RAFAEL GAMBRA CIUDAD: DISGREGACIÓN DE LA PATRIA

LA DEMOCRACIA, ESTADO DE BIENESTAR

A fuerza de repetir incesantemente durante veinte años y por todos los medios civiles, militares y eclesiásticos que la democracia es el mejor de los regímenes posibles, «el personal» ha llegado a creérselo como si de un dogma o un axioma se tratara.

Criticar la democracia (se entiende a la democracia laicista, de partidos y sufragio universal) se considera hoy como hubiera sido injuriar hace cuarenta años al «anterior Jefe del Estado» o como blasfemar públicamente en el siglo XVI. Democracia se ha hecho equivalente en la mentalidad media a «Estado de Derecho» y a «Estado de Bienestar».

Veamos: (Desde ahora siempre en hipótesis): Imaginemos un país «Z» que disfrutó hace sesenta años de esa democracia, la cual le condujo a tal estado de anarquía y violencia que fueron necesarios una guerra interior y cuarenta años de relativo autoritarismo para que, mal que bien, ese país reviviera. Supongamos que después, recuperadas «las libertades democráticas», hubiera sufrido de más de una década de gobierno de un partido «X», sobre demócrata socialista, en tal grado depredador e inmoral que hubiera dejado al dicho país al borde de la ruina económica y moral. Imaginemos, ítem más, que intentara ahora gobernarlo otro partido «Y» que, aunque sin principios ni convicciones (que son incompatibles con la democracia), estuviera animado de cierto buen deseo de poner orden y restaurar la economía.

El tal partido tendría, ante todo, que luchar con la oposición del anterior partido «X» que, por haber fomentado la Pereza entre sus mesnadas, cuenta todavía con un fuerte apoyo parlamentario. Tendrá que tratarlo con guante blanco y no hacerle demasiado daño porque no tendría el partido «X» mas que aliarse con otro partido «C» que es marxista-leninista (tan legal como los demás en una democracia) y desbancarlo así de su mayoría parlamentaria.

Tendrá que conformarse con tímidas reformas anti-dilapidación y en favor de cierta austeridad, por decir que hace algo. Pero aun esto chocará frontalmente con los sindicatos legales, que son también más o menos comunistas, que se dispondrán a organizarle todo género de huelgas, manifestaciones y tumultos.

Por otra parte, supongamos que ese país «Z» sufre de un rápido proceso de disgregación en algunas de sus regiones a través de partidos «S» que no ocultan sus fines separatistas y que poseen plena representación nacional, y no sólo regional como podría esperarse. Alguno de estos partidos promueve, a través de sus cachorros, gravísimos disturbios, extorsiones y asesinatos. Tampoco puede el partido «Y» enfrentarse con ellos porque precisa de sus votos para continuar en el «gobierno». Por lo cual se limita a hacerles continuas concesiones y «trasferencias», mientras esos partidos «S» se emplean en «formar» a la juventud de esas regiones en la aversión al país «Z».

Pero lo más difícil de imaginar sería que esos partidos y sindicatos que hacen ingobernable al país, que procuran su desintegración y en cuyo seno se amasan rápidas y pingües fortunas, estuviesen subvencionados y sostenidos por el propio Estado. Es decir, que si tales subvenciones les fueran retiradas perderían toda su fuerza puesto que su cuota de afiliación es mínima.

De todo lo cual resultaría que el ciudadano medio de ese país, sobre sufrir las consecuencias de ese desgobierno permanente y de esa disgregación de su patria, tendría que participar, a través de una fiscalidad agobiante, en el mantenimiento de las causas de tales calamidades. Y además —cornudo y apaleado— soportar que a esto se le llame «las libertades reconquistadas», el «Estado de Derecho» y el «Estado de Bienestar».

Naturalmente, todo esto es pura fantasía, porque ninguna mente humana en su sano juicio sería capaz de proponer semejante sistema de gobierno.