PADRE CERIANI: ¿CONOCE SATÁN EL VALOR DE LA MISA?

Misterios de iniquidad

UNA CUESTIÓN TEOLÓGICA Y SUS CONSECUENCIAS

Tomando como base un texto de San Pablo, consideraremos dos puntos:

1°) Una cuestión teológica = Los demonios no comprendieron el valor de la Santa Cruz; y por eso hicieron crucificar a Nuestro Redentor.

2°) Sus consecuencias = Los demonios conocen el valor de la Santa Misa; y por eso intentan a todo precio impedir que se rece conforme a las rúbricas de la Iglesia Católica.

I.- La Cuestión Teológica

Los demonios no comprendieron el valor de la Santa Cruz

San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios, capítulo II, versículos 1 a 8, escribió:

1 Yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no llegué anunciándoos el testimonio de Dios con superioridad de palabra o de sabiduría, 2 porque me propuse no saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y Éste crucificado. 3 Y, efectivamente, llegué a vosotros con debilidad, con temor, y con mucho temblor. 4 Y mi lenguaje y mi predicación no consistieron en discursos persuasivos de sabiduría humana, sino en manifestación de Espíritu y de poder; 5 para que vuestra fe no se funde en sabiduría de hombres, sino en una fuerza divina. 6 Predicamos, sí, sabiduría entre los perfectos; pero no sabiduría de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, ni de los jefes de este mundo, condenados a perecer, 7 sino que predicamos sabiduría de Dios en misterio, aquella que estaba escondida y que predestinó Dios antes de los siglos para gloria nuestra; 8 aquella que ninguno de los príncipes de este siglo ha conocido, pues si la hubiesen conocido no habrían crucificado al Señor de la gloria.

Leamos el Comentario de Santo Tomás a este pasaje paulino:

“Luego de haber tratado de la sabiduría que el Apóstol enseña a gente perfecta, aquí señala el porqué de la antedicha exposición, así por lo que mira tanto a los infieles, como a los fieles.

Acerca de los infieles propone lo que pretende y lo prueba.

Dice, pues: ya está declarado que la sabiduría de que tratamos no es la de los príncipes de este siglo, ya que «ninguno de ellos la entendió», proposición verdadera, fuesen quienes fueren:

— Porque, si se entiende de los príncipes seculares, esta sabiduría no llegó a su noticia, pues está por encima de toda razón de humano gobierno.

— Si se entiende de los filósofos, tampoco la alcanzaron, ya que sobrepuja la razón humana.

— Ni aun los demonios vinieron en conocimiento de ella, estando tan de tejas arriba de toda sabiduría creada.

Prueba luego lo antedicho, es decir, que no conocieron los príncipes la sabiduría divina, en cuanto recóndita de por sí, y en cuanto preparada para gloria nuestra.

Dice, pues: estoy en lo dicho, que los príncipes de este siglo no entendieron cosa de la sabiduría divina; pues, «si la hubiesen entendido», hubiesen conocido que Cristo, cuyo conocimiento en esta sabiduría va envuelto, era Dios; y, con tal noticia, «nunca hubieran crucificado al Dios de la gloria», esto es, a Cristo Señor, que da la gloria a los suyos; puesto que, siendo la gloria naturalmente apetecible para la criatura racional, no es posible a la voluntad humana determinarse a dar muerte al autor de la gloria.

Cuanto al hecho de haber crucificado a Jesucristo los príncipes, es cosa cierta, si se entiende de los príncipes que ejercen potestad entre los hombres; ya que lo que dice el Salmo 2: «conspiran los príncipes contra el Señor y contra su Cristo», lo aplican los Hechos a Herodes y a Pilato, y a los príncipes de los judíos que convinieron en dar muerte a Cristo.

Pero también los demonios tuvieron su parte, persuadiendo y atizando el odio; así como los Fariseos y Escribas, dados al estudio de la sabiduría y peritos en la Ley, con sus instigaciones y aprobaciones, contribuyeron a la muerte de Cristo.

Acerca de lo cual se ofrecen dos dudas:

— La primera, por llamarle «el Dios de la gloria crucificado»; puesto que la divinidad de Cristo, según la cual se llama «el Señor de la gloria», nada podía padecer.

A esto se responde que en Cristo hay una persona y dos naturalezas, la divina y la humana. De ahí que pueda designársele con el nombre de una o de otra; y, con el nombre que sea, predicarse de Él lo que es propio de cada naturaleza, porque a entrambas las une en sí una sola persona.

Y de esta manera podemos decir que el hombre creó las estrellas, y que el Señor de la gloria fue crucificado, no habiéndolas creado como hombre, sino como Dios, ni habiendo sido crucificado en cuanto Dios, sino en cuanto hombre; con lo que queda hecho trizas el error de Nestorio, al decir que en Cristo no hay más que una naturaleza para Dios y el hombre, pues, según esto, de ningún modo pudiera ser verdad que el Señor de la gloria fue crucificado.

— La otra duda es que la frase del Apóstol parece suponer que los demonios o los príncipes de los judíos no llegaron a conocer que Cristo era Dios, como parece corroborarlo San Pedro en lo que mira a los príncipes de los judíos: «ahora bien, hermanos, ya sé que por ignorancia habéis hecho esto, como también vuestros príncipes» (Act. III: 17); lo cual parece contrario a lo que dice San Mateo: «pero los agricultores, cuando vieron al hijo, se dijeron: es el heredero; vamos a matarle, y tendremos su herencia» (Mt. XXI: 38); texto que San Juan Crisóstomo explica diciendo: «con estas palabras da claramente a entender el Señor que los príncipes de los judíos, no por ignorancia, sino por envidia, crucificaron al Hijo de Dios».

Tercia la Glosa para resolver esta aparente contradicción con decir que, «sí sabían que era el prometido en la ley, mas no penetraban el misterio de su filiación divina, ni alcanzaban a entender el sacramento de la Encarnación y Redención».

Mas contra esto dice nuevamente San Juan Crisóstomo: «que sí conocieron que era el Hijo de Dios».

Así que, en resumidas cuentas, tuvieron por cosa averiguada los príncipes de los judíos que Cristo era el prometido en la ley, no así el pueblo, que lo ignoraba; lo que sí no sabían a ciencia cierta, sino por barruntos y conjeturas, era que fuese el verdadero Hijo de Dios; pero este conocimiento a tientas parece que los entenebrecía tanto más cuanto era la envidia que le tenían y la codicia de la propia gloria, a que veían hacerle sombra la deslumbrante excelencia de Cristo.

Duda parecida puede también ofrecerse acerca de los demonios, ya que en San Marcos y San Lucas dícese que el demonio a grandes voces grito: «sé que eres el Santo de Dios».

Pues para que no se achaque a presunción demoníaca jactarse de saber lo que no sabían, el conocimiento que tenían de Cristo lo afirman los mismos Evangelistas. Así San Mateo: «no les permitía hablar, por cuanto sabían que era el Cristo»; y San Lucas: «pero Él los reprendía y no los dejaba hablar, porque conocían que era Él el Mesías».

A esto se responde que los demonios sabían que Él era el tantas veces prometido en la ley, por ver que los milagros que anunciaron los profetas tenían cabal cumplimiento en Él; lo que sí ignoraban era el misterio de su divinidad.

Contra lo cual parece estar lo que dice San Atanasio, que «los demonios declaraban a Cristo por Santo de Dios, como si dijéramos, el Santo de modo singular; ya que por naturaleza es santo aquel por cuya participación todos los otros se llaman santos».

Digamos entonces, en sentir del Crisóstomo, que «su conocimiento acerca de Cristo no era cierto y seguro, sino de tanteo y por conjeturas».

De donde dice San Agustín que «haber venido en conocimiento de ello no fue por medio de lo que es vida eterna, sino por cosas temporales obradas por su virtud».”

En diversas ocasiones, al responder a objeciones, Santo Tomás retoma el tema en la Suma Teológica:

I, q. 64, a. 1, ad 4:

“El misterio del reino de Dios, que fue consumado por Cristo, lo conocieron efectivamente desde el principio todos los Ángeles de algún modo, pero mucho mejor desde que fueron beatificados con la visión del Verbo, que jamás lograron los demonios. Ni aun todos los Ángeles lo conocieron perfectamente ni por igual; y, por consiguiente, mucho menos los demonios, existiendo ya Cristo en el mundo, conocieron el misterio de la Encarnación perfectamente; porque no les fue dado conocerlo, como dice San Agustín en De civ. Dei, l. 9, c. 21, «como a los Ángeles santos, que gozan de la eternidad participada del Verbo; sino como hubo de serles notificado para su consternación por ciertos efectos temporales». Y, si con perfección y certeza hubieran conocido que Él era el Hijo de Dios y el efecto de su pasión, jamás habrían procurado fuese crucificado el Señor de la gloria”.

III, q. 41, a. 1, ad 1:

“Como escribe Agustín, en IX De Civ. Dei, «Cristo se dio a conocer a los demonios tanto cuanto Él quiso; no en cuanto es la vida eterna, sino por ciertos efectos temporales de su virtud», por los cuales podían lograr alguna conjetura de que Cristo era el Hijo de Dios. Pero como, por otra parte, veían en Él ciertas señales de flaqueza humana, no conocían con certeza que era el Hijo de Dios. Y por este motivo quiso el diablo tentarlo. Esto es lo que se da a entender en Mt. IV: 2-3, donde se dice que, «después que tuvo hambre, se le acercó el tentador», porque, como comenta Hilario, «el diablo no se hubiera atrevido a tentar a Cristo de no haber descubierto en Él, mediante la flaqueza del hambre, la condición humana». Y esto mismo es manifestado por el modo de tentarle, cuando le dijo: «Si eres Hijo de Dios». Gregorio comenta esta frase diciendo: «¿Qué significa este exordio de la conversación sino que conocía que el Hijo de Dios había de venir, pero que no pensaba que hubiera venido por medio de la debilidad del cuerpo?»

III, q. 44, a. 1, ad 2:

“Como escribe Agustín, en IX De Civ. Dei, «Cristo se dio a conocer a los demonios tanto cuanto quiso; y quiso tanto cuanto convino. Pero se les dio a conocer no como a los Ángeles santos, en cuanto es vida eterna, sino a través de ciertos efectos temporales de su poder». Y, en primer lugar, viendo que Cristo tenía hambre después del ayuno, juzgaron que no era el Hijo de Dios. Por lo que, a propósito de Lc. IV: 3 —«si eres el Hijo de Dios», etc.—, comenta Gregorio: «¿Qué significa el exordio de tal conversación, sino que, habiendo conocido que el Hijo de Dios había de venir, no se le ocurrió que hubiera venido mediante la flaquera del cuerpo?» Pero luego, al ver los milagros, por cierta sospecha, conjeturó que era el Hijo de Dios. Por eso, comentando las palabras de Mc. I: 24 —«sé que eres el Santo de Dios»—, dice el Crisóstomo que «no tenía noticia cierta o segura de la venida de Dios». Sin embargo, sabía que era «el Mesías prometido en la Ley». Por lo cual se dice en Lc. IV: 41: «Porque sabían que Él era el Mesías». El que confesasen que Él era el Hijo de Dios, obedecía más a una sospecha que a una certeza. Por esto escribe Beda In Luc.«Los demonios confiesan al Hijo de Dios y, como luego se dice, «sabían que era el Mesías». Porque, al verlo el diablo fatigado por el ayuno, entendió que era hombre verdadero; pero, al no triunfar sobre Él cuando le tentó, dudaba si sería el Hijo de Dios. Ahora, mediante el poder de los milagros, o entendió o, mejor, sospechó que era el Hijo de Dios. Por consiguiente, si persuadió a los judíos que le crucificasen, no fue porque dejó de pensar que el Mesías era el Hijo de Dios, sino porque no previó que, con su muerte, sería él condenado. Y de este «misterio escondido desde antes de los siglos», dice el Apóstol (I Cor. II: 8) que «ninguno de los príncipes de este mundo le conoció, pues, si le hubieran conocido, nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria».”

Y luego le dedica un artículo completo, III, q. 47, a. 5:

¿Conocieron a Cristo sus perseguidores?

Objeciones por las que parece que los perseguidores de Cristo le conocieron:

1ª) En Mt. XXI: 38 se dice que «los labradores, al ver al hijo, se dijeron: Este es el heredero; venid, matémosle». Por lo que comenta Jerónimo: «Con estas palabras demuestra clarísimamente el Señor que los príncipes de los judíos no crucificaron al Hijo de Dios por ignorancia, sino por envidia. Se dieron cuenta de que Él era aquel a quien el Padre dice, por medio del profeta: “Pídemelo, y te daré en herencia las naciones”» (Salmo II: 8). Luego parece que conocieron que era el Cristo, o el Hijo de Dios.

2ª) En Jn. XV: 24 dijo el Señor: «Pero ahora han visto (mis obras) y me han odiado a mí y a mi Padre». Pero lo que se ve es claramente conocido. Luego los judíos, conociendo a Cristo, le martirizaron movidos por el odio.

3ª) En un Sermón del Concilio de Éfeso se dice: «Así como el que rasga un rescripto imperial es condenado a muerte, lo mismo que si hiciera pedazos una orden del Emperador, así los judíos, al crucificar a Cristo, a quien habían visto, pagarán las penas como si hubiesen llevado su tenacidad contra el mismo Verbo de Dios». No hubiera sucedido tal, si no hubiesen conocido que Él era el Hijo de Dios, porque les hubiera excusado la ignorancia. Luego parece que los judíos, al crucificar a Cristo, se dieron cuenta de que era el Hijo de Dios.

Contra esto: está que en I Cor. II: 8 se dice: «Si lo hubieran conocido, nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria». Y en Act. III: 17 dice Pedro, hablando a judíos: «Sé que lo hicisteis por ignorancia, como también vuestros príncipes». Y el Señor, colgado en la cruz, exclamó: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc. XXIII: 34).

Respondo que entre los judíos existía el senado y la plebe.

El senado, llamado entre ellos los príncipes, conoció, como se dice en el libro Quaest. Nov. et Vet. Test., lo mismo que lo conocieron los demonios, que Él era el Mesías prometido en la Ley, «pues veían en él todas las señales futuras que anunciaron los profetas». Sin embargo, ignoraban el misterio de su divinidad, y por este motivo dijo el Apóstol: «Si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria» (I Cor. II: 8).

No obstante, debe tenerse en cuenta que la ignorancia de estos príncipes no les eximía del crimen, porque, en cierto modo, era una ignorancia afectada. Veían, efectivamente, las señales evidentes de su divinidad; pero, por odio y envidia de Cristo, las tergiversaban, y rehusaban dar fe a sus palabras, con las que declaraba que era el Hijo de Dios. Por lo cual él mismo dice de ellos en Jn. XV: 22: «Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado». Y, de este modo, puede tomarse como dicho en nombre de ellos lo que se lee en Job XXI, 14: «Dijeron a Dios: Apártate de nosotros; no nos interesa la ciencia de tus caminos».

La plebe, es decir, las multitudes, que no habían conocido los misterios de la Escritura, no se dieron cuenta plenamente de que Él era el Mesías ni el Hijo de Dios, aunque algunos de ellos creyeron en Él. Pero la multitud no creyó. Y si alguna vez abrigaron la duda de que fuese el Mesías por la abundancia de los milagros y la eficacia de su doctrina, como consta por Jn. VII: 31-41ss, luego, sin embargo, fueron engañados por sus príncipes para que no creyesen que Él era el Hijo de Dios ni el Mesías. Por lo que también Pedro les dijo: «Sé que habéis hecho esto por ignorancia, como también vuestros príncipes» (Act. III: 17), es a saber, porque habían sido engañados por éstos.

A las objeciones:

1ª) Las palabras citadas están dichas en nombre de los labradores de la viña, en los que están representados los jefes de aquel pueblo, los cuales conocieron que Él era el heredero, en cuanto que se dieron cuenta de que Él era el Mesías prometido en la ley.

Pero contra esta respuesta parece militar el que las palabras del Salmo II: 8, «Pídemelo, y te daré las naciones en heredad tuya», están dirigidas al mismo a quien se dice: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Salmo II: 7). Por consiguiente, si conocieron que Él era aquel a quien se dice: Pídemelo, y te daré las naciones en heredad tuya, se sigue que asimismo se dieron cuenta de que Él era el Hijo de Dios.

También el Crisóstomo, a propósito de ese mismo lugar, dice «que conocieron que Él era el Hijo de Dios». Y asimismo Beda comenta acerca de Lc. XXIII: 34 —«Porque no saben lo que hacen»—: «Es preciso observar que no ruega por aquellos que, habiendo entendido que era el Hijo de Dios, prefirieron crucificarle que confesarle por tal».

Sin embargo, cabe responder a esto que conocieron que Él era el Hijo de Dios, no por naturaleza, sino por la excelencia de un favor singular.

No obstante, podemos decir también que se afirma que conocieron al verdadero Hijo de Dios porque tenían signos evidentes de ello, a los que no quisieron asentir a causa del odio y de la envidia, de modo que reconociesen que Él era el Hijo de Dios.

2ª) Antes de las palabras citadas, se anteponen estas otras: «Si no hubiera hecho entre ellos obras que ninguno otro hizo, no tendrían pecado» (Jn. XV: 24); y luego añade: «Pero ahora han visto, y me han odiado a mí y a mi Padre» (Jn. XV: 24). Por lo cual se demuestra que, viendo las obras admirables de Cristo, debido a su odio no le reconocieron por el Hijo de Dios.

3ª) La ignorancia afectada no excusa de pecado, sino que más bien parece agravarle, porque demuestra que el hombre es tan vehementemente sensible al pecado que quiere caer en la ignorancia para no evitar el pecado. Y por esto pecaron los judíos, por ser los que crucificaron no sólo a Cristo hombre, sino a Dios.

Después de leer a Santo Tomás resumamos diciendo que este texto de San Pablo es una réplica o complemento aclaratorio del Apóstol a sus afirmaciones anteriores. En efecto, él había insistido en que Dios rechazó la sabiduría humana de retóricos y filósofos para la difusión del Evangelio, y que él no se había valido de ella para la predicación en Corinto.

Aquí completa su pensamiento, añadiendo que en el Evangelio hay, sin embargo, verdadera sabiduría, sabiduría que no lograron comprender los sabios del mundo, pero que el Espíritu Santo ha revelado a quienes tienen la misión de predicar el Evangelio.

No es sabiduría a lo humano, sino sabiduría divina, pues profundiza en los planes mismos de Dios y sólo se alcanza con las luces que vienen de Dios.

Lo primero que el Apóstol recalca es el lado negativo de esa “sabiduría”, diciendo que no es de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, ni de los jefes de este mundo.

Comentando esta última expresión, hay autores que creen que hay ahí una alusión a los ángeles caídos o espíritus del mal, conforme al sentido de expresiones parecidas en otros pasajes de San Pablo o de los Evangelios (cfr. I Cor. XV: 24-25; Rom. VIII: 38; Ef. II: 2 y VI:12; Col. II: 13-15; Lc. IV: 6; Jn. XII: 31).

Nota: El final proporcionamos los textos de los pasajes bíblicos citados.

Otros autores, siguiendo a San Juan Crisóstomo, suponen más bien que el Apóstol alude a los grandes de la tierra, como parece desprenderse del versículo octavo, en que vuelve a repetirse la misma expresión, aplicándola a los que crucificaron a Cristo (Sanedrín, plebe, Herodes, Pilato).

Pero, lo más probable es que San Pablo tenga en el pensamiento ambas cosas: los demonios y sus representantes visibles en el mundo.

Ni es obstáculo el versículo octavo, pues en la crucifixión de Cristo, no sólo intervinieron los hombres, sino también los demonios que los movían (cfr. Lc. IV: 13; XXII: 3 y 53; Jn. XIII: 2 y 27); y, si los demonios hubieran conocido el plan de salvación de Dios, no habrían inducido a la crucifixión, pues por ella, precisamente, se lograba lo que a todo trance querían evitar; es, a saber, la salvación de los hombres.

Hay que releer este último párrafo…

Vimos más arriba que Santo Tomás cita que los demonios y los príncipes de los judíos «sí sabían que Cristo era el prometido en la ley, mas no penetraban el misterio de su filiación divina, ni alcanzaban a entender el sacramento de la Encarnación y Redención».

Y también que, «si con perfección y certeza hubieran conocido que Él era el Hijo de Dios y el efecto de su pasión, jamás habrían procurado fuese crucificado el Señor de la gloria».

Y cita a San Beda el Venerable: «si el demonio persuadió a los judíos que crucificasen a Jesucristo, fue porque no previo que, con su muerte, sería él condenado».

En relación a esto, agreguemos lo que dice el Papa San León Magno, en su Sermón XI, sobre la Pasión del Señor:

Entre todas las obras de Dios, ante las cuales desfallece la admiración humana, ¿hay otra que conmueva nuestro espíritu y sea superior a las fuerzas de la inteligencia como la Pasión del Salvador?

El cual, para librar al linaje humano de la esclavitud de la mortal prevaricación, ocultó la potencia de su majestad al furor del diablo, y no le opuso más que la flaqueza de nuestra debilidad.

Si aquel enemigo, cruel y soberbio, hubiese podido conocer el designio de la misericordia de Dios, ciertamente que habría preferido inspirar sentimientos de mansedumbre en el ánimo de los judíos que odios injustos, a fin de no perder el dominio de sus esclavos, persiguiendo la libertad de aquel que nada le debía.

La malignidad le engañó; pues infirió al Hijo de Dios un suplicio que había de redundar en remedio de todos los hijos de los hombres. Derramó la sangre inocente, que debía ser la reconciliación del mundo y nuestra bebida.

El Señor sufrió lo que había elegido según los designios de su voluntad. Se puso en manos de sus enfurecidos enemigos, los cuales, al dejarse arrastrar por su propia maldad, se hicieron servidores del Redentor”.

Tampoco conocían ese plan redentor los hombres (Sanedrín, plebe, Pilato, Herodes); pues, si lo hubieran conocido, aunque por motivo distinto que el de los demonios, tampoco ellos hubieran crucificado a Cristo (cfr. Act. III: 17; XIII: 27).

La expresión que utiliza San Pablo en el versículo sexto, condenados a perecer, destinados a la destrucción, ha de matizarse de diversa manera, según que se refiera a los hombres o a los demonios.

Por lo que toca a los demonios, indica que su imperio está para ser destruido por el Mesías (cfr. I Cor. XV: 24-25; Lc. X: 18; Jn. XII: 31; Act. XXVI: 16-18; Gal. I: 4; Ef. II: 1-5; Col. I: 13-14).

Por lo que toca a los hombres, indica que su concepción de la “sabiduría”, como valor humano en orden a la salvación del hombre, está para ser destruida por la “sabiduría” de la Cruz.

Se trata, precisamente, de la sabiduría de Dios en misterio, la que estaba escondida; es decir,aquellas cosas que desde todos los siglos habían estado en el secreto de Dios (Ef. III: 9); especialmente el misterio de la Redención y de la Gracia, que comprende el misterio de la Iglesia (cfr. Col. I: 25-27.

En conclusión, Satanás nunca habría inspirado la traición de Judas (Jn. XIII: 27), ni la condenación de Cristo por judíos y romanos, si hubiera podido conocer su divinidad y el valor de Redención que había de tener su muerte. De ahí que Jesús le ocultase siempre su carácter de Hijo de Dios (Lc. IV: 1 y siguientes).

II.- Las consecuencias de la Cuestión Teológica

Los demonios conocen el valor de la Santa Misa

En su libro Para que Él reine, Segunda Parte, Capítulo II, La Revolución, Odio de Satanás contra Jesucristo y su Iglesia, páginas 125-128 de la edición castellana, Jean Ousset escribió estas proféticas palabras:

Los sacerdotes, sobre todo, serán el objeto del odio infernal, no solamente porque son cristianos por excelencia, sino porque son los hombres de la Misa.

La Misa es, en efecto, la renovación de ese sacrificio del Calvario por el cual la humanidad se reconcilia con Dios, con lo que el orden inicial se encuentra de esta forma restablecido por una unión nueva, en cierta manera, de lo natural y de lo sobrenatural: unión que habían destruido y como rechazado nuestros primeros padres.

El olvido de esas verdades fundamentales —escribe el R. P. Fahey— hace difícil a las gentes, que no leen más que los periódicos y frecuentan el cine, comprender el odio a la Misa y al sacerdocio mostrado por la Revolución, masónica o comunista, en España, en Méjico o en otras partes. La formación dada por Moscú no basta para justificarlo…

De todas maneras, no huelga saber distinguir lo que Satanás buscaba con la crucifixión de Nuestro Señor y la finalidad que persigue ahora, al provocar y dirigir los ataques contra los que celebran Misa y los que a ella asisten.

Satanás movió a los jefes del pueblo judío a desembarazarse de Nuestro Señor, pues tenía conciencia de la presencia en el hombre Jesucristo de una excepcional intensidad de esa vida sobrenatural que detesta; pero, ciertamente, no quería y no pensaba entrar en el orden del plan divino de la Redención. Su orgullo no le permitió comprender el misterio de un Amor que llegaba hasta la divina locura de una inmolación en la Cruz.

Los demonios no sabían, en efecto, que el acto de sumisión del Calvario significaba el retorno al orden divino por la restauración de la Vida Sobrenatural de la Gracia para el género humano.

San Pablo insiste diciendo que si (los demonios) lo hubiesen sabido, no habrían nunca crucificado al Señor de la Gloria. Y Santo Tomás: Si los demonios hubiesen estado absolutamente ciertos de que Nuestro Señor era el Hijo de Dios y si hubieran sabido de antemano los efectos de Su Pasión y de Su Muerte, nunca hubieran hecho crucificar al Señor de la Gloria.

Pero, si los demonios comprendieron demasiado tarde el sacrificio del Calvario, están, al contrario, perfectamente enterados de la significación de la Misa.

Ahí se adivina su rabia. Todos sus esfuerzos van dirigidos para impedir su celebración.

Pero, no pudiendo terminar totalmente con este acto único de adoración, Satanás intentará limitarlo a los espíritus y a los corazones del menor número posible de individuos…

Y esta lucha continuará hasta el fin de los tiempos.

De esta forma se comprenden las apremiantes recomendaciones de los apóstoles y de los santos para ponernos en guardia contra Satanás y sus demonios. Conocemos la fórmula de San Pedro sobre el león rugiente buscando a quien devorar. San Pablo, por su parte, no temía escribir a los Efesios: Vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis resistir a las insidias del Diablo, que no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires. Tomad, pues, la armadura de Dios para que podáis resistir en el día malo, y, vencido todo, os mantengáis firmes.

Cuando se ha comprendido el sentido y el alcance de esta lucha, cuando se conoce el plan de universal restauración realizado por Jesucristo y su Iglesia, aparece inevitable que Lucifer y todo el Infierno con él se encarnicen en hacer fracasar este plan y que a la catolicidad (entiéndase: a la universalidad) de la salvación operada por la acción sobrenatural de la Gracia, Satanás busque oponer la negación de un universalismo puramente natural, del cual el Señor de la Gloria sería expulsado y en el cual la obra de la redención estaría neutralizada, anulada.

Pero… ad ortu solis usque ad occasum in omni loco sacrificatur et offertur Nomini meo oblatio munda… — De levante a poniente, en todas partes, he aquí que sacrifican y ofrecen a Mi Nombre una oblación pura….

Esta frase del profeta Malaquías indica, por el contrario, el orden divino.

Que la Misa sea celebrada y bien celebrada (entiéndase: según la voluntad misma de Dios formulada por los Santos Cánones de la Iglesia). Que pueda ser celebrada de levante a poniente, en todos los lugares… Que pueda haber, para celebrarla, numerosos sacerdotes, santos y doctos en la ciencia de Dios… Que todo esté ordenado en este mundo, para que los méritos de la Misa puedan extenderse lo más abundantemente, lo más totalmente sobre el mayor número posible, y para eso, obrar de tal suerte que todo esté puesto en práctica, directa o indirectamente, sobrenatural y naturalmente, con el fin de que el mayor número posible esté lo mejor preparado para cosechar, gustar, buscar esos frutos de salvación eterna más universalmente concedidos…, ¿no son éstas realmente las razones supremas del orden universal, y por tanto, la primera justicia?

Finalidad de todos los esfuerzos de la Iglesia en cuanto que Ella está directamente encargada del magisterio y del ministerio específicamente religiosos y sobrenaturales.

Finalidad muy real, aunque indirectamente buscada, del mismo poder civil y de las instituciones.

Finalidad real de ese mínimo, por lo menos, deseable de bienestar, de expansión material, intelectual y moral que Santo Tomás nos ha enseñado que era indispensable, comúnmente, para la práctica de la virtud.

Finalidad real de esa defensa de las buenas costumbres, que es uno de los primeros deberes del Principado. Finalidad, real, en fin, de esa paz, de esa comunidad, de esa comunión entre los individuos, las clases o las naciones, de las cuales, está bastante claro, el mundo está atrozmente alejado, como también está atrozmente alejado de Dios.

He ahí, pues, en su magnífica unidad, el plan natural y sobrenatural del universalismo cristiano o catolicismo.

Sabemos que San Ignacio ha hecho de ello el Principio y el Fundamento de sus Ejercicios:

“El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, Nuestro Señor, y, mediante esto, salvar su alma. Y las otras cosas sobre la faz de la tierra son criadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue tanto ha dé usar de ellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse de ellas cuanto para ello le impiden”.

He ahí, pues, lo que Satanás no puede dejar de combatir.

“Si los demonios comprendieron demasiado tarde el sacrificio del Calvario, están, al contrario, perfectamente enterados de la significación de la Misa. Ahí se adivina su rabia. Todos sus esfuerzos van dirigidos para impedir su celebración… Impedir que la Misa sea celebrada, y bien celebrada; entiéndase: según la voluntad misma de Dios formulada por los Santos Cánones de la Iglesia”.

Quien ha comprendido esta cuestión teológica y sus consecuencias, comprenderá por qué la Revolución Litúrgica, anterior y posterior el conciliábulo vaticanesco segundo, pretende imposibilitar el rezo de la Misa Católica:

— ya sea desnaturalizándola, mediante la misa bastarda montiniana.

— ya sea extinguiendo el sacerdocio católico, a través de los cambios en los ritos de consagración episcopal y ordenación sacerdotal.

Tarea verdaderamente diabólica:

— Dificultar que los sacerdotes válidamente ordenados recen la verdadera Misa.

— Incapacitar, mediante una ordenación inválida, a posibles futuros sacerdotes que deseasen rezarla.

Lo veamos o no, nos guste o no, lo aceptemos o no, el hecho es innegable: la Misa Romana (la codificada por San Pío V) y el Novus Ordo Missæ son irreconciliables; uno excluye a la otra y viceversa. Si se adopta uno, eso conduce necesariamente al rechazo de la otra.

Debemos convencernos: la misa bastarda de Pablo VI no tiene otra razón de ser que la supresión de la Misa Romana.

Por lo tanto, no existen dos ritos frente a frente; el enfrentamiento es aparente: sólo existe el Rito Romano enfrentado a su destrucción…

Tampoco existen dos formas de un mismo rito que expresan una misma fe, puesto que la cena luterana de Bugnini-Montini profesa la herejía protestante…

Antes del perverso Motu proprio de 2007 bastaba con preguntar a un sacerdote: ¿qué Misa celebra usted? Desde julio de 2007 es necesario añadir: ¿qué fe confiesa?

Quien desee profundizar esta diabólica operación encontrará suficiente material en los Especiales publicados con ocasión de los 50 años del Novus Ordo Missæ:  Ver Aquí

Citas bíblicas:

I Corintios XV: 24-25: Después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder. Porque es necesario que Él reine “hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies”.

Romanos VIII: 38: Porque persuadido estoy de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni cosas presentes, ni cosas futuras, ni potestades…

Efesios II: 1-2: También vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los cuales en otro tiempo anduvisteis conforme al curso de este mundo, conforme al príncipe de la autoridad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de la incredulidad.

Efesios VI:12: Porque para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de la maldad en lo celestial.

Colosenses II: 13-15: Y a vosotros, los que estabais muertos por los delitos y por la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él, perdonándoos todos los delitos, habiendo cancelado la escritura presentada contra nosotros, la cual con sus ordenanzas nos era adversa. La quitó de en medio al clavarla en la Cruz; y despojando así de aquella a los principados y potestades, denodadamente los exhibió a la infamia, triunfando sobre ellos en la Cruz.

San Lucas IV: 6: Y le dijo (el diablo): “Yo te daré todo este poder y la gloria de ellos, porque a mí me ha sido entregada, y la doy a quien quiero”.

San Juan XII: 31: Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será expulsado.

San Lucas IV: 13: Entonces el diablo, habiendo agotado toda tentación, se alejó de Él hasta su tiempo.

San Lucas XXII: 3: Entonces, entró Satanás en Judas por sobrenombre Iscariote, que era del número de los Doce.

San Lucas XXII: 53: Cada día estaba Yo con vosotros en el Templo, y no habéis extendido las manos contra Mí. Pero esta es la hora vuestra, y la potestad de la tiniebla.

San Juan XIII: 2: Y mientras cenaban, cuando el diablo había ya puesto en el corazón de Judas, el Iscariote, hijo de Simón, el entregarlo.

San Juan XIII: 27: Y tras el bocado, en ese momento, entró en él Satanás.

Actas III: 17: Ahora bien, oh hermanos, yo sé que por ignorancia obrasteis lo mismo que vuestros jefes.

Actas XIII: 27: Pues los habitantes de Jerusalén y sus jefes, desconociéndolo a Él y las palabras de los profetas que se leen todos los sábados, les dieron cumplimiento, condenándolo.

San Lucas X: 18: Les dijo: “Yo veía a Satanás caer como un relámpago del cielo”.

Actas XXVI: 16-18: Mas levántate y ponte sobre tus pies; porque para esto me he aparecido a ti, para predestinarte ministro y testigo de las cosas que has visto y de aquellas por las cuales aún te me apareceré, librándote del pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío, a fin de abrirles los ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios, y para que obtengan remisión de pecados y herencia entre los que han sido santificados por la fe en Mí.

Gálatas I: 4: Jesucristo se entregó por nuestros pecados, para sacarnos de este presente siglo malo, según la voluntad de Dios y Padre nuestro.

Efesios II: 1-5: También vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los cuales en otro tiempo anduvisteis conforme al curso de este mundo, conforme al príncipe de la autoridad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de la incredulidad. Entre ellos vivíamos también nosotros todos en un tiempo según las concupiscencias de nuestra carne, siguiendo los apetitos de la carne y de nuestros pensamientos; de modo que éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia por causa del grande amor suyo con que nos amó, cuando estábamos aún muertos en los pecados, nos vivificó juntamente con Cristo —de gracia habéis sido salvados.

Colosenses I: 13-14: Él nos ha arrebatado de la potestad de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, la remisión de los pecados.

Efesios III: 8-9: A mí, el ínfimo de todos los santos, ha sido dada esta, gracia: evangelizar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo, e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio, escondido desde los siglos en Dios creador de todas las cosas.

Colosenses I: 25-27: De ella (la Iglesia) fui yo constituido siervo, según la misión que Dios me encomendó en beneficio vuestro, de anunciar en su plenitud el divino Mensaje, el misterio, el que estaba escondido desde los siglos y generaciones, y que ahora ha sido revelado a sus santos. A ellos Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria.

Padre Juan Carlos Ceriani