RADIO CRISTIANDAD: EL FARO

Conservando los restos

HA REUNIDO A LOS DISPERSOS

Narrado por Fabián Vázquez (once minutos)

La acción de Jesucristo,
obra de regeneración y de vida,
es por naturaleza la antítesis de la
disgregación, propia de la muerte.
Incorporados a Él por la
gracia y la caridad, viven los
fieles en estrecha comunión:
la Comunión de los Santos.
Nada se pierde del bien que practican;
todo lo recoge,
para transformarlo en vida eterna
aquel Jesús, de quien se puede decir
que congregavit pereuntes,
REÚNE A LOS DISPERSOS.

CONGREGAVIT PEREUNTES

Esta ocupación es propia de los fuertes y de los misericordiosos, que siempre son un lazo y que prestan a la turba de los dispersos lo qué les falta el principio de unidad, sin el cual no se puede menos de perecer.

Pereuntes. Cada minuto que cae sobre nosotros, nos desparrama, como el golpe del martillo asestado sobre una perla de vidrio, y nuestra vida hecha pedazos salta por todas partes esparciendo fugaces fulgores.

Nuestros deseos imperfectos, rotos, cubren el suelo, como los vidrios en las ciudades bombardeadas.

Nuestros proyectos abortados son tan numerosos que nuestra memoria renuncia a conservar su recuerdo.

No hemos podido dibujar nada claro ni preciso en nuestra existencia, y los que nos admiran y nos creen trabajadores, no saben de qué montón de desechos han emergido nuestras obras singulares.

Todo nos va abandonando incesantemente y todo en nosotros se disgrega; casi nunca hay coherencia en nosotros; una sorda anarquía viene a destruir nuestros esfuerzos, y nuestras cosechas no son más que avena loca.

Soy como esas rosas de Damasco, que se escalonan a lo largo del tallo. A medida que se van abriendo las más altas, se van marchitando las de abajo. Y a veces se apodera de mí una amargura sutil, pensando que no se prolonga mi existencia si no es pereciendo.

¿Quién, pues, será mi redención, y quién me salvará a cada instante de esta muerte?

Congregavit. «Él es quien congrega», esa es su función peculiar. Por encima de todo lo que divide, será Él la unidad por excelencia, y si trae la espada no es para separar lo que Dios ha unido, sino para deshacer todas las sociedades provisionales que el hombre, descuidado o avaro, pensaría guardar celosamente.

Golpea fuerte y por largo tiempo, pero es para construir armoniosamente, y para poner cada cosa en su lugar según las proporciones del conjunto.

Su actitud por excelencia no es otra que la de juntar a los vagabundos, a los errantes; la de reunir a todos los que han perdido el camino, y cargar sobre sus espaldas la eterna oveja descarriada.

Él ha realizado esta maravilla que tan poco hemos sabido agradecer, ¡ay!, y que tan torpemente nos obstinamos en destruir; ha reconciliado al hombre con su vecino, y por encima de las fronteras de los países ha tendido los puentes de su mandamiento, «semejante al primero»; y ha hecho a la Iglesia más gloriosa y más hermosa que todas las patrias efímeras.

Sabía muy bien que al aislarse de los demás el individuo o la nación no llegan a ser ni mejores ni más fuertes, y por eso no ha querido que nuestra oración aportara restricciones, ni estableciera límites allí donde su amor de Buen Pastor abarca con una sola mirada a todos los que el Padre le ha confiado.

Y, en colaboración con Él, nosotros debemos interesarnos por todos los pecadores y pedir nos libre a todos de todo mal, y suplicarle por todos los enfermos y por todos los afligidos.

Congregavit. Su Iglesia es su gran asamblea. El odio y el interés, los partidos y los rencores son agitaciones superficiales indignas de un corazón verdaderamente cristiano.

Si me colocara en sus puntos de vista, y colaborase en su plan, sería su discípulo mejor de lo que lo soy enconando las animosidades y las iras, y haciendo que los hombres sean extraños los unos para con los otros.

Unidos como estamos por una misma Eucaristía y por el mismo Espíritu del eterno Pentecostés, ¿qué son nuestros conflictos de un día y los grandes estrépitos de batallas? Es fácil sembrar divisiones, y el egoísmo se emplea en ello desde hace mucho tiempo; es divino reunir, poner en paz guiado por la luz y la. Justicia, y devolviendo a cada uno lo suyo, no pedir para sí más que la alegría de vivir.

Beati misericordes. Te doy gracias, Dios mío, por ese gesto invisible que une los unos a los otros, a los hermanos tanto tiempo enemistados; te doy gracias por haberme hecho comprender hasta qué punto somos uno, y con qué lazos has ligado en un conjunto nuestros destinos.

Por eso, cuando se extravía el menor de esos pequeñuelos, soy yo un poco el que se pierde, y cuando Tú los haces regresar a tu casa, colmas de alegría a la familia común: Congregavit.

Te pido que continúes desempeñando siempre el oficio de reunir, porque la dispersión me acecha y me mata, y lo que haces en toda la Iglesia tienes ocasión de cumplirlo cada día en mí.

Recoge mis pensamientos, cuando mi memoria los deje caer a través de las mallas rotas de mi espíritu, y acuérdate, por mí, de todo lo que olvido y que quizá debería conservar.

Me he olvidado, ¡ay!, de los que me han hecho bien; no sé todo lo que debo a mis hermanos. Recoge todos sus créditos dispersos, y toma de mis obras y sobre todo de tu misericordia lo necesario para pagar todas mis deudas.

Me he olvidado, ¡ay!, de reparar mis negligencias, y Te he ofendido sin que mi recuerdo se haya afectado por ello. He tratado a tu ley con ligereza, y a tus deseos como a ciertos pájaros vulgares, a los que no se presta atención y que pían en las frondas sin que nadie les haga caso.

Recoge todas mis obligaciones para con tu justicia, y todos los deseos providenciales que orgullosamente he desconocido, y déjame expiar aquí bajo mis antiguos delitos y todo el mal cometido, y del que mi memoria ha perdido hasta los vestigios.

Me he olvidado también, o por lo menos en gran parte, de lo que he hecho por Ti; no he llevado el registro de las horas que he pasado en tu compañía, ni de los sacrificios ocultos, ni de las resoluciones penosas, ni de las oraciones sinceras.

No sé tampoco lo que Te he ofrecido, lo que he dado a los demás, ni lo que ellos me han pagado.

Mi contabilidad está en quiebra; detesto guardar archivada toda esa historia de mi viaje terrestre; y acerca de períodos enteros de mi existencia no sé nada o me acuerdo muy vagamente de que estaba en tu presencia.

Congregavit. Acepto gustoso y estoy dispuesto a morir en detalle, ya que Tú recoges para transformarlo en vida eterna, todo lo que me quita mi debilidad, todo lo que no pueden retener mis manos.

Sé Tú mi fuerza interior, y el cimiento de mi existencia y mi seguridad y mi meta, y cuando me haya acabado, cuando Tú lo hayas recogido y cosechado todo, recibiré de Ti para siempre mi ser definitivo.

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