RAFAEL GAMBRA CIUDAD: LA FE LIBERAL

EL LIBERALISMO, FE Y UTOPÍA

Condición para que un país ingrese en el Mercado Común Europeo o, de pleno derecho, en cualquier organismo mundial es hoy la constitución liberal de su Estado.

Dicho de otro modo, su aceptación de los llamados Derechos del Hombre, proclamados por la Revolución Francesa y reiterados, con idéntico espíritu, por las Naciones Unidas.

Entre estos Derechos se encuentra la libertad de expresión de pensamiento —de todo pensamiento— incluida cualquier forma de religiosidad o de ateísmo.

Con este condicionado liberal se ejerce hoy un chantaje de tipo económico sobre nuestra patria que ha de cambiar o reformar su estructura y sus supuestos políticos para beneficiarse de tales mercados u organismos o no sufrir los efectos del aislamiento. El que existan dentro de España —y de su Gobierno— muchos voluntarios para aceptar el «cambio» no eliminan su condición de chantaje.

Diríase que, así como en tiempos de la antigua Cristiandad, y aún de la Santa Alianza, era condición para formar parte del concierto occidental la profesión pública de la fe cristiana por parte de los gobiernos, la actual «ortodoxia pública» de Europa y del mundo exige el liberalismo o la laicidad de Estado.

El liberalismo suele ir unido a la democracia (individualista o inorgánica) como a tesis complementaria. Porque si el liberalismo niega todo orden de creencias y normas permanentes o válidas por sí mismas habrá de buscar en algo el fundamento del poder y la orientación en que éste se ejerza; y ese algo parece que sólo podrá hallarse en la voluntad general, o voluntad de los más expresada en el sufragio.

Sin embargo, esta segunda tesis no parece que sea indispensable para formar parte de pleno derecho en las organizaciones mundiales, ni que constituya elemento esencial de esa «ortodoxia pública» contemporánea. Gran parte de los Estados miembros de las Naciones Unidas, por más que se titulen rotundamente «democracias populares» no recurren a la llamada voluntad general numéricamente consultada para establecer sus minorías rectoras ni la tendencia de su gestión. Se gobiernan por una tecnocracia de partido único, diríamos auto-evolutivo o co-optativo.

Pero —esto sí— concuerdan con los países occidentales en negar toda dependencia del hombre en la regulación de su vida colectiva respecto de cualquier orden superior de verdades o valores: el hombre es soberano de sí, y su autonomía racional y volitiva le conduce necesariamente por cauces de progreso y de bienestar.

Esta tesis «liberal» parece conocer en nuestros días su apoteosis. Las Naciones Unidas, las potencias del Oeste y del Este (democráticas o tecnocrático-totalitarias) y hasta la propia Iglesia post-conciliar diríase que coinciden en ese autonomismo humano para regir su vida pública y sus instituciones políticas.

Quiero mostrar aquí que esta tesis liberal, lejos de constituir una liberación del dogmatismo, un neutralismo puramente humanista o una ruptura con toda instancia coactiva, es en sí una nueva fe tan necesitada de la sumisión a la creencia como la fe religiosa, y no menos exigente en dogmas, en marginamientos y aún en víctimas. Nuestros padres lo expresaron festivamente en la famosa copla:

El pensamiento libre
proclamo en alta voz.
Y muera el que no piense
igual que pienso yo.

Fácil es observar que los únicos enemigos considerados como tales por el régimen liberal no son los tecnócratas ni los socialistas, sino quienes afirman la trascendencia y la verdad; es decir los que se resisten a considerar sus convicciones como meras opiniones subjetivas. Al igual que en la nueva Iglesia liberal los únicos excluidos del afectuoso trato de «hermanos separados» son los católicos llamados preconciliares.

El liberalismo se apoya en tres dogmas fundamentales: la bondad natural del hombre, el poder sin límites de la razón para conocer todo sin residuo y para organizar exhaustivamente la vida de los humanos, y la idea de progreso, es decir la de que el movimiento de la razón (y del hombre) liberados de toda constricción superior se encamina hacia la edificación del paraíso sobre la tierra, fin único del esfuerzo humano.

El cristianismo (como toda otra religión) requiere una fe porque nadie ha visto a Dios en este mundo, al menos por vía natural; como también es objeto de creencia el dogma del pecado original. Pero tampoco ha visto nunca nadie el supuesto término del progreso: la omnisciencia de la razón o el bienestar universal y la paz perpetua a que (supuestamente) conduce el orden político liberal. Más aún: si Dios será para el creyente objeto real de una visión beatífica en otra vida, el término no es por principio, inalcanzable. El mismo liberal (o el racionalista) lo afirma sólo como un término teórico de constante aproximación, no como una realidad alcanzable. Y menos fácil que el pecado original parece demostrable la inocencia radical del hombre.

Se trata, por lo tanto, no de sepultar la fe o de liberar a la razón humana de las ataduras de la creencia, sino de sustituir una fe por otra: la fe en Dios por la fe en el hombre.

De aquí que la fe liberal posea iguales o superiores fanatismos a la religión más exigente, y que, constituido en «ortodoxia pública» adquiera un carácter aún más excluyente y celoso que cualquier universo religioso.

Pero, además, el liberalismo puro, sobre voluntarista e imperativo, es utópico; o —más exactamente— constituye un imposible histórico.

Toda mentalidad humana se apoya en un entramado de certezas, valores y adhesiones, sin los cuales, no sólo su progreso, sino su mínima pervivencia e intencionalidad se hacen imposibles.

Lo mismo acontece en el orden político-social, sostenido necesariamente por leyes y costumbres que entrañan nociones ambientales sobre la verdad y el bien.

La pretendida sociedad «abierta» o «neutra» del liberalismo prolonga su vida precariamente alimentándose secretamente de las creencias y convicciones valorables que permanecen en su seno desde la sociedad ancestral. Consumidas éstas, su destino es fatalmente el caos mental, la subversión y la «contestación» universales, y, al fin, la pura represión exterior, como es patente en los países de mayor penetración utopeista o liberal.