MONS. SCHUMACHER: LA SOCIEDAD CIVIL CRISTIANA – CAPÍTULO NOVENO – DE LA SECTA DE LOS MASONES – Continuación II…

LA SOCIEDAD CIVIL CRISTIANA

SEGÚN LA DOCTRINA DE LA IGLESIA ROMANA

Texto de enseñanza moral para la juventud

Ilmo. Sr. Dr. PEDRO SCHUMACHER

Obispo de Portoviejo

SOCIEDADCAPÍTULO NOVENO

DE LA SECTA DE LOS MASONES

Continuación…

Apéndice: Monseñor Schumacher pone en su libro un extracto de la Encíclica mayor sobre la masonería, la Humanum genus. Nosotros publicamos, no sólo el texto completo de la misma, sino también las otras Encíclicas sobre el tema.

ENCÍCLICA QUI PLURIBUS

Papa Pío IX

del 9 de septiembre de 1846

A todos los Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos.

…Conocéis también, Venerables Hermanos, otra clase de errores y engaños monstruosos, con los cuales los hijos de este siglo atacan a la Religión cristiana y a la autoridad divina de la Iglesia con sus leyes, y se esfuerzan en pisotear los derechos del poder sagrado y el civil.

Tales son los nefandos conatos contra esta Cátedra Romana de San Pedro, en la que Cristo puso el fundamento inexpugnable de su Iglesia.

Tales son las sectas clandestinas salidas de las tinieblas para ruina y destrucción de la Iglesia y del Estado, condenadas por Nuestros antecesores, los Romanos Pontífices, con repetidos anatemas en sus letras apostólicas, las cuales Nos, con toda potestad, confirmamos, y mandamos que se observen con toda diligencia.

Tales son las astutas Sociedades Bíblicas, que, renovando los modos viejos de los herejes, no cesan de adulterar el significado de los libros sagrados, y, traducidos a cualquier lengua vulgar contra las reglas santísimas de la Iglesia, e interpretados con frecuencia con falsas explicaciones, los reparten gratuitamente, en gran número de ejemplares y con enormes gastos, a los hombres de cualquier condición. aun a los más rudos, para que, dejando a un lado la divina tradición, la doctrina de los Padres y la autoridad de la Iglesia Católica, cada cual interprete a su gusto lo que Dios ha revelado, pervirtiendo su genuino sentido y cayendo en gravísimos errores.

A tales Sociedades, Gregorio XVI, a quien, sin merecerlo, hemos sucedido en el cargo, siguiendo el ejemplo de los predecesores, reprobó con sus letras apostólicas, y Nos asimismo las reprobamos.

Tal es el sistema perverso y opuesto a la luz natural de la razón que propugna la indiferencia en materia de religión, con el cual estos inveterados enemigos de la Religión, quitando todo discrimen entre la virtud y el vicio, entre la verdad y el error, entre la honestidad y vileza, aseguran que en cualquier religión se puede conseguir la salvación eterna, como si alguna vez se pudieran entrar en consorcio la justicia con la iniquidad, la luz con las tinieblas, Cristo con Belial.

Tal es la vil conspiración contra el sagrado celibato clerical, que, ¡oh dolor! algunas personas eclesiásticas apoyan; quienes, olvidadas lamentablemente de su propia dignidad, dejan vencerse y seducirse por los halagos de la sensualidad; tal la enseñanza perversa, sobre todo en materias filosóficas que a la incauta juventud engaña y corrompe
lamentablemente, y le da a beber hiel de dragón, en cáliz de Babilonia; tal la nefanda doctrina del comunismo contraria al derecho natural, que, una vez admitida, echa por tierra los derechos de todos, la propiedad, la misma sociedad humana; tales las insidias tenebrosas de aquellos que, en piel de ovejas, siendo lobos rapaces, se insinúan fraudulentamente, con especie de piedad sincera, de virtud y disciplina, penetran humildemente, captan con blandura, atan delicadamente, matan a ocultas, apartan de toda Religión a los hombres y sacrifican y destrozan las ovejas del Señor; tal, por fin, para omitir todo lo demás, muy conocido de todos vosotros, la propaganda infame, tan esparcida, de libros y libelos que vuelan por todas partes y que enseñan a pecar a los hombres; escritos que, compuestos con arte, y llenos de engaño y artificio, esparcidos con profusión para ruina del pueblo cristiano, siembran doctrinas pestíferas, depravan las mentes y las almas, sobre todo de los más incautos, y causan perjuicios graves a la Religión…

ALOCUCIÓN CONSISTORIAL

QUIBUS QUANTISQUE

Papa Pío IX

20 de abril de 1849

… Por una singular misericordia de Dios, podemos repetir con Nuestro divino Redentor: «Hablé públicamente al mundo. Nunca dije nada en secreto».

Aquí Venerables Hermanos, Nos parece conveniente insistir nuevamente sobre la declaración que Nos hemos hecho en la Alocución que os hemos dirigido el 7 de diciembre de 1847, a saber, que los enemigos, para lograr corromper más fácilmente la pura e inalterable doctrina de la Religión católica, para engañar mejor a los demás y atraerlos a la trampa del error, no escatiman ninguna maniobra y ninguna astucia para que la misma Sede Apostólica parezca del algún modo cómplice y protectora de su demencia.

Nadie desconoce cuántas Sociedades Secretas, cuántas Sectas crearon, establecieron y designaron bajo diversos nombres y en distintas épocas, estos propagadores de dogmas perversos, deseando así insinuar con más eficacia en las inteligencias, sus extravagancias, sus sistemas y el furor de sus pensamientos, corromper los corazones sin defensa, y abrir a todos los crímenes el camino ancho de la inmunidad.

Estas Sectas abominables de perdición, tan fatales para la salvación de las almas como para el bien y la tranquilidad de la sociedad temporal, fueron condenadas por los Pontífices Romanos Nuestros antecesores.

A Nos mismo nos han causado constantemente horror estas Sectas. Nos las hemos condenado con Nuestra Carta Encíclica del 9 de noviembre de 1946, dirigida a todos los Obispos de la Iglesia Católica, y hoy, una vez más, en virtud de Nuestra Suprema Autoridad Apostólica, las condenamos, las prohibimos y las proscribimos…

ALOCUCIÓN CONSISTORIAL

Papa Pío IX

9 de diciembre de 1854

… No hubo que vacilar para saber qué socorro habíamos de invocar principalmente delante del Padre Celestial de las luces a fin de que Su Gracia Nos ayudara a hablar con fruto. Os habéis reunido en torno a Nos, para juntar vuestro concurso al cuidado y celo que Nos poníamos en extender la gloria de la Augusta Madre de Dios; Nos hemos pues suplicado encarecidamente a la Santísima Virgen, aquella que la Iglesia llama la Sabiduría divina, que Nos iluminara para deciros lo que pueda contribuir mejor a la conservación y a la prosperidad de la Iglesia de Dios.

Ahora bien, considerando desde lo alto de esta Sede, que es como la ciudadela de la Religión, los funestos errores que, en estos tiempos difíciles, se propagan en el mundo católico, Nos pareció sobre todo oportuno, indicaros a Vosotros mismos, Venerables Hermanos, a fin de que pongáis todas vuestras fuerzas en combatirlos, ya que estáis constituidos en guardias y centinelas de la Casa de Israel.

Nos, hemos siempre de gemir sobre la existencia de una raza impía de incrédulos que quisieron exterminar el culto religioso, si ello les fuese posible; y hay que sumar a éstos, sobre todo a aquellos afiliados de las Sociedades Secretas, quienes, ligados entre sí por un pacto criminal, no descuidan ningún medio para trastornar a la Iglesia y al Estado por la violación de todos los derechos.

Sobre ellos recaen por cierto estas palabras del Divino Reparador: «Sois los hijos del demonio y queréis hacer las obras de vuestro padre»…

ALOCUCIÓN CONSISTORIAL

Papa Pío IX

25 de septiembre de 1865

Entre las numerosas maquinaciones y medios por los cuales los enemigos del nombre cristiano se atrevieron a atacar a la Iglesia de Dios, e intentaron aunque en vano, derribarla y destruirla, hay que contar, sin lugar a duda, a aquella sociedad perversa de varones, llamada vulgarmente «masónica», la cual, encerrada primero en las tinieblas y la oscuridad, acabó luego por salir a la luz, para la ruina común de la Religión y de la Sociedad humana.

Apenas Nuestros antecesores, los Pontífices Romanos, fieles a su oficio pastoral, descubrieron sus trampas y sus fraudes, juzgaron que no había momento que perder para reprimir, por su autoridad, condenar y exterminar como con una espada, esta Secta criminal que ataca tanto las cosas santas como las públicas.

Por eso Nuestro antecesor Clemente XII, por sus Cartas Apostólicas, proscribió y reprobó esta Secta y prohibió a todos los fieles, no sólo de asociarse a ella, sino también de propagarla y fomentarla de cualquier modo que fuera, bajo pena de excomunión reservada al Pontífice.

Benedicto XIV confirmó por su Constitución esta justa y legítima sentencia de condenación y no dejó de exhortar a los Soberanos católicos a dedicar todas sus fuerzas y toda su solicitud para reprimir esta Secta profundamente perversa y en defender a la Sociedad contra el peligro común.

¡Pluguiera a Dios que los monarcas hubieran escuchado las palabras de Nuestro antecesor! ¡Pluguiera a Dios que, en asunto tan grave, hubieran actuado con menos dejadez! Por cierto, no hubiéramos tenido entonces (ni tampoco nuestros padres) que deplorar tantos movimientos sediciosos, tantas guerras incendiarias que pusieron fuego a Europa entera, ni tantas plagas amargas que afligieron y todavía siguen afligiendo a la Iglesia.

Pero como estaba lejos de aplacarse el furor de los malvados, Pío VII, Nuestro antecesor, anatemizó una Secta de origen reciente, el Carbonarismo, que se había propagado sobre todo en Italia, donde había logrado gran número de adeptos; y León XII, inflamando del mismo amor a las almas, condenó por sus Cartas Apostólicas, no sólo las Sociedades secretas que acabamos de mencionar, sino también todas las demás, cualquiera sea su nombre, que conspiraban contra la Iglesia y el Poder civil, y las prohibió severamente a todos los fieles bajo pena de excomunión.

Sin embargo, estos esfuerzos de la Sede Apostólica no lograron el éxito esperado. La Secta masónica de la que hablamos no fue ni vencida ni derribada: por el contrario, se ha desarrollado hasta que, en estos días difíciles, se muestra por todas partes con impunidad y levanta la frente más audazmente que nunca.

Por tanto hemos juzgado necesario volver sobre este tema, puesto que en razón de la ignorancia en que tal vez se está de los culpables designios que se agitan en estas reuniones clandestinas, se podría pensar equivocadamente que la naturaleza de esta sociedad es inofensiva, que esta institución no tiene otra meta que la de socorrer a los hombres y ayudarlos en la adversidad; por fin, que no hay nada que temer de ella en relación a la Iglesia de Dios.

Sin embargo, ¿quién no advierte cuánto se aleja semejante idea de la verdad? ¿Qué pretende pues esta asociación de hombres de toda religión y de toda creencia? ¿Por qué estas reuniones clandestinas y este juramento tan riguroso exigido a los iniciados, los cuáles se comprometen a no revelar nada de lo que a ellas se refiera? ¿Y por qué esta espantosa severidad de los castigos a los cuales se someten los iniciados, en el caso de que falten a la fe del juramento?

Por cierto tiene que ser impía y criminal una sociedad que huye así del día y de la luz; pues el que actúa mal, dice el Apóstol, odia la luz.

¡Cuánto difieren de aquella asociación, las piadosas sociedades de los fieles que florecen en la Iglesia Católica! En ella, nada hay escondido, nada secreto. Las reglas que la rigen están a la vista de todos; y todos pueden ver también las obras de caridad practicadas según la doctrina del Evangelio.

Por eso, hemos visto con dolor a sociedades católicas de este tipo, tan saludables, tan apropiadas para excitar la piedad y ayudar a los pobres, ser atacadas e incluso destruidas en ciertos lugares, mientras que por el contrario, se fomenta, o al menos se tolera, la tenebrosa Sociedad masónica, tan enemiga de Dios y de la Iglesia, tan peligrosa aun para la seguridad de los reinos.

Sentimos, Venerables Hermanos, amargura y dolor al ver que, cuando se trata de reprobar esta Secta conforme a las Constituciones de Nuestros antecesores, varios de aquellos a quienes sus oficios y el deber de su cargo, tendrían que estar llenos de vigilancia y de ardor en un tema tan grave, se muestran indiferentes y de algún modo dormidos.

Por cierto están en un grandísimo error los que piensan que las Constituciones Apostólicas publicadas bajo pena de anatema contra las Sectas ocultas, sus adeptos y propagadores, no tiene ninguna fuerza en los países en los cuales dichas Sectas están toleradas por la autoridad civil.

Como lo sabéis, Venerables Hermanos, ya hemos reprobado esta falsa y mala doctrina; y hoy la reprobamos y condenamos nuevamente…

Ante esta situación, por miedo a que hombres imprudentes, sobre todo la juventud, se dejen extraviar, y para que Nuestro silencio no dé lugar a nadie a proteger el error, hemos resuelto, Venerables Hermanos, alzar Nuestra voz apostólica; y confirmando aquí, entre Vosotros, las Constituciones de Nuestros antecesores, por Nuestra autoridad apostólica, reprobamos y condenamos esta Sociedad masónica y las demás del mismo tipo que, aunque difieran en apariencia se forman todos los días con la misma meta, y conspiran, ya abiertamente, ya clandestinamente, contra la Iglesia o los poderes legítimos; y ordenamos a todos los Cristianos, de toda condición, de todo rango, de toda dignidad y de todo país, bajo las mismas penas especificadas en las Constituciones anteriores de Nuestros antecesores, considerar estas mismas Sociedades como proscriptas y reprobadas por Nos.

Ahora, para satisfacer los votos y la solicitud de Nuestro corazón paternal, no Nos queda más que advertir y exhortar a los fieles que se hubieran asociado a Sectas de este tipo, que obedezcan a inspiraciones más sabias y abandonen estos conciliábulos funestos para que no sean arrastrados al abismo de la ruina eterna.

En cuanto a los demás fieles, llenos de solicitud por las almas, los exhortamos con mucha firmeza a mantenerse en guarda contra los pérfidos discursos de los sectarios, quienes, bajo un exterior honesto, son inflamados de un odio ardiente contra la Religión de Cristo y la autoridad legítima, y que no tiene sino un único pensamiento, como un único fin, a saber, aniquilar todos los derechos divinos y humanos. Que sepan bien que los afiliados a estas Sectas son como los lobos que Nuestro Señor Jesucristo predijo que habían de venir, cubiertos de piel de ovejas para devorar al rebaño. Que sepan que hay que contarlos en el número de los que el Apóstol nos prohibió tener sociedad y trato con ellos, al punto que vedó terminantemente que aún se les dijera «ave».

¡Dios, rico en misericordia, escuchando las oraciones de todos nosotros, haga que, con la ayuda de su gracia, los insensatos vuelvan a la razón y que los extraviados retornen al sendero de la justicia!

Reprimiendo Dios los furores de los hombres depravados que, por medio de dichas sociedades, preparan actos impíos y criminales, puedan la Iglesia y la sociedad humana descansar un poco de males tan numerosos e inveterados.

Y a fin de que Nuestros deseos sean escuchados, recemos también a Nuestra abogada ante el Dios clementísimo, la Santísima Virgen, Su Madre inmaculada desde su origen, a quien le fue dado el aplastar a los enemigos de la Iglesia y a los monstruos de los errores. Imploremos también el amparo de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, por cuya sangre gloriosa esta noble ciudad fue consagrada… Nos, confiamos que con su ayuda y asistencia, obtendremos más fácilmente lo que pedimos a la bondad divina…

ENCÍCLICA INIMICA VIS

Papa León XIII

8 de diciembre de 1892

Existe una fuerza enemiga, la cual a instigación e impulso del espíritu del mal, no dejó de luchar contra el nombre cristiano y siempre se asoció algunos hombres para juntar y dirigir sus esfuerzos destructores contra las verdades que Dios reveló, y, por medio de funestas discordias, contra la unidad de la sociedad cristiana. Son como cohortes dispuestas para el ataque, y nadie ignora cuánto la Iglesia hubo de sufrir sus asaltos en todo tiempo.

Ahora bien, el espíritu común a todas las sectas anteriores que se sublevaron contra las instituciones católicas, revivió en la secta llamada masónica, la cual, prendada de su poder y riqueza, no teme avivar el fuego de guerra con una violencia inaudita y de llevarlo aún en todas las cosas más sagradas. Sabéis que durante más de un siglo y medio los Pontífices romanos que nos precedieron fulminaron, más de una vez, varias sentencias de condenación contra esa secta. Nosotros también, como era debido, la condenamos advirtiendo con firmeza a los pueblos cristianos de ponerse en guardia contra sus perfidias con suma vigilancia y de rechazar, como valerosos discípulos de Jesucristo, sus criminales audacias.

Además, a fin de impedir a las voluntades de caer en el descuido y el sueño, Nos ocupamos de desvelar los misterios de secta tan perniciosa, e indicamos con el dedo las astucias que usa para ocasionar la ruina de los intereses católicos.

Sin embargo, si queremos decir las cosas como son, muchos italianos se entregan, en este punto, a una seguridad irreflexiva que los hace indiscretos e imprudentes de verdad.

Ahora bien, este peligro amenaza la fe de los antepasados, la salvación merecida a los hombres por Jesucristo y, por consiguiente, las ventajas de la civilización cristiana. Es evidente, en efecto, que la secta masónica no teme más nada, no se echa atrás ante ningún adversario, y, de día en día, crece su audacia. Ciudades enteras están invadidas por su contagio; todas las instituciones civiles están cada vez más profundamente penetradas por su inspiración, y el fin al cual aspira, acá como en otras partes, no es otra cosa que quitar a los italianos la religión católica, principio y fuente de los más preciosos bienes.

De ahí el número infinito de pérfidos medios que ella emplea para apagar la fe divina, de las leyes que inspira de desprecio y opresión para la legítima libertad de la Iglesia; de ahí la teoría que inventó y practica, a saber, que la Iglesia no tiene ni el poder ni la naturaleza de una sociedad perfecta, que el primer rango pertenece al Estado, y que el poder espiritual pasa después del orden civil. Doctrina tan funesta como falsa, frecuentemente anatemizada por la Sede Apostólica; doctrina que, entre otros numerosos males que engendra, lleva a los gobiernos civiles a usurpaciones sacrílegas y a atribuirse sin temor alguno, las prerrogativas de las cuales despojaron a la Iglesia.

Este proceder es manifiesto en lo que toca a los beneficios eclesiásticos: dan y quitan como quieren el derecho de percibir sus frutos.

Por otro proceder no menos insidioso, los sectarios masones procuran por medio de promesas, seducir al clero inferior. ¿Cuál es su fin? Es muy fácil descubrirlo, sobre todo visto que los inventores de aquella trampa no se esfuerzan suficientemente en esconder su intención: quieren sobornar poco a poco a su causa a los ministros segundos, y, luego, una vez enlazados aquellos en las ideas nuevas, hacer de ellos unos rebeldes contra la autoridad legítima de la cual dependen. Sin embargo, en eso, parecen no haberse suficientemente dado cuenta de la virtud de nuestros sacerdotes. Hace ya muchos años que son el blanco de varias tentaciones y no obstante siguen dando ejemplos manifiestos de resistencia y de fe. Luego, podemos esperar firmemente en que, con la ayuda de Dios, y en cualquier circunstancia difícil, quedarán siempre fieles a la religión del deber.

De todo lo que acabamos de decir en pocas palabras, se puede fácilmente adivinar lo que puede hacer la secta de los masones, y lo que busca como fin último. Ahora bien, lo que aumenta el mal y que nos es imposible comprobar sin gran angustia, es ver un número demasiado importante de nuestros compatriotas dar su nombre o prestar ayuda a la secta, llevados por el interés personal y una ambición miserable.

Puesto que pasan de este modo las cosas, y para obedecer a Nuestra conciencia que nos obliga urgentemente, venimos Venerables Hermanos, a solicitar vuestra caridad episcopal y pedirles trabajen ante todo en la salvación de estos extraviados de los cuales acabamos de tratar. Que vuestra actividad, tan asidua como constante, se proponga sacarlos de su extravío y preservarlos de una perdición cierta. Sin duda sacar de las redes masónicas a quien se enredó en ellas, es una empresa muy difícil y con éxito dudoso, al considerar solamente la naturaleza de la secta; sin embargo, no hay que desesperar de ninguna curación, porque el poder de la caridad apostólica es maravilloso: en efecto, Dios, dueño y arbitro de las voluntades humanas, la ayuda.

Después, habrá que aprovechar toda ocasión para curar a aquellos que, por timidez, contraen el mal de que se trata: no es en razón de una naturaleza mala, sino más bien de una molicie de corazón, de una falta de consejo, que les lleva a favorecer las empresas masónicas.

El juicio de Nuestro predecesor, Félix III, acerca de ese asunto es muy grave: «no resistir al error es aprobarlo: no defender la verdad, es ahogarla… Quien cesa de oponerse a un crimen manifiesto, puede ser considerado como cómplice secreto del mismo».

En aquellas almas es necesario levantar el ánimo, hacer volver sus pensamientos a los ejemplos de los antepasados, recordarles que la fuerza del corazón es la custodia del deber y de la dignidad personal, inspirarles así pesadumbre y vergüenza de obrar o haber obrado con cobardía.

¿Qué es nuestra vida entera sino un combate en el cual lo que está en juego es la salvación?, y ¿qué hay de más deshonroso para un cristiano sino el llegar a ser tan cobarde como para traicionar su deber?

Es también necesario sostener a los que caen por ignorancia. Aquí hablamos de aquellos, numerosos, que unas apariencias hipócritas cautivan, que afanes varios atraen, y que permiten que se los afilie a la sociedad masónica sin saber lo que hacen.

Mucho debemos esperar, Venerables Hermanos, que, con la gracia de Dios, llegarán a rechazar el error y reconocer la verdad, sobre todo si, en conformidad con nuestra súplica apremiante, os esforzáis en desenmascarar el espíritu de la secta y en develar sus ocultas intenciones. Por otra parte, estas intenciones ya no pueden pasar por ocultas, desde que sus mismos autores las revelaron de muchas maneras. ¿Quién no escuchó hace unos meses, de un lado a otro de Italia, la voz de un sectario pregonando, hasta hacer alarde, sus inicuos proyectos?

Derribar por completo el edificio religioso hecho por la mano del mismo Dios, querer ordenar tanto la vida pública como privada según los únicos principios del naturalismo, he aquí lo que quiere la masonería y lo que llaman, con tanta impiedad como locura, la restauración de la sociedad civil.

¿En qué abismo se arrojarán las Naciones, si el pueblo cristiano no se resuelve a detenerlas por su vigilancia, y por sus sabios esfuerzos para salvarlas?

Pero, en presencia de pretensiones no menos perversas que audaces, no basta evitar las trampas de esta secta tan abominable, sino que importa combatirla, y esto con las armas que da la fe divina, las cuales triunfaron antaño contra el paganismo. Les corresponde pues, Venerables Hermanos, recurrir a consejos, exhortaciones y ejemplos para inflamar lo corazones; les pertenece reanimar en el clero y en vuestro pueblo esta amor a la religión, este celo saludable, cuyas obras constancia e intrepidez, honran brillantemente en cosas semejantes a los católicos de las demás naciones.

El ardor de antaño para la defensa de la fe antigua se enfrió, según se dice, en los pueblos italianos, lo cual quizá no es acusación sin fundamento. En efecto, si se examina en los dos partidos el estado de los corazones, se nota en los enemigos mucho más impulso para atacar la religión, que en los amigos para defenderla. Pero no hay término medio, cuando trata de salvarse, entre morir o combatir hasta el fin.

Esforzaos por devolver el ánimo a los entorpecidos y lánguidos; sostened la valentía de los buenos soldados; reprimid cualquier germen de discordia, y haced que, bajo vuestra dirección y autoridad, luchen atrevidamente con sus adversarios, unidos en un mismo pensamiento y una misma disciplina.

La importancia de la lucha, la necesidad de conjurar el peligro Nos determinaron a dirigir una carta al mismo pueblo de Italia. Quisimos, Venerables Hermanos, que les llegase en el mismo tiempo que la presente. Tenéis que propagarla lo más posible y, donde sea necesario, interpretarla por vuestro celo ante el pueblo por medio de un desarrollo oportuno. De esa manera, esperamos que, con la bendición de Dios, y al ver dispuestos tales males para agobiarlos, los corazones se despierten y se decidan a oponerles los remedios que hemos indicados.

Como testimonio de los dones celestes y de nuestra benevolencia, os acordamos afectuosamente, a vosotros Venerables Hermanos, y a los pueblos confiados a vuestra custodia, la bendición Apostólica.