ENCÍCLICA MEDIATOR DEI
Sobre la Sagrada Liturgia – del Papa PIO XII
20 de noviembre del año de 1947
PARTE PRIMERA
NATURALEZA, ORIGEN, PROGRESO DE LA LITURGIA
(…)
2.-LA LITURGIA, CULTO INTERNO Y EXTERNO
A) Culto externo
23. Todo el conjunto del culto que la Iglesia tributa a Dios debe ser interno y externo. Es externo porque lo pide la naturaleza del hombre, compuesto de alma y cuerpo; porque Dios ha dispuesto que por «el conocimiento de las cosas visibles lleguemos al amor de las cosas invisibles» [1].
Además, todo lo que brota del alma se expresa naturalmente por los sentidos; y el culto divino pertenece no sólo al individuo sino también a la colectividad humana, y por consiguiente ha de ser social, lo cual es imposible en el ámbito religioso, sin vínculos y manifestaciones exteriores.
Finalmente, es un medio que pone muy de relieve la unidad del Cuerpo Místico, acrecienta su santo entusiasmo, consolida sus fuerzas e intensifica su acción; «aunque las ceremonias no contengan en sí ninguna perfección y santidad, sin embargo son actos externos de religión que, como signos, estimulan el alma a venerar las cosas sagradas, elevan la mente a las realidades sobrenaturales, nutren la piedad, fomentan la caridad, acrecientan la fe, robustecen la devoción, instruyen a los sencillos, adornan el culto de Dios, conservan la religión y distinguen a los verdaderos fieles de los cristianos falsos y heterodoxos» [2].
B) El culto Interno, elemento principal de la Liturgia
24. Pero el elemento principal del culto tiene que ser el interno. Efectivamente, es necesario vivir en Cristo, consagrarse por completo a Él, para que Él, con Él y por Él se tribute al Padre Celestial la gloría debida.
La Sagrada Liturgia requiere que estos dos elementos estén íntimamente unidos y no deja de repetirlo cada vez que prescribe un acto de culto externo. Así, por ejemplo, a propósito del ayuno, nos exhorta: «que nuestra observancia obre en lo interior lo que exteriormente profesa» [3]. De otra suerte, la religión se convierte en un formulismo sin consistencia ni contenido.
Vosotros sabéis, Venerables Hermanos, que el Divino Maestro estima indignos del sagrado templo y como para ser arrojados de él a quienes creen honrar a Dios sólo con el sonido de frases bien hechas y posturas teatrales y se persuaden de que pueden asegurar perfectamente su salvación eterna sin desarraigar del alma los vicios inveterados [4].
La Iglesia, por consiguiente, quiere que todos los fieles se postren a los pies del Redentor para profesarle su amor y su veneración; quiere que las muchedumbres, como los niños que salieron con alegres aclamaciones al encuentro de Jesucristo cuando entraba en Jerusalén, ensalcen y acompañen al Rey de los Reyes y al Sumo Autor de todo bien con himnos de adoración y gratitud; quiere que de sus labios broten plegarias, unas veces de súplica, otras de alegría y alabanza, con las cuales, como los Apóstoles, junto al lago de Tiberíades, logren experimentar la ayuda de su misericordia y su poder; o como Pedro en el monte Tabor, se abandonen a sí mismos y todos sus bienes en Dios, en los místicos transportes de la contemplación.
25. No tienen, pues, noción exacta de la Sagrada Liturgia los que la consideran como una parte sólo externa y sensible del culto divino o un ceremonial decorativo; ni se equivocan menos los que la consideran como un mero conjunto de leyes y de preceptos con que la Jerarquía eclesiástica ordena la ejecución regular de los ritos sagrados.
C) Su eficacia santificadora
26. Quede, por consiguiente, bien claro para todos que no se puede honrar dignamente a Dios si el alma no aspira a conseguir la perfección, y que el culto tributado a Dios por la Iglesia, en unión con su Cabeza divina, tiene la máxima eficacia de santificación.
27. Esta eficacia, cuando se trata del Sacrificio Eucarístico y de los Sacramentos, proviene, ante todo, del valor de la acción en sí misma (ex opere operato). En cambio, si se considera la actividad propia de la Esposa inmaculada de Jesucristo, por la que Ésta realza con plegarias y ceremonias sagradas el Sacrificio Eucarístico y los Sacramentos; o si se trata de «los Sacramentales» y de los demás ritos instituidos por la Jerarquía eclesiástica, entonces la eficacia depende, sobre todo, de la acción de la Iglesia (ex opere operantis Ecclesiae) en cuanto es santa y actúa siempre en íntima unión con su Cabeza.
D) Relaciones entre la piedad «objetiva» y «subjetiva»
28. A este propósito, Venerables Hermanos, deseamos que dirijáis vuestra atención a las nuevas teorías sobre la piedad «objetiva», las cuales en su empeño de poner de relieve el misterio del Cuerpo Místico, la influencia efectiva de la gracia santificante y la acción divina, tanto de los Sacramentos como del Sacrificio Eucarístico, parecen afanarse por disminuir, y aun pasar por alto, la piedad «subjetiva».
29. En las funciones litúrgicas y particularmente en el augusto Sacrificio del altar se continúa, sin duda, la obra de nuestra Redención y se nos aplican sus frutos. Cristo actúa nuestra salvación cada día en los Sacramentos y en su Sacrificio; más aún, por su medio, continuamente purifica la humanidad y la consagra a Dios. Estos actos tienen, por consiguiente, un valor «objetivo» que, de hecho, nos hace participar de la vida divina de Jesucristo; y así, en virtud del poder divino y no del nuestro, logran su eficacia para unir la piedad de los miembros con la de la Cabeza y hacerla, en cierto modo, una acción de toda la comunidad.
De estos profundos argumentos concluyen algunos que toda la piedad cristiana debe concentrarse en el misterio del Cuerpo Místico de Cristo, sin ninguna consideración del elemento «personal» o «subjetivo», y creen por esto que se deben descuidar las otras prácticas religiosas no estrictamente litúrgicas o ejecutadas fuera del culto público.
30. Pero todos pueden darse cuenta de que estas conclusiones sobre las dos clases de piedad, aunque los principios arriba mencionados sean excelentes, son completamente inexactas, insidiosas y sumamente perjudiciales.
E) Doctrina verdadera
31. Cierto que los Sacramentos y el Sacrificio del altar, siendo como son acciones del mismo Cristo, son capaces en sí mismos de comunicar y difundir la gracia de la Cabeza divina en los miembros del Cuerpo Místico; pero para que logren la debida eficacia requieren las disposiciones correspondientes de nuestra alma.
Por eso, a propósito de la Eucaristía, amonesta San Pablo: «Examínese asimismo cada uno y de esta suerte coma de ese pan y beba de ese cáliz» [5], y así, la Iglesia, en términos sugestivos y concisos, llama a todos los ejercicios con que nuestra alma se purifica, especialmente durante la Cuaresma: «defensas de la milicia cristiana» [6];representan, efectivamente, los esfuerzos activos de los miembros que, con el auxilio de la gracia, quieren adherirse a su Cabeza para que «se nos manifieste —repetimos la frase de San Agustín— en nuestra Cabeza la fuente misma de la gracia» [7].
Pero hay que notar que estos miembros son vivos, dotados de razón y voluntad propias; por eso es necesario que ellos mismos, acercando sus labios a la fuente, tomen y asimilen el alimento vital y alejen todo lo que pueda impedir su eficacia.
Hay, pues, que afirmar que la obra de la Redención, independiente por sí misma de nuestra voluntad, requiere nuestro esfuerzo interior para que podamos conseguir la salvación eterna.
32. Si la piedad privada e interna de cada uno descuidase el augusto Sacrificio del altar y los Sacramentos y se sustrajese al influjo salvífico que emana de la Cabeza en los miembros, sería, sin duda alguna, actitud reprochable y estéril.
Pero como los métodos y ejercicios de piedad no netamente litúrgicos afectan a los actos humanos sólo para orientarlos al Padre Celestial, para estimular saludablemente las almas a la penitencia y al temor de Dios, para arrancarlas de los atractivos del mundo y de los vicios y lograr conducirlas por el arduo camino a la cumbre de la santidad, no sólo merecen los mayores elogios, sino que se imponen por su necesidad absoluta, por que descubren los peligros de la vida espiritual, nos espolean a la adquisición de las virtudes y aumentan el entusiasmo con que debemos vivir consagrados al servicio de Jesucristo.
F) Necesidad de la meditación y demás prácticas de piedad
La genuina piedad que el Doctor Angélico llama «devoción» y que es el acto principal de la virtud de la religión —acto que pone a los hombres en el orden, los orienta hacia Dios y hace que, gustosa y espontáneamente, se consagren a cuanto se relaciona con el culto divino [8]— esta piedad genuina necesita la meditación de las realidades sobrenaturales y las prácticas de piedad para alimentarse, estimularse y vigorizarse y para animarnos a la perfección.
En efecto, la religión cristiana, debidamente practicada, requiere sobre todo que la voluntad se consagre a Dios e influya en las otras facultades del alma. Pero todo acto de voluntad presupone el ejercicio de la inteligencia y antes que brote el deseo y el propósito de darse a Dios por medio del sacrificio, es absolutamente indispensable el conocimiento de los argumentos y los motivos que hacen necesaria la Religión, como, por ejemplo, el fin último del hombre y la grandeza de la Divina Majestad, el deber de someterse al Creador, los tesoros inagotables del amor con que Dios quiere enriquecernos, la necesidad de la gracia para llegar a la meta señalada y el camino particular que la Divina Providencia nos ha preparado, uniéndonos a todos como miembros de un Cuerpo con Jesucristo Cabeza.
Y puesto que no siempre los motivos del amor hacen mella en el alma agitada por las pasiones, es muy oportuno que nos impresione también la saludable consideración de la divina justicia y nos conduzca a la humildad cristiana, la penitencia y la enmienda de nuestra conducta.
G) Frutos concretos que la piedad debe producir
33. Todas estas consideraciones no tienen que ser un recuerdo vacío y estéril, sino que deben tender activamente a someter nuestros sentidos y facultades a la razón iluminada por la fe, a reparar y purificar el alma para que se una cada día más íntimamente a Cristo, cada vez se conforme más a Él y por Él obtenga la inspiración y la fuerza divina de que ha menester; y a que sirvan a los hombres de estímulo cada vez más eficaz, para el bien, la fidelidad al propio deber, la práctica de la Religión y el ferviente ejercicio de la virtud.
«Vosotros sois de Cristo y Cristo es Dios» [9]. Sea, pues, todo ordenado y, por decirlo así, «teocéntrico», si queremos de verdad que todo se enderece a la gloria de Dios por la vida y la virtud que nos viene de nuestra Cabeza divina: «Así que, Hermanos, ya que tenemos, por la sangre de Cristo, entrada libre en el Santuario, un camino nuevo y vivo que Él nos abrió, a través del velo, esto es, de su carne, y ya que tenemos al Gran Sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos a Él con corazón sincero en la plenitud de la fe, el corazón purificado de la mala conciencia y el cuerpo lavado con agua pura. Mantengamos inconcusa la profesión de nuestra esperanza. Miremos los unos por los otros, para estimularnos a la caridad y las buenas obras» [10].
H) Equilibrio en los miembros del Cuerpo Místico
34. De ahí brota el armonioso equilibrio de los miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo. Con la enseñanza de la fe católica, con la exhortación a la observancia de los preceptos cristianos, la Iglesia prepara el caminó a su acción propiamente sacerdotal y santificadora; nos dispone a una más íntima contemplación de la vida del Divino Redentor y nos conduce a un conocimiento más, profundo de los misterios de la fe, para que recabemos de ellos el alimento sobrenatural cuya fuerza nos asegure el progreso en la vida perfecta por medio de Jesucristo.
No sólo por obra de sus ministros, sino también por la de cada uno de los fieles embebidos de este modo en el espíritu de Jesucristo, la Iglesia se esfuerza por hacer penetrar este mismo espíritu en la vida y la actividad privada, conyugal, social y aun económica y política, para que todos los que se llaman hijos de Dios puedan conseguir más fácilmente su fin.
35. De esta suerte la actividad privada y el esfuerzo ascético, dirigido a la purificación del alma, estimulan las energías de los fieles con que se preparan a participar con mejores disposiciones en el augusto Sacrificio del altar, a recibir los Sacramentos con mayor fruto, a celebrar los sagrados ritos de manera que salgan de ellos más animados y mejor formados para la oración y cristiana abnegación, para corresponder activamente a las inspiraciones e invitaciones de la gracia y para imitar cada día con mayor perfección las virtudes del Redentor, no sólo vara su propio provecho, sino también para el de todo el cuerpo de la Iglesia, en el cual todo el bien que se hace proviene de la virtud de la Cabeza y redunda en beneficio de los miembros.
I) Acuerdo entre la acción divina y la cooperación humana
36. Por eso en la vida espiritual no puede existir antagonismo alguno entre la acción divina que infunde la gracia en las almas para continuar nuestra redención y la efectiva colaboración del hombre, que no debe hacer vano el don de Dios [11]; entre la eficacia del rito externo de los Sacramentos, que proviene ex opere operato, y el mérito del que los administra o los recibe, acto que suele llamarse opus operantis; entre las oraciones privadas y las plegarias oficiales; entre la vida ascética y la piedad litúrgica; entre la jurisdicción o el legítimo magisterio de la Jerarquía eclesiástica y la potestad propiamente sacerdotal, la que se ejercita en el sagrado ministerio.
37. Por graves motivos la Iglesia prescribe a los ministros del altar y a los religiosos que, en determinados tiempos se dediquen a la devota meditación, al diligente examen de la conciencia y a las demás prácticas piadosas [12], aun cuando están especialmente destinados a celebrar las funciones litúrgicas del Sacrificio Eucarístico y la Alabanza divina.
Sin duda, la oración litúrgica, siendo la oración oficial de la ínclita Esposa de Jesucristo, tiene una dignidad mayor que las oraciones privadas; pero esta superioridad no quiere decir que entre estos dos géneros de oración haya contraste o antagonismo. Las dos se funden y se armonizan en un mismo afán y están animadas por un espíritu único: «todo y en todos Cristo» [13], y tienden al mismo fin: «hasta que se forme en nosotros Cristo» [14].
(…)
PARTE SEGUNDA
EL CULTO EUCARÍSTICO
1.-EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO
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D) La colaboración de los fieles
77. Por eso, para que todos los pecadores se purifiquen en la Sangre del Cordero, es necesaria su propia colaboración. Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado a todo el género humano con el Padre por medio de su muerte cruenta, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen llevados a la Cruz por medio de los Sacramentos y por medio del Sacrificio de la Eucaristía, para poder obtener los frutos de salvación por Él logrados en la misma Cruz.
Con esta participación actual y personal, así como los miembros se asemejan cada día más a la Cabeza divina, así también la salvación que de la Cabeza viene afluye en los miembros, de manera que cada uno de nosotros puede repetir las palabras de San Pablo: «Estoy clavado en la Cruz juntamente con Cristo, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» [15]. Porque, como en otra ocasión hemos dicho de propósito y ampliamente, Jesucristo, «mientras al morir en la Cruz concedió a su Iglesia el inmenso tesoro de la Redención, sin que Ella pusiese nada de su parte; en cambio, cuando se trata de la distribución de este tesoro, no sólo comunica a su Esposa sin mancilla la obra de la santificación, sino que quiere que en alguna manera provenga de su esfuerzo» [16].
78. El augusto Sacrificio del altar es un insigne instrumento para distribuir a los creyentes los méritos que brotan de la Cruz del Divino Redentor. «Cuantas veces se celebra la memoria de este Sacrificio, renuévase la obra de nuestra Redención» [17].Y esto, lejos de disminuir la dignidad del Sacrificio cruento, hace resaltar, como afirma el Concilio de Trento [18], su grandeza y pregona su necesidad. Al ser renovado cada día, nos advierte que no hay salvación fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo [19];que Dios quiere la continuación de este Sacrificio «desde Levante a Poniente» [20], para que no cese jamás el himno de glorificación y de acción de gracias que los hombres deben al Criador, puesto que tienen necesidad de su continua ayuda y de la Sangre del Redentor para borrar los pecados que provocan su justicia.
2.-PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES EN EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO
A) Deber y dignidad de esta participación
79. Conviene, pues, Venerables Hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el Sacrificio Eucarístico; y eso, no con un espíritu pasivo y negligente, discurriendo y divagando por otras cosas, sino de un modo tan intenso y activo, que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, según la advertencia del Apóstol: «Habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo» [21];ofreciendo con Él y por Él, consagrándose con Él.
a) Manera de practicarla
80. Jesucristo, en verdad, es Sacerdote, pero Sacerdote para nosotros, no para Sí, pues ofrece al Eterno Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre de toda la humanidad; igualmente, Él es víctima, pero para nosotros, ya que se pone en vez del hombre culpable.
Pues bien, la frase del Apóstol: «habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo», exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto les es posible, los afectos de que estaba animado el Divino Redentor cuando ofrecía el Sacrificio de sí mismo, es decir, que imiten su humilde sumisión y eleven a la soberana Majestad de Dios el homenaje de su adoración, honor, alabanza y acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la actitud de víctima, que se nieguen a sí mismos según las enseñanzas del Evangelio, que se entreguen voluntaria y gustosamente a la penitencia, que detesten y expíen sus propios pecados. Exige, finalmente, que muramos con muerte mística en la Cruz juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como San Pablo: «Estoy crucificado con Cristo» [22].
b) Error acerca del Sacerdocio de los fieles
81. Empero, por el hecho de que los fieles cristianos participen en el Sacrificio Eucarístico, no por eso gozan también de la potestad sacerdotal, cosa que, por cierto, es muy necesario pongáis ante la vista de vuestra grey.
82. Pues hay en la actualidad, Venerables Hermanos, quienes colindando con errores ya condenados [23],enseñan que en el Nuevo Testamento, por Sacerdocio sólo se entiende el que atañe a todos los bautizados; y que la orden que Jesucristo dio a tos Apóstoles en su última Cena, de hacer lo que Él mismo había hecho, se refiere directamente a toda la Iglesia de los fieles y que sólo más adelante se llegó al Sacerdocio Jerárquico.
Por lo cual creen que el pueblo tiene verdadero poder sacerdotal y que los sacerdotes obran solamente en virtud de una delegación de la comunidad. Por eso juzgan que el Sacrificio Eucarístico es una estricta «concelebración», y opinan que es más conveniente que los sacerdotes «concelebren» rodeados de los fieles, que no que ofrezcan privadamente el Sacrificio sin asistencia del pueblo.
83. No hay para qué explicar cuánto se oponen esos capciosos errores a las verdades que ya hemos dejado establecidas, al tratar del puesto que ocupa el sacerdote en el Cuerpo Místico de Cristo. Recordemos solamente que el sacerdote hace las veces del pueblo sólo porque representa a la persona de Nuestro Señor Jesucristo en cuanto que es Cabeza de todos los miembros y en cuanto se ofrece por ellos, y que, por consiguiente, se acerca al altar como ministro de Jesucristo, inferior a Cristo, pero superior al pueblo [24]. El pueblo, por el contrario, puesto que de ninguna manera representa a la persona del Divino Redentor, ni el reconciliador entre sí mismo y Dios, de ningún modo puede gozar del derecho sacerdotal.
B) Participación en la oblación
84. Todo esto consta con certeza de fe; con todo, hay que afirmar también que los fieles cristianos ofrecen la hostia divina, pero bajo otro aspecto.
a) Está declarado por la Iglesia
85. Así lo declararon ya amplísimamente algunos de Nuestros Antecesores y de los Doctores de la Iglesia. «No sólo —así habla Inocencio III, de inmortal memoria— ofrecen el Sacrificio los sacerdotes, sino también todos los fieles; pues lo que se realiza especialmente por el ministerio de los sacerdotes, se obra universalmente por el deseo de los fieles» [25]. Y nos place recordar al menos uno de los varios asertos de San Roberto Belarmino, a este propósito: «El Sacrificio —dice— se ofrece principalmente en la persona de Cristo. Así, pues, la oblación que sigue inmediatamente a la consagración es como un testimonio de que toda la Iglesia concuerda en la oblación hecha por Cristo y de que la ofrece con Él» [26].
b) Está significado por los mismos ritos
86. Los ritos y las oraciones del Sacrificio Eucarístico no menos claramente significan y muestran que la oblación de la víctima la hace el sacerdote juntamente con el pueblo. Pues no solamente el ministro sagrado, después de haber ofrecido el pan y el vino, dice explícitamente, vuelto hacia el pueblo: «Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea aceptable ante Dios Padre Todopoderoso» [27],sino que, además, las súplicas con que se ofrece a Dios la hostia divina las más de las veces se pronuncian en número plural, y en ellas, más de una vez, se indica que el pueblo participa también en este augusto Sacrificio, en cuanto que él también lo ofrece.
Así, por ejemplo, se dice: «Por los cuales te ofrecemos o ellos mismos te ofrecen… Rogámoste, pues, Señor, recibas propicio esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia… Nosotros, tus siervos, y tu pueblo santo…, ofrecemos a tu excelsa Majestad, de tus propios dones y dádivas, la Hostia pura, la Hostia santa, la Hostia inmaculada» [28].
87. No es de admirar que los fieles sean elevados a tal dignidad, pues por el Bautismo los cristianos, a título común, quedan hechos miembros del Cuerpo Místico de Cristo Sacerdote, y por el «carácter» que se imprime en sus almas son consagrados al culto divino, participando así, de acuerdo con su estado, en el Sacerdocio del mismo Cristo.
c) En qué sentido ofrecen los fieles
88. En la Iglesia Católica, la razón humana, iluminada por la fe, se ha afanado siempre por alcanzar el mayor conocimiento posible de las cosas divinas. Es, pues, muy puesto en razón que el pueblo cristiano pregunte piadosamente en qué sentido en el Canon del Sacrificio Eucarístico se dice que él también lo ofrece. Para satisfacer a tal deseo, nos place exponer sucintamente este punto.
89. Hay, en primer lugar, razones más bien remotas: así, por ejemplo, frecuentemente sucede que los fieles que asisten al culto sagrado, alternan sus plegarias con las del sacerdote; asimismo algunas veces —cosa que antiguamente se hacía con más frecuencia— ofrecen a los ministros del altar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; otras veces, en fin, con sus limosnas procuran que el sacerdote ofrezca por ellos la Divina Víctima.
d) Cómo ofrecen por manos del sacerdote
90. Empero, hay también una razón íntima para que se pueda decir que todos los cristianos, y principalmente los que están presentes ante el altar, ofrecen el Sacrificio.
91. Para que en cuestión tan importante no nazca ningún pernicioso error, hay que limitar con términos precisos el sentido del término «ofrecer».
La inmolación incruenta, por la cual, en virtud de las palabras de la Consagración, Cristo se hace presente en estado de víctima sobre el altar, la realiza sólo el sacerdote en cuanto representa a Cristo, no en cuanto tiene la representación de los fieles.
Mas por el hecho de que el sacerdote pone sobre el altar la Divina Víctima, la presenta a Dios Padre como una oblación a gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de toda la Iglesia, en esta oblación, en sentido estricto, participan los fieles a su manera bajo un doble aspecto, pues no sólo por manos del sacerdote, sino también en cierto modo juntamente con él ofrecen el Sacrificio, y esta participación hace que la oblación del pueblo pertenezca también al culto litúrgico.
92. Que los fieles ofrezcan el Sacrificio por manos del sacerdote se evidencia por el hecho de que el ministro del altar representa a Cristo en cuanto que como Cabeza ofrece en nombre de todos los miembros; por lo cual puede decirse con razón que toda la Iglesia universal presenta la ofrenda de la Víctima por medio de Cristo.
Pero no se dice precisamente que el pueblo ofrece con el sacerdote porque los miembros de la Iglesia realizan el rito litúrgico visible de la misma manera que el sacerdote, lo cual es exclusivo del ministro delegado para ello por Dios, sino porque une sus obsequios de alabanza, impetración, expiación y acción de gracias a los deseos o intenciones del sacerdote, más aún, del mismo Sumo Sacerdote, para presentarlas a Dios Padre en la misma oblación de la Víctima, incluso con el mismo rito externo del sacerdote; y es que el rito externo del Sacrificio, por su misma naturaleza, ha de manifestar el culto interno, y el Sacrificio de la Ley Nueva significa el obsequio supremo por el cual el mismo oferente principal, que es Cristo, y con Él y por Él todos sus miembros místicos, tributan a Dios el honor y el respeto que le son debidos.
93. Con grande gozo del alma hemos sabido que, precisamente, en estos últimos años, a consecuencia de los estudios más diligentes que muchos han hecho en materias litúrgicas, ha sido puesta tal doctrina en plena luz. Sin embargo, no podemos menos de deplorar vivamente ciertas exageraciones y falsas interpretaciones que no concuerdan con las genuinas enseñanzas de la Iglesia.
94. Algunos, en efecto, reprueban absolutamente las Misas que se ofrecen en privado sin la asistencia del pueblo, como si fuesen una desviación del primitivo modo de celebrar; ni faltan quienes afirman que los sacerdotes no pueden ofrecer al mismo tiempo la Hostia divina en varios altares, pues con esta práctica dividen la comunidad y ponen en peligro su unidad, más aún, algunos llegan a creer que es preciso que el pueblo confirme y ratifique el Sacrificio para que éste alcance su valor y eficacia.
95. En estos casos se alega erróneamente el carácter social del Sacrificio Eucarístico, porque cuantas veces el sacerdote renueva lo que el Divino Redentor hizo en la última Cena, se consuma realmente el Sacrificio; Sacrificio que por su misma naturaleza, siempre, en todas partes y por necesidad, tiene una función pública y social, pues el que lo inmola obra en nombre de Cristo y de los fieles cuya Cabeza es el Divino Redentor, ofreciéndolo a Dios por la Iglesia Católica, por los vivos y difuntos [29] y ello tiene lugar sin duda alguna ya sea que estén presentes los fieles —y Nos deseamos y recomendamos acudan en grandísimo número y con la mayor piedad—, ya sea que no asistan, pues de ningún modo se requiere que el pueblo ratifique lo que hace el ministro del altar.
96. Por lo que acabamos de exponer queda claro que el Sacrificio Eucarístico se ofrece en nombre de Cristo y de la Iglesia y no pierde su eficacia, individual y social, aunque se celebre sin acólito; con todo, por razón de la dignidad de este tan augusto misterio, queremos y urgimos —conforme a las órdenes constantes de la Santa Madre Iglesia— que ningún sacerdote se acerque al altar sin ayudante que le sirva y responda a tenor del canon 813.
C) Participación en la inmolación
97. Mas para que la oblación por la cual en este Sacrificio los fieles ofrecen al Padre Celestial la Víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como víctimas.
98. Esta inmolación no se reduce sólo al Sacrificio litúrgico, pues el Príncipe de los Apóstoles quiere que, puesto que somos edificados en Cristo como piedras vivas, podamos, a fuer de «Sacerdocio santo, ofrecer víctimas espirituales que sean agradables a Dios por Jesucristo» [30];y el Apóstol San Pablo, sin ninguna distinción de tiempo, exhorta a los cristianos con estas palabras: «Os ruego… que le ofrezcáis vuestros cuerpos como una hostia viva, santa y agradable a sus ojos; tal es el culto racional que debéis ofrecerle» [31].
Mas especialmente cuando los fieles participan en la acción litúrgica con tanta piedad y atención, que de ellos se pueda decir en verdad: «cuya fe y devoción te son conocidas» [32],entonces no podrán menos de influir en que la fe de cada uno actúe más vivamente por medio de la caridad, que la piedad se fortalezca y arda, que todos y cada uno se consagren a procurar la divina gloria y que, ardientemente deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con y por el Sumo Sacerdote.
99. Esto mismo enseñan las exhortaciones que el Obispo, en nombre de la Iglesia, dirige a los ministros del altar el día de su ordenación: «Daos cuenta de lo que realizáis; imitad lo que hacéis y al celebrar el Misterio de la Muerte del Señor, procurad mortificar enteramente en vuestros miembros los vicios y las pasiones desordenadas» [33]. Y casi en los mismos términos los libros litúrgicos advierten a los cristianos que se acercan al altar para participar en el Santo Sacrificio: «Ofrézcase en este… altar el culto de la inocencia, inmólese la soberbia, sacrifíquese la ira, mortifíquese la lujuria y toda lascivia, ofrézcase en vez de tórtolas el sacrificio de la castidad, y en vez de pichones, el sacrificio de la inocencia» [34].
Así, pues, mientras estamos junto al altar, hemos de transformar nuestra alma de manera que se extinga totalmente en ella todo lo que es pecado, e intensamente se fomente y robustezca cuanto engendra la vida eterna por medio de Jesucristo, de modo que nos hagamos, con la Hostia Inmaculada, víctimas aceptables al Eterno Padre.
100. La Iglesia se esfuerza con todo empeño, por medio de las enseñanzas de la Sagrada Liturgia, para que este santo ideal pueda ponerse en práctica del modo más apropiado. A ello convergen, no sólo las lecciones, las homilías y las demás exhortaciones de los sagrados ministros, y todo el ciclo de los misterios que se proponen a nuestra consideración durante todo el curso del año, sino también los ornamentos, los sagrados ritos y su esplendor externo; todo lo cual se encamina «a que resalte la majestad de tan alto Sacrificio, y las almas de los fieles, por medio de estos signos externos de religión y de piedad, se muevan a la contemplación de las altísimas realidades que se esconden en este Sacrificio» [35].
101. Así que todos los elementos de la Liturgia apuntan a que nuestra alma reproduzca en sí misma, por el misterio de la Cruz, la imagen de Nuestro Divino Redentor, según la sugerencia del Apóstol: «Estoy clavado con Cristo en la Cruz, vivo yo, o más bien no soy yo el que vive sino que Cristo vive en mí» [36]. Por lo cual nos hacemos como una hostia con Cristo, para aumentar la gloria del Eterno Padre.
102. Por tanto, hacia esta meta los fieles deben orientar y elevar sus almas al ofrecer la Víctima divina en el Sacrificio Eucarístico. Pues si, como escribe San Agustín, nuestro misterio está puesto en la mesa del Señor [37], es decir, el mismo Cristo Señor Nuestro en cuanto es Cabeza y símbolo de la unión por la cual nosotros somos el Cuerpo Místico de Cristo [38] y miembros de su Cuerpo [39]; si San Roberto Belarmino, de acuerdo con el Doctor de Hipona, enseña que en el Sacrificio del altar está significado el Sacrificio general por el cual todo el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, toda la ciudad rescatada, se ofrece a Dios por el gran Sacerdote, Cristo [40]; nada puede pensarse más recto ni más justo que el inmolamos también nosotros todos al Eterno Padre, juntamente con nuestra Cabeza, que por nosotros sufrió. Efectivamente, en el Sacramento del altar, según el mismo San Agustín, se muestra a la Iglesia que en el Sacrificio que ofrece, Ella también es ofrecida [41].
103. Adviertan, pues, los fieles cristianos a qué dignidad los ha elevado el sagrado Bautismo y no se contenten con participar en el Sacrificio Eucarístico con la intención general propia de los miembros de Cristo y de los hijos de la Iglesia, sino que, unidos de la manera más espontánea e íntima, con el Sumo Sacerdote y con su ministro en la tierra, según el espíritu de la Sagrada Liturgia, únanse con Él de un modo particular cuando se realiza la consagración de la Hostia divina, y ofrézcanla juntamente con Él al pronunciarse aquellas solemnes palabras: «Por Él, con Él y en Él a Ti, Dios Padre Omnipotente, en unidad del Espíritu Santo, es dada toda honra y gloria por todos los siglos de los siglos» [42]; a las cuales palabras el pueblo responde: «Amén». Y no se olviden los cristianos de ofrecerse con su divina Cabeza clavada en la Cruz, a sí mismos, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades.
D) Medios para promover esta participación
104. Son, pues, muy dignos de alabanza los que, deseosos de que el pueblo cristiano participe más fácilmente y con mayor provecho en el Sacrificio Eucarístico, se esfuerzan en poner el Misal Romano en manos de los fieles, de modo que, en unión con el sacerdote, oren con él con sus mismas palabras y con los mismos sentimientos de la Iglesia; y del mismo modo son de alabar los que se afanan porque la Liturgia, aun externamente, sea una acción sagrada, en la cual tomen realmente parte todos los presentes.
Esto puede hacerse de muchas maneras, bien sea que todo el pueblo, según las normas rituales, responda ordenadamente a las palabras del sacerdote o entone cánticos adaptados a las diversas partes del Sacrificio, o haga entrambas cosas, o bien en las Misas solemnes responda a las oraciones del ministro de Jesucristo y cante con él las melodías litúrgicas.
E) Subordinados a los preceptos de la Iglesia
105. Todos estos modos de participar en el Sacrificio son dignos de alabanza y de recomendación cuando se acomodan diligentemente a los preceptos de la Iglesia y a las normas rituales. De hecho, tales métodos se encaminan principalmente a alimentar y fomentar la piedad de los cristianos y su íntima unión con Cristo y con su ministro visible, a despertar los sentimientos y disposiciones interiores, con los cuales nuestra alma ha de asemejarse al Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento.
Pero aunque tales métodos significan, aun en su forma exterior, que el Sacrificio, por su misma naturaleza, una vez que es celebrado por el Mediador entre Dios y los hombres [43] ha de considerarse como obra de todo el Cuerpo Místico de Cristo; con todo, de ninguna manera son tan necesarios para imprimirle su carácter oficial y comunitario.
Además, la Misa dialogada no puede sustituir a la Misa solemne, la cual, aunque estén presentes a ella solamente los ministros sagrados, goza de una particular dignidad por la majestad de sus ritos y el esplendor de sus ceremonias, si bien tal esplendor y magnificencia suben de punto cuando, como la Iglesia lo desea, asiste el pueblo cristiano en gran número y con manifiesta devoción.
F) No hay que exagerar el valor de estos medios
106. Hay que advertir también que se apartan de la verdad y la recta razón quienes, llevados de opiniones falaces, hacen tanto caso de esas circunstancias externas, que no dudan en aseverar que, si ellas se descuidan, la acción sagrada no puede alcanzar su propio fin.
107. En efecto, no pocos fieles cristianos son incapaces de usar el Misal Romano, aunque esté traducido en lengua vulgar; y no todos están capacitados para entender correctamente los ritos y las fórmulas litúrgicas.
El talento, la índole y el espíritu de los hombres son tan diversos y tan desemejantes unos de otros, que no todos pueden sentirse igualmente impresionados con las oraciones, los cánticos y los ritos comunitarios.
Además, las necesidades de las almas y sus preferencias no son iguales en todos, ni siempre perduran idénticas en una misma persona.
¿Quién, llevado de ese prejuicio, se atreverá a afirmar que tantos cristianos no pueden participar en el Sacrificio Eucarístico ni gozar de sus beneficios? Lo pueden, ciertamente, gracias a otros métodos, que a algunos les resultan más fáciles; como, por ejemplo, meditando piadosamente los misterios de Jesucristo, o haciendo otros ejercicios de piedad, o rezando otras oraciones que, aunque diferentes de los sagrados ritos en la forma, sin embargo, concuerdan con ellos por su misma naturaleza.
(…)
110. En realidad, por muy diversos y diferentes que sean los modos y las circunstancias externas con que el pueblo cristiano participa en el Sacrificio Eucarístico y en las demás acciones litúrgicas, siempre hay que procurar con todo empeño que las almas de los asistentes se unan del modo más íntimo posible con el Divino Redentor; que su vida se enriquezca con una santidad cada vez mayor, y que cada día crezca más la gloria del Padre Celestial.
[1] Missale Rom., Prefacio de Navidad.
[2] Card. Bona, De divina psalmodia, cap. 19, III, 1.
[3] Missale Rom. Secreta del jueves desp. 2º Dom. Cuaresma.
[4] Mar 7, 6 e Isa 29, 23
[5] 1 Cor 11, 28.
[6] Misal Romano, Miércoles de Cenizas; oración después de la imposición.
[7] De predestinatione sanctorum, 31.
[8] S. Tom., Summa Theol., II-IIae, cuest. 82, art. 1.
[9] 1 Cor 3, 28.
[10] Heb 10, 19-24.
[11] 2 Cor 6, 1.
[12] C.I.C. can. 125, 126, 565, 571, 595, 1367.
[13] Col 3, 11.
[14] Gal 4, 19.
[15] Gal 2, 19, 20.
[16] Encíclica Mystici Corporis, 29-jun-1943.
[17] Misal Romano, Secreta de domingo 9º desp. Pentecostés.
[18] Sesión 22, cap. 2 y can. 4.
[19] Gal 6, 14.
[20] Mal 1, 11.
[21] Fil 2, 5.
[22] Gal 2, 19.
[23] Conc. Trid., sesión 23, cap. 4.
[24] San Roberto Belarmino, De Missa, II, cap. 1.
[25] De Sacro Altaris Mysterio, III, 6.
[26] De Missa, I, cap. 27.
[27] Misal Romano, Ordo Missae.
[28] Ibid., Canon Missae.
[29] Ibid.
[30] 1 Ped 2, 5.
[31] Rom 12, 1.
[32] Misal Romano, Canon.
[33] Pontifical Romano, De ordinatione presbyteri.
[34] Pontifical Romano, De altaris consecratione, prefacio.
[35] Conc. Trid., sesión 22, art. 5.
[36] Gal 2, 19-20.
[37] Serm. 272.
[38] 1 Cor. 12, 27.
[39] Efe 5, 30.
[40] San Roberto Belarmino, De Missa, II, cap. 8.
[41] De Civ. Dei, lib. 10, cap. 6.
[42] Misal Romano, Canon.
[43] 1 Tim 2, 5.
