Padre Juan Carlos Ceriani: DECIMOQUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

DECIMOQUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Como ya es conocido, vamos desarrollando una serie de sermones con la finalidad de hacer ver la participación de Nuestra Señora en el Plan divino de Redención, Santificación y Salvación de las almas.

Conociendo los temores más comunes que inquietan, angustian y hasta agobian a los fieles, es necesario recordar la misión y el ministerio que Dios ha asignado a su Madre Santísima.

Pues bien, cinco son los principales Títulos y Ministerios que le corresponden a la Virgen Madre de Dios por su Consorcio en la Redención, a saber: el de Mediadora, Corredentora, Madre espiritual de los cristianos, Patrona o Abogada y Reina y Señora de todo lo creado.

El título de Mediadora comprende el Oficio de Abogada y de Patrona del género humano cerca de Dios en la dispensación de las gracias; Oficio que ejerce en los Cielos mediante su intercesión poderosísima.

Abogado designa a aquel que es presentado o llamado con el fin de que preste auxilio y esté pronto a ayudar con su consejo, o de otro modo cualquiera, al que se ve en alguna necesidad o peligro.

Esta palabra prevaleció y quedó como propia en los asuntos forenses, en los cuales el que había de defender una causa llamaba en su ayuda a los amigos, cuyos consejos y servicios le ayudaran a interpelar a los jueces y hacérselos propicios.

El abogado se diferenciaba antiguamente del patrono en que éste era el orador de la causa; aquél, en cambio, prestaba su compañía al amigo y le instruía en el derecho; oficios ambos que el abogado, desde hace ya tiempo, desempeña él solo.

Por tanto, al abogado pertenece no sólo ser defensor de la causa y patrono del cliente, procurando que aquélla no se pierda, sino que, además, debe dirigirle para que pleitee debidamente y pueda de este modo conseguir el éxito que se propone.

Consideremos, pues, el Oficio de Abogada y Patrona de la Santísima Virgen con relación al magno litigio de la salvación eterna en que todos estamos empeñados.

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Los protestantes, modernistas y conciliares lanzan duras invectivas contra los títulos de Abogada y Patrona y otros semejantes que honran a María.

Dicen que al tributarle esta gloria la igualamos a Jesucristo, y que, con palmaria injusticia, dividimos y empequeñecemos sus Títulos y Oficios, haciéndoselos compartir con la Virgen.

Decimejorge, solapadamente, como acostumbra, sustrae a María Santísima estos títulos de Abogada y Patrona, como se deduce de sus homilías y discursos; donde el muy bandido niega que estos títulos le convengan a Nuestra Señora de una manera propia, callando el sentido en que deben tomarse y levantándose, a la vez, contra los títulos que él, blasfemando, denomina hiperbólicos, exagerados, impropios y tonteras.

Le disguste a quien le disguste, proteste quien proteste, María Inmaculada es Abogada y Patrona del género humano.

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Con frecuencia, no sólo el pueblo cristiano, sino también los teólogos, los predicadores, la Iglesia en la liturgia y en los libros aprobados y recomendados por Ella, y en las Bulas y Encíclicas de los Papas, llaman a la Santísima Virgen Mediadora, Abogada, Patrona; más aún, la designan con otros títulos bien honrosos. Veamos algunos ejemplos:

El Sumo Pontífice Bonifacio IX dice: “Esta es aquella que en sus purísimas entrañas llevó al Creador del cielo y tierra, la que por sí sola destruyó todas las herejías, y como abogada valerosa e intercesora vigilante intercede, con el Rey que engendrara, por todo el pueblo cristiano”.

Su Santidad Pío VII escribe: “Por lo cual la misma Virgen María, acercándose al trono de su divino Hijo, como abogada pide, como esclava ora y como Madre manda”.

Y Pío XI afirma: “Apoyados nosotros en las preces de la Virgen Madre de Dios a Cristo, que, siendo Él solo mediador de Dios y de los hombres, quiso que su Madre estuviera unida a Él como abogada de los pecadores, administradora y mediadora de su gracia”.

Y Pío XII sostiene: “Sea con el Señor bendita aquella que Él constituyó Madre de misericordia, Reina y Abogada nuestra amorosísima, Mediadora de sus gracias, Dispensadora de sus tesoros”.

La Sagrada Liturgia, expresión del dogma y lugar teológico, invoca a María de este modo: “Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.

Los Santos Padres y Escritores Eclesiásticos también han reivindicado este Título para Nuestra Señora:

San Ireneo llama a María abogada de Eva: “Eva había desobedecido a Dios, pero María fue inducida a obedecer a Dios para que la Virgen María quedara hecha abogada de Eva”.

San Efrén: “El género humano está siempre pendiente de tu patrocinio, y a ti sola te tiene por refugio y defensora, por cuanto tienes confianza con el mismo Dios. Dios te salve, conciliadora de todo el orbe, abogada amiga de pecadores”.

San Germán de Constantinopla: “¿Quién después de tu Hijo cuida del linaje humano como tú? ¿Quién tan prontamente nos previene y nos libra de las tentaciones? ¿Quién suplicando lucha tanto en favor de los pecadores?”

San Bernardo: “Nuestra peregrinación envió por delante a una abogada que, como Madre del Juez y Madre de misericordia, tomara sencilla y eficazmente como suyo el negocio de nuestra salvación”.

San Buenaventura: “Honra cuanto te sea posible a la gloriosa Reina, Madre bendita del Señor, y en todas tus necesidades acude a ella como a refugio segurísimo; tomándola como abogada tuya, encomiéndale tus cosas devota y confiadamente, porque es Madre de misericordia, esforzándote a diario en ofrecerle especial reverencia”.

“¡Gran misericordia la de nuestro Dios!, quien, para que no desesperáramos al pensar en la sentencia que ha de recaer un día en nuestra causa, nos dio como abogada a su misma Madre y soberana dispensadora de la gracia”.

San Alfonso María de Ligorio, en su conocida obra Las Glorias de María, al desarrollar la frase de la Salve: “Ea pues, Señora, Abogada nuestra”, le consagra tres parágrafos: María es una abogada que tiene poder para salvar a todos – María, abogada compasiva, no rehúsa defender la causa de los más desdichados – María es la reconciliadora de los pecadores con Dios. Debido a su extensión e importancia, va como Apéndice al final.

Raimundo Jordán: “La Santísima Virgen, así como es reina de todos, es también patrona y abogada y cuida de todos. Ella es nuestra abogada para con el Hijo, como el Hijo lo es para con el Padre; más aún, ella recomienda nuestros negocios y peticiones al Padre y al Hijo”.

“Ella es nuestra Abogada ante el Hijo, como el Hijo lo es ante el Padre. Es la procuradora que nos gestiona nuestros intereses y da valor a nuestras plegarias. Frecuentemente libera con su misericordia a los que merecían ser castigados con la justicia del Hijo. Ella es el tesoro de Dios, y, a la vez, la tesorera de las gracias, que enriquece con abundantísimos dones espirituales a los que la sirven, y, potentísima, les protege contra el mundo, el demonio y la carne. Nuestra salvación está en sus manos. Después de su Hijo, Ella es la dueña de toda criatura, y glorificará en el futuro a los siervos que la honran en el presente”.

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Después de considerar todos estos argumentos de autoridad, prestemos atención al argumento de razón, como enseña la sana teología:

María es la más a propósito para hacer de Abogada y Patrona del género humano en el negocio de la salvación eterna, pues por una parte goza de un poder inefable cerca de Dios, de quien procede todo bien, y por otra tiene un afán inmenso de nuestra salvación, siempre solícita en procurar a los hombres que trabajan por conseguirla las gracias necesarias, distribuyéndolas incesantemente y dando su ayuda a todo el que se encuentra en peligro.

María es Abogada poderosa para salvar a todos, pues Jesucristo, que es omnipotente, hizo omnipotente a María; con la diferencia de que Jesucristo es omnipotente por naturaleza, y María lo es por gracia.

Esto se verifica de tal modo, que cuanto le pide la Madre, nada le niega el Hijo, como le fue revelado a Santa Brígida, quien oyó a Jesús diciendo a María: “Pide lo que quieras, Madre mía, que nada te negaré yo en el cielo, pues nada me negaste tú en la tierra”.

Se llama, por tanto, omnipotente a María en el sentido en que puede serlo una criatura, que siempre será incapaz de un atributo divino. Es y se la llama la omnipotencia suplicante, porque con sus ruegos alcanza siempre cuanto quiere.

María, Abogada compasiva, no rehúsa enderezar las causas de los más miserables. Tanta es, en efecto, su benignidad y misericordia que ninguno, por perdida que esté su causa, debe temer acudir a sus plantas, porque no sabe rechazar a nadie que implora su socorro. María, como Abogada nuestra amantísima, ofrece a Dios sus oraciones y las que nosotros le dirigimos a Ella para obtenernos de Dios el perdón de nuestros pecados, por grandes y enormes que sean, y la salvación eterna de nuestras almas.

María es la reconciliadora de los pecadores con Dios. Esta es su principal ocupación como Abogada nuestra. Pecador, quienquiera que seas, por encenegado que estés en la culpa, por envejecido que te veas en el pecado: no desconfíes, sino agradece a tu Señor que, para usar de misericordia contigo, no sólo te dio a su Hijo por Abogado, sino que, para infundirte más ánimo y confianza, te dio tal Mediadora, que con sus ruegos alcanza cuanto quiere. Vete, recurre a María y te salvarás.

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La Santísima Virgen ejerce en los Cielos el oficio de Abogada del género humano, orando e intercediendo por los hombres ante el trono de Dios, y obteniéndoles todas las gracias de la salvación.

Como es sabido, los luteranos y calvinistas niegan que los Santos, y, por lo mismo, la Santísima Virgen María, ruegan e interceden por nosotros.

La razón que esgrimen, al igual que Decimejorge y todos los conciliares, es que uno sólo es el Mediador, Cristo Jesús, cuya intercesión y mérito son por sí solos superabundantes.

Por supuesto que a ellos, incluyéndolo a Bergoglio y a todos los modernistas, les importa muy poco lo que enseña el Magisterio de la Santa Iglesia Católica.

Resumamos esta doctrina.

En el Concilio Romano, del año 993 se dice: “Nosotros, que no podemos confiar en nuestra justicia, seremos ayudados continuamente cerca del clementísimo Dios por las preces y méritos de los santos…”.

El Concilio de Trento, en la sesión XXV, acerca del Culto de los Santos, enseña: “Los santos que están reinando con Cristo ofrecen a Dios sus oraciones por los hombres”. Lo cual vale principalmente de la Santísima Virgen, que es incomparablemente superior a todos los Santos, como Madre y Reina de todos.

Por eso el Catecismo Romano dice: “Nosotros, los desterrados hijos de Eva que habitamos en este valle de lágrimas, debemos invocar continuamente a la Madre de la misericordia y abogada del pueblo fiel, para que ruegue por nosotros pecadores, y pedirle en esta invocación su ayuda, ya que nadie, sino por impiedad nefanda, puede dudar de que sus méritos para con Dios son eminentísimos e inmensa su voluntad de ayudar a los hombres”.

El Sumo Pontífice Sixto IV escribe: “Reputamos digno y aun obligado que todos los fieles de Cristo den gracias y alaben a Dios omnipotente… por la admirable concepción de la Virgen Inmaculada y que celebren las misas y otros oficios divinos instituidos en la Iglesia y asistan a ellos, invitándoles con indulgencias y remisión de pecados, para que así, por los méritos e intercesión de la misma Virgen, se preparen mejor a recibir la divina gracia”.

Pío VII: “Con tanto afán y tanto amor procura la Beatísima Virgen María obtenernos a todos la divina ayuda, que, así como por ella bajó Dios a la tierra, también por ella suben los hombres al cielo”.

León XIII dice que María, “en razón de su altísimo y perpetuo ministerio, llegada ya a la inmortalidad, ha de defender nuestra causa”.

Pío XII: la llama “Reina y Abogada nuestra amorosísima”.

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Los Santos Padres y los Escritores Eclesiásticos no han escatimado sus razones y elogios.

San Efrén habla clarísimamente de la intercesión de María cerca de Dios, diciendo: “No te canses de interceder por nosotros, indignos siervos tuyos, antes bien guárdanos seguros de la condenación con tus ruegos hasta el fin de la vida”.

San Germán, Patriarca de Constantinopla, exclama: “¿Quién como tú, a semejanza de tu Unigénito, cuida del género humano? ¿Quién así nos defiende en nuestras miserias?… ¿Quién como tú se esfuerza en suplicar por los pecadores?… Tú, que gozas de la confianza y potestad de Madre para con tu Hijo, guardas y defiendes con tus intercesiones y peticiones a los ya condenados por sus culpas y que ni siquiera se atreven a mirar al cielo, y los libras del eterno suplicio”.

San Juan Damasceno se dirige a María, diciendo: “¡Oh tú, María!, cuya intercesión no es rechazada ni la oración desoída, pues estás inmediatamente próxima a la Divinidad y más cerca que nadie de la Trinidad santa”

San Anselmo de Cantorbery exclama: “Ruega por mí, Santa Madre de Dios, para que, pues me causa tanto pavor el tribunal de tu Hijo, conociendo la multitud de mis pecados, pueda por tu veneranda intercesión quedar limpio de todas mis culpas, con el riego de la compunción del alma y el rocío de una confesión piísima”.

San Bernardo dice: “Busquemos la gracia, y busquémosla por María, porque ella encuentra lo que busca y jamás queda frustrada; el Hijo escuchará a la Madre y ella misma será oída por su reverencia”.

Godofredo Abad escribe: “Consuela María al pecador, y como haciendo suyo el pecado, por afecto de compasión, defiende al pecador suplicando al Juez. Pide la Madre misericordiosa por el miserable al Hijo lleno de misericordia. Llora este pecador, como dijimos, amargamente. La Madre se acerca al Hijo suplicando por el pecador; el Hijo la mira y el pecado se aleja”.

De este modo podrían aducirse innumerables testimonios de escritores que pregonan la intercesión de María en favor nuestro.

A todo lo dicho puede añadirse el testimonio de todas las liturgias antiguas, orientales y occidentales, en las que la Iglesia pide el perdón de los pecados y los demás beneficios por los méritos e intercesión de la Virgen Santísima.

Los teólogos exponen las siguientes razones:

a) La Santísima Virgen es dispensadora de todas las gracias; gracias que no puede conferir a éstos o aquéllos más que intercediendo y expresando su deseo de que así se haga, delante de Cristo, y con Cristo, delante del Padre.

b) Y esta intercesión de María no se opone ni implica perjuicio a la de Cristo, pues no hay inconveniente alguno en que, con Cristo, intercesor principal, y bajo su dependencia y con su virtud y autoridad, interceda María por nosotros, con intercesión menos principal y secundaria.

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Finalmente, debemos afirmar que la Santísima Virgen ruega en el Cielo por nosotros con oración explícita y formal.

Hay dos clases de oración: una formal y explícita y otra interpretativa.

La oración formal y explícita es el acto del que suplica, por el cual pide a Dios algún beneficio.

La interpretativa no es otra cosa que el mérito subjetivo del peticionario, por los cuales Dios se mueve a conferir dones, sin petición actual alguna.

Es cosa indudable que María pide en los Cielos por nosotros con oración interpretativa.

Pero se trata aquí principalmente de la oración explícita y formal con la que la Santísima Virgen intercede cerca de Dios por nosotros.

San Efrén dice: “Echando mano de tus oraciones de Madre, sana mi alma… Tu Hijo unigénito se complace en tus ruegos… y se alegra también de tus intercesiones, juzgándolo de su gloria, y atiende y cumple tus preces como si te fuera debido”.

Teófilo Alejandrino escribe: “Se alegra el Hijo cuando pide la Madre, porque todo lo que, rendido a sus ruegos, nos concede, piensa que lo regala a su Madre, correspondiendo al don de la humanidad que recibió de ella sin intervención de padre alguno”.

San Anselmo exclama: “Ruegue y suplique por nosotros la buena Madre, pida ella misma lo que más nos convenga. Ruegue al Hijo por los hijos, al Unigénito por los adoptados, al Señor por los siervos. Que el buen Hijo oiga a la Madre en favor de los hermanos, el Unigénito por los que adoptó, el Señor por los que libró de la servidumbre”.

San Bernardo: “Habla, Señora, porque tu glorioso Hijo te escucha”

La Sagrada Liturgia, en el Oficio de Sancta Maria In Sabbato, ora de este modo: “Llévenos el Señor al reino de los cielos, por las preces y méritos de la bienaventurada siempre Virgen María y de todos los santos”.

Y en las Letanías Lauretanas se responde “Ruega por nosotros” a todas las alabanzas que en ellas se dan a María, pidiendo a la Santísima Virgen que presente a Dios nuestras necesidades y que ore e interceda continuamente por nosotros.

La sana teología enseña:

María Santísima es nuestra Abogada. Ahora bien, es propio del cargo de abogado suplicar por los clientes; cosa que la Santísima Virgen cumple con oración no sólo interpretativa, sino también actual y expresa. Porque:

a) No hay razón alguna para que la oración explícita sea impropia de María, pues no supone ni requiere nuevos méritos, que no puede adquirir en el estado glorioso de que goza;

b) ni cede en detrimento de la potestad que en los Cielos tiene, puesto que no es omnipotencia simpliciter o esencialmente, sino omnipotencia suplicante, que necesita de la eficiencia divina para que lo que desea o pida a Dios se cumpla;

c) ni es inútil la oración de María por saber de antemano que lo pedido en sus preces ya está negado o concedido en el Eterno Decreto de la voluntad divina, pues, como enseña Santo Tomás, la Providencia de Dios preordena las cosas de tal manera, que unas han de suceder independientemente de nuestras oraciones, y para éstas la oración es inútil; otras, en cambio, han de acontecer dependientemente de aquéllas, y así, por lo que toca a nosotros, no son inútiles, ya que hacen de causa media para obtener los efectos que se piden.

Ciertamente que la Santísima Virgen conoce todo lo que Dios hace en la tierra, y, por tanto, al dirigirle sus preces sabe perfectamente lo que Dios ha de hacer en cada caso.

Pero esta presciencia no excluye las súplicas, pues, si conoce que su oración ha de ser eficaz para conseguir lo que pide, pone mayor afecto en las preces, porque a la vez sabe que Dios, impulsado por ellas, ha determinado conceder el efecto; si conoce, en cambio, que la oración no ha de conseguir lo que pide, puede, no obstante, hacerla por simple afecto y por amor al que se lo ruega, como Cristo oró en el huerto para manifestar el afecto de su naturaleza; oración que al fin cedía en honor de Dios y de su culto, sin separarse ni un ápice de la voluntad absoluta del Padre, sino, sometiéndose a Él totalmente con voluntad eficaz. Del mismo modo también la Santísima Virgen ora alguna vez en favor del cliente que a Ella se dirige, pero sometiendo completamente su voluntad eficaz a la voluntad y decreto eficaz de Dios.

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Como ya lo he dicho reiteradamente, conociendo los temores más comunes que inquietan, angustian y hasta agobian a los fieles, es necesario recordar el ministerio que Dios ha asignado a su Madre Santísima, tal como lo expone esta hermosa doctrina que acabamos de considerar, refrendada por el Magisterio de los Sumos Pontífices, la Santa Liturgia y los Santos Padres y Teólogos.

Es importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.

Es indispensable destacar que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia, y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María, Abogada y Patrona Nuestra.

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APÉNDICE

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

LAS GLORIAS DE MARÍA

MARÍA, NUESTRA ABOGADA

Ea pues, Señora, Abogada nuestra

I

María es una abogada que tiene poder para salvar a todos

1-María tiene poder por ser Madre de Jesús.

Es tan grande la autoridad de las madres sobre los hijos, que aunque estos sean reyes y tengan poder absoluto sobre todas las personas de su reino, nunca las madres serán súbditas de sus hijos.

Es verdad que Jesús, ya en el cielo, sentado a la diestra del Padre, o sea, como explica santo Tomás, aún en cuanto hombre, por razón de la unión hipostática del Verbo, tiene dominio supremo también sobre María.

Sin embargo, siempre será verdad que en un tiempo, mientras vivió en la tierra nuestro Redentor, quiso someterse a ser súbdito de María, como lo asegura san Lucas: “Y les estaba sujeto” (Lc 2, 51).

San Ambrosio llega a decir que Jesucristo, habiendo decretado que María fuera su Madre, como Hijo estaba obligado a obedecerla.

Por eso, dice Ricardo de San Lorenzo, que de los demás santos se dice que obedecen a Dios, pero que sólo de María puede decirse que no sólo está sometida a la voluntad de Dios, sino que también Dios se ha sometido a su voluntad. Y cuando de las demás vírgenes se dice que siguen al cordero a donde quiera que va (Ap 14, 4), de la Virgen María se puede decir que el cordero la seguía en la tierra acogido a su tutela maternal.

Por eso decimos que María en el cielo, aunque no puede mandar al Hijo, sin embargo sus plegarias serán plegarias de madre, y por eso poderosísimas para obtener cuanto pida.

María, dice san Buenaventura, tiene ante su Hijo el privilegio de ser sumamente poderosa para conseguir lo que desea. ¿Y por qué? Precisamente por lo que venimos diciendo y consideraremos más despacio: Porque las plegarias de María son plegarias de madre.

Y por esa razón, dice san Pedro Damiano, la Virgen puede cuanto quiere, así en el cielo como en la tierra, pudiendo infundir esperanza de salvarse aun a los desesperados.

Por lo cual le dice: “A tí se te ha otorgado todo poder en el cielo y en la tierra; y nada es imposible para ti, que aun a los desesperados puedes levantar a esperar la salvación”.

Y añade después que cuando la Madre pide a Jesucristo, llamado altar de la misericordia donde los pecadores obtienen el perdón de Dios, el Hijo tiene tanta estima de las plegarias de María y tiene tanto deseo de complacerla, que en rogando ella, más parece mandar que rogar y parece más señora que esclava.

“Te acercas al altar de la humana reconciliación no sólo rogando, sino mandando, como señora más que como esclava, pues tu Hijo se honra no negándote nada”.

Así quiere honrar Jesús a su querida Madre, él que tanto la ha honrado durante su vida, al otorgarle al instante cuanto le pide o desea. Es lo que hermosamente declara san Germán diciendo a la Virgen: “Tú eres la Madre de Dios, omnipotente para salvar a los pecadores, y no tienes necesidad de otra recomendación ante Dios porque eres la Madre de la verdadera vida”.

2-María intercede a nivel de Madre de Dios

“Cuando manda la Virgen todos obedecen, hasta el mismo Dios”.

No tiene reparo en afirmar esto san Bernardino de Siena, queriendo decir con esta sentencia que ante las órdenes de María todos obedecen, incluso Dios. Queriendo decir en verdad que Dios escucha sus plegarias como si fueran órdenes.

Por eso san Anselmo, hablando con María, le dice así: “El Señor, oh Virgen santa, te ha elevado de manera que por puro don de él tú puedes obtener todas las gracias posibles para tus devotos, ya que tu protección es omnipotente”.

“Tu auxilio es todopoderoso, oh María”, le dice Cosme de Jerusalén.

“Sí, María es omnipotente –dice a su vez Ricardo de San Lorenzo–, porque toda reina según las leyes, goza de los mismos privilegios que el rey; por lo cual, siendo la misma potestad la del hijo y la de la madre, ha sido hecha omnipotente la Madre por el Hijo que es omnipotente”.

De modo que, al decir de san Antonino, Dios ha puesto la Iglesia entera no sólo bajo la protección de María, sino bajo su dominio.

Debiendo tener la madre la misma potestad del hijo, con razón porque es omnipotente Jesús, resulta que también es omnipotente María; pero dejando bien claro que Jesucristo es omnipotente por naturaleza y María lo es por gracia.

Y así sucede que cuando le pide la Madre, nada le niega el Hijo. Así se le reveló a santa Brígida, quien oyó a Jesús que hablando con María le decía: “Pídeme lo que quieras, que tu petición no puede quedar vacía”. Madre mía, ya sabes cuánto te amo, por lo cual pídeme lo que desees, que sea cual sea tu demanda, la he de escuchar favorablemente. Y dio esta preciosa razón: “Ya que nada me negaste en la tierra, yo nada te negaré en el cielo”. Como si dijera: Madre, cuando estabas en la tierra nada dejaste de hacer por amor mío; ahora que estoy en el cielo es razón que no deje de realizar nada de lo que tú me pides.

María se llama omnipotente del modo en que esto puede decirse de una criatura que no es capaz de un atributo divino. Así, ella es omnipotente porque con sus plegarias obtiene cuanto quiere.

3-María ejerce su poder en favor de los pobres y desvalidos

Con razón es nuestra gran abogada.

Le dice san Bernardo: “Basta que lo quieras y todo se hará”.

Lo mismo san Anselmo: Si tú quieres levantar al pecador más perdido a muy alta santidad, en tu mano está el hacerlo.

San Alberto Magno hace hablar a María de esta manera: “Hay que pedirme que yo quiera, porque si quiero es necesario que se cumpla”.

Por lo cual, considerando san Pedro Damiano este gran poder de María, pidiéndole que tenga piedad de nosotros, le dice así: “Muévate tu natural bondad, muévate tu poder, porque cuanto más poderosa eres, tanto más misericordiosa serás”.

Oh María, amada abogada nuestra, ya que tienes un corazón tan piadoso que no sabe mirar a los míseros sin compadecerse de ellos, y a la vez tienes ante Dios un poder tan grande como para salvar a todos los que tú defiendes, no te desdeñes de tomar a tu cargo la causa de nosotros miserables, que en ti ponemos toda nuestra esperanza. Si no te conmovieran nuestras plegarias, que te mueva tu compasivo corazón, que te mueva tu inmenso poder, ya que Dios te ha enriquecido con tanta potencia a fin de que cuanto más rica seas para poder ayudar, seas tanto más misericordiosa para querer ayudar.

Y todo esto bien nos lo asegura san Bernardo al decir que María es inmensamente rica tanto en poder como en misericordia; y como es poderosísima su caridad, de igual manera es piadosísima al compadecerse como lo demuestra a cada paso con sus obras.

Desde que vivía en la tierra su único pensamiento, después del de la gloria de Dios, era ayudar a los miserables; y bien sabemos que gozaba del privilegio de ser oída en todo lo que pedía.

Esto se demostró en las bodas de Caná, cuando al faltar el vino la Virgen, compadecida de la vergüenza y aflicción de los de la casa, pidió al Hijo que los consolase con un milagro exponiéndole la necesidad que tenían, diciéndole: “No tienen vino”. Y Jesús le respondió: “Mujer, qué nos importa a mí y a ti. Aún no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4). Advierte que aunque pareciera que el Señor le negaba la gracia a la Madre al decirle: “Qué nos importa a mí y a ti que les falte el vino”. Ahora no conviene hacer un milagro no habiendo llegado aún el tiempo, que será el de mi predicación en el que debo confirmar con los milagros todas mis enseñanzas, sin embargo María, como si el Hijo le hubiera concedido ya la gracia, dijo a los criados: “Haced lo que él os diga”. Y Jesús mandó llenar las vasijas de agua, que transformó en excelente vino.

4-María obtiene de Dios cuanto pide

¿Y cómo entender esto? Si el tiempo de hacer milagros era el de la predicación, ¿cómo podría anticiparse el milagro del vino contra el decreto divino?

No, responde san Agustín, no se hizo nada en contra de los decretos divinos; porque si bien, generalmente hablando, no era aún el tiempo de hacer milagros, sin embargo, desde toda la eternidad, Dios había establecido con otro decreto general que todo lo que pidiera esta Madre jamás se le negase.

Y por eso, María, muy consciente de su privilegio, aunque aparentemente su Hijo no pusiera mucha atención a su demanda, les dijo a los criados que hicieran lo que él dijera, pues la gracia se iba a conceder.

Esto quiso decir san Juan Crisóstomo al comentar ese pasaje del Evangelio de san Juan, diciendo que aunque Jesús hubiera respondido así, no obstante, por el honor de su Madre, no dejó de obedecer a su petición: “Y aunque respondió de esa manera, escuchó no obstante los ruegos maternos”.

Lo mismo confirma santo Tomás al decir que con aquellas palabras, “aún no ha llegado mi hora”, quiere demostrar Jesucristo que hubiera diferido el milagro, si otro se lo hubiera pedido; pero porque se lo pidió la Madre, lo realizó al instante.

Lo mismo vienen a decir san Cirilo y san Jerónimo, como refiere Barradas.

Parecido dijo Jansenio de Gante: “Para honrar a la Madre adelantó el tiempo de hacer milagros”.

Es cierto, en suma, que no hay criatura que pueda obtenernos tales misericordias a nosotros miserables como las que puede lograrnos esta excelente abogada, la cual es honrada por Dios no sólo con ser la amada esclava del Señor, sino siendo su verdadera Madre.

Esto le dice Guillermo de París: “Ninguna criatura puede impetrar de tu Hijo tantas y tales gracias para los miserables como tú les consigues; con lo cual se ve que quiere honrarte, no como a esclava, sino como a su verdadera Madre”.

Basta que hable María y todo lo realiza el Hijo.

Hablando el Señor a la esposa de los Sagrados cantares, que representa a María, le dice: “Oh tú la que habitas en los huertos, los amigos te están escuchando; hazme, pues, oír tu voz” (Ct 8, 13). Los amigos son los santos, quienes cuando piden alguna gracia en favor de sus devotos esperan que su Reina la pida a Dios y la consiga, porque ninguna gracia otorga Dios sin la intercesión de María. ¿Y cómo ruega María? Basta con hacerle oír a su Hijo su voz: “Haz que oiga tu voz”. Basta que hable para que al punto el Hijo, con amor, la escuche.

5-María ruega en calidad de Madre

Guillermo explica en este sentido ese pasaje, presentando al Hijo que habla con María, y le dice: “Tú que habitas en los huertos celestiales, intercede con toda confianza por los que quieras, pues no puedo olvidarme de que soy tu Hijo y como a Madre nada te puedo negar. Basta que oiga tu voz, porque oírte tu Hijo es lo mismo que otorgarte lo que quieras”.

Dice al abad Godofredo que aunque María consiga la gracia rogando, sin embargo, ella ruega con imperio de Madre. Por eso tenemos que estar plenamente seguros de que ella nos obtiene cuanto desea y cuanto por nosotros pide”.

Refiere Valerio Máximo que sitiando Coriolano la ciudad de Roma no bastaron a hacerle desistir todos los ruegos de sus conciudadanos y de sus amigos; pero cuando compareció a rogarle su propia madre, Veturia, ya no pudo resistir a sus ruegos y levantó el sitio. Más poderosa, sin comparación, que las de Veturia son las plegarias de María ante Jesús; y tanto más cuanto que este Hijo es infinitamente agradecido y es supremo su amor a esta su Madre amantísima.

Escribe el P. Miechow: “Un solo suspiro de María es más poderoso que todos los sufragios de los santos”.

Esto lo declaró a santo Domingo el demonio por boca de un poseso cuando el santo lo exorcizaba, conforme refiere el P. Paciuchelli, diciendo que vale más ante Dios un suspiro de María que las súplicas de todos los santos juntos.

Dice san Antonino que las plegarias de la santísima Virgen, siendo plegarias de madre, tienen como cierta especie de imperio, por lo que es imposible que no sea oída cuando ruega.

Por eso le habla así san Germán, animando a los pecadores a que se encomienden a esta abogada: Teniendo, oh María, autoridad de Madre de Dios, obtienes el perdón a los más grandes pecadores, pues el Señor, que siempre te reconoce por su verdadera Madre, no puede dejar de conceder cuanto le pidas”.

Santa Brígida oyó que los santos en el cielo decían a la Virgen: “¿Qué hay que tú no puedas? Lo que tú puedes, eso se hará”.

Es lo que se dice en esta célebre sentencia: “Lo que Dios con su poder, tú lo puedes, oh Virgen, con tus ruegos”.

Pues qué, dice san Agustín, ¿no es digno de la benignidad del Señor custodiar de este modo la dignidad de su Madre, siendo así que él declaró haber venido a la tierra no a abolir, sino a cumplir la ley; ley que manda, entre otras cosas, honrar a los padres?

San Jorge, obispo de Nicomedia, dice también que Jesucristo, para satisfacer de algún modo la deuda que tiene con esta Madre por haberle dado su consentimiento para que se hiciera hombre, lleva a cumplimiento todas sus peticiones.

Por eso exclama el mártir san Metodio: “Alégrate, alégrate la que tienes por deudor al Hijo que a todos da y nada recibe de nadie, pero de ti ha querido hacerse deudor tomando tu carne y haciéndose hombre gracias a ti”.

Dice san Agustín: “Habiendo merecido María dar de su carne al Hijo de Dios y preparar con ella el precio de la redención para que fuéramos librados de la muerte eterna, por eso es más poderosa que todos para ayudarnos a todos a conseguir la salvación eterna”.

San Teófilo, obispo de Alejandría, que vivió en tiempo de san Jerónimo, dejó escrito: “El Hijo agradece que le ruegue su Madre, porque quiere concederle todo lo que ella le pida y recompensarle de este modo el favor que le hizo de haberle dado su carne”.

Así es que san Juan Damasceno, dirigiéndose a la Virgen, le ruega de esta manera: “Tú, oh María, siendo Madre de Dios, puedes salvar a todos con tus plegarias, que están avaladas con tu autoridad de Madre. Puedes salvar a todos como Madre del Dios altísimo con preces que están dotadas de autoridad de Madre”.

Concluyamos con san Buenaventura, quien considerando el inmenso beneficio que nos ha dado el Señor al darnos a María por abogada, le dice así: “Oh ciertamente inmensa y admirable bondad de nuestro Dios, que nos ha concedido que tú, Reina del cielo y Madre suya, fueras nuestra abogada para que puedas con tu potente intercesión obtenernos cuanto de bueno desees”.

Y prosigue diciendo el mismo santo: “Qué gran piedad de nuestro Señor, quien para que no huyéramos asustados por la sentencia que él puede lanzar contra nosotros nos ha puesto por abogada y defensora a su misma Madre, que es la Madre de la gracia”.

 

II

María, abogada compasiva, no rehúsa defender la causa de los más desdichados

1-María, compasiva con todos

Son tantos los motivos que tenemos para amar a esta nuestra amorosa Reina, que si en toda la tierra se alabase a María, si en todas las predicaciones sólo se hablase de María, y todos los hombres dieran la vida por María, todo esto sería poco en comparación a la gratitud que le debemos por el amor tan excesivamente tierno que ella tiene para todos los hombres, aunque sean los más miserables pecadores, si conservan para con ella algún afecto y devoción.

Decía el V. Raimundo Jordano, que por humildad se llamaba el Idiota, que María no puede dejar de amar a quien le ama, y no se desdeña de servir a quien le sirve, empleando, en favor de los pecadores, todo su poder de intercesión para conseguir de su Hijo divino, el perdón para esos siervos que la aman. Es tanta su benignidad y misericordia, prosigue diciendo, que ninguno, por perdido que se vea, debe temer postrarse a sus pies, pues no rechaza a nadie de los que a ella acuden.

María, como amantísima abogada nuestra, ella misma ofrece a Dios las plegarias de sus siervos y señaladamente las que a ella se dirigen; porque así como el Hijo intercede por nosotros ante el Padre, así ella intercede por nosotros ante el Hijo y no deja de tratar ante ambos, el negocio de nuestra salvación y de obtenernos las gracias que le pedimos.

Con razón Dionisio Cartujano llama a la Virgen Santísima especial refugio de los abandonados, esperanza de los miserables y abogada de todos los pecadores que a ella acuden.

Pero si se encontrara un pecador que no dudara de su poder, pero sí de la bondad de María, temeroso de que ella no quisiera ayudarlo por la gravedad de sus culpas, lo anima san Buenaventura diciéndole: “Grande y singular es el privilegio que tiene María ante su Hijo, de obtener cuanto quiere con sus plegarias. Pero ¿de qué nos serviría este gran poder de María si no pensara en preocuparse de nosotros? No, no dudemos, estemos seguros y demos siempre gracias al Señor y a su divina Madre, porque si delante de Dios es más poderosa que todos los santos, así también es la abogada más amorosa y solícita de nuestro bien.

Exclama jubiloso san Germán: “Oh Madre de misericordia ¿Quién, después de tu Jesús, tiene tanto interés por nosotros y por nuestro bien como tú? ¿Quién nos defiende en nuestros trabajos y aflicciones, como nos defiendes tú? ¿Quién como tú, se pone a defender a los pecadores combatiendo a su favor? Tu protección, oh María, es más poderosa y cariñosa de lo que nosotros podemos imaginar”.

Dice el Idiota, que todos los demás santos, pueden con su patrocinio, ayudar más a sus devotos que a los que no lo son, pero la Madre de Dios, como es la Reina de todos, así es también la abogada de todos.

2-María, siempre a punto para socorrernos

Ella se preocupa de todos, aun de los más pecadores, y le agrada que la llamen Abogada, como ella misma lo declaró a la V. sor María Villani, diciéndole: “Yo, después del título de Madre de Dios, me glorío de ser llamada abogada de los pecadores”.

Dice el B. Amadeo, que nuestra Reina, no deja de estar ante la presencia de la divina Majestad, intercediendo continuamente por nosotros con sus poderosas plegarias. Y como conoce en el cielo nuestras miserias y necesidades, no puede dejar de compadecerse; por lo que, con afecto de madre, llena de compasión por nosotros, piadosa y benigna, busca siempre el modo de socorrernos y salvarnos.

Por eso Ricardo de San Lorenzo anima a todos por miserables que sean, a recurrir con confianza a esta dulce abogada, teniendo por seguro que la encontrará siempre dispuestísima a ayudarlo.

El abad Godofredo dice también que María está siempre atenta a rogar por todos.

Exclama san Bernardo: “¡Con cuánta eficacia y amor trata el asunto de nuestra salvación esta buenísima abogada nuestra!”

San Agustín meditando el amor y el empeño con que María se empeña continuamente en rogar por nosotros a su divina Majestad para que el Señor nos perdone los pecados, nos asista con su gracia, nos libre de los peligros y nos alivie de nuestras miserias, dice hablando con la Santísima Virgen: “Eres única en la solicitud por ayudarnos desde el cielo”.

Quiere decir: Señora, es verdad que todos los santos quieren nuestra salvación y rezan por nosotros; pero la caridad y ternura que tú nos demuestras en el cielo al obtenernos con tus plegarias tantas misericordias de Dios, nos fuerza a proclamar que no tenemos en el cielo otra abogada más que a ti, y que tú eres la más solícita y deseosa de nuestro bien. ¿Quién podrá comprender la solicitud con que siempre intercede María ante Dios a favor nuestro?

Dice san Germán: “No se sacia de defendernos”. Hermosa expresión: Es tanta la piedad y tanto el amor que siente María por nosotros y tanto el amor que nos profesa, que siempre ruega y torna a rogar, y nunca se sacia de rogar por nosotros, y con sus ruegos no se cansa de defendernos.

Pobres de nosotros pecadores, si no tuviéramos esta excelsa abogada, tan poderosa, tan piadosa, y a la vez, tan prudente y sabia, que el juez, su Hijo, no puede condenar a los reos que ella defiende, así lo dice Ricardo de San Lorenzo. Las causas defendidas por esta abogada sapientísima, todas se ganan.

San Juan Geómetra la saluda: Salve, árbitra que dirime todas nuestras querellas. Es que todas las causas que defiende esta sapientísima abogada, se ganan.

Por eso san Buenaventura la llama la sabia Abigail. Fue Abigail la mujer que supo aplacar con sus hermosas súplicas a David cuando estaba enojado contra Nabal, de manera que el mismo David la bendijo agradeciéndola que con sus dulces maneras le hubiera impedido vengarse de Nabal con sus propias manos: “Bendita tú que me has impedido tomar venganza derramando su sangre con mis manos” (1R 25, 33).

Esto es precisamente lo que hace María de continuo en el cielo en beneficio de los pecadores; ella, con sus plegarias tiernas y sabias, sabe de tal manera aplacar a la divina Justicia, que Dios mismo la bendice y como que le da las gracias porque así le impida abandonar y castigar a los pecadores como se merecen.

Por eso, dice san Bernardo, el eterno Padre porque quiere ejercer toda la misericordia posible, además de tener junto a sí a nuestro principal abogado Jesucristo, nos ha dado a María como abogada ante Jesús.

3-María personifica la misericordia de Dios

No hay duda, dice san Bernardo de que Jesús es el único mediador de justicia entre los hombres y Dios, quien en virtud de sus propios méritos, puede y quiere, según sus promesas, obtenernos el perdón y la divina gracia; pero porque los hombres reconocen y temen en Jesucristo su Majestad divina, que en él reside como Dios, por eso fue preciso asignar otra abogada a la que pudiéramos recurrir con menos temor y más confianza; y ésta es María, fuera de la cual no podemos encontrar abogada más poderosa ante la divina Majestad y más misericordiosa para con nosotros.

Estas son sus hermosas palabras “El fiel y poderoso, es el mediador entre Dios y los hombres; pero los hombres temen en él la Majestad. Es por tanto necesario que haya un mediador para con el mismo mediador; y nadie más útil para nosotros que María”.

Pero gran injuria haría a la piedad de María, sigue diciendo el santo, el que aún temiera acudir a los pies de esta abogada dulcísima, que nada tiene de severo ni terrible, sino que es del todo cortés, amable y benigna.

Lee y vuelve a leer cuanto quieras, sigue diciendo san Bernardo, todo lo que se narra en los Evangelios, y si encuentras algún rastro de severidad en María, entonces puedes temer acercarte a ella. Pues no la encontrarás; por lo cual recurre gozosamente a ella, porque te salvará con su intercesión.

Es muy hermosa la exclamación que pone Guillermo de París, en boca del pecador que recurre a María, diciendo: “A ti acudiré y hasta en ti me refugiaré, Madre de Dios, a la que toda la reunión de los santos aclama como Madre de misericordia”. Madre de Dios, yo, en el estado miserable a que me veo reducido por mis pecados, recurro a ti, lleno de confianza; y aunque pareciera que me desechas, yo te recuerdo que estás en cierto modo obligada a ayudar, pues todos los fieles en la Iglesia, te llaman y proclaman Madre de misericordia.

“Tú, en verdad, cuya generosidad te hace incapaz de repulsas, cuya misericordia nunca a nadie le falló, cuya amabilidad extraordinaria nunca despreció a nadie que te invocó, por pecador que fuera”… Tú, María, eres la que, por ser tan bien amada de Dios, siempre eres por él escuchada; tu gran piedad jamás le ha fallado a nadie; tu afabilidad, jamás te ha permitido despreciar a un pecador, por enormes que fueran sus faltas, si a ti se ha encomendado.

¿Es que, tal vez falsamente y en vano toda la Iglesia te aclama como su abogada y refugio de los miserables? jamás suceda, Madre mía, que mis culpas puedan impedirte cumplir el gran oficio de piedad que tienes, y con el que eres a la vez, abogada y medianera de paz entre Dios y los hombres, y después de tu Hijo, la única esperanza y el refugio seguro de los miserables. Todo lo que tienes de gracia y de gloria, y la misma grandeza de ser Madre de Dios –si así se puede hablar– lo debes a los pecadores, ya que para salvarlos, Dios te ha hecho su Madre.

Lejos de pensar acerca de esta Madre de Dios, que dio a luz al mundo el manantial de la piedad, que ella vaya a negar su misericordia a un infeliz que a ella recurre.

Puesto que tu oficio, María, es ser pacificadora entre Dios y los hombres, que te mueva a socorrerme tu gran piedad, que es incomparablemente superior a todos mis vicios y pecados.

Consolaos, pues, pusilánimes –diré con santo Tomás de Villanueva– respirad y cobrad ánimo, desventurados pecadores: Esta Virgen excelsa, que es la Madre de vuestro Dios y vuestro Juez, ella misma es la abogada del género humano; idónea porque puede ante Dios cuanto quiere; sapientísima porque conoce todos los secretos para aplacarlo; y universal porque acoge a todos y no rehúsa defender a ninguno.

 

III

María es la reconciliadora de los pecadores con Dios

1-María tiene por oficio ejercer la misericordia

La gracia de Dios es un tesoro extremadamente grande y deseable para el cristiano. El Espíritu Santo lo llama tesoro infinito, porque por medio de la gracia divina, somos elevados a la dignidad de amigos de Dios: “Es un tesoro infinito, que a quienes lo han utilizado, los ha hecho partícipes de Dios” (Sb 7, 14).

Por eso Jesús, nuestro Dios y Redentor, no dudó en llamar amigos suyos a los que estaban en gracia: “Vosotros sois mis amigos” (Jn 15, 14). ¡Maldito es el pecado que arrebata esta bella amistad!: “¡Vuestras iniquidades han puesto separación entre vosotros y vuestro Dios!” (Is 59, 2). Haciendo al alma odiosa para Dios, “odiosos son para Dios el impío y su impiedad” (Sal 14, 9), la transforma de amiga en enemiga de su Señor.

¿Qué debe hacer un pecador que, por desgracia, se ve convertido en enemigo de Dios? Necesita encontrar un mediador, que le obtenga el perdón y le haga recuperar la divina amistad perdida.

“Consolaos –dice san Bernardo– oh miserables que habéis perdido a Dios; tu mismo Señor te ha dado el mediador, y éste es su propio Hijo Jesús que puede obtenerte cuanto desees”.

Pero, oh Dios –prosigue el santo– ¿por qué los hombres han de juzgar severo a este Salvador tan compasivo que por salvarnos ha entregado su vida? ¿Por qué han de tener por terrible al que es del todo amable? ¿Qué teméis, pecadores desconfiados? Si estáis atemorizados por haber ofendido a Dios, sabed que vuestros pecados Jesús los ha clavado en la cruz a la vez que sus manos traspasadas, y ha satisfecho por ello con su muerte a la divina justicia, y los ha arrancado de vuestra alma.

Estas son sus hermosas palabras: “Se imagina severo al que es compasivo; terrible al que es amable. ¿Qué teméis, hombres de poca fe? Ya clavó los pecados en la cruz con sus propias manos”.

Pero si aún –añade el santo– temes recurrir a Jesucristo porque te espanta su Majestad divina, ya que, hecho hombre no deja de ser Dios ¿quieres otro abogado ante este mediador? Recurre a María, porque ella intercederá por ti ante su Hijo que ciertamente le oirá, y el Hijo intercederá ante el Padre, que nada puede negar a su Hijo amado.

Y concluye san Bernardo: “Hijitos, ésta es la escala de los pecadores, ésta es mi mayor confianza, ésta es toda la razón de mi esperanza”. Ésta es la escala de los pecadores, porque por ella suben de nuevo a la alteza de la gracia divina; ésta es mi suprema confianza, ésta es toda la razón de mi esperanza.

2-María nos da la paz

El Espíritu Santo hace decir a la Santísima Virgen: “Yo soy como un muro, y mis pechos como torre desde que fui tan favorecida que hallé en él la paz” (Ct 8, 10). Yo soy, dice María, la defensa de los que a mí recurren, y mi misericordia es para ellos como torre de defensa. Para eso he sido constituida por mi Señor, medianera de paz entre los pecadores y Dios.

“María –dice a este propósito el cardenal Hugo– es la gran reconciliadora que obtiene de Dios la paz para los enemigos, la salud para los perdidos, el perdón para los pecadores, la misericordia para los desesperados”.

Por eso fue llamada por su divino Esposo, hermosa como los pabellones de Salomón. En las tiendas de David sólo se trataba de guerra, mientras que en los pabellones de Salomón se trataba sólo de paz. Haciéndonos entender con esto el Espíritu santo que esta Madre de misericordia no trata asuntos de guerra y de venganza contra los pecadores, sino sólo de paz y perdón de sus culpas.

Por eso fue María prefigurada en la paloma de Noé, que saliendo del arca volvió trayendo en su pico un ramito de olivo, como señal de paz que Dios otorgaba a los hombres.

Y así lo dice san Buenaventura: “Tú eres la fidelísima paloma que, interponiéndote ante Dios, has obtenido al mundo perdido la paz y la salvación”.

María fue la celestial paloma que trajo al mundo perdido el ramo de olivo, señal de misericordia, ya que en ella nos dio a Jesucristo que es la fuente de la misericordia, habiéndonos obtenido por sus méritos todas las gracias que Dios nos concede.

Y así como por María fue dada al mundo la paz del cielo, como dice san Epifanio, así, por medio de María se siguen reconciliando los pecadores con Dios.

Por eso san Alberto le hace decir: “Yo soy la paloma de Noé que trajo a la Iglesia la paz universal”.

También fue figura de María el arco iris que vio san Juan circundando el trono de Dios: “Y un arco iris alrededor del trono” (Ap 4, 3). “Este arco iris –explica el cardenal Vitale– es María que asiste siempre al tribunal de Dios para mitigar las sentencias y los castigos que merecen los pecadores”. Y de este arco iris dice san Bernardino de Siena, que habló el Señor cuando dijo a Noé: “Pondré el arco iris en las nubes del cielo y será signo de mi alianza entre mí y entre la tierra… Al verlo me acordaré de mi Alianza sempiterna” (Gn 9, 13-16). María en verdad –dice san Bernardino de Siena– es este arco de paz eterna, porque como Dios, a la vista del arco iris se acuerda de la paz prometida a la tierra, así, ante las plegarias de María, perdona a los pecadores las ofensas cometidas y hace con ellos las paces.

Por eso es también comparada María con la luna: “Hermosa como la luna” (Ct 6, 9). Así como la luna –dice san Buenaventura– está entre el cielo y la tierra, así María se interpone continuamente entre Dios y los pecadores, para aplacar al Señor e iluminar a los pecadores para que retornen a Dios.

3-María emplea sus dones en favor nuestro

Y ésta fue la principal misión que se le confió a María en la tierra, levantar a las almas privadas de la divina gracia y reconciliarlas con Dios.

“Lleva a pacer tus cabritas” (Ct 1, 8). Así le dice el Señor al crearla. Ya se sabe que los pecadores son figurados en los cabritos, y que como los elegidos –figurados en las ovejas– en el juicio final serán colocados a la derecha, así aquellos, serán colocados a la izquierda.

“Pues bien –dice Guillermo de París– los tales cabritos están confiados a tus cuidados, excelsa Madre, para que los conviertas en ovejas, y los que por sus culpas merecían ser lanzados a la izquierda, por tu intercesión, sean colocados a la derecha”.

El Señor reveló a santa Catalina de Siena, que había creado a esta su amada hija como cebo dulcísimo para atraer a los hombres, especialmente a los pecadores, y llevarlos a Dios.

Y en esto es digna de notarse la reflexión que hace sobre este pasaje del Cantar de los cantares, Guillermo abad, cuando dice que “Dios recomienda a María el cuidado de sus cabritos, porque la Virgen no salva a todos los pecadores, sino a los que le sirven y le honran. Por el contrario, aquellos que viven en pecado y no la honran con algún obsequio especial, ni se encomiendan a ella para salir del pecado, ésos no son de los cabritos de María, y en el Juicio final serán colocados a la izquierda con los condenados”.

Desesperado estaba de su eterna salvación un noble caballero, por sus muchos pecados, cuando un religioso le animó a recurrir a la Santísima Virgen, yendo a visitar una devota imagen en cierta iglesia. Fue el caballero a la iglesia y, apenas vio la imagen de María, se sintió como invitado por ella a que se postrara a sus pies y a poner en ella su confianza. Va presuroso, se postra, quiere besar los pies de la imagen, que era de talla, y María, desde la imagen le tiende la mano para dársela a besar, y ve en la mano de María este escrito: “Hijo mío, no desesperes que yo te libraré de tus pecados y de los temores que te oprimen”. Y se cuenta que al leer aquel pecador tan dulces palabras, sintió tanto dolor de sus pecados, y sintió tan intenso amor a Dios y a su dulce Madre que, poco después expiró a los pies de la santa imagen.

¡Cuántos son los pecadores obstinados que cada día atrae hacia Dios este imán de los corazones!, como ella misma se llamó diciendo a santa Brígida: “Como el imán atrae al hierro, así atraigo hacia mí los corazones más endurecidos para reconciliarlos con Dios”.

Yo por mi parte podría referir muchos casos sucedidos en nuestras misiones, en que pecadores que permanecían duros como el hierro a todas las predicaciones, al oír el sermón de la misericordia de María, se compungían y tornaban a Dios.

Cuenta san Gregorio que el unicornio es un animal tan fiero que no hay quien lo pueda cazar; sólo a la voz de una doncella, se rinde, se acerca y se deja atar por ella sin oponer resistencia. ¡Cuántos pecadores más fieros que las mismas fieras, que huyen de Dios, a la voz de esta sublime Virgencita que es María, se acogen a ella y se dejan atar dulcemente con Dios!

4-María es Madre de Dios para ejercer la misericordia

Para eso –dice san Juan Crisóstomo– ha sido hecha la Virgen María Madre de Dios, a fin de que los infelices que por su mala vida no podrían salvarse conforme a la justicia divina, con su dulce misericordia y con su poderosa intercesión, obtengan por su medio la salvación eterna.

Sí –afirma san Anselmo–, ha sido ensalzada para ser Madre de Dios, más en beneficio de los pecadores que de los justos, ya que Jesús declaró que había venido a llamar no a los justos sino a los pecadores. Que por eso canta la Iglesia: “Al pecador no aborreces, porque sin él no serías la Madre del Redentor”.

Así es como la reconviene amorosamente Guillermo de París: “María, estás obligada a ayudar a los pecadores, pues todos los dones, gracias y grandezas –que todas quedan comprendidas en tu dignidad de ser Madre de Dios– todo, si así es lícito hablar, lo debes a los pecadores, pues para ellos has sido hallada digna de tener a Dios por Hijo”.

Pues si María –concluye san Anselmo– ha sido hecha Madre de Dios para los pecadores ¿cómo yo, siendo tan grandes mis pecados podré desconfiar del perdón?

La santa Iglesia nos hace saber en la oración de la Misa de la vigilia de la Asunción, que la Madre de Dios ha sido asunta de la tierra al cielo para que interceda por nosotros ante Dios con absoluta confianza de ser escuchada. Reza la oración: “…A la cual la has trasladado de este mundo, a fin de que interceda con toda confianza para que se nos perdonen los pecados”.

Por esto san Justino dice que es árbitro: “el Verbo ha puesto a la Virgen como árbitro”. Árbitro es lo mismo que apaciguador, a quien las dos partes en conflicto acuden exponiendo sus razones. Con lo que quiere decir el santo que, como Jesús es el mediador ante el eterno Padre, así María es la mediadora ante Jesús, a la cual expone Jesús todos los agravantes que, como juez, tiene en contra de nosotros.

5-María atiende a todos sin excepción

San Andrés Cretense llama a María la fianza y seguridad de nuestra reconciliación con Dios: “Dándonos el Señor esta prenda, nos ha otorgado la garantía de los perdones divinos”. Con lo cual quiere significar el santo, que Dios va buscando la manera de reconciliarse con los pecadores perdonándolos, y para que no desconfíen del perdón, les ha dado como prenda a María. Por eso la saluda: “Salve, reconciliadora de Dios con los hombres”. Dios te salve, apaciguadora entre Dios y los hombres.

De aquí toma ocasión san Buenaventura y anima a todos los pecadores diciéndoles: “Si temes por tus culpas, que Dios, indignado, quiera vengarse de ti. ¿Qué debes hacer? Vete y recurre a María que es la esperanza de los pecadores; y si después temes que ella rehúse ponerse de tu parte, has de saber que ella no puede dejar de defenderte, porque Dios mismo le ha asignado el oficio de defender a los pecadores”.

¿Cómo podrá perecer –exclama el abad Adán– el pecador al que la misma madre del juez se ofrece como madre e intercesora? ¿Y tú, que eres la madre de la misericordia, te desdeñarás de pedir a tu Hijo, que es el juez, por otro hijo tuyo, que es el pecador? ¿Te negarás tal vez, a interceder ante el Redentor por un alma redimida por él, que por salvar a los pecadores ha muerto en la cruz? Ciertamente que no te negarás a ello; antes por el contrario te empeñarás con todo tu amor en rogar por los que a ti recurren, sabiendo, como sabes muy bien, que el mismo Señor que ha constituido a tu Hijo mediador de paz entre Dios y los hombres, al mismo tiempo te ha puesto a ti como apaciguadora entre el juez y el reo.

Inspirado en el mismo pensamiento, dice san Bernardo: “Dale gracias al que te suministró tan gran intercesora”.

Seas quien seas, pecador, encenagado en el lodazal de tus culpas y aunque hayas envejecido en el vicio, no desconfíes; da gracias a tu Señor que para tener misericordia contigo, no sólo te ha dado al Hijo por tu abogado, sino que además, para darte ánimo y confianza, ha querido darte una mediadora de tal calidad, que obtiene cuanto quiere con sus plegarias. Ánimo, recurre a María y te salvarás.