RAFAEL GAMBRA CIUDAD: ECUMENISMO CONCILIAR

EL MARTIRIO Y LA TOLERANCIA ECUMÉNICA

El día en que esto escribo (26 de junio) celebra la Iglesia la fiesta de San Pelayo, niño mártir de la fe y de su pureza en la España de comienzos de la Reconquista (siglo X).

Pelayo, con otros muchos cristianos, había sido cogido como rehén por el Emir de Córdoba Abderramán III. Informado éste de la belleza y apostura del muchacho le mandó llamar a su presencia. Contaba Pelayo a la sazón entre doce y catorce años, la edad más apetecible para quienes poseen el vicio de la paidofilia o pederastia, tan frecuente entre los árabes.

Trató el Emir de tentarle con regalos y una posición ventajosa en su corte si abjuraba de su fe, y, cuando terminó su propuesta seductora, trató de tentarle físicamente con mano libidinosa. La reacción del niño fue instantánea: “¡Atrás, perro moro! Cristiano soy y cristiano seré hasta la muerte”.

Furioso el Emir ante esta actitud, ordenó su muerte y descuartizamiento, y que sus restos fueran arrojados al Guadalquivir. Los cristianos pudieron rescatar al menos la cabeza del santo niño que se conserva en la catedral de Oviedo. Hasta aquí los hechos.

COMENTARIO eclesial mil años más tarde, en la primavera del Concilio…:

«La respuesta de Pelayo fue intolerante y ultra, con ribetes además de racismo y xenofobia. Si hubiera sabido dialogar hasta alcanzar un consenso ecumenista se habría podido evitar seguramente la humillación del Emir y el martirio del niño. Claro que la actitud del niño encuentra una disculpa en el oscurantismo medieval y en la violencia de su época”.

Otra valoración de este siglo XX —aunque ya un tanto demodé— ha sido la del Carlismo español, que hizo de San Pelayo el patrono de sus juventudes infantiles y dio su nombre —el de «pelayos»— a los niños carlistas.