ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI: APOCALIPSIS – LAS 7 TUBAS

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RESUMEN DE LO VISTO

En la entrega de febrero hemos comenzado con una introducción general. Allí publicamos un esquema con el Plan del Apocalipsis:

http://es.scribd.com/doc/83265556/Plan-Del-Apocalipsis

Para profundizar y comprender mejor este Libro, es necesario seguir de cerca este esquema.

También ayuda mucho estudiar el gráfico hecho en base a los comentarios del Padre Castellani, que también transmitimos a los lectores:

https://radiocristiandad.files.wordpress.com/2012/03/grafico-del-apocalipsis-ipg.jpg

Conforme a ese Plan, hemos visto ya Lo que Pasa en las Siete Iglesias, capítulos II y III, con el mensaje o Carta a cada una de esas Iglesias del Apocalipsis.

También consideramos el Lugar de las Decisiones Divinas, en el capítulo IV.

Y comenzamos a ver el Objeto de esas Decisiones Divinas (contenidas en el Libro de las Visiones), que se compone de cinco cuadros y abarca casi todo el resto del Libro, desde el capítulo V hasta el versículo 5 del capítulo XXII = lo que los autores y comentadores denominan el Drama del Fin de los Tiempos.

Entre esas Decisiones Divinas tenemos Las Tribulaciones que vendrán (en tres cuadros) y Las Sanciones (en dos cuadros).

Las Tribulaciones que vendrán tienen tres orígenes distintos:

* unas son de Parte de Dios;

* otras son de Parte de Jesús, obtenidas por sus Santos;

* las últimas son de Parte del Demonio.

Con la Visión de los Siete Sellos y la Signación de los Elegidos ya vimos, en el mes de abril con el Padre Grosso, Las Tribulaciones de Parte de Dios.

Con el Quinto Sello, Dios opone un aplazo al pedido de que el mundo termine. Los mártires claman venganza, y Dios les pide esperar un poco de tiempo para completar el número de sus compañeros y hermanos que deben ser inmolados por conservar la Fe.

De este modo, la Edad Media marca con su comienzo el fin de un período, y con su consumación inaugura el de otro, nuevo, corto y complementario, que se llama “un poco de tiempo” (ut requiescerent adhuc tempus modicum).

Este período, este poco de tiempo, no está descrito en el Libro Sellado, puesto que la ruptura del Sexto Sello nos traslada a los acontecimientos dolorosos precursores del Fin de los Tiempos.

Este Sexto Sello se compone de tres actos:

*
Primer Acto: el espanto de los malos = 6:12-17

*
Segundo Acto: una escena terrestre: los israelitas marcados con el sello de Dios = 7:1-8

*
Tercer Acto: una escena en el Cielo: la multitud de elegidos = 7:9-17

Las dos visiones intermedias del capítulo VII forman una especie de entre-acto entre el Sexto y el Séptimo Sello.

Ellas responden a la pregunta planteada al final del capítulo precedente, 6:17 = ¿Quién podrá sostenerse?, porque ha llegado el Gran Día de su cólera….

Ellas describen dos visiones, cuyo carácter sagrado y luminoso contrasta con los cuadros siniestros que las encuadran: una acción preservativa será llevada a cabo por Dios en favor de los cristianos fieles.

La primera escena es terrestre, y constituye la marcación de los israelitas con el sello de Dios: 7:1-8. Los comentadores se preguntan si allí se hace mención del Israel propiamente dicho (los convertidos del judaísmo), o del Israel místico, la Iglesia de Jesucristo (los convertidos del paganismo).

La segunda escena tiene lugar en el Cielo: una multitud innombrable de elegidos, 7:9-17, que proviene de la Gran Tribulación (cfr. Mt. 24:21).

Esta dos visiones tienen por finalidad reconfortar y confirmar a la Iglesia frente a las grandes calamidades que la amenazarán al fin de los tiempos = la visión anticipada de la victoria debe inspirar a los fieles valor para afrontar las formidables pruebas que los separan todavía del término esperado.

El Séptimo Sello, con el silencio de media hora, 8:1, abre Las Tribulaciones que vendrán de Parte de Jesús, obtenidas por sus santos = la Visión de Las Siete Trompetas, con las visiones intermedias del Librito Profético, la Medición del Templo y la Predicación de los Dos Testigos, para terminar con la Séptima Trompeta, que dará inicio a las Tribulaciones que vendrán de parte del Demonio.

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5ª VISIÓN

LAS SIETE TUBAS
(caps. VIII-IX)

Con la signación de los elegidos, capítulo siete, San Juan interrumpe, pues, la visión de los Siete Sellos para intercalar una visión que está aludida quizás al abrirse luego el Séptimo Sello: hay un tiempo de calma en el Cielo para preparar a los elegidos a las luchas que se anuncian.

La visión preliminar de los Sellos se cierra con la Visión del Cielo y la añadidura de todas las almas salvadas y revestidas de la gracia divina.

La gloria del Cielo, último destino del hombre, abre y cierra el Libro:

“Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo en el cielo un silencio como de media hora”
(8, 1)

El Silencio en el Cielo por media hora acontece, pues, al abrirse el último Sello. Esto muestra que al división en capítulos, realizada en la Edad Media, no es correcta. Este primer versículo del capítulo VIII corresponde todavía al capítulo anterior.

Se esperaba ver explotar una nueva catástrofe, pero el resultado producido es de una naturaleza completamente distinta.

Este silencio, profundo y solemne, contrasta con los cánticos y alabanzas que hemos señalado en diversos lugares (4:8-11; 5:8-10; 7:10-12).

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Al respecto, dice el Padre Castellani:

Me hizo pensar este versículo; y no a mi solo. Ni en mi cabeza ni en los libros le encontraba significado congruo; hasta que orando por él un día, creí ver: es un breve espacio de paz y calma en la Iglesia, espacio de una generación o menos; y responde al cuadro anterior de la «Signación de los Elegidos».

Silencio supone ruido antes y después: el ruido de las olas del mar mundano que secará a los hombres de temor.

Después encontré por caso que esta interpretación es de Victoria, San Beda Venerable, San Alberto Magno y los medievales en general, precedidos por Andrés de Cesarea en el siglo Sexto.

Media hora es el cincuentavo de un día (24/50 = 0,48); mil años para Dios son como un día… ¿Será un descanso de unos 20 años (1000/50 = 20) en los supremos afanes del mundo? Un descanso durante una generación es una nota que frecuenta las profecías privadas sobre el Fin del Mundo.

Esto último es una cábala mía. Pero la “media hora” ciertamente denota breve espacio de tiempo; no es una literal media hora de reloj.

Período de paz y calma, con guerra y tormenta antes y después, no es lo mismo que triunfo temporal y terreno de la Iglesia.

Para conocer el pensamiento del P. Castellani sobre el supuesto período de florecimiento de la Iglesia, ver en los Especiales de marzo de 2012.

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Monseñor Straubinger interpreta y explica de este modo:

Algunos consideran que el Sexto Sello (6:12-14) no es abierto si no después del Séptimo (8:1), porque la gran tribulación (7º sello) es necesariamente anterior a las catástrofes cósmicas que se anuncian en el 6º, y que preceden inmediatamente a la Parusía (6:17).

El Señor dice, en efecto, que el oscurecimiento del sol, etc., se verificará “inmediatamente después” de la tribulación (Mat. 24:29; Marc. 13:24); que la Parusía vendrá a continuación de aquellos fenómenos (Luc. 21:25); que las persecuciones contra los justos serán “antes de todo eso” (Luc. 21:11-12).

Es de observar que San Juan, a diferencia de los otros Sellos, dice aquí “yo vi cuando él abrió”, lo cual podría ser una visión anticipada del fin. Y parece confirmarlo el hecho de que en 7:14 (bajo el Sexto Sello) nos muestra ya a elegidos y a los que vienen de la gran tribulación, como si las calamidades del Séptimo Sello hubiesen ya pasado.

Según esto, estas calamidades serían la respuesta de Dios a la oración clamorosa de los santos del Quinto Sello (6:9-11 = Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Se pusieron a gritar con fuerte voz: «¿Hasta cuándo, Señor santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?» Entonces se le dio a cada uno un vestido blanco y se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser muertos como ellos), y así lo vemos en 8:3-5 = Otro Ángel vino y se puso junto al altar con un incensario de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono. Y por mano del Ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos. Y el Ángel tomó el incensario y lo llenó con brasas del altar y las arrojó sobre la tierra. Entonces hubo truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra.

Quedaría también, explicado así el silencio de media hora en el cielo (8:1), fenómeno que nadie aclara y
que consistiría simplemente en que cesaba de oírse aquel clamor de los santos de 6:10.

La media hora sería el poco de tiempo de reposo que se les indicó en 6:11.

Según esto, pues, esta, escena sería la continuación del Quinto Sello y el silencio sería el de los Santos que allí clamaban y ahora, esperan los acontecimientos que se describen de aquí en adelante.

Gelin, que ha observado este fenómeno, dice: “Juan utiliza el esquema sinóptico en el cual parece haber querido introducir este orden general: plagas sociales (1er a 5º Sellos) y luego las cósmicas (6º Sello).

Ha encerrado varias plagas en el Sexto Sello para poder derivar hacia el Séptimo, que está vacío, la segunda serie de calamidades”.

Pero no se entiende cómo podrían continuar las pruebas si la Parusía tiene lugar al fin del Sexto Sello.

En todo caso, los acontecimientos escatológicos de que habla San Pablo (I Tes., 4:15-17. = Os decimos eso como Palabra des Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor) no podrán ser anteriores a la gran tribulación o período del Anticristo, sino que se refieren, como está anunciado, únicamente a la Parusía, en la cual los muertos y “los que quedemos”, seremos, cuando Él descenderá del Cielo (ibid. v. 16), arrebatados a su encuentro para estar con Él siempre (ibid. v, 17) y no sólo por un período.

Esto explicaría, finalmente, la existencia de justos sobre la tierra en tiempos del Anticristo (cf. 13:7 = Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos; 20:4 = Luego vi unos tronos, y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las almas de los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de Dios, y a todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron con Cristo mil años), de modo que la promesa que Jesús hace a sus amigos de escapar a todas las calamidades (Luc, 21:36 = Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre), repetida a la Iglesia de Filadelfia (3:10 = Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra), ha de explicarse como una especial protección, mediante la cual “no perecerá ni un cabello de nuestra cabeza” (Luc., 21:18).

Según otros, el silencio sería simplemente la interrupción de las alabanzas de 4:8ss. (Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro, y repiten sin descanso día y noche: Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso, Aquel que era, que es y que va a venir) y 5:7ss. (Y se acercó y tomó el libro de la mano derecha del que está sentado en el trono. Cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos), mas no explican el motivo de ella.

Pirot reconoce que “aquí esperábamos el desenlace final y
sólo vemos un final de acto”, y añade que “la apertura del Séptimo Sello permite la introducción de una nueva serie de catástrofes”, cosa que no parece posible según lo dicho anteriormente.

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Según Geslin, ese silencio total que sigue a la ruptura del Séptimo Sello es para destacar que el Libro no contiene nada más, que la Revelación ha terminado y la historia del mundo acabó. Una media hora de respiro fue dada entre dos Septenarios: el cuadro de los Sellos, que terminaba, y el cuadro de las Trompetas que iba a comenzar.

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San Victorino y otros comentadores piensan que representa initium quietis æternæ. Se seguiría de esto que el Séptimo Sello nos habría llevado al fin del mundo, y que las visiones posteriores retomarían la descripción de las calamidades y combates que deben preceder a la venidad de Cristo; de allí que las Siete Trompetas y las Siete Copas serían paralelas a los Siete Sellos.

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“Vi entonces a los siete Ángeles que están en pie delante de Dios; y les fueron entregadas siete trompetas.

Otro Ángel vino y se puso junto al altar, teniendo un incensario de oro; y le fueron dados muchos perfumes para ofrecerlos con las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro colocado delante del trono. Y el humo de los perfumes subió con las oraciones de los santos de la mano del Ángel a la presencia de Dios.

Y el Ángel tomó el incensario y lo llenó con brasas del altar y lo arrojó sobre la tierra. Entonces hubo truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra. Y los siete Ángeles con las siete trompetas se aprestaron a sonar las trompetas” (8:2-6).

El Ángel del turíbulo áureo, que gobierna los Siete Truenos y que vuelca sobre la tierra incienso y brasas significa el final de la Parusía. San Juan recapitula con las Siete Tubas.

La ruptura de los Siete Sellos nos descubrió un primer cortejo de acontecimientos; las Siete Trompetas nos van a hacer asistir a un segundo desfile de hechos.

Los de la primera serie (Sellos) son directamente queridos por Dios, puesto que emanan de un Libro sellado que tiene en sus manos.

Los de la segunda serie (Trompetas) son obtenidos por las justificaciones de los Santos, las cuales, ofrecidas sobre el Altar de los Perfumes, se elevan primero en oraciones hacia Dios, y después se precipitan en plagas sobre el mundo.

Las oraciones de los Santos están “sobre el altar”, así como su sangre esta “debajo”.

Los Santos piden el juicio de los perseguidores, la vindicta de la sangre mártir. Sin ello, sería difícil explicar cómo las oraciones de los Santos de la tierra pueden producir tales calamidades sobre ella.

Hay que releer 5:8 = Cuando hubo abierto el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero, teniendo cada cual una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.

Así como 6:9-10 = Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados por la causa de la Palabra de Dios y por el testimonio que mantuvieron. Y clamaron a gran voz: “¿Hasta cuándo, oh Señor, Santo y Veraz, tardas en juzgar y vengar nuestra sangre en los habitantes de la tierra?”

Se producen relámpagos y voces de trueno y después un gran terremoto: son las grandes herejías, con todas sus calamidades y matanzas, que terminan en la última, el Anticristo.

El “gran terremoto” es siempre alusión a la Parusía.

Los truenos, etc. marcan, pues, el final de los Sellos y también el de las Trompetas (cfr. 11:19 = Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada) y el de la Copas (cfr. 16:18 = Se produjeron relámpagos, fragor, truenos y un violento terremoto, como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra.)

Las Siete Tubas representan el curso de las cosas temporales y las mutaciones de la historia humana: son como siete grandes catástrofes que determinan cada una un nuevo evo, una época nueva en la historia. Y esas catástrofes son de índole religiosa: son grandes herejías.

La tierra existe por causa de los justos: la verdadera historia es la historia de la Iglesia. Por eso, las grandes mutaciones de la historia humana vienen por causa de las herejías; porque son las ideas las que gobiernan los sucesos; y las ideas más hondas, o la raíz de todas nuestras ideas, son las afirmaciones religiosas, las creencias. Las herejías cambian las creencias.

La Iglesia de suyo es inmutable como la Verdad. Son las herejías, las mordeduras de Satanás, las corrupciones de su talón, las que la hacen cambiar de sitio = “trasladar de su lugar el candelabro”.

Toda la historia del mundo se desenvuelve en función de Cristo. Y después de su Primera Venida, en función de su Iglesia y de su Segunda Venida.

Las Tubas significan, pues, siete grandes hitos heréticos con todas sus calamidades y matanzas, que terminan en la última el Anticristo: son cambios de frente —que los antiguos indicaban con toques de trompas— en la historia de la humanidad, religiosamente contemplada.

El “gran terremoto”, dijimos, es siempre alusión a la Parusía. Los grandes herejes son los que traen al Anticristo, y son figuras y precursores de él.

Las herejías van creciendo en fuerza y malignidad, aproximando al Hombre de Pecado.

Las cuatro primeras catástrofes, antes de los Tres Ayes, conciernen a la tierra verde, al mar, los ríos y los astros, es decir, propiamente a la Iglesia.

Los Tres Ayes postreros conciernen más bien al mundo (“a los hombres que no tienen el signo de Dios en la frente”), aunque también a la Iglesia, en cuanto Ella está en el mundo.

Las cuatro primeras catástrofes son devastaciones terribles producidas en el reino de las almas, en el campo del paterfamilias, son grandes siembra de cizaña. Y son parciales y netamente separables del cuerpo.

Las cuatro primeras son parciales y las tres últimas son universales y llenan el vacío dejado entre el Quinto y el Sexto Sello.

Una afinidad visible se nota entre el cortejo de las Trompetas y el de las Copas. Los objetivos, en efecto, son los mismos: la tierra, el mar, los ríos y las fuentes, el sol y los astros, el trono de la bestia y el río Éufrates, pero con esta diferencia: el flagelo en las Trompetas es restringido a un tercio, mientras que en las Copas es plenario y decisivo, son las plagas postreras.

[Según la interpretación de Monseñor Straubinger, que hemos visto más arriba, las tres últimas Trompetas, después del Protestantismo, llenarían, entonces, el vacío dejado entre el Quinto y el Séptimo Sello, y equivaldría al silencio del Cielo, que deja obrar, como castigo y para completar el número de los elegidos, al Filosofismo Liberal, el Ensangrentamiento de las relaciones internacionales, la Corrupción de la Cultura, el Desvío de la Ciencia, la Desorientación de la Política, la Guerra de Continentes, el Peso de Oriente sobre Occidente y, finalmente, la Gran Persecución.]

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PRIMERA TUBA
(VIII:7)

“Los siete Ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas.

Y el primero tocó la trompeta, y hubo entonces granizo y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados sobre la tierra; y fue incendiada la tercera parte de la tierra; y fue incendiada la tercera parte de los árboles, y fue incendiada toda hierba verde”.

La Primera Tuba es símbolo de la primera gran quiebra de la Iglesia, de un volumen que se puede decir un tercio: fue la herejía arriana, conjunta con la invasión de los Bárbaros en un tercio del Imperio.

Fue una terrible herejía racionalista, cortesana y culta, que duró cuatro siglos y amenazó sumergir la fe.

Los bárbaros, apenas convertidos, cayeron por obra de sus mismos jefes en el arrianismo; al igual que varios de los mismos Emperadores.

La Iglesia fue perseguida acremente y parte de la Cristiandad devastada:

* Incendios y derramamiento de sangre, cosechas y eras destruidas;

* De 460 obispos de África, mandó el vándalo Genserico 46 a trabajos forzados en lugar insalubre, y desterró a 302; y en un lapso de 10 años exiló otros 220.

* Cuatro mil cristianos, clero y laicado, fueron corridos al desierto, donde murieron de penuria o maltrato. Muchos fueron destrozados en el ecúleo o tratados con hierros candentes.

El granizo, el fuego y la sangre representan las pérdidas de las cosechas, las casas, las vidas; cosa que sucedió literalmente en las sangrientas invasiones vandálicas de los Hunos, de Genserico, de Alarico.

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El arrianismo tomó su nombre de Arrio (256-336) sacerdote de Alejandría y después obispo libio, quien desde el 318 propagó la idea de que no hay tres Personas en Dios sino una sola persona, el Padre. Jesucristo no es Dios, sino que ha sido creado por Dios de la nada. El Hijo es, por lo tanto, criatura y el ser del Hijo tiene un principio; ha habido, por lo tanto, un tiempo en que Él no existía.

A Jesús se le puede llamar Dios, pero sólo como una extensión del lenguaje, por su relación íntima con Dios.

Recurriendo a sus propias palabras, Arrio afirmaba “el Hijo no siempre ha existido (…), el mismo Logos de Dios ha sido creado de la nada, y hubo un tiempo en que no existía; no existía antes de ser hecho, y también Él tuvo comienzo. El Logos no es verdadero Dios. Aunque sea llamado Dios, no es verdaderamente tal”.

Aunque Arrio se ocupó principalmente de despojar de la divinidad a Jesucristo, hizo lo mismo con el Espíritu Santo, al que igualmente lo consideraba creatura, e incluso inferior al Verbo.

Arrio difunde sus ideas en Alejandría, dónde en el 320 Alejandro, obispo de Alejandría, convoca un sínodo que reúne más de cien obispos de Egipto y Libia, y en cual se excomulga a Arrio y a sus partidarios.

No obstante, la herejía continúa expandiéndose, llegando a desarrollarse una crisis de tan grandes proporciones, que el Emperador Constantino el Grande se vio forzado a intervenir para encontrar una solución.

Fue el Concilio de Nicea, el 20 de mayo del 325, donde el partido anti-arriano bajo la guía de San Atanasio, diácono de Alejandría, logró una definición ortodoxa de la fe y el uso del término homoousion (consustancial) para describir la naturaleza de Cristo:

Creemos en un solo Dios Padre omnipotente, creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; y en un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu Santo.

Mas a los que afirman: Hubo un tiempo en que no fue y que antes de ser engendrado no fue, y que fue hecho de la nada, o los que dicen que es de otra hipóstasis o de otra sustancia o que el Hijo de Dios es cambiable o mudable, los anatematiza la Iglesia Católica (Denzinger 54).

Fueron condenados los escritos de Arrio y tanto él como sus seguidores desterrados, entre ellos Eusebio de Nicomedia.

Aunque no era arriano, Constantino gradualmente relajó su posición anti-arriana bajo la influencia de su hermana, quien tenía simpatías arrianas. A Eusebio y a otros se les permitió regresar y pronto comenzaron a trabajar para destruir lo hecho en el Concilio de Nicea. Por los manejos de Eusebio de Nicomedia, Constantino intento traer a Arrio de regreso a Constantinopla (334-335) y rehabilitarlo, pero murió antes de que llegara.

Aprovechando la nueva situación, el partido arriano fue ganando terreno y logró el exilio de San Atanasio, quien ya era obispo de Alejandría, y de Eustaquio de Antioquía. Avanzaron aún más durante el reinado del sucesor de Constantino en Oriente, Constancio II (337-361), quien dio un apoyo abierto al arrianismo.

La oposición fue tal en Occidente, que Constancio II, emperador de Oriente, y Constante, de Occidente, convinieron en convocar un Concilio en Sárdica en el 343, donde se logró el regreso de Atanasio y su restauración como obispo de Alejandría, así como la deposición de sus Sedes de muchos obispos arrianos.

Tras la muerte de Constante y el advenimiento de Constancio como único emperador en el año 350, los arrianos recuperaron mucho de su poder, generándose persecuciones anticatólicas en el Imperio. Durante este período se dio el momento de mayor poder y expansión de la herejía arriana con la unificación de los diversos partidos en el interior del arrianismo en el año 359 y su máximo triunfo doctrinal en los concilios de Seleucia y Rímini.

Cuando parecía humanamente que la fe católica se perdía, las cosas se volvieron en contra del arrianismo. Constancio murió en el año 361, dejando al arrianismo sin su gran protector.

Más adelante los semiarrianos, escandalizados por la doctrina de sus copartidarios más radicales, empezaron a considerar la posibilidad de algún arreglo.

Bajo el gobierno del emperador Valentiniano (364-375), el cristianismo ortodoxo fue restablecido en Oriente y Occidente, y la ejemplar acción de los Padres Capadocios (San Basilio y San Gregorio) condujo a la derrota final del arrianismo en el Concilio de Constantinopla en el año 381.

La herejía no moriría aun por siglos y crecería en algunas tribus germánicas que habían sido evangelizadas por predicadores arrianos, las cuales la traerían de nuevo al Imperio en el siglo V con la invasión de Occidente.

El arrianismo profesado como tal desapareció hacia el siglo VI.

Como ocurre con otras herejías, hay siempre quienes, sin definirse herejes, sostienen todavía esos errores. Se trata de una batalla por la verdad en la que el espíritu del error no se da por vencido.

Los semiarrianos, también llamados homousianos, ocupan un lugar intermedio entre los arrianos radicales o anomeos que predicaban una clara diferenciación entre el Padre y el Hijo, y la fe ortodoxa del Concilio de Nicea.

Ellos asumen el término homoiousios, pero en el sentido de similitud y no de consubstancialidad. Resaltan, pues, simultáneamente similitudes y diferencias entre el Padre y el Logos.

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SEGUNDA TUBA (VIII:8-9)

“Y tocó la trompeta el segundo Ángel, y algo como una gran montaña en llamas fue arrojado al mar, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre. Y murió la tercera parte de las criaturas vivientes que estaban en el mar, y la tercera parte de las naves fue destruida”.

La Segunda Tuba es la herejía de Mahoma (570-632), el Islam, y la devastación del Mediterráneo: las tribus árabes unificadas y en masa se corren por los bordes del Mediterráneo y lo cruzan, invadiendo España y las costas de Provenza y, más tarde, Constantinopla a través del Bósforo.

La piratería musulmana devasta las ciudades costeras del África, Asia Menor, España e Italia, ensangrienta el mar y diezma las naves cristianas. La piratería continúa desde Barbarroja a Solimán, hasta Lepanto.

En España se crearon Órdenes Religiosas con el exclusivo fin de redimir cautivos de los moros, y tres Órdenes Militares para defenderse de ellos.

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Dos órdenes religiosas estaban autorizadas para el intercambio y rescate de cautivos: los Hermanos de la Merced y los Trinitarios.

Ambas mantenían un vicario apostólico en Argel para asistir y aliviar en lo posible a los hombres, mujeres y niños que permanecían retenidos en las principales ciudades berberiscas del norte de África: Argel, Túnez, Trípoli, La Mamora o Salé.

Estas órdenes llevaban a cabo las misiones de redención, expediciones de rescate de cautivos, que solían estar financiadas tanto por las familias como por la limosna de vecinos y cristianos piadosos.

Las cuantías económicas exigidas por los corsarios eran muy elevadas y los frailes Trinitarios y Mercedarios debían realizar un gran trabajo para recaudar los fondos que permitieran la liberación de los prisioneros, trabajo que estaba muy reconocido por la sociedad de la época.

El número de cautivos que llegaron a rescatar de manos del infiel fue muy elevado, miles de personas, según algunos autores. No obstante, eran muchos los que no siendo rescatados se convertían en esclavos de los musulmanes. Otros, no soportando la dureza del cautiverio, optaban por renunciar a su fe, normalmente católica, y abrazaban el Islam a cambio de su libertad.

Las Órdenes Militares fueron instituciones religioso-militares creadas en el contexto de las Cruzadas como sociedades de caballeros cristianos.

Inicialmente fueron instituidas para la defensa de los Santos Lugares (Templarios, Hospitalarios y del Santo Sepulcro). Luego fueron aplicadas a la propagación o la defensa de la fe cristiana, ya fuera en Tierra Santa o en otros lugares, contra los musulmanes (como las órdenes militares españolas durante la Reconquista), contra los paganos (como la Orden Teutónica en el Báltico) o contra cristianos heréticos (como las militia Christi que combatían a los albigenses).

Las Órdenes Militares españolas son un conjunto de instituciones religioso-militares que surgieron en el contexto de la Reconquista, las más importantes surgieron en el siglo XII en la Corona de Castilla (Orden de Santiago, Orden de Alcántara y Orden de Calatrava) y en el siglo XIV en la Corona de Aragón (Orden de Montesa).

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Mahoma fue realmente como un gran monte. Nacido para profeta, para jefe religioso, era un genio, quizá destinado por Dios para sacar a los árabes del politeísmo, como de hecho los sacó. Pero, mal bautizado y peor judaizado, encendió el fuego volcánico de una herejía judeo-católica.

A su muerte, en 632, Mahoma había establecido al islam como una fuerza social, política y religiosa y había unificado a la Arabia.

Algunas décadas después de su muerte, sus sucesores conquistaron Persia, Egipto, Palestina, Siria, Armenia y gran parte del norte de África, y cercaron dos veces Constantinopla, aunque no pudieron hacerse con ella, lo que les impidió avanzar hacia la Europa del Este.

Entre 711 y 716 comienza una presencia árabe de casi ocho siglos en la Península Ibérica, y en 732, cien años después de la muerte de Mahoma, el avance árabe en la Europa Occidental es detenido a las puertas de Francia en la batalla de Poitiers.

Bajo los gaznavíes, el islam se extendió en el siglo X a los principales Estados hindúes al este del río Indo, en lo que es actualmente el norte de la India. La expansión del islam continuó por diversas regiones del África y del sudeste de Asia.

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TERCERA TUBA (VIII:10-11)

“Y tocó la trompeta el tercer Ángel, y se precipitó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre los manantiales de agua. El nombre de la estrella es Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y muchos hombres murieron a causa de esas aguas porque se habían vuelto amargas”.

La Tercera Tuba es el Cisma Griego de Focio (siglo IX) y Miguel Cerulario (siglo XI).

El Profeta Daniel llama “estrellas del cielo” a los Doctores, y Focio fue un gran teólogo, obispo y escritor insigne.

La ambición y el orgullo nacionalista lo llevaron a separar la Iglesia Oriental de la Romana. Focio es la estrella grande ardiendo como una antorcha: aquel obispo diplomático, político, fastuoso y buen teólogo.

La doctrina no fue pervertida —o podrida—, sino vuelta amarga e insalubre, como vemos en la enfermedad progresiva de la Ortodoxia Oriental, que primero cayó bajo el arbitrio de los Zares y después se falseó y agrió con toda clase de supersticiones, abusos y aberraciones, hasta culminar en el monstruoso monje Rasputín, que llevó a la ruina a su abriboca protectora la Emperatriz y a su familia toda, no menos que a Rusia.

Es como un marchitarse lento que terminó en el ateísmo bolchévico y en una cosa peor: esa iglesia ortodoxa unificada, hábilmente enganchada al sistema estatal y que anda en tratos con los protestantes para catolizarse en la caridad contra la Iglesia Romana.

Las catástrofes se van haciendo cada vez más interiores: ésta no quema árboles ni ensangrienta el mar limítrofe solamente, sino que cae en las fuentes de las aguas, en la raíz de la doctrina y, sin cambiarla, la hace amarga y venenosa, causando la muerte a muchas almas que beben en los ríos de la doctrina cristiana, aparentemente intactos y no desviados, pero intoxicados.

Lo único que tocó Focio de la doctrina fue la partícula Filioque del Credo; pero, falta de comunicación con el Cuerpo y Cabeza de la Iglesia, la doctrina Ortodoxa se estancó y se volvió impotable.

Este es el efecto del Cisma. Esta es la apostasía consumada, la idolatría del Estado.

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En el siglo VII, como consecuencia de la expansión musulmana, tres de los cuatro Patriarcados orientales cayeron en poder del Islam: Alejandría, Antioquía y Jerusalén. Por eso, el Oriente cristiano se identificó desde entonces con la Iglesia griega o bizantina, es decir, el Patriarcado de Constantinopla y las iglesias nacidas como fruto de su acción misionera, que le reconocían una primacía de jurisdicción o al menos de honor. Estas cristiandades que giraban en la órbita de Constantinopla integraban la Iglesia greco-oriental.

El Cristianismo sufrió la impronta de la contraposición entre Oriente y Occidente, cultura griega y latina. Constantinopla se convirtió en el principal Patriarcado del Oriente cristiano, émulo del Pontificado romano, estrechamente vinculado al Imperio de Bizancio, mientras Roma se alejaba cada vez más de este y buscaba su protección en los emperadores francos o germánicos. En este contexto de creciente frialdad entre las dos Iglesias, las fricciones y enfrentamientos jalonaron un largo proceso de debilitamiento de la comunión eclesiástica.

Las relaciones entre Roma y Constantinopla experimentaron ya una primera ruptura en el siglo V: el cisma de Acacio, que estuvo motivado por las proclividades monofisitas de este patriarca (482) y que se prolongó durante treinta años.

Más prolongadas fueron las repercusiones del problema de la iconoclastia. Como es sabido, León III Isáurico un gran emperador que salvó a Bizancio de la amenaza árabe dio origen a una grave crisis religiosa, que alteró durante más de un siglo la vida del Oriente cristiano: en 726 prohibió la veneración de las imágenes sagradas y poco después ordenó su destrucción. León III pretendió que el Papa sancionase sus edictos iconoclastas y ante la rotunda negativa tomó represalias contra la Iglesia romana. En todo caso, las luchas de las imágenes no resultaron desfavorables para las relaciones entre los cristianos orientales y Roma: los defensores de las imágenes entre los que se contaban los monjes y la gran masa del pueblo dirigieron sus miradas hacia el Papado en busca de apoyo.

El patriarca Focio, a pesar de que sabía que abriría un abismo entre griegos y latinos, convirtió en problema la cuestión de la procedencia de la tercera persona de la Santísima Trinidad. De este modo, las diferencias entre griegos y latinos no serían, en adelante, solamente disciplinares y litúrgicas, sino también dogmáticas, con lo que la unidad de la Iglesia quedaba irremediablemente comprometida. Puede afirmarse, en suma, que Focio, un sabio eminente que personificó el genuino espíritu eclesiástico de Constantinopla, contribuyó como nadie a preparar los ánimos para el futuro cisma oriental.

El cisma llegó, sin excesivo dramatismo, en los comienzos de la época gregoriana. Los violentos sentimientos antilatinos del patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario y la incomprensión de la mentalidad bizantina por parte de los legados papales Humberto de Silva Cándida y Federico de Lorena, enviados para negociar una paz eclesiástica, fueron los factores inmediatos de la ruptura. Humberto depositó una bula de excomunión, el 16 de Julio de 1054, sobre el altar de la catedral de Santa Sofía; Cerulario y su sínodo patriarcal respondieron el 24 del mismo mes excomulgando a los legados y a quienes les habían enviado. El Cisma quedaba así formalmente abierto, aunque cabe pensar que muchos contemporáneos y quizá los propios protagonistas del episodio pudieron creer que se trataba de un incidente más de los muchos registrados hasta entonces en las difíciles relaciones entre Roma y Constantinopla. Lo que parece indudable es que, para la masa del pueblo cristiano griego y latino, el comienzo del cisma de Oriente pasó del todo inadvertido.

El correr del tiempo descubrió a los cristianos la existencia de un auténtico cisma, que había interrumpido la comunión eclesiástica de la Iglesia griega con el Pontificado romano y la Iglesia latina. La vuelta a la unión constituyó desde entonces un objetivo permanente de la Cristiandad. La promovieron Pontífices, la desearon en Constantinopla emperadores y hombres de Iglesia, se celebraron concilios unionistas y hubo momentos, como en el concilio II de Lyon (1274) y el de Florencia (1439), en que pareció que se había logrado. No era realmente así, pero tan sólo la caída de Constantinopla en poder de los turcos y la desaparición del Imperio bizantino (1453) pusieron fin a los deseos y a las esperanzas de poner término al cisma de Oriente y reconstruir la unidad cristiana.

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CUARTA TUBA (VIII:12-13)

“Y tocó la trompeta el cuarto Ángel, y fue herida la tercera parte del sol y la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas; de manera que se obscureció la tercera parte de ellos; y el día perdió una tercera parte de su claridad y lo mismo la noche”.

La Cuarta Tuba es la falsa Reforma o Protestantismo.

El Protestantismo oscureció la fe de una tercera parte del mundo; sus forjadores fueron estrellas del cielo que cayeron, doctores, teólogos y sacerdotes.

De esa oscuridad —de los principios del libre examen, de la Iglesia invisible y de la predestinación al mal— surgió la sofística moderna, con sus horribles secuelas: la confusión de las sectas, la indiferencia religiosa y el pesimismo.

Esta herejía tuvo más alcance que todas las anteriores y desde ahora las calamidades van a ser alaridos o ayes universales: cuatro tubas han pasado y las que ahora vienen son Tres Ayes.

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LOS TRES AYES

“Y vi y oí cómo volaba por medio del cielo un Águila que decía con poderosa voz: «¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra, a causa de los toques de trompeta que faltan de los tres Ángeles que todavía han de tocar!»”

Aquí se produce una interrupción que se puede notar también en los otros tres Septenarios antes de los últimos tres miembros: una águila vuela por el medio del cielo y amenaza. Es el aviso de que viene la Kali-yuga (Tiempo Negro), la caída, lo propiamente parusíaco. Precipitación; períodos más cortos; ruptura entre las generaciones.

Las cuatro primeras plagas, antes de los tres ayes, conciernen a la tierra verde, al mar, los ríos y los astros; es decir, propiamente a la Iglesia.

Los tres ayes postreros conciernen más bien al mundo, a los “hombres que no tienen el signo de Dios en la frente”; aunque también a la Iglesia, en cuanto Ella está en el mundo.

Las cuatro primeras son parciales, y las tres últimas son universales.

Lo que viene ya es del Anticristo: herejías totales en todo sentido, la Guerra de los Continentes, la Parusía.

A partir de la Cuarta Tuba, no una tercera parte sino todo el mundo es afectado. Y las Tres restantes se convierten en tres Alaridos (los Tres Ayes):

9:1 y 12 = Tocó el quinto Ángel. Entonces vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del Abismo (…) El primer ¡Ay! ha pasado. Mira que detrás vienen todavía otros dos.

11:12-15 =
Oí entonces una fuerte voz que les decía desde el cielo: “Subid acá”. Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos. En aquella hora se produjo un violento terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y con el terremoto perecieron 7.000 personas. Los supervivientes, presa de espanto, dieron gloria al Dios del cielo. El segundo ¡Ay! ha pasado. Mira que viene en seguida el tercero. Tocó el séptimo Ángel…

12:10-12 = Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: “Ahora ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y el imperio de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte. Por eso, regocijaos, cielos y los que en ellos habitáis. Mas ¡ay de la tierra y del mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo”.

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QUINTA TUBA (IX:1-12)

“Y tocó la trompeta el quinto Ángel, y vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del Abismo. Abrió el pozo del Abismo, y subió del pozo una humareda como la de un horno grande, y a causa del humo del pozo se oscurecieron el sol y el aire”.

La oscuridad pasa de la Cuarta a la Quinta Tuba, porque las monstruosas Langostas, Alacranes y Centauros surgen en medio de un humo inmenso que oscurece el sol y el aire por causa de otra estrella que cae, en clara alusión a la Tuba anterior: los enciclopedistas, padres del mundo moderno, son hijos directos e inmediatos de la Reforma… Es el flagelo intelectual…

El Profeta explica el oscurecimiento del sol y de la luna (es decir del conocimiento de Dios y de Cristo) de la Tuba anterior por la caída de una «estrella del cielo».

Holzhauser dice que fue el Emperador Valente, protector de los arrianos; y Eyzaguirre opina más plausiblemente fue Lutero.

El Padre Castellani dice que es Calvino, el teorizador teológico del Protestantismo, al cual en gran parte debe la herejía su triunfo sobre un tercio de Occidente.

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“De la humareda salieron langostas sobre la tierra; y se les dio un poder semejante al que tienen los escorpiones de la tierra. Y se les mandó que no causaran daño a la hierba de la tierra, ni a nada verde, ni a ningún árbol, sino sólo a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios. Se les dio poder, no para matarlos, sino para atormentarlos durante cinco meses. El tormento que producen es como el del escorpión cuando pica a alguien.

En aquellos días, buscarán los hombres la muerte y no la encontrarán; desearán morir y la muerte huirá de ellos”.

La Quinta Tuba son los llamados Filósofos del siglo XVIII, y de ahora; el Enciclopedismo de los sedicentes filósofos, o sea, el naturalismo religioso que empezó por el deísmo y se prolonga en el actual modernismo, la peor herejía que haya existido, pues encierra en su fino fondo la adoración del hombre en lugar de Dios è la religión del Anticristo.

Manuel Kant escribió su tratado de La Religión Dentro de los Conceptos de la Razón Pura, diciendo que con eso por fin el hombre había llegado a su mayor edad.

En realidad es sujetar a Dios bajo la razón del hombre y hacer a su pobre intelecto supremo y absoluto.

Todo eso nació del Protestantismo.

“Cinco meses [de años]” son 150 años = de la Revolución Francesa a la Gran Guerra del 39, son justo 150 años del poderío de las langostas. El mundo de hoy sufre de la soledad del alma por obra de las langostas de la Quinta Tuba.

El tormento que el veneno de esos sofistas brillantes, hábiles y perversos causó dura hoy día, y envenena a las masas descreídas del mundo actual con el veneno del Pesimismo, hijo del Ateísmo.

Ellos propagaron, junto con la frivolidad intelectual, la angustia y la desesperación pagana. El pesimismo es inevitable, es forzoso en el hombre que está sine Deo in hoc mundo.

Es exactamente la actitud del hombre que no da nada por la vida y, sin embargo, continúa viviendo, agobiado por el tedio de la vida o haciendo inútiles salidas frenéticas hacia el placer para aturdirse. Los feligreses de la nada se fabrican fenomenales sonajeros con la ciencia, el progreso y la democracia y hacen ruido con ellos para aturdirse. Ilusiones y diversiones no pueden nutrir al hombre mucho tiempo…, pueden sólo engañar… Y la desesperanza acecha detrás, cada vez más implacable.

Estos pseudodoctores del mundo moderno, trompeteros del Anticristo, eran hombres de reducidísimo intelecto, de tremenda imaginación y biológicamente robustos y, por tanto, en la juventud eufóricos. Grandes poetas y detestables filósofos, al servicio de la gran correntada del siglo, de la época enferma, adoradores vanamente esperanzados del paraíso en la tierra por las solas fuerzas del hombre, o sea, de lo que será la Gran Promesa del Anticristo.

El pesimismo actual data de ellos = “buscarán los hombres la muerte y no la encontrarán; desearán morir y la muerte huirá de ellos”…, pues desean una muerte romántica.

Pero ese veneno no afectó a «todo lo verde», a los que tenían el signo de Dios sobre la frente, a los cristianos practicantes. Al contrario, reverdeció la poesía y arte católicos en esos días. Son los doctores ortodoxos.

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“Las langostas eran semejantes a caballos aparejados para la guerra; y sobre sus cabezas tenían como coronas que parecían de oro; sus rostros eran como rostros humanos; tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león; tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas como el estrépito de carros de muchos caballos que corren al combate; tenían colas parecidas a las de los escorpiones, con aguijones, y en sus colas, el poder de causar daño a los hombres durante cinco meses”.

Buen símbolo de la manga de sofistas que atormentó al mundo más de un siglo, validos de la llamada “libertad de prensa”, que es la patente del sofista, falsificador de la verdad, y constituye como las alas con que hacen estruendo y les dan esa movilidad, alcance, poder y lustre casi sobrehumanos con que describe el Profeta a las fieras aves que salieron en medio de una gran humareda bajo el mando del Ángel de la Destrucción, llamado Abbadón, Apolión.

La Revolución Francesa libertó al escritor, al artista y al filosofante de la férula de la religión y de la disciplina del poder civil.

Durante este tiempo el sofista de talento ha sido en el mundo una especie de rey, una bestia alada de alcance inmenso con sus alas de papel impreso, y una ruidosa máquina de guerra, gracias al poder de la imprenta y del comercio editorial.

El poder extraordinario que tuvieron iba acompañado de sus rostros como de hombre, razonable y sabio, así como de los meretricios femeninos de la gracia, la belleza de estilo, el brillo literario y la pornografía. Todo con una lóriga de hierro, es decir, la impunidad, la fuerza, el poder de difundir por todo el mundo sus escritos en las mejores revistas y por las organizaciones mercantiles más potentes.

Desde la Gran Guerra se acabó la libertad de prensa, que quedó encadenada ya no a Dios, a la Verdad, al Bien Común, a la Belleza, sino a los gobiernos y los consorcios capitalistas, que se incautaron fuertemente del famoso “cuarto poder”, y ahora está bajo el yugo vil de la propaganda.

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Aplicación en base al Padre Julio Meinvielle:

Dios constituye el principio del perfeccionamiento esencial del hombre. El hombre se perfecciona, adquiere acrecentamiento de su ser en cuanto hombre, cuando progresa en ese camino de la posesión de Dios.

Cuando se aparta de Dios, podrá, sí, adquirir perfecciones accidentales. El hombre fuera de Dios puede progresar en las técnicas y en las ciencias. Pero entonces ese progreso no es del hombre en cuanto hombre; antes bien, sucederá que esos perfeccionamientos accidentales, no ordenados a la perfección esencial del hombre, le han de disponer para acelerar un proceso de alejamiento de Dios y, por lo mismo, de regresión y abyección.

Este principio regulador establece una jerarquía en todas las actividades humanas. Si el fin supremo del hombre lo constituye la contemplación de Dios, la función más alta de la vida humana ha de corresponder al sabio que está sumergido en esta divina contemplación.

Y detrás del sabio, todos los que de él participan, que son aquellos que contemplan la verdad en sus grados más imperfectos, propios de la Filosofía y de las Ciencias particulares.

Detrás de éstos han de venir los que llevan a la práctica esta verdad, ya en sus propias vidas, ya en la colectividad social: verdad realizada que constituye el dominio de la virtud y, por ende, del político.

Detrás ha de venir el dominio de lo económico, esto es, de los requisitos materiales de la existencia sujeta a las condiciones de necesidad.

La naturaleza de estos dominios determina una ordenación jerárquica ineludible.

Lo económico o dominio de la necesidad debe someterse a las regulaciones de la virtud; y la virtud, a su vez, a las exigencias de la verdad.

La necesidad no puede lograr categoría humana sino recibe la regulación de la virtud; y ésta no puede constituirse en carácter de tal sino surge como una ordenación de la razón; y la razón carece de fundamento sólido sino es afirmada por la Verdad subsistente.

Una civilización que merezca el nombre de tal se constituye por la subordinación jerárquica de los tres valores mencionados: el sabio que considera la verdad; el político que se propone imponer la virtud; el económico que cuida del bienestar del cuerpo.

Y los tres símbolos que encierran todo lo humano son: el Saber, el Poder y la Riqueza.

La cultura, el humanismo, merece el nombre de tal sólo si culmina en la posesión del Soberano Bien.

Esta Sabiduría está por encima de la política, la presupone necesariamente y la dirige como la contemplación dirige y gobierna la acción.

La política presupone la economía y también la dirige como la ética regula las fuerzas mecánicas e instintivas del hombre.

En esta subordinación jerárquica estriba la salud de estos valores y de toda civilización.

Si la Sabiduría rompe el lazo que la une con Dios, se constituye en fin de sí misma, y se profana, llevando la rebelión y la anarquía al dominio del Saber.

La civilización queda entonces entregada a la pura fuerza del Poder. El poder político pierde su razón de instrumentalidad y se convierte en fin en sí mismo, y como erigido en valor absoluto, el poder político, cuya esencia es servir, no puede mantenerse, es necesariamente suplantado por las fuerzas inferiores de lo económico y la sociedad, presa del materialismo, camina hacia la desintegración.

Si la Verdad no logra mantener el centro de la unidad en el conjunto social, pronto se constituirá otro principio de unidad, que será el Poder, o el Dinero, o el Placer o el Trabajo.

Pero esa sociedad descentrada de su verdadero fin quedará a merced de rebeliones profundas que acabarán por fragmentarla y disolverla en un proceso sin fin de anarquía y tiranía.

Los pilares fundamentales de una Civilización son:

DIOS

SACERDOCIO è VALORES RELIGIOSOS

SABER è VALORES SAPIENCIALES

PODER è VALORES MORALES O ETICOS

RIQUEZA è VALORES ECONÓMICOS

MATERIA è VALORES BIOLÓGICOS

Cuando una Civilización substituye, intercambia o invierte estos valores, se degrada, en mayor o menor medida, en proporción a la substitución intercambio o inversión.

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“Tienen sobre sí, como rey, al Ángel del Abismo, cuyo nombre en hebreo es Abaddón, y en griego Apollyon. El primer ¡Ay! ha pasado. Mira que detrás vienen todavía otros dos ayes”.

Los dos nombres que pone San Juan en hebreo y griego significan el Destructor o Exterminador. La dirección de estos destructores es demoníaca: se dirige directamente contra Jesucristo y su Iglesia.

Ellos abren la puerta a la exterminación masiva que aparece en la historia con las grandes guerras actuales, comenzando con las guerras de la Revolución y las napoleónicas.

Hay algo de trágico en esta simple exhortación…

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Los exegetas modernos ven en estas Tubas netamente Herejías, aunque varíen en su designación. Con razón, pues patentemente forman una cadena que termina en el Anticristo; son sucesos de malagüero y no de buen auspicio; y no se pueden entender en literal crudo.

Aquí viene bien exponer un lugar paralelo en Daniel, tal como lo ve Lacunza: las Cuatro Fieras.

El Padre Lacunza, jesuíta chileno, gran exegeta y gran escriturario sin duda alguna, dio del Capítulo VII de Daniel una interpretación nueva pero muy plausible; en su gran libro La venida del Mesías en gloria y majestad.

La interpretación antigua era que esas Cuatro Fieras —que por cierto desembocan en la Parusía y el Anticristo— eran los mismos Cuatro Imperios de la Visión muy anterior de la Estatua Multicompuesta.

Lacunza dice que son cuatro Religiones falsas o Herejías.

Según Lacunza, las Cuatro Fieras, el León, el Oso, el Leopardo y el Monstruo Disforme son el Paganismo, el Islamismo, la Protesta Luterana y el Filosofismo actual, que desemboca en el Anticristo.

Se podría objetar que el Ángel que le explica, le dice: “Son Cuatro Reyes”, o sea Poderes Políticos.

La respuesta es que esas cuatro Herejías fueron calzadas y sostenidas por Poderes políticos.

El León con alas de águila —figura de los ídolos asirios— figura bien al Paganismo. Las alas le son arrancadas, se pone de pie como un hombre y “adquiere un corazón de hombre”.

El paganismo, dice Lacunza, fue convertido por los Apóstoles, se humanizó, se volvió el sustento y cimiento del Cristianismo en Roma; y en todo el mundo que ella dominaba.

El Oso “devorador de muchas carnes” que anda con tres huesos en la boca y surge “en un canto de la otra Bestia”, representa a Mahoma y el Islam, grosero, apañador y brutal.

El Leopardo con cuatro cabezas y cuatro alas como de ave sería el Protestantismo, que dominó —y domina aún, aunque herido— cuatro grandes naciones de Occidente. El Leopardo es el animal heráldico de Inglaterra. “Y le fue dado dominio”, dice el Profeta… Y aun “dominions”.

Surge después una Bestia o Fiera espantosa, poderosa, portentosa, de pies de hierro, la cual asumió y describió con más pormenores San Juan al fin de su libro: la Fiera de los Diez Cuernos.

De ella surge el Anticristo: un Cuerno pequeño que surge entre los otros, crece estupendamente, elimina de raíz a tres de los otros Poderes —que eso significa “cuernos”— y los demás se le someten; entonces alza su voz contra Dios.

Sigue la Visión del Anciano en el Trono circundado de miríadas de ángeles y almas, que hemos visto San Juan repite como preludio de la Visión 2, del Libro y el Cordero. También están aquí el Libro y el Cordero, pero este último como “Hijo del Hombre”.

Las Tres Fieras primeras pierden su dominio aunque se las deja en vida hasta el Anticristo; la Fiera última es destrozada por el Hijo del Hombre y el Reino de los Santos.

El final de la visión es netamente parusíaco: “La cuarta Fiera será un Imperio sobre la tierra, diferente de todos los Imperios, que devorará la tierra entera y la pisoteará y la hará trizas; y los diez cuernos de este imperio serán diez reyes que surgirán, y Otro surgirá después; y será diferente del Primero [del Imperio de Augusto, el cual resucitará malamente el Anticristo] y derrotará a tres Reinos”.

Vienen luego las palabras sacrílegas y la persecución de los Santos, que durará “un tiempo, dos tiempos y medio tiempo”; después su dominio es retirado y destrozado; y viene el Reino de los Santos del Altísimo.

“Y esto es el fin de todo”, concluye el Ángel de la Profecía.

Lacunza me parece tiene razón en decir que si estas Cuatro Fieras son Caldea, Persia, Grecia y Roma —como son sin duda las cuatro partes dismetálicas de la Estatua que soñó Nabucodonosor—, esta Visión sería una repetición superflua que no añade nada a la otra, a no ser si acaso confusión.

Otra razón es que la Visión de la Estatua desemboca en la Primera Venida de Cristo y fundación de la Iglesia, mas esta de las Fieras termina evidentemente en la Segunda Venida y el Anticristo.

Finalmente Lacunza nota que, para un Profeta, las Religiones son cosas más vivientes que los reinos políticos; por lo cual las figura como vivientes (animales) y a los reinos como inanimados (metales).

Si Dios pudo prever y revelar por Daniel el Imperio de Alejandro y el de César, sin duda también pudo saber del Protestantismo y otras revoluciones religiosas.

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SEXTA TUBA (IX:13-21)

“Y tocó la trompeta el sexto Ángel, y oí una voz procedente de los cuatro cuernos del altar de oro que está delante de Dios; y decía al sexto Ángel que tenía la trompeta: «Suelta a los cuatro Ángeles encadenados junto al gran río Éufrates.» Y fueron soltados los cuatro Ángeles que estaban preparados para la hora y el día y el mes y el año, a fin de exterminar a la tercera parte de los hombres. Y el número de las huestes de a caballo era de doscientos millones. Yo oí su número”.

La Sexta Tuba es la Guerra de los Continentes; repetida más adelante en la Sexta Copa de la ira de Dios.

Es el Segundo Ay: después de la intercalación que separa como siempre las unidades 6ª y 7ª de cada serie, sigue en 11:13-14.

Los cuatro Ángeles atados más allá del Éufrates son cuatro Reyes o Reinos de Oriente, como dice después el Profeta (16:12 = El sexto derramó su copa sobre el gran río Éufrates; y sus aguas se secaron para preparar el camino a los reyes del Oriente).

El ejército de 200 millones de hombres es tal que no se vio nunca en la antigüedad (el de Jerjes, invasor de Grecia, tenía 1.000.000 de hombres). De tal modo, los intérpretes antiguos tuvieron este número por inconcebible. Hoy se ha vuelto posible: un ejército de 200 millones de unidades blindadas la sola China puede suministrarlo; nada digamos si son cuatro reinos asiáticos (China, India, Persia y Rusia o Japón), como sospecha Solovief.

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“En la visión miré los caballos y a sus jinetes: tenían corazas como de fuego y de jacinto y de azufre; las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones, y de sus bocas salía fuego y humo y azufre. De estas tres plagas murió la tercera parte de los hombres, a consecuencia del fuego y del humo y del azufre que salían de sus bocas. Porque el poder de los caballos está en su boca y en sus colas; pues sus colas son semejantes a serpientes, tienen cabezas y con ellas causan daño”.

Un hebreo del siglo I no puede describir mejor nuestros actuales tanques de guerra, que son simplemente los carros de guerra de la caballería antigua.

El primero que notó esto fue el chileno Rafael Eyzaquirre, el cual dice: “Evidentemente son carros de guerra; y la cabeza y las colas son piezas de artillería”.

La cabeza y las colas son piezas de artillería: es la guerra moderna con sus maravillas nefastas de máquinas de guerra, artillería y gases.

Guerra en la cual entra el Oriente, mantenido hasta ahora más allá de una barrera. Es la guerra universal.

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“Pero los demás hombres, los que no fueron muertos por estas plagas, no se arrepintieron de las obras de sus manos, y no cesaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro y de plata y de bronce y de piedra y de madera, que no pueden ver ni oír ni caminar. Ni se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de sus fornicaciones, ni de sus latrocinios”.

El pecado máximo del mundo moderno es la idolatría. Es obvio que el mundo de hoy es idólatra.

Muchos hombres adoran estatuas de Júpiter, de Venus, de Buda o las horrendas máscaras del Tíbet, o sus sustitutos.

Pero la mayoría adora la obra de sus manos, la Técnica, el Progreso, la Ciencia, el Arte, el Poder, el Estado, la Raza, la Democracia, la Patria, el Dinero, y la Torre de Babel, en quienes ponen la confianza que sólo Dios merece.

De allí se siguen innúmeros pecados y toda clase de vicios.

Dos grandes guerras no han escarmentado a esta humanidad idólatra, respetadora de los demonios; más bien parece al contrario…

Y el dios de la violencia (Maozín), que, según el Profeta Daniel, el Anticristo venerará, hoy día recibe el culto de los ingentes armamentos y municiones.

El Padre Castellani se pregunta: ¿será evitada la Gran Guerra Tercera? Algunos intérpretes leen que San Juan habla de la preparación de esa guerra, no de su consumación: Roberto Hugo Benson, siguiendo el comentario del Apocalipsis de su padre el arzobispo anglicano de Canterbury E. W. Benson pone en su gran novela Señor del Mundo que la Gran Guerra con el Oriente será evitada justamente por el Anticristo (Juliano Felsenburgh) que por esa proeza diplomática se convierte en Presidente de Europa, y Emperador del mundo entero, menos la Argentina.

Pero lo malo para esta optimista (?) opinión es que San Juan taxativamente dice que “fueron muertos un tercio de los hombres”; que si son de todo el mundo, o del Enorme Ejército solamente, no lo sé; pues no lo dice.

Sin embargo, para salvar al pobre mundo de hoy de una tercera Gran Guerra —como es nuestro pío deseo y el de Kennedy— digamos que esta Sexta Tuba pudiera quizás interpretarse de las Dos Guerras Mundiales —que yo he visto— y tras de las cuales ciertamente la Humanidad no ha hecho penitencia; que en la Segunda dellas, el número de los combatientes —incluidos los obreros de las fábricas de armas, expuestos a los bombardeos— fue más o menos 200 millones; y que la muerte de “un tercio de los hombres” podría entenderse, tal vez, de los soldados solamente,

No me convence mucho, pero allá va, por lo que valga.

La Séptima Tuba es, como de costumbre, la Consumación, pero está en el capítulo 11:15.

El Profeta suspende hasta entonces el sonar de la Tuba con tres visiones: la del Ángel con Voz de León con el Librito abierto y devorado, la de la medición del Templo y la de los dos testigos.

La misericordia de Dios no se detiene ante el orgullo insensato e impenitente de los hombres.

Tiene lugar ahora la visión del Librito abierto, para distinguirlo del Libro sellado por los Siete Sellos y para significar que todo el mundo puede leerlo y comprenderlo.

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6ª VISIÓN

EL LIBRO ABIERTO Y DEVORADO
(cap. X)

“Y vi a otro Ángel poderoso que descendía del cielo, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza. Su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego. Tenía en su mano un librito abierto, y puso su pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra; y clamó con gran voz, como un león que ruge; y cuando hubo clamado, los siete truenos levantaron sus voces”.

San Juan había sido raptado al Cielo (4:2). Desde este momento está de nuevo en la tierra.

El “Librito” que se le da aquí es diferente del “Libro de los siete sellos” que el Cordero abre al comienzo.

El “Librito” es el mismo Apocalipsis terrenal. El otro “Libro” celeste son los planes de Dios sobre el mundo y la manifestación de su Presciencia y Providencia.

De modo que el “Libro” es la causa de las visiones del profeta y el “Librito” es su expresión terrena.

Hemos dicho que Librito abierto se distingue del Libro sellado por los Siete Sellos y significa que todo el mundo puede leerlo y comprenderlo.

Los Siete Truenos son las Tubas, cuyas seis primeras han sido ya descritas: San Juan recapitula antes de la Séptima.

El Arcángel que manda a los otros Siete puede ser el espíritu que preside la Tierra y la Historia del hombre, tal vez San Gabriel (Fortaleza de Dios): la tierra firme y el mar son en la Escritura el universo religioso y el universo mundano.

Dice que los siete truenos levantaron sus voces. Hay aquí como una especie de insistencia o de redundancia que hay que destacar: a la voz de Dios, de incomparable consistencia, opone San Juan las voces personales, sonoras pero huecas, de los siete truenos.

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“Y cuando hubieron hablado los siete truenos, iba yo a escribir; mas oí una voz del cielo que decía: «Sella lo que dijeron los siete truenos y no lo escribas»”.

Los truenos expresan algo inteligible, puesto que San Juan se disponía a escribirlo, según se le ordenó al principio (1:11 = Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias y 1:19 = Escribe, pues, lo que has visto: lo que ya es y lo que va a suceder más tarde).

La prohibición de hacerlo esta vez es excepcional en todo el Apocalipsis (1: 3
Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella, porque el Tiempo está cerca; 22:10 = Y me dijo: No selles las palabras proféticas de este libro, porque el Tiempo está cerca; Dan. 12:4 = tú, Daniel, guarda en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del Fin. Muchos andarán errantes acá y allá, y la iniquidad aumentará; Daniel 12:9 =
Dijo: Anda, Daniel, porque estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del Fin).

Esta orden no le es dada por la misma voz de los truenos, ni por la del Ángel, sino por una voz del cielo, la misma del v. 8 (Y la voz de cielo que yo había oído me habló otra vez…). ¿Qué misterio encierra esta reserva absoluta, inesperada para los desaprensivos?

Esta visión parece ininteligible e incluso contradictoria: el Ángel le dice que no escriba la voz de los siete truenos (o Tubas), y él ya había escrito las seis primeras y después le mandará que profetice a todos los reinos y reyes (v. 11 = Tienes que profetizar otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes).

Los seis truenos han dicho el error, las herejías, que hay que retener en la memoria para confrontarlas con la Verdad.

Lo escribió más tarde, después de haber visto el final de todo. Y hasta que se aproxime el final (o sea la Séptima Tuba y la Séptima Fiala) esa profecía quedará sellada o impenetrable; como de hecho quedó hasta nuestros días.

De hecho, aunque algunos Santos Padres vieron que las Siete Tubas significaban herejías, no supieron nunca asignar cuáles, puesto que simplemente aún no habían aparecido.

Una profecía se hace inteligible cuando el suceso se aproxima y existen de hecho elementos de su contenido.

Para los intérpretes antiguos, las últimas Tubas, con su alcance universal y enorme, ni siquiera eran concebibles.

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“Entonces el Ángel que yo había visto de pie sobre el mar y sobre la tierra, alzó su mano derecha hacia el cielo, y juró por Aquel que vive por los siglos de los siglos (que creó el cielo y cuanto hay en él, y la tierra y cuanto hay en ella, y el mar y cuanto hay en él) que ya no habrá más tiempo, sino que en los días de la voz del séptimo Ángel, cuando él vaya a tocar la trompeta, el misterio de Dios quedará consumado según la buena nueva que Él anunció a sus siervos los profetas”.

El misterio de Dios es la Parusía, el último Trueno. El tiempo mortal ha de tener fin así como tuvo principio. Otra clase de tiempo (o evo) vige para los inmortales, el cual no es regido por la revolución de la tierra y los astros.

No habrá más tiempo, o sea más plazo, pues va a terminar la presente dispensación temporal y a cumplirse los anuncios escatológicos de los profetas.

El misterio de Dios quedará consumado; el momento de la consumación será marcado por la Séptima Trompeta (tercer ay, 11:15-19), que introduce todo el período final.

Este período verá el advenimiento efectivo y reconocido de la soberanía divina.

Satanás y sus agentes serán destruidos.

Plan grandioso llamado, en razón de su carácter secreto, el misterio de Dios: el conjunto de su plan relativo al futuro de su Iglesia y del mundo.

Se halla en Ef. 1:9-11 y Col. 2:2 la misma expresión y concepción: el plan divino comporta la unificación de todas las cosas bajo Cristo, que las reúne [anakefalaiósastai].

Efesios 1:7-10 = En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia, que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra (recapitulare omnia in Christo, quae in caelis et quae in terra).

Colosenses 2:2 = … para que sus corazones reciban ánimo y, unidos íntimamente en el amor, alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, …

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Sobre esto, que San Pablo llama por antonomasia el misterio véase:

San Mateo 24:14 = Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin.

Romanos 16:25-27 = A Aquel que puede consolidaros conforme al Evangelio mío y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por la Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe,
a Dios, el único sabio, por Jesucristo, a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Efesios 3:1-3 = Por lo cual yo, Pablo, el prisionero de Cristo por vosotros los gentiles, si es que conocéis la misión de la gracia que Dios me concedió en orden a vosotros: cómo me fue comunicado por una revelación el conocimiento del Misterio, tal como brevemente acabo de exponeros.

Colosenses 1:24-27 = … la Iglesia, de la cual he llegado a ser ministro, conforme a la misión que Dios me concedió en orden a vosotros para dar cumplimiento a la Palabra de Dios, al Misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria,

I Pedro 1:10-12 = Sobre esta salvación investigaron e indagaron los profetas, que profetizaron sobre la gracia destinada a vosotros, procurando descubrir a qué tiempo y a qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando les predecía los sufrimientos destinados a Cristo y las glorias que les seguirían. Les fue revelado que no administraban en beneficio propio sino en favor vuestro este mensaje que ahora os anuncian quienes os predican el Evangelio, en el Espíritu Santo enviado desde el cielo; mensaje que los ángeles ansían contemplar.

Hechos 3:20-21 = … a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus santos profetas.

Hechos 15:14ss. = Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra y dijo: Hermanos, escuchadme. Simeón ha referido cómo Dios ya al principio intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo para su Nombre. Con esto concuerdan los oráculos de los Profetas, según está escrito: « Después de esto volveré y reconstruiré la tienda de David que está caída; reconstruiré sus ruinas, y la volveré a levantar. Para que el resto de los hombres busque al Señor, y todas las naciones que han sido consagradas a mi nombre, dice el Señor que hace que estas cosas sean conocidas desde la eternidad.

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Hay mucha miga para el filósofo en esta frase del Ángel “el tiempo se acabó”.

El fin de la creación de Dios es intemporal, aunque hacia ese fin se mueva el Tiempo.

El término y el fin del mundo no coinciden omnímodamente; pues es sabido que un movimiento puede llegar a su término sin alcanzar su fin; simplemente puede fracasar.

El término de la historia será una catástrofe, pero el objetivo divino de la historia será alcanzado en una metahistoria, que no será una nueva creación, sino una transposición; pues “nuevos cielos y nueva tierra” significa renovadas todas las cosas de acuerdo a su prístino patrón divino.

Así como la Providencia y la acción (incluso milagrosa) del Albedrío divino acompaña a la historia del albedrío humano; del mismo modo en su resolución y fin intervendrán ambos agentes.

Por eso, el fin del mundo será doble: la humanidad se suicidará; y Dios la resucitará; no haciéndola de nuevo, sino transponiéndola al plano de lo eterno.

El talante del Cristianismo no es pesimismo, menos aún es el optimismo beato de la filosofía iluminística, el famoso progreso indefinido.

La profecía cristiana nos da una posición que está por encima de esos dos extremos simplistas, en donde caen hoy todos los que “no tienen el sello de Dios en sus frentes”.

El mundo va a una catástrofe intrahistórica que condiciona un triunfo extrahistórico; o sea una transposición de la vida del mundo en un trasmundo, y del tiempo en un supertiempo; en el cual nuestras vidas no van a ser aniquiladas y luego creadas de nuevo, sino transfiguradas por entero, sin perder uno solo de sus elementos.

No hay más tiempo: en la Nueva Jerusalén, cúbica, estable y definitiva, el tiempo humano se convierte en espacio.

Es, en suma, el final de un ciclo humano, y el comienzo de otro (el Reino de mil años), tras el cual no hay más ciclos… “Y su Reino no tendrá fin”

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“La voz que yo había oído del cielo me habló otra vez y dijo: «Ve y toma el libro abierto en la mano del Ángel que está de pie sobre el mar y sobre la tierra». Fui, pues, al Ángel y le dije que me diera el librito. Y él me respondió: «Toma y cómelo; amargará tus entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel». Tomé el librito de la mano del Ángel y lo comí; y era en mi boca dulce como la miel, mas habiéndolo comido quedaron mis entrañas llenas de amargura”.

Comer el libro recuerda a Ezequiel 2:8-3:3, y simboliza que el Apóstol ha de enterarse por completo de su contenido: Y tú, hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte, no seas rebelde como esa casa de rebeldía. Abre la boca y come lo que te voy a dar. Yo miré: vi una mano que estaba tendida hacia mí, y tenía dentro un libro enrollado. Lo desenrolló ante mi vista: estaba escrito por el anverso y por el reverso; había escrito: «Lamentaciones, gemidos y ayes.» Y me dijo: «Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel.» Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo, y me dijo: «Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy.» Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel.

Su gusto dulce (Jer. 15:15-16 = Tú lo sabes. Yahveh, acuérdate de mí, visítame y véngame de mis perseguidores. No dejes que por alargarse tu ira sea yo arrebatado. Sábelo: he soportado por ti el oprobio. Se presentaban tus palabras, y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón, porque se me llamaba por tu Nombre Yahveh.) y luego amargo significa la dulzura de la divina Palabra y el horror del santo Apóstol al contemplar en espíritu los abismos de la apostasía y sus castigos (cfr. Apoc. 17:16 = porque Dios les ha inspirado la resolución de ejecutar su propio plan, y de ponerse de acuerdo en entregar la soberanía que tienen a la Bestia hasta que se cumplan las palabras de Dios; así como Jesús en Getsemaní).

El don de profecía es dulce al Profeta, es una luz, una comunicación de Dios; pero cuando San Juan consideró su contenido, lo hirió de compasión por los desastres y calamidades que la suya contenía.

El primer momento de la absorción de la Palabra divina es de una exquisita dulzura, porque el profeta es puesto en comunicación íntima con el Señor.

Pero, experimenta luego una viva amargura, porque el contenido se refiere a los terribles juicios de Dios sobre el mundo; y el profeta no pueda permanecer insensible a todos los males, cuyo secreto posee y debe proclamar por anticipado.

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“Me dijeron entonces: «Es menester que profetices de nuevo contra muchos pueblos y naciones y reyes»”.

Algunos autores piensan que esta nueva profecía mira a las naciones y a Israel mismo, que deben sufrir un juicio divino antes de cumplirse el misterio de Dios, o sea, el misterio del Mesías.

Si San Juan no viene personalmente a cumplir esa predicación, su profecía será entonces leída en todos los pueblos y naciones para dar cumplimiento a la promesa divina.

A partir del capítulo 11, el Libro del Apocalipsis tiene un carácter más universal.

Se lee en el capítulo 14:6 =
Luego vi a otro Ángel que volaba por lo alto del cielo y que tenía que anunciar un Evangelio eterno para evangelizar a los que están en la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Decía con fuerte voz: «Temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su Juicio; adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y los manantiales de agua».

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Es necesario predicar el Apocalipsis a la multitud. Hay que anunciar el Apocalipsis después de haberlo comido y digerido, bien asimilado, porque los últimos tiempos están cerca.

El regreso al Librito es más necesario que nunca; la gente necesita el Apocalipsis; hay que predicárselo.

De donde se siguen dos conclusiones:

1ª) Vivir el Apocalipsis.

2ª) Predicar el Apocalipsis.

Vivir el Apocalipsis implica, a su vez, dos fases:

    1ª) comerlo primero por el estudio y la reflexión. Operación dulce, puesto que es un festín, un postre de azúcar y miel.

    2ª) Digerirlo, después, por la asimilación. Operación penosa, puesto que es necesario hacerlo pasar a la vida cotidiana.

Predicar el Apocalipsis entraña audacia y exige trabajo y vulgarización.

Para terminar, citemos a Monseñor Straubinger:

Apocalipsis, esto es, Revelación de Jesucristo, se llama este misterioso Libro, porque en él domina la idea de la segunda Venida de Cristo (cfr. I:1 y 7; I Pedro I:1 y 13).

Es el último de toda la Biblia y su lectura es objeto de una bienaventuranza especial y de ahí la gran veneración en que lo tuvo la Iglesia (cfr. I:3 y nota), no menos que las tremendas conminaciones que él misino fulmina contra quien se atreva a deformar la sagrada profecía agregando o quitando a sus propias palabras (cf. XXII:18).

El objeto de este Libro, el único profético del Nuevo Testamento, es consolar a los cristianos en las continuas persecuciones que los amenazaban, despertar en ellos “la bienaventurada esperanza”
(Tito II:13) y a la vez preservarlos de las doctrinas falsas de varios herejes que se habían introducido en el rebaño de Cristo.

En segundo lugar el Apocalipsis tiende a presentar un cuadro de las espantosas catástrofes y luchas que han de conmover al mundo antes del triunfo de Cristo en su Parusía y la derrota definitiva de sus enemigos, que el Padre le pondrá por escabel de sus pies (Hebr. X:13).

Su lectura es una bienaventuranza (I:3) y su sentido, no cerrado en lo principal (X:3 y nota), se aclarará del todo cuando lo quiera el Dios que revela a los pequeños lo que oculta a los sabios (Luc. X:21).

Para el alma “cuya fe es también esperanza” (I Pedro I:19), las dificultades, lejos de ser un motivo de desaliento en el estudio de las profecías bíblicas, muestran al contrario que, como dice Pío XII, deben redoblarse tanto más los esfuerzos cuanto más intrincadas aparezcan las cuestiones y especialmente en tiempos como los actuales, que los Sumos Pontífices han comparado tantas veces con los anuncios apocalípticos (cfr. III:15s. y nota) y en que las almas, necesitadas más que nunca de la Palabra de Dios (cfr Am. VIII:11 y nota), sienten el ansia del misterio y buscan como por instinto refugiarse en los consuelos espirituales de las profecías divinas (cfr. Ecli. XXXIX:1 y nota), a falta de las cuales están expuestas a caer en las fáciles seducciones del espiritismo, de las sectas, la teosofía y toda clase de magia y ocultismo diabólico. “Si no le creemos a Dios, dice S. Ambrosio, ¿a quién le creeremos?”

Debemos además tener presente que este sagrado vaticinio significa también una exhortación a estar firmes en la fe y gozosos en la esperanza, aspirando a los misterios de la felicidad prometida para las Bodas del Cordero. Sobre ellos dice San Jerónimo: “el Apocalipsis de San Juan contiene tantos misterios como palabras; y digo poco con esto, pues ningún elogio puede alcanzar el valor de este Libro, donde cada palabra de por sí abarca muchos sentidos”.

En cuanto a la importancia del estudio de tan alta y definitiva profecía, nos convence ella misma al decirnos, tanto en su prólogo como en su epílogo, que hemos de conservar las cosas escritas en ella porque el momento está cerca (I:3; XXII:7; Cfr. I Tes. V:20; Hebr. X:37 y notas. “No sea que volviendo de improviso os halle dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!” (Marc. XIII:36s)

A esta “vela que espera y a esta esperanza que vela” se ha atribuido la riqueza de la vida sobrenatural de la primitiva cristiandad (cfr. Sant. V:7 y nota).