PÍO XII: EL MOVIMIENTO LITÚRGICO

DISCURSO DEL PAPA PÍO XII

A LOS PARTICIPANTES DEL CONGRESO INTERNACIONAL DE PASTORAL LITURGIA

Sábado 22 de septiembre de 1956

Nota: El Discurso de Pío XII al Congreso de Liturgia de Asís, del 22 de septiembre de 1956, contiene explicitaciones, aclaraciones y advertencias muy importantes. Pero, al mismo tiempo, demuestra que sobreestimó al Movimiento Litúrgico, sus miembros y su desempeño.

La Doctora Carol Byrne pone de manifiesto las propuestas de dicho Discurso que favorecerían cambios de proporciones destructoras de la Liturgia de la Iglesia.

Publicamos hoy el texto completo del Discurso y resumimos las críticas de la Doctora Carol Byrne, enviando a las próximas Entregas correspondientes.

Entrega 21ª (21 de octubre de 2026):

«Desde Asís, el Congreso se trasladó a Roma, donde concluyó con el discurso del Papa a los participantes. En él, Pío XII afirmó que el Movimiento Litúrgico era «un signo de las disposiciones providenciales de Dios para el tiempo presente, del movimiento del Espíritu Santo en la Iglesia»».

Entrega 22ª (28 de octubre de 2026):

«El discurso del Papa Pío XII a los participantes del Congreso de Asís en 1956 contiene varias sorpresas desagradables para quienes lo consideraban un Papa sólidamente tradicional. Así como el propio Congreso se convirtió en una plataforma para la propaganda tendenciosa, el discurso del Papa reflejó y perpetuó la «narrativa» de los reformadores, respaldando su mensaje sobre la «participación activa» de los fieles en la liturgia».

(…)

«En su discurso, Pío XII elogió lo que denominó los “logros prácticos” del Movimiento Litúrgico en los últimos 30 años».

(…)

«Pero lo fundamental es que el Papa —o quien quiera que haya escrito su discurso— simplemente dio por sentado que, dado que las reformas litúrgicas eran promovidas por miembros de la Iglesia, su movimiento debía necesariamente gozar de la aprobación divina».

(…)

«Gran parte del discurso de Pío XII en Asís se hizo eco de los deseos que los reformadores habían estado planteando en sus diversos congresos y publicaciones. El hecho de que las fuerzas del progresismo desempeñaran un papel fundamental en el discurso del Papa es sumamente significativo. Demuestra que se dejó influir por su retórica al tomar decisiones políticas para el resto de la Iglesia. Dio por cierta su afirmación de que «los fieles recibieron estas directrices con gratitud y se mostraron dispuestos a responder a ellas»».

Entrega 23ª (4 de noviembre de 2026):

«Pío XII sobreestimó enormemente la integridad de los reformadores, para quienes las tradiciones católicas eran motivo de burla, rechazo e indiferencia, no de respeto, comprensión ni siquiera consideración. En su discurso ante el Congreso de Asís, les dijo a los participantes: «Es un consuelo y una alegría saber que podemos contar con vuestra ayuda y comprensión en este asunto»«.

(…)

«De hecho, respaldó la línea general del Movimiento; dijo en su discurso: «La actitud actual de los círculos litúrgicos con respecto al pasado nos parece, en general, totalmente acertada: se busca, se estudia seriamente, se apega a lo que realmente lo merece, sin caer en el exceso»».

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«El discurso de Pío XII dejó a los fieles católicos completamente ajenos a que el Congreso de Asís era en realidad una tapadera para reformadores radicales a quienes poco les importaban las normas que regían al resto de la Iglesia. Presentó su campaña como si realmente tratara (como siempre afirmaban) sobre la salvación de las almas y las necesidades pastorales de los fieles, en lugar de lo que realmente era: una campaña de hostilidad hacia la Tradición. De hecho, si hubiera dicho la verdad sobre ellos, difícilmente los habría invitado a Roma para una cordial recepción».

Entrega 24ª (11 de noviembre de 2026):

«Cuando Pío XII se dirigió a los participantes del Congreso de Asís en 1956, hizo algo más que contarles una agradable historia de progreso. La analogía con los primeros indicios de un terremoto inminente resulta muy acertada».

(…)

«Su discurso contenía propuestas que, al ponerse en práctica, producirían cambios sísmicos de proporciones literalmente devastadoras para la Iglesia, provocando el derrumbe de los bastiones de la Tradición. Sin embargo, Pío XII no pareció darse cuenta de que el terreno ya se estaba moviendo bajo sus pies ni de que los temblores bajo la corteza eclesiástica pronto conducirían al «gran terremoto» (Vaticano II), cuyo epicentro se encontraba en Roma».

(…)

«A mediados de la década de 1950, cuando Pío XII dio su bendición a la psicología profunda en su Discurso de Asís, un movimiento para fusionar las teorías freudianas y junguianas con la práctica pastoral católica estaba en su apogeo entre muchos sacerdotes y laicos de la Iglesia».

(…)

«El Discurso de Asís puede considerarse una invitación e incentivo para incorporar elementos mundanos a la liturgia. Pero allí donde la psicología humanista reemplaza el discernimiento espiritual (la «psicología de los santos»), el resultado ha sido desastroso para las vocaciones religiosas y ha generado una situación de la que la Iglesia aún no se ha recuperado».

Entrega 25ª (18 de noviembre de 2026):

“Otro punto débil en el Discurso de Asís del Papa Pío XII, que estaba a punto de desatar una crisis (¿o debería decir un terremoto eclesiástico?), era la confianza que depositaba en los estudios histórico-críticos realizados por expertos litúrgicos contemporáneos. Expresó la esperanza de que estos produjeran una abundante cosecha, en beneficio tanto de los miembros individuales como de la Iglesia en su conjunto.

Pero, ¿cuán realista era esta esperanza, considerando que los expertos en cuestión —académicos internacionales de tendencia progresista— no eran otros que los promotores del Movimiento Litúrgico liderado por Bugnini?”

(…)

“A los liturgistas presentes en el Congreso de Asís, entre los que se encontraba Jungmann, Pío XII dijo en su Discurso que era “un consuelo y una alegría para nosotros saber que podemos contar con su ayuda y su comprensión en estos asuntos”. Pero el objetivo del Movimiento Litúrgico era reestructurar la Misa para que ya no reflejara la doctrina católica esencial, un objetivo que finalmente se concretaría con la creación del Novus Ordo.

Así, confió la reforma de la liturgia a “hombres con prurito de oír” (II Timoteo IV, 3), hombres cuya teología representaba la “sorprendente desviación de la teología católica de la Misa tal como fue formulada en la sesión XXII del Concilio de Trento”, como mencionara más tarde el Cardenal Ottaviani en referencia al Novus Ordo.

En 1924, Pío XI advirtió sobre los peligros de confiar ciegamente en el testimonio de supuestos expertos, basado en una erudición histórica deficiente e ideas neo modernistas”


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Texto del Discurso de Pío XII

Nos habéis pedido que os hablemos para clausurar el Congreso Internacional de Pastoral Liturgia, que acaba de celebrarse en Asís. Es con todo nuestro corazón que respondemos a vuestra solicitud y que os damos la bienvenida.

Si comparamos la situación actual del movimiento litúrgico con la de hace treinta años, vemos que ha hecho un progreso innegable, tanto en extensión como en profundidad.

El interés mostrado por la liturgia, los logros prácticos y la participación activa de los fieles adquirieron un desarrollo difícil de prever en ese momento. El impulso principal, tanto en materia doctrinal como en aplicaciones prácticas, provino de la Jerarquía y, en particular, de Nuestro santo Predecesor Pío X, quien por su Motu Proprio Abhinc duos annos, del 23 de octubre de 1913 (Acta Ap. Sedis, a. 5, 1913, pág. 449-451) dio al movimiento litúrgico un impulso decisivo.

El pueblo creyente acogió estas directivas con gratitud y se mostró dispuesto a responder a ellas; los liturgistas se pusieron a trabajar con celo, y pronto florecieron interesantes y fructíferas iniciativas, aunque a veces ciertas desviaciones exigieron una rectificación por parte de la autoridad eclesiástica.

Entre los numerosos documentos publicados recientemente sobre este tema, baste mencionar tres: la Encíclica Mediator Dei, De sacra liturgia, del 20 de noviembre de 1947 (Acta Ap. Sedis , a. 39, 1947, pág. 522- 595), el Nuevo Ordenamiento de la Semana Santa, de 16 de noviembre de 1955 (Acta Ap. Sedis, A. 47, M55, pág. 838-847), que ayudó a los fieles a comprender mejor y participar más del amor, sufrimiento y glorificación de Nuestro Señor, y finalmente la Encíclica De musica sacra, del 25 de diciembre de 1955 (Acta Ap. Sedis, a. 48, 1956, págs. 5-25).

El movimiento litúrgico apareció así como un signo de las disposiciones providenciales de Dios para el tiempo presente, como un paso del Espíritu Santo en su Iglesia, para acercar a los hombres a los misterios de la fe y a las riquezas de la gracia, que brotan de la participación activa de los fieles en la vida litúrgica.

El Congreso, que ahora concluye, tuvo precisamente el propósito de mostrar el valor inestimable de la liturgia para la santificación de las almas y, por tanto, para la acción pastoral de la Iglesia.

Habéis estudiado este aspecto de la liturgia, tal como se manifiesta en la historia y continúa desarrollándose hoy; también habéis examinado cómo se funda en la naturaleza de las cosas, es decir, cómo se deriva de los elementos constitutivos de la liturgia.

Vuestro Congreso incluyó, por tanto, un estudio del desarrollo histórico, reflexiones sobre la situación actual y un examen de los objetivos a alcanzar en el futuro y los medios adecuados para alcanzarlos.

Después de considerar cuidadosamente vuestro programa de trabajo, expresamos votos para que esta nueva semilla, añadida a las del pasado, produzca ricas cosechas en beneficio de los individuos y de toda la Iglesia.

En este Discurso, en lugar de presentaros normas más detalladas, sobre las que la Santa Sede ya se ha pronunciado suficientemente, hemos considerado más útil abordar algunos puntos importantes que se están discutiendo actualmente en materia litúrgico-dogmática y que nos preocupan más.

Agruparemos estas consideraciones bajo dos epígrafes, que serán simples indicaciones más que los temas mismos de nuestros desarrollos: la Liturgia y la Iglesia, la Liturgia y el Señor.

I.- LA LITURGIA Y LA IGLESIA

Como dijimos en la Encíclica Mediator Dei, la liturgia constituye una función vital de toda la Iglesia, y no sólo de un grupo o movimiento específico. Sacra Liturgia integrum constituit publicum cultum mystici Iesu Christi Corporis, capitis nempe membrorumque eius (La Sagrada Liturgia constituye el culto público del Cuerpo místico de Jesucristo íntegro, es decir, la cabeza y sus miembros. Acta Ap. Sedis , a. 39, 1947, pág. 528-529).

El Cuerpo Místico del Señor vive de la verdad de Cristo y de las gracias que se derraman entre los miembros, animándolos y uniéndolos entre sí y con su Cabeza. Tal es la idea de San Pablo, cuando dice en su primera Epístola a los Corintios: Omnia vestra sunt, vos autem Christi, Christus autem Dei (Todo es vuestro, y vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios. I Cor., 3, 23). Por tanto, todo se dirige hacia Dios, su servicio y su gloria. La Iglesia, llena de los dones y de la vida de Dios, se entrega con un movimiento íntimo y espontáneo a la adoración y alabanza del Dios infinito y, a través de la liturgia, le rinde como sociedad el culto que le corresponde.

A esta liturgia única, cada uno de los miembros, los que están investidos de un poder jerárquico como la multitud de los fieles, aporta todo lo que ha recibido de Dios, todos los recursos de su mente, de su corazón y de sus obras … La Jerarquía primero, que detenta el depositum fidei y el depositum gratiӕ.

Del depositum fidei, de la verdad de Cristo contenida en la Escritura y en la Tradición, extrae los grandes misterios de la fe y los transmite a la liturgia, en particular los de la Trinidad, la Encarnación y la Redención.

Pero sería difícil encontrar una verdad de fe cristiana que no se exprese de alguna manera en la liturgia, ya sea en las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, durante la Santa Misa y en el Oficio Divino, o en las riquezas que la mente y el corazón descubren en los Salmos.

Las ceremonias litúrgicas solemnes son, además, una profesión de fe en acto; ellas realizan las grandes verdades de la fe sobre los impenetrables designios de la generosidad de Dios y sus inagotables favores para con los hombres, sobre el amor y la misericordia del Padre celestial para con el mundo, por cuya salvación envió a su Hijo y lo entregó a la muerte.

Es así como la Iglesia comunica abundantemente en la liturgia los tesoros del depositum fidei (depósito de la fe), de la verdad de Cristo. — Por la liturgia también se difunden los tesoros del depositum gratiӕ (depósito de la gracia), que el Señor transmitió a sus Apóstoles: la gracia santificante, las virtudes, los dones, la potestad de bautizar, de conferir el Espíritu Santo, de perdonar los pecados mediante la penitencia, de consagrar sacerdotes.

Es en el corazón de la liturgia donde tiene lugar la celebración de la Eucaristía, sacrificio y comida: es también en ella que se confieren todos los sacramentos y que, a través de los sacramentales, la Iglesia multiplica grandemente los beneficios de la gracia en la más diversas circunstancias.

La Jerarquía extiende además su solicitud a todo lo que contribuya a embellecer y dignificar las ceremonias litúrgicas, ya sean lugares de culto, mobiliario, vestiduras litúrgicas, música sacra o arte sacro.

Si la Jerarquía comunica a través de la liturgia la verdad y la gracia de Cristo, los fieles por su parte tienen la tarea de acogerlas, de consentirlas con toda el alma, de transformarlas en valores de vida. Todo lo que se les ofrece, las gracias del sacrificio del altar, de los sacramentos y de los sacramentales, lo aceptan, no pasivamente, simplemente dejándolos fluir en ellos, sino colaborando en ello con toda su voluntad. y con todas sus fuerzas, y sobre todo participando en los oficios litúrgicos o al menos siguiéndolos con fervor. Han contribuido en gran medida y siguen contribuyendo con un esfuerzo constante a aumentar la pompa exterior del culto, a construir iglesias y capillas, a adornarlas,

La contribución que la Jerarquía y los fieles hacen a la liturgia no se suman como dos cantidades separadas, sino que representan la colaboración de los miembros de un mismo organismo, que actúa como un solo ser vivo. Los pastores y el rebaño, la Iglesia enseñante y la Iglesia enseñada, forman un solo y único cuerpo de Cristo.

Tampoco hay razón para mantener desconfianzas, rivalidades, oposiciones abiertas o latentes, ya sea en los pensamientos, o en la forma de hablar o actuar. Entre los miembros de un mismo cuerpo debe reinar ante todo la armonía, la unión, la colaboración. Es en esta unidad que la Iglesia ora, se ofrece, se santifica, y por eso podemos afirmar con razón que la liturgia es obra de la Iglesia toda entera.

Pero debemos agregar: la liturgia, sin embargo, no es toda la Iglesia; no agota el campo de sus actividades. Ya junto al culto público, el de la comunidad, hay lugar para el culto privado, que el individuo rinde a Dios en el secreto de su corazón o expresa por actos externos, y que tiene tantas variantes como cristianos hay, aunque procede de la misma fe y de la misma gracia de Cristo. Esta forma de adoración, la Iglesia no sólo la tolera, sino que la reconoce plenamente y la recomienda, sin por ello quitar nada a la preeminencia del culto litúrgico.

Pero cuando decimos que la liturgia no agota el ámbito de las actividades de la Iglesia, pensamos sobre todo en sus tareas docentes y pastorales, en la Pascite qui in vobis est gregem Dei (Apacentad la grey de Dios que os está encomendada; I Pedro 5, 2).

Hemos recordado el papel que el Magisterio, depositario de la verdad de Cristo, ejerce a través de la liturgia; la influencia del poder de gobierno sobre ella es también evidente, ya que corresponde a los Papas reconocer los ritos en vigor, introducir otros nuevos y regular el orden del culto, y a los Obispos velar con atención para que se observen las prescripciones canónicas relativas al culto divino (Acta Ap. Sedis, A. 39, 1947, pág. 544).

Pero las funciones de la educación y el gobierno se extienden mucho más allá de eso. Basta darse cuenta de esto con una mirada al Derecho Canónico y lo que dice sobre el Papa, las Congregaciones Romanas, los Obispos, los Concilios, el Magisterio y la disciplina eclesiástica. A la misma conclusión llegamos observando la vida de la Iglesia, y en Nuestras dos Alocuciones del 31 de mayo y del 2 de noviembre de 1954 sobre la triple función del Obispo, hemos insistido expresamente en la extensión de sus deberes, que no se limitan a la enseñanza y al gobierno, sino que incluyen también todas las demás actividades humanas en la medida en que intervienen intereses religiosos y morales (Acta Ap. Sedis, a. 46, 1954, pág. 313 -317; 666-677).

Por tanto, si las tareas e intereses de la Iglesia son tan universales, los sacerdotes y los fieles se cuidarán en su forma de pensar y actuar de caer en la estrechez de miras o la incomprensión. Nuestra Encíclica Mediator Dei ya había corregido algunas afirmaciones erróneas, que tendían o a orientar la enseñanza religiosa y la pastoral en una dirección exclusivamente litúrgica, o bien a crear obstáculos al movimiento litúrgico que no se comprendía. De hecho, no hay divergencia objetiva entre el fin perseguido por la liturgia y el de las demás funciones de la Iglesia; en cuanto a la diversidad de opiniones, es real, pero sin embargo no presenta obstáculos insalvables.

Estas consideraciones bastarán para mostrar, esperamos, que la liturgia es obra de toda la Iglesia, y que todos los fieles, como miembros del Cuerpo Místico, deben amarla, estimarla y participar en ella, entendiendo, sin embargo, que las tareas de la Iglesia van mucho más allá.

II. – LA LITURGIA Y EL SEÑOR

Ahora nos gustaría considerar especialmente la liturgia de la Misa y el Señor, que es al mismo tiempo el sacerdote como la ofrenda.

Como surgen aquí y allá inexactitudes y malentendidos sobre puntos particulares, diremos unas palabras sobre la actio Christi, la praesentia Christi y la infinita et divina maiestas Christi (la acción de Cristo, la presencia de Cristo y la infinita y divina majestad de Cristo).

I. ACTIO CHRISTI

La liturgia de la Misa tiene por fin expresar sensiblemente la grandeza del misterio que allí se realiza, y los esfuerzos actuales tienden a implicar en ella a los fieles de la forma más activa e inteligente posible.

Si bien este objetivo está justificado, se corre el riesgo de que cause una caída en el respeto, si se desvía la atención de la acción principal, para dirigirla hacia el brillo de otras ceremonias.

¿Cuál es esta acción principal del sacrificio eucarístico? Hablamos de ello explícitamente en la Alocución del 2 de noviembre de 1954 (Acta Ap. Sedis, a. 46, 1954, pág. 668-670). Citamos primero la enseñanza del Concilio de Trento: In divino hoc sacrificio, quod in Missa peragitur, idem ille Christus continetur et incruente immolatur, qui in ara crucis semel se ipsum cruente obtulit… Una enim eademque est hostia, idem nunc offerens sacerdotum ministerio, qui se ipsum tunc in cruce obtulit, sola offerendi ratione diversa (Y porque en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la cruz … ; Porque es una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse. (Conc. Trident, Sesión XXII, cap. 2).

Y continuamos en estos términos: Itaque sacerdos celebrans, personam Christi gerens, sacrificat, isque solus, non populus, non clerici, ne sacerdotes quidem, pie religiose que qui sacris operandi inserviunt; quamvis hi homnes in sacrificio activas quasdam partes habere possint et habeant (Por lo tanto, el sacerdote que celebra, portando la persona de Cristo, sacrifica, y solo él, no el pueblo, no el clero, ni siquiera los sacerdotes, los piadosos religiosos, que sirven en la obra sagrada; aunque estos hombres pueden tener y tienen algunas partes activas en el sacrificio (Acta Ap. Sedis, 1. cp 668).

Luego subrayamos que, por no distinguir entre la cuestión de la participación del celebrante en los frutos del sacrificio de la Misa y la de la naturaleza de la acción que él plantea, se llega a la conclusión: Idem esse unius Missӕ Celebrationem, cui centum sacerdotes religioso cum obsequio adstent atque centum Missas a centum sacerdotibus celebratas. (La celebración de una Misa, a la que asisten cien sacerdotes con devoción religiosa, es lo mismo que cien Misas celebradas por cien sacerdotes).

De esta afirmación, dijimos:Tamquam opinionis error reici debet. (Debe ser rechazada como error de opinión).

Y añadimos a modo de aclaración: Quoad sacrificii Eucharistici oblationem tot sunt actiones Christi Summi Sacerdotis, quot sunt sacerdotes celebrantes, minime vero quot sunt sacerdotes Missam episcopi aut sacri presbyteri celebrantis pie audientes; hi enim, cum sacro intersunt, nequaquam Christi sacrificantis personam sustinent et agunt, sed comparandi sunt christifidelibus laicis, qui sacrificio adsunt (En cuanto a la ofrenda del sacrificio eucarístico, hay tantas acciones de Cristo Sumo Sacerdote como sacerdotes celebrando, pero no tantas como sacerdotes escuchando piadosamente la Misa del obispo o presbítero sagrado que la celebra; pues estos, cuando participan del sacramento, no sostienen ni actúan en absoluto en la persona de Cristo sacrificador, sino que deben compararse con los fieles laicos de Cristo, que están presentes en el sacrificio. Acta Ap. Sedis, 1. c., pág. 669).

Sobre el tema de los congresos litúrgicos, dijimos en esta misma ocasión: Hi cœtus interdum propriam sequuntur regulam, ita scilicet, ut unus tantum sacrum peragat, alii vero (sive omnes sive plurimi) huic uni sacro intersint in eoque sacram synaxim e manu celebrantis sumant. Quod si hoc ex iusta et rationabili causa fiat, …obnitendum non est, dummodo huic modo agendi ne subsit error iam supra a Nobis memoratus (Estos congresos a veces siguen su propia regla, a saber, que sólo una persona realiza el servicio sagrado, mientras que otros (sean todos o muchos) participan en este servicio sagrado y toman la synaxim sagrada de la mano del celebrante. Pero, si esto se hace por una razón justa y razonable, … no hay que objetarlo, siempre que no haya error en esta forma de actuar, como ya hemos mencionado anteriormente); es decir, el error sobre la equivalencia entre la celebración de cien Misas por cien sacerdotes y la de una Misa a la que asisten piadosamente cien sacerdotes.

Según esto, el elemento central del sacrificio eucarístico es aquel en el que Cristo interviene como se ipsum offerens (ofreciéndose a sí mismo), para usar los mismos términos del Concilio de Trento (Sess. XXII, cap. 2). Esto sucede en la consagración donde, en el mismo acto de transubstanciación obrado por el Señor (cf. Conc. Trid. Sessio XIII, cap. 4 y 3), el sacerdote celebrante es personam Christi gerens (portando la persona de Cristo). Aunque la consagración se realice sin pompa y en la sencillez, es el punto central de toda la liturgia del sacrificio, el punto central de la actio Christi cuius personam gerit sacerdos celebrans (de la acción de Cristo cuya persona porta el sacerdote celebrante), o de los sacerdotes concelebrantes, en caso de verdadera concelebración.

Los acontecimientos recientes Nos dan la oportunidad de aclarar ciertos puntos al respecto. Cuando la consagración del pan y del vino se efectúa válidamente, se cumple toda la acción del mismo Cristo. Incluso si no se pudiera lograr todo lo siguiente, no faltaría nada esencial de la ofrenda del Señor.

Terminada la consagración, se puede hacer la oblatio hostiӕ super altare positӕ (la oblación de la hostia colocada sobre el altar) y la hace el sacerdote celebrante, por la Iglesia, por los demás sacerdotes y por cada fiel.

Pero esta acción no es actio ipsius Christi per sacerdotem ipsius personam sustinentem et gerentem (Pero esta acción no es la acción del mismo Cristo a través del sacerdote que sustenta y porta su persona). En realidad, la acción del sacerdote que consagra es la del mismo Cristo, que actúa por medio de su ministro. En el caso de una concelebración en el sentido propio de la palabra, Cristo, en lugar de actuar a través de un solo ministro, actúa a través de varios. En cambio, en la concelebración puramente ceremonial, que también puede ser hecha por un laico, no hay consagración simultánea, y se plantea entonces una cuestión importante: «¿Qué intención y qué acción exterior se requiere para que haya verdaderamente concelebración y consagración simultánea?”

Recordemos a este respecto lo que dijimos en Nuestra Constitución Apostólica Episcopalis Consecrationis, del 30 de noviembre de 1944 (Acta Ap. Sedis, a. 37, 1945, pág. 131-132). Allí determinamos que en la consagración episcopal los dos Obispos, que acompañan al Consagrador, deben tener la intención de consagrar al Elegido, y que en consecuencia deben realizar las acciones externas y pronunciar las palabras, por las cuales el poder y la gracia a transmitir son significados y transmitidos. No basta, pues, que unan su voluntad a la del consagrante principal y declaren que hacen propias sus palabras y acciones. Ellos mismos deben realizar estas acciones y pronunciar las palabras esenciales.

Lo mismo vale para la concelebración en sentido propio. No basta tener y manifestar la voluntad de refrendar las palabras y acciones del celebrante. Los concelebrantes deben decir ellos mismos sobre el pan y el vino: Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre; de lo contrario, su concelebración es puramente ceremonial.

Por tanto, no es lícito afirmar que «la única cuestión decisiva, en última instancia, es saber en qué medida la participación personal, sostenida por la gracia, que se toma en esta ofrenda de culto, aumenta la participación en la cruz y en la gracia de Cristo, que nos une a Él y entre nosotros».

Ya hemos rechazado esta forma inexacta de plantear la cuestión en la Alocución del 2 de noviembre de 1954; pero algunos teólogos aún no pueden consentirlo. Repetimos, pues: la cuestión decisiva (para la concelebración, como para la Misa de un solo sacerdote) no es saber qué fruto saca el alma de ella, sino cuál es la naturaleza del acto que se realiza: el sacerdote, como ministro de Cristo, ¿hace o no la actio Christi se ipsum sacrificantis et offerentis (la acción de Cristo sacrificándose y ofreciéndose a sí mismo)?

Asimismo, para los sacramentos, no se trata de saber cuál es el fruto producido por ellos, sino si los elementos esenciales del signo sacramental (la puesta en acto del signo por el ministro mismo, que realiza los gestos y pronuncia las palabras con la intención saltem faciendi quod facit Ecclesia [al menos de hacer lo que hace la Igleisa]) han sido válidamente realizados.

Del mismo modo en la celebración y en la concelebración hay que ver, si con la necesaria intención interior, el celebrante realiza la acción exterior y especialmente pronuncia las palabras, que constituyen la actio Christi seipsum sacrificantis et offerentis (la acción de Cristo sacrificándose y ofreciéndose a sí mismo). Esto no se verifica cuando el sacerdote no pronuncia sobre el pan y el vino las palabras del Señor: Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre.

2. PRӔSENTIA CHRISTI

Así como el altar y el sacrificio dominan el culto litúrgico, debemos decir de la vida de Cristo que ella está enteramente regida por el sacrificio de la cruz.

Las palabras del Ángel a su padre adoptivo: Salvum faciet populum suum a peccatis eorum (salvará a su pueblo de sus pecados. Mat., 1, 21), las de Juan Bautista: Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccatum mundi (He aquí el Cordero de Dios, he aquí al que quita el pecado del mundo Io., 1, 29), las del mismo Cristo a Nicodemo: Exaltari oportet Filium hominis, ut omnis qui credit in ipsum, …habeat vitam ӕternam (Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Io., 3, 14-15), a sus discípulos: Baptismo… habeo bapizari, et quomodo coarctor usque dum perficiatur (Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! Luc., 12, 50), y especialmente las de la Última Cena y del Calvario, todo indica que el centro del pensamiento y de la vida del Señor fue la cruz y la ofrenda de sí mismo al Padre para reconciliar a los hombres con Dios y salvarlos.

Pero, ¿Aquel que ofrece el sacrificio no es algo más grande que el sacrificio mismo? Así pues, nos gustaría hablaros ahora del Señor mismo, y ante todo llamar vuestra atención sobre el hecho de que en la Eucaristía la Iglesia posee al Señor con su carne y sangre, su cuerpo y su alma, y su divinidad. El Concilio de Trento lo definió solemnemente en la XIII Sesión can. I; basta, además, tomar en su sentido literal, claro e inequívoco las palabras pronunciadas por Jesús, para llegar a la misma conclusión: ¡Tomad y comed! ¡Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros! Tomad y bebed, esta es mi Sangre, que será derramada por vosotros. Y San Pablo, en su primera carta a los Corintios (I Cor. 11, 23-25), usa los mismos términos simples y claros.

Entre los católicos, sobre este tema no hay ninguna duda, ninguna diversidad de opiniones. Pero, tan pronto como la especulación teológica comienza a discutir el modo en que Cristo está presente en la Eucaristía, aparecen serias diferencias de opinión sobre muchos puntos. No queremos entrar en estas controversias especulativas; pero Nos gustaría señalar ciertos límites e insistir en un principio fundamental de interpretación, cuyo descuido Nos preocupa.

La especulación debe tomar como regla que el sentido literal de los textos de la Escritura, la fe y la enseñanza de la Iglesia prevalecen sobre el sistema científico y las consideraciones teóricas; es la ciencia la que debe ajustarse a la revelación, no al revés.

Cuando una concepción filosófica distorsiona el significado natural de una verdad revelada, o no es exacta o no está siendo utilizada correctamente. Este principio encuentra su aplicación en la doctrina de la presencia real.

Algunos teólogos, aun aceptando la doctrina del Concilio sobre la presencia real y la transubstanciación, interpretan las palabras de Cristo y las del Concilio de tal manera que todo lo que queda de la presencia de Cristo es una especie de envoltura vacía de su contenido natural.

En su opinión, el contenido esencial actual de las especies del pan y del vino es «el Señor que está en los cielos», con el que las especies tienen una relación supuestamente real y esencial de contención y presencia.

Esta interpretación especulativa suscita serias objeciones, cuando se presenta como plenamente suficiente, porque el sentido cristiano de los fieles, la constante enseñanza catequética de la Iglesia, los términos del Concilio, sobre todo las palabras del Señor, exigen que la Eucaristía contiene el Señor mismo.

Las especies sacramentales no son el Señor, aunque tengan con la sustancia de Cristo en el cielo una relación llamada esencial de contención y presencia.

El Señor dijo: “¡Esto es mi Cuerpo! ¡Esta es mi Sangre!». El no dijo: “Esta es una apariencia sensible que significa la presencia de mi Cuerpo y mi Sangre”.

Sin duda, Él podía hacer que los signos sensibles de una relación real de presencia, fuesen signos sensibles y eficaces de la gracia sacramental; pero aquí se trata del contenido esencial de la specie eucharisticӕ (de la especie eucarística) no de su eficacia sacramental.

No se puede, pues, admitir que la teoría, de la que acabamos de hablar, dé pleno derecho a las palabras de Cristo, que la presencia de Cristo en la Eucaristía no signifique nada más y que esto baste para poder decir con toda verdad de la Eucaristía: Dominus est (es el Señor) (cf. Io. 21, 7).

Sin duda, la masa de los fieles no está en condiciones de comprender los difíciles problemas especulativos y los intentos de explicación sobre la naturaleza de la presencia de Cristo. El Catecismo Romano, además, nos invita a no discutir estas cuestiones ante ellos (cf. Catech. Rom. pars. II, cap. IV, n. 43 sq.), pero no menciona ni propone la teoría esbozada más arriba; menos aún afirma que agota el sentido de las palabras de Cristo y las explica plenamente.

Se puede seguir buscando explicaciones e interpretaciones científicas, pero no deben, por así decirlo, sacar a Cristo de la Eucaristía y dejar en el tabernáculo sólo especies eucarísticas que conservan una relación supuestamente real y esencial con el verdadero Señor que está en los cielos.

Es asombroso que aquellos que no están satisfechos con la teoría expuesta más arriba se clasifiquen entre el número de adversarios entre los «físicos» no científicos, o quienes no dudan en declarar, en relación con la concepción llamada científica de la presencia de Cristo: «Esta verdad no es para las masas».

A estas consideraciones debemos añadir algunas observaciones sobre el tabernáculo. Así como dijimos antes: «El Señor, es en cierto modo, mayor que el altar y el sacrificio», ¿podríamos decir ahora: «El tabernáculo, donde mora el Señor descendido entre su pueblo, es superior al altar y al sacrificio?»

El altar prevalece sobre el tabernáculo, porque allí se ofrece el sacrificio del Señor. El tabernáculo posee, sin duda, el Sacramentum permanens (el Sacramento que permanece); pero no es un «altar permanente», porque el Señor se ofrece en sacrificio sólo en el altar durante la celebración de la Santa Misa, pero no después ni fuera de la Misa.

En el tabernáculo, en cambio, está presente mientras duran las especies consagradas, sin por ello ofrecerse permanentemente.

Tenemos todo el derecho a distinguir entre la ofrenda del sacrificio de la Misa y el cultus latreuticus (el culto latréutico) ofrecido al Hombre-Dios escondido en la Eucaristía.

Una decisión de la Sagrada Congregación de Ritos del 27 de julio de 1927 limita al mínimo la exposición del Santísimo Sacramento durante la Misa (Acta Ap. Sedis, a. 19, 1927, pág. 289); pero se explica fácilmente por la preocupación de mantener habitualmente separados el acto del sacrificio y el culto de simple adoración, de modo que los fieles comprendan claramente el carácter propio.

Sin embargo, más importante que la conciencia de esta diversidad es la de la unidad: es un mismo Señor, que es inmolado en el altar y honrado en el tabernáculo y que desde allí derrama sus bendiciones.

Si estuviéramos bien convencidos de esto, evitaríamos muchas dificultades, cuidaríamos de no exagerar la importancia de una en detrimento de la otra y de oponernos a las decisiones de la Santa Sede.

El Concilio de Trento explicó qué disposiciones del alma se deben tener hacia el Santísimo Sacramento: Si quis dixerit, in sancto Eucharistiӕ sacramento Christum unigenitum Dei Filium non esse cultu latreutico, etiam externo, adorandum, atque ideo nec festiva peculiari celebritate venerandum, neque in processionibus, secundum laudabilem et universalem Ecclesiӕ sanctӕ ritum et consuetudinem, sollemniter circumgestandum, vel non publice, ut adoretur, populo proponendum, et eius adoratores esse idololatras: anatema sit (Si alguno dijere que en el santísimo sacramento de la Eucaristía no se debe adorar con culto de latría, aun externo, a Cristo, Hijo de Dios unigénito, y que por tanto no se le debe venerar con peculiar celebración de fiesta ni llevándosele solemnemente en procesión, según laudable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia, o que no debe ser públicamente expuesto para ser adorado, y que sus adoradores son idólatras, sea anatema. Conc. Trid., Sessio XIII can. 6).

Si quis dixerit, non licere sacram Eucharistiam in sacrario reservari, sed statim post consecrationem necessario adstantibus distribuendam, aut non licere, ut illa ad infirmos honorifice deferatur: anatema sit (Si alguno dijere que no es lícito reservar la Sagrada Eucaristía en el sagrario, sino que debe ser necesariamente distribuida a los asistentes inmediatamente después de la consagración; o que no es lícito llevarla honoríficamente a los enfermos, sea anatema. Conc. Trid., l. c, can. 7).

Quien se adhiere de corazón a esta doctrina, no piensa en formular objeciones contra la presencia del tabernáculo sobre el altar.

En la Instrucción del Santo Oficio De arte sacra del 30 de junio de 1952 (Acta Ap. Sedis, a. 44, 1952, pág. 542-546), la Santa Sede insiste, entre otras cosas, en este punto: Districte mandat hӕc Suprema S. Congregatio ut sancte serventur prӕscripta canonum 1268, § 2  et 1269, § 1: SSma Eucharistia custodiatur in prӕcelentissimo ac nobilissimo ecclesiӕ loco ac proinde regulariter in altari majore, nisi aliud venerationi et cultui tanti sacramenti commodius et decentius videatur … SSma Eucharistia servari debet in tabernaculo inamovibili in media parte altaris posito (La Suprema Congregación ordena que se observen estrictamente las disposiciones de los cánones 1268, § 2 y 1269, § 1: La Sagrada Eucaristía debe custodiarse en un lugar excelente y noble de la iglesia y, por lo tanto, regularmente en el altar mayor, a menos que algo parezca más conveniente y decente para la veneración y el culto de tal sacramento… La Sagrada Eucaristía debe conservarse en un sagrario inamovible colocado en el centro del altar. Act. Ap. Sedis, l. c., pág. 544).

No se trata tanto de la presencia material del sagrario sobre el altar, cuanto de una tendencia, sobre la que queremos llamar vuestra atención, la de una menor estima por la presencia y la acción de Cristo en el sagrario. Se contentan con el sacrificio del altar, y disminuyen la importancia de Aquel que lo realiza. Ahora bien, la persona del Señor debe ocupar el centro del culto, pues es Él quien unifica las relaciones del altar y del tabernáculo y les da su significado.

Es ante todo por el sacrificio del altar que el Señor se hace presente en la Eucaristía y está en el tabernáculo como memoria sacrificii et passionis suӕ (memoria de su sacrificio y pasión). Separar el tabernáculo del altar es separar dos cosas, que deben permanecer unidas por su origen y su naturaleza.

La forma en que se podría colocar el sagrario sobre el altar sin impedir la celebración de cara al pueblo puede recibir diversas soluciones, sobre las cuales los especialistas darán su opinión. Lo principal es haber entendido que es el mismo Señor el que está presente en el altar y en el sagrario.

También se podría subrayar la actitud de la Iglesia con respecto a ciertas prácticas de piedad: la visita al Santísimo Sacramento, que recomienda encarecidamente, la oración de las cuarenta horas o «adoración perpetua», la hora santa, el transporte solemne de la Comunión a los enfermos, las procesiones del Santísimo Sacramento.

El liturgista más entusiasta y convencido debe ser capaz de comprender y adivinar lo que el Señor significa en el tabernáculo para los fieles profundamente piadosos, sean personas sencillas o cultas. Él es su consejero, su consuelo, su fuerza, su recurso, su esperanza en la vida y en la muerte. No contento con dejar que los fieles se acerquen al Señor en el tabernáculo, el movimiento litúrgico se esforzará por atraerlos cada vez más.

3. INFINITA Y DIVINA MAIESTAS CHRISTI

El tercer y último punto, que nos gustaría tratar, es el de la infinita et divina Maiestas Christi (la infinita y divina Majestad de Cristo, que se traduce: de Cristo, Christus Deus (Cristo es Dios).

Ciertamente el Verbo Encarnado es el Señor y Salvador de los hombres; pero Él es y sigue siendo el Verbo, el Dios infinito.

En el símbolo de San Atanasio se dice: Dominus noster Iesus Christus Dei Filius, Deus et homo est (Nuestro Señor Jesucristo Hijo de Dios, es Dios y hombre).

La humanidad de Cristo también tiene derecho al culto de latría por su unión hipostática con el Verbo, pero su divinidad es la razón y la fuente de este culto.

Tampoco la divinidad de Cristo puede quedar de alguna manera en la perifería del pensamiento litúrgico.

Es normal que vayamos ad Patrem per Christum (al Padre por Cristo), ya que Cristo es Mediador entre Dios y los hombres. Pero Él no es sólo Mediador; está también en la Trinidad, igual al Padre y al Espíritu Santo.

Baste recordar el grandioso prólogo del Evangelio de San Juan: El Verbo era Dios… Todo fue hecho por Él. Y nada de lo que se ha hecho, se ha hecho sin Él (Io 1, 1-3).

Cristo es el Primero y el Último, el Alfa y la Omega.

Al final del mundo, cuando todos los enemigos hayan sido vencidos y la muerte en último lugar, Cristo, es decir, el Verbo subsistente en la naturaleza humana, entregará el Reino a Dios su Padre, y el Hijo mismo se someterá a Aquél que le sometió todo a Él, para que «Dios sea todo en todos» (I Cor., 15, 28).

La meditación de infinita, summa, divina Maiestas de Cristo puede ciertamente contribuir a la profundización del sentido litúrgico, y por eso hemos querido llamar vuestra atención sobre ello.

Nos gustaría añadir como conclusión dos advertencias sobre “la liturgia y el pasado”, “la liturgia y el tiempo presente”.

La liturgia y el pasado. En materia de liturgia, como en muchas otras áreas, se deben evitar dos actitudes excesivas con respecto al pasado: el apego ciego y el desprecio total.

Encontramos en la liturgia elementos inmutables, un contenido sagrado que trasciende el tiempo, pero también elementos variables, transitorios, a veces incluso defectuosos.

La actitud actual de los círculos litúrgicos con respecto al pasado nos parece en general totalmente acertada: se busca, se estudia seriamente, se apega a lo que realmente lo merece, sin caer en el exceso.

Aquí y allá, sin embargo, aparecen ideas y tendencias aberrantes, resistencias, entusiasmos o condenas, cuyas formas concretas os son bien conocidas y de las que hemos dicho una palabra más arriba.

La liturgia y el tiempo presente. La liturgia confiere a la vida de la Iglesia, e incluso a toda la actitud religiosa de hoy una huella característica.

Sobre todo, notamos una participación activa y consciente de los fieles en las acciones litúrgicas.

Por parte de la Iglesia, la liturgia actual implica una preocupación de progreso, pero también por la conservación y la defensa.

Vuelve al pasado sin copiarlo servilmente, y crea algo nuevo en las ceremonias mismas, en el uso del lenguaje vulgar, en el canto popular y en la construcción de las iglesias.

No obstante, sería superfluo recordar una vez más que la Iglesia tiene serias razones para mantener firmemente en el rito latino la obligación incondicional para el sacerdote celebrante de usar la lengua latina, y, asimismo, cuando el canto gregoriano acompaña al santo Sacrificio, se haga esto en la lengua de la Iglesia.

Los fieles, por su parte, se preocupan por responder a las medidas tomadas por la Iglesia, pero adoptan actitudes profundamente diferentes al respecto: unos muestran prontitud, entusiasmo, a veces incluso una pasión excesivamente intensa que motiva intervenciones de la autoridad; otros muestran indiferencia e incluso oposición. Así se manifiesta la diversidad de temperamentos, así como las preferencias por la piedad individual o por el culto comunitario.

La liturgia actual también se ocupa de muchos problemas particulares relacionados, por ejemplo: la relación de la liturgia con las ideas religiosas del mundo actual, la cultura contemporánea, las cuestiones sociales, la psicología profunda.

Esta simple mención bastará para mostraros que los diversos aspectos de la liturgia de hoy no sólo despiertan Nuestro interés, sino que mantienen despierta Nuestra vigilancia. Deseamos sinceramente que el movimiento litúrgico progrese y queremos ayudarlo; pero también nos corresponde a Nosotros prevenir todo lo que sería fuente de error y peligro. Es además un consuelo y una alegría para Nosotros saber que podemos contar con vuestra ayuda y comprensión en estos asuntos.

Que estas consideraciones, junto con los trabajos que os han ocupado en los días precedentes, puedan dar frutos abundantes y contribuir a alcanzar con mayor seguridad el fin al que tiende la sagrada liturgia.

Como prenda de las bendiciones divinas que imploramos para vosotros y para las almas que os han sido confiadas, os impartimos de todo corazón Nuestra Bendición Apostólica.