P. CERIANI: SERMÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA

En aquel tiempo se celebraron unas bodas en Caná de Galilea; y allí se hallaba la Madre de Jesús. Fue también convidado a las bodas Jesús con sus discípulos. Y como viniese a faltar el vino, dijo su Madre a Jesús: No tienen vino. Le respondió Jesús: Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Aún no es llegada mi hora. Dijo entonces su Madre a los sirvientes: Hagan lo que él les diga. Estaban allí seis tinajas de piedra, destinadas para las purificaciones de los judíos; en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. Les dijo Jesús: Llenen de agua aquellas tinajas: y las llenaron hasta arriba. Les dice después Jesús: Saquen ahora en algún vaso, y llévenlo al maestresala. Lo hicieron así. Apenas probó el maestresala el agua convertida en vino, como él no sabía de dónde era (bien que lo sabían los sirvientes que lo habían sacado), llamó al esposo, y le dijo: Todos sirven al principio el vino mejor, y cuando los convidados han bebido ya a satisfacción, sacan el más flojo; pero tú reservaste el buen vino para lo último. Así en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros con que manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron más en Él.

El Evangelio de este segundo Domingo después de Epifanía presenta a nuestra meditación el conocido milagro acontecido en las Bodas de Caná.

Ante la intervención de Nuestra Señora en favor de los esposos, que se quedaban sin vino para su fiesta, nos encontramos con la sorprendente respuesta de Nuestro Señor.

Más allá de las diversas versiones de la misma, la réplica es inesperada: sea que se refiera al asunto en sí mismo: ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, Mujer?; sea que verse sobre la relación entre Nuestro Señor y Nuestra Señora: ¿Qué tengo yo contigo, Mujer?

Pero, no menos pasmoso es el comportamiento de Nuestra Señora: Dijo su Madre a los que servían: Haced cuanto Él os dijere.

Por lo tanto, si María Santísima no hubiese mediado con su petición, la hora fijada desde toda la eternidad para la inauguración del ministerio público de su Jesús no hubiese sido avanzada.

Pero, avanzar la hora en Caná significaba avanzar la hora suprema de la Pasión.

Haced cuanto Él os dijere… La respuesta de María es el eco de su Fiat, que inauguró la Redención…

El vino de Caná es signo del vino del Cenáculo, de la Sangre del Calvario y de cada Cáliz de cada Misa hasta el fin de los tiempos…

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La buena Madre se inquieta al ver los vasos vacíos… Es el amor quien la lleva a pedir la intervención de su Hijo. Ya no hay tiempo para retenerlo, ahora es tiempo de darlo. Y entonces indica a su Hijo: ¡Están sin vino!

El Hijo parece apartar la súplica. Dice que su hora todavía no ha llegado, que aún no se alcanzó la plena medida que hay entre los dos, algo que dé a su Madre el derecho a pedir más vino y lo que ello implica…

Pero Ella dice a los criados: Haced cuanto Él os dijere. Y el Hijo, que parecía negarse…, retenerse…, obedece a Aquella que es la propia obediencia… y el propio don…, la donación plena…

Por eso, cuando la Virgen Madre le hace, como Mujer, aquella suplica de vino, Jesús vio por primera vez, anticipadamente, el vino transformado en sangre…

Ella, la Madre de Dios y de los hombres, se adelantaba…, y deja escapar el secreto de los dos…

La Madre se adelanta, evidentemente. Intercede antes de tiempo… Haced cuanto Él os dijere…

Y para el Hijo no quedaba, como salida para la misericordia de Dios, más que dos cosas, casi contradictorias: o detenerla u obedecerla…

Pero el Hijo obedece…, escucha la súplica de su Madre…, y se ofrece por Ella y con Ella…

Por eso, en el vino que abundó en las Bodas de Caná, vemos las primeras señales de la Sangre de la Pasión de Jesús…

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Todo esto nos permite profundizar un poco más en los Títulos y Oficios Marianos.

La Santísima Virgen María es Abogada y Patrona nuestra con relación al magno negocio de la salvación eterna en que todos estamos empeñados.

Los protestantes, modernistas y conciliares lanzan duras invectivas contra los títulos de Abogada, Patrona y Mediadora que honran a María Santísima.

Dicen que al tributarle esta gloria la igualamos a Jesucristo, y que, con palmaria injusticia, dividimos y empequeñecemos los Títulos y Oficios de Él, haciéndoselos compartir con la Virgen.

Decimejorge, solapadamente, como acostumbra, sustrae a María Santísima estos títulos de Abogada, Patrona y Mediadora, como se deduce de sus homilías y discursos; donde el muy bandido niega que estos títulos le convengan a Nuestra Señora de una manera propia, callando el sentido en que deben tomarse y levantándose, a la vez, contra los títulos que él, blasfemando, denomina hiperbólicos, exagerados, impropios y tonteras.

¿Tonteras…? ¡Herejías son las tuyas…! ¿Qué dices, hereje? ¿Qué dices, hereje? Vade retro… Vade retro, satanas…

Ver texto de Joseph Ratzinger que será publicado en otra entrega.

Le disguste a quien le disguste, proteste quien proteste, María Inmaculada es Abogada, Patrona y Mediadora del género humano.

Con frecuencia, no sólo el pueblo cristiano, sino también los teólogos, los predicadores, la Iglesia en la liturgia y en los libros aprobados y recomendados por Ella, y en las Bulas y Encíclicas de los Papas, llaman a la Santísima Virgen Abogada, Patrona y Mediadora.

María es Mediadora poderosa para salvar a todos, pues Jesucristo, que es omnipotente, hizo omnipotente a María; con la diferencia de que Jesucristo es omnipotente por naturaleza, y María lo es por gracia.

Esto se verifica de tal modo, que cuanto le pide la Madre, nada le niega el Hijo, como le fue revelado a Santa Brígida, quien oyó a Jesús diciendo a María: “Pide lo que quieras, Madre mía, que nada te negaré yo en el cielo, pues nada me negaste tú en la tierra”.

Se llama, por tanto, omnipotente a María en el sentido en que puede serlo una criatura, que siempre será incapaz de un atributo divino. Es y se la llama la omnipotencia suplicante, porque con sus ruegos alcanza siempre cuanto quiere.

María, como Abogada nuestra amantísima, ofrece a Dios sus oraciones y las que nosotros le dirigimos a Ella para obtenernos de Dios el perdón de nuestros pecados, por grandes y enormes que sean, y la salvación eterna de nuestras almas.

María es la reconciliadora de los pecadores con Dios. Esta es su principal ocupación como Abogada nuestra.

Pecador, quienquiera que seas, por encenegado que estés en la culpa, por envejecido que te veas en el pecado: no desconfíes, sino agradece a tu Señor que, para usar de misericordia contigo, no sólo te dio a su Hijo por Abogado, sino que, para infundirte más ánimo y confianza, te dio tal Mediadora, que con sus ruegos alcanza cuanto quiere. Vete, recurre a María y te salvarás.

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La Santísima Virgen ejerce en los Cielos el oficio de Abogada, Patrona y Mediadora del género humano, orando e intercediendo por los hombres ante el trono de Dios, y obteniéndoles todas las gracias de la salvación.

Como es sabido, los luteranos y calvinistas niegan que los Santos, y, por lo mismo, la Santísima Virgen María, ruegan e interceden por nosotros.

La razón que esgrimen, al igual que Decimejorge y todos los conciliares, es que uno sólo es el Mediador, Cristo Jesús, cuya intercesión y mérito son por sí solos superabundantes.

Por supuesto que a ellos, incluyéndolo a Bergoglio y a todos los modernistas, les importa muy poco lo que enseña el Magisterio de la Santa Iglesia Católica y los Santos Padres y los Escritores Eclesiásticos, que no han escatimado sus razones y elogios.

A esto puede añadirse el testimonio de todas las liturgias antiguas, orientales y occidentales, en las que la Iglesia pide el perdón de los pecados y los demás beneficios por los méritos e intercesión de la Virgen Santísima.

Los teólogos exponen las siguientes razones:

a) La Santísima Virgen es dispensadora de todas las gracias; gracias que no puede conferir a éstos o aquéllos más que intercediendo y expresando su deseo de que así se haga, delante de Cristo, y con Cristo, delante del Padre.

b) Y esta intercesión de María no se opone ni implica perjuicio a la de Cristo, pues no hay inconveniente alguno en que, con Cristo, intercesor principal, y bajo su dependencia y con su virtud y autoridad, interceda María por nosotros, con una intercesión secundaria.

Ciertamente que la Santísima Virgen conoce todo lo que Dios hace en la tierra, y, por tanto, al dirigirle sus preces sabe perfectamente lo que Dios ha de hacer en cada caso.

Pero esta presciencia no excluye las súplicas.

En efecto, si conoce que su oración ha de ser eficaz para conseguir lo que pide, pone mayor afecto en las preces, porque a la vez sabe que Dios, impulsado por ellas, ha determinado conceder el efecto.

En cambio, si conoce que la oración no ha de conseguir lo que pide, puede, no obstante, hacerla por simple afecto y por amor al que se lo ruega, como Cristo oró en el huerto para manifestar el afecto de su naturaleza; oración que al fin cedía en honor de Dios y de su culto, sin separarse ni un ápice de la voluntad absoluta del Padre, sino, sometiéndose a Él totalmente con voluntad eficaz.

Del mismo modo también la Santísima Virgen ora alguna vez en favor del cliente que a Ella se dirige, pero sometiendo completamente su voluntad eficaz a la voluntad y decreto eficaz de Dios.

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Dando un paso más, vemos que el poder de intercesión de la Bienaventurada Virgen María es tanto que con razón es llamada Omnipotencia Suplicante.

Los mismos términos nos indican que el poder de María no es la Omnipotencia física y simplemente tal, atributo de sólo Dios.

Por tanto, el poder de María es una omnipotencia moral, o sea, omnipotencia de impetración, en cuanto que nos alcanza la gracia y otros beneficios que pide para nosotros.

Esta poderosa impetración de María ha de colocarse en el ámbito de su Mediación excelsa, como ceñida al fin de la encarnación, es decir, a restaurar todas las cosas en el cielo y en la tierra.

Los jansenistas, modernistas y conciliares, como siempre, llevan a mal los encomios con que los Santos Padres y escritores celebran entusiasmados el poder y la eficacia de la intercesión mariana; y rechazan sobre todo aquella bellísima fórmula en que María es aclamada Omnipotencia suplicante.

Sin embargo, tan grande es el poder de impetración de María, que con razón es llamada y le es atribuido dicho título.

Así lo enseñan los Romanos Pontífices. Por su parte, los Santos Padres y los Escritores Eclesiásticos son por demás elocuentes al respecto. El pueblo cristiano, por su parte, en toda necesidad acude confiadísimo al amparo de la Virgen Madre de Dios, a la que cree poderosísima para obtener de Dios lo que quisiere.

Los teólogos encuentran honroso en el más alto grado que la Santísima Virgen resplandezca enaltecida con tanto poder de intercesión, y esto por doble título a cuál más excelso: por el de su maternidad divina y por el de su consorcio en la obra de la redención humana.

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Terminamos con algunas de las reflexiones de San Alfonso María de Ligorio, tomadas de su libro Las glorias de María, comentando de la Salve Regina precisamente la frase “Ea pues, Señora, Abogada nuestra”.

Según el Santo Doctor:

María tiene poder por ser Madre de Jesús.

María intercede a nivel de Madre de Dios

María ruega en calidad de Madre

María obtiene de Dios cuanto pide

María ejerce su poder en favor de los pobres y desvalidos

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María tiene poder por ser Madre de Jesús.

En el cielo, aunque María no puede mandar al Hijo, sin embargo sus plegarias serán plegarias de madre, y por eso poderosísimas para obtener cuanto pida.

El Hijo tiene tanta estima de las plegarias de María y tiene tanto deseo de complacerla, que en rogando Ella, más parece mandar que rogar y parece más señora que esclava.

Así quiere honrar Jesús a su querida Madre, Él que tanto la ha honrado durante su vida, al otorgarle al instante cuanto le pide o desea.

María intercede a nivel de Madre de Dios

Debiendo tener la madre la misma potestad del hijo, porque es omnipotente Jesús, resulta con razón que también es omnipotente María; pero dejando bien claro que Jesucristo es omnipotente por naturaleza y María lo es por gracia.

Así, ella es omnipotente porque con sus plegarias obtiene cuanto quiere.

Y así sucede que cuando le pide la Madre, nada le niega el Hijo.

María ruega en calidad de Madre

Aunque María consiga la gracia rogando, sin embargo, Ella ruega con imperio de Madre.

Las plegarias de la Santísima Virgen, siendo plegarias de madre, tienen como cierta especie de imperio, por lo que es imposible que no sea oída cuando ruega.

Es lo que se dice en esta célebre sentencia: “Lo que Dios con su poder, Tú lo puedes, oh Virgen, con tus ruegos”.

María obtiene de Dios cuanto pide

Justamente explicando el pasaje del Evangelio de hoy, dice el Santo Doctor:

¿Y cómo entender esto? Si el tiempo de hacer milagros era el de la predicación, ¿cómo podría anticiparse el milagro del vino contra el decreto divino?

No, responde San Agustín, no se hizo nada en contra de los decretos divinos; porque si bien, generalmente hablando, no era aún el tiempo de hacer milagros, sin embargo, desde toda la eternidad, Dios había establecido con otro decreto general que todo lo que pidiera esta Madre jamás se le negase.

Y por eso, María, muy consciente de su privilegio, aunque aparentemente su Hijo no pusiera mucha atención a su demanda, les dijo a los criados que hicieran lo que él dijera, pues la gracia se iba a conceder.

Esto confirma Santo Tomás al decir que, con aquellas palabras “aún no ha llegado mi hora”, quiere demostrar Jesucristo que hubiera diferido el milagro, si otro se lo hubiera pedido; pero porque se lo pidió la Madre, lo realizó al instante.

Basta que hable María y todo lo realiza el Hijo.

María ejerce su poder en favor de los pobres y desvalidos

Con razón es nuestra gran abogada.

María es inmensamente rica tanto en poder como en misericordia; y como es poderosísima su caridad, de igual manera es piadosísima al compadecerse como lo demuestra a cada paso con sus obras.

Desde que vivía en la tierra su único pensamiento, después del de la gloria de Dios, era ayudar a los miserables; y bien sabemos que gozaba del privilegio de ser oída en todo lo que pedía.

Esto se demostró en las bodas de Caná, cuando al faltar el vino la Virgen, compadecida de la vergüenza y aflicción de los de la casa, pidió al Hijo que los consolase con un milagro exponiéndole la necesidad que tenían.

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Por lo tanto, que quede bien claro que:

María tiene poder por ser Madre de Jesús.

María intercede a nivel de Madre de Dios

María ruega en calidad de Madre

María obtiene de Dios cuanto pide

María ejerce su poder en favor de los pobres y desvalidos

Por eso, acudamos a Nuestra Buena Madre, diciéndole:

Oh María, amada Abogada nuestra, ya que tienes un Corazón tan piadoso que no sabe mirar a los míseros sin compadecerse de ellos, y a la vez tienes ante Dios un poder tan grande como para salvar a todos los que Tú defiendes, no te desdeñes de tomar a tu cargo la causa de nosotros, miserables, que en Ti ponemos toda nuestra esperanza. Si no te conmueven nuestras plegarias, que Te mueva tu compasivo Corazón, que Te mueva tu inmenso poder, ya que Dios Te ha enriquecido con tanta potencia a fin de que cuanto más rica seas para poder ayudar, seas tanto más misericordiosa para querer ayudar.