DOCTORA CAROL BYRNE: LA REFORMA LITÚRGICA

Reforma de la Semana Santa I

1951-1955:
El Vaticano inició la reforma litúrgica

Antes de abordar los cambios reales en la liturgia de la Semana Santa, en 1955 bajo Pío XII, que fueron muchos y significativos, veremos los principios rectores de la Comisión para la Reforma General de la Liturgia de 1948 y la manera en que su Secretario, el Padre Annibale Bugnini, llevó a cabo su tarea de reformar las ceremonias más antiguas y venerables de la Iglesia.

Secreto primordial, ética dejada de lado

La inclinaciónde Bugnini por el secreto influyó en todas sus acciones. Hemos visto cómo había estado haciendo visitas clandestinas al Centro de Pastoral Litúrgica([1]) desde 1946, año en que Pío XII solicitó al Cardenal Carlo Salotti, Prefecto de la Congregación de Ritos, que comenzara a elaborar un proyecto para la reforma general de la liturgia.

Bugnini: “Yo soy la reforma litúrgica”

El propio Bugnini admitió que su Comisión se reunió «en absoluto secreto». Transmitió información selectiva, a través del Padre Agustín Bea y Monseñor Giovanni Battista Montini, «por las rendijas», por así decirlo, al Papa; mantuvo a la Sagrada Congregación de Ritos en la ignorancia y sorprendió a los fieles desprevenidos con la primera de las reformas de la Semana Santa en 1951.

De hecho, tan secreto fue el trabajo de la Comisión en este proyecto que Bugnini (supuestamente conocido como Hermano Buan en la masonería) admitió que «la publicación de la Orden Renovada para el Sábado Santo a principios de marzo de 1951 tomó por sorpresa incluso a los funcionarios de la Congregación de Ritos».([2])

Si ni siquiera la Congregación supo nada de la reforma proyectada de la Vigilia Pascual hasta que fue proclamada formalmente, cabe preguntarse por la integridad del Cardenal Clemente Micara, quien era simultáneamente Presidente de la Comisión de Bugnini y Pro-Prefecto de la Congregación de Ritos. De hecho, fue Micara quien firmó el Decreto que publicaba el nuevo Rito del Sábado Santo([3]) (véase aquí)

Esto plantea la cuestión de la colusión con Bugnini, y si la reforma de la Vigilia Pascual había sido, por así decirlo, un acuerdo entre ellos.

«¡Yo soy la reforma litúrgica!»

Estas palabras de autoestima inflada —«Yo soy la reforma litúrgica»— fueron atribuidas a Bugnini por un colega cercano.([4]) Independientemente de si Bugnini las pronunció realmente o no, no tuvo dificultad en desempeñar el papel absolutista.

Es también un ejemplo del poder corruptor que le confirió Pío XII. Sin ese respaldo papal, el trabajo de la Comisión se habría paralizado.

Pero con el poder del Papa detrás, la Comisión de Bugnini se convirtió en un fin en sí misma, incuestionable e indiscutible; el arma burocrática definitiva contra todos los objetores. Se convertiría en una industria global, poderosa y sin rendición de cuentas, que obligaría a los obispos del mundo, quisieran o no, a seguir las directrices de Bugnini.

«Reformas divisivas»

No se suele apreciar lo controvertidas que fueron en su momento las reformas de la Semana Santa de los años 1951-1955. Existen registros históricos que demuestran que fueron vehementemente criticadas por muchos obispos, sacerdotes y laicos debido a la naturaleza radical de los cambios que entonces se iniciaron.

Entre los críticos más acérrimos se encontraba Monseñor Léon Gromier, un distinguido prelado de la Casa Pontificia y canónigo de la Basílica de San Pedro. Como consultor de la Congregación de Ritos desde la época del Papa San Pío X, estaba en posición de hablar con autoridad sobre las ceremonias de la Semana Santa. Su conocimiento era legendario en todos los temas litúrgicos, desde bujías hasta coturnos, y desde falbalás hasta faldistorios, lo que lo convirtió en el defensor más firme de los ritos tradicionales.

Gromier, quien había estado criticando públicamente el Movimiento Litúrgico desde 1936, dio una conferencia en París en 1960 (véase aquí).([5]) En ella, examinó las reformas de la Semana Santa de 1955, exponiendo la falsa ciencia litúrgica y el falso razonamiento que las sustentaba.

No dudó en describirlas como un “acto de vandalismo”, “una inmensa pérdida y una afrenta a la historia”, “la negación de principios razonados” y el producto de una “mentalidad pastoral impregnada de una actitud populista, desfavorable al clero”. Con referencia a los liturgistas que produjeron las reformas, lamentó que sus “poderes discrecionales son vastos, al igual que los abusos”.

Las objeciones de los obispos([6]) a los cambios provisionales de la Semana Santa de 1951 llegaron al Vaticano con solicitudes para que se mantuvieran intactos los ritos tradicionales.

La reforma final y obligatoria de 1955 fue enérgicamente rechazada por más obispos, por ejemplo, el cardenal Francis Spellman de Nueva York y el arzobispo John Charles Mc Quaid de Dublín (con el argumento de que podría desestabilizar la fe del pueblo irlandés).([7])

Monseñor Léon Gromier,
un acérrimo y declarado enemigo de las reformas de la Semana Santa de 1955

Entre los laicos, los periódicos católicos de 1955-1956 estaban plagados de objeciones.([8]) El novelista Evelyn Waugh, que se había convertido al catolicismo, consideró que los cambios eran ruinosos para su vida espiritual y un peligro para la fe misma, particularmente entre la gente sencilla.([9])

 Sin margen de maniobra para los ritos tradicionales

Pero, haciendo caso omiso de las advertencias sobre las consecuencias de cambiar patrones de culto establecidos desde hace mucho tiempo —los nuevos ritos pondrían en peligro las actitudes habituales y arraigadas hacia la fe de los católicos devotos— Pío XII promulgó sus nuevas leyes e instrucciones litúrgicas en Maxima Redemptionis en 1955, e ilegalizó los ritos tradicionales:

«Quienes siguen el rito romano están obligados en el futuro a seguir el Ordo restaurado para la Semana Santa… Este nuevo Ordo debe ser seguido… »([10])

Una tragedia para los obispos de mentalidad tradicional

Pío XII utilizó la legislación para introducir cambios arbitrarios e innecesarios ideados por revolucionarios. Esto colocó a los obispos fieles a la ley (para quienes la obediencia al Papa era su deber primordial), en una posición insostenible: fueron obligados a implementar reformas a las que se oponían por motivos de fe. En otras palabras, al no tener más opción que acatar las normas, se vieron forzados a actuar en contra de sus principios y su conciencia.

Pío XII ordenó los cambios en las ceremonias de la Semana Santa en 1955

Y dado que Maxima Redemptionis legitimaba las acciones del clero progresista que llevaba décadas implementando las reformas sin la autorización del Papa, se trataba de un documento fundamentalmente sesgado contra los ritos tradicionales.

Naturalmente, en el Decreto no se mencionaba a los numerosos obispos que consideraban las reformas pastoralmente erróneas. La afirmación de que las reformas de la Semana Santa tuvieron «el mayor éxito en todas partes» es sumamente tendenciosa.([11])

Esto revela un considerable desprecio no sólo hacia los obispos de mentalidad tradicional, sino también hacia aquellos católicos apegados a sus tradiciones que nunca habían solicitado ni acogido con beneplácito tales cambios. Si un documento de este tipo, contrario a todo el pasado de la Iglesia, tenía el poder de obligar a los fieles es una cuestión abierta a debate.

En resumen, la reforma de la Semana Santa de 1955, independientemente del grado de complicidad de Pío XII, fue un mecanismo respaldado por el Papa para reordenar la liturgia, incorporar los deseos básicos de los progresistas y comenzar a implementar sus ideas para futuros cambios. Así triunfó la voluntad de la Comisión Bugnini, sofocando inevitablemente la oposición.

Continuará.


[1] El CPL era un centro de estudios litúrgicos caracterizado por su compromiso ideológico con las reformas más avant garde.

[2] Annibale Bugnini, La Reforma Litúrgica: 1948–1975, Liturgical Press, 1990, página 25. La razón de su asombrosa franqueza era que no consideraba sus intrigas como algo de lo que avergonzarse, sino de lo que presumir.

[3] “De solemni vigilia paschali instauranda” (Sobre el restablecimiento de la solemne vigilia pascual), Acta Apostolicæ Sedis, 9 de febrero de 1951, página 129. Bugnini se equivocó al decir que la fecha de publicación era principios de marzo de 1951.

[4] Anscar Chapungco OSB, ¿Qué es, entonces, la liturgia? Reflexiones y memorias, Collegeville, MN: Liturgical Press, 2010, página 4. El Padre Chapungco, ex-presidente del Pontificio Instituto Litúrgico de Roma y ferviente defensor de las reformas, recordó que Bugnini pronunció estas palabras durante una de sus visitas al Instituto.

[5] Monseñor Léon Gromier, “La Semaine Sainte Restaurée”, en Opus Dei, 1962, número 2, páginas 76-90. Opus Dei era una revista mensual editada por un sacerdote francés, el Padre Ferdinand Portier, conocido por sus arreglos y promoción del canto gregoriano.

[6] Entre ellos se encontraban Monseñor Felice Bonomini, obispo de Como, el Cardenal Giuseppe Siri, arzobispo de Génova, y Monseñor Cornelio Cuccarollo, arzobispo de Otranto. Apud Alcuin Reid, El desarrollo orgánico de la liturgia, Ignatius Press, 2005, página 222, nota 270.

[7] Alcuin Reid, ibíd., página 231.

[8])  Véanse, por ejemplo, The Catholic Herald y The Tablet.

[9] En un artículo publicado en The Spectator en 1962, Waugh afirmó: «Durante los últimos años hemos presenciado el triunfo de los “liturgistas” en la nueva organización de los servicios para el final de la Semana Santa y la Pascua. Durante siglos, estos se habían enriquecido con devociones muy apreciadas por los laicos: la anticipación del oficio matutino de Tinieblas, la vigilia en el Altar de la Reserva, la Misa de los Presantificados. No era así como los cristianos del siglo II celebraban este tiempo litúrgico. Era el resultado orgánico de las necesidades del pueblo», citado por Scott Reid en “A Bitter Trial: Evelyn Waugh and John Carmel Cardinal Heenan on the liturgical changes” (Un juicio amargo: Evelyn Waugh y el Cardenal John Carmel Heenan sobre los cambios litúrgicos), Londres: St Austin Press, 1996, páginas 24-25.

[10] Sagrada Congregación de Ritos, Decreto e Instrucción General, Maxima Redemptionis, 16 de noviembre de 1955, Acta Apostolicæ Sedis, volumen 47, página 840.

[11] Esta afirmación la hizo el prefecto de la Congregación de Ritos, el Cardenal Gaetano Cicognani.