Padre Juan Carlos Ceriani: QUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

 

QUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si no abundare vuestra justicia más que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, mas el que matare, será reo de juicio. Pero yo os digo que todo el que se enojare con su hermano será reo de juicio. Y el que llamare a su hermano raca, será reo de concilio. Y el que le llamare fatuo, será reo del fuego del infierno. Por tanto, si ofrecieres tu presente en el altar, y te recordares allí de que tu hermano tiene algo contra ti; deja tu presente allí, ante el altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano; y, volviendo después, ofrecerás tu presente.

Les recuerdo que en la Fiesta del Corpus Christi he comenzado una serie de ocho homilías para desarrollar el libro de Monseñor Fulton Sheen titulado El Calvario y la Misa.

El contenido del mismo toma cada una de las Siete últimas Palabras de Jesucristo, aplicándolas a siete partes de la Santa Misa.

Ya hemos considerado el Prólogo y las cuatro primeras Palabras de Nuestro Señor.

La tabla de materias de dicho libro es la siguiente:

La Primera Palabra, Perdónalos, es el Confiteor.

La Segunda Palabra, Hoy estarás en el Paraíso, es el Ofertorio.

La Tercera Palabra, He ahí a tu madre, es el Sanctus.

La Cuarta Palabra, ¿Por qué me has abandonado?, es la Consagración.

La Quinta Palabra, Tengo sed, es la Comunión.

La Sexta Palabra, Todo se ha consumado, es el Ite, Missa est.

La Séptima Palabra, Padre, en tus manos, es el Último Evangelio.

Veamos hoy la Quinta Palabra de Nuestro Señor:

TENGO SED

Nuestro Señor llega a la Comunión de su Misa cuando de las profundidades de su Sagrado Corazón profiere el grito: Tengo sed.

Esta no era ciertamente una sed de agua; porque la tierra es suya y todo lo que en ella se contiene; no fue una sed de los escasos alivios de la tierra, porque Él encerró los mares en sus fronteras cuando estallaban con furia. Por eso, al ofrecerle la bebida, Él la tomó. Era otra clase de sed la que le torturaba. Estaba sediento de las almas y los corazones de los hombres.

El clamor fue un clamor por la comunión, la última de una larga serie de llamadas del Pastor buscando a los hombres. El hecho mismo de manifestarse en la forma del más punzante de todos los humanos sufrimientos, es decir, la sed, demuestra la medida de su profundidad y de su intensidad.

Los hombres pueden hambrear a Dios, pero Él tiene sed de los hombres…

Tuvo sed del hombre cuando le llamó a la amistad con su divinidad en el jardín del Paraíso.

Tuvo sed del hombre en la Revelación, cuando trató de ganarse los corazones extraviados de los hombres manifestándoles los secretos de su amor.

Tuvo sed del hombre en la Encarnación, cuando Él se hizo uno con el amado y fue visto en la forma y en el traje de hombre.

Sobre la Cruz estaba sediento del hombre en la Redención, porque nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos.

Era el llamamiento final a la comunión antes de que bajase el telón en el gran Drama de su Vida terrena.

Todas las miríadas de amores de los padres a los hijos, de los esposos entre sí, fundidos en un solo gran amor, serían una mínima fracción del amor que Dios siente y demuestra por el hombre en este grito de sed.

Significa de un golpe, no sólo cuánto suspiraba por los humildes, por los corazones hambrientos y por las almas vacías, sino también cuán intenso era su deseo de satisfacer nuestras más profundas ansiedades.

Realmente, nada tendría de misteriosa nuestra sed por Dios, pues ¿no ha de suspirar el ciervo por la fuente, el girasol no ha de orientarse hacia el astro rey, y no han de correr los ríos hacia el mar?

Pero que Él nos ame, sabiendo nuestros deméritos y cuán poco vale nuestro amor, ¡eso sí que es misterio! Y, sin embargo, ese es el significado de la sed de Dios por la comunión con nosotros. Ya lo había dicho en la parábola de la oveja perdida, cuando afirmó que no estaba satisfecho con las noventa y nueve; solamente la oveja perdida podía darle alegría completa.

Ahora manifestaba la misma verdad desde la Cruz. Nada puede satisfacer por completo su sed sino los corazones de todos los hombres, pues fueron hechos para Él, y por lo tanto no pueden sentirse jamás felices hasta que encuentren el descanso en Él.

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La base de esta súplica de comunión es el amor; porque el amor, por su propia naturaleza, tiende a la unión.

El mutuo amor de los ciudadanos engendra la unidad del Estado. El amor del hombre y la mujer produce la unidad de dos en una carne. El amor de Dios por el hombre reclama, pues, la unidad basada sobre la Encarnación; esto es la unidad de todos los hombres en el cuerpo y en la sangre de Cristo.

Y por eso, para sellar su amor con nosotros, Dios se nos da a sí mismo en la Santa Comunión; de tal modo que, así como su humana naturaleza, tomada en el seno de la Bienaventurada Madre, se unió a Él en su única Persona, así Él y nosotros, tomados del seno de la humanidad, pudiéramos ser uno en la unidad del Cuerpo Místico de Cristo.

Por eso nosotros usamos la palabra “recibir” cuando hablamos de la comunión con nuestro Dios en la Eucaristía, porque literalmente “recibimos” vida divina; exactamente y tan real y verdadera como el niño recibe la vida de su madre.

Toda vida es sustentada por la comunicación con una vida más alta.

Si las plantas pudieran hablar dirían a la humedad y al sol: «Hasta que no entréis en comunión conmigo, siendo poseídos por mis más altas leyes y poderes, no tendréis vida en vosotros».

Si los animales pudieran hablar dirían a las plantas: «Si no entráis en comunión con nosotros tampoco tendréis vida superior en vosotras».

Nosotros decimos a toda la creación inferior: «Si no entráis en comunión conmigo no participarás de mi vida humana».

¿Por qué, pues, no habría de decirnos a nosotros Nuestro Señor: «Mientras no entréis en comunión conmigo no tendréis vida en vosotros?».

Lo inferior se transforma en lo superior, las plantas en los animales, los animales en el hombre, y el hombre en el modo más elevado, “se diviniza” a través de la vida de Cristo.

Comunión, pues, es, ante todo, el recibir la Vida divina; una vida para la cual nosotros no tenemos más títulos que nuestra indignidad. Es un puro don del todo misericordioso Dios, que nos amó tanto que quiso unirse a nosotros, no con los lazos de la carne, sino con los lazos inefables del Espíritu, donde el amor no conoce hastío sino únicamente éxtasis y gozo.

Si, como Belén y Nazaret, no le recibiéramos en nuestras almas, ¡oh, cuán pronto nos hubiéramos olvidado de Él! Ni dones, ni retratos suplen la persona amada. Nuestro Señor bien lo sabía. Necesitábamos de Él, y por eso se nos entregó a sí mismo.

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Pero hay otro aspecto en la Comunión en el que raras veces pensamos.

La Comunión implica, no solamente recibir la Vida Divina, significa también entrega a Dios de la vida humana.

Todo amor es recíproco. No hay amor unilateral, porque el amor por su misma naturaleza pide retorno.

Dios tiene sed de nosotros, y esto significa que el hombre debe tener también sed de Dios.

Pero, ¿pensamos alguna vez que Cristo recibe la Comunión de nosotros? Siempre que vamos al comulgatorio decimos que “recibimos” la Comunión; y esto es todo lo que muchos de nosotros hacemos únicamente: “recibir la Comunión”.

Sin embargo, hay otro aspecto en la Comunión que el de recibir la Vida Divina, del cual habla San Juan.

San Pablo completa la doctrina en su Epístola a los Corintios. La comunión no es sólo la incorporación a la Vida de Cristo, es también la incorporación a su Muerte: Siempre que comáis de este pan y bebáis de este vino anunciaréis la muerte del Señor hasta que Él venga.

La vida natural tiene dos aspectos: el anabólico y el catabólico. También la vida sobrenatural los tiene: el edificar conforme al Cristo Modelo –el nuevo Adán– y el destruir el viejo Adán.

La Comunión, pues, implica no sólo recibir sino también dar.

No puede haber ascenso a una vida más alta sin morir a la propia, más baja.

El Domingo de Pascua, ¿no presupone el Viernes Santo? ¿No implica todo amor la mutua entrega que termina en el propio recobrarse?

Siendo esto así, ¿no debe ser el comulgatorio un lugar de intercambio en vez de ser un lugar donde solamente se recibe?

¿Será toda la Vida el darse Cristo a nosotros y no darle nada en retorno?

¿Habremos de agotar el Cáliz y no contribuir a llenarle con nada?

¿Habremos de recibir el pan sin dar el trigo para ser molido, o recibir el vino sin dar las uvas para ser prensadas?

Si todo lo que hacemos durante nuestra vida es recibir la Vida Divina para llevárnosla y no dejar nada en cambio, seremos parásitos en el Cuerpo Místico de Cristo.

El mandato paulino nos manda completar en nuestro cuerpo lo que le falta a la Pasión de Cristo. Debemos pues llevar espíritu de sacrificio al comulgatorio de la Eucaristía; debemos aportar la mortificación de nuestro “yo” interior; las cruces pacientemente soportadas, la “crucifixión” de nuestros egoísmos, la muerte de nuestra concupiscencia y hasta la misma dificultad de acercarnos a la Comunión.

Entonces será la Comunión lo que siempre pretendió ser, concretamente, un intercambio entre Cristo y el alma, en el que nosotros damos su Muerte manifestada en nuestras vidas y Él nos su Vida manifestada en nuestra filiación adoptiva.

Le damos nuestro tiempo, nos da Él la eternidad…

Le damos nuestra humanidad, nos da su Divinidad…

Le damos nuestra nada, nos da su todo…

¿Entendemos bien la naturaleza del amor? Todo amor tiende a la unión.

No hay nada comparado con la unión del espíritu, cuando la divinidad pasa a la humanidad y la humanidad a la divinidad; cuando nuestro querer va hacia Él y Él viene hasta nosotros, de modo que dejamos de ser hombres y comenzamos a ser hijos de Dios.

Si ha habido, pues, en nuestra vida alguna vez un momento en que un delicado y noble afecto nos hizo sentir como si hubiésemos sido levantados al tercer cielo; si ha habido alguna vez en nuestra vida un tiempo en que el elevado amor de un hermoso corazón nos asumió en el éxtasis; si alguna vez amamos de verdad un corazón humano, pensemos en lo que debe ser estar unidos con el gran Corazón del Amor.

Si el corazón humano en todas sus nobles, delicadas y cristianas riquezas puede estremecer así, ennoblecernos así, y extasiarnos hasta ese punto, ¿qué será el gran Corazón de Cristo? ¡Oh, si la chispa es tan brillante, cómo será la llama, cómo será la hoguera, cómo será ese horno ardiente de caridad, que es el Sagrado Corazón de Nuestro Señor!

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¿Comprendemos en su totalidad hasta qué punto la Comunión está ligada al Sacrificio, tanto por parte del Señor como por parte nuestra, sus pobres y débiles criaturas?

La Misa hace las dos cosas inseparables.

No hay Comunión sin Consagración. No recibimos el pan y el vino que ofrecemos hasta que hayan sido transubstanciados en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.

La Comunión es la consecuencia del Calvario, esto es, vivimos de lo que sacrificamos.

Todo en la naturaleza atestigua esta verdad. Nuestros cuerpos viven sacrificando los animales de los campos y las plantas de las huertas. Gozamos de la vida por su inmolación. No los matamos por destruir sino para perfeccionar; los sacrificamos para la comunión.

Y ahora, por una hermosa paradoja del Divino Amor, Dios convierte su Cruz en el gran medio de nuestra salvación.

Nosotros le matamos, le clavamos allí, le crucificamos…

Pero no quiso el Amor ser derrotado en su eterno Corazón…

Quiso darnos la misma vida que quitábamos; darnos el alimento que destruíamos; nutrirnos con el Cuerpo que sepultábamos.

Trocó nuestro crimen en una “feliz culpa”; convirtió la Crucifixión en Redención; la Consagración en Comunión; la muerte en vida eterna.

Y esto es precisamente lo que hace del hombre el mayor misterio.

No es un misterio el que el hombre haya sido amado, sino el que él no pague amor con amor… ¡Ese es el gran misterio!

¿Por qué Nuestro Señor es el No Amado?

¿Por qué no se ha de amar al Amor?

¿Por qué siempre que Él clama Tengo sed, nosotros le damos hiel y vinagre?

Hemos de revertir esta triste realidad. Para eso, prestemos atención a lo que dice Pío XII en su Encíclica Mediator Dei: “El Divino Redentor repite sin cesar su invitación apremiante: «Permaneced en Mí»; y por el Sacramento de la Eucaristía Cristo habita en nosotros y nosotros en Cristo; y así como Cristo permaneciendo en nosotros vive y obra, así nosotros permaneciendo en Cristo hemos de vivir y obrar por Él”.