FIESTA DE LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
En aquel tiempo: Llena Isabel del Espíritu Santo levantó la voz con gran clamor y dijo: Bendita Tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí el que venga la madre de mi Señor a mí? Porque he aquí que como sonó la voz de tu salutación en mis oídos, dio un salto de alborozo el niño en mi seno. Y dichosa la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que le han sido dichas de parte del Señor. Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor, y se regocijó mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Pues, he aquí que desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones; porque hizo en mi favor grandes cosas el Poderoso y cuyo nombre es Santo; y su misericordia por generaciones y generaciones, para con aquellos que le temen.
La Iglesia celebra con honor y frecuencia las sagradas fiestas de la Madre de Dios, consciente de que esta observancia agrada a Dios y es meritoria para los cristianos. Entre estas solemnidades, que se han celebrado religiosamente durante siglos y continúan hasta el día de hoy, la Fiesta de la Asunción goza de la más alta estima y ocupa el primer lugar.
Debemos regocijarnos en nuestros corazones por esta felicidad radiante e incomparable que le pertenece, cuando todo lo que el Señor le ha dicho concluye con un final tan hermoso y encuentra su plena realización.
Bendita sea Ella, que no sólo tuvo fe, sino que también en este día recibió el fruto y la culminación de la fe y de toda virtud, y le fue concedido disfrutar de la visión más amorosa de Aquel a quien tanto amó y anheló aquí en la tierra. Recibió como huésped, como anfitriona, al Emmanuel entrando en el mundo; hoy, a su vez, es recibida por Él en su palacio real, y es magníficamente honrada.
¡Gloria de Nuestra Señora!
¡Feliz día!, que cumplió los ardientes y prolongados anhelos de Nuestra Madre; para que pudiera encontrar lo que buscaba, recibir lo que pedía, poseer con seguridad lo que esperaba, hallando perfecto descanso en la visión y posesión perfectas del Bien supremo y eterno.
¡Feliz día!, que elevó y exaltó a la más humilde sierva del Señor a la condición de poderosa Reina del Cielo y Señora del mundo, hasta el punto de que no podía elevarse más, pues, establecida en el trono del Reino, se sienta gloriosa, inmediatamente después de Cristo.
¡Feliz y verdaderamente venerable es este día!, que para nosotros ha constituido y confirmado en el Reino de Dios a una Reina poderosa y Madre misericordiosa. Reina y Madre serán los dos temas de nuestra meditación en la Solemnidad de la Asunción de María Santísima a los Cielos en alma y cuerpo.
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Consideremos primero su Realeza.
Por este nombre de Reina, se quiere expresar que la Santísima Virgen tiene un derecho de posesión verdadero, una soberanía real, un poder regio.
Con la Santa Iglesia decimos: Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el Cielo, en la tierra y en los infiernos. La realeza de Cristo es por lo tanto universal. Y también lo es la soberanía de María.
Demos una rápida mirada sobre las diferentes provincias del Reino de María.
Este Reino comprende primeramente toda la tierra. En los Libros Santos, los seres inanimados, como así también los animales y los vegetales, se nos muestran sometidos a la Santísima Virgen y consagrados a su servicio.
El sol es su vestido; la luna está bajo sus pies; las estrellas forman su corona; su trono está en una columna de nubes; recorre los mares; la tierra viene en auxilio de esta mujer perseguida por el dragón, etc.
Todo esto puede resumirse en estas palabras de San Bernardino: «Hay tantas criaturas al servicio de María, cuantas al servicio del Creador».
Descendamos a los infiernos; sabemos que allí se cree y se tiembla. El poder de Cristo aprisiona allí a aquellos que han rechazado por siempre jamás el yugo de su amor.
Ahora bien, María ha sido instituida por Dios la triunfante adversaria de Satanás y le es terrible como un ejército en formación de batalla.
Los Santos Padres mencionan expresamente su poder sobre el Infierno. ¿Cómo se ejerce allí su poder? Se hace sentir para refrenar el orgullo y la malicia de los malos espíritus y de los condenados que les están asociados. Se ejerce también en el sentido que esta «Puerta del Cielo» cierra, o al menos, estrecha las puertas del Infierno. ¡Cuántas almas impide Ella que sean devoradas por las simas del abismo!
Del infierno nuestras miradas se dirigen al Purgatorio.
Éste está incluido en el Reino de María, y allí se encuentran sus hijos que, en una fase dolorosa, esperan nacer a la gloria eterna.
San Vicente Ferrer, San Bernardino de Siena, Luis de Blois y otros proclaman explícitamente a María soberana en el Purgatorio; y San Luis María Grignion de Montfort nos hace pensar y obrar conforme a esta creencia. Nos enseña a poner en las manos de María el valor de nuestras oraciones y de nuestras satisfacciones; y nos promete que, a cambio de esta ofrenda, las almas que nos son queridas se verán más ampliamente aliviadas que si les aplicáramos directamente nuestros sufragios.
¿Hace falta ahora hablar del Cielo, de los Bienaventurados y de los Ángeles?
Reina de los Cielos, Reina de los Ángeles, Emperatriz del Cielo, son títulos familiares para los cristianos.
Has sido elevada por sobre todos los coros angélicos al reino de los cielos, canta la Iglesia en la fiesta de la Asunción.
Pero subiremos aún más alto. Por encima de María está Cristo, su divino Hijo; ahora bien, Cristo fue sumiso a María; no hay necesidad de insistir más en esto. En el Cielo, la Madre de Jesús mantiene aún sobre su Hijo una suerte de autoridad, digámoslo claramente, de soberanía.
Que este imperio le pertenece por una gracia singular y no por naturaleza; que lo ejerce siempre de acuerdo con Aquel que se le ha sometido; que ante Cristo sea ahora una omnipotencia suplicante, todo esto es incuestionable.
Pero, hechas estas reservas, podemos decir junto con San Pedro Damiano: «¿Cómo puede oponerse a vuestro poder este Cristo Rey nacido de vuestra carne? Además, llegáis hasta este altar de oro de propiciación para los hombres, no solamente orando, sino dando órdenes, en calidad de Soberana y no de sierva».
Imaginemos los estremecimientos de gozo y las aclamaciones de la Corte Celestial, y también el triunfo de Jesús, cuando por encima de los Ángeles y de los hombres apareció a su derecha, en una gloria y una belleza sin par, esta Reina. Y la fiesta dura todavía, porque es eterna.
Por la gracia de Dios, tenemos la esperanza de entrar en ella; y es el consuelo de nuestro exilio el conocer un poco mejor a Aquella que es la magnificencia del señor de los señores y el someternos a su glorioso y maternal imperio.
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Consideremos ahora su Maternal misericordia. Santa Teresita decía: «Se sabe muy bien que la Santísima Virgen es la Reina del Cielo y de la Tierra, pero es más Madre que Reina».
Y es Madre de Misericordia…
Para que la misericordia se manifieste en toda su belleza, para que sea un atributo divino, debe fijarse en el mal moral más que en el mal físico; debe ver las miserias de la tierra a través de una miseria mayor que es su causa, a través del pecado. Pero el hombre caído no puede alcanzar esas alturas por sí mismo. Necesita la ayuda de la Revelación. El Antiguo y el Nuevo Testamento están llenos de la idea de la bondad y la misericordia de Dios.
Poco a poco, Dios, que es el único que habla bien de Dios, se reveló a los hombres como el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación, lento para la ira y rico en bondad que, como dice la Liturgia, manifiesta su omnipotencia al conceder el perdón al pecador.
Esta Revelación no se expresa simplemente en fórmulas admirables. Se manifiesta en la vida de Cristo Jesús, nuestro Salvador. Con Jesús, la misericordia descendió del Cielo; en su santísima humanidad, tiene compasión de nuestras miserias. En efecto, Jesús las experimentó en carne propia, haciéndose semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado.
Pero Jesús, a pesar de todo, sigue siendo el Dios todopoderoso. Él pertenece a nuestra raza, pero no deja de ser una persona divina. En Él se reconcilian la justicia y la misericordia, pero no obstante permanecen inseparables. El Dios-hombre nos salva, pero también nos recuerda que algún día regresará para juzgar a los vivos y a los muertos.
Para que la misericordia divina se revelara a todos, tendría que aparecer sobrehumana, pero muy cercana a nosotros. Un día, en el Antiguo Testamento, cansado de los pecados de su pueblo, pero incapaz de abandonarlo, Dios clamó: Sión dice: Yahvé me ha abandonado, el Señor se ha olvidado de mí… Pero, ¿acaso una mujer olvidará a su hijo? ¿No tendrá piedad del fruto de su vientre? Incluso, si una madre lo olvidara, ¡nunca te olvidaré!
Así, Dios, al pensar en darnos a su Hijo, sólo pudo encontrar una imagen para expresar su amor por nosotros: la imagen de una madre abrumada de ternura por los hijos que nacieron de su carne. Por eso, cuando llegó la plenitud de los tiempos, para darnos a Jesús, Dios Padre nos dio a María.
En María Santísima, en un grado incomparable, se revelaría esa bondad, esa ternura, esa misericordia que son prerrogativa de Dios y de su Cristo. Dios es el Padre de las misericordias, el Dios de todo consuelo. María será la Madre de la misericordia.
Jesús es el Salvador, pero sigue siendo el Juez supremo. María no tendrá que administrar justicia; Ella sólo será indulgencia y perdón; Ella será la Madre de la Misericordia.
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En la piedad litúrgica de Oriente, encontramos una hermosa oración que Carlomagno hizo traducir al latín y que todavía cantamos hoy: sub tuum præsidium confugimus, sancta Dei genitrix.
La traducción latina sugiere que María es un baluarte, una fortaleza para nosotros, pero el texto griego era menos belicoso; decía: “bajo tu bondad» nos refugiamos, oh María; y la liturgia ambrosiana ha conservado esta idea: sub tuam misericordiam confugimus.
Aún queda mucho camino por recorrer para profundizar en el tema de la Encarnación, pero ya se destaca que la Madre de Dios está profundamente ligada a su Hijo en la obra de la redención. Su grandeza es como la otra cara de nuestras miserias.
Luego, alrededor del siglo XI, vemos claramente el surgimiento de las invocaciones que hoy nos resultan tan apreciadas. La Salve Regina se incorporó a la literatura espiritual y a la devoción de los fieles y monjes. Esta magnífica antífona fue un éxito inmediato e inmenso. Las paráfrasis y los comentarios se multiplicaron. Pronto, los monjes cistercienses, que consagraban sus iglesias a la Virgen María, decidieron terminar el día cantando la Salve Regina.
Un detalle captará nuestra atención y no carece de importancia. El texto original de la Salve Regina aún no menciona a la Madre de la Misericordia. Sólo saluda a la Reina: Salve, Reina de la misericordia, nuestra vida, dulzura y esperanza, salve.
Ahí hay un matiz. Adquiere todo su valor cuando se estudia la evolución de la iconografía mariana. Los historiadores del arte señalan, con razón, que alrededor del siglo XII se produjo un punto de inflexión en el culto a la Virgen María. Este culto, que hasta entonces había sido tan serio, adquiere un tono más tierno.
El arte cristiano en Bizancio vio en María a la Madre del Santísimo Dios, el Soberano, el Gobernante del mundo. Cristo es el Pantocrátor, María la magnífica y admirable Panagia, pero distante y sobrehumana.
Pantocrátor, «el que todo lo gobierna» o «todopoderoso», es una representación artística de Jesucristo como majestad soberana y juez del universo.
Panagia es el epíteto más común para referirse a la Virgen María en la cristiandad oriental, cuyo significado literal es «Toda Santa» o «Santísima».
El arte cristiano occidental imita estos modelos. El arte medieval presentó durante mucho tiempo numerosas representaciones de la Virgen de la Majestad, quien, sentada en su trono, ofrece al Niño Jesús para la veneración de los fieles.
Pero entonces, en el siglo XII, tuvo lugar una transformación: el arte románico, inspirado por la fe, desplegó libremente las alas de su imaginación, y le otorgó a María, en su lenguaje de piedra, el lugar que ocupaba en la piedad de los sencillos y en la teología de los eruditos.
María es la Madre del Salvador, pero la Palabra de Dios se hizo hombre únicamente para salvar a los hombres pecadores. Dijo San Agustín: Dos seres nos dieron la muerte; dos seres nos dan la vida.
Cristo es el Nuevo Adán. Pero, ¿quién será la Nueva Eva? La Nueva Eva es María Santísima, la primera de los redimidos y Madre de todos aquellos que viven una vida sobrenatural. Toda la doctrina de la Mediación Mariana se explicará en función de estos temas.
María sigue siendo la Madre de Dios; Ella es Virgen, Ella es Reina, pero también es Nuestra Madre. Ella es muy especialmente la Madre de los pecadores, Ella es la Madre de la misericordia.
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El texto de la Salve Regina subraya este progreso doctrinal. ¡Salve!, Reina de la Misericordia, había dicho hasta entonces. Ahora dirá: Salve, Reina, Madre de Misericordia…
Y continuará como antes: … vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios Te salve. A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre…
Y, de repente, la piedad de un alma inflamada añade tres expresiones: O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria.
Estas tres invocaciones son obra del gran devoto de María, aquel fiel San Bernardo. Sus bellos sermones sobre la Asunción, que celebran la misericordia de María, serán releídos y meditados indefinidamente.
Citemos solo el conocido pasaje donde, alabando las virtudes de la Madre de Dios, su virginidad, su humildad, muestra que para nosotros nada puede superar su misericordia:
¿Quién, pues, oh Santísima Virgen, puede medir la longitud, la anchura, la altura y la profundidad de tu misericordia? Debido a su longitud, abarca todos los días hasta el último. Debido a su anchura, cubre toda la superficie de la Tierra. Por su altura, sube hasta el Cielo para conseguir la reconciliación y el perdón de los pecadores. A través de su profundidad, obtiene la redención de aquellos que están sentados en la oscuridad y la sombra de la muerte…
Poco a poco, de siglo en siglo, la devoción y la teología, aclarando los diversos aspectos de la doctrina mariana, siguieron cantando con acentos cada vez más nuevos, con una fe cada vez más profunda, la misericordia de la Virgen María, Madre de Dios, Madre de los hombres.
La conclusión de esta larga obra cristiana de siglos fue trazada por el Papa Pío XII. En efecto, el 1° de mayo de 1946, para la Coronación de Nuestra Señora de Fátima, escribió a los Obispos y fieles de Portugal:
Bendito sea el Señor, Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones. Y con el Señor sea bendita Aquella que Él constituyó Madre de misericordia, Reina y Abogada nuestra amorosísima, Medianera de sus gracias, Dispensadora de sus tesoros.
María Santísima es Mediadora de la Gracia, es la Madre de la Misericordia.
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María Reina está al lado de su Hijo Soberano. La vida de María en la tierra, junto a Jesús, fue una expresión de su papel en la historia de la humanidad. Habiendo sido gloriosamente asunta al Cielo, nunca deja de estar entre nosotros. Su misericordia es inagotable, porque inagotables son los tesoros de la gracia a los que Dios le da acceso.
María conoce nuestra vida; Ella sufrió por nuestros pecados. Aunque redimida como nosotros, Ella compartió con su Hijo el peso de nuestras miserias morales; aún lo soporta, conoce nuestros dolores y nuestras faltas como una madre conoce la angustia de sus hijos; mejor que una madre, porque los conoce desde dentro.
Para enaltecer su papel de Madre de la Misericordia, no basta con decir que nos dio a Jesús, que lo vio sufrir y sufrió con Él; hay que añadir que, incluso en su bienaventurada eternidad, continúa desempeñando este papel de Madre. Pero Cristo resucitado no volverá a morir jamás; y la Madre de Jesús, sentada con Él en la gloria, ya no puede sufrir.
¿Cómo podemos conciliar afirmaciones contradictorias en este caso? Aquí es donde nos topamos con misterios insondables. Cuando se trata de la relación entre nuestra vida terrenal y la vida eterna, entre la vida de Jesús y la nuestra, entre la vida de María y nuestras propias vidas, nos vemos reducidos a balbucear.
María, Madre de Misericordia, radiante de gloria, intercede por nosotros eternamente ante Cristo y su Padre. Pero, al mismo tiempo, Ella está misteriosamente presente en nuestro mundo visible, vive con Jesús en las almas de los justos, llama a la puerta de las almas de los pecadores.
La misericordia de la Virgen María no es sólo un hermoso sentimiento de compasión, sino una acción eficaz que transforma nuestras vidas y nos convierte, de pecadores que somos, en hijos de Dios.
Todo lo que sabemos sobre las apariciones de María durante los siglos XIX y XX parece indicar que la Madre de la Misericordia vuelve a contemplar a la humanidad pecadora. Nuestras desgracias temporales, y especialmente nuestra miseria moral, ejercen una atracción irresistible sobre su Corazón.
Por lo tanto, nunca hay razón para desesperar de una época, de un pueblo, de una familia, de un individuo que, en sus días más oscuros, acepte que de su corazón se eleve una vez más a María la ardiente súplica de siglos de fe: Salve, Regina, Mater misericordiæ… vida, dulzura y esperanza nuestra… O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria…

