RADIO CRISTIANDAD: EL FARO

Conservando los restos

TODO PARA TODOS

Narrado por Fabián Vázquez (once minutos)

Me hice TODO PARA TODOS,
para salvarlos a todos.
(San Pablo, Epístola I a los Corintios, 9, 22)

OMNIBUS OMNIA

Hay dos maneras de comprender el renunciamiento. Puede hacerse de él una forma de aniquilamiento y tender hacia la extinción. Puede hacerse de él una forma de engrandecimiento y, en vez de encaminarle hacia la insignificancia, darle por término la unión con el Ser.

¿Cómo es posible engrandecerse renunciándose a sí mismo? Todo el Evangelio es la respuesta a esta pregunta; y para los que no pueden leer el Evangelio, les basta la práctica de la santa Iglesia, que ilustra el sentido de los mismos textos y nos impide delirar.

Renunciarse es desaparecer, se dice; desinteresarse de todo, no reaccionar y hacerse insignificante. Así lo han pensado los quietistas, a quienes la Iglesia condenó sin piedad, a pesar del ejemplo de virtudes muy elevadas que daban.

Renunciarse para ser menos, sería un modo singular de comprender la plenitud del mensaje de Cristo. No es seguramente eso lo que los Ángeles anunciaron a los hombres en la noche de Navidad.

Y para disminuirse, para perderlo todo, para abismarse en la nada de lo absurdo y del vicio, los hombres no tenían verdaderamente necesidad de nuevas enseñanzas.

Con el pecado original, habían heredado todas las artimañas del primer padre, sabían por instinto con qué acciones podía uno destruirse.

El desinterés, llevado hasta su término, se califica de crimen generalizado, que se detiene porque no encuentra nada más que suprimir.

No puedo desinteresarme de estar en lo verdadero o en lo falso, en la justicia o en la violencia; no puedo entregar a los demás como un despojo mi libertad y mi virtud; no puedo mostrarme indiferente con mi pureza interior, ni permitir a cualquiera que vaya a limpiar sus pies sucios en mi umbral. No puedo entregar mi cuerpo al placer de vecinos de ocasión; debo guardarme como un tesoro de valor infinito, y el desinterés de los guardianes siempre es una traición.

Ni siquiera puedo desinteresarme de los demás; debo sufrir con los que sufren y reprobar lo malo que hacen. No hay pueblo alguno, por lejano que esté, que no tenga derecho a ocupar un lugar en mis preocupaciones, y el hambre y la sed de justicia deben mantenerme desvelado.

El que se renuncia para sufrir menos, y que, como el caracol, oculta sus cuernos gelatinosos, por miedo de los contactos demasiado duros, ese tal, lejos de practicar el renunciamiento, ha llegado a no buscarse más que a sí mismo, y lo que él califica de piedad, tal vez no sea más que una bajeza animal.

Dejemos a los paganos el cuidado de odiar lo vulgar y apartarlo de su camino. Odi profanum et vulgus et arceo (odio al vulgo ignorante y me alejo de él).

Esta manera de renunciar a los hombres es la más vil de las hipocresías, porque no pensar más que en sí, o en su reposo, o en su placer, o aun, no pensar más que en su propia virtud, es permanecer extraño a la preocupación católica.

El estudiante que renuncia a saber y se desinteresa del resultado de sus estudios, es un perezoso a quien se castiga; el soldado que renuncia a batirse y se desinteresa del resultado de la campaña, es un traidor a quien se fusila; el padre de familia, que renuncia a su esposa y se desinteresa del hogar, lleva en sí un alma de adúltero, y se le rehúsa la absolución.

Pero podemos y debemos renunciarnos derribando los límites de los intereses mezquinos para fundir nuestra vida en la obra total de Cristo. El que renuncia a sí mismo, a su propio juicio, por medio de la obediencia religiosa, no renuncia por eso a juzgar, y aun conserva su propio parecer. Hasta se le pide que sea de la opinión del que manda y que apruebe la orden que se le da —lo cual no podría realizar después de la entrega total de la facultad de juzgar. Conserva su parecer y el derecho de tenerle; pero el renunciamiento de la obediencia consiste en ponerse, al apreciar las cosas, en el punto de vista universal, que es, por definición, el del Mandamiento.

El Superior obra en bien del conjunto, y en ese conjunto es donde yo debo obrar, y si hago míos todos los motivos de la orden recibida, mi obediencia será ciega, no porque no vea nada, sino porque, al modo de la justicia, que lleva una venda sobre los ojos, no ve más que una cosa: el fin supremo, el término único, al que todo y el mismo que obedece, debe quedar subordinado.

La obediencia no hace esclava a nuestra alma. Muy por el contrario, es la única manera de infundir en los que sirven alma de jefes.

Y el religioso, que por su voto de castidad se priva de amar a una mujer como si fuera suya, y de concentrar su afecto y su interés sobre una sola persona, ese religioso no busca, como se ha repetido en son de mofa, huir de las cargas de familia. No es para ser menos hombre, por lo que se conserva casto. Sino que, no habiendo comprometido su amor con nadie, puede con un corazón enteramente libre ponerse al servicio de todo el mundo; puede amar sin codicia, porque ha renunciado a dejarse encadenar por nadie; puede recibir en sí las confidencias y las penas de los demás, y cada uno puede llamarle Padre con la misma acepción altísima y universal. Su voto debe engrandecerle, como sucedería con una llama que, en vez de permanecer prisionera en una pequeña linterna oculta, no iluminando más que a un rincón del pueblo, fuera colgada en el firmamento entre las estrellas, iluminando con sus rayos discretos, a millones de ojos vueltos hacia ella.

Dios mío, enséñame tu grande, tu grandísima sabiduría, ese conocimiento superior de que hablaba tu discípulo Pablo, y que suprimiría en mí tantas tinieblas. Pienso siempre que en la estrechez me conservaría mejor, y vivo como esos peces de colores, en un pequeño recipiente, apenas un poco más grande que ellos mismos. Aún no he experimentado lo que puede llegar a ser uno, por tu gracia, cuando se abandona a tu plenitud, ni por qué desde el principio y hasta nuestros días, los fieles que Te han comprendido, Te han comparado instintivamente al océano y al abismo.

El soldado no se empequeñece al renunciarse, porque ese renunciamiento es un servicio en pro de una causa más grande que el interés del individuo en particular.

¿Podría temer empequeñecerme poniendo entre tus manos y para tu obra, como se pone una limosna que se transforma en caridad, mi vida y mis afectos, mi tiempo y mis lágrimas y todo lo que hubiera podido servirme a mí solo, si hubiera querido, y desaparecer con mi vida mortal?

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