Desde la Inhóspita Trinchera
DETRÁS DE LOS BASTIDORES
Podríamos decir que, tanto hoy como ayer, los romanos (y todos los que adhieren al Imperio Romano espiritual de hoy) obedecen ciegos al mandato judío.
Si bien es cierto que los romanos ejecutaron en la práctica los tormentos sufridos por Nuestro Señor en la flagelación y posterior Crucifixión, no es menos cierto que obedecían al poder judío de entonces, ejercido por el Sanedrín.
Sanedrín al que hoy podríamos llamar «SINARQUÍA».
El Imperio Romano espiritual, fundado a partir de Constantino a través de la Iglesia UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA, a medida que iba realizando su recorrido a través de la historia, fue sufriendo multitud de flagelaciones como Su Esposo Cristo, hasta llegar al Imperio Romano de hoy, representado por la Iglesia Oficial, «que se dice católica», más no ya UNA, SANTA y APOSTÓLICA, ya que ha roto con la «Unidad, la Santidad y la Apostolicidad» después del CVII; llegando así a la Crucifixión nuevamente de Cristo a través de Su Esposa, haciendo desaparecer el Sacrificio Perpetuo mediante el Nuevo Ordo.
«El Imperio del mundo —se dice en la séptima Trompeta— ha pasado a Nuestro Señor y a Su Cristo, y Él reinará por los siglos de los siglos» (Apoc. XI; 15).
El Imperio Romano de hoy, representado por la Iglesia Oficial (hereje, ramera y traidora), obedece nuevamente a las órdenes emitidas por los criminales del Único Holocausto, que tuvo y tiene como fin un Sacrificio Redentor para la humana criatura.
El deicidio, llevado adelante por su mismo pueblo, se hacía absolutamente necesario en relación a las mismas profecías que lo anunciaban, y para redimir a toda carne. Es por ello que al darle muerte a Jesucristo, verdadero Dios, paradójicamente se le devuelve la vida a cada hombre que se hace merecedor de la Sangre derramada por el Salvador, de manos de su propio pueblo.
Al haber cometido semejante crimen, la promesa pasó a los gentiles, haciéndose por ello acreedores del odio de los judíos; y es de ahí el menosprecio y los crímenes ejecutados hacia los goyin, que podríamos llamar verdaderos holocaustos.
La muerte de Dios acarrea la vida del hombre redimido por Dios; de ahí que la muerte de Dios sea considerada el ÚNICO holocausto, pues en Su Sacrificio se encuentra inserta toda criatura humana concebida a Su Imagen y Semejanza.
El reconocimiento del deicidio por parte del pueblo judío, es lisa y llanamente el reconocimiento de la Salvación de los gentiles y de la primacía del Evangelio, y de la Iglesia, ante éstos.
Más allá de la dominación del mundo, más allá de su «Paraíso Terrenal», se encuentra la convicción profunda de la pérdida de la predilección que Dios guardaba y guarda hacia Su pueblo.
El Sacrificio de una víctima expiatoria, en remisión de los pecados, la Inmolación del Cordero, se llevó adelante para la Salvación de toda carne, incluida, y con mayor razón, la de los judíos; de ahí su conversión al fin de los tiempos.
Su pecado, su gran pecado, es justamente ese: no reconocer el deicidio, y no disponer su corazón a la conversión, la contrición y el dolor de su pecado, del Gran Pecado de Deicidio y Holocausto que clama al Cielo.
Holocausto que pretende ser reemplazado por el crimen organizado de las grandes potencias mundiales, manejadas por ellos mismos; como aquellos ocurridos en la Rusia Zarista, en Ucrania, Nagasaki o Hiroshima, etc.etc. etc.
No olvidemos que dichos crímenes, que también podríamos rotular de «Holocaustos», fueron manejados o perpetrados por personajes de raza Judía como Truman, quien el 9 de febrero de 1909 fue incluido en la masonería del rito Escocés antiguo y aceptado en la Logia de Belton Misuri. En 1911 ayudó a establecer la Logia de Grandview, y sirvió como su primer Maestro Venerable. En 1940, Harry Truman fue elegido como el 97º Gran Maestre de los Masones de Misuri. En 1945, fue nombrado 33º Soberano y Gran Inspector General y un miembro honorario del consejo supremo en Washington D.C.. En 1959, fue galardonado con el premio de los 50 años, el único presidente de los Estados Unidos en llegar a ese aniversario.
También fue el BB de pecho que dio la orden de atacar con bombitas (no de agua precisamente) los pueblos más cristianos de Japón, y masacrar a su gente: Nagasaki e Hiroshima.
¿Esto será también llamado «Holocausto» por los hermanos mayores del Santo Súbito y de Francisco?
Listas interminables de personajes, «firmas» o «Grupos» judíos, han jalonado la vida de los pueblos cristianos, (política, económica, social y religiosa), que sería largo enumerar en éste artículo. Pero baste citar un comentario del Judío Disraeli:
«Este mundo está gobernado por personajes muy distintos de los que se figuran aquellos que no ven lo que pasa detrás de los bastidores»
¿Por qué no pensar, como sostienen algunos, que Hitler, a quién se le atribuye la responsabilidad del mal llamado Holocausto Judío, no ha sido el Nerón de los tiempos modernos, quién tomando de la experiencia cristiana el martirio que sufrió por su mano, generaba la piedad y brotaban aún más fieles? Y, como buen hijo de judía, se inmoló (o lo inmolaron), para hacer pasar a su pueblo como la «víctima expiatoria» de todos los pueblos y hombres de la tierra. ¡¡Quien lo sabe!!
Lo que sí sabemos es que ningún judío importante de gran renombre murió en los campos de concentración, ni en ninguna cámara de gas, si las hubo. ¡Es más, ninguno murió por órdenes expresas de Hitler, ni ninguna empresa quebró!
Tal como ocurrió con las torres gemelas. Masacraron al pueblo judío, como al pueblo de EEUU, y al de Ucrania, el de Japón, el de Rusia, etc, etc. Corrompen sus leyes, acaban con sus economías, prostituyen sus jóvenes (no hay pornografía que no tenga la mano de algún judío por detrás, ayudados por los que se dicen cristianos, obviamente).
El deicidio de otrora tuvo como ejecutores de tamaño crimen a los romanos que obedecían las órdenes del Sanedrín, a pesar del poder que ostentaba (aparentemente) tal imperio.
La crucifixión de su Esposa, la Iglesia, sería la nueva Crucifixión de Nuestro Señor, pues ella renueva en sus altares el Sacrificio Perpetuo que Dios llevó adelante.
El odio es hacia esa renovación que el Imperio Romano espiritual tuvo como misión para la Salvación de las almas. Verdadero obstáculo que el pueblo judío debía remover a fin de perpetuar su negativa de reconocimiento del Mesías anunciado en las profecías bíblicas, y reconocer a aquél que le reportará su triunfo en la tierra tras la dominación definitiva de los pueblos.
Atendiendo al typo y al anti-typo, se hace absolutamente necesario que el brazo ejecutor de la nueva Crucifixión, la del Cuerpo Místico, sean los mismos Romanos que, a pesar de la fuerza y el poder que ostentan (aparentemente), obedecen a los amos deicidas de siempre, que manejan el poder «detrás de los bastidores».
Se repite, curiosamente, la historia; y sus protagonistas encarnan los papeles que otrora hicieron posible la Redención: ¿que harán posible los actuales?
Habida cuenta que ya se ha removido el obstáculo del Imperio Romano espiritual (la renovación del calvario), el cual cumplida su misión será destruido definitivamente, no cabría dudas que lo que traería esta nueva crucifixión y sus protagonistas sería la Parusía de Nuestro Señor Jesucristo.
Al igual que entonces…
1) «Le conocimos,
2) Lo escuchamos;
3) Le seguimos;
4) Nos dormimos;
5) Le traicionamos;
6) Le negamos;
7) Lo entregamos;
8) Lo abofeteamos;
9) Lo escupimos;
10) Nos lavamos las manos;
11) Y, al fin, Lo Crucificamos…
¿Todos…?
¡No! ¡No todos…! No todos los paganos de entonces, convertidos en cristianos; ni todos los judíos que aceptaron la Buena Nueva del Mesías, como Santa María Magdalena, San Juan, San Pedro, San Pablo, San Esteban, San Andrés y tantos otros.
Estos ya no eran ni paganos ni judíos; eran Cristianos; y por lo tanto dejaron de responder al Sanedrín y al impío Imperio Romano, mano ejecutora del deicidio ordenado por el pérfido Judío inconverso, inspirador ideológico del Holocausto.
Hoy, lo mismo; no todos aquellos apóstatas judaizados, convertidos en verdaderos Católicos; ni todos los judíos que aceptan la Buena Nueva del único Mesías. Pues ya no serían ni apóstatas ni judíos, si no Católicos Apostólicos y Romanos, de la Roma Imperial de Constantino, de las Cruzadas, de la Francia de Clodoveo, de la Santa Inquisición, de la Europa Cristiana, de la España de Carlos V, del Santo Concilio de Trento, de las Américas de los Reyes Católicos… de la Cruz y de la espada.
Todo aquél que, de alguna manera, ayude a cometer el holocausto de la Iglesia, la Esposa de Cristo, a través de ésta Roma apóstata y modernista obligada a Crucificarla, se hace cómplice del segundo Holocausto histórico; sea encarnando el papel de Anás, de Caifás, de Herodes, de Poncio Pilatos, de Judas, de los Soldados Romanos, o de los simples y llanos habitantes de la región que, unos días antes de pedir su crucifixión, lo proclamaban Rey en Jerusalén alfombrando el camino con «Ramas de Olivos».
Ramas de Olivo que proclamaban Su Gloria, pero que más tarde serían el símbolo de una traición, que veinte siglos después se repetiría como signo oscuro del fin de los tiempos…
La Gloria del Olivo, la Gloria de Israel, sería la precursora de la renovada Crucifixión de Cristo trayendo como consecuencia, no ya la Redención, si no la Justicia, que se hará patente tras la Segunda venida del Rey de Reyes, como consecuencia lógica de un término inevitable y profético de la historia.
Desde la Inhóspita Trinchera
