MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
Capítulo Quinto
EN EL CAMPO DE BATALLA
Continuación…
III
EL CRISTIANO Y EL ANSIA
DE LAS RIQUEZAS
Se atribuye a Alejandro Magno un dicho curioso: «a una ciudad sitiada difícilmente puede penetrar una brizna de paja; pero siempre entrará un burro con un carro cargado de oro».
La auri sacra fames hace estallar un nuevo conflicto. Con frecuencia el hombre titubea entre el Amor infinito de Dios y las riquezas, y muchas veces se decide por el ídolo seductor del dinero.
No nos ilusionemos. El ladronzuelo de la calle y el elegante ladrón de la Bolsa; el fullero encerrado en la cárcel y otros bribones que pasean fuera de ella, tal vez condecorados; el comerciante o el industrial que roban al por mayor y los que estafan al menudeo con la fraudulenta repetición del milagro de… Caná (pues en resumidas cuentas ellos también… convierten el agua en vino); los entretelones de ciertas quiebras, de ciertos reclamos periodísticos, de cracs imprevistos y de fortunas improvisadas; en una palabra, las innumerables violaciones del séptimo mandamiento en sus más variadas formas, desde la usura a la falta de honradez de una sirvienta, no constituyen los únicos casos cotidianos en que se pierde la batalla.
Por no ser espíritus puros y por tener todos nuestras necesidades económicas, la tentación está siempre presente. Fácilmente nuestro corazón, casi sin reparar en ello, palpita no por el Padre que está en los cielos, sino por la cartera guardada en el bolsillo o por la caja de hierro que está en la oficina.
Sin duda, Carlos Marx ha exagerado al sostener, de acuerdo a su concepción materialista de la historia, que en última instancia todo hecho histórico se explica por la estructura económica vigente; y sus discípulos han exagerado aun más, hasta el ridículo, al pretender reducir la historia y la vida a una Magenfrage, es decir, a una pura cuestión de estómago.
Esto es lo mismo que pretender reducir el poema dantesco a la tinta con que fue escrito. Con todo ¿quién puede negar que hay algo de verdad en el materialismo histórico? El poder del dinero domina, se impone, tiraniza; ante él bambolean y fluctúan, se inclinan y ceden naciones e individuos.
Guerras entre pueblos y enemistades personales, actitudes políticas y conducta individual con frecuencia son influenciadas y aun determinadas de un modo especial por el ansia de dinero. Por lo demás, la cuestión social que agita al mundo ¿no tiene acaso preferentemente un carácter económico?
Y entonces se presentan estos problemas: ¿cómo es posible ser cristianos prácticos? ¿Por ventura para seguir la moral de Cristo que declara «bienaventurados los pobres», debemos destruir la economía mundial o arruinar la industria y el comercio nacionales? Los pueblos necesitan riquezas: la pobreza significaría la negación de la civilización. La familia y los individuos deben tratar de enriquecerse; de otro modo desaparecería una fuente de progreso. ¡Oh!, ¿deseáis convertir la tierra en un amplio convento?
A esta dificultad se añade una pregunta: ¿cuál es la táctica que nos prescribe el Cristianismo con relación a la riqueza?
Como se ve, el problema histórico, la cuestión social y la conducta individual parecen aliarse para hacer más arduo el combate, más difícil la respuesta.
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a) El principio fundamental
Siempre debemos partir del principio fundamental: Dios es el centro de la realidad y todas las cosas dependen de Él y deben subordinarse a Él. Por esto no podemos trastornar el orden y poner como centro de todo al dinero. O se reconoce como Ser supremo a Dios y a su Amor Infinito, o de otro modo caemos en la idolatría. «No se puede servir a Dios y a Mammón», advierte Cristo. Y todo el espíritu de su predicación contra el abuso de las riquezas está compendiado en ese concepto.
¿Por qué queréis rechazar a Dios y haceros esclavos del oro? «Tened cuidado y absteneos de toda avaricia, porque la vida no está en la redundancia de los bienes poseídos». El valor de un hombre no se mide por su condición económica: sino que por el contrario, «la seducción de las riquezas» con frecuencia sofoca la buena semilla de la palabra divina y la «hace infructuosa». «Los que quieren enriquecerse —comenta San Pablo escribiendo a Timoteo— caen en la tentación y en el lazo del demonio y en muchos deseos inútiles y nocivos que sumergen a los hombres en la muerte y en la perdición. En efecto, la avaricia es la causa de todos los males».
Los bienes de la tierra no son seguros: «no busquéis —pues— acumular tesoros en la tierra, donde la herrumbre y la polilla los destruyen y los ladrones los descubren y los roban. Acumulad tesoros en el cielo…» Además, son bienes que un día debemos abandonar por la muerte, como recuerda la parábola:
«A un hombre rico dio su heredad muy abundante cosecha; y discurría ante sí diciendo: ¿Qué haré, pues no tengo sitio capaz para encerrar tanto grano? He aquí lo que haré, se dijo: derrumbaré mis graneros y construiré otros mayores, donde almacenaré todas mis cosechas y mis bienes, y diré a mi alma: ¡Oh alma mía! ya tienes bienes de repuesto para muchos años, descansa, come, bebe y date buena vida. Pero Dios le dijo: ¡Insensato! esta misma noche exigirán de ti la entrega de tu alma; y eso que has almacenado ¿para quién será? Esto es lo que sucede a quien atesora para sí y no es rico para Dios».
He aquí, pues, la base esencial: debemos amar a Dios sobre todas las cosas, no al dinero; quien vive para el dinero, prácticamente niega a Dios y lo sustituye con un ídolo de oro.
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b) Lo que no enseña la moral cristiana
De este principio elemental no deben deducirse consecuencias que nada tienen de común con él.
1. La moral de Cristo no condena la riqueza por ser riqueza. ¿Acaso no procede también de Dios? ¿Acaso no es uno de los dones que su Amor Infinito ofrece a la humanidad?
El buen uso de la riqueza es santo, sólo el abuso es condenado.
Por lo tanto, no debe maravillarnos que Jesús penetre en las casas de los ricos, se siente a la mesa con ellos, tenga entre sus amigos personas adineradas.
Es significativo el hecho de Zaqueo (convertido con una amable visita del Maestro), que restituye con generosidad lo robado, pero no deja toda su fortuna y, sin embargo, escucha esta hermosa afirmación: «El día de hoy ha sido de salvación para esta casa».
Y al instituir la Eucaristía, Jesús quiere un Cenáculo ricamente adornado, preludiando la riqueza de sus templos y de las basílicas cristianas en los que se respeta el orden, pues su riqueza está subordinada a Dios.
Alguien se preguntará: pero ¿no parece que Cristo ha condenado no sólo el abuso, sino también el uso de la riqueza? ¿Acaso no leemos en San Lucas: «¡Ay de vosotros, ricos, porque ya habéis recibido vuestra recompensa!»?
No. El væ vobis divitibus no es la exclusión del rico de la Iglesia, o sea del Reino de los Cielos; sino que es la advertencia de los peligros ocasionados por el dinero.
El afecto desordenado a los bienes poseídos surge fácilmente en nosotros y nos pone en un estado febril, advierte el Santo de Ginebra: así como el devorado por la fiebre bebe agua con ansia, así también el dinero nos comunica la fiebre de una avaricia jamás satisfecha. Además, la sed de oro sugiere medios ilícitos para procurarlo y conservarlo.
Y el ansia de esa conquista y de esa defensa hace olvidar los bienes más altos y la vida moral. El alma no desapegada del oro —observa San Vicente de Paul— semeja a una persona ligada de pies y manos a un árbol, la que no puede ni huir, ni ir en busca de socorro y con todo se cree en libertad.
El dinero es con frecuencia una llave engañadora; como es dorada, todos la miran y la codician, sin saber que nos encierra en la prisión del egoísmo, en la que nadie piensa ya en el amor a Dios, ni se preocupa del pobre Lázaro que, cubierto de llagas, suspira inútilmente por las migajas que caen de su mesa.
Únicamente por esta antítesis entre el egoísmo y el amor a Dios y a los hermanos declara Jesús: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos».
Y esto lo comprende quien reflexiona en todas las explotaciones realizadas en los siglos por los Epulones y afirma: es justo. O amamos a Dios y al prójimo y somos cristianos; o nuestro Dios es el dinero y entonces va no lo somos.
En verdad puede ser cristiano el rico que usa de sus riquezas, inspirándose en el precepto del amor.
¿Por ventura negaríais el nombre de «cristiano» a León Harmel, quien en Val-de-bois fue el bon père de sus obreros y demostró con hechos cómo la misma atmósfera industrial puede ser inmejorable con el oxigeno del amor?
El rico no egoísta, que no viola el plan divino en el uso de sus riquezas, no merece escuchar la terrible sentencia de Cristo: «Tenía hambre y no me disteis de comer…» Ama verdaderamente a Dios y al prójimo no sólo con la limosna, sino también con todas las iniciativas que la función social de la riqueza puede sugerirle en una época determinada y en las circunstancias concretas en que vive; o sea, es verdaderamente cristiano.
2. El Cristianismo no justifica la negligencia de los deberes que cada uno tiene respecto de sus necesidades económicas.
¿Podría, por ejemplo, afirmar su fidelidad al mandamiento del amor un padre de familia que no se preocupase de las necesidades de su hogar, o una madre que derrochase fuertes sumas de dinero en lujo o en cosas superfluas con el pretexto de que no deben tener el corazón apegado a la riqueza?
El verdadero precepto no es negativo, sino positivo: amar a Dios y al prójimo. El derroche del dinero, el descuido del ahorro, el criminal desinterés ante las necesidades de los suyos ¿qué son en último análisis sino… egoísmo, o sea negación absoluta de la moral cristiana?
El que dilapida cantidades locas en el juego, el que malgasta el salario en las tabernas y el que contrae deudas por divertirse y llevar una vida de lujo desproporcionada con los propios recursos es egoísta. No buscan a Dios, sino a sí mismos: viven en el desorden.
Por el contrario, Jesucristo nos enseña a preocuparnos de las mismas cuestiones económicas inspirándolas en el sentido del recto amor. ¿Por ventura Jesús a la vista de la inmensa muchedumbre que, atraída por su palabra divina, le había seguido al desierto exclamó: «Bienaventurados los pobres, porque pueden morir de hambre»? No, sino que pronunció su sublime exclamación: «Misereor super turbam» y dio de comer al pobre pueblo.
Por lo tanto, interesarse en la economía propia, en la economía doméstica, en las finanzas nacionales y en la economía social es moralmente obligatorio y es una aplicación evidente del precepto del amor. ¡Oh! ¿Acaso procurar el bienestar económico del Estado, promover la legislación social, contribuir a la organización sindical cristiana en la propia Nación no es también amar al prójimo?
El trastorno de los valores es lo único excluido por el Cristianismo. Si se afirmase, por ejemplo, que todo es cuestión de estómago, la moral cristiana protestaría; pero si se dedujese como conclusión: «luego el cristiano no debe preocuparse de la economía», se diría un desatino.
Aun la Magenfrage se transforma para nosotros en un problema moral que debe resolverse, no como podría resolverlo un irracional, no como podría resolverlo un mero economista, sino como tiene obligación de resolverlo un economista discípulo del Amor.
Estas dos palabras: economía y Cristianismo no se contradicen. Aunque la misión de Jesús haya sido de orden esencialmente espiritual y aunque sea inútil buscar en el Evangelio un tratado de economía política o un programa de reformas económicas, con todo es evidente que la moral cristiana debe ser también el alma inspiradora del movimiento económico.
Es ésta la idea maestra que la Rerum novarum de León XIII ilustró con su genio, con su corazón, con su autoridad de Pontífice y de Padre contra las negaciones de la escuela liberal y de la corriente socialista.
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c) La pobreza de espíritu
Jesucristo reveló su doctrina respecto de la riqueza en el sermón de la Montaña con una expresión sencillísima y al mismo tiempo divinamente profunda, al proclamar bienaventurados los pobres de espíritu.
¿Quiénes son los «pobres de espíritu»? ¿Acaso los imbéciles, como ha interpretado algún estúpido?
¡Absolutamente no! La moral cristiana nos exige compasión hacia los deficientes, pero no los propone como modelos, más aún, nos mueve a implorar entre los dones del Espíritu Santo, el de la sabiduría, de la ciencia, de la inteligencia…
Los «pobres de espíritu» son los que, posean o no riquezas, no tienen su corazón apegado a ellas: los que reconocen por lo tanto prácticamente la centralidad de Dios y no adoran al dios Dinero.
Puede ser «pobre de espíritu» un millonario que usa su fortuna según el mandamiento de la caridad, no sólo beneficiando al prójimo, sino también utilizando sus capitales en obras que, como el trabajo, la industria, el comercio y la agricultura, redundan en progreso social.
Y puede ser «rico de espíritu» un indigente que, no teniendo nada, está dominado por la avaricia y sólo aspira al dinero, envidiando al que lo posee.
Lo exigido por Jesús es el desapego del Alma y del corazón de los bienes del mundo: es el propio despojo afectivo, aunque no real; es la condenación ya de la riqueza erigida en divinidad, ya de la pobreza sufrida con pesar.
La primera de las Bienaventuranzas se refiere, pues, a toda persona: a los ricos y a los pobres.
Y aquí debemos distinguir entre el mandamiento de la pobreza evangélica, impuesto a todos, y el consejo, dirigido sólo a los que tienden al estado de perfección.
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d) El mandamiento de la pobreza
Todos sin excepción estamos obligados a ser «pobres de espíritu». Nadie, aun usando del dinero, debe ser su esclavo. La norma obligatoria de la vida cristiana es: no nosotros para el dinero, sino el dinero para nosotros, para el prójimo, para Dios.
Quien pisotea esta ley, niega el amor a Dios, porque lo pospone a un bien creado; ocasiona desastres sociales que están en oposición al amor al prójimo; se arruina a sí mismo, porque se prepara mil desengaños.
El que ha vivido para el dinero, jamás descubre tan clara la verdad de la moral cristiana, como a la hora de la muerte. Tal vez en la propia juventud había alcanzado la bendición de Dios: los negocios habían prosperado, el bienestar económico había traído la alegría al hogar y la riqueza había besado su frente. En lugar de ser agradecido al Dador de todo bien, el nuevo rico quizás se olvidó de Él.
Enriquecerse y alejarse de Dios ha sido siempre la historia de muchos en todo siglo, pero especialmente en el nuestro. La febril actividad del mundo de los negocios absorbe todas las facultades del alma; alguna operación fructuosa, pero poco escrupulosa, celebra los funerales de los viejos preceptos ahora despreciables de la moral; el problema más importante se lo encuentra enunciado cada día en las cotizaciones del algodón, de la seda, de los cereales o de la Bolsa. Las viejas oraciones de la mañana han sido reemplazadas por la mirada ávida a las oscilaciones en el precio de las acciones, al promedio de los plazos fijos y de los cambios, a las noticias de las quiebras y de las convocatorias. Y los años pasan así… y llega la indisposición y la enfermedad.
Al principio la cosa no preocupa: algún día de descanso y todo pasará… Después vienen las complicaciones… Y entre una receta y otra, entre una visita del médico y cuatro palabras con un amigo, cree sentir rumor de pasos, como de alguien que se acerca a su habitación. ¿Qué es? Nada… Es la señora Muerte que se aproxima… Pero ¿cómo? ¿cómo? ¿quién la ha llamado? ¿no respeta a los hombres de negocios? ¡Ah! ¿qué queréis? La Muerte jamás ha tenido tiempo para leer el manual de urbanidad Galateo de monseñor Della Casa…
Entre tanto, la enfermedad se agrava. El médico de cabecera y la familia sugieren una «consulta». Se telegrafía, se telefonea. Y llegan hombres de ciencia; revisan cuidadosa y amablemente, susurran sus extrañas palabras mitad griegas y mitad italianas, que a veces dan al profano la impresión de piadosos expedientes utilísimos para disfrazar la sabia ignorancia.
¿Qué queréis? Si el organismo se deshace, el «profesor», aun el más célebre, a lo más podrá manifestaros el fenómeno en términos científicos, pero ¿podéis exigir de él algo más?
Entonces, en algún instante de quietud, la señora Muerte comienza a mostrar su rostro. Al principio una lejana sospecha, una pálida idea, un rayo repentino y revelador. Pero basta para inquietar, para suscitar un temblor de angustia, de terror y de espanto… En esta conciencia se inicia y se desarrolla el drama.
¿Talleres? ¿Establecimientos? ¿Campos? ¿Palacios? ¿Quintas? ¿Depósitos en los Bancos? ¿Riquezas?… Todo esto ¿para qué sirve? Debe proveer al testamento, pero en el testamento se repite insistente una sola palabra: dejo, dejo, dejo… Y nada más.
El examen de la propia vida se impone. En esta rica habitación elegante, por la noche, cuando el sueño reparador tarda en venir, mientras alguien vela a la cabecera, imprevistamente se presenta a la mente del enfermo el cuadro de la propia vida. Después de tantos balances de fin de año o de fin de semestre, ha llegado por fin el momento de observar el balance de la propia vida. Reaparece el Dios de los primeros años inocentes. Tal vez reaparece junto a la imagen de la vieja madre, muerta rogando, y que parece que hoy quisiera reunir en actitud de oración las manos del hijo moribundo, como un día lo hiciera con las tiernas nanitas del niño…
La esperanza, última diosa, pretende sonreír, pero desgraciadamente su pálida sonrisa aparece ya engañadora. Las fuerzas huyen. En el alma agitada, desconcertada, prosigue el drama. Recuerdos de culpas, protestas de débiles, obligaciones de restituciones, remordimientos tétricos, cual personajes vivientes, se presentan a la conciencia, amenazan y desaparecen.
La vanidad de una existencia entera, absorbida por el dinero y sacrificada a éste, se impone a su consideración. Es el derrumbamiento de un palacio maravilloso, iluminado con ilusiones: allá, sobre las ruinas, vengadora, está ella, la señora Muerte…
Y ¡ay si no llega entonces con el Ministro del perdón el aliento del Dios olvidado en los años de prosperidad y vuelto a encontrar en el ocaso amargo y desolado!…
***
e) El consejo evangélico de la pobreza
Al joven que le preguntaba el medio de salvar su alma, Jesús —según refiere el Evangelio de San Mateo— respondió: «Si deseas entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y el joven le dijo: «Todo esto ya lo observo desde mi juventud; ¿qué más debo hacer?» Jesús añadió entonces: «Si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes, dalo a los pobres; y tendrás un tesoro en el cielo; y después ven y sígueme».
A todos la moral cristiana nos impone no ser adoradores del dinero; a la falange de los que quieren subir a las altas cimas, sugiere y aconseja la renuncia real y el despojo efectivo —no sólo afectivo— de toda riqueza.
El espectáculo que Cristo nos ofrece, es verdaderamente maravilloso. En este mundo miserable, donde por una moneda muchísimos están dispuestos a abdicar de todo sentido de honestidad y de pudor, aquella expresión del Evangelio ha bastado para suscitar ejércitos de almas, que han tomado a la Pobreza por esposa. Y desfilan en la memoria los monjes y los ermitaños, todas las Órdenes antiguas y modernas, las Congregaciones y las familias religiosas. Son multitudes interminables de personas que con un ademán sorprendente dan su adiós a los bienes, a las comodidades, al oro para llevar una vida de mortificaciones y penitencias.
Era conveniente que esa escena se renovase en el transcurso de los tiempos. La pobreza evangélica es un reproche, una advertencia, un llamamiento en medio de las avideces humanas. Si su voz resuena hoy como lenguaje incomprensible para tantas almas, es porque la moral cristiana no es conocida.
Porque —adviértase bien— la verdadera pobreza evangélica se reduce a un acto de amor a Dios y al prójimo. No es únicamente el pobrecito de Asís quien fue llevado al Amor por la pobreza y por el Amor al más alto grado de pobreza; el mismo fenómeno se verifica en toda alma consagrada a Dios que se liga a Dios con un voto.
Quien voluntariamente se despoja de cuanto legítimamente tiene, dice al Señor con la elocuencia de su acción: «Señor, renuncio a todo por tu amor; mi acto es un acto de amor a Ti Te quiero a Ti solo en este mundo y en el otro, porque Tú eres mi Dios y mi felicidad».
Quien es perfecto en la pobreza, ama a Dios sobre todas las cosas de un modo evidente y se comprende cómo debe amar también a sus hermanos más que cualquier otra persona. Su corazón no está ocupado por ternuras hacia los bienes terrestres; por esto está abierto a todos los necesitados.
¿Quién —para traer un pequeño ejemplo— ama más a su prójimo que esas vírgenes esposas de Cristo y de la pobreza, que se consumen silenciosamente en los hospitales? Y en la historia de la economía ¿cuál es el anticlerical tan ignorante que pueda anular la influencia ejercida por las Órdenes religiosas en el desarrollo social realizado con el pasaje de la economía de esclavos a la economía de siervos de la gleba y de ciudadanos libres del Municipio medieval?
Causan risa algunos economistas que señalan al Cristianismo como fautor de una posible transformación del mundo en un inmenso convento. No En este mundo se necesita la prosa y la poesía. Y ¡ay de nosotros si debiésemos suprimir la prosa! ¡si para comprar un poco de pan y de jamón la buena ama de casa debiese hablar en versos con los vendedores!
En la cuestión de la riqueza ocurre lo mismo. Son necesarias la prosa de la economía y la hermosa poesía de la pobreza absoluta. Y ¡qué! ¿querríais destruir a Dante, porque en las vicisitudes del día no habláis componiendo tercetos? ¡Vivid tranquilos! No nacen diez Alighieri por día y nunca habrá demasiadas personas que se consagren a la pobreza evangélica y entonen la poesía del desapego al dinero.
¡Bendita sea la poesía y bendita sea la prosa! Lo importante es que ni en una, ni en otra se cometan faltas de gramática, de sintaxis o de sentido… No basta vestir un hábito para ser perfecto; y nos lo recuerdan las degeneraciones de algunas Órdenes, como la de los Humillados.
No debe condenarse a quien permanezca en el mundo y utilice sus haberes; sólo se exige que no caiga en ciertos errores por los que, en lugar de servirse del dinero, lo sirve a éste indecorosa e innoblemente.
***
f) El cristiano y la riqueza
El cristiano logra completa victoria en el combate contra el ansia de los bienes terrestres mediante su unión con Cristo.
Basta despertar en nosotros el sentido de nuestra incorporación al divino Maestro que quiso nacer en un pesebre, que quiso vivir pobremente, que eligió por Apóstoles suyos a hombres privados de fortuna, para mantener siempre alerta la conciencia respecto al desapego del dinero.
Basta reflexionar en que vive en nosotros aquel Jesús que socorría toda miseria y la proveía, para comprender la advertencia de la primera Epístola de San Juan: «Si alguno tiene bienes de la tierra y ve que su hermano tiene necesidad y cierra sus entrañas ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijitos míos, amémonos no con palabras y con la lengua, sino con obras y en verdad».
Este dogma de la mística unión de Cristo con nosotros debe hacernos descubrir a Jesús en los pobres y debe caracterizar la limosna cristiana; ésta, como hemos visto, es por definición nuestro socorro no al pobre, sino a Cristo viviente en el pobre.
Es éste el pensamiento que anima los escritos de los Padres y la vida de los Santos y que inducía a Bossuet un Viernes Santo a olvidar casi al Redentor para no hablar sino del pobre:
«No os pido —exclamaba ante su auditorio— que contempléis alguna imagen de Jesús Crucificado; os presentaré otra imagen, imagen viva, que tiene la expresión natural de Jesús moribundo.
Son los pobres… En éstos Jesús sufre, languidece y muere de hambre. En éstos Jesús es abandonado, despreciado».
Finalmente, la unión de Cristo con nosotros nos recuerda a Judas, su combate, su derrota, su traición.
A cada uno de nosotros, unidos como él a Cristo, se nos propone también el dilema: o el amor fiel a nuestro Dios, o los infames treinta dineros de plata.
No se crea que Judas haya desaparecido de la tierra. Revive en muchos cristianos que repiten su ofrecimiento: «¿Qué queréis darme y yo os lo entregaré?» Y el torpe convenio se renueva y aún se vende al Hijo del hombre…
La única diferencia entre Judas y sus sucesores es que estos últimos a veces están dispuestos a traicionar por menos de treinta dineros…
Pero aunque los Judas aumentasen más y más, aunque el vil negocio continuase y se difundiese, Judas —símbolo de la codicia de oro— está equivocado y nuestra moral conserva sus sagrados e imprescriptibles derechos.
Continuará…
