Se acerca la festividad de San Agustín de Hipona (28 de agosto) y la Iglesia vuelve la mirada a una de las mentes más brillantes que han transitado esta tierra. Sin embargo, en un mundo obsesionado con la comodidad, la eficientización y el atesoramiento terrenal, corremos el riesgo de edulcorar su figura. No recordamos a Agustín como a un mero académico o a un filósofo de la cultura; lo recordamos como a un alma que descubrió, a fuerza de desgarrarse el corazón, una verdad tremenda: este mundo no es nuestro hogar, sino un destierro.
La anécdota del jardín de Ostia: Un anticipo de la Eternidad
Poco antes de la muerte de su santa madre, Mónica, ocurrió un episodio bellísimo y profundo en la ciudad portuaria de Ostia Tiberina. Ambos estaban asomados a una ventana que daba a un jardín, descansando del largo viaje y conversando sobre la vida eterna de los bienaventurados.
San Agustín lo relata en el Libro IX de sus Confesiones. Mientras hablaban, sus almas se elevaron progresivamente por encima de las cosas corpóreas, del cielo, del sol y de las estrellas. Fueron pasando en su meditación por todas las criaturas hasta llegar a tocar, por un instante y con un impulso del corazón, a la Sabiduría misma por la cual todas las cosas fueron creadas.
En ese momento de éxtasis compartido, Santa Mónica pronunció unas palabras que resumen la victoria sobre los apegos terrenales:
«Fili, quantum ad me attinet, nulla re iam delector in hac vita. Quid hic faciam adhuc et cur hic sim, nescio, iam consumpta spe huius saeculi».
(«Hijo mío, por lo que a mí toca, nada me deleita ya en esta vida. No sé qué hago ya aquí ni por qué estoy aún en este mundo, habiendo desaparecido ya todas mis esperanzas terrenales»).
Cinco días después, Santa Mónica cayó enferma de fiebre y a los pocos días entregó su alma a Dios. Agustín no lloró con desesperación terrenal, porque entendió que su madre no había perdido la vida, sino que había dejado la sombra para entrar en la Realidad.
El engaño de los bienes mudables: Frui y Uti
San Agustín enseñó con firmeza que el pecado no consiste en buscar cosas malas, sino en amar desordenadamente bienes inferiores. Las cosas creadas son buenas porque provienen de Dios, pero son transitorias. Pretender poner la felicidad en lo que se corrompe es intentar edificar una casa sobre humo.
En su tratado De Doctrina Christiana, San Agustín establece la célebre distinción entre frui (disfrutar de algo por sí mismo) y uti (usar algo para llegar a nuestro fin verdadero):
«Frui est enim amore alicui rei inhaerere propter se ipsam. Uti autem, quod in usum venerit ad id quod amas obtinendum referre […]. Ille eum mundus utendus est, non fruendus».
(«Disfrutar de algo es apegarse a ello con amor por sí mismo. Usarlo es aplicar lo que viene a la mano para obtener lo que se ama […]. Este mundo, pues, debe ser usado, no disfrutado»).
Cuando atesoramos bienes terrenales —títulos, dinero, afectos desordenados, comodidades— cometemos la locura del viajero que se enamora de la posada y olvida el viaje de regreso a su patria.
| La ilusión terrenal | La verdad eterna (Agustiniana) |
| El apego a la vida terrena | Un destierro breve; un camino de prueba. |
| Las riquezas y honores | Polvo que se queda a este lado de la tumba. |
| La muerte corporal | La puerta de entrada a la verdadera vida (Dies Natalis). |
La muerte como espejo de la verdad
Para la tradición católica clásica, la meditación sobre la muerte (Memento Mori) no es un acto de morbosidad, sino el acto supremo de realismo espiritual. San Agustín, en sus predicaciones al pueblo, recordaba constantemente la fragilidad de la carne:
«Vide quid hic dimittit homo cum moritur: cadaver horribile… Ubi sunt divitiae? Ubi vanitates? Omnia in terra remanserunt».
(«Mira lo que el hombre deja aquí cuando muere: un cadáver horrendo… ¿Dónde están sus riquezas? ¿Dónde sus vanidades? Todo se ha quedado en la tierra»).
Al mirar la caducidad del cuerpo y de las glorias humanas, el alma cristiana despierta. La muerte corta de golpe todas las cuerdas que nos atan a las criaturas. ¿Por qué esperar a que la muerte nos los quite por la fuerza, en lugar de entregarlos voluntariamente a Dios hoy mediante el desapego interior?
Reflexión final para la festividad
San Agustín comenzó sus Confesiones con la frase inmortal que condensó toda su teología espiritual:
«Fecisti nos ad te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te».
(«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»).
En esta festividad, no le pidamos a San Agustín que nos enseñe a vivir mejor en este mundo según los parámetros de la modernidad. Pidámosle la gracia del desengaño: la capacidad de mirar la tierra y verla como lo que es, un lugar de paso; y de mirar al Cielo como nuestro único centro y tesoro. Que al llegar nuestra última hora, podamos decir con Santa Mónica que nada de este mundo nos atiene ya, porque nuestra mirada está fija en el Dios que no cambia.
Notas al pie y fuentes bibliográficas
- Sancti Aurelii Augustini, Confessionum Libri Tredecim, Lib. IX, Cap. 10-11 (PL 32, 778-780). Migne, J. P., Patrologia Latina, París, 1845.
- Sancti Aurelii Augustini, De Doctrina Christiana, Lib. I, Cap. 3-4 (PL 34, 19-20). Migne, J. P., Patrologia Latina, París, 1845.
- Sancti Aurelii Augustini, Sermones ad Populum, Sermó 109 y Sermó 346 (De Contemptu Mundi et Memento Mori) (PL 38).
- Royo Marín, O.P., P. Antonio, Teología de la Perfección Cristiana, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid, 1954 (Sección sobre las Postrimerías y la Purificación del Alma de las criaturas).
- Tanquerey, Adolphe, Compendio de Teología Ascética y Mística, Desclée & Cia., Tournai, 1930 (Libro II: El desapego de los bienes terrenales y la preparación para la muerte).

