Padre Juan Carlos Ceriani: DECIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

DECIMO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Como ya sabemos, hace dos domingos comencé a desarrollar una serie de sermones con la finalidad de hacer ver la participación de Nuestra Señora en el Plan divino de Redención, Santificación y Salvación de las almas.

Y realmente es admirable y misteriosa esta cooperación de la Santísima Virgen a la obra de la Redención. Se trata de la unión de la Madre de Dios con su divino Hijo, y siempre bajo su dependencia, en la misión de la reintegración del género humano al orden sobrenatural.

Consideraremos hoy la cooperación de María con Cristo a la obra de la redención en general y su cooperación a la redención objetiva.

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De manera general, hay que sostener que la Bienaventurada Virgen María es consorte de Cristo en la obra de la redención humana. Esta verdad mariana es, después de la de la Maternidad divina, la más fundamental, y tan cierta que pertenece al depósito de la revelación.

Los Romanos Pontífices enseñaron siempre esta doctrina:

León XIII enseña: “Inmune de la primera culpa, escogida para Madre de Dios y, por esto mismo, hecha consorte de Cristo para salvar al género humano, tiene tanta gracia y poder cerca de su Hijo, que mayor no pudo ni podrá alcanzarle jamás criatura alguna entre los ángeles y los hombres”.

“Para reconciliar a los hombres con Dios nadie ha prestado ni prestará jamás obra parecida a la que Ella ha prestado”.

De San Pío X son estas palabras: “Porque María supera a todos en santidad por su unión con Cristo y por haber sido admitida a la obra de la humana redención”.

Y Pío XI se expresa de este modo: “La Virgen soberana, concebida sin la primera culpa, fue elegida Madre de Cristo precisamente para ser su consorte en la redención humana”.

También la Sagrada Escritura viene en apoyo de esta enseñanza; en Génesis, 3, 15, se lee: Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje; ella quebrantará tu cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar.

Aquí María es asociada a Cristo en las enemistades y batallas que ha de reñir contra el diablo, y en el triunfo plenísimo que ha de obtener sobre el enemigo infernal.

Ahora bien, triunfar del diablo en la presente providencia no es otra cosa que llevar a cabo la redención humana, o lo que es igual, librar al hombre del pecado, por el cual se hizo esclavo del demonio, y reintegrarle al primitivo estado de amistad con Dios.

El Papa Pío IX explica esta asociación de María con Cristo en la redención, según el citado versículo del Génesis, de este modo: “La Santísima Virgen, unida con Cristo en lazo indisoluble, manteniendo juntamente con Él y por Él enemistades sempiternas contra la venenosa serpiente y triunfando de ella totalmente, le aplastó la cabeza con su planta inmaculada”.

Si las enemistades de Cristo y María con el diablo son las mismas, y, por tanto, la misma lucha de la cual habían de conseguir el mismo triunfo, claro está que allí se presenta a María como consorte de Cristo y a Él singularmente unida tanto en la lucha como en la victoria sobre el enemigo.

Luego si la victoria de Cristo consistió en la redención de los hombres y en la restauración de la obra de Dios destruida por el pecado, María tuvo que cooperar con su Hijo en la realización de esta empresa.

Es habitual en los Santos Padres la comparación de María Santísima con Eva, de tal modo que el lugar y la parte que tuvo Eva junto a Adán en la ruina del género humano, se le asigne a María, junto a Cristo, en la obra de la Redención.

Así como Eva fue consorte y cooperadora de Adán en nuestra caída, María lo es de Cristo en el negocio de la redención humana.

También la liturgia da parte a la Virgen, Madre de Dios, en la obra de la Redención.

Así en los calendarios griegos se lee: “Hemos sido redimidos por Ti de la maldición que cayó sobre los primeros padres”. Y en el Misal Ambrosiano: “Lo que Eva destruyó con su crimen, María lo restituyó en la redención”.

Su consorcio estrictamente dicho empezó desde el momento mismo de la Encarnación, ya que la Bienaventurada Virgen, desde el momento en que pronunció su Fiat, dirigió todas sus intenciones al fin de la Redención, de acuerdo en todo con la voluntad del Padre, que entrega a su Hijo, y con la del Hijo, que se ofrece a sí mismo por la salvación de los hombres.

Aun cuando, formalmente, sean distintas la Maternidad divina y la cooperación a la redención, hay, sin embargo, entre ellas una relación tan estrecha e incluso necesaria, que el consorcio supone y se funda en la maternidad, y la maternidad se ordena al consorcio.

Por eso dice Pío XI: “La augusta Virgen, concebida sin la primera culpa, fue elegida Madre de Cristo precisamente para ser consorte suya en la redención humana”.

Ninguna otra criatura pudo elegirse más apta para este consorcio redentor que la Madre del mismo Redentor; nadie como Ella, precisamente por ser la Madre, podía tener en la tierra tanta intimidad con su Hijo Redentor, ni unirse a Él tan estrechamente en sus persecuciones, trabajos, angustias y, sobre todo, en su pasión y muerte, de tal modo que ella sola, dolorosa, podía unirse a Cristo doliente, pues solamente se conduele la madre de aquel que sufre; las otras mujeres no hacen más que moverse a misericordia.

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Entrando más en detalle, debemos considerar la cooperación de la Bienaventurada Virgen María a la redención objetiva, es decir, toda la obra redentora de Cristo en la tierra, con que quiso restaurar y levantar al género humano, caído por la culpa de los primeros padres.

La redención objetiva es la causa universal de la salvación humana. La redención subjetiva no es otra cosa que la aplicación de aquella a cada uno de los hombres para que participe de su efecto.

Por esto la redención objetiva suele llamarse obra de salvación, y la subjetiva, operación salvadora; la primera es como la fuente de donde brotan los bienes de la redención, los tesoros de la gracia; la segunda, como el estadio donde se dispensan estos bienes a todos y cada uno de los redimidos.

Es obvio que la necesidad absoluta de la cooperación mariana a la redención queda excluida, ya que pudo el Señor restaurar al género humano y reintegrarle a su amistad sin la intervención de la Virgen. Por lo tanto, la cuestión de la cooperación de María ha de plantearse suponiendo siempre el libre decreto de Dios, por el cual quiso que la Virgen concurriera y cooperara a la Redención.

Esta cooperación es doble:

Una es remota, por la cual Nuestra Señora dio a Cristo, por acción no solamente física, sino plenamente voluntaria, su carne, para que pudiera pagar en ella el precio de nuestra redención.

La otra es próxima, es decir, cooperando inmediatamente, con acciones personales a dicha redención, consumada en la pasión y muerte de Cristo.

María es Madre del Redentor, y por lo mismo cooperó remotamente a la Redención, en cuanto que realmente ella fue la que dio al mundo su Redentor. San Agustín enseña: “La muerte por la mujer, y por la mujer la vida: por Eva la destrucción, por María la salud. Aquélla, corrompida, siguió al seductor; ésta, toda pura, nos da a luz al Salvador del mundo. Aquélla tomó con gusto la venenosa pócima de la serpiente y la ofreció a su marido, y de aquí que los dos merecieron la muerte; ésta, por gracia infusa del cielo, produjo la vida, por la que pudiera resucitar la carne muerta”.

María Santísima, engendrando a Cristo para nosotros, suministró la materia de la cual había de pagarse el precio de nuestro rescate, a saber, la carne en la que Cristo pudiera padecer y morir. Por eso dijo Santo Tomás de Villanueva: “Cristo pagó el precio del rescate, pero María le dio de dónde pudiera pagarlo. Él es el Redentor, pero de María recibió lo que había de entregar para redimirnos”.

Nuestra redención procede de la Madre no menos que del Padre; de la Madre tuvo el poder merecer, y del Padre recibió la infinitud que habían de tener aquellos merecimientos. Ni el Hijo de Dios podría merecer para nosotros, si no fuese hombre; ni el Hijo de María podría tampoco merecernos nada, si no fuese Dios.

Y advirtamos la diferencia: el Padre no dio al Hijo el ser Dios para redimirnos; María, en cambio, dio el ser hombre al Hijo del Padre precisamente para ser el Redentor de todos nosotros. Sin embargo, así como el Padre entregó al Hijo para la redención, porque de tal modo amó a los hombres, que les dio a su Hijo unigénito; así también la Madre le entregó para esto mismo.

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Por lo dicho, hay que sostener que la Bienaventurada Virgen María, con su libre consentimiento en la Encarnación, cooperó también libremente a la Redención, no ya implícitamente, sino explícita y formalmente.

Los Padres de los primeros siglos, como San Justino, San Ireneo y otros muchos, inician y repiten frecuentemente la comparación de María con Eva y hablan explícitamente de la cooperación moral de María a la obra de la Redención, precisamente por el libre consentimiento prestado al Ángel en el momento de anunciarle el gran misterio de la Encarnación.

Es frecuente ver establecido en los Padres el principio de recirculación, según el cual Dios había obrado en la redención de tal manera, que todo lo que el diablo inventara para la ruina de los hombres se retorciera en orden inverso contra el mismo espíritu del mal.

De este modo, la primera mujer cree al diablo, asiente libremente a sus perversas sugestiones, desobedece a Dios, y con todo ello coopera desdichadamente a la ruina de todos los hombres; la segunda mujer, María, obedece a Dios; con fe viva y libertad completa da su consentimiento a la Encarnación que en Ella misma había de realizarse y coopera de este modo a la restauración y salvación de todo el género humano.

Prescindiendo de tan conocido paralelismo de María con Eva, encontramos en otros muchos Padres la afirmación clara del consentimiento de la Santísima Virgen en la obra de la redención.

San Bernardo, por ejemplo, dice: “Has oído que concebirás y darás a luz un Hijo; has oído que esto no se hará por obra de hombre, sino del Espíritu Santo. El ángel está esperando tu respuesta… También nosotros, ¡oh Señora!, sobre quienes pesa la sentencia de una condenación miserabilísima, esperamos tu palabra de misericordia; al instante seremos libres si tú consientes. Por la eterna palabra de Dios fuimos todos creados, y he aquí que estamos muriendo; de la breve respuesta de tus labios está pendiente nuestra reparación, para que por ella seamos devueltos a la vida”.

La Bienaventurada Virgen María, consintiendo libremente en la Encarnación, dirigía su consentimiento a la Redención, no sólo implícitamente, sino también explícita y formalmente, ya que miraba a la Encarnación en cuanto redentora del género humano.

No es justo, evidentemente, negar a María el conocimiento de los vaticinios proféticos sobre el futuro Mesías y cualidades de su reino, ya que también lo habían conocido los ancianos Ana y Simeón, que estaban esperando la redención de Israel; ni puede afirmarse que María fomentara en su corazón y en su mente las erradas opiniones del vulgo acerca del futuro Mesías, o aceptara las falsísimas ideas mesiánicas de los fariseos.

Por lo tanto, no estuvo alejada de la voluntad divina la Santa Virgen María, cuando dijo: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Palabra que no se refiere sólo a la Encarnación, sino también a la Redención perfecta. Y, por tanto, según la palabra del Padre Eterno, María quiso la pasión del Hijo de ambos.

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Más aún, con su materna compasión, la Bienaventurada Virgen María cooperó próxima e inmediatamente a la redención del género humano.

Pío VII enuncia así esta doctrina: “Todos los fieles cristianos están obligados para con la Santísima Virgen, como Madre dulcísima del Hijo de Dios, a venerar, en meditación constante y con filial benevolencia, la memoria de los dolores acerbísimos que, especialmente al pie de la cruz, padeció con singular fortaleza y constancia invicta, ofreciéndolos por la salud de los mismos al Eterno Padre; y deben tomar como verdadero precepto lo que Tobías manda a su hijo con respecto a su madre: Acuérdate de los muchos y muy grandes peligros que ella padeció por ti“.

León XIII: “Al presentarse a Dios como esclava para el oficio de Madre suya y consagrarse toda a Él en el templo con su Hijo, se constituyó compañera suya en la dolorosa expiación de los pecados del mundo, y no puede, por lo mismo, dudarse de que, con ánimo esforzado, tomó parte en las acerbísimas angustias y dolores de su divino Hijo. Estaba junto a la cruz de Jesús su Madre, y fue tanta la caridad de su corazón por nosotros para recibirnos por hijos, que gustosamente ofreció a su propio Hijo a la justicia de Dios, muriendo espiritualmente con Él traspasada por la espada del dolor”.

San Pío X escribe: “Por esta comunión de dolores y voluntades entre Cristo y María, mereció ésta ser dignísima reparadora de todo el orbe”.

Pío XI: “Aquel a quien la Santísima Virgen esté presente con su ayuda, sobre todo en los últimos momentos de su vida, no padecerá la muerte eterna. Y este sentir de los doctores de la Iglesia, tan de acuerdo con el sentir del pueblo cristiano y con las enseñanzas de la experiencia, se apoya principalmente en la creencia de que la Virgen, por sus dolores, participó con Cristo en la redención del mundo”.

Y del mismo Papa Pío XI es esta ferviente oración a la Santísima Virgen: “¡Oh Madre de piedad y de misericordia, que asististe como compaciente y corredentora a tu dulcísimo Hijo cuando, en el ara de la cruz, consumaba la redención del mundo, te rogamos que conserves y aumentes cada día en nosotros los preciosos frutos de la redención y de tu compasión!”.

Por lo tanto, hemos de decir que María Corredentora, compañera de Cristo en la Redención, tuvo que participar en la pasión y muerte redentora de su Hijo, ya que con Él, paciente y moribundo, padeció y casi murió.

Según afirma San Juan Crisóstomo: “Cristo derrotó y venció totalmente al demonio con los mismos medios y las mismas armas de que él se había servido para vencer primero. ¿Y cómo? Óyelo. Una virgen, un madero y una muerte fueron los símbolos de nuestra derrota. La virgen era Eva; el madero, el árbol de la ciencia; la muerte, el castigo de Adán. Pero atiende de nuevo: una Virgen, un madero y una muerte son también los símbolos de la victoria. En el lugar de Eva está María; por el árbol de la ciencia del bien y del mal, el madero de la cruz; y por la muerte de Adán, la de Cristo. ¿Ves ahora cómo el demonio fue derrotado por lo que él había antes vencido?”.

Es verdad que Cristo no necesitó ayuda de ninguna clase y, en realidad, Él solo redimió totalmente a los hombres; sin embargo, por ordenación divina, se le dio a la Santísima Virgen como cooperadora, no necesaria, pero sí conveniente, de tal modo que ciertamente participó con Cristo en la redención humana.

San Alberto Magno expone clarísimamente la compasión de María y su ordenación a la redención humana. He aquí sus palabras: “La Madre sufrió en el alma la pasión que el Hijo padeció en su cuerpo, ya que su amor materno era atormentado juntamente con los tormentos corporales del Hijo. En el tiempo de la pasión, cuando la Madre de la piedad se presentó al Padre de las misericordias para la obra de la más alta misericordia, soportó en sí misma el dolor de la pasión, ya que la espada le atravesó el alma, y fue hecha compañera de la pasión, cooperadora de la redención y madre de la regeneración”.

Dionisio el Cartujano escribe: “Tú, Señor de todo lo criado, sabiamente lo ordenas y dispones todo. ¿Por qué, pues, oh buen Jesús, oh mansísimo Cordero, no perdonaste a tu amantísima y dulcísima Madre, mandando que no estuviera presente y atenta a tu pasión sagrada? Pero ya lo sé; nada acontece fuera de tu divina providencia; nada permites sin razón suficiente, y, por tanto, sólo un motivo hondamente sublime y admirable pudo obligarte a ordenar la presencia y unión de tu Madre amorosísima a tu pasión y muerte. Querías que fuera cooperadora de la salud universal, la constituiste protectora y abogada de la Iglesia y determinaste que por ella se salvaran muchos”.

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María Santísima, consorte de Cristo, participó desde el primer momento en la Redención del género humano. Pero como la Redención había de tener su coronamiento en la pasión y muerte del Señor, fue convenientísimo que María, asociada a Cristo inseparablemente, participara en la Redención, tanto en sus principios como, principalmente, en su consumación y coronamiento.

La sola asistencia pasiva al cruel espectáculo de la cruz, donde su Hijo padecía una muerte ignominiosa y cruelísima, aunque consideremos la caridad heroica y sublime fortaleza de la Madre, el valor del ejemplo y otras razones de carácter místico que pudiera brotar de tal hecho, no explican plenamente la presencia de María junto a la cruz, si se excluye la activa cooperación, por su parte, a la obra de reparación que allí se realizaba.

Y no puede decirse, como dice el impío Jorge Mario Bergoglio, que esta cooperación mariana a la redención objetiva reste algo o se oponga de algún modo a la perfección, a la eficacia o la universalidad de la misma, que, en realidad, es propia de sólo Cristo. Pues no se afirma aquí que la cooperación de la Virgen Madre sea paralela y perfectamente coordinada, sino subordinada esencialmente a la obra redentora de Cristo, en la cual se apoya, de la cual depende y de la que toma todo su valor; ya que por la revelación sabemos que Cristo, Señor nuestro, es el único Redentor del género humano.

Pero, aunque sólo Cristo sea total y perfectamente nuestro Redentor, no hay inconveniente alguno en afirmar que la Virgen Bienaventurada cooperó a la redención del hombre en grado inferior, subordinada a Cristo y dependiente de sus méritos.

Ni se restringe la universalidad de la Redención por Cristo diciendo que, cooperando a ella, no pudo ser redimida la Virgen; porque, aun siendo Corredentora, no sólo fue redimida, sino la primera de todos los redimidos, como afirma San Ambrosio: “Habiendo de redimir al mundo, empezó el Señor su obra por María, para que fuera la primera en sacar del Hijo la salud, ya que por ella se preparaba la redención de todos”.

Por otra parte, la cooperación de María a la redención no fue inútil, ni le faltó verdadera eficacia.

Es cierto que Cristo llevó a cabo la Redención plenísimamente, sin defecto, sin imperfección alguna, y, por tanto, la cooperación mariana nada pudo añadir a la perfección intrínseca de la obra, ni pudo completarla, como si Cristo hubiera dejado algo por hacer en ella. Con todo, son muchos los que afirman la utilidad de la cooperación de María en cuanto que añade perfección accidental a la obra de Cristo, prestándola cierta armonía y hermosura.

Aunque Cristo no necesitaba cooperación alguna para redimir al género humano, convenía, sin embargo, que los hombres, según la suave providencia de Dios, no fueran redimidos sin su propia cooperación a esta obra de reconciliación, sin la ratificación mutua de tan excelsa alianza y sin la aceptación de tan alto beneficio.

De aquí que Dios quisiera unir a Cristo, Redentor de todos los hombres, a la Virgen Bienaventurada, como compañera suya y como representante de todo el género humano, en cuyo nombre dio su consentimiento a la Encarnación del Redentor, y, haciendo sus veces, como verdadera mandataria del mismo género humano, se unió a la pasión y muerte del Señor junto a la Cruz, donde la Redención fue consumada, no ya asistiendo de una manera pasiva, sino cooperando activamente con su materna compasión e inefable coparticipación en los dolores de su Hijo.

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A la luz de esta hermosa y consoladora doctrina, una vez más insistimos en que es indispensable destacar que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia, y particularmente el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo…

¡Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María!

Bienaventurados los que participan y profesan esta Fe; bienaventurados los que escudriñan las Sagradas Escrituras (cómo se nos ha mandado, en vez de perder el tiempo luchando contra lo que ya no hay tiempo de combatir), y por eso saben, aunque en el claroscuro de la Fe, que el final es hermoso. Ellos son bendecidos por tener Fe, ya que los mismos eventos serán insoportables para los incrédulos.

La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensa mucha luz e infunde mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispone las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.