SERMÓN DE MONSEÑOR WILLIAMSON
ORDENACIONES SACERDOTALES EN ECÔNE
VIERNES 27 DE JUNIO DE 2003
Nota de Radio Cristiandad: este sermón, hermoso y profundo, sirvió de presentación e invitación para la ceremonia de asunción de Monseñor Williamson como nuevo Director del Seminario de La Reja, el 24 de agosto de 2003. Todo una promesa.
Sin embargo, el mismo motivó una observación por parte del Padre Ceriani, mediante una carta dirigida al Obispo en la semana del 10 de agosto de ese mismo año.
¿Podría usted descubrir la razón principal que moviera al sacerdote para requerir la atención de Monseñor Williamson?
En una entrega posterior, esta tarde o mañana, daremos a conocer la carta del Padre Ceriani. Por ahora, lean el texto, analicen y, si lo desean, hagan llegar sus respuestas a soporte@cristiandadfm.com
Excelencia, queridos hermanos en el sacerdocio, queridos seminaristas, queridas hermanas y queridos fieles.
No ocurre con frecuencia que las ordenaciones de Ecône coincidan con la festividad del Sagrado Corazón. Pero el caso se presenta hoy.
Este año vemos, también, lo que va sucediendo con regularidad el día de las ordenaciones en Ecône, hablamos del 25º aniversario de la ordenación de varios de nuestros sacerdotes. En esta ocasión siete de ellos fueron ordenados en 1978, los cuales, durante un cuarto de siglo, han ejercido su sacerdocio y hoy están con nosotros. Los siete celebraron ayer el aniversario de su sacerdocio. Vayan nuestras felicitaciones como también a todos los Padres que vienen cada año para asistir a esta Misa de Ordenación. Deben amar su sacerdocio o su Seminario ¡o los dos! Muy probablemente los dos…
¡Y es una gracia! Es toda una falange, no muy numerosa, pero una falange de sacerdotes de los cuales un buen número ha sido ordenado en este mismo lugar; falange que se extiende por el mundo entero para dar testimonio de la verdad.
Pensemos en el sacerdocio bajo la forma de tres dones del Sagrado Corazón. Todo lo que nos rodea es un don del Sagrado Corazón: las montañas, el tiempo, la lluvia… nuestra supervivencia, nuestra vida… Todo, todo es un don de Dios, un don del Sagrado Corazón. Hoy pienso en estos tres dones del Sagrado Corazón.
PRIMER DON: EL SUFRIMIENTO
Primeramente para nosotros, cuya condición es el sufrimiento. El sufrimiento es un don de Dios; fácil decirlo, no tan fácil vivirlo. Pero ciertamente es verdad.
Después de la caída de Adán y Eva, todos somos pecadores; todos estamos más o menos orientados hacia nuestra propia voluntad y desviados de la voluntad de Dios; luego, nos desviamos más o menos de la realidad y nos orientamos hacia nuestra fantasía, ¡sobre todo hoy!
El mundo moderno se sumerge en la fantasía y se aleja cada día más de la realidad, con sus máquinas, sus celulares, sus pantallitas, sus tecnologías, piensa poder fabricar la realidad a su capricho. Y ¿quién puede decirle que eso… es imposible? ¿Que eso no está bien?: el sufrimiento, bajo múltiples formas, como por ejemplo los hospitales psiquiátricos, hoy repletos, las cárceles, ya insuficientes…
En verdad, todo dolor nos hace pensar en la realidad. Todo sufrimiento nos recuerda que no somos los señores, hay algo que debemos sufrir, y no nos gusta. No somos los señores porque si lo fuéramos eliminaríamos por completo el sufrimiento. Pero éste no se deja eliminar y de una manera o de otra vuelve, porque somos pecadores; es más, si no hubiera este sufrimiento, nos dejaríamos llevar todavía más por la fantasía que nos conduce directamente al infierno. Dios nos recuerda que Él es el Señor.
Queridos ordenandos: de una manera o de otra van a sufrir. Sepan ver la mano de Dios; y no solamente la mano de Dios, sino el don de Dios. El poeta griego Esquilo decía: «Se aprende sufriendo».
La realidad nos enseña lo que no queremos aprender. Pero bajo los golpes del sufrimiento uno aprende por la fuerza de las cosas y estamos obligados a reconocerlo. El hombre moderno, incluso cuando sufre rechaza el sufrimiento y sus lecciones. Insiste, siguiendo su fantasía, y se hunde cada vez más. Sepamos someternos a esta ley del dolor, pero sepamos también reconocer el don de Dios, el don del Sagrado Corazón.
Claro está que Él mismo nos ha dado el ejemplo por su Cruz. El sufrimiento de los inocentes tiene un sentido y ese sentido es la expiación de los pecados de los demás. Para muchos de nosotros es la expiación de nuestros propios pecados.
Queridos amigos, el dolor puede recaer hoy sobre nosotros. Sepamos aprovecharlo, y no maldecir al Señor cuando veamos sufrir a los pequeños y a los inocentes. El Sagrado Corazón sabe lo que hace, si se puede decir así: Dios es Dios, «Mis caminos no son sus caminos, sus pensamientos no son mis pensamientos», dice Dios por boca del profeta Isaías.
Pero detrás de lo que hoy pueda ocurrirnos, siempre, siempre se halla el Amor y la Sabiduría insondables del Sagrado Corazón. Amémoslo, a pesar de todas las apariencias.
Para el hombre pecador, el sufrimiento, el Sacerdocio y la Eucaristía van juntos.
SEGUNDO DON: EL SACERDOCIO
Estamos en los últimos tiempos, los Apóstoles lo dicen en muchos pasajes del Nuevo Testamento, lo sabemos, Nuestro Señor se encarnó en los últimos tiempos del mundo, hace ya dos mil años.
Muchos de nosotros, hundidos en la fantasía de la mala educación moderna, no podemos mirar retrospectivamente más allá de veinte años, quizá a la Primera Guerra Mundial o a la Revolución Francesa, como mucho a dos mil años; pero, de hecho, la Encarnación marca la llegada de los últimos tiempos.
No es sorprendente que hoy, después de mil años, las cosas vayan mal. Es natural, porque si hace dos mil años que los últimos tiempos llegaron, después de dos mil años de estos últimos tiempos, es verdaderamente el fin.
Es normal que las cosas se deterioren como lo vemos; no nos indignemos, es la pobre naturaleza humana caída que hace mal uso de su libertad; y detrás de lo que Dios permite, que es absolutamente necesario para que las cosas sucedan así, se encuentra el amor del Sagrado Corazón.
Esta degradación, esta caída del hombre moderno al fin de los últimos tiempos, era previsible, pero al principio de estos últimos tiempos, Nuestro Señor se encarnó como remedio supremo para lo que era ya lógicamente el mal supremo.
El mal supremo estaba ya allí para que Nuestro Señor se encarnara y con su Encarnación, este supremo Pontífice de la Nueva Ley nos diera el nuevo sacerdocio, el sacerdocio católico; la palabra «católico» no está en los escritos de San Pablo pero la idea está; este nuevo sacerdocio es la perfección y el apogeo del antiguo sacerdocio levítico.
Y ahora, los pobres hombres de Iglesia, estos pobres objetivamente apóstatas, que quieren volver al sacerdocio de la Antigua Ley, que quieren que volvamos de una manera o de otra a la celebración de la Pascua según la Antigua Ley, perdieron por completo el sentido de la fe, si es que no la perdieron.
El nuevo sacerdocio sustituye completamente al antiguo sacerdocio (el antiguo sacerdocio no existía sino en vistas a este nuevo sacerdocio, Novi et æterni Testamenti). Este sacerdocio es nuevo y eterno, y no habrá un tercero, no habrá otro sacerdocio después de éste.
Los sacerdotes católicos son el remedio supremo al mal supremo que llegó ya hace dos mil años y los sacerdotes católicos están aquí desde ese momento sin cambiar, sin ser cambiados e inmutables, y hoy el Sagrado Corazón nos bendice y nos da once nuevos sacerdotes y diáconos que serán, si Dios quiere, el año próximo, sacerdotes.
Desde el principio del mundo, desde el principio de la humanidad, hay un sacerdocio, hay un sacrificio que da el verdadero culto a Dios; y ahora, después de dos mil años, este verdadero culto es el culto católico que no se puede cambiar y que no se puede someter a esta fantasía del hombre moderno, desequilibrado, vuelto loco.
A los hombres pecadores: el sufrimiento, don del Sagrado Corazón; a los hombres condenados por el peso de sus pecados que aumentaban cada vez más: el alivio enorme, el remedio supremo, este don del Sagrado Corazón, el don de Sí mismo en el sacerdocio católico y en la Eucaristía, imposible sin el sacerdocio, centro mismo de la vida de este sacerdocio.
El don del Sagrado Corazón, de Sí mismo, verdadera, real y substancialmente presente para darse como Él ardía en deseos de darse, y consumado por medio y a través de sus sacerdotes. «Un fuego me devora y me siento insatisfecho hasta que no consuma todo». Es la Eucaristía en la cual Nuestro Señor se entrega Él mismo a nosotros, pobres pecadores.
TERCER DON: LA FRATERNIDAD SAN PIO X
Tercer don al hombre moderno: la Fraternidad San Pío X. Otro don más del Sagrado Corazón.
Me podrán decir: «¡Es una exageración poner en paralelo dos dones universales como el sufrimiento y el sacerdocio católico y un don particular como la Fraternidad San Pío X!»
Sí, bajo cierto aspecto es exagerado, de acuerdo. Pero desde hace algo más de treinta años ¿no es la Fraternidad, por poco numerosa que sea (no es una cuestión de cantidad) no es ella ahora el ancla del sacerdocio católico?
En tiempos extremadamente difíciles, lógicamente difíciles, había que llegar a esto. Si Dios no quisiera interrumpir la caída del libre arbitrio, habría que llegar a este punto.
Durante siglos, por supuesto, el don de la Encarnación ha elevado a la humanidad. Después llegaron los tiempos modernos, al final de la Edad Media: la Edad Media era un triunfo pero los hombres siguieron siendo libres.
Dios hubiera podido hacer continuar la Edad Media. ¡Sin embargo no era éste el designio de su Sabiduría! Estaba señalado en las Sagradas Escrituras que se llegaría al Anticristo; y de la Edad Media al Anticristo hay una decadencia bastante prolongada.
Entonces Dios vino a ayudar a su Iglesia con la Contrarreforma, la cual contó con una gran colección de santos. Esto se extendió, frenó el fin, lo ha retrasado y, si Dios no interviniera continuamente, el fin debería llegar.
Luego vino San Pío X; la Iglesia se conservó, al menos exteriormente, hasta el Concilio Vaticano II, pero el Vaticano II era en cierta manera lógico; fue concedido el libre arbitrio y el permiso de Dios para que los hombres lleguen finalmente al Anticristo.
El Señor no quiere el pecado pero lo permite y ha querido permitir la decadencia del mundo por razones infinitamente sabias e insondables. Por eso nos encontramos en esta situación; gran cantidad de hombres de Iglesia pierden poco a poco el sentido de su fe, si no la han perdido ya, llegando así a la crisis postconciliar.
El Señor viene sin lugar a dudas a socorrer a su Iglesia; por ejemplo, por medio de muchas almas privilegiadas que no conocemos y que sufren un calvario personal, almas privilegiadas, almas clavadas en un lecho de dolor, que sufren los dolores de la Pasión. Sabemos que de estas almas hay muchas hoy en día, de las cuales nada sabemos, pero es mejor para estas almas y para el Señor, que queden escondidas. Pero si se busca una lógica al plan de Dios, el pecado es tal que debe haber una expiación de la cual no sabemos nada porque no vemos en el dominio público, la expiación por este diluvio de pecados.
Luego, la expiación es personal, pero ¿qué existe como expiación pública? Tenemos la resistencia suscitada por un Arzobispo, acompañado finalmente por un segundo, un Obispo. Un gran Arzobispo que guarda la fe y el sentido de la fe y que ha establecido un equilibrio muy precario y delicado, humanamente hablando, un equilibrio entre la herejía por un lado, y el cisma por otro.
Y este equilibrio, por la gracia de Dios, se puede decir que la Fraternidad lo conserva desde entonces y lo mantiene, y, con la ayuda de Dios, lo seguirá manteniendo.
Sin embargo, como el malabarista debe mantener su equilibrio en todo momento mientras anda sobre la cuerda, así el equilibrio debe producirse todos los años, cada tres años, cada cinco.
Y hoy, bajo una ofensiva «cariñosa» por parte de Roma, mucha gente se pregunta sobre el equilibrio de la Fraternidad. ¿No debería acercarse más a Roma? ¿No debería cortar con Roma por completo? Ni lo uno ni lo otro.
Roma en general −estoy generalizando− está contagiada del espíritu moderno, del subjetivismo; sería incapaz, o incluso directamente incapaz de entendernos.
Por la gracia de Dios, creo que es el caso de la mayoría de nosotros, sino de todos, sacerdotes y laicos, que hemos comprendido con la ayuda de Dios que hay una verdad objetiva y esa verdad objetiva es la que Roma ha perdido, cree que la verdad es subjetiva y por eso, aunque diga aún: «Nuestro Señor está real, substancial y verdaderamente presente bajo las dos especies de la Eucaristía», aunque diga exactamente lo que decimos, estas palabras significan otra cosa. ¿Y qué significan? Significa, por ejemplo, una necesidad del corazón, una convicción del espíritu, una necesidad natural.
Imaginen a un matemático que dijera que dos y dos son cuatro porque es una necesidad de su ser, es una necesidad de su alma.
Le dirían: — «Está usted loco; dos y dos son cuatro absolutamente independiente de su querida o bella alma bien intencionada». ¡Es objetivo: dos y dos son cuatro!
— Sí, pero tengo que asimilar que dos y dos son cuatro, tengo que compenetrarme de la idea de que dos y dos son cuatro, luego es una compenetración la que hace que dos y dos sean cuatro.
— Entonces, si mañana usted está compenetrado de que dos y dos son cinco, ¿usted estaría convencido de que dos y dos son cinco?
— Sí, puesto que es mi ser mismo, se trata de una persuasión; tengo que poseer esta verdad.
— Sí, Usted tiene que poseerla, pero la posesión no hace a la verdad.
— ¿Y quién la hace, entonces?…
Con esta gente no se puede hablar, es el contagio mental del hombre moderno que es tan común que uno no se da cuenta cuando se es así.
Atiendan bien: si se sustituye la verdad objetiva por esta posesión interna subjetiva, se puede seguir teniendo buena voluntad. La gente de Roma quiere tener buena voluntad; cuanta más buena voluntad tienen más capaces son de cambiar.
¿Acaso quieren cambiar? No hace falta decir que nos quieren engañar −pero es muy posible−, el mal, el contagio, está tan profundamente enraizado en el espíritu moderno, en el espíritu de la gente moderna, que incluso ellos no se dan cuenta en el estado en que Roma aparece con respecto a nosotros, es decir, aparentemente no se dan cuenta cuán lejos están de la verdad católica.
Un cardenal llegará a decir: «Tengo la misma religión que ustedes, los de la Fraternidad San Pío X». El no tiene ni idea de cuán lejos está como un matemático «que posee de manera íntima», para decirlo de alguna manera, y puede recitar todas las tablas de multiplicar de manera exacta y diciendo lo que es verdadero, pues en todo momento está persuadido que es por convicción íntima que es verdad, que lo que recita es la belleza de esas convicciones íntimas, cuando no es eso la Matemática; ¿andaríais por un puente que hubiera sido construido por un ingeniero cuyos cálculos siguen sus convicciones íntimas y personales? Yo no.
¿Se avanzaría hacia los de Roma sobre un puente construido con convicciones íntimas? Un católico no.
Pero entonces, si Roma está compenetrada por la locura moderna −hay que calificarlo de locura, es así−; si los de Roma están locos, objetivamente hablando −objetivamente hablando es el caso− no están clínicamente locos, sino ideológicamente; si clasificamos la fe católica entre las ideologías, entonces ellos están ideológicamente locos; desde el punto de vista de la fe están locos, ¿se los puede tratar? Si se trata de un contagio, ¿no corremos el riesgo de dejarnos contaminar con el trato?, ¿no deberíamos cortar por completo?
Queridos amigos, este es, me atrevo a decirlo, el equilibrio de la Fraternidad.
Por una parte nosotros, que por la gracia de Dios, conservamos la verdad, la plenitud de la verdad católica −y es un don, no nos engañemos−, nosotros que hemos recibido este don, tenemos el deber de permitir que los de Roma tengan contacto con la verdad.
Tenemos el deber de conservar esta verdad, tenemos el deber de huir de todo contacto que la ponga en peligro.
Una vela no necesita iluminar mucho, es su papel; pero tiene necesariamente que estar encendida, es su deber, su fin, para eso ha sido hecha; y la vela se alimenta con whisky puro, puesto que por poco que el whisky sea diluido o adulterado, la vela se apaga. El whisky puede arder bien pero el whisky con agua no arde.
Debemos pues, poner al alcance de Roma estas verdades, Y ¿cómo se podrá hacerlo, si rechazamos todo contacto?
Por otra parte se puede hacer un cálculo, un cálculo peligroso, un cálculo humano, si quieren, menos sobrenatural, pero sin embargo cierto. La verdad los dividirá y obrará en ellos el discernimiento de los espíritus.
Aparentemente la mentira del Concilio Vaticano II es monolítica, pero no lo es. Y esta pequeña piedra terminará derribando al gigante, como en la Sagrada Escritura; la piedrecita no lo derribará si no lo golpea; si la piedrecita se queda escondida, si no golpea al gigante, éste quedará de pie.
Es natural que en esta crisis, que llega lógicamente al final de la Contrarreforma, la Fraternidad sea prudente en sus contactos con Roma y al mismo tiempo no los rechace todos.
Lo demás queda en manos de Dios. La Iglesia Católica pertenece a Dios y es Él quien se ocupa de ella. Ustedes y yo cumplimos con nuestro deber de estado en el lugar que Dios nos ha asignado y eso basta. Hoy el deber de estado puede arrastrar muchos sufrimientos y, mis queridos amigos, el sufrimiento es auténtico, el sufrimiento autentifica, nos asegura la autenticidad. Hay muchas cosas falsas en el mundo que nos rodea pero el sufrimiento es verdadero porque no lo queremos, pero él está ahí, se impone.
Muy queridos fieles, a ustedes queridas madres de familia que sufren por lo que hacen sus hijos, como es que sus hijos aparentemente se pierden o pierden la fe, que sufren de ver los peligros para sus hijos, los peligros contra la fe y la salvación eterna de sus hijos. Padres de familia, a ustedes que también quieren proteger a los suyos y que se encuentran como cada uno de nosotros, rodeados de dificultades, de peligros; San Pío X ya lo decía, veía lo que llegaría, lo que iba a llegar. Decía ya que cada uno cumpliera con su deber y que todo iría bien.
¡Ah! queridos amigos, si cada uno cumpliera con su deber, llegaríamos lejos. ¡Ah! muy queridos hermanos en el sacerdocio, felicitaciones por estar aquí. Hay siete sacerdotes que celebran este año su 25° aniversario. Fueron ordenados dieciséis en 1978, de los cuales, siete están todavía aquí. ¡Felicidades! Cumplamos con nuestro deber.
Queridos ordenandos, cumplan con su deber. No pretendan salvar la Iglesia. La salvarán sin ocuparse de Ella, ocupándose de su deber de estado. El deber que está a nuestro alcance, es el pequeño heroísmo que hoy es grande. El gran heroísmo consiste en las pequeñas cosas y esas pequeñas cosas constituirán la piedra, constituyen ya la piedra que amenaza al gigante. El gigante está consciente y quiere vencernos. Con la ayuda de Dios no nos vencerá si cada uno cumplimos con nuestro deber.
Y entonces, queridos fieles, no se quejen si los sacerdotes predican las exigencias del Evangelio. No piensen «somos tradicionalistas, ¡entonces, estupendo!» No es así delante de Dios, Dios vomitó a los tibios en el Concilio Vaticano II. Y si es necesario, lo hará de nuevo. Si nos volvemos tibios, también nos vomitará. ¡Cuidado!
Así pues, sepamos reconocer el sufrimiento donde está y sepamos aceptarlo como un don del Sagrado Corazón. Don unido al don del Sacerdocio y de ese don el de la Fraternidad San Pío X.
Queridos ordenandos, están en la víspera de una vida bella: la vida sacerdotal. No es fácil pero… ¡es tan hermosa! Y mucho va a depender de ustedes. Por nosotros mismos, somos completamente incapaces, pero el Sagrado Corazón nos ha elegido, no nosotros, es Él quien nos dio el sacerdocio. San Francisco Regis decía: «La eternidad no sería suficientemente larga para agradecer a Dios el habernos hecho sacerdotes». Es verdad.
Queridos ordenandos, pronto serán, si puedo decirlo así, mercaderes de la eternidad porque el don de la eternidad está en sus manos. Gracias a los Sacramentos, llaves del cielo, la abrirán a los fieles. ¡Qué grandeza! Seamos humildes y no olvidemos nunca recurrir a la Santísima Virgen María sin la cual Dios no quiso que tuviéramos a su Hijo, a través de la cual Él viene a nosotros y a través de la cual nos viene siempre este sacerdocio. Ella conoció el sufrimiento, por supuesto: Nuestra Señora de los dolores al pie de la Cruz. Durante toda la vida de su Hijo supo cómo acabaría todo. Recurramos a la Santísima Virgen en los momentos de grandes dificultades.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
