna.

La Verdad es el ser en su aptitud de alumbrar toda inteligencia. El Bien en la de saciar todo apetito. Ambos son trascendentales que siguen al ser de inmediato, en toda su extensión. Donde hay carencia de ser o de existir debido, hay error o mal.

La presencia del ser es augusta. Comunísimo, está en toda cosa; sin embargo, cuando se manifiesta nítido, deslumbra. Para ello, la cosa tiene que cumplir su definición sin deterioro alguno. Si presenta así su luz distinta, su definición en un acto real, decimos que es bella.

La Belleza en sí misma se extiende tanto como el ser, como la forma o perfección, y sigue, como propiedad trascendental suya, todos los grados de sus realizaciones análogas.

Desde el Acto Puro, Ser en sí, hasta el último ser enteramente material, pasando por los seres puramente espirituales (los Ángeles), los espirituales unidos a la materia (el hombre), los sensitivos y vegetativos, también la Belleza va descendiendo y como degradándose a través del descenso del acto del ser con quien se identifica.

Lo mismo que la Unidad, la Verdad y el Bien, la Belleza es el ser mismo tomado bajo un cierto aspecto; es una propiedad del ser: es el ser tomado como capaz de deleitar una inteligencia por su sola intuición. Y de este modo, toda cosa es bella, lo mismo que toda cosa es una, verdadera y buena, al menos bajo una cierta relación.

Y como el ser está presente en todas las cosas y en todas ellas es distinto, del mismo modo la Belleza está difundida por todas las cosas y en todas es varia.

En realidad sólo en Dios, Belleza en sí, logra su plena e infinita realización. Toda forma es bella en la medida de su perfección, de la preponderancia del acto o ser que encierra, en la medida de su alejamiento de la potencia.

Dios da la belleza a todos los seres creados, según la propiedad de cada uno, y porque es la causa de toda consonancia y de toda claridad.

De este modo, la belleza de la criatura no es otra cosa que una semejanza de la belleza divina participada en las cosas.

DOS FACETAS DE LA BELLEZA

Santo Tomás enseña que «Pulchra dicuntur quæ visa placent» (I, q. 5, a. 4, ad 1: Se dicen bellas las cosas que vistas deleitan).

Estas palabras dicen todo lo necesario: una visión, es decir un conocimiento intuitivo; y un goce. Lo bello es lo que da gozo; no cualquier gozo, sino el gozo en el conocer; no el gozo propio del acto de conocer, sino un gozo que sobreabunda y desborda de este acto a causa del objeto conocido.

Semejante concepto señala las dos facetas de la cuestión sobre la Belleza: la objetiva (qué es la Belleza en sí) y la subjetiva (cómo se llega a captar esa Belleza); es decir, un problema metafísico y un problema psicológico, respectivamente.

Si una cosa exalta y deleita al alma por el sólo hecho de darse a su intuición, esa cosa es buena para aprehenderla, es bella.

DESCRIPCIÓN OBJETIVA DE LA BELLEZA

Para entender bien en qué consiste la Belleza que vamos describiendo es necesario saber que cada criatura presenta aspectos comunes con los otros seres (aspectos genéricos) y otro distinto, exclusivamente propio (aspecto específico).

Llamamos forma substancial al principio esencial y activo que establece la perfección específica de una cosa, de modo que es tal ser y no otro.

Por otra parte, toda la virtualidad de la forma no se actualiza al mismo tiempo, sino en distribución de accidentes, de partes y de tiempos. Por esta razón, tampoco puede darse todo el poder entitativo de una especie corporal en un individuo de esa especie, sino que se despliega en una multitud incontable de individuos sin agotar sus posibilidades.

Ahora bien, se dan momentos en que una forma logra actualizarse al máximo en la materia del sujeto que le pertenece: brilla el ser distinto que ella le otorga; cada una de sus partes irradia desde dentro y cumple adecuadamente la virtualidad de la forma; todas ellas, al encontrarse cada una en justa proporción con el principio normativo interno y común, están en mutua síntesis y hacen resplandecer la unidad; la luz del ser —éste y no otro— corre y fluye hasta en el último detalle convirtiendo toda dirección y medida en intención expresiva, toda proporción en armonía, todo movimiento en ritmo.

A este esplendor ontológico llamamos belleza.

Por consiguiente, una cosa es bella cuando resplandece en ella su definición, cuando se presenta máximamente diferenciada por su especie.

Llamamos bella a una cosa cuando triunfa en ella lo que su perfección específica tiene de propio, de incomparable; en cuanto que está realizando al máximo su definición en un sujeto concreto.

Por eso, la descripción clásica, que se toma como definición, expresa: la belleza consiste en el esplendor de la forma.

La Belleza es ante todo objetiva. Consiste en el esplendor del ser. Está allí, en la realidad concreta de las cosas; más allá que haya o no un ser humano para contemplarla o reconocerla.

CUALIDADES DE LA COSA BELLA

Santo Tomás enseña (I, q. 39, a. 8): Tres cosas se requieren para la belleza. Primeramente la integridad o perfección; porque las cosas a las que algo falta son por eso mismo feas. En segundo lugar se requiere la debida proporción o concordancia de partes. Y finalmente es necesaria la claridad. Por lo que aquellas cosas que poseen un color nítido, dícense hermosas.

Si la Belleza deleita a la inteligencia es porque ella es esencialmente una cierta excelencia o perfección en la proporción de las cosas a la inteligencia.

De ahí las tres condiciones que le asigna Santo Tomás: integridad, porque la inteligencia ama al ser; proporción, porque la inteligencia ama el orden y la unidad; brillo o claridad, porque la inteligencia ama la luz y la inteligibilidad.

Para que la forma, realizada y como sumergida en las entrañas potenciales de la materia, sea y se presente como bella es preciso que no le falte nada de su ser o perfección, que se manifieste y refleje en toda su unidad en la proporción y armonía de sus partes, de tal modo que su perfección aparezca claramente en todo su esplendor.

Ahora bien, si se tiene en cuenta que es la forma quien, determinando la materia, la organiza y la ordena, se verá la coincidencia entre el splendor formæ de Santo Tomás con el splendor ordinis de San Agustín: la Belleza ha sido señalada en su esencia misma por Santo Tomás, y en su manifestación sensible por San Agustín.

Por eso, las cualidades que siempre acompañan a la cosa bella son el orden, la integridad, la proporción y la nitidez.

En lo que atañe a la Belleza no habrá orden si no es a la vez íntegro y proporcionado; asimismo, la integridad tendrá que ser ordenada y proporcionada, y la proporción ordenada e íntegra. Estas tres dotes son en realidad la luz de una misma unidad irradiándose en la variedad.

El orden tiene prioridad lógica sobre las otras dos cualidades. El orden sigue de inmediato al esplendor de la forma; las otras son, en cambio, diversos aspectos del orden.

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DESCRIPCIÓN SUBJETIVA DE LA BELLEZA

Íntimamente ligado a la metafísica de la belleza se encuentra para el hombre el problema estético estrictamente tal o la psicología de lo bello: ¿con qué facultad y en qué condiciones subjetivas el hombre llega a posesionarse y a gozar de la belleza?

«Se dice bello lo que visto deleita». La presencia de una cosa bella produce en el hombre un peculiar placer = es el efecto inmediato y propio de la Belleza.

La escuela tradicional realista considera a este placer como perteneciente al apetito natural de la inteligencia.

En efecto, la aprehensión de lo bello no puede consistir más que en un acto intelectual porque la inteligencia es la potencia activa que puede aprehender la forma substancial, causa determinante del ser de una cosa y en cuyo esplendor manifestativo estriba la Belleza.

La visión de la forma por su esplendor causa un peculiar placer a la inteligencia; ella queda prendada ante la presencia de lo que siempre apetece. Hay entonces una posesión sabrosa por contemplación; y en ésto precisamente consiste el placer de lo bello: el resplandor de la esencia engendra gozo en la inteligencia.

Recordemos lo enseñado por Santo Tomás: «Propio de la belleza es que en su vista o conocimiento se aquiete el apetito (…) La belleza añade a lo bueno cierto orden a la potencia cognoscitiva (…) Se llama bello aquello cuya misma aprehensión nos complace» (I-II, q. 27, a. 1, ad 3).

Por la Belleza, la aprehensión que tenemos de un objeto es tan perfecta que, en cuanto aprehensión, no nos deja nada más a desear.

Esto no significa que no tengamos nada más que aprender de la consideración de este objeto, sino que esta bella aprehensión nos satisface por ella misma y no deseamos nada más por el momento.

Notemos que la verdadera Belleza está indisociablemente unida al conocimiento de la verdad; por lo tanto, no basta que una cosa guste para que sea bella. El mal puede gustar; es el drama de la humanidad después del pecado original.

Por otra parte, el placer de lo bello no puede pertenecer, primo et per se, a la sensibilidad; y esto por cuatro razones:

a) Todo lo percibido principalmente por la sensibilidad es percibido por los animales, los cuales no pueden percibir la belleza.

b) Cuando los artistas pretendieron crear belleza para los sentidos y el sensualismo, el arte aceleradamente la perdió y se fue emplazando en diversas fealdades y miserias.

Es notorio cómo la sinfonía se empobrece de manera repentina con Schubert, y lo mismo la música en general con el grosero materialismo de Wagner. Igualmente la poesía se desorganiza con la inspiración y la técnica sensorial de Víctor Hugo. La caída más notable es en las artes plásticas; en cuanto el Renacimiento les da una especificación sensual, se rompe la corriente del gran arte.

c) La Belleza consiste en la presencia del principio que otorga el ser fundamental a una cosa, el cual es inteligible, no sensible.

d) El orden resuelto en armonía es propiedad que no falta nunca al esplendor de la forma, y todo orden es percibido por la inteligencia y no por los sentidos.

El inconveniente con que se tropieza en la aprehensión de lo bello es que se produce en lo concreto, lo cual, para el hombre, es lo sensible. Por esta razón, con mucha frecuencia se salta de lo bello a lo codiciable.

Cuando se trata de la Verdad, el entendimiento encuentra el objeto que le es propio en las cosas sensibles; pero se aleja (abstrae) de la materia para captar la esencia y sus propiedades en ella misma.

Cuando se trata de la Belleza, el entendimiento no se aparta de las cosas sensibles, pues la quiere gustar en cuanto existente, real; como presencia, visión.

De esta manera se aproximan y se dan en un mismo campo material, dos objetos muy distintos: el del entendimiento y el de los sentidos y apetitos sensibles.

Con facilidad la atención deja el vuelo que tiene en la luz de la belleza, para detenerse en el brillo efímero de los accidentes sensibles (aspecto, sabor, contacto), manifestativo de lo que las cosas y la carne tienen de codiciable para el apetito animal.

Dicho traspaso se llama sensualismo: apreciación equívoca y entremezclada de ambos valores. La Belleza no es una cualidad de la carne, sino un trascendental intangible, el cual se alcanza y posee por la contemplación.

El Romanticismo, exaltando de manera incondicionada cuanta pasión existe, aleja al arte de la Verdad. El Romanticismo engendra la ilusión, esto es, atribuir Belleza a los objetos de las pasiones.

La Belleza a que tiende el arte produce una delectación, pero es la alta delectación del espíritu, que es precisamente todo lo contrario de lo que se llama el placer. Si el arte tratase de gustar traicionaría y se haría mentiroso.

Asimismo, el arte tiene por efecto producir emoción; pero si apunta a la emoción, al fenómeno afectivo, a remover las pasiones, el arte se adultera, y tenemos ahí otro elemento de mentira que penetra en él.

Finalmente, el placer de lo bello tampoco pertenece a la voluntad, porque el bien, objeto único de la voluntad, se distingue de la Belleza. Es manifiesto que podemos admirar como bellas cosas que, bajo la razón de bien, la voluntad rechaza como hostiles o nocivas a nuestra naturaleza, como una serpiente de coral.

Sin embargo, la Belleza no es una especie de verdad, sino una especie de bien: la percepción de la belleza se vincula al conocimiento, pero para añadírsele; tal percepción no es tanto una especie de conocimiento, cuanto una especie de delectación. Lo bello es esencialmente deleitable; por lo cual, por su misma naturaleza y en tanto que bello, mueve el deseo y produce amor, mientras que la verdad como tal no hace otra cosa que iluminar.

Por lo tanto, es preciso hacer notar que para lo bello hay dos maneras de relacionarse con el apetito: ya sea como subsumido bajo la razón propia de bien (amamos y deseamos una cosa porque es bella); ya sea a título de bien especial que deleita la facultad apetitiva en la facultad de conocer y porque satisface su deseo natural (decimos que una cosa es bella porque su vista nos agrada). Desde el primer punto de vista, lo bello coincide sólo materialmente con el bien; desde el segundo, al contrario, pertenece a su noción misma ser el bien especial en cuestión: es esencial a lo bello procurar ese bien especial que es la deleitación en el conocer.

De suerte que la Belleza, al par que enfrenta directamente a la facultad de conocer, interesa indirectamente, por su esencia misma, la facultad apetitiva.

Logo Buenos Aires 2

En el Congreso Eucarístico de 1934, con la presencia de los Cardenales Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, e Isidro Gomá y Tomás…, de Don Orione… Hugo Wast…, la Fe fue manifestada no sólo en el logotipo, sino también en la Liturgia… lex credendi, lex orandi:

Buenos Aires 1

Buenos Aires 2

Buenos Aires 3

a

Buenos Aires 4

aBuenos Aires 5

Buenos Aires 6

Igualito que ahora, ¿no?

¡No! Ahora predomina la herejía… Y a su servicio está la fealdad…

LO FEO

La fealdad es la privación del esplendor entitativo debido.

Decimos debido, pues se trata del esplendor que se debe desprender de tal esencia y no otro.

Dicha privación, en concreto, se traduce en alguna carencia de orden, de proporción, de integridad o de nitidez.

La cosa fea angustia a la inteligencia; plantea un enigma, no de misterio, sino de ambigüedad, de suciedad ontológica.

Se trata de una tiniebla que oprime a la inteligencia, que no ve una realización normal, inmediata de la esencia en la realidad concreta.

Sin embargo, la fealdad no se debe a una supresión total de la luz de la esencia, es decir, de todas la cualidades de lo bello. Esto es imposible; no puede existir una fealdad absoluta. En un sujeto, por feo que sea, siempre existe la raíz de la belleza, que, impedida, no dará su luz, pero sin embargo continúa latente.

Hay grados de fealdad; las cosas se afean sin eliminar de golpe y totalmente toda relación bella.

 

EL ARTE Y LA BELLEZA

Existen infinidad de artes mecánicas, todas ellas perfeccionadas por la virtud intelectual del Arte.

El Arte en general tiende a hacer una obra; pero algunas Artes tienden a hacer una obra bella, y en eso difieren esencialmente de todas las demás artes.

Por lo tanto, entre las Artes se distinguen de una manera particular las Bellas Artes, destinadas particularmente a producir belleza.

Desde la antigüedad son clásicas las cinco principales Bellas Artes: Literatura, Música, Pintura, Escultura y Arquitectura.

La obra para la cual trabajan las demás Artes se halla ordenada a la utilidad del hombre; es, por lo tanto, un puro medio, y está toda entera contenida en un género material determinado.

En cambio, la obra en la que trabajan las Bellas Artes está ordenada a la Belleza. En cuanto obra bella es ya un fin, se basta a sí misma; y, si bien en tanto que es obra a hacer es material, en cuanto que es bella pertenece al reino del espíritu y se sumerge en la trascendencia y en la infinidad del ser.

Las Bellas Artes se destacan, pues, en el género Arte, como el hombre se destaca en el género animal. Y lo mismo que el hombre, son a la manera de un horizonte en el que vendrían a tocarse la materia y el espíritu. Tienen un «alma espiritual»; de donde se les siguen muchas propiedades distintivas.

Su contacto con la Belleza modifica en ellas algunos caracteres del arte en general, principalmente en lo que concierne a las reglas del arte; y, al contrario, acentúa y lleva a una especie de exceso de otros caracteres genéricos de la virtud artística, entre las cuales, en primer lugar, su carácter de intelectualidad y su semejanza con las virtudes especulativas.

¿Por qué sucede esto? La realidad sensible (con mayor razón la inmaterial) tiene muchos secretos, oculta muchas cosas a los sentidos; incluso el espíritu humano es incapaz de aprehender el todo de cada ser.

Las Bellas Artes deben revelar lo que está oculto en las cosas a los simples sentidos; deben hacer inteligible la realidad y aprehenderla en plenitud por medio de la expresión simbólica.

Las Bellas Artes tienen por fin general la manifestación de lo verdadero y de lo bueno mediante lo bello, representando lo verdadero y lo bello a través de signos sensibles.

Debemos comprender, entonces, cómo la Belleza está en dependencia de la Verdad, puesto que ella está relacionada con el Arte, virtud intelectual.

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LA CUESTIÓN DEL ARTE MODERNO

Cuando enfrentamos la «cuestión del arte moderno» nos encontramos ante un problema mucho más profundo: estamos ante un fenómeno más serio que la simple trasgresión a las leyes de la decencia o de la prudencia; estamos ante una corrupción de la inteligencia… llevada a cabo, muchas veces, por hombres muy inteligentes…

No se puede juzgar hoy día con criterios simples: hay que analizar teniendo en cuenta muchos elementos.

Juzgar a los artistas antiguos es como hacer un análisis de dos elementos: fondo y forma, talento y ejecución, etc.

Juzgar a los modernos artistas parece uno de esos complicados análisis de química orgánica; a veces parecen análisis de excrementos para hacer un diagnóstico…

Para intentar una clasificación, supongamos cuatro elementos fundamentales:

1º) el don artístico.

2º) el equilibrio biológico.

3º) la intención.

4º) el influjo del espíritu de la época.

Para poner un ejemplo concreto, tomemos a Picasso: es a la vez un gran talento pictórico, un desequilibrado y un vivo, que encima refleja nuestra época.

Combinando esos elementos podemos obtener los siguientes tipos de artistas enteramente diferentes y distinguibles:

1º) sin talento = mediocre.

2º) sin talento y avivado = parásito.

3º) talentoso desequilibrado = deforme.

4º) talentoso resentido = fiera.

5º) talentoso dominado por el desorden de la época = destructor.

6º) demoníaco = perverso.

7º) talentoso equilibrado = gran artista.

La mediocridad no es permitida en Arte.

En un tiempo y en un medio en que no funcionan los controles normales de la inteligencia, el parásito, el mediocre avivado, puede tener talento para vivir, es decir astucia… aservilándose a una propaganda. La propaganda a base de mentiras es uno de los fenómenos de nuestro tiempo. Una vez que el parásito sirve a la propaganda, la propaganda que tiene el arte de fingir el arte lo sirve a él dándole el talento que no tiene.

Los que siguen —el deforme, la fiera, el destructor y el perverso— tienen talento. Pero el talento no basta.

La nota que caracteriza a estos cuatro tipos es el desequilibrio, un desequilibrio de cualquier clase, aunque más no sea la falta de formación, es decir, la falta de una buena filosofía, de un contenido intelectual.

Otra nota que los distingue es el ser presa, de una u otra manera, del desorden de la época. Son creadores del arte incomprensible, útil solamente a los sabios modernos: los psicólogos, los sociólogos y los psiquiatras, y sus víctimas.

Estos desequilibrados, que a veces parecen empeñados en destruir hasta la razón humana, tienen talento y son sinceros; eso es lo peligroso: son sofisticados, distintos del ignorante y del sofista. El ignorante se engaña a sí mismo, pero no engaña. El sofista engaña a otros, pero no se engaña a sí mismo. El sofisticado se engaña a sí mismo y a otros; es la primera presa del error que difunde, de la enfermedad que contagia.

Nos enfrentamos con sofisticados. Estamos frente a talentosos que no son vulgares sofistas que se proponen engañar. Pero ahí enfrente hay una cosa monstruosamente torcida; una cosa mala, poco humana, peligrosa y deletérea.

El artista crea con su alma; y si su alma está desviada, envenenada o endemoniada, la proyecta fuera de sí con una gran fuerza contagiosa.

A veces parecería que estos modernos artistas odian a la sociedad e incluso a toda la especie humana, y que quisieran vengarse de ella haciendo sigilosamente todo el daño que puedan: entristeciendo, ensuciando, desequilibrando, desesperando, enloqueciendo.

Y tal vez no es así…; tal vez es algo peor: no es intencionado, sino degenerado = degeneración de la razón humana, corrupción del intelecto.

La conclusión de todo esto es que hoy en día la lucha no es ya entre el Arte y la Moral, sino entre Dios y el demonio en el campo del Arte. La confusión reina; de donde se sigue que la prudencia es más necesaria que nunca.

El Arte necesariamente tiene que hacer mucho bien o mucho mal, porque su objeto es un Trascendental, la Belleza, que es uno de los Nombres de Dios.

Gracias a Dios existirá siempre el gran artista equilibrado. La razón, el orden, la tradición tendrán siempre sus pilares. Se les irá haciendo cada vez más dura la vida. Cuando la presión sea intolerable, los pocos artistas fieles se volverán profetas.

El Padre Leonardo Castellani comenta la Tercera Plaga o Copa Apocalíptica en neta alusión a lo que nos ha movido a publicar este artículo.

Recordemos primero la cita bíblica, tomada del Apocalipsis, capítulo XVI, 4-7:

El tercer Ángel derramó su copa en los ríos y en las fuentes de las aguas, y se convirtieron en sangre. Y oí decir al Ángel de las aguas: “Justo eres, oh Tú que eres y que eras, oh Santo, en haber hecho este juicio. Porque sangre de santos y profetas derramaron, y sangre les has dado a beber: lo merecen.” Y oí al altar que decía: “Sí, Señor, Dios Todopoderoso, fieles y justos son tus juicios.”

Al respecto, dice el Padre Castellani:

Esta plaga representa la corrupción de nuestra cultura; della han de beber los hombres para vivir. La cultura no es un lujo ni un divertimiento: ella es necesaria, es el tajamar contra la barbarie, siempre latente en el hombre. La Religión necesita de la cultura verdadera: la religión católica es una religión cultural, no primitiva; por eso ella conservó la cultura antigua durante el Bajo Imperio y los Siglos de Hierro amenazada. Hombres religiosos se hacían monjes para copiar manuscritos, no sólo de Cicerón y Virgilio, pero ¡de Petronio!

San Benito, padre de los monjes de Occidente, inventó una Orden y una Regla admirables: vio que era necesario algunos hombres se dedicasen al estudio, y otros trabajasen manualmente para mantenerlos; y otros, a la tarea intermedia de copiar y conservar el depósito de la antigua cultura, amenazado por los bárbaros del Norte; cubriendo así los tres puntos vitales de la civilización europeas; y al mismo tiempo cantasen todos juntos el oficio divino, y enseñasen la agricultura a los belicosos bárbaros, y toda cultura, junto con los cuatro Evangelios.

Vemos hoy cómo se corrompe la cultura; que se le puede aplicar lo que Tácito dijo de la de su tiempo: “al corromper y ser hecho corrompido, a eso llaman cultura”. Mucha música y poca lógica, decía mi tío el cura teníamos ahora los argentinos: esteticismo y no razón; y ese esteticismo no para acarrear el puro goce estético sino para divertir, distraer… hacer reír —como bestias, ver los sainetes del Teatro Porteño—; en suma, disipar; cuando no para afrodisiar. Dicen con ufanía que los argentinos somos muy dados a la música y aptos a ella, aunque no haya surgido aquí todavía ningún Mozart; pero a mí me da mala espina lo que afirma el doctor Soílier en su Psychiatrie, que los idiotas e imbéciles característicamente son aficionados a la música. Y lo malo es que a mí también la música me gusta; y también a los Santos del cielo, según parece por San Juan.

La Bestia deforme del Apokalypsis, que todos decían era impintable, e incluso se reían de San Juan (Goethe y Renán, por ejemplo), de haberla imaginado, resulta que ahora el llamado “arte moderno” pinta cosas que la recuerdan y aun la empeoran. Y callo de otras corrupciones más profundas, de la filosofía, de la enseñanza, de la literatura “espiritual” o devota.

Y existe una relación entre este veneno que corre hoy a ríos, y la sangre derramada de los profetas; pues son los profetas en última instancia los que mantienen —o mantenían— sana la cultura; pues toda gran arte y gran filosofía tiene una raíz religiosa. Suprimen a los profetas, se pudre la cultura. Hay que ver la estofa de los profetas que ahora nos imparten cultura a mares desde los diarios, las revistas, la radio, la televisión, las novelas, las poesías y las cátedras. Hay que verlos, pero un rato no más, para conocerlos. Nadie puede abrevarse allí asiduamente, y sobrevivir.

Toda la “cultura” argentina está falsificada e intoxicada. Los veramente cultos están relegados; y aun hostigados, si tienen dones proféticos. Justo eres, Dios, en esto.

Si al más grande poeta del mundo le hubieran encargado hiciese un símbolo de la cultura envenenada, creemos hubiese exclamado: “¡Aguas vueltas sangre! ¡Ríos, arroyos, vertientes potables pero tóxicos! ¡Los íntimos veneros del espíritu objetivo contaminados por el error y el vicio! … ”.

Año de la misrericordia - Destaca pechera

Y así andan por la conciliar, la NeoF$$PX y la Resistencia de los Impotentes…

Padre Juan Carlos Ceriani