LA DERECHA Y LA EXTREMA DERECHA
En el maremágnum del actual lenguaje político, dos de los términos que han persistido como puntos de referencia, son los de derecha e izquierda. Términos confusos y sumamente difíciles de definir, pero que todavía sirven para entendernos.
Su origen está, como es sabido, en la sesión del 11 de septiembre de 1789, en la Revolución francesa, cuando los diputados, renunciando a situarse por estados (clero, nobleza, estado llano), lo hicieron por su significación ideológica. A la derecha, los conservadores; a la izquierda, los revolucionarios. A su imagen se ordenaron después todos los parlamentarios liberales de Europa y de América.
¿Por qué los revolucionarios se situaron a la izquierda e hicieron de esa posición un orgulloso título?
Según un autor francés muy conocido, no se trata de una pura casualidad, de una circunstancia fortuita, sino de una elección oculta, quizá instintiva y para muchos, subconsciente.
De siempre, la gracia, la bendición de Dios, el premio eterno venían de la derecha o se situaban en ella; la mala ventura, el pecado, la maldición y las cosas diabólicas, venían de la izquierda. Derecha significa «diestra», e izquierda «siniestra».
Todo el mundo conoce, en el evangelio de San Mateo (c. 25), la derecha y la izquierda del Señor en el día del Juicio; siguiendo una convención bíblica, los buenos, los corderos, los elegidos se sitúan a la derecha, al paso que los malos, los cabríos, los condenados, lo harán a la izquierda.
Nadie ignora tampoco lo que es hacer una cosa «a derechas». Y la circulación se ordena siempre por la derecha. (Incluso en aquellos países en que los vehículos circulan por la izquierda, prevén por un respeto a la prioridad natural y cronológico del andar a pie, que se realizó espontáneamente por la derecha).
«El fondo antirreligioso de la Revolución —concluye este autor— se manifiesta en esa elección subconsciente: una rebelión contra el orden natural, contra las legitimidades inmemoriales, contra el derecho ancestral, un desafío a Dios.»
Jacques Madaule sostiene que el hombre de derechas considera la naturaleza humana como inmutable, al paso que el de izquierdas la considera ilimitadamente transformable. Es decir, para el primero existe un orden natural (moral y ley naturales) que son objetivos e inmutables como obra de Dios, creador y ordenador del mundo. Para el hombre de izquierdas tales normas no existen, sino que la organización y la técnica del hombre pueden —y deben— modificar el orden de las cosas —al menos de las cosas humanas— de raíz, es decir, según un ideal revolucionario.
La clasificación en derechas e izquierdas en aquel su sentido originario, no fue aceptada por varias posiciones políticas, las más auténticas. Los partidarios del antiguo régimen —tradicionalistas (en España, carlistas)— no admitieron nunca su inclusión en las derechas porque ellos no aceptaban el régimen parlamentario, ni sus partidos, ni su posición convencional en el Parlamento. Las derechas y las izquierdas son —decían— igualmente liberales: liberales de derecha o liberales de izquierda. La misma distinción hacían de sí los fascistas y falangistas, y también los comunistas. Cierto es, sin embargo, que cuando estos grupos tuvieron diputados por necesidad de poseer inmunidad propagandística, y los comunistas con las izquierdas por la misma razón.
Ya en la época parlamentaria se conoció a estos grupos extra o anti-parlamentarios como «extrema derecha» o «extrema izquierda».
Tales denominaciones, aunque imprecisas y recusables, han pasado, como he dicho, hasta el «argot» político de nuestros días. Así, por ejemplo, la Iglesia post-conciliar o progresista, al «abrirse al mundo moderno» —es decir, al socialismo— habla de un «viraje a la izquierda».
Resulta cómica la oración que los obispos franceses reunidos en Lourdes dirigieron al Altísimo: «Que el Día del Juicio, la izquierda y la derecha políticas de hoy no sean confundidas con la izquierda y la derecha del Señor.» Lo cual supone que los obispos de la Galia, más sabios que Dios, previenen a Este para que no se confunda en su día. Pero significa, sobre todo, un guiño de simpatía y complicidad a la izquierda política de hoy para que «el tren del socialismo no se les escape».
Actitud que, por lo demás, rima perfectamente con la de un Soberano Pontífice que se disculpó ante el mundo por recibir al embajador del Vietnam, católico y amenazado, en razón de que ya recibió antes —y con todos los honores— al del Vietcong comunista, donde todo vestigio de religión ha sido (o está siendo) arrasado.
En España también, en la nueva flamante democracia, conservamos los términos de derecha e izquierda en su sentido clásico. La escalada ambiental que en los últimos años ha realizado el izquierdismo hace que, como en otros países, la noción de derecha tenga un cierto sentido peyorativo y desfasado. Pero se puede ser de derecha o de izquierda, aunque lo más práctico y general sea lo que los franceses llaman «penser à gauche et vivre à droite». Lo que no se puede ser ni se puede decir más que en sentido peyorativo, es extrema derecha o extrema izquierda.
Otro tanto sucede en el lenguaje oficial u oficioso: ser de derecha o ser de izquierda no es obstáculo incluso para ser ministro. Lo único sospechoso y tenido en perpetua cuarentena es la extrema derecha y la extrema izquierda.
¿Por qué? Quizá porque a estas extrema derecha o izquierda su propia convicción les lleve a «no entrar en el juego», a «salirse» de él, o, al menos, a dificultarlo. En esto tenemos un punto de coincidencia entre esos calificativos de «extrema» en el régimen parlamentario liberal y en los actuales: se da ese nombre en ambos casos a los que no admiten —teórica o prácticamente— «el juego»: el parlamentario en aquel caso o el que, en una u otra situación, esté vigente.
Sin embargo, es posible que sean esos «ultra» o «de extrema» —alguno de ellos— los que tengan razón. Es decir, que habría de mirarse más al contenido de lo que afirman y defienden que a su carácter de extremosidad. Porque en los caracteres valiosos y positivos de las cosas, nunca se peca por mucho. En la sabiduría nunca se rechazará la extrema sabiduría, ni se llega a defecto por extrema caridad o heroísmo o salud o belleza, etc.

