Con los ojos de María
Jorge Doré
…y pon los ojos en el rostro de tu Ungido (Salmo 84:9)
Cuando la joven María, a la luz de la penumbra de un pesebre, contempló por vez primera aquel prodigio de vida entre sus brazos, vio la suma de todos los soles en la dimensión de un cuerpecito recién nacido: la Luz del Mundo había escogido la mísera aldea de Belén para iluminar a la humanidad. El mayor milagro de todos los tiempos, se consumaba sobre la Tierra. Un milagro que la Iglesia católica rememoraría incansablemente, por los siglos de los siglos, con las sublimes palabras: “Et verbo caro factum est” (y el Verbo se hizo carne).
Desde entonces, los maternales ojos de aquella criatura predilecta de Dios, tan casta que aún tras el parto permanecería virgen, no se apartarían más del pequeño Jesús, dando testimonio del más puro amor que madre alguna haya podido sentir por un hijo; porque ningún otro niño ha sido perfectamente santo, perfectamente hombre y perfectamente Dios.
La comunión entre Jesús y María, no es comparable a ningún otro lazo de amor sobre la Tierra. Es ella el ideal de Dios para la humanidad. ¿Quién mejor que la Virgen conoce la ruta que conduce al corazón de su Hijo? María ama a Cristo y ve a Cristo como Cristo quisiera ser amado y ser visto por nosotros. Es por eso que los ojos de María, deberían ser fuente de inspiración constante para los nuestros; por su pureza, amor y fidelidad a Jesús.
Los ojos de María compartieron con el Ungido el drama de la pasión y la cruz; lo siguieron cuando cargó con el madero al hombro; lo observaron angustiados cuando la turba impía lo golpeaba y lo escupía; lo contemplaron sobrecogidos en cada una de las duras caídas sobre la fría piedra en las que el hijo del hombre escribía con sangre la historia de la redención humana.
Cuando los improperios lanzados contra el Verbo encarnado herían sus oídos maternales, María –en portentosa alquimia–, mudaba esa injusticia en lágrimas y su hijo rodaba envuelto de amor en ellas para caer sobre su negra túnica. Y cuando al fin fue izada la carne de Dios y sujeta a un madero por tres clavos, María clavaría también su vista –como una saeta de amor invisible– sobre el malogrado cuerpo que pendía de la cruz, cual presagio de aquella lanza que poco más tarde penetraría el corazón del Inmaculado Cordero, permitiéndole así derramar hasta la última gota de sangre redentora por nosotros.
Aquella santa madre, a cuya maternidad querría acogernos Cristo sufriente sobre la cruz, velaría por nosotros hasta el fin de los tiempos. Cristo no regala dones superfluos. Y en el insondable misterio de la encarnación, concedernos a María es como habernos regalado, por segunda vez, carne de su propia carne y sangre de su propia sangre. ¡Qué extraordinario obsequio nos fue anunciado de labios del propio Dios!:
“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.
Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”. (Juan 19:26, 27)
María nos enseña que para seguir a su hijo, debemos mantener la mirada tan fija en la persona de Jesús como un clavo enterrado en la cruz ¿Cómo apartar los ojos de quien tanto ha padecido por nosotros para ponerlos en corruptibles tesoros e ídolos huecos?
Que la Santa Madre de Dios nos alcance la gracia de poder contemplar a Cristo con la sublime fidelidad y devoción que hacia El tienen sus ojos maternales, siempre prestos a mirarlo, siempre prestos a seguirlo, siempre prestos a adorarlo, para que nuestra dicha sea un día semejante a la suya, que hoy contempla incesantemente a su glorioso Hijo por toda la eternidad.
María, ¡enséñame a mirar a Jesús con el amor de tus puros y devotos ojos, ahora y siempre! Amén.
