PADRE LEONARDO CASTELLANI: UN RELENTE DE ROSAS

Conservando los restos

TERCER MISTERIO GLORIOSO

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

El día de Pentecostés descendió el Espíritu de Dios visiblemente sobre los Apóstoles y María Santísima.

Pentecostés era una fiesta de los judíos que se celebraba (y celebra) cincuenta días después de Pascua.

Los Apóstoles permanecieron estos diez días después de la Ascensión del Señor encerrados en el Cenáculo, una sala grande, propiedad de María, madre de Marcos; junto con María, Madre de Dios y sus parientes; las llamadas Santas Mujeres, que eran una especie de Acción Católica, rama femenina.

Allí eligieron a San Matías como sustituto del traidor Judas en el apostolado; y allí probablemente compusieron la “catequesis apostólica” que se llama, que habían de entregar después al mundo.

Recordaron los principales discursos o “recitados” del Maestro, que ellos por su oficio habían retenido en la memoria; y compusieron de acuerdo con las reglas del “estilo oral” otros recitados con los viajes, los hechos, los milagros y la pasión de Cristo. Esta catequesis apostólica es la que tenemos conservada en nuestros Cuatro Evangelios. Se puso por escrito más tarde.

El día de Pentecostés muy de mañana oyeron en el recinto cerrado como el fragor de un ventarrón, y vieron descender como lenguas de fuego sobre las cabezas de todos los presentes.

Enseguida se sintieron llenos de fuerza y de luz, y saliendo al balcón comenzaron a hablar a los transeúntes.

Se reunió una gran muchedumbre, y cada uno de los oyentes, que eran de diversas naciones, incluso del Egipto y de Roma, los entendían en su propia lengua.

Unos burlones comenzaron a decir: “Estos están pasados de vino”, yesa palabra tomó San Pedro como pie de su vehemente discurso: “No estamos pasados de vino, es muy temprano para eso; estamos pasados del espíritu de profecía, que dijo el Profeta Joel”. Este Jesús “al cual vosotros habéis crucificado, este era el Mesías, y el Hijo de Dios; y ha resucitado y está a la derecha de Dios Padre; y Dios pondrá, conforme a su promesa, a sus enemigos debajo de sus pies”…

Este fue el tema del discurso de Pedro; el cual dos meses antes no se había animado ni a decir que era discípulo del Nazareno, delante de una sirvienta y cinco soldados.

Los oyentes se conmovieron y dijeron: ‘’Varones hermanos, ¿qué haremos?” — “Hacer penitencia y bautizarse cada uno” — contestó Pedro.

“Se unieron a la Iglesia” ese día 3.000 personas; o, mejor dicho, constituyeron la Iglesia, que así empezó.

Los nuevos cristianos comenzaron a vivir con gran pureza, piedad y desinterés.

San Pedro y San Juan hicieron un milagro en la puerta del Templo, curando a un tullido en el nombre de Jesús y San Pedro hizo allí mismo, en el Pórtico de Salomón, el primer sermón sobre el nombre de Jesús con el mismo tema.

Los arrestaron; y el Príncipe de los Apóstoles hizo su tercer sermón delante del Sanedrín o Tribunal judío, sin resultado.

Les prohibieron terminantemente tomar en sus bocas el nombre de Jesús y hablar de Él a ninguna alma viviente.

Respondieron Pedro y Juan: “Decid vosotros mismos si tenemos que obedecer primero a vosotros que a Dios, o al revés”. Y saliendo de allí, siguieron predicando.

Siguió aumentando el número de cristianos en Jerusalén, haciendo los Apóstoles numerosos milagros.

Metieron en la cárcel a los dos Apóstoles yellos se escaparon milagrosamente. Los trajeron otra vez al tribunal con mucho miramiento, porque tuvieron miedo del pueblo, que andaba soliviantado.

Cuarto sermón de san Pedro. Los hicieron azotar a los dos; con el único resultado de que pasaron “gozosos” delante de toda la Asamblea, acordándose de los azotes del Divino Maestro.

Los judíos desataron la primera persecución contra la naciente Iglesia haciendo matar a pedradas a San Esteban, el primer mártir, haciendo degollar a Santiago, hermano de San Juan, apresando a San Pedro con el fin de hacerlo ajusticiar después de la Pascua, como a Jesucristo.

Fue sacado de la cárcel por un Ángel, que lo despertó, le soltó las cadenas, y le mandó tomara a toda prisa sus ropas y saliera. Pedro estaba medio dormido y creía andaba soñando; pero al ver abierta la puerta, se escapó; es decir, tomó las de Villadiego: de acuerdo al verso que dice:

Este es un chiste español.

Pero la segunda evasión de Pedro es chistosa: los primeros que lo vieron esa noche creyeron era un fantasma, y a la sirvienta que le abrió el postigo, llamada Rodé, le dijeron: estás loca.’

Entonces se presentó a Pedro un fogoso judío convertido llamado Saulo, que San Pedro aceptó como compañero, y se volvió el más famoso de los Apóstoles: San Pablo, el número trece; y años más tarde los dos, Pedro y Pablo, fueron martirizados juntos en Roma.

Se reunieron los Apóstoles todos en el primer Concilio de la Iglesia, el de Jerusalén; y después, se dispersaron por todo el mundo a “enseñar a todas las gentes“.

Todos ellos fueron martirizados; pues San Juan Evangelista, aunque murió en su cama a los 100 años de edad, después de haber presenciado la Asunción de la Santísima Virgen y compuesto el Cuarto Evangelio y el Apokalypsis, había sido torturado antes tres veces casi hasta la muerte, de la cual se salve por milagro.

Estos fueron los frutos de la venida del Espíritu Santo; el cual se nos da a nosotros en el sacramento de la Confirmación.

El asiste invisiblemente a la Iglesia de Jesucristo, y es la causa de lo que llamamos “el Milagro Moral de la Iglesia”; y vive en las almas que están en gracia.

Gracias a Él, la Iglesia no puede errar en cosas de fe; y la columna desta inerrancia, es la inerrancia del sucesor de San Pedro, el Pontífice de Roma, la cual llamamos con el nombre largo de infalibilidad.

El Papa podrá equivocarse en su política, fallar en su conducta, errar en sus conjeturas u opiniones; pero no puede errar cuando define solemnemente que una proposición creída por los cristianos está contenida en la Revelación de Jesucristo; porque así lo prometió el mismo Jesucristo.