PADRE LEONARDO CASTELLANI: EXÉGETA Y PREDICADOR

Conservando los restos

DOMINGO DECIMONOVENO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

El evangelio de hoy repite la Parábola del Convite, que hemos visto el Domingo segundo después de Pentecostés; en otra forma, tal como está en Mateo.

Hemos visto ya someramente las diferencias: el tema es el mismo. El Reino de los Cielos es parecido a un convite de bodas; todos son convidados, pero muchos pierden el convite por su culpa. Es un convite peligroso; porque la otra alternativa, la del que no entra, no es quedarse sin una comilona más o menos. La otra alternativa es la muerte.

El objeto de los dos libritos de Mateo y de Lucas es diferente: Mateo escribió para los judíos, Lucas para los paganos.

La parábola del Banquete en Mateo es más dura y casi feroz; y su amenaza se extiende no solamente a los que declinan las fiestas nupciales del Rey por amor de sus propias fiestas, sino al que entró sin la vestidura nupcial. El incendio de una ciudad y una masacre, castigo de los sacrílegos homicidas, ilumina el banquete como una antorcha siniestra. Cuando Mateo trasladó al papel esta parábola del Maestro, había oído ya la paladina profecía del incendio y la ruina de Jerusalén; y en cierto modo la veía desarrollarse ante sus ojos, habiendo sido testigo no solamente de la crucifixión del Maestro, sino también de las insensatas tentativas de los Fariseos, los Sicarios y los Zelotes de levantar al inerme pueblo palestino contra el enorme poder del Imperio: tentativas fatídicas que comenzaron poco después de la muerte de Cristo. Esa situación está reflejada en la parábola. Si la parábola parece feroz, es porque refleja fielmente una situación feroz.

Los oyentes de Lucas estaban en situación distinta: los gentiles habían entrado en cantidad a la primitiva Iglesia; Pablo, de quien Lucas era el meturgemán, o recitador, se había volcado hacia ellos dejando a un lado a los judíos y esto era motivo de asombro y aun de escándalo para los fieles circuncisos; o sea, provenientes de la Sinagoga. El acento en la parábola de Lucas está puesto sobre este hecho: “los primeros Invitados no fueron dignos; entonces el Señor del Banquete llamó a otros… cualesquiera que fuesen”. El señor del Banquete no es ya un Rey –porque los reyezuelos orientales les resultaban un poco ridículos a los romanos–sino un Gran señor un patricio como los Julios o los Flavios, una especie de Lord Inglés. El castigo no aparece tan atroz: “en verdad os digo que ninguno de los primeros invitados gustará mi banquete”; pero en el fondo es el mismo: puesto que el Banquete es la vida eterna.

¿Modificó Lucas la parábola de Cristo al gusto romano? Algunos críticos lo sostienen: creemos que no se ha de admitir. Cristo debe de haber tratado sus temas de diferentes maneras según los auditorios, conforme es uso de los recitadores de estilo oral. Esos científicos (como Tillmann y Perk), suponen falsamente que Lucas usó para la composición de su libro de fuentes escritas, como notas o fragmentos de evangelios preexistentes, que se habrían perdido. Pero no es ésa la costumbre de los medios de estilo oral: la trasmisión de la materia se efectúa por la prodigiosa memoria de los recitadores y de su arte deliberado y metódico de retener y repetir. La actual investigación científica (De Foucauld, Jousse, Dhorme) tiende a robustecer de más en más esta tesis, que es hoy una certeza científica.

Los Evangelios no se tomaron libertades con los relatos retenidas y repetidos que trasladaron al papel: no son libros compuestos al uso actual; son transcripciones, como sería hoy día un proceso verbal. Es incluso probable que las actuales palabras de nuestros Evangelios en griego sean las “ipsissima verba” de Cristo, traducidas por Él mismo: es decir, es probable que Cristo haya predicado o en arameo o bien en griego, según los auditorios.

La Palestina era entonces un país bilingüe, como Irlanda actual; y hasta los campesinos sabían –un poco al menos– la koiné o griego vulgar, que era desde los Antíocos la lengua oficial del reino griego fundado por Alejandro, al cual perteneció la Judea. Jesucristo con Pilato habló, evidentemente, en griego.

Lucas quizás no conoció personalmente a Cristo aunque algunos sostienen que sí, que fue uno de los dos “discípulos de Emmaús”; pero en cualquier caso él “investigó con diligencia” –dice él– de quienes lo habían conocido y oído, muchos de los cuales eran recitadores natos. Lo mismo había hecho su maestro San Pablo antes de él, cuya catequesis Lucas se dio por misión transcribir fielmente al papel, a pedido de los fieles de la gentilidad. No es de creer que San Pablo se haya permitido transformar literalmente las palabras del Maestro, que creía inspiradas: cosa prohibidísima entre los recitadores de estilo oral.

De cualquier modo, la parábola en la forma mateica es la más segura, es un relato más largo y literariamente más rico, mucho más oriental y hebreo que el sucinto perfil de Lucas, el médico griego educado en Roma. La parábola de Mateo es fuertemente coloreada, amenazante y trágica. Esta puesta antes de la última ida a Jerusalén, en la misión de Perea, cuando ya el furor de los fariseos se mostraba en guerra abierta, y Jesús sabía que era rechazado por su pueblo; antes de las tres “parábolas de la misericordia”; porque Dios amenaza siempre con la intención de perdonar.

Es un rey que celebra las bodas de su hijo: símbolo de la unión de la Segunda Persona con la naturaleza humana, o sea la Encarnación. El rey envía sus farautes (los Profetas) a llamar a los invitados; y ellos rehúsan venir. Envía otros mensajeros, con un mensaje más apremiante y cariñoso; pero ellos los desprecian y se van “a sus negocios”; y algunos “agarran a los heraldos regios, los maltratan y aun los matan”: increíble atrevimiento y verdadero sacrilegio. Entonces el Rey envía sus ejércitos que se apoderan de la ciudad y le prenden fuego; y a los homicidas pasan a cuchillo. Después el Rey da orden de traer a “cualquiera que sea”; y se llena la sala del convite con la gente de la calle y de los caminos, “buenos y malos. Jesús estaba en la Perea, comarca gentil; y la alusión al rechazo de su pueblo, y a su predicación a los gentiles malos, es patente.

No basta entrar, hay que tener la vestidura nupcial: la túnica blanca, la corona de palma o de olivo, y las sandalias y los pies limpios. Había allí uno que no los tenía; lo cual no parece extraño, si los habían buscado, por “las encrucijadas de los caminos”, y algunos los habían traído medio por la fuerza, como dice Lucas: “Compelle intrare” (“oblíguenlos a entrar”).

El castigo de esta falta, insignificante en apariencia, es peor: el Rey se da por ofendido personalmente, pues él está allí ahora y no solamente sus heraldos y farautes: atado de pies y manos lo hace echar a la helada de la noche “y allí serán los alaridos y el rechinar de dientes”.

Este final horroroso nos descubre que la “vestidura nupcial” significa la gracia santificante. Jesucristo indica muchas veces el infierno con las palabras la oscuridad de allá afuera”; y eso es el infierno efectivamente: estar fuera de Dios y por tanto en helada oscuridad.

El pecado a los ojos de Dios es diferente que a los ojos de los hombres; para los hombres el pecado no parece cosa muy importante, e incluso a veces los pecados son “los negocios”, como en el caso de los prestamistas, cuyo negocio es la usura; los politiqueros, cuyo negocio es la mentira; y los periodistas adulones, cuyo negocio es la prostitución de la palabra humana; pero es una ofensa directa para Dios, creador y vengador del orden, comendador y legislador de lo Justo, Limpieza Infinita.

Por eso en la parábola hay esa desproporción y desmesura entre los castigos y sus motivos. Es como si Cristo dijera: “Ojo, que los hombres ven de una manera y Dios de otra.”

Los santos dicen que si viéramos con los ojos del cuerpo un alma en pecado, no podríamos vivir; no la vemos, pero para eso tenemos los ojos de la fe.

“Yo sé de una persona –escribe Santa Teresa– a quien quiso Nuestro Señor mostrar cómo quedaba un alma cuando pecaba mortalmente. Dice aquella persona [ella misma] que le parece si lo entendiesen no sería posible ninguno pecar… Y así le dio mucha gana que todos lo entendieran; y así os lo dé a vosotras, hijas, de rogar mucho a Dios por los que están en ese estado, todos hechos una oscuridad; y así son sus obras… Oí una vez a un hombre espiritual que él no se espantaba de cosas que hiciese uno que está en pecado, sino “de lo que no hacía”. Porque, así como de una fuente muy clara lo son todos los arroyitos que salen de ella, como es un alma que está en gracia, que de aquí le viene ser sus obras tan agradables a los ojos de Dios y de los hombres… así el alma que por su culpa se aleja de esta fuente, y se planta en otra de muy negrísima agua y de muy mal olor, todo lo que corre por ella es la misma desventura y suciedad.” (Las Moradas, capítulo II, in initio).

Jesucristo aludió siempre al Reino de los Cielos como un Convite de Bodas; no usó la terminología erótica del Cantar de los Cantares de Salomón, ni la descripción de palacios hechos de oro y gemas preciosas de San Juan en el Apokalypsis. Para la gente campesina que lo escuchaba, el banquete nupcial era el gran acontecimiento de la vida, en que se echaba la casa por la ventana.

El Rey en su segunda invitación les hace decir a los invitados: “mirad que todo está presto, los pollos están adobados, los becerros cebados están muertos”, sin olvidar los cántaros de vino, que eso va de suyo. Me hace acordar esos banquetes de casamiento de los labriegos italianos que duran siete días –boda y tornaboda– donde en cada comida se sirven siete vinos diferentes. “Meter la olla grande adentro de la chica” le llaman, no sé por qué. Naturalmente que es más que eso, porque “ni ojo vio –dice San Pedro– ni oído oyó, ni en fantasía de hombre puede caber lo que tiene Dios preparado a los que le sirven”.

Los impíos modernos dicen que Cristo vino a matar la alegría de la humanidad, “espectro exangüe que aguas las fiestas de la vida”. Dicen que Cristo vino a debilitar a los hombres, y Cristo robustece flacos con la esperanza; dicen que Cristo vino a quitar la nobleza pagana, y Cristo ennoblece con su invitación incluso a los mendigos; dicen que Cristo vino a disminuir la Vida, y Cristo curó enfermos y resucitó muertos… Dicen que es el enemigo de Dionysos y el adversario mortal de la alegría; y Cristo invita a todos a la alegría indeficiente de un convite regio, que se anticipa en esta vida en esperanza; la cual en esta vida es la madre de la alegría. Porque el malvado cuando goza de sus efímeros placeres, no puede olvidar que son pasajeros; y el justo cuando goza de sus sanas alegrías, sabe que ellas no acabarán jamás. Hay una diferencia…. Hay una gran diferencia; porque un placer pequeño se engrandece cuando está conectado con la seguridad y la esperanza; y un placer muy grande se aniquila cuando está conectado con el remordimiento, o el temor, o la desesperación.