P. CERIANI: SERMÓN PARA EL MIÉRCOLES DE CENIZAS

MIÉRCOLES DE CENIZA

Todas las ceremonias litúrgicas de la religión son venerables y santas, llenas de misterio e instrucción para nosotros.

Hoy la Iglesia bendice las Cenizas y las impone sobre nuestras cabezas, para recordarnos que somos polvo, pecadores y mortales.

Las cenizas, en efecto, son un símbolo: de humildad; de penitencia; y de la muerte.

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Símbolo de humildad.

Las cenizas nos recuerdan lo que se encuentra a la vez en los dos extremos y en el centro mismo de nuestra vida: en el pasado, la bajeza de nuestro origen; en el presente, la fragilidad de nuestro ser, del que ya se ha consumido una parte más o menos considerable; finalmente, en el futuro, la vileza de nuestro destino corporal después de la muerte.

Recordemos este estado miserable de todos los hombres, en lo que constituye su cuerpo. Estamos tan orgullosos de él, lo cuidamos tanto… ¡y es tan sólo cenizas!…

A esto será reducido nuestro cuerpo, formado por Dios, pero deshonrado por el pecado original.

Somos tan sólo un poco de barro con cara de hombre, sólo un montón de corrupción… ¿Es justo que el barro se hinche de lo que es?

Dios Todopoderoso nos creó de la nada, nos hizo de un puñado de tierra que Él animó, pero que puede destruir con un soplo…

Por lo tanto, según el cuerpo, venimos de la tierra; según el alma, venimos de Dios.

Además, ¿qué tenemos de nosotros mismos? Absolutamente nada. Todo lo que puede estar en germen en nosotros, sea para la bondad, sea para la hermosura, sea para las facultades del alma como para las del cuerpo y el desarrollo de nuestro ser físico, intelectual y moral…; todo eso es de Dios que lo tenemos

Pero a todos estos beneficios divinos hemos respondido con ingratitud; somos culpables, rebeldes, que merecemos castigo; y es sólo por gracia que todavía vivimos.

El pecado nos hace objeto de desprecio y de horror, nos reduce al estado de bestia, de nada.

Humillémonos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, reconociendo que Él es todo y nosotros nada.

Tales son los sentimientos que esta ceremonia de la Ceniza debe suscitar en todo cristiano.

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Símbolo de Penitencia.

Porque somos pecadores, debemos hacer penitencia… Y las cenizas han sido siempre la marca del dolor, de la compunción, de la penitencia.

Entremos, pues, hoy, en los mismos sentimientos de los penitentes del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Que esta imposición de la Ceniza nos recuerde nuestros pecados y la necesidad en que debemos llorarlos amargamente, detestarlos con todo nuestro corazón, confesarlos sinceramente ante Dios y su ministro, y hacer de ellos una rigurosa penitencia, castigando nuestro cuerpo rebelde y reduciéndolo a la servidumbre.

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Símbolo de la Muerte.

La Iglesia nos dice, al imponernos la Ceniza: Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris.

Las cenizas y el polvo son el signo de la inestabilidad, de la destrucción y de la muerte. Nuestro cuerpo, sacado de la tierra, volverá a la tierra. Después de haber sido tan mimado, tan idolatrado durante esta vida, no será más que un montón de podredumbre, de gusanos, de polvo.

El recuerdo de la muerte, que nos recuerdan las Cenizas, debe apartarnos de las cosas de este mundo y de los engañosos placeres de la vida.

San Antonino relata un uso significativo de la corte imperial: el día de la coronación del Emperador, un marmolista se acercó a él con muestras de varios mármoles y le preguntó al Príncipe qué tipo de piedra quería elegir para su tumba, puesto que el señor Emperador es un hombre mortal.

Delante del Sumo Pontífice se quemaba paja, diciendo: Pater, sic transit gloria mundi… Así pasa la gloria del mundo…

Esta ceremonia es un remedio saludable e infalible contra el pecado, según el mismo Espíritu Santo: Recuerda tus postrimerías, y no pecarás.

La muerte es incierta y misteriosa en sus circunstancias y sus consecuencias: ¿cuándo? ¿dónde? ¿cómo? ¿seguida por el Cielo o por el infierno?

Somos nosotros mismos quienes le daremos su solución a este último problema.

La muerte es irreparable, porque solo se muere una vez, y del lado donde cae el árbol, se queda.

¡Cuán útiles y saludables son estos pensamientos para mantenernos en un temor religioso y santificador y para hacernos evitar el pecado!

Para sacar aún más provecho de esta ceremonia, volvamos, según la exhortación de San Leonardo de Puerto Mauricio, a esta solemne palabra, y digamos también, pensando de la futura resurrección: Polvo, eres hombre, y volverás a ser hombre.

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Reflexionemos un poco sobre las obras de penitencia o mortificación, propias de este tiempo litúrgico.

Nuestro Señor, lejos de condenar los ayunos y otras penitencias, los elogió y recomendó muchas veces.

A pesar de esto, muchos cristianos nunca ayunan y no hacen penitencia, violando así los preceptos divinos y las leyes de la Iglesia, y desafiando la justicia de Dios.

Otros ayunan y se mortifican, es verdad, pero con disposiciones tan imperfectas que pierden todo el fruto y mérito que podían y debían sacar de ello.

Nuestro Señor Jesucristo nos enseña a hacer santa y meritoriamente nuestras obras de penitencia, sean las que sean, de precepto o de simple devoción.

Consideremos, pues, la naturaleza y la necesidad de estas obras de penitencia y sus ventajas.

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Naturaleza y necesidad de las obras de penitencia.

Entendemos por obras de penitencia o mortificación, ciertas obras de satisfacción, distintas de la satisfacción sacramental impuesta en penitencia en el santo tribunal, por ejemplo, el ayuno y la abstinencia.

Tienen el efecto de curar las heridas de nuestra alma y, al mismo tiempo, de devolverle la fuerza que ha perdido por el pecado.

La práctica de estas obras es tan antigua como el mundo; y, sin hablar de la abstinencia impuesta a nuestros primeros padres y de su penitencia tras su pecado, vemos otros mil ejemplos de ello en nuestros libros sagrados: Moisés, David, Elías, el rey Joram, Daniel y sus tres compañeros, los ninivitas, etc.; y, más tarde, San Juan Bautista y Nuestro Señor, cuya vida entera ha sido una continua mortificación.

Esta clase de penitencias también se usaban en la Iglesia primitiva; y llegaron a ser regla en las soledades de Tebaida, Egipto y Palestina, en los monasterios y órdenes religiosas de todos los tiempos.

En siglos de fe y fervor, fueron practicadas de todo corazón, incluso por simples cristianos que vivían en el mundo, por príncipes y guerreros.

Es sólo la tibieza y la cobardía, y también a continuación de las herejías, la negación de nuestra decadencia por el hecho del pecado original, lo que las ha hecho caer en desuso y ser abandonadas por tantos, como incompatibles con deberes sociales y reservadas sólo a los religiosos.

Pero, con una fe iluminada, y considerando bien nuestra condición de pecadores y cristianos, comprenderemos la necesidad de la penitencia, y, en consecuencia, de ejercer obras de mortificación, queriendo saldar parte de nuestra deuda con la justicia divina y asemejarnos un poco a Nuestro Señor.

¡Cuántos entre nosotros, tal vez, tendremos que pasar por un terrible Purgatorio, por el horror que tenemos a la penitencia y a la mortificación!

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Sus ventajas.

Estas obras de penitencia son un medio necesario y excelente para expiar nuestros pecados, para satisfacer la justicia divina y para completar la satisfacción sacramental.

Dios se deja tocar por nuestra buena voluntad y nos perdona.

Son una poderosa ayuda contra las recaídas y contra todo pecado, debilitando el cuerpo y dominando las pasiones; porque la intemperancia es causa de ruina, mientras que la mortificación es un remedio eficaz contra estos trastornos.

¡Cuántos infelices condenados se habrían salvado, sin el terrible vicio de la glotonería o la embriaguez y sus consecuencias!

¡Cuántos reconocen, pero demasiado tarde, que era necesario tratar su cuerpo como un siervo, y no ceder a él como a un amo!

Por la misma razón, dan al alma más vigor para resistir al demonio y a todas sus tentaciones. Ellas la arrancan de las cosas terrenas y la elevan a las cosas espirituales y celestiales.

En fin, nos merecen un aumento de gracias y favores divinos. El Espíritu Santo gusta de morar en un corazón mortificado, porque es imagen del de Jesucristo.

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Recordemos que el Reino de los Cielos está sufriendo violencia y que serán necesarias muchas tribulaciones para llegar allí, que tendremos que renunciar a nosotros mismos y llevar la Cruz tras las huellas de Jesús.

Dice San Agustín: «Nadie debe exponerse a la muerte sin haber hecho penitencia».

Demos gracias a la Iglesia que, con la ternura de una madre, recuerda hoy a sus hijos todas estas grandes verdades, para exhortarnos a convertirnos y hacer una saludable penitencia.

Así mereceremos gozar de los frutos de la Pasión de Nuestro Señor y participar de su gloriosa Resurrección.