PADRE LEONARDO CASTELLANI: NUEVA CRÍTICA LITERARIA – RELIGIÓN Y FILOSOFÍA

Conservando los restos

NACIONALISMO E INTERNACIONALISMO

Dinámica Social N° 58

Buenos Aires, junio de 1955

Ese fenómeno actual del nacionalismo, que entre nosotros tuvo su avatar, siquier efímero o informe, merece un poco de elemental definición filosófica o sociológica; porque la palabra se está yendo al equívoco o a la confusión; y por otra parte, hay quienes cargan al pobre Nacionalismo argentino más de lo que el merece.

Cuando chicos nos ensenaba a huir de las “malas palabras”. Las malas palabras del adulto son las palabras ambiguas, las malditas palabras confusas.

Si se define al nacionalismo como amor a la patria; evidentemente eso es inobjetable, pues es una virtud, con tal que se entienda bien patria (las cosas paternas) y amor (inclinación racional).

Si se define como idolatría salvaje e irracional de lo propio, como los diversos racismos o imperialismos que hemos conocido, eso es, también evidentemente, reprobable; pues consiste en la aplicación viciosa a una cosa creada de los sentimientos absolutos que rectamente sólo pueden tener por mira lo divino.

Eso ha sido condenado entre nosotros por los obispos con el nombre de “ultranacionalismo” en 1949; y con el nombre simple de “nacionalismo” es acremente combatido en la actual literatura europea; por Wells por ejemplo, que lo identifica con el nacionalismo alemán; o por Huxley, que lo extiende a todo amor exagerado de la patria en detrimento o con exclusión del amor debido a todos los hombres; con tal pasión y aun manía que parece por momentos condenar incluso el legítimo amor a la patria; del cual es una exageración viciosa —que puede ser o ridícula o herejemente viciosa— el “patrioterismo”, que él, con razón, aborrece.

Lo que entre nosotros hubo -—y seguirá habiendo sin duda— no es ninguna de estas dos cosas, aunque haya tenido puntas de las dos.

En realidad ha sido un fenómeno un poco informe, una mezcla no fundida de elementos heterogéneos (políticos, religiosos, sociológicos, radicales, conservadores, sindicalistas, maurrasianos, musolinianos, hispanófilos) que tornasolan desde Martín Fierro hasta Goebbels, atados con un nexo flojo; y cuyo núcleo defendible no llegó a la autoexpresión adecuada.

Pero merece respeto; aunque más no sea que por haber tenido sus mártires y también sus “aprovechadores”.

Si se define nacionalismo como movimiento que resiste al movimiento actual del internacionalismo, la definición, aunque negativa, es precisa.

Ahora bien, el internacionalismo actual es un ideal; y, como veremos, un ideal religioso; el nacionalismo es una realidad; y una realidad natural.

Y por tanto la definición es positiva en realidad; lo que es negativo es el internacionalismo, el cual niega o rechaza la realidad de las nacionalidades existentes en pro de una futura a edificar. Supresión de Fronteras y Confederación de Naciones —o como lo llama Wells, el Estado Mundial, “The World State”.

Tomemos como ejemplo este escritor popular inglés, que es uno de los más conocidos doctores, cantores y podríamos decir “sacerdotes” de la superconfederación por venir.

En una buena veintena de libros de tipo “Utopía” —de los cuales se tradujeron entre nosotros El Salvamento de la Civilización, El Nuevo Orden del Mundo, Una Utopía Moderna, La Traza de las Cosas por Venir, y quizá algún otro— Wells propuso con una facundia asombrosa una serie variada de programas para arreglar el universo; diversos y aun contradictorios en apariencia, pero cuyo objetivo es invariablemente ese paradisíaco Estado Universal que es la profunda Fe y el venerado Dogma del novelista.

No varía el fin de Wells sino los medios, y también el clima emocional —desde el optimismo exaltado del Anticipations de 1900 hasta la depresión furiosa de Mind at the End of its Tether de 1945— a medida que las circunstancias y los sucesos varían; a los cuales él cree dominar con su mente especulativa —compuesta como en todo empirista de puras impresiones— cuando en realidad está metida adentro y es arrastrada por ellos.

Sus mismas 18 novelas juliovernianas, que es lo mejor que ha escrito, están dentro de esta filosofía o, mejor dicho, teología de Wells; y son a manera de pesadillas producidas por la angustia religiosa, con un despertar milenarista enteramente utópico.

La teología de Wells es simple y sumaria; digamos —sin intención condenatoria— plebeya; a saber: el hombre es naturalmente bueno, todos los vicios de la humanidad vienen de afuera no de adentro, lo que falta en el mundo es educación; y el remedio de todo —que viene infaliblemente— es un Estado Universal socialista, una Buena Educación Forzosa —cosa contradictoria en sus términos— y una Nueva Religión simplificada y enteramente pura, cosa que es también contradictoria, si se mira bien, porque toda religión existe en función del pecado; la cual Wells describe al final de su morruda Silueta de la Historia del Mundo.

Esta Silueta de la Historia del Mundo de unas 1.200 páginas y que debe tener ahora como unas 50 ediciones, es la obra más clara y característica de Wells como profeta de la Nueva Religión; o sea del ataque moderno contra el Catolicismo.

El fenómeno de la venta de 50 ediciones de este libro de segundo orden es, como notó Belloc, un signo de los tiempos; que significa entre otras cosas que, fuera de la Iglesia Católica, el Cristianismo se ha disuelto y un nuevo tramo en la historia del anticristianismo ha comenzado; el “ataque moderno”, o “la última herejía”.

Uno puede tomarla a chacota, porque en realidad el libro es pintoresco con su cantidad de gazapos y simplezas, que Belloc se divertió en cazar; y sus simplificaciones, más que atrevidas, novelísticas. Anzoátegui la llamaría “la Catedral del Macaneo”. Pero en realidad esto no es una historia, sino un sermón; y desde ese respecto, sí que es interesante.

Wells no hizo ese enorme trabajo de lectura, erudición y novelística, sino para fundamentar su último capítulo XL: El próximo estadio de la Historia; o sea para profetizar, definir y conminar teológicamente. Todo el resto es “Enciclopedia Británica” informada por una wellsiana filosofía de la historia tan sumaria como su teología; a saber: todo el movimiento de la historia humana se parece a una doble vertiente al revés, no en forma de A sino en forma de V; y el turning-point de esa bajada, seguida de una irresistible elevación, es el Protestantismo, singularmente el protestantismo inglés; es decir “la liberación del pensamiento humano” (página 1095) como dice él, y decían los hombres de la Filosofía de las Luces; con cuya escuela, a través de Gibbons, se conecta simplemente.

Lo que hay en Wells y no hay en Gibbons, en Voltaire o en Kant, es el espíritu religioso y aun bíblico viejotestamentario de que él no parece muy consciente; pero es ciertamente un “heretic”, como lo clasificó Chesterton.

Es un hombre anticatólico y aun anticristiano, pero salvajemente religioso; es decir, emocionalmente religioso: su devoción enternece… y asusta. Y es que el ideal del internacionalismo es, como dijimos, específicamente religioso.

¿Por qué hablar ya de este libro, que en Inglaterra ha sido severamente atajado y aun —científicamente— hecho trizas? Pues simplemente porque aquí fue traducido y volcado sobre un público enteramente vulnerable e indefenso; y su crítica no fue divulgada —el serio problema argentino del libro-lucro: la irresponsabilidad editorial—.

¿Qué defensas tenemos contra esas rociadas de vitriolo desde un helicóptero? Nada más que la sana reacción instintiva.

Por ejemplo, un español sano con Wells en las manos dirá a poco andar: “Yo soy un caballero español —como dice la zarzuela— esto no va conmigo”; un argentino educado dirá: “Esto es yoni; nosotros no somos yonis“:y —como dice la misma zarzuela— “Quien no piensa así No ha nacido bien”. Aunque elemental, esa es una defensa. Y eso es “nacionalismo”.

Este siglo que vivimos es el siglo de la gran decisión: los que lleguen a su final, es decir, algunos de los jovencitos actuales, verán algo que para nosotros es categórico, es decir, casi inimaginable.

Solamente el sentimiento religioso puede hacer superar al humano el instinto nacional: esta proposición es demostrable filosóficamente, como la demostró por ejemplo Bergson al final de su obra Las Dos Fuentes.

La historia, la experiencia y la razón muestran que instintiva y fatalmente el hombre ve como bárbaro a todo aquel de sus semejantes que dice “blabla” al hablar; o como oían los griegos y latinos, “barbar”. Es decir, que el habla, las costumbres y la idiosincrasia formada por los influjos climáticos y telúricos constituyen una determinación antropológica de suyo no superable, si no es por virtud de una idea-impulso de orden religioso.

Hay solamente dos cosas en el mundo que son efectivamente internacionales: la Iglesia Católica y la raza judía.

Todas las demás cosas son nacionales; y si pretenden ser internacionales, es por razón de una relación con una de aquellas que son internacionales, kat’exojén, o en sí mismas. El mesianismo y milenarismo comunista, por ejemplo, es de origen judío.

El ideal del internacionalismo es pues un ideal religioso, y, por cierto, ambiguo o doble; porque cae bajo las categorías teológicas de “religión verdadera” o “religión falsa”; o mejor dicho, herejía; porque estrictamente hablando no hay religiones falsas; hay herejías.

El Nacionalismo resiste pues a la tendencia herética hacia la creación de un Estado Mundial, basado sobre la extirpación total de la tradición religiosa occidental, que es el Cristianismo.

No es necesario que esta actitud brote de la fe; hombres sin fe, como Barres o Maurras, pueden tenerla; porque se basa al fin y al cabo en un impulso natural, el patriotismo; y en una razón que es también filosófica, a saber: el ideal contrario es imposible naturalmente, y sólo puede ser realizado por la fuerza y la mentira y en forma violenta —y por lo tanto poco durable—; a no ser que lo realice Cristo mismo, añadirá el cristiano.

Se puede ser nacionalista a partir no ya de la fe cristiana sino del sentido común. Porque, repetimos, el apego a la patria es instintivo y el amor a la patria, tal como lo ha elaborado nuestra civilización, es una realidad; no una utopía.

No puede haber patriotismo hacia el Universo, que no sea la adoración del Hombre (del Hombre-Dios o del Hombre-contra-Dios); y no puede dejar de haber patriotismo argentino, español o francés.

Defendemos la necesidad de la nación. La nación para nosotros es la agrupación natural de los humanos determinada por imperativos espirituales, culturales, históricos y geográficos que son irrevocables.

“La tradición ha muerto”, exclama Wells (pág. 1097); nosotros decimos que la Tradición no puede morir: ella es el alma de la historia.

No se puede llegar a la paz universal destruyendo a aquellos que han de tener paz entre sí: porque hay un estado de falsa paz o guerra latente que es peor que la guerra declarada; cuya imagen podría ser por ejemplo el Imperio Romano bajo Nerón.

No rechazamos el derecho internacional y todos sus progresos posibles; rechazamos el ideal utópico del internacionalismo hereje: masónico, marxista o lo que sea.

Hacemos un poco un mal papel: aparecemos como impotentes o como reaccionarios: paciencia.

Fuera de la línea de fuerza de nuestro tiempo; fuera de la aspiración secular de la humanidad a una integración armónica del género humano, de la cual han sido bosquejos o bocetos en la historia el Imperio Romano Germánico, la Cristiandad Europea, y hasta el fugaz Imperio Napoleónico; no menos que la Santa Alianza, el Imperio Británico o el Güelfismo italiano: sueño de muchísimos grandes pensadores, e incluso de santos, como Catalina de Siena o Tomas Moro… Aspiración inextirpable de la Civilización.

No estamos fuera de esa aspiración; estamos en contra de su mala realización; de los malos planes actuales que, o bien son irrealizables, o bien son realizables solamente en forma de tiranía atroz, de un imperialismo elevado a la 10ª o a la 666ª potencia, como nunca el mundo ha visto otro igual.

Cultivar la nación es necesario, incluso para llegar a la Super-Nación. Por ejemplo, si nosotros somos muy poco unidos con los chilenos o los uruguayos, no es por ser demasiado argentinos, sino por ser muy poco argentinos.

Ahondando en la argentinidad es la única manera de llegar a la raíz común, al vínculo naturalmaternal. Por Martín Fierro se va al Quijote y al Cid.

Un “internacionalista” de esos ha dicho:

—“Se quejan de que el argentino no tiene más ideal que el de hacer plata; pero ¿qué se puede hacer aquí más que hacer plata… para irse a otra parte?”.

Bien. Pero si se realiza su ideal, caro A. Y., ni siquiera existirá la Otra Parte.

La tierra que el hombre sabe, ésa es su madre.