EL CURA GAUCHO PRONTO A LOS ALTARES

Venerable José Gabriel del Rosario Brochero a un paso de que el Papa lo declare beato

La Argentina podría tener en breve un nuevo beato: el sacerdote José Gabriel Brochero, el cura gaucho que evangelizó a los descendientes de comechingones en Traslasierra, Córdoba. Brochero es recordado cada año en las cabalgatas que rememoran su estilo criollo de evangelización. El Vaticano examina un milagro que se le atribuye, requisito para ser declarado beato, que es el paso previo a la santidad, para lo cual se requiere un segundo milagro. El único santo argentino es Héctor Valdivieso. Ceferino Namuncurá ya es beato y quien lo impulsa acaba de ser ascendido por el papa Benedicto XVI.

Funcionarios del Vaticano revelaron que José Gabriel Brochero, el cura gaucho cordobés que predicó hace casi cien años entre los pobres de Traslasierra, sería beatificado por la Iglesia, que estaría a punto de aprobar un milagro se le atribuye.

Luego, con otro milagro más, Cura Brochero podría convertirse en el segundo santo argentino después de San Héctor Valdivielso Sáez, nacido en Boedo y fusilado por los comunistas durante la Guerra Civil Española.

Más popular que su predecesor, Cura Brochero, cuenta con miles de devotos en toda la Argentina y en la pequeña villa rodeada de las Altas Cumbres que lleva su nombre.

Mientras que en los despachos de los cardenales en Roma se acumulan miles de fojas con la pintoresca vida del padre, en la localidad de Villa Cura Brochero, a unos 150 kilómetros de Córdoba capital, un equipo de eruditos y médicos laicos investigan un milagro que consagraría definitivamente al cordobés como nuevo beato de la Iglesia argentina.

“La causa de Cura Brochero va viento en popa y tiene muchas probabilidades de salir adelante. El milagro que se le atribuye estaría por aprobarse para su beatificación. Luego, si se determina que realizó otro milagro más, sería canonizado, es decir nombrado santo.

El Vaticano certificó que es Venerable, ya que tuvo una vida católica ejemplar de acuerdo a investigaciones históricas que elevaron los peritos”, afirmó un funcionario de la Santa Sede que estuvo de visita en Buenos Aires para ultimar los detalles de la presentación que el clero local elevaría al Vaticano.

En octubre, cinco cardenales, cuyos nombres se mantienen en estricta reserva, se reunirán en Roma y examinarán el contenido del expediente llevado por el propulsor de la causa, monseñor Santiago Olivera, obispo de Cruz del Eje, Córdoba.

En esa instancia el Papa Benedicto XVI lo nombraría beato, con lo cual Argentina tendría un total de siete beatos en lista de espera para ser santificados.

Algunos de los más populares, además de Brochero, son Ceferino Namuncurá, un mapuche que estudió con los salesianos, y Tránsito Cabanillas, la cordobesa conocida como la Santa de la Canastita.

“Los neurólogos investigan un hecho ocurrido con un niño de un mes que sufrió un accidente muy grave, pero que se salvó milagrosamente después de que sus padres le rezaron a Cura Brochero”, reveló monseñor Olivera, quien además es delegado de los Obispos para la Causa de los Santos, institución de la Iglesia dedicada a investigar la vida de los candidatos a santo.

Brochero, quien nació en 1840 y murió en 1914, ciego, sordo y en la miseria total, es recordado hoy por miles de devotos cordobeses en las tradicionales “cabalgatas brocherianas” que conmemoran los viajes en mula que realizaba el cura gaucho para evangelizar a los humildes descendientes de los indios comechingones.

Según los peritos históricos, Brochero atravesaba con su clásico poncho las Altas Cumbres en medio de tormentas de viento y nieve para predicar, curar enfermos de cólera, construir caminos, iglesias, casas de ejercicios espirituales, escuelas y proyectar el actual ferrocarril.

Un antiguo monumento a la entrada del pueblo lo muestra con el brazo extendido a lo alto, imponiendo una cruz a todos quienes ingresan por la ruta desde la vecina localidad turística de Mina Clavero.

“Toda la zona de Traslasierra es muy postergada. No había caminos, medios de comunicación, escuelas. Cura Brochero tuvo una importantísima labor para el desarrollo del lugar, que se extendió hasta La Rioja”, afirmó Liliana de Denaro, perito a cargo de las investigaciones aprobadas por el Vaticano en 2004, que consagraron al cura como Venerable, es decir, de vida ejemplar.

Por otro lado, fuentes de la Santa Sede revelaron que a pesar de que la causa llegó a Roma hace varios años, en parte se vio demorada debido a ciertos aspectos “esencialmente mundanos” de la vida del cura.

Pero hay antecedentes en ese sentido: el más resonante es el del filósofo San Agustín, uno de los llamados Padres de la Iglesia.

“Brochero era muy mal hablado y fumaba muchísimos cigarrillos de tabaco en chala. Esto hubo que explicarlo en Roma”, admitió Olivera.

La singular vida del sacerdote fue llevada al cine en los 40 con la película de Lucas Demare El cura gaucho, protagonizada por el actor Enrique Muiño.

De ser canonizado, sería la segunda figura del santoral argentino luego de su poco conocido antecesor San Héctor (1910-1934), cuyo milagro fue impedir la muerte de una joven de Nicaragua afectada con un tumor.

Héctor Valdivieso fue santificado en 1999 y nombrado Mártir de Turón ya que junto a sus compañeros había sido fusilado por los comunistas en ese lugar de España.

3 comentarios sobre “EL CURA GAUCHO PRONTO A LOS ALTARES

  1. Uno de los mejores episodios que la patria gaucha nos ha dejado durante su riquísima existencia fueron los misteriosos y míticos encuentros que, en medio de los montes argentinos, mantuvieron el cura José Gabriel del Rosario Brochero y el teniente coronel montonero Santos Guayama. El primero siempre le tuvo estima y respeto al gaucho rebelde, y por eso le insistió para que regresara a la vida cotidiana. El grito de las montoneras hacía rato que se había silenciado, si bien varios de sus caudillos permanecían escondidos bajo el amparo de su desconfianza e intuición campestres, por eso le temían a las “civilizadas” autoridades, y no era para menos.

    El cura gaucho –mote con el que fue apodado popularmente Brochero- estaba próximo a inaugurar una Casa de Ejercicios Espirituales en la Villa del Tránsito, en las sierras de Córdoba, promediando el año 1877. Fueron padres domínicos y jesuitas los primeros en asistir a presenciar aquella obra magnífica que, según cálculos estimados entre 1877 y 1927, vio pasar unas 73.518 personas. Los ejercicios consistían en prácticas de oración y penitencia, y el lugar contaba con una escuela, una iglesia de proporciones grandes, una plaza, tomas de agua, canales propios y numerosos campos de cultivos. Sin lugar a dudas, haber instalado en un lugar tan postergado semejante obra de caridad le proporcionó al cura Brochero el reconocimiento póstumo de que hoy goza su trayectoria.

    Sin embargo, José Gabriel Brochero anhelaba inaugurar las sesiones espirituales contando con la presencia de su amigo José Santos Guayama, el viejo guerrero de la montonera gaucha que, hacia 1877, era perseguido tenazmente por las tropas unitarias. No era mentira la amistad entrañable entre estas dos personalidades de tierra adentro. En un célebre documento en que enumera a los cuatro grandes amigos de su vida, Brochero incluye a Guayama.

    Pero no iba a ser sencillo atraer al indómito montonero para que sea parte de la inauguración de la Casa de Ejercicios que había montado, con mucho esfuerzo, el cura Brochero, pues Santos Guayama era un prófugo de la ley y porque su cabeza tenía precio. Domingo Faustino Sarmiento, mientras fue presidente de la Nación, se lo había puesto, y nada podía rectificar la injusta medida. Fue por ello que Brochero buscó infructuosamente la redención de su amigo Santos Guayama, y se internó en el desierto, en su zona de influencia. Viajó hasta el noroeste argentino, entregándose a una inmensa tarea evangelizadora que podía costarle la vida. El presbítero Pedro Aguirre López llegó a sentenciarlo así al cura gaucho: “Su enjundia de sacerdote y hombre criollo aparece en toda la prestancia del apóstol abnegado y celoso, que olvida los peligros para conquistar un alma para el bien y el honor. Nadie, ningún jefe militar, ningún civil, ningún sacerdote, se habría atrevido a internarse en el desierto en búsqueda de la oveja perdida. Sólo Brochero pudo hacerlo”.

    José Gabriel Brochero estaba empeñado en hacer gestiones para conseguir un indulto para Guayama y asegurarle de tal modo la existencia. De paso, lo invitó a su Casa de Ejercicios Espirituales como una forma de hacer el bien y para ayudar, sin el empleo de las armas, a otros desgraciados que en la nueva Argentina liberal parecían no tener cabida. Es decir que, Brochero “se propuso desarmarlo y hacerlo entrar a la vida civilizada de trabajo y de sosiego” a Guayama, sugiere el historiador Ramón J. Cárcano.

    Camino a las tierras de Guayama:

    Vagó varios días en solitario el cura criollo por La Rioja, acompañado únicamente por su pensamiento cristiano de ayuda al prójimo. Hay otra versión que indica que Brochero se dirigió a La Rioja acompañado por Rafael Ahumada, un colaborador suyo de la Casa de Ejercicios Espirituales que mientras estaba construyéndose. En esas largas jornadas, los resultados fueron nulos, hasta que un buen día se topó con algunos gauchos que lo frecuentaban a Guayama. José Gabriel Brochero les interrogaba por su jefe, pero un misterioso silencio impedía ubicar el sitio exacto donde se hallaba refugiado. Sin embargo, Brochero jamás se dio por vencido, de allí sus persistentes caminatas en medio de las malezas y campos despoblados.

    Cuando los objetivos de su tarea misional empezaban a flaquear, dio con un hombre que era amigo y servidor del gaucho montonero. Esta persona era un hombre de confianza de Guayama, y como tal le prometió conducirlo hasta donde se encontraba, no sin antes prevenirle sobre los riesgos que eso podía acarrearle al cura gaucho. Se asegura que éste consintió la situación sin pensarlo dos veces.

    José de los Santos Guayama ya había sido notificado de la presencia de José Gabriel Brochero, por tal motivo sugirió que el inminente encuentro se realice en un bosque espesísimo e impenetrable. El cura se apareció en el lugar indicado de forma puntual, pero el gaucho montonero no asistió a la cita. Eran años de batallas y luchas sangrientas las que le habían enseñado al honrado Guayama a desconfiar de los que ahora querían brindarle su ayuda. Debe considerarse, asimismo, que sus compañeros de lucha murieron asesinados de la forma más despiadada o se habían tenido que ir del país. Las crónicas señalan que Santos Guayama desconfiaba del cura; creía ver en él un hombre manso que se traía consigo una celada.

    El sacerdote, por cierto, no era de esos. Él era un criollo que entendía los avatares de los gauchos, y es por eso que levantó una obra que los cobijaba. Incluso, Brochero quería atraer a los antiguos montoneros que aún sobrevivían para que no sigan muriendo envueltos en la impunidad.

    Pasados algunos días del primer encuentro fallido, el cura Brochero volvió a tratar de encontrarse con el gaucho Santos Guayama, quien aceptó nuevamente el convite. Esta vez, el religioso iría acompañado del amigo de Guayama que encontró apenas pisó suelo riojano y que le previno de los riesgos en que incurría su misión. En esta ocasión, su escolta haría de intermediario entre el cura y Guayama. Arribados al lugar pactado, ni rastros había del teniente coronel montonero. Entonces Brochero y el amigo de Guayama trazaron un plan: aquél se quedaría en el lugar donde se iba a llevar a cabo la ansiada reunión, mientras que éste, experto baqueano de la zona, trataría de hallar a Santos Guayama y traerlo ante la presencia de Brochero. Y así hicieron, nomás. Como a 200 metros fue encontrado el recio gaucho lagunero, que hacía un buen rato espiaba de lejos a su compañero y al cura.

    Cara a cara en medio del monte:

    Ya anochecía en medio de la nada, y abandonándose en íntima y franca conversación los dos hombres, protagonistas ineludibles de la historia gauchesca de la patria, hablaron largo y tendido. Nadie quiso interrumpir ese momento sublime, de allí la soledad que los rodeó. Aseguró el cura Brochero que lo sorprendió la cultura y la corrección en el habla que mostraba José Santos Guayama. Que, incluso, demostraba cierta elegancia en el vestir. Tenía en la ocasión, asegurará el propio Brochero años más tarde, un chaleco blanco de piqué y gran cadena de oro.

    En el transcurso de la entrevista, que fue larga, Guayama acusa signos de remordimiento que quedarán plasmados en una serie de extensos y bien logrados versos que transcribe para dárselos, luego, a Brochero. El primero dice así: “Cuando muere triste el día / y el paisaje entre la bruma / lánguidamente se esfuma. / Tras la larga lejanía / en muda melancolía, / conmigo a solas medito, / hundida en el infinito / la vigilante mirada. / De mi conciencia aterrada / entonces escucho el grito”.

    Las propuestas que le hizo el cura Brochero al ex lugarteniente de Felipe Varela eran, más bien, generosas. Le prometió entregarle una estancia con numerosa hacienda, dándole una fuerte participación en sus productos, lo que conseguiría de un acaudalado propietario de su departamento (San Alberto), en la provincia de Córdoba. Al mismo tiempo, Brochero ofreció pagarle todas sus deudas y conseguirle un indulto por parte del Gobierno Nacional. Aseguran que Santos Guayama le pidió más que nada por esto último.

    El Monseñor doctor Audino Rodríguez y Olmos dijo acerca de Brochero, al que había conocido personalmente: “Es posible que Guayama en presencia del sacerdote experimentara la tortura de sus remordimientos. Lo único que consta con certeza es que Brochero invitó a Guayama a los Ejercicios, y que Guayama aceptó. Más, estando fuera de la ley, podía ser prendido por cualquiera y sometido al último suplicio. Hizo entonces presente al cura que para ir a los Ejercicios necesitaba de un salvoconducto otorgado por el presidente de la República, documento que tan sólo él podía conseguirle. El cura se comprometió a ello. Y se despidieron”.

    El general Julio Argentino Roca, ungido como ministro de Guerra durante ese mismo año de 1877, ante la requisitoria que le hizo Brochero por el indulto para su amigo Guayama, respondió que por parte del Gobierno Nacional no se le molestaría, pero que esto mismo no podía asegurarle respecto a la acción común que podría entablarse ante los tribunales ordinarios.

    Los federales de la montonera gaucha que aún sobrevivían dispersos en los desiertos riojanos y sanjuaninos, y que se hallaban bajo la autoridad de Santos Guayama, después que Brochero se despidió, se tranquilizaron y obraron solidariamente con los paisanos pobres de la zona. Todo esto sucedía mientras el religioso buscaba el indulto. Nunca lo conseguiría, al parecer porque no había voluntad política para perdonar a los gauchos montoneros.

    El final trágico de Guayama:

    El esforzado José Gabriel Brochero fue en busca de Guayama una vez más, quizás para darle tranquilidad o para darle esperanzas de que algún día su vida dejaría de correr peligro. Este nuevo encuentro en los montes fue en vano, ya que Guayama mantuvo con firmeza su desconfianza. Ni él ni sus hombres irán a la flamante Casa de Ejercicios Espirituales del cura Brochero en Córdoba, seguramente por temerle a la autoridad.

    Fue un momento de flexibilidad que se tomó Guayama, a finales de 1878, mientras caminaba por las calles de San Juan capital, lo que le provocó su captura y su posterior asesinato en el cuartel de San Clemente, el 4 de febrero de 1879. Al enterarse de tan lamentable e inicuo procedimiento, Brochero lloró su pérdida como si se tratara de un familiar.

    Así terminaba uno de los capítulos menos divulgados pero no menos encantadores del cura José Gabriel Brochero y del gaucho montonero José Santos Guayama. Nunca más se harían oír las montoneras por los llanos tras la desaparición de Guayama. Y Brochero terminó sus días quemado por su inconmensurable caridad: tras haber atendido a un enfermo de lepra, y por haber compartido un mate amargo con él, contrajo dicha enfermedad. Murió en 1914, ciego y sordo.

  2. Así escribía Hugo Wast

    EL ADMIRABLE CURA BROCHERO MODELO DE APÓSTOL

    La Leyenda

    El 16 de marzo de 1840 nació en la villa de Santa Rosa, del Río Primero (en la provincia argentina de Córdoba) José Gabriel Brochero, que había de ser el famoso cura de San Alberto.

    “El señor Brochero” como se lo llamó siempre, ha entrado en la historia por la graciosa puerta de la leyenda. Antes de saber quién era, el público, no sólo de Córdoba, sino de toda la Nación, conocía anécdotas, dichos, episodios de su vida, algunos auténticos y muchos inventados.

    Ha sonado ya la hora de situar esta gran figura de santo criollo en su verdadero marco histórico, mientras llega el día de venerarlo en los altares. Los más se imaginan que fue un simple cura rural, inculto y desarrugado en los modales, buen jinete y capaz de decirle malas palabras al gobernador y al presidente de la república; un caudillo de sotana, empeñado en una labor materialista, que se ganaba la voluntad de aquellos “gauchos bozales” entre quienes vivía, con cuentos de chalán y con beneficios de político lugareño: caminos, ferrocarriles, escuelas, amén de alguna capilla y de no pocos asados con cuero.

    El apóstol

    Todo eso, que puede ser cierto, es apenas una parte de la historia externa del famoso cura de San Alberto. Hay que decir la verdad. Brochero fue exclusivamente un apóstol, un ardiente evangelizador de los pobres, que hubiera mandado al diablo sus instrumentos de apostolado, sus caminos, sus ferrocarriles, sus escuelas, y hasta la célebre mula malacara en que anduvo miles de leguas por abruptas serranías y desiertos impresionantes, en cuanto hubiera advertido que eso no servía a su único propósito: ganar almas para Dios.

    Los Ejercicios Espirituales como medio de apostolado

    Y si no se ha penetrado la verdadera vocación de su vida, menos se ha advertido la extraña herramienta espiritual que utilizó. ¿A quién podría ocurrírsele que el mejor medio de convertir aquellos hombres y mujeres de las sierras, rústicos, recelosos, y a menudo analfabetos, fuesen los sutiles Ejercicios de San Ignacio?

    Este recurso heroico, que comienza con un encierro de ocho o nueve días para realizar severa penitencia y que es difícil de aplicar a la generalidad de las gentes, ni siquiera en las grandes ciudades, donde hay más inteligencia del asunto y predicadores expertos, y casas adecuadas, con las comodidades indispensables, Brochero lo implantó desde 1878 en el Tránsito, aldehuela prendida en la falda occidental de las Sierras Grandes, al otro lado de la Pampa de Achala, en una región que no se comunicaba con el resto del mundo sino por dificilísimos caminos de herradura.

    ¿Cómo se le ocurrió al cura de San Alberto la idea de implantar los Ejercicios de San Ignacio y cómo la llevó a la práctica? Refieren que el Niño-Dios mismo le mostró en sueños el lugar indicado donde había de construir su edificio. Sería interesante recoger un día las versiones que aun corren de los sueños que tuvo.

    Un poco de historia.
    El joven cura de San Alberto

    Había nacido —como dijimos— el 16 de marzo de 1840. Tenía, pues, 29 años cuando en 1869 se hizo cargo del curato del departamento de San Alberto, con sus quinientas leguas de serranías indómitas y casi desiertas, y una mísera capilla de techo de paja, situada en San Pedro, la población principal. Pronto había recorrido en mula todo su feudo, y empezaba a conocer a sus feligreses… muchos de ellos primera vez en su vida veían un hombre de sotana.

    Los visitaba para saber sus necesidades y los invitaba a ir los domingos a la misa, donde él les platicaba con lenguaje pintoresco y transparente. Muchos accedían y consentían en cubrir la distancia de ocho, diez, quince leguas, que los separaba de San Pedro. El joven cura iba ganándolos, y no tardó en ver que su capilla era muy pequeña para la concurrencia de los domingos; y se puso a la obra de construir una verdadera iglesia.

    Y como el apetito viene comiendo, y muchos de sus feligreses realizaban largas peregrinaciones sin más objeto que asistir a misa, se le ocurrió invitarlos a ir a la ciudad de Córdoba, para pasarse unos días de penitencia en la Casa de Ejercicios que allí existe.

    Caravanas de ejercitantes

    La proposición ahora nos parecerá inconcebible. ¿Cómo abandonar ocupaciones, hogares, familias; transponer treinta leguas de cordillera, en pleno invierno, cruzar desiertos o páramos nevados, en que ni los pumas ni las águilas encuentran su alimento? Y la invitación se hacía a todos, hombres y mujeres, y el joven sacerdote se comprometía a guiarlos él mismo, montado en su mula, como un San Bernardo, predicador y guía de esta rara cruzada.

    Tiene fe ciega en los prodigiosos resultados de los Ejercicios Espirituales. Desde los tiempos en que era seminarista los conoce por experiencia propia, y ahora que es cura de almas, son su permanente obsesión. Sabe que nada se opone tanto a la vida espiritual como el hecho casi trivial de que nadie se desprende, ni siquiera por un día, de los cuidados temporales; nadie se zambulle enteramente en una atmósfera de libertad absoluta que le permita poseer su corazón al menos durante una hora.

    Dos veces cada año condujo numerosísimos grupos de jinetes, hombres y mujeres, por arriba de la Pampa de Achala, nevada con frecuencia, pues era en los meses de julio a agosto. Marchaban lentamente, por caminos de cabras, el día entero, y de noche acampaban al raso, bajo la palpitante y helada luz de las estrellas, alrededor de hogueritas menguadas, porque la leña escasea mucho en la región.

    Casa de Ejercicios en El Tránsito

    Como fuesen cada año más numerosos los que se alistaban para aquella inverosímil cabalgata, de cincuenta o sesenta leguas en redondo, después de la iglesia pensó en construir una casa para hacer los Ejercicios en el Tránsito, otra aldea de su curato. Puso manos a la obra. Fue una construcción sencilla y barata, pero de grandes medidas: una capilla, muchas habitaciones y un gran comedor de 60 varas de largo.

    Formando cuadro con ella edificó otra, de 48 varas por 100, para colegio de niñas, y trajo de Córdoba a las monjas Esclavas del Corazón de Jesús, a quienes encomendó el cuidado de ambas. La fama del Colegio y de la Casa de Ejercicios se difundió por toda la región y acudieron colegiales y ejercitantes de los más remotos lugares de la provincia de Córdoba y aun de la de San Luis y de La Rioja.

    Brochero era ya hombre de inmensa popularidad. Fue tal su alegría cuando se abrieron los cimientos de la Casa de Ejercicios, que quiso poner él mismo la primera piedra, y previendo la oposición del infierno contra el edificio del que esperaba tantos frutos, la arrojó con brío, como si con ella aplastase la cabeza de una serpiente, y exclamó: “¡Te fregaste, diablo!”

    Cien mil ejercitantes en sesenta años

    La inauguró en el invierno de 1878 y tuvo que dividir a los ejercitantes en cinco tandas, pues pasaron de 3.000. Al año siguiente fueron ocho tandas, con más de 4.000.

    Ya han transcurrido más de sesenta años y todavía funciona aquel prodigioso mecanismo en el caserón primitivo, harto destartalado ya. No menos de 100.000 personas han “tomado” (como allí dicen) los Ejercicios Espirituales más severos que puedan imaginarse, en esa aldehuela de escasísima población. Nada más pintoresco, y a las veces nada más extravagante, que los medios de que se valió el cura de San Alberto para propagarlos.

    El “Gaucho Seco”:
    conversión de un bandolero

    Había en las Sierras Grandes, allá por 1887, un gaucho malo, jefe de bandoleros, famoso por sus robos y crímenes. El señor Brochero se empeñó en hacerle «tomar» los Ejercicios al «Gaucho Seco”, y fue a buscarlo en su escondrijo como quien busca a un puma en su cubil.

    De entrada, no más, le dijo que iba a curarle la lepra de que estaba cubierta su alma. El Gaucho Seco oyó estupefacto semejantes palabras y tuvo curiosidad de asistir a unas ceremonias tan extrañas, de que hacía diez años se hablaba tanto en el país.

    Una mañana del frío mes de agosto llegó al Tránsito, montado en una mula zaina, guiado por el cura, que montaba su invariable mula malacara, y seguido a cierta distancia por otros dos jinetes que le guardaban las espaldas.

    – Vamos a ver – dijo el Gaucho Seco, apeándose a la puerta de la Casa de Ejercicios – cómo se me va a curar la lepra del alma.

    Desensilló, entregó la mula a su lugarteniente, y llevando en sus brazos el apero que sería su cama durante ocho días, siguió a Brochero, que le hizo cruzar dos patios y palmeándole la espalda le indicó una habitación, donde dormiría con una veintena de hombres de su laya.

    Más de setecientos paisanos habían llegado ya para esa tanda. Todos miraban, no sin recelo al Gaucho Seco, que pasaba arrogante entre ellos, haciendo sonar sus espuelas y arrastrando la cincha de su silla de montar, cubierta por ricos pellones.

    Sólo se oía el ruido de aquellos pasos y de aquellas espuelas. Un silencio imponente dominaba a la extrañísima reunión.

    – ¡Vamos a ver el milagro! – dijo para sí con sorna, arrojando sobre la tierra empedernida el copioso apero.

    Sonó entretanto una campanita agitada por la mano de un viejo; y todos silenciosamente lo siguieron sin saber a dónde, y el “Gaucho Seco” detrás de ellos. Entraron en la capilla, que se hallaba a oscuras, no obstante ser de día, alumbrada escasamente por algunas velas de sebo y la mariposilla del Sagrario. Un sacerdote de negra sotana empezó a hablarles. Nadie más que él hablaba. El silencio era absoluto y comprimía hasta el latido de las sienes.

    Del patio llegaba un olor a carne asada. El señor Brochero les preparaba el primer almuerzo en fogatas al aire libre. Terminó la plática y hubo rezos y cánticos. El Gaucho Seco asistió sin aburrirse, pero sin comprender ni los cantos, ni los rezos, ni las pláticas.

    Sonó otra vez la campana y salieron a almorzar. Siempre el mismo silencio impresionante. A lo sumo, el ruido de un cuchillo, uno de esos largos y filosos cuchillos de los gauchos, que cortaba un hueso. Después cebaron mate, alrededor de anafes de barro cocido, en que se iban durmiendo rojas brasas de algarrobo. El Gaucho Seco, vencido por las ganas de tomar mate, se allegó a un grupo y aceptó que lo convidaran, sin atreverse a pronunciar una palabra, tan plúmbeo e imperioso era el callar de la muchedumbre.

    De nuevo la campana, y el moverse en filas de la concurrencia, y el acudir a la capilla, y de nuevo la plática y los rezos y los cantos. Después, de nuevo a sus piezas, desnudas y frías, donde calentaron los estómagos vacíos con algunos mates, y se acostaron vestidos sobre sus aperos, en la tierra, pues, no había camas, ni las necesitaban personajes como ellos. Al alba, otra vez la campana, las mismas distribuciones y el mismo silencio.

    Más que las pláticas de los dos jesuitas que sucesivamente les hablaban, llamaban la atención del “Gaucho Seco” las coplas que se cantaban, y cuyo trascendental sentido había comenzado a percibir: Perdón, ya mi alma / Sus culpas confiesa; / Mil veces me pesa / De tanta maldad. / Perdón, oh, Dios mío / Perdón y piedad…

    ¿Era, pues, cierto, era posible que Dios lo perdonase a él? ¿Era, pues, verdad que otros muchos, tan cargados como él de crímenes, habían encontrado misericordia al pie del Crucifijo?

    Al tercer día el Gaucho Seco se azotó con furia los recios lomos y al sexto día se arrodilló sollozando a los pies de un misionero, que lo envolvió en el poncho de lana para que otros no lo viesen llorar.

    – ¡Cayeron, mi curita, las escamas de la lepra! Hoy es el día de mi nacimiento.

    Al otro año el Gaucho Seco volvió a los Ejercicios trayendo a catorce paisanos más que querían también hacer el maravilloso experimento de nacer de nuevo.

    Santas recomendaciones

    El último día de los ejercicios el cura los despedía con una carne con cuero y un sermoncito de este jaez: «Bueno; vayan no más, y guárdense de ofender a Dios volviendo a las andadas. Ya el cura ha hecho lo que estaba de su parte para que se salven, si quieren. Pero si alguno se empeña en condenarse, que se lo lleven mil diablos…”

    Benefactor y Santo

    La obra de José Gabriel Brochero fue inmensa. Murió a los 73 años, el 26 de enero de 1914. Aunque, por decreto justiciero del gobernador Cárcano, el Tránsito lleva ahora su nombre y hay en la plaza del pueblo una estatua suya de bronce, todavía su país no ha reconocido en él a uno de sus más grandes benefactores. Algún día se escribirá su hermosa historia y veremos cómo se ha cumplido en él las palabras del profeta Daniel: “los que hayan conducido a muchos a la santidad serán como las estrellas, eternamente y siempre”.

    Hugo Wast

    El 28 de marzo de 1962, en Buenos Aires, el gran Hugo Wast entregó su alma a Dios. Fue revestido con la sotana y la faja de la Orden Jesuita para ser enterrado. El Padre Guillermo Furlong S.J. celebró la Misa de cuerpo presente en el Colegio del Salvador.

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