CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
En este día, en que la Santa Iglesia conmemora y reza por todos los Fieles Difuntos, vamos a considerar dos temas importantes: la verdadera devoción a las Almas del Purgatorio y las enseñanzas que ella nos ofrece.
Ante todo, reflexionemos sobre la devoción verdadera, la única que puede servir de alivio a aquellas Almas Benditas que todavía sufren y gimen en la cárcel del Purgatorio.
He dicho verdadera, y no sin razón, porque, ¡cuán raros son los que practican una sólida y verdadera caridad para con los difuntos, según las reglas y principios de nuestra santa religión!
Realmente son pocos los que tienen por aquellas Almas una caridad eficaz.
¿Y por qué? Porque ciertamente son pocos los que realmente contribuyen a aliviarles sus penas; pocos los que, sirviéndose de los medios que con este fin pone a nuestra disposición la Iglesia, procuren a aquellas pobres desconsoladas los socorros de que están necesitadas y de los cuales tan eficazmente podrían aprovecharse en su estado de expiación.
Y de aquí la necesidad de insistir en que la devoción que se debe practicar para con las Almas del Purgatorio ha de ser una devoción verdadera.
Y ¿cuándo se podrá llamar verdadera esta devoción?
Solamente cuando reúna las condiciones necesarias, es decir, cuando sea sincera, sobrenatural y perseverante.
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1ª) Si queremos, pues, que nuestra devoción a las Almas del Purgatorio sea verdadera, esto es, que sea eficaz y fructuosa, es preciso, ante todo, que sea sincera.
No se detendrá, por lo tanto, esta devoción en el cuerpo, que no es más que un puñado de polvo y cenizas, sino que llegará hasta el alma, a esa noble e inmortal porción de nuestro ser, a esta alma creada a imagen y semejanza de Dios, rescatada con la Sangre preciosa de Jesucristo, destinada a una gloria sin fin; esta obra de piedad penetrará en los reinos eternos y acompañará a esta alma hasta el lugar de su expiación.
Inspirada en estos pensamientos sublimes, se elevará hasta Dios y se interesará preferentemente por las necesidades del alma. De suerte que no se limitará a una simple demostración de civilidad y de conveniencia, a meras apariencias exteriores, a torrentes de lágrimas, a inútiles llantos y transportes de dolor y desesperación: cosas todas que no indican más que una piedad estéril e infructuosa, una piedad de ostentación y de fausto, una piedad completamente mundana y pagana.
Y consecuencia de esta devoción sincera es, ante todo, una santa y resignada conformidad con la voluntad de Dios.
A ella se agrega, además, el sincero recogimiento, el santo temor, las reflexiones saludables, las plegarias fervorosas y sin ostentación en el cementerio, en donde el hombre, el mortal, a la vista del sepulcro, se eleva por medio de la fe hasta el trono de Dios para implorar su misericordia en favor de las almas que le serán eternamente queridas.
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2ª) La segunda cualidad que debe tener la verdadera devoción a las Almas del Purgatorio es que sea sobrenatural, esto es, debe ser practicada no sólo por motivos inspirados en la fe, sino también animados por la gracia de Dios; debe provenir de un alma animada por la gracia santificante y por el amor divino.
¿Quién será capaz de decir en este caso la eficacia que tendrán las oraciones y buenas obras de quien se halla en tan hermosas condiciones respecto del Sagrado Corazón, que les anima a que rueguen a su Eterno Padre a fin de que sean oídas sus súplicas?
Tanto más, cuanto que, si por una parte son amigos del Señor los que se interesan por otros que ya le son gratos, por otra Él no desea nada tan ardientemente como el poderlos admitir cuanto antes a la eterna recompensa.
Mas ésta es una cualidad que, por desdicha, falta muchas veces aun en las personas que, sin duda, tienen una devoción cristianamente sincera hacia los pobres difuntos.
Y, efectivamente, saben muy bien que, para estar seguros de que sus acciones son aceptadas por Dios, es rigurosamente necesario que sean hechas en estado de gracia, y que, por consiguiente, ningún alivio pueden proporcionar a las almas que les son queridas, ni sus penitencias, ni sus oraciones, mientras se hallen en pecado; y, sabiéndolo, ¿qué hacen para librarse de él y entrar de nuevo en la amistad y gracia del Señor? Nada, absolutamente nada.
Pues, entonces, ¿qué pueden esperar de una devoción que proviene de un corazón detestable a los ojos del Señor?
¡Desdichados! ¡Están llorando a los muertos, y no se hacen cargo de que ellos mismos encierran en un cuerpo terrestre un alma muerta a la gracia! Imploran piedad y misericordia para otros, y no ven que ellos mismos están necesitados de ella, porque se hallan sumidos en la mayor miseria.
Gimen por unas almas que, acaso, gimen por ellos y que desde en medio de sus tormentos les dirigen estas palabras: «Llorad y lamentaos por vosotros mismos, llorad por vuestro estado, llorad vuestros pecados; haced penitencia; y entonces, queridos amigos, vuestras oraciones serán eficaces y poderosas ante Jesús; entonces le harán dulce y santa violencia a nuestro favor, en su paternal Corazón.»
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3ª) Finalmente, la devoción hacia los difuntos debe ser constantemente operativa.
Que deba ser operativa, fecunda en buenas obras, en generosos sacrificios, es cosa por sí misma clarísima.
En efecto, el amor que se manifiesta solamente de palabra, o a lo más con algún tierno afecto fugaz y pasajero que no va acompañado de obras, no es más que un amor aparente y superficial, y ni siquiera merece el nombre de amor.
Y así el Apóstol San Juan nos dice claramente: «Hijitos míos, no amemos solamente con las palabras y con la lengua, sino con obras y en verdad»; porque prueba del amor son las obras.
Por tanto, si amamos verdaderamente a las Almas del Purgatorio, no basta que les demostremos nuestro amor sólo con palabras, sino que es necesario que pasemos a las obras.
Sabiendo que es necesario ser enteramente puros para entrar en el reino de Dios tres veces santo, y que los juicios de Dios son impenetrables, y conociendo además cuan frágil y deleznable es la naturaleza del hombre, grande debe ser nuestro celo para correr en ayuda de aquellas Almas.
Nada nos parecerá demasiado difícil para aliviarlas en sus penas; tendremos por cosa de poca monta cuanto hagamos en sufragio suyo; nos parecerán pocas las Misas que oigamos o mandemos celebrar y las indulgencias que lucremos; nos parecerán escasas las limosnas y las buenas obras, demasiado ligeras las penitencias, harto breve la oración que por ellas hagamos.
Pero no basta que nuestra devoción para con ellas sea operativa, sino que es preciso, además, que sea perseverante.
¿Qué maravilla es que en el momento de la separación y del adiós supremo, cuando nuestro corazón sangra todavía lastimado por la pérdida y separación de la persona amada, en tiempo de fervor y devoción, nos sintamos transportados a sufragar generosamente por sus almas, a practicar gustosamente los mayores sacrificios por acudir en ayuda suya, y a industriarnos para buscar los medios de socorrerlas?
Todo esto es como una cosa natural y espontánea para un alma, por poco que ame a sus queridos difuntos, de forma que no se podría explicar un modo diverso de proceder.
Y decimos que la verdadera devoción hacia los difuntos no debe limitarse a este período de tiempo.
Dicen los Santos que nuestra devoción para con los Difuntos debe ser siempre activa, nunca ociosa.
Siempre debemos tener presente en nuestra mente sus penas; siempre debemos recordar que ellas no podrán volar al abrazo de su Esposo divino si primero, o con sus padecimientos o con nuestros sufragios, no han satisfecho hasta la última deuda contraída con la Justicia divina; no debemos olvidar nunca que nos unen a ellas apretados lazos de caridad y de justicia, que la muerte no ha podido destruir; no debemos olvidar nunca que cada día caen muchas Almas en el Purgatorio y allí padecen de continuo.
Por eso nuestro mayor interés debe ser el no dejar pasar día sin acordarnos en nuestras oraciones y en nuestras buenas obras de estas pobres Almas, considerando como perdido el día en que no hayamos hecho algo en favor de estas benditas Almas; consagrar en sufragio suyo un día cada semana, con preferencia el lunes, que es el día que generalmente se consagra a su memoria; celebrar cada año juntamente con la Iglesia el piadoso ejercicio del Octavario de los Fieles Difuntos, que se celebra después de la fiesta de Todos los Santos; y, sobre todo, adoptar la saludable y santa costumbre, tan recomendada y practicada por las personas devotas, de recordar a las Almas de un modo especial durante un mes entero, destinando a este fin el mes de noviembre.
Pidamos con insistencia al Corazón de Jesús que nos conceda la gracia de sufragar por todas las Almas santas y que podamos libertar de sus penas al menos una.
¡Dichosos de nosotros si este Corazón divino, que tan abundante es en misericordia, nos concediera también el poder librar a muchas, del modo que a su divina sabiduría y bondad más grato fuere, y nos hiciera durante toda nuestra vida celosísimos apóstoles de ellas!
Cierto que entonces podríamos aplicarnos aquellas palabras tan hermosas de San Agustín, palabras de gran consuelo en medio de las tribulaciones en que puede encontrarse nuestra alma a causa de las dificultades gravísimas que pueden ofrecérsele tocante a su salvación: «¿Has salvado un alma? Pues has predestinado la tuya.»
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Si la devoción a las Almas del Purgatorio es saludable para ellas mismas a causa de las reales ventajas que les proporciona, no lo es menos para nosotros por las importantes enseñanzas que ella nos ofrece para la conducta práctica de nuestra vida; enseñanzas que por sí solas bastarían para hacerla profundamente cristiana.
Y este es el segundo tema que consideramos hoy.
En efecto, de la meditación sobre el Purgatorio brotan destellos de luz que iluminan el camino que debemos seguir para alcanzar el Cielo; esa luz divina nos hace ver claramente lo que debemos practicar y lo que debemos evitar para no desviarnos del recto camino.
¡Cuántos, en efecto, deben su salvación eterna a la meditación del Purgatorio y de las penas que en él se padecen! Fue el pensamiento de esta cárcel de fuego lo que les determinó a abandonar el pecado, a hacer penitencia, a mortificar sus propias pasiones y a vivir como perfectos cristianos.
Siendo esto así, bueno será que escuchemos las principales enseñanzas morales que el Purgatorio nos da, a fin de conocer mejor los medios que debemos emplear para preservarnos de él.
Porque no debemos confiar demasiado en los sufragios que nuestros amigos y parientes hayan de hacer por nosotros después de nuestra muerte, sino que nosotros mismos debemos preocuparnos con mucha solicitud por nuestros eternos intereses.
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Ahora bien, entre las más obvias, naturales y espontáneas enseñanzas que nos brinda el Purgatorio están en primer lugar las de huir del pecado venial, y hacer espontánea penitencia de todos nuestros pecados mortales y veniales.
El pecado venial no nos condena al infierno, pero nos hace merecedores de las penas del Purgatorio, cuyos tormentos, al decir de los Santos y Doctores de la Iglesia, son semejantes a los del infierno, salvo su duración.
Y a la verdad, si muchas almas se encuentran en el Purgatorio alejadas de Dios y en medio de un mar de penas, es precisamente porque salieron de esta vida manchadas con pecados veniales, tal vez, según nuestro modo de ver, insignificantes.
Ciertas personas mundanas, para excusar su superficialidad, dicen: “Pero ¿cómo es esto posible? ¿Es creíble que un Dios todo bondad y misericordia haya de mostrarse tan severo y tan cruel por una nonada cual es el pecado venial?”
¡El pecado venial una nonada! Desdichadamente así lo piensan, y así razonan estos tales, dominados por un prejuicio harto material y común, como es el creer que el pecado venial, precisamente porque es leve, es cosa de nada, que se puede cometer sin poner empeño ninguno en evitarlo.
Cierto que, si ponemos el pecado venial en parangón con el mortal, entonces sí, aquél resulta ser un mal pequeño; pero es absolutamente falso que sea un mal pequeño en sí mismo.
¿Qué nos dice, en efecto, la fe? Que el pecado venial, aunque leve a nuestro modo de ver, es, no obstante, una injuria hecha al más perfecto de todos los seres; una rebelión contra la más sublime de todas las grandezas, un desprecio de la voluntad del más amante de los amigos; es un mal sobre el cual no hay más que otro que sea mayor, el pecado mortal.
Para demostrar la malicia del pecado venial, además de los graves daños que acarrea al alma, a la cual insensiblemente dispone a caer en el mortal, sirven muchísimo los castigos con que el Señor lo castiga ya en esta vida.
Pues bien, si la Justicia divina ha castigado tan severamente en esta vida culpas que, a buen seguro, no eran graves, ¿cómo pretenderemos que esta misma Justicia deba mostrarse más indulgente en la otra vida y no castigue lo que ya castiga en ésta?
Las culpas veniales no expiadas en esta vida deberán ser expiadas necesariamente en la otra, serán severamente castigadas en el Purgatorio.
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La segunda enseñanza que debemos sacar del Purgatorio, la cual no nos será de menor utilidad que la primera para evitarlo, es el hacer penitencia.
Es una verdad indiscutible que todos aquellos que antes de morir no han satisfecho la pena debida por sus pecados ya perdonados, se verán obligados a expiarlos en el Purgatorio.
Se siente, es verdad, gran repugnancia a castigar un cuerpo que ama naturalmente y busca sus comodidades y todo cuanto deleita a los sentidos; pero las privaciones que se les pueden hacer sufrir no son nada en comparación del fuego del Purgatorio.
San Gregorio Magno, comentando las palabras de San Juan Bautista, referidas en el Evangelio: Haced frutos dignos de penitencia, decía al pueblo romano: «Os ruego, dilectísimos hermanos, observéis que San Juan no dice solamente que es preciso hacer penitencia, sino frutos dignos de penitencia. ¿Qué pretendía con estas palabras? Hacernos comprender que las almas inocentes que por el pecado no han contraído deuda ninguna con la Justicia divina, sobre todo con pecados graves, pueden libremente usufructuar de los bienes de la creación y usar de ellos bendiciendo la mano liberal que con tanta prodigalidad se los distribuye. Mas, tratándose de aquellos de entre nosotros que han ofendido gravemente al Señor, que han pisoteado los divinos preceptos de la caridad cristiana, ésos deben privarse de los goces permitidos a las almas inocentes, para satisfacer por sus pecados y hacer penitencia. Cuanto más hayamos ofendido a la Majestad divina y seamos deudores a su justicia, tanto más obligados estamos a imponernos privaciones. A esto precisamente es a lo que el Bautista llama frutos dignos de penitencia. Cada uno de nosotros, por tanto, se interrogue y examine su conciencia; que el castigo que se imponga sea proporcionado al número y a la gravedad de las culpas.»
¿Cuáles son los cristianos de nuestros días que se adaptan a la enseñanza tan exacta de este gran Papa? ¿No es verdad que la mayor parte de los cristianos, cuando han confesado sus pecados y cumplido la ligera penitencia que les impuso el confesor, creen haber hecho lo suficiente para desquitarse con la divina Justicia, y no piensan en agregar alguna penitencia voluntaria a la sacramental?
¡Qué maravilla, pues, que el Purgatorio, un duro y largo Purgatorio, no deba intervenir para suplir nuestra vileza y negligencia, y hacernos expiar en aquellas llamas la pena temporal por aquellos pecados que no hemos tenido interés en expiar en vida!
Penetrados de estas verdades, los Santos consideraban ligerísimas las más austeras penitencias, y siempre andaban en busca de otras nuevas con el fin de disminuir cada vez más la pena temporal debida por sus pecados.
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He aquí las dos principales enseñanzas que nos dan las Almas del Purgatorio y con amorosa solicitud nos invitan a poner en práctica, si queremos evitar después de nuestra muerte ir también nosotros a parar a aquella cárcel tenebrosa y permanecer allí largo tiempo.
He dicho principales, porque otras también, no menos provechosas para la salud del alma, nos dan aquellas Almas santas.
Nos recuerdan, en efecto, que también nosotros un día hemos de morir, y que en seguida hemos de sufrir el juicio del que dependerá nuestra salvación o condenación eterna; razón por la cual conviene en gran manera pensemos con tiempo en mirar por nuestro capital interés, según aquellas palabras importantísimas de San Pablo: Practiquemos el bien mientras tenemos tiempo.
Otra lección que podemos sacar del Purgatorio es que hagamos más aprecio del tiempo y de la gracia divina.
Ciertamente, dignas son de compasión aquellas pobres Almas, las cuales, a pesar de sufrir con paciencia y amor heroico y sublime, ya no pueden merecer nada para sí mismas, mientras que, para nosotros, una oración, una lágrima, un pequeño sacrificio, un acto de amor, todo esto puede convertirse en un tesoro para la eternidad.
¡Ah, desdichados de nosotros si dejásemos perder los minutos del tiempo, y las gotitas del rocío celeste, con que cada cual puede labrarse una felicidad eterna!…
Día vendrá en que lo lloremos amargamente, pero, ¡ay, será demasiado tarde!
Que las Benditas Almas del Purgatorio, una vez llegadas al Cielo, intercedan por nosotros.
Y que María Santísima, Reina del Purgatorio, interceda especialmente hoy por todas las Almas allí detenidas.

