ESTEBAN SÁNCHEZ MALAGÓN: CAMBIOS REVOLUCIONARIOS

Misterios de iniquidad

VINO, ACEITE Y FALSOS CRISTOS

VINO, ACEITE Y SACERDOTE son tres elementos que están bien unidos a los sacramentos, fuente ordinaria de la gracia.

Sabemos por la enseñanza de las Sagradas Escrituras y por la Tradición que los sacramentos fueron instituidos por el mismo Jesucristo. La Iglesia no puede ni debe cambiar algo que Cristo dejó constituido, luego NO debe promulgar unos nuevos, porque si lo hace faltaría la institución divina, de lo que sí tienen facultad los hombres de Iglesia es de reglamentar las ceremonias.

EL SACERDOCIO

Eucharistia Fons Vitae: “uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua”. Jn 19.34.

El orden sagrado alcanza su más alta y máxima expresión en la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, manantial y fuente de toda la santidad y apostolado que su sagrado ministerio les reclama. En la celebración cotidiana de este misterio, con la debida devoción interna y con la dignidad externa exigida por las normas litúrgicas, tienen los presbíteros el medio por excelencia para identificarse con Cristo-Sacerdote, glorificar al Padre y hacerse dócil instrumento del Espíritu Santo.

Pero no solo la Sagrada Eucaristía es manantial y fuente de santidad, el aprecio de los Sacramentos como acción salvífica de Cristo demanda que el sacerdote los administre “in Persona Crhisti” reclamando el frecuente recurso personal y el celo por una administración esmerada y provechosa de ellos, como ministros de Cristo.

“Si alguno tiene sed venga a Mí, y beba. Quien cree en Mí, como ha dicho la Escritura: «de su seno manarán torrentes de agua viva». Jn 7. 37-38

Ver artículo de Vatican News = Aquí

Allí dicen:

“El hombre, la naturaleza y el desarrollo están inextricablemente ligados al agua, pero todavía hay demasiadas personas y lugares que no tienen acceso a ella. Los diversos aspectos y desafíos relacionados con este tema se abordan en el documento publicado por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. «Es una batalla por la vida».

El agua, fuente de vida y salvación para el hombre y el planeta. Parte de este supuesto y está arraigado en el Magisterio Social de los Papas y en la labor realizada por la Iglesia nacional y local en diversos países, el nuevo documento publicado por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral a finalizar el mes en que se celebró el Día Mundial del Agua 2020.

El título altamente evocador es: Aqua fons vitae.

En el documento se distinguen tres aspectos o dimensiones relacionados con el agua: el aspecto relacionado con el uso humano, el aspecto relacionado con el hecho de ser un recurso utilizado en muchas actividades humanas, en particular la agricultura y la industria, y por último el agua como superficie, es decir, los ríos, los acuíferos subterráneos, los lagos y especialmente los océanos y los mares.

Sin agua limpia no hay vida, ni salud, ni desarrollo. Por esta razón, el Dicasterio anuncia también, con ocasión de la publicación de Aqua fons vitae, la definición de una estrategia global para la higiene en los establecimientos sanitarios que pertenecen a Iglesia.

Demasiados centros de salud en los países pobres y en desarrollo no tienen un acceso adecuado al agua para las necesidades de limpieza más básicas y miles de millones de pacientes, personal de atención y familias se ven en peligro porque falta la infraestructura para una atención decente, segura y de calidad. Y la situación es particularmente alarmante en estas semanas de pandemia.

La Iglesia siempre ha sido pionera en este sector y algunos líderes mundiales están siendo cada vez más consciencia de la cuestión, implementando planes de acción para abordar el problema de forma rápida y eficiente. Por lo tanto, el Dicasterio también alienta a todas aquellas “coaliciones de organizaciones gubernamentales, privadas y caritativas” que participan en esta batalla por la vida”.

EL AGUA, FUENTE DE MUERTE, Y EL PSEUDO- CRISTO

Con el cambio de los sacramentos, la iglesia conciliar, la contra Iglesia del Anticristo, convirtió el agua viva en la fuente de agua muerta, putrefacta.

Para algunos tradicionalistas, la Gran Apostasía, de la que habla San Pablo, tendría comienzo con el cambio de los sacramentos, principalmente el Sacramento del Orden (Consagración Episcopal y Ordenación Sacerdotal, en1968).

Esto estaría dando cumplimiento a la Profecía de Cristo: “surgirán falsos cristos”; lo que es igual a decir “surgirán falsos sacerdotes”; y es esto lo que infelizmente vio realizado Paulo VI con la modificación del Rito del Orden, además de los otros Sacramentos.

Episcopado y Sacerdocio son el punto medular, partiendo de la noción de sacerdocio que nos ha transmitido la tradición de la Iglesia y que fue solemnemente declarada en el concilio de Trento.

Basándonos en esa concepción, denunciamos y desechamos como perversa desviación doctrinal el manoseo de lo fundamental en la vida de la gracia, con perjuicios graves para la cristiandad.

La ordenación sacerdotal, como participación propia del sacerdocio de Cristo, conferida en el rito sagrado tradicional, prolonga la misión del mismo Salvador en la tierra; de aquí la importancia de destruir el Sacramento.

El Sacerdote es instrumento vivo de Cristo en la confección de la Sagrada Eucarística y en la absolución de los pecados, así como embajador de Cristo en su función profética de anunciar el Evangelio en sus diversas formas de apostolado.

Tal es la dignidad incomparable del Sacerdote, y tal su insustituible tarea sagrada en el rebaño de Cristo. Cualquier menosprecio o tergiversación de ese Sacramento, Orden Sagrado, cualquier empeño de secularizarlo, nos parece un atentado a la Verdad, que es Cristo mismo, y a la vida de la Iglesia.

El Sacerdote es la única persona necesaria en este mundo, si se desea que el hombre cumpla debidamente su misión y alcance su perfección. Esta no es ni la de ser una eminencia en todos los ramos del saber humano; ni la de ser un gran capitalista, que haga que aumenten sus riquezas y las invierta en obras benéficas y sociales; ni ser un gran comunista, que dé todo por los pobres; ni la de saber curar toda clase de enfermedades (incluyendo el controlavirus); ni la de un conquistador, que subyuga bajo su espada a las naciones más ricas y poderosas.

El hombre cumplirá debidamente su misión si salva su alma; todo lo demás es humo, es vanagloria, es vanidad, es oropel que disipa el viento como la polilla y se convierte en polvo.

El argentino Hugo Wast escribió esta bella página que reproducimos a continuación:

“Cuando se piensa que ni la Santísima Virgen puede hacer lo que un sacerdote.

Cuando se piensa que ni los ángeles ni los arcángeles, ni Miguel ni Gabriel ni Rafael, ni príncipe alguno de aquellos que vencieron a Lucifer pueden hacer lo que un sacerdote.

Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo en la última Cena realizó un milagro más grande que la creación del Universo con todos sus esplendores y fue el convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre para alimentar al mundo, y que este portento, ante el cual se arrodillan los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un sacerdote.

Cuando se piensa en el otro milagro que solamente un sacerdote puede realizar: perdonar los pecados y que lo que él ata en el fondo de su humilde confesionario, Dios obligado por su propia palabra, lo ata en el cielo, y lo que él desata, en el mismo instante lo desata Dios.

Cuando se piensa que la humanidad se ha redimido y que el mundo subsiste porque hay hombres y mujeres que se alimentan cada día de ese Cuerpo y de esa Sangre redentora que sólo un sacerdote puede realizar.

Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese poquito de pan y ese poquito de vino.

Cuando se piensa que eso puede ocurrir, porque están faltando las vocaciones sacerdotales; y que cuando eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la Tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla; y las gentes gritarán de hambre y de angustia, y pedirán ese pan, y no habrá quien se los dé; y pedirán la absolución de sus culpas, y no habrá quien las absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el mayor de los espantos.

Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él.

Cuando se piensa que un sacerdote cuando celebra en el altar tiene una dignidad infinitamente mayor que un rey; y que no es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que es Cristo mismo que está allí repitiendo el mayor milagro de Dios.

Cuando se piensa todo esto…

Uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales.

Uno comprende el afán con que, en tiempos antiguos, cada familia ansiaba que de su seno brotase, como una vara de nardo, una vocación sacerdotal.

Uno comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los sacerdotes, lo que se refleja en las leyes.

Uno comprende que el peor crimen que puede cometer alguien es impedir o desalentar una vocación.

Uno comprende que provocar una apostasía es ser como Judas y vender a Cristo de nuevo.

Uno comprende que, si un padre o una madre obstruyen la vocación sacerdotal de un hijo, es como si renunciaran a un título de nobleza incomparable.

Uno comprende que más que una Iglesia, y más que una escuela, y más que un hospital, es un seminario o un noviciado.

Uno comprende que dar para construir o mantener un seminario o un noviciado es multiplicar los nacimientos del Redentor.

Uno comprende que dar para costear los estudios de un joven seminarista o de un novicio, es allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre que, durante media hora, cada día, será mucho más que todas las dignidades de la tierra y que todos los santos del cielo, pues será Cristo mismo, sacrificando su Cuerpo y su Sangre, para alimentar al mundo”.

Bellísimas ideas, expresiones sublimes que han brotado del corazón noble y generoso del alma de un seglar, que reconoce la dignidad divina del Sacerdote Católico, y la necesidad urgentísima que veía ya en ese tiempo de tener Sacerdotes santos, que en verdad sean otros Cristos vivientes, como dice San Pablo, que se parezcan a Cristo hasta en el cuerpo, pero si la suciedad actual ve, que el que para ellos es “sacerdote” no se diferencia en nada de la masa descristianizada, que habla, viste, se divierte como todo el mundo, aunque hable de Dios ahuyentará el rebaño; no debemos olvidar que el buen ejemplo es el mejor pedagogo, el imán poderosísimo que arrastra hacia Cristo a los corazones nobles.

Y si la Santísima Virgen María no pudo hacer lo que hace un SACERDOTE, se puede afirmar que, en los planes divinos, no entraba que las mujeres puedan ser ordenadas de SACERDOTE, pues la Virgen María, BENDITA ENTRE TODAS LAS MUJERES, hubiera sido ordenada por su santísimo Hijo, como SACERDOTE.

Y entrando en agonía, oraba sin cesar. Y su sudor fue como gotas de sangre, que caían sobre la tierra. Y se le apareció del cielo un ángel y lo confortaba (Luc.22, 43-44)

EL VINO

En las antiguas civilizaciones de sumerios, hititas, persas, babilonios, judíos, egipcios, griegos y romanos, el fruto de la vid era recibido, en algún momento de su historia, como un regalo de los dioses.

La primera referencia bíblica al vino se encuentra en el Génesis, en el Antiguo Testamento. Noé comenzó a cultivar la tierra y plantó una viña. Mas bebiendo del vino se embriagó, y se quedó desnudo en medio de su tienda (Gen. 9, 20).

En el huerto de los olivos fue, como dice San Bernardo, un llanto de lágrimas y sangre, que brotaba no solamente de los ojos, sino también de todo el cuerpo del Redentor. Minutos antes en el cenáculo, había convertido el vino en su Sangre, que ya en el huerto, llamado monte de los olivos, empezaría a derramar por la salud del género humano.

Cristo instituyó su Sacrificio en la Última Cena de la siguiente manera:

Cenantibus autem eis, accepit Iesus panem et benedixit ac fregit deditque discipulis et ait: Accipite, comedite: hoc est corpus meum. Et accipiens calicem, gratias egit et dedit illis dicens: Bibite ex hoc omnes: hic est enim sanguis meus novi testamenti, qui pro multis effunditur in remissionem peccatorum.

Mientras estaban cenando, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Tomó luego un cáliz y, dadas las gracias, se la dio diciendo: Bebed todos de él, porque esta es mi sangre del nuevo testamento, que es derramada por muchos para perdón de los pecados (San Mateo 26, 26-28).

Estas palabras, tomadas en su sentido natural y literal, son tan claras como las que más en el Evangelio. Por el contrario, si se toman en sentido figurado, son tan difíciles de explicar, que se han dado sobre ellas cientos de explicaciones por los protestantes, encontrando deficiente cada quien la interpretación de los demás. Así Lutero quiere que se interprete “Aquí está mi cuerpo” (junto con el pan). Zwinglio, “esta es la imagen de mi cuerpo y de mi sangre”. Calvino “esta es la virtud de mi cuerpo”.

Tales interpretaciones son todas, además de falsas, forzadas, distorsionando el sentido claro y natural de las palabras; lo mismo que hizo el conciliábulo Vaticano II, jugar con las palabras.

En este Augusto Sacramento se encuentran muchos misterios. Este sacramento ha sido llamado por antonomasia, desde el Concilio de Trento, “Misterio de fe”. Este mismo Concilio nos alerta que: “ha de ser creído con piedad y no escudriñarlo por curiosidad”. Y esto es, precisamente, lo que hizo Montini y sus secuaces, jugando o “manoseando” la forma, y dejando la puerta abierta para cualquier abuso litúrgico con la materia.

El Novus Ordo Missae fue promulgado por la Constitución apostólica Missale romanum del 3 de abril de 1969, destruyendo de esta forma el Sacramento de la Eucaristía o comunión, que está implícito en el Santo Sacrificio de la Misa.

Un verdadero golpe maestro de Satanás, porque, si se había destruido el Sacramento del Orden un año antes, ¿qué hacer con los sacerdotes válidamente ordenados con el rito tradicional? Darles un nuevo misal, que los llevará, sin ninguna duda a la NO CONFECCIÓN DEL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA.

Y así, a la muerte del último Sacerdote ordenado válidamente, no habrá ya ni Sacramento del Orden, ni Sacramento de la Eucaristía, es decir tendríamos FALSOS CRISTOS Y UNA MISA INVÁLIDA, aunque fuese celebrada de manera extraordinaria.

Bastaría con leer la carta que acompaña al Breve Examen Crítico, dirigida a Pablo VI de los Cardenales Ottaviani y Bacci, para darse cuenta de la importancia de lo que estaba en juego, la invalidez del Nuevo Rito.

Santidad.

Después de haber examinado y hecho examinar el nuevo Ordo Missae preparado por los expertos de la Comisión para la aplicación de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia, y después de haber reflexionado y rezado durante largo tiempo, sentimos la obligación ante Dios y ante Vuestra Santidad de expresar las siguientes consideraciones:

1ª) Como suficientemente prueba el examen crítico anexo, por muy breve que sea, obra de un grupo selecto de teólogos, liturgistas y pastores de almas, el nuevo Ordo Missae –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio.

2ª) Las razones pastorales atribuidas para justificar una ruptura tan grave, aunque pudieran tener valor ante las razones doctrinales, no parecen suficientes. En el nuevo Ordo Missae aparecen tantas novedades y, a su vez, tantas cosas eternas se ven relegadas a un lugar inferior o distinto –si es que siguen ocupando alguno– que podría reforzarse o cambiarse en certeza la duda que por desgracia se insinúa en muchos ámbitos según el cual las verdades que siempre ha creído el pueblo cristiano podrían cambiar o silenciarse sin que esto suponga infidelidad al depósito sagrado de la doctrina, al cual está vinculado para siempre la fe católica.

Las recientes reformas han demostrado suficientemente que los nuevos cambios en la liturgia no podrán realizarse sin desembocar en un completo desconcierto de los fieles, que ya manifiestan que les resultan insoportables y que disminuyen incontestablemente su fe. En la mejor parte del clero esto se manifiesta por una crisis de conciencia torturante, de la que tenemos testimonios innumerables y diarios.

3ª) Estamos seguros de que estas consideraciones, directamente inspiradas en lo que escuchamos por la voz vibrante de los pastores y del rebaño, deberán encontrar un eco en el corazón paterno de Vuestra Santidad, siempre tan profundamente preocupado por las necesidades espirituales de los hijos de la Iglesia.

Los súbditos, para cuyo bien se hace la ley, siempre tienen derecho y, más que derecho, deber –en el caso en que la ley se revele nociva– de pedir con filial confianza su abrogación al legislador. Por ese motivo suplicamos instantemente a Vuestra Santidad que no permita –en un momento en que la pureza de la fe y la unidad de la Iglesia sufren tan crueles laceraciones y peligros cada vez mayores, que encuentran cada día un eco afligido en las palabras del Padre común– que no se nos suprima la posibilidad de seguir recurriendo al íntegro y fecundo Misal romano de San Pío V, tan alabado por Vuestra Santidad y tan profundamente venerado y amado por el mundo católico entero.

INVALIDEZ DEL RITO

Por último, un extracto de la consideración teológica del Padre Méramo sobre la nueva misa:

La invocada validez de la nueva Misa no tiene nada que ver con el rito en sí mismo de la nueva Misa.

Si una Misa nueva llega a ser válida no es en virtud del rito nuevo, no es en virtud de las palabras consagratorias de la nueva Misa (que fueron modificadas), sino en virtud de la suplencia de la intención del ministro, por la eficacia subjetiva de la intención del ministro, pero no por la del Novus Ordo.

Esto, en entera conformidad con el Breve Examen Crítico de los Cardenales Ottaviani y Bacci. Recordemos la nota 15 del Breve Examen que dice así: «Las palabras de la Consagración, por el modo como se insertan en el contexto del Novus Ordo, pueden ser válidas por la eficacia subjetiva de la intención del ministro. Pero pueden no ser válidas, en cuanto que ya no son tales por la fuerza misma de las palabras, o más exactamente, por la virtud objetiva del modo de significar que tenían hasta ahora en la Misa» (p. 61).

La validez de una Misa dicha según el Novus Ordo Missae, está por encima del rito nuevo de la Misa (praeter novum ordinem Missae). Esto es lo que hay que dejar teológica y doctrinalmente bien claro.

De tal modo que si un sacerdote adicto a la nueva Misa dice (aun de buena fe): “Pero no me va a decir que mis misas son inválidas”, la respuesta teológica es la siguiente: “Si usted sigue la significación de la nueva Misa que determina una intención narrativa, ciertamente no consagra y todas sus misas son inválidas por este solo hecho. Si en cambio usted tiene la intención de hacer lo que hace la Iglesia (la de siempre), a pesar del nuevo rito, usted consagraría ciertamente si toma la fórmula en latín, pues el nuevo rito en tal caso lo tomaría material pero no formalmente. Si toma la fórmula en lengua vernácula, según la opinión de Santo Tomás a la cual me adhiero, ciertamente no consagra (no por defecto de intención sino de fórmula) pero según otros teólogos consagraría, pues no consideran por muchos (pro multis) como de la esencia de la fórmula, pero sepa que en tal caso su Misa sería en el mejor de los casos dudosamente válida, teniendo en cuenta que en materia de sacramentos hay que ir a lo más seguro. Moralmente no se pueden confeccionar y dar sacramentos dudosamente válidos, pues se exponen a la idolatría o al sacrilegio”.

Aunque hay autores que niegan que la Nueva Misa sea herética, como por ejemplo el P. Dulac que dice: «Pero jamás hemos dicho que la nueva misa sea herética» (Itin sup n: 151 p40), sin embargo la lógica del razonamiento y los motivos que exponen a continuación no pueden evitar que lo sea. Pues si nos limitamos sin ninguna idea preconcebida a seguir lo que exponemos no se ve como se pueda negar o decir que la nueva misa no sea herética.

Veámoslo, el mismo P Dulac dice a continuación: Desgraciadamente podríamos decir, que es peor que esto (herética): La nueva Misa es equívoca, es flexible según diversos sentidos. Flexible a la voluntad. La voluntad individual que se convierte así en la regla y la medida de las cosas. La herejía formal y clara, obra como una puñalada. El equívoco obra como un veneno lento. La herejía ataca un artículo preciso del dogma. El equívoco, dejando el hábito mismo de la fe, hiere así todos los dogmas. No se deviene formalmente herético sino queriéndolo. El equívoco puede destruir la fe de un hombre sin saberlo. La herejía afirma lo que niega el dogma, o niega eso que afirma. El equívoco destruye la fe radicalmente absteniéndose de afirmar o de negar: haciendo de la certeza revelada una opinión libre.» (Ib. p. 40,41).

Si esto último que hemos subrayado es verdad, no se ve cómo puede decirse que el equívoco no sea herejía en las cosas que son de fe. Baste la siguiente reflexión para que salte el absurdo de no querer identificar, bajo ningún concepto equívoco y herejía: Si se afirma que el equívoco actúa como un veneno lento, que destruye la fe radicalmente (o en su raíz) y que hace de la certeza de lo revelado una opinión libre. ¿Cómo se puede decir que no hay herejía? No se puede hacer de la certeza de la revelación una opinión libre, sin caer en la herejía, esto es evidente. Luego el equívoco de la nueva Misa es un veneno lento pero que mata tan certeramente como la puñalada, el efecto es el mismo: la muerte, poco importa si es rápido o lento el proceso, la cuestión es de causa a efecto, tal cosa produce tal otra.

No vamos a decir que por ser lento el proceso de la gestación (9 meses) tal acto no produjo tal efecto. Si el equívoco de la misa destruye la raíz de la fe, absteniéndose de afirmar o de negar, haciendo de la certeza de la revelación una opinión, ¿cómo no va haber herejía? si es archisabido que la duda en las cosas de fe (definidas) es herejía; ¿Cómo se puede relativizar en una opinión la certeza de lo revelado? sin ser hereje. O se cae en el absurdo y la contradicción o se acepta que el equívoco objetivamente considerado en cosas de fe, es herético.

«Si si, No no; dijo Nuestro Señor lo demás viene del maligno, es decir en cosas de fe, si si, no no; lo demás es herético. Lo demás es herético, no le demos vuelta a la cuestión. La fe no admite la duda ni el equívoco. El que no la tenga clara debe pedir la fe a Dios. Un rito equívoco en lo esencial de la Santa Misa, elaborado expresamente como tal, no puede no ser herético. Admitir el equívoco en cosas de la fe, es herejía, al pan, pan y al vino vino, si si, no no; todo lo demás viene del maligno (Mt. 5,37) sobre todo cuando se trata de la fe.

La Iglesia excluye todo equívoco en sus ritos, máxime en la parte esencial cuando enseña y dice contra las «ordenaciones» anglicanas de modo infalible, refiriéndose a la forma: «… en manera alguna significan definitivamente el orden del sacerdocio o su gracia o potestad…» y como los anglicanos después de muchos años quisieron corregir este defecto de significación por ellos advertido, la Iglesia señaló que «esa misma añadidura, si acaso hubiera podido dar a la forma su legítima significación, fue introducida demasiado tarde» (D. 1964)

El equívoco de la Nueva Misa hace que falle la significación (que debe ser determinada, luego inequívoca) necesaria a todo sacramento por definición, pues debe significar lo que produce ex opere operato, para qué sirve la filosofía, para distinguir entre sustancia, naturaleza y accidentes por lo menos, pero hoy la multiplicación del cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo en el sacramento ha sido impedida por la ADULTERACIÓN LITÚRGICA, porque son necesarias todas las palabras de la consagración del vino en la sangre porque tiene que estar significada en la transubstanciación sacrificial la oblación, la muerte, expresada en el derramamiento de la sangre y por eso se necesitan todas las palabras y no solamente las primeras, entonces no son suficientes las palabras de la transubstanciación, porque donde están la oblación, la inmolación el sacrificio, por eso son necesarias todas las palabras que tienen que estar en las dos, pero basta con una, pero más conviene como dice Santo Tomás en la del vino, porque en la sangre está más reflejado el sacrificio, entonces la significación debe estar en una de las dos y mejor que este en la consagración del vino, y con una basta pero tiene que estar significado, y esa significación falta, y por esto la misa nueva es invalida, porque la significación sacramental es con palabras y no solamente con cosas, doble consagración, porque las cosas están formalizadas por las palabras, y de qué, de la consagración, de la doble consagración entonces necesito cosas y palabras que me determinan lo que son las cosas, pero si no se entiende esa mínima explicación teológica sacramental, no se van a tener las cosas claras, y así se llega a la destrucción de la Iglesia, y lo que se construye es una falsa iglesia que es la del Anticristo.

EL ACEITE

Los consumidores habituales de aceite de oliva normalmente lo aprecian por sus propiedades culinarias, como lo atestiguan la multitud de recetas de la dieta mediterránea que lo incluyen. También existe, aunque en menor medida, quien lo busca por sus usos medicinales. Pero no hay que olvidar que el zumo de aceitunas fue usado primeramente con propósitos religiosos.

Si bien es cierto que muchas religiones, principalmente del mediterráneo, lo han utilizado, es en el cristianismo en el cual logró mayor relevancia. En la Biblia se puede ver reflejada su mención alrededor de 140 veces, mientras que del olivo se hace referencia unas 100 veces.

El uso del aceite de oliva en rituales religiosos, proviene de prácticas paganas que anteceden al cristianismo. Los sacerdotes egipcios ungían con este a las estatuas de los dioses para purificarlas y asearlas. En la religión griega y romana usaban este aceite como ofrenda y sacrificio para los dioses.

Otro hecho curioso es que el término “aceite” tiene el mismo significado de la palabra óleo, que proviene de la palabra latina “oleum”, de modo que el aceite de oliva sólo se empleaba en la pintura para diluir los pigmentos y pintar óleos, y hasta el día de hoy en los sacramentos de la Iglesia Católica en su forma tradicional y no moderna.

Por ello mencionaremos la trascendencia del aceite de oliva en el cristianismo, haciendo referencia a la utilización de este producto en los tiempos antiguos y en los actuales.

Las raíces del cristianismo se encuentran explicadas en el Antiguo Testamento de la Biblia, y en numerosos pasajes se expone al olivo. Claro que en el Nuevo Testamento también se le menciona, pero su relación con Dios se evidencia mejor allí. El árbol de olivo es considerado un símbolo de paz y reconciliación entre Dios y los hombres; esto se explica con la presencia de la paloma que lleva una ramita de olivo a Noé en el arca, como prueba de la culminación del Diluvio Universal.

En el caso de Nuestro Señor Jesucristo, en el momento que entra en Jerusalén, el pueblo judío le recibe con ramas de olivo. Se trata de una tradición que continúa llevándose a cabo actualmente, siendo recordada cada Domingo de Ramos.

No podíamos olvidar el momento de la Pasión y muerte de Jesús, que se relaciona con el hecho de que éste es apresado mientras se encontraba orando en el Huerto de los Olivos, llamado también Gethsemani, que del hebreo se traduce como “prensa de aceite”. De acuerdo a la tradición cristiana este huerto es el lugar del comienzo de la redención, pues en ese momento Jesús empieza a derramar su sangre y acepta el sacrificio que debe realizar. Es de esta manera que Jesús acepta su pasión y toma ese camino de obediencia.

En numerosas citas bíblicas hay evidencia de que el aceite de oliva es uno los símbolos más importantes dentro del cristianismo, conjuntamente con el agua, el vino y el pan. Sin embargo, una de las primeras veces en que se menciona al zumo de aceitunas es en el libro de Éxodo. La mención tiene que ver con la preparación del aceite de la unción santa, en la que se tenían que utilizar otros ingredientes además del aceite de oliva, siendo algunos de ellos la canela, la mirra y la acacia. Con ese aceite se ungieron los primeros sacerdotes durante el peregrinaje del desierto.

Dios, a través de la ley muestra a Moisés que ese aceite se derramaría por todas las generaciones, bajo ciertas especificaciones. Este aceite dotaría de autoridad, responsabilidad y gloria a los sacerdotes. Estos honores se otorgarían luego a jueces y reyes confirmándoles el poder y la fuerza de Dios.

La tradición de ungir a los monarcas fue retomada en la edad media por los reyes francos, llamando a la ceremonia “consagración”. En ese entonces el aceite de oliva se almacenaba en una “ampolla sagrada”, que fue traída por un ángel durante el bautizo del rey Clodoveo. Bautismo que quedó marcado por el aceite milagroso que vino del Cielo.

Igualmente, este aceite simboliza la sanación de las enfermedades, y es por esta razón que se implementaba como elemento de curación durante las ceremonias celebradas dentro de las catacumbas cristianas.

EL ACEITE DE OLIVA Y LA IGLESIA CATÓLICA

La Misa Crismal

Durante esta Misa el Obispo bendice el Óleo de los Catecúmenos, el Óleo de los Enfermos y también consagra el Santo Crisma, mezclando aceite de oliva y bálsamo, emulando el aceite que aparece en el libro de Éxodo. En total hay cuatro bendiciones:

Primera bendición: Óleo de los Enfermos.

Segunda bendición: El Bálsamo.

Tercera bendición: El Santo Crisma.

Cuarta bendición: Óleo de los Catecúmenos.

Por lo demás, al zumo de aceitunas se le considera en la liturgia Católica para un uso Sagrado, y nadie se imaginaba antes del Conciliábulo VII que se utilizarían otros aceites diferentes al de oliva para la confección de los “sacramentos”.

Nadie quisiera estar en los zapatos de los innovadores conciliares que manosearon los Sacramentos, cuando oigan la voz del Ángel del Apocalipsis: EN CUANTO AL ACEITE Y AL VINO, NO LOS TOQUES (Apoc. VI, 6).