Eso sí…, adicionalmente, a los sedevacantistas se les agrega, de tanto en tanto, un problema más…: soportar a Mons. Williamson y sus molestas y engañosas campañas en contra del sedevacantismo y de los sedevacantistas, y no ocuparse del verdadero problema.
Me va a permitir el Sr. Osko que me adueñe del final de su acertadísimo escrito, pero lo veo el más apropiado para definir un problema que no lo era tanto y que M. Williamson, no sé si por desatino, por ignorancia o por imprudencia está capitalizando y como consecuencia creando un inoportuno malestar dentro de las filas del tradicionalismo militante.
Debo confesar que hasta hace unas pocas semanas ni siquiera me había planteado ese problema, pero dadas las circunstancias he sido presa de él y me ha desviado de prestar atención al problemón por el que atraviesan los católicos del siglo XXI. También debo confesar y confieso que no me había planteado tan a fondo la cuestión sedevacantista, al no considerarla un tema crucial; pues siempre la tuve en el plano en que debe estar y del que nunca debería haber salido: como una opinión teológica más que no era ni crucial ni comparable con el grave problema por el que atraviesan los hombres de la iglesia conciliar y de la que M. Lefebvre distinguió de la Iglesia Visible.
Hasta muy recientemente, M. Williamson, ni siquiera me había preguntado si yo era o no era sedevacantista, eso para mí era secundario, pero después de leídos sus últimos «eleison», carentes todos ellos del menor de los rigores teológicos que un tema como éste debe albergar, debo de reconocer que me he decidido tajantemente por adherirme al grupo de los que sostienen que prefieren acertar aceptando la tesis de la sede vacante, antes que equivocarse aceptando a quien a pesar de seguirse llamando papa no actúa como tal y del cual no hay forma alguna de enmascarar su herejía formal.
Sus tres oponentes: El Padre Méramo, El Sr. Carballo y El Sr. Osko lo han reducido a su mínima expresión. En fin, que utilizando un término pugilístico, lo han dejado KO en un par de asaltos. Créame que esto me produce lástima, pues creía en usted, esperaba en usted, confié en usted; pero usted Monseñor, me ha decepcionado. Creí que era usted la persona elegida por la Providencia para continuar la obra gigantesca que crearon M. Lefebvre y M. de Castro Mayer, como dice el Sr. Carballo: «con amor, con cariño y con desvelo»; pero mi gozo en un pozo. No creo ya siquiera que tenga usted la categoría moral para encabezar la portada de un blog junto a esos dos gigantes del antiliberalismo y antimodernismo como lo fueron S.S. San Pío X. y S.E. Mons. Lefebvre, ¡Noooo! usted no cabe ahí. Y no cabe ahí no sólo por sus carencias demostradas en los ya mencionados «eleison» sino más bien por esa política de distracción al no ocuparse del verdadero problema e irse por las ramas, cosa que es más propia de lo que en el argot revolucionario se llama un «submarino» que de un agente capaz de liderar una resistencia, no de almoneda ni de feria en día de fiesta, sino una resistencia contundente y capaz de permanecer en las trincheras de los perdedores de las primeras batallas pero certeros de que la última de ellas será nuestro triunfo junto al triunfo de Cristo Rey el día de su Parusía. Una resistencia que ponga al descubierto a esa apostasía oficialista que desde hace ya varios decenios reina en la Roma, otrora Católica. Una resistencia capaz de atraer a aquellos sacerdotes que aún permanecen inquietos en la Neofraternidad, pero que al mismo tiempo barruntan que su salida de ella significaría ni más ni menos que «salir de Guatemala para meterse en Guatepeor».
Esa resistencia necesita de alguien que los convierta en mitad monjes y mitad soldados, dispuestos para la lucha definitoria que se avecina. Éstos ya no son tiempos para pensar ni en las batallitas de los tebeos que tanto nos divertían cuando niños, ni en consagraciones de Rusias, por anacrónicas; ni en Reconquistas, pues usted no es ni D Pelayo en la batalla de Covadonga, ni es el Cid Campeador ni estamos en la Edad Media. ¡Hay que ver cómo se ríen a carcajadas los ancestrales enemigos de la Iglesia, imaginándoselo dibujado cual D. Quijote, atacando a los molinos de viento!
¿Pero sería reconducible esta deteriorada situación en la que se ha puesto lo que en su día se llamó resistencia y yo llamo hoy persistencia en los fundamentos descabellados que dieron al traste con la prístina intención de M. Lefebvre? Toda situación deteriorada es reconducible, por supuesto, pero siempre y cuando, la onerosa tarea a realizar, se encarne en hombres de carne y hueso y se recree a esos hombres, aquello que los romanos llamaban «renovatio» y los griegos «metanoia», pues nada más y nada menos que la Redención del género humano la hizo Dios encarnándose, por ello se necesita recrear al hombre, hacer de esos sacerdotes que creyeron en usted una milicia que no confunda la lealtad con el pelotilleo, para terminar creando una neofraternidad bis, que tengan conciencia de que la lealtad, muchas veces consiste en decirle al superior que se está equivocando y no darle un golpecito en la espalda que es lo mismo que decirle: Monseñor, siga usted destruyéndonos ecuménicamente.
Mitad monjes y mitad soldados; y parafraseando a Sánchez Mazas en su oración por los caídos falangistas en la Cruzada de Liberación Nacional Española, concienciarse así: «Tú no nos elegiste, Señor, para que fuéramos mediocres contra los mediocres sino soldados ejemplares, custodios de valores augustos, números ordenados de una guardia puesta a servir con amor y con valentía la suprema defensa del Catolicismo. Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces al enemigo, porque acabaremos por destruir no sólo su potencia sino su apostasía, esperando la Gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo, el cada vez más ansiado día de su segunda venida.
José Manuel Hernández Luis.
