¿PAPAS O IMPOSTORES?
Hoy día las redes sociales están llenas de un sinnúmero de debates acerca de la validez de los papas surgidos post-Concilio Vaticano II.
Pero todas estas disertaciones teológicas obvian un hecho trascendental: hay fehacientes pruebas de que, desde hace largos años, tanto comunistas como masones infiltraron astuta y sistemáticamente la Iglesia católica con el fin de “llevarla a su tumba” como se expone en las instrucciones masónicas de la Alta Venta de los carbonarios.
Con esta premisa, ¿podemos realmente creer –y estar obligados a hacerlo– que los papas elegidos durante el período post-Vaticano II, lo han sido lícitamente? ¿O han sido nombrados a dedo por fuerzas enemigas infiltradas para destruir la Iglesia de Cristo, como juraron hacerlo?
En ese caso, ¿serían entonces papas lícitos o impostores?
Citemos varios breves ejemplos de las nefastas intenciones de los enemigos del catolicismo:
«Nuestra meta ya no consiste en destruir la Iglesia católica, sino en infiltrarla”. «De todo corazón deseamos el triunfo de la revolución de Juan XXIII» (Yves Marsaudon, masón).
«El (concilio) Vaticano Il es la Revolución francesa dentro de la Iglesia» (Cardenal Leo Jozef Suenens).
«Nuestro fin es el de Voltaire y el de la Revolución francesa: la destrucción perenne del catolicismo y del ideal cristiano” (Instrucción Permanente de la Alta Venta de los Carbonarios, un plan para la infiltración y destrucción de la Iglesia católica. Mandado a publicar como advertencia por el S.S Pío IX en 1859).
El masón F. Limousin, en el primer número de la revista L’acacia de octubre de 1902, bajo el seudónimo de Hiram, describe la masonería del siguiente modo: “Se dice que la masonería es una asociación, una institución… pero no es eso en absoluto. Permítasenos descorrer todos los velos a riesgo de ser reprendidos: la masonería es una iglesia. Es la contra-iglesia, el contra-catolicismo. Es la otra iglesia: la iglesia de la herejía y del libre pensamiento. La iglesia católica es considerada la iglesia-arquetipo, la iglesia primitiva, la iglesia del dogmatismo y de la ortodoxia”.
Piccolo Tigre, un alto miembro de las jerarquías de la Alta Venta masónica, dejó las siguientes instrucciones en una carta a sus colegas: “Es la corrupción en masa la que llevamos a cabo; la corrupción de la gente por el clero y la corrupción del clero por nosotros. Corrupción que nos permitirá un día, llevar la Iglesia a su tumba”.
Tampoco olvidemos el caso de Bella Dodd (1904-1969) una líder del partido comunista norteamericano que, en la década de 1930 a 1940, ayudó a infiltrar los seminarios con el fin de corromper la futura clerecía y que finalmente terminó convertida al catolicismo y denunciando todas sus actividades subversivas. Pareciera que ella seguía las directrices masónicas que claramente proponían: “Aplasta al enemigo donde sea. Destruye a los poderosos con mentiras y calumnias, pero especialmente, aplástalos en el huevo. Es a los jóvenes que debemos ir y a quienes debemos seducir. Es a ellos a quienes debemos conquistar bajo las banderas de las sociedades secretas”.
La grave advertencia de S.S Pío IX no se hizo esperar y declaró: «La Revolución está inspirada por el mismo Satán. Su objetivo es destruir por completo el edificio del cristianismo y reconstruir sobre sus ruinas el orden social pagano” (S.S. PÍO IX, 1849).
¿Y no estamos acaso presenciando la paganización de la secta novusórdica? ¿No hemos visto a Woytyla recibir la marca del tilak y beber pócimas de cultos tribales? ¿No hemos visto a Ratzinger siendo ungido por un culto primitivo? ¿Hemos ya olvidado la adoración a la Pachamama? ¿O vamos a ignorar la ominosa advertencia de Pío IX viendo todo lo que está pasando? ¿No hemos visto el coqueteo de Roma con el mundo y la sustitución de lo sacro por lo profano? Podemos engañarnos a nosotros mismos por soberbia o cobardía, pero no a Dios.
Ahora bien, se dirá: ¿Dónde están las pruebas de que fuerzas enemigas hayan usurpado el papado mediante elecciones corruptas?
No tenemos nosotros infiltrados que confirmen este hecho, sin embargo, puede demostrarse indirectamente, como puede condenarse a un criminal sin que aparezcan ni el cadáver ni el arma asesina: por pruebas circunstanciales.
¿No vemos cómo desde la institución del Vaticano II esta secta ha ido tornándose cada vez más vulgar, más alérgica al proselitismo y al dogma, más horizontal, más secular, más humanista, menos divina, más profana y herética, más cargada de anatemas, más enemiga de la tradición y la fe, etc., etc…?
¿Es que acaso no percibimos la autodemolición y la corrupción que la están carcomiendo internamente y que cada vez la alejan más de Dios y la vuelven más mundana?
¿Y quiénes han permitido esto? Aquellos que paso a paso intentan llevarla a su tumba. Los mismos que –supuestamente– fueron electos por inspiración del Espíritu Santo, pero que, sin embargo, han producido frutos tan podridos que ningún católico real podría digerirlos.
Roma, –no la Iglesia católica– ha sido tomada por el enemigo y es hoy el eclipse de la verdadera Iglesia que fuera profetizado por Ntra. Sra. de la Salette.
Como también lo es, para los que sepan verlo, la actual sede del anticristo.
Recordemos que “la revolución está inspirada por Satán”.
Y altos miembros de esta secta han reconocido que el concilio Vaticano II fue una revolución.
Estos papas infiltrados y elegidos a dedo, han generado el verdadero cisma y la hecatombe litúrgica, magisterial y disciplinaria que hoy padecemos. Tratar de asociar a los miembros de esta contra-iglesia con el catolicismo, es un craso error y una ofensa a la Santísima Trinidad y a la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo al precio de su santísima sangre.
“Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor; y no toquéis lo inmundo”. (II Cor. 6: 17)

