PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DEL DOMINGO INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN

Sermones-Ceriani

DOMINGO INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN

Cuando venga el Paráclito, que Yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí. Y también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense hacer un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a Mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.

Domingo Infraoctava de la Ascensión o Domingo de los Testigos…, que significa Mártires…

Domingo del testimonio por el martirio…; para lo cual es necesaria la virtud de fortaleza.

Comprendemos que los Discípulos, congregados en el Cenáculo, tenían presente las tristes predicciones del Maestro acerca del porvenir que les esperaba.

Era también muy lógico que, al verse solos y sin la compañía del Maestro, aumentara su temor… Todavía resonaban en sus oídos aquellas palabras: Y vosotros daréis testimonio… Os expulsarán de las sinagogas… Llegará la hora en que todo el que os mate piense hacer un servicio a Dios…

Pero Jesús los había consolado prometiéndoles que su Espíritu les daría valor para afrontar cuantos peligros les presentase el mundo: Cuando venga el Paráclito, Él dará testimonio de Mí…

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Es muy actual, pues, este Evangelio, porque trata de la persecución

La Iglesia ha estado siempre perseguida…

Y quizás lo está hoy más que nunca…

Nuestro Señor había predicho a sus Apóstoles: Si a Mí me persiguieron, a vosotros os perseguirán…

Y ahora, luego de prometer el Espíritu de verdad…, el que dará testimonio, les anuncia que también ellos han de dar testimonio…

E inmediatamente les predice las dos formas más terríficas de persecución para que no se escandalizasen ni tropezasen cuando ellas acaeciesen.

Estas dos formas de la persecución son la de adentro y la de afuera.

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La persecución de adentro consiste en los cismas…, las herejías…, las apostasías…, los falsos hermanos…

Nuestro Señor la caracteriza y resume diciendo: os expulsarán de las sinagogas… seréis excomulgados… seréis echados de la Sinagoga o de la reunión de los creyentes, que equivale a nuestra «excomunión».

Se pregunta San Agustín: ¿Qué daño les resultaba a los Apóstoles de que los expulsaran de las sinagogas, si ellos las habían de dejar aunque nadie los despidiera?

Y responde: Esto quiso decir que los judíos no recibirían a Cristo; porque como no había otro pueblo de Dios sino el que era de la estirpe de Abraham, si éste hubiera reconocido a Cristo, no hubieran existido por un lado iglesias de Cristo y por otro sinagogas de los judíos. Y por cuanto los judíos no creyeron, ¿qué restaba sino que los que permanecían alejados de Cristo, echaran de la Sinagoga a los que no dejaron a Cristo?

Parafraseando, debemos hacer dos aplicaciones a la situación actual:

1ª) ¿Qué daño les resultaba a los verdaderos fieles de que los expulsaran de la iglesia oficial, si ellos la habían de dejar aunque nadie los despidiera? Esto quiere decir que la jerarquía oficial se desvió de Cristo; porque si hubiera permanecido rectamente junto a Cristo, no existiría por un lado la Iglesia de Cristo y por otro la iglesia conciliar. Y por cuanto la jerarquía oficial no anda rectamente conforme a la verdad del Evangelio, ¿qué queda sino que los que permanecen desviados de Cristo echen de su iglesia conciliar a los que no se desviaron de Cristo?

Cabe recordar y aplicar aquí aquello de la Carta de los Superiores de la FSSPX en julio de 1988:

Nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de iglesia conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad. Sí, nosotros no tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión no sería más que la prueba irrefutable. No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II; excluidos de la comunión impía con los infieles.

Sería para nosotros una distinción de honor y un signo de ortodoxia delante de los fieles. Estos, en efecto, tienen absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista…

2ª) ¿Qué daño les resulta a los verdaderos fieles tradicionales (aquellos a los cuales Monseñor Lefebvre definió como los que comprendieron el problema y que nos han ayudado a proseguir la línea derecha y firme de la Tradición y la fe) que los expulsen de la Neo-F$$PX, si ellos la han de dejar aunque nadie los despida? Esto quiere decir que la jerarquía actual de la F$$PX se desvió de Cristo; porque si hubiera permanecido rectamente junto a Cristo, no existiría por un lado la verdadera Obra de la Tradición y por otro la Neo-F$$PX. Y por cuanto la jerarquía actual de la F$$PX no anda rectamente conforme a la verdad del Evangelio, ¿qué queda sino que los que permanecen desviados de Cristo echen de su Neo-F$$PX a los que no se desviaron de Cristo?

Cabe recordar también y aplicar la Carta citada anteriormente:

Nosotros jamás quisimos pertenecer a la Neo-F$$PX, ese sistema que coquetea con la iglesia conciliar. Sí, nosotros no tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís, que reconoce hoy como parte suya a la Neo-F$$PX; nuestra propia excomunión no sería más que la prueba irrefutable. No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Tradición desde la Peregrinación a Roma del año 2000; excluidos de la comunión impía con los infieles.

Sería para nosotros una distinción de honor y un signo de ortodoxia delante de los fieles. Estos, en efecto, tienen absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una tradición falsificada, evolutiva y sincretista…

Recordemos aquí la Conferencia de Mons. Fellay, en Fabrègues, el 11 de mayo de 2014, y meditemos sobre lo destacado en amarillo:

Cuando todavía cardenal, él estaba en América del Sur, el Superior de Distrito fue a pedirle un servicio administrativo que no tiene nada que ver con la Iglesia: un problema de visa, permiso de residencia.

El Estado argentino, que es muy de izquierda, aprovecha del Concordato, que se supone que protege a la Iglesia, para molestarnos muy en serio, y nos dice: «ustedes se pretenden católicos, es necesario que ustedes tengan la firma del obispo para residir en el país.»

El superior del distrito fue entonces a exponerle el problema.

Había una solución fácil, que era declararnos iglesia independiente, pero no queremos porque somos católicos.

Y el cardenal dijo: «No, no, ustedes son católicos, es obvio; los voy a ayudar»; y escribió una carta en nuestro favor para el Estado, que es tan izquierdista que se las arregló para encontrar una carta contradictoria de parte del nuncio.

Así, por lo tanto, 0 a 0.

Ahora él es el Papa. Y nuestro abogado tuvo la oportunidad de tener un encuentro con el Papa. Le dijo que el problema continúa para la Fraternidad y le pidió por favor que nombrase un obispo de Argentina con el que pudiésemos tratar para resolver este problema.

El Papa dijo: «Sí, y este obispo soy yo, he prometido ayudar y lo haré.»

Todavía estoy esperando; pero también dijo: «Esta gente piensa que los voy a excomulgar, están equivocadoos»; dijo algo muy interesante: Yo no los condenaré, y no voy a impedir a nadie a ir con ellos,»

Una vez más, espero ver.

No faltará quien, con razón, piense que debemos hacer una tercera aplicación, en este caso referida a la Resistencia Fláccida… Pero…, si se han ido o los han expulsado de la iglesia oficial y de la Neo-F$$PX…, ¿les quedan todavía ganas de estar en esa falsa resistencia? En ese caso…, no perdamos el tiempo y sigamos adelante…

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Después está la persecución de afuera: os matarán; e incluso llegará la hora, en los últimos tiempos…, cuando os matarán y creerán con eso hacer un servicio a Dios; es decir, os matarán como a enemigos de la religión oficial…

Según San Agustín, el sentido de estas palabras es el siguiente: Ellos os echarán de las sinagogas; pero no temáis la soledad, porque, separados de la comunión de ellos, reuniréis tan gran número de creyentes en mi Nombre que, temerosos ellos de que quede desierto su templo y abandonado todo lo de la antigua Ley, os matarán creyendo prestar un servicio a Dios, llevados de celo indiscreto por la gloria de Dios y no según la sabiduría. Si bien los testigos, esto es, los mártires de Cristo, fueron muertos por los gentiles, no creyeron éstos, sin embargo, que ofrecían un homenaje a Dios, sino a sus dioses falsos. Pero los judíos, cuando matan a los predicadores de Cristo, creen prestar un homenaje a Dios, juzgando que los que se convierten a Cristo apostatan del dios de Israel. Estos, pues, poseídos del fanatismo, no guiados por la sabiduría, mataban a los creyentes, pensando hacer un servicio a Dios.

Dejo a vuestro cuidado hacer las correspondientes paráfrasis de estas palabras de San Agustín, aplicándolas a la hora actual… y sus tres variantes…

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Jesucristo, después de haber prometido el Espíritu Santo a sus Apóstoles, cuya infusión los convertiría en testigos, es decir mártires, añadió: Esto os he dicho para que no os escandalicéis.

Nuestro Señor continúa: Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho

Por lo tanto, es deber del cristiano tener en cuenta la persecución.

Nuestro Señor predice a sus Apóstoles la persecución inevitable. Ya antes les había dicho: No es el discípulo mayor que el Maestro: si a Mí me han perseguido, a vosotros os perseguirán.

Esta predicción de Cristo se cumplió, de diferentes maneras, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y se hará cada vez más solapada a medida que nos acerquemos al fin: Los mártires de los últimos tiempos, dice San Agustín, ni siquiera parecerán ser mártiresE incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios…

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La Iglesia siempre ha tenido persecuciones; sea declaradas, sea encubiertas, con hierro o con trampas; o bien las dos cosas; pero nunca habían estado dentro mismo de la Iglesia, o bien han estado poco tiempo, hasta que la herejía, descubierta, fue condenada y la rama seca fue limpiamente serruchada del tronco vivo.

Con el modernismo, el enemigo está al interior mismo de la Iglesia.

La Persecución es la ley de la Iglesia: es la carga que debemos llevar, y debemos hoy mirarla de frente.

Ella muestra que la Iglesia es una cosa sobrenatural; de otro modo no se entendería que hombres honrados, buenos y aun santos, lo mejor que hay entre los hombres, sean odiados con tan extraña saña, a veces hasta el asesinato, a veces de adentro de la Iglesia y no solamente de afuera, como vemos en el curso de veinte siglos.

Así que hemos de mirar de frente nuestro destino: todos los que quieran ser buenos cristianos, toparán contrastes y dificultades en el mundo por el hecho de ser cristianos; porque van a contracorriente de la correntada del mundo.

La historia de la Iglesia prueba estas palabras de Cristo, pues la historia nos muestra siempre vigente la persecución a los buenos cristianos…

Y hoy día existe en el mundo la persecución más grande que haya existido nunca…

En los modernos países apóstatas liberales, otrora católicos, la persecución está velada, pero existe; y aunque no sea sangrienta, es muy perniciosa, porque ataca las almas.

Esta es persecución de la peor especie; y esta persecución hipócrita puede traer la otra, la persecución abierta.

Dentro de los perímetros de la institución eclesial, sea la oficial, sea la de la Neo-F$$PX, se dan las dos clases de persecución: una apostasía generalizada, a la cual se suma la exclusión y el poner en riesgo la vida del alma…

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En cuanto a nosotros, no debemos esperar el éxito inmediato de nuestros esfuerzos y trabajos.

Lo que nos pide Nuestro Señor Jesucristo es que demos testimonio de la Verdad.

Puede ser que venga a nuestro espíritu el sentimiento de fracaso… He aquí una palabra que suena muy amarga…

Pero es un error profundo.

Es porque miramos con ojos mundanos, mientras que Jesús nos enseña a juzgar con “un justo juicio”, el que se aprende en el Evangelio, donde Él mismo, Maestro y Modelo, se nos presenta como signo de contradicción. Más, aún, como ejemplo de fracaso. De sumo fracaso, como que terminó rechazado y condenado a muerte como criminal.

Hay más todavía: también en adelante será Jesús un “fracasado”; pues Él advierte muchas veces a sus discípulos que padecerán persecuciones, y anuncia que aun al final, cuando Él vuelva, en lugar de verlos triunfantes, siquiera entonces, será todo lo contrario, no habrá fe en la tierra; se habrán impuesto la apostasía y el Anticristo…

Pero entonces…, ¡entonces sí!, terminará el “fracaso” de Cristo y de su Cuerpo Místico.

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¿Y nosotros, qué? También cobran cuerpo en nuestra mente los obstáculos que en la vida nos vemos obligados a superar. Conocemos su magnitud, y apreciamos asimismo nuestra flaqueza.

Sabemos que el mundo responde a nuestra profesión de fe y entusiasmo por Cristo con sonrisas burlonas, cuando no con insultos o la más cruel persecución.

Hasta nuestros propios hermanos, o que creíamos hermanos en la fe…, nos motejan de exaltados, exagerados, fanáticos.

¿Y nosotros, qué? ¿Fracasados? ¡No!, sino sometidos, ¡y con gozo!, a la ley que Cristo siguió y enseñó, según la cual si la semilla caída en tierra no se pudre y muere, queda sola y sin fruto.

Si no vemos el fruto, tanto mejor; pues eso sí que se llama vivir de fe y negarse a sí mismo; o sea tener el sello más auténtico de los que son de Cristo.

La corona está prometida al que cree hasta la muerte, es decir, aunque le cueste la vida.

San Pablo promete la corona «a los que aman su Venida»; esto es, a los creyentes que lo esperan con gozo porque saben que todos los bienes nos vendrán con Él en su Parusía.

¡Fracasados! Así nos motejará el mundo y aun quizás algunos de nuestros amigos…

¡Fracasados, no!… ¡Triunfantes!, pero solamente con Aquel que es nuestra vida.

Para luchar contra tanto enemigo y dominar en nosotros la aprensión por las burlas, la preocupación por el aislamiento y la soledad, el temor a los tormentos y hasta el terror ante la muerte, necesitamos un pecho broncíneo (no bronceado…), valor de soldados, coraje de confirmados con el Santo Crisma…

¿Quién nos infundirá este valor? Precisamente, el Espíritu Santo por su Don de Fortaleza.

A rogar, pues. A impetrarlo del Cielo, convencidos de la necesidad que tenemos de Él para robustecer nuestra pusilanimidad.

Si en los siete días que nos separan de la solemnidad de Pentecostés, nos proponemos meditar y pedir cada día un don especial, sea el día de hoy consagrado al Don de Fortaleza.

No nos cansemos de implorarlo del bondadoso Corazón de Jesús: no nos dejes huérfanos, Señor, sino envíanos al Prometido del Padre, para que nos robustezca con el Don de Fortaleza.

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Concluyamos meditando aquellas palabras del Padre Bernard Marie de Chivré:

La hora se volvió propicia para la tentación…

Las dudas, los cansancios, las tibiezas, como un enjambre de desdichas alrededor de nuestro corazón, bordonean los aires fúnebres de su desaliento: “es demasiado duro, es demasiado largo, es demasiado doloroso”

Es en la paciencia que es necesario poseer su alma; y los tres cuartos de los cristianos lo olvidaron; y esto explica las traiciones y las defecciones…

Sustinere, sostener, soportar, con alegría, en la esperanza, y con la sonrisa de la alegría.

La Confirmación puso en nuestra inteligencia razones de “aguantar la vida”; razones de dominarla.

El cristiano soporta con suavidad. En las condiciones más irritantes para su temperamento, continúa con su deber.

El fuerte soporta con bondad mientras Dios quiera; y esta valentía da a su alma su libertad de acción.

El fuerte no habla sino a Dios de sus miserias; ve más allá de la prueba; su mirada llega mucho más allá de sus lágrimas; nublado por los llantos, pero encendido por la fe, posee esta indefinible expresión de suavidad muda y de indomable energía: se confirma en la paciencia.

Pero muy pocos comprenden eso, muy pocos; y por eso es que muchos son llamados a espléndidas santidades, pero pocos son los elegidos.

  Allí donde vemos de razones para cesar, el Espíritu Santo ve razones para seguir…

  Allí donde buscamos razones para huir de nosotros mismos, el Espíritu Santo ve razones para permanecer…

  Allí donde quisiéramos encontrar razones para ceder, el Espíritu Santo ve razones para resistir…

  Allí donde el sufrimiento clama a la rebelión, el Espíritu de amor convoca a la aceptación…

No tengáis miedo, pequeño rebaño… Sigue sosteniendo los derechos de Dios, reprime todo temor, reprime todo miedo. Antes que vosotros, Yo conocí eso de puños alzados en torno mío en el Calvario, escuché el “tole… tole” de las burlas, de las injurias…

Defended la Verdad, y que vuestra fuerza de alma alcance su plena medida, aceptando los golpes de la adversidad.

No desconozcáis las legítimas audacias al servicio de las legítimas defensas; las exigencias de los derechos de la Verdad reclaman de vuestra parte el valor y el coraje que arremete cuando es necesario defenderlos.

Pero, una vez cumplido este deber, no desechéis la valentía, el temple y la impavidez que soporta…