Padre Juan Carlos Ceriani: TERCER DOMINGO DE CUARESMA

 

 

EL PROCESO CIVIL

Como venimos haciendo, dedicamos los sermones de los Tiempos litúrgicos de Cuaresma y Pasión a una serie de Conferencias Cuaresmales, cuyo temario es el siguiente:

Primer Domingo de Cuaresma = La agonía y la oración en Getsemaní.

Segundo Domingo de Cuaresma = El proceso religioso contra Nuestro Señor.

Tercer Domingo de Cuaresma = El proceso civil contra Nuestro Señor.

Cuarto Domingo de Cuaresma = La Vía Dolorosa hasta el Calvario.

Domingo de Pasión = La crucifixión y muerte de Nuestro Señor.

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Era necesario que el Hijo de Dios muriera; pero no como un criminal castigado por la justicia de su país, sino como inocente que da su vida por los culpables.

Y para que esta verdad se impusiese a todos los hombres y en todos los siglos, Dios estableció que la autoridad competente y suprema diese, solemnemente y en pleno tribunal, un atestado de inocencia del procesado, al mismo tiempo que pronunciase contra él un veredicto de muerte.

Esto parece imposible, es verdad; pero nada hay imposible para Dios.

La autoridad suprema en Jerusalén no pertenecía ya al Sanedrín, sino al gobernador romano. Veintitrés años hacía que la Judea, reducida a provincia del gran imperio, había perdido hasta aquella sombra de soberanía de que gozaba en tiempo de Herodes. Correspondiendo al gobernador administrar el país a nombre del César, aquél se reservaba el derecho de espada, es decir, toda sentencia capital.

El gran Consejo de la nación podía excomulgar, aprisionar, flagelar, pero en ningún caso quitar la vida; éste era derecho exclusivo del soberano.

Sin embargo, para aquellos doctores de Israel, la profecía de Jacob: El cetro no saldrá de Judá hasta que venga Aquel que deba ser enviado, era letra muerta. El cetro había pasado ya de las manos de Judá a las del emperador; luego el Mesías había llegado. Pero, en lugar de reconocerle, irán a mendigar contra Él una sentencia de muerte ante aquel mismo hombre que, merced a la usurpación, tiene empuñado el cetro de Judá.

Poncio Pilato gobernaba la Judea hacía ya cinco años, tiempo suficiente para hacerse detestar de todos sus habitantes. Soberbio y ambicioso, altivo hasta la insolencia con su título de Romano, despreciaba a los judíos, su religión, sus instituciones y les hacía sentir este desprecio en todas ocasiones. Sus exigencias y violencias le habían hecho tan odioso, que los príncipes del pueblo multiplicaban de día en día sus gestiones cerca del emperador para obtener su remoción.

Él lo sabía y su odio a los judíos se hacía cada vez más profundo; pero el temor de su destitución le obligaba, a guardar ciertos miramientos. Aunque residía en Cesárea a orillas del mar, se trasladaba todos los años a Jerusalén con ocasión de las fiestas pascuales. Allí habitaba en la magnífica e inexpugnable fortaleza Antonia, que los romanos habían levantado cerca del Templo para dominar la ciudad y estar protegidos contra toda tentativa de insurrección.

Ante Poncio Pilato, el orgulloso representante de la Roma imperial, era donde debía terminarse el proceso iniciado por el Sanedrín. El poder religioso entrega a Jesús al brazo secular; figura y preludio del Falso Profeta sirviendo a la Bestia del Mar…

Jesús fue condenado por un tribunal romano a fin de que se cumpliese una de sus profecías. Había anunciado a sus Apóstoles que sería crucificado. Los romanos crucificaban a sus condenados a muerte, mientras que los judíos reprobaban este género de suplicio. Ejecutado por el Sanedrín, Jesús no habría sido crucificado, sino apedreado.

En consecuencia, Jesús fue conducido desde el palacio de Caifás al del gobernador que distaba cerca de mil trescientos pasos. Agobiado de fatiga después de aquella horrorosa noche, arrastrado con cuerdas por los guardias, escoltado siempre por los príncipes de los sacerdotes, por los soldados y en medio de un populacho desenfrenado que vociferaba en contra suya, Jesús descendió de las alturas de Sión a la parte baja de la ciudad; y, volviendo luego a subir por la avenida que se extendía por el costado occidental del Templo, llegó al palacio del gobernador.

Eran cerca de las siete.

La multitud permanecía estacionada en las afueras del palacio para no mancharse traspasando los umbrales de una morada pagana, lo que les habría impedido celebrar la Pascua. Los jefes rogaron, pues, al gobernador que tuviera a bien presentarse en la azotea exterior del palacio para escuchar su demanda.

Pilato conocía perfectamente la disposición de los judíos respecto a Jesús, porque desde hacía tres años, en toda la Jadea, en la Galilea y hasta en las naciones extranjeras, no se hablaba sino del Profeta de Nazaret. Su misma esposa, Prócula, iniciada en la doctrina de Jesús, le miraba como a un enviado de Dios. Pilato se propuso arrancar este inocente a la odiosa venganza de aquellos fariseos hipócritas que él detestaba con todo su corazón. Dirigiéndose, pues, a los jefes del Sanedrín y señalando a Jesús con un ademán, les preguntó: ¿Qué acusación traéis contra este hombre?

Esta interrogación, tan natural en boca de un juez, cayó mal a los judíos. Aguardaban que Pilato les sentenciara a Jesús sin forma alguna de proceso; por eso le respondieron bruscamente: Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiésemos entregado.

Evidentemente, según ellos, revisar un fallo del Sanedrín, no ratificar sin examen una sentencia pronunciada por él, era hacerle una injuria manifiesta.

A semejante arrogancia, Pilato respondió con una ironía, que debió herirles profundamente: Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley.

Bien lo sabes, vociferaron encolerizados, que, si bien podemos condenar a muerte, no nos es lícito matar a nadie; y ahora se trata de un criminal que merece la pena capital.

Está bien, observó el gobernador, mas de nuevo os pregunto: ¿Qué acusación formuláis contra este hombre? Estaba manifiesto que Pilato no ratificaría lisa y llanamente la sentencia del gran Consejo; antes de pronunciarse sobre ella, procedería a examinarla. Era, pues, absolutamente necesario entablar un acto formal de acusación.

Ahora bien, los príncipes de los sacerdotes sabían perfectamente que una acusación de blasfemia no haría más que provocar la hilaridad del pagano Pilato, aquel filósofo escéptico, que no tomaba la religión en sus labios sino para hacerla el blanco de sus burlas.

A fin, pues, de impresionar al gobernador, transformaron a Jesús en agitador político. Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado pervirtiendo a nuestra nación, y vedando dar tributo al César, y diciendo que él es el Cristo Rey, que debe librar a la nación judía del yugo extranjero.

Ni el mismo Satanás habría podido imaginar calumnia más descarada. ¡Imputar a Jesús el crimen de insubordinación! A Jesús, que predicaba al pueblo un reino puramente espiritual; que había rehusado la corona que se le ofreciera; que sólo tres días antes de entregarse a los judíos, había enseñado en el Templo el deber de pagar tributo al César… A Jesús, a quien, desde tres años hacía se negaban los fariseos a reconocer por el Mesías, a pesar de los signos más auténticos, sólo porque no lisonjeaba su pasión política, porque no veían en Él al Mesías de sus ensueños, al revolucionario, al conquistador que debía libertarlos de la tiranía de Roma… Imputar a Jesús el crimen de una rebelión que siempre se había negado a cometer, y que ellos sí acariciaban en el fondo de su alma… Esto fue el colmo de su perfidia.

¡Cuán profundamente los conocía Jesús cuando les dijo: Sois hijos del padre de la mentira, de aquel que es homicida desde el principio!

Pilato no tomó a lo serio las groseras calumnias del Sanedrín. Sabía mejor que nadie cuál era la secta que tramaba las revoluciones y se alzaba contra el pago del tributo. Pilato ya ve la envidia; pero le preocupa un poco el último argumento, de que quería hacerse rey. Dejando, pues, a los judíos vociferar a su antojo, se retiró a la sala del pretorio y ordenó a los guardias traerle al acusado.

Jesús subió por la gran escalera de mármol que conducía a aquella sala. Esta escalera, de veintiocho gradas de altura, que Jesús regó con su sangre después de la flagelación, fue trasladada a Roma por orden de Santa Helena, madre del Emperador Constantino. Es la Scala sancta, que se encuentra cerca de San Juan de Letrán. Los fieles suben por ella sólo de rodillas. El único que se negó a hacerlo fue Lutero.

Jesús se encontró solo con el gobernador, quien, sin tomar en cuenta los cargos inverosímiles y ridículos que se hacían pesar sobre Él, le preguntó qué significaba el título de Rey que, según los judíos, Él se arrogaba: ¿Eres tú el rey de los judíos?

Le respondió: ¿Dices esto por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? Como si dijera: ¿Me haces esta pregunta espontáneamente, para saber realmente quién soy yo, o te la han sugerido mis acusadores?

¿Soy yo acaso judío?, replicó Pilato con desdén. Tu nación y los pontífices te han puesto en mis manos. ¿Qué has hecho?

¿Qué tengo yo que ver con vuestras querellas religiosas? Los pontífices y el pueblo te han traído a mi tribunal como usurpador de la dignidad real, y yo te pregunto por qué tomas el título de rey.

Jesús se apresura a deslindar bien los dominios espirituales de los temporales. Pilato puede estar tranquilo, ya que no se trata de un contrincante del César; por eso le respondió: Mi reino no es de este mundo. Si de este mundo fuera mi reino, mis ministros sin duda pelearían para que yo no fuese entregado a los judíos; más mi reino no es de aquí.

Pilato no, comprendió bien de qué reino hablaba Jesús, pero sabía ya lo bastante para convencerse de que el imperio nada tenía que temer de su interlocutor. ¿Qué podía contra el César y sus legiones el rey misterioso de otro mundo? Creyéndole, pues, un soñador inofensivo, que tomaba sus quimeras por realidades, le preguntó como para lisonjear su fantasía: Luego, ¿tú eres rey?

Pero Jesús le respondió con majestad: Tú lo dices, yo soy rey. Yo para esto he nacido y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la Verdad; todo aquel que es de la Verdad, escucha mi voz.

He nacido para reinar, y he venido al mundo para hacer reinar conmigo la verdad. Todo hombre que vive de la verdad oye mi voz y se hace mi súbdito.

¡La verdad!, exclamó Pilato sonriendo… ¿Qué cosa es la verdad?

El romano había oído hablar de opiniones filosóficas y religiosas más o menos acreditadas, de intereses materiales, que importaba tener en cuenta más aún que aquellas opiniones; pero la verdad, ¿quién la conoce?, ¿existe realmente la verdad? Evidentemente, tenía delante de sí a un visionario, a un hombre sencillo, que profesaba doctrinas opuestas a las de los fariseos; pero ¿qué le importaban a él las controversias judaicas?

Pilato no está preparado para entender esas cosas sublimes; por eso se volvió de nuevo a los príncipes de los sacerdotes, sin esperar la respuesta. Él había preguntado a Jesús: Quid est veritas ? Si hubiese permanecido frente a Jesús, habría escuchado la declaración, formada con las mismas catorce letras de la pregunta: Est vir qui adest = es el hombre que está aquí.

Se volvió, pues, a los judíos y les dijo, mostrándoles a Jesús: Yo no hallo en él delito alguno, y por consiguiente no puedo condenarlo.

Apenas, hubo proferido estas palabras, cuando estalló en la asamblea un espantoso tumulto. Los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo acumularon contra Jesús las acusaciones más monstruosas, a las cuales Él sólo respondía con el silencio. Pilato habría debido tratar con rigor a aquellos viles calumniadores, pero los vio en un estado tal de exaltación, que les tuvo miedo.

Ya ves, dijo a Jesús, cuántas acusaciones se levantan contra ti, ¿por qué no respondes? Pero Jesús, sereno e impasible, no desplegó sus labios para defenderse, lo que desconcertó por completo al gobernador.

Viendo su turbación, los judíos insistieron en el lado político de la cuestión. Según ellos, Jesús era un sedicioso que fomentaba por todas partes turbulencias e insurrecciones. Clamaron: Ha sublevado todo el país, desde la Galilea, en donde inició su predicación, hasta Jerusalén.

Pilato, al oír Galilea, interrumpió a los judíos, viendo en ello una puerta de escape para verse libre de un asunto que ya comenzaba a inquietarle; preguntó si era galileo; y cuando entendió que era de la jurisdicción de Herodes, lo remitió al rey de Galilea, el cual en aquellos días se hallaba en Jerusalén.

Viendo complicado y peligroso el asunto, remitió el reo a Herodes: Llevadle vuestro prisionero para que él le juzgue, ya que le corresponde de derecho. Esto diciendo, volvió la espalda a los sanedristas, fariseos y al populacho que veían con esto frustradas sus esperanzas, y se retiró a su palacio, contento por haber encontrado tan oportuno expediente para salir del apuro.

Ciertamente, había sacrificado la inocencia y traicionado la verdad; pero ¿no estaba su interés de por medio?; y, por otra parte, ¿qué cosa es la verdad?

Hacia las ocho de la mañana, un heraldo de Pilato llegaba a la casa de Herodes anunciándole que su señor, por deferencia para con el tetrarca de Galilea, le enviaba un hombre llamado Jesús de Nazaret acusado de diferentes crímenes. Sin duda, él habría podido juzgar a este galileo aprehendido en territorio judío, pero prefería poner esta causa en manos de la autoridad de que Jesús dependía inmediatamente por razón de su origen y domicilio.

Herodes se encontró tanto más lisonjeado con esta muestra de benevolencia, cuanto menos lo esperaba, pues desde algunos años estaba en completa desavenencia con el gobernador de Judea. Además, esta inesperada ocurrencia le procuraba la ocasión, largo tiempo deseada, de ver al profeta de Nazaret.

El rey disoluto, el marido incestuoso de Herodías, el asesino de Juan Bautista, el hijo del asesino de los Santos Inocentes, se alegra de poder conferenciar con aquel sabio tan renombrado, con aquel poderoso taumaturgo aclamado por los pueblos desde hacía tres años.

Jesús, siempre cargado de cadenas, fue conducido allí por los jefes del Sanedrín en medio de la vocería de un populacho furioso. Le aguardaba Herodes sentado sobre su trono, rodeado de cortesanos que se prometían, así como su señor, un espectáculo por demás interesante.

Para hombres licenciosos, todo se convierte en espectáculo; todo, hasta el sufrimiento, hasta el martirio y agonía del justo.

Pero esta vez, quedaron sus esperanzas frustradas. Durante toda esta entrevista, a pesar de las injurias y atroces calumnias de los judíos, Jesús permaneció con los ojos bajos y en el más absoluto mutismo.

Herodes, que presumía de docto y sabio, le interrogó largamente sobre las doctrinas controvertidas entre él y los fariseos, respecto de sus milagros, y lo tocante a sus proyectos y su reino.

De pie, delante de él, el Salvador le escuchó sin dar la menor muestra de emoción, sin pronunciar siquiera una palabra. Herodes y los suyos se miraban con asombro, confundidos y despechados.

Creyendo llegado el momento de arrancar al rey una sentencia de muerte, los príncipes de los sacerdotes le hicieron saber que aquel sedicioso se atrevía a llamarse el Cristo y el Hijo de Dios. Esperaban que el tetrarca de Galilea, el amigo de los romanos, salvaría la religión y la patria inmolando al blasfemo.

Herodes invitó a Jesús a disculparse, pero no obtuvo ni una palabra, ni un ademán, ni una mirada, como si el acusado hubiera sido sordo y mudo.

Jesús se dignó hablar a Judas, a Caifás, a Pilato, aún al criado que tuvo la osadía de darle una bofetada; pero no habló a Herodes, porque este había ahogado las dos grandes voces de Dios: la voz de Juan Bautista y la voz de la conciencia.

El Hijo de Dios enmudece ante el hombre que por sus crímenes y vicios desciende al nivel del bruto. Cristo se encierra en un impenetrable silencio. Las verdades religiosas no son para pasar un buen rato con ellas, sino para vivir mejor. Dios suele hacerse el mudo con aquellos que en la oración, las predicaciones, las lecturas, los retiros, buscan solamente curiosidades y divertimientos.

El tetrarca tomó entonces una determinación en perfecta armonía con sus instintos. Enrojecidas todavía sus manos con la sangre de Juan Bautista, no se atrevía a mancharlas de nuevo con la sangre de otro mártir; prefirió divertirse a expensas de Jesús. Después de todo, se dijo, este mudo obstinado no pasa de ser un insensato inofensivo, útil para costearnos la diversión durante algunos instantes; en seguida volvemos a enviarle a Pilato para que haga de él lo que quiera.

Semejantes ideas, dignas de tal amo, hicieron sonreír a la alegre corte que le rodeaba. Trajeron una vestidura blanca con la cual cubrieron al Salvador en medio del aplauso de los asistentes.

Esta vestidura, distintivo de los grandes, de los reyes y de las estatuas de los dioses, era también la librea de los fatuos.

Este Jesús que se decía el Mesías y el Hijo de Dios ¿no era acaso a los ojos de aquellos sabios el mayor de los necios, digno por ello del traje de ignominia?

A fin de hacerle sentir todo su desprecio, Herodes lo entregó como un juguete en manos de sus criados y soldadesca; y cuando se hubieron divertido a su antojo con sus juegos cínicos y burlas sacrílegas, lo devolvió a Pilato con los mismos que se lo habían traído.

De esta manera obrarán los Herodes de todos los siglos; no pudiendo elevarse desde el fondo de fango en que yacen sumergidos hasta la inteligencia de las cosas divinas, las despreciarán.

A tantas injurias recibidas, sólo le faltaba añadir ésta, de tratarle como a un loco. ¡La Sabiduría del Padre tratada como un demente!

Y aquel día se hicieron amigos Herodes y Pilato; porque antes estaban enemistados entre sí. También de este modo procederán siempre los mediocres y libertinos: estrecharán vínculos desaprobando la verdad, el bien, lo justo, la belleza, lo noble, lo grande…

Hacia las nueve, los jefes del Sanedrín, seguidos de una multitud cada vez más turbulenta, aparecieron de nuevo ante el palacio de Pilato pidiendo a grandes voces la muerte de Jesús.

Un hombre de conciencia habría declarado solemnemente la inocencia del acusado, y en caso necesario, dispersado por la fuerza a aquellos sanedristas y demás energúmenos azuzados por ellos; pero dominado siempre por el temor de comprometerse, Pilato retrocedió ante el deber y se puso a contemporizar con los agitadores, lo que les hizo todavía más audaces.

El preámbulo de su discurso revelaba, no obstante, cierta energía: Me habéis presentado este hombre como alborotador del pueblo; y ved que interrogándole delante de vosotros no hallé en él delito alguno de aquellos que le acusáis. Ni Herodes tampoco; porque os remití a él, y he aquí que nada se le ha probado que merezca la muerte.

Iba a continuar, cuando los revoltosos, presintiendo una sentencia absolutoria, prorrumpieron en gritos y amenazas de un furor diabólico.

De tal manera se amedrentó Pilato que, después de haber declarado la perfecta inocencia de Jesús, terminó su alocución de un modo singular y del todo inesperado: No mereciendo este hombre la pena de muerte, lo haré flagelar y en seguida lo dejaré en libertad.

Esta cobarde concesión trajo consigo las protestas más violentas.

Si Jesús era inocente, ¿por qué azotarlo? Y si era culpable, ¿por qué tratarlo con miramientos?

De todos los ámbitos de la plaza se dejaron oír aullidos feroces: ¡La muerte! ¡La muerte! ¡Queremos que muera!

A la vista de aquella horda de furiosos, Pilato iba tal vez a ceder, cuando un incidente misterioso le hizo recobrar algún valor. Un mensajero enviado por su esposa le entregó una nota. Prócula le decía: No te mezcles en este asunto, ni te hagas culpable de la sangre de este justo. Por su causa, anoche he sufrido horriblemente durante el sueño.

Pilato era incrédulo, pero, como buen pagano, también supersticioso; creyó, pues, ver en este sueño un supremo aviso del cielo, en lo que por cierto no se engañaba, y resolvió hacer la última tentativa para salvar a Jesús.

Era costumbre antigua entre los judíos dar libertad a un preso con ocasión de las fiestas pascuales. El gozo del desgraciado libre de su prisión, les recordaba la alegría de sus padres al salir de la cautividad dé Egipto. Dueños de la Judea, los romanos no creyeron conveniente abolir este uso inmemorial; y cada año el gobernador ponía en libertad a un reo a elección de los judíos. Pilato resolvió aprovechar esta circunstancia para conseguir su objeto.

Había entonces en la cárcel de Jerusalén un malhechor y asesino insigne llamado Barrabás, cuyo solo nombre inspiraba espanto. Jefe de una gavilla de bandidos, que desde largo tiempo se ocultaba en las montañas de Judá, había sido atrapado en una sedición y condenado al suplicio de la cruz.

Pilato tomó el partido de dejar al pueblo la elección entre Jesús y Barrabás. Cinco días antes, este mismo pueblo había llevado a Jesús en triunfo, ¿iría ahora movido por execrable odio, a posponerlo a Barrabás? Pilato se resistía a creerlo.

Levantando pues la voz para poder ser oído por la multitud, recordó que en aquel día era costumbre poner en libertad a un criminal; luego, sin dar tiempo para reflexionar, hizo a los asistentes esta pregunta: ¿A cuál de estos dos queréis que os entregue: al bandido Barrabás o a Jesús vuestro rey?

Al oír el nombre de Barrabás, se produjo un movimiento de estupor y vacilación entre la muchedumbre; pero los jefes del Sanedrín, comprendiendo el peligro, comenzaron a esparcirse entre las masas para atizar las pasiones y persuadir a aquella turba enloquecida que pidiera la libertad de Barrabás.

La sola comparación ya es muy humillante para el Hijo de Dios. Pero más aún cuando ve que los fariseos, temiendo el éxito del hábil recurso de Pilato, se emplean a fondo entre el pueblo, acumulando todos los libelos difamatorios.

Y al fin el pueblo, voluble, superficial, sugestionable por el que más se mueve y grita, solicita la libertad de Barrabás… ¡Cómo se clava en el Corazón de Jesús ese grito del pueblo desagradecido!

Es el pecado de la sociedad moderna, es decir, poner en un mismo pie de igualdad el bien y el mal, la verdad y la falsedad, sometiendo la elección al poder de la soberanía popular, manejada ella por la fuerza de la propaganda.

Lo hemos dicho muchas veces y lo repetimos una vez más: no nos imaginamos a la Madre de Dios pintando las paredes de Jerusalén con letreros por el estilo de: “Viva Jesús, abajo Barrabás”, “Jesús al poder”, “Jesús por el cambio”…; como tampoco convocando al pueblo por otros medios para que vote en favor de Jesús…

Cuando al cabo Pilato reiteró su pregunta, se oyó un clamor unánime y ensordecedor que repetía a sus oídos: ¡Barrabás! ¡Queremos a Barrabás! ¡Danos a Barrabás!

Indignado de semejante cinismo, Pilato exclamó: ¿Qué queréis, pues, que haga de Jesús, rey de los judíos?

¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!, prorrumpió el pueblo enfurecido.

A pesar de aquel horrible clamor, Pilato insistió: ¿Qué mal ha hecho?

Pero la multitud no escucha, sólo sabe clamar cada vez más furiosa: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!

Pilato estaba vencido de nuevo. En vez de dictar una sentencia en nombre de la justicia, temió contrariar las pasiones de un pueblo delirante; y ahora, aquel mismo pueblo, encarnizado sobre su presa, se convierte en amo y manda como dueño y señor… Ya no ve ni oye; es un tigre sediento de sangre…

Pilato vuelve a su idea primitiva: ya que el pueblo quiere sangre, la tendrá, pero con cierta medida; hará flagelar a Jesús para dar a los judíos una satisfacción, y en seguida lo hará poner en libertad.

Les propuso está transacción ya que no era posible aplicar la pena capital y, aunque reclamaban la crucifixión con frenética rabia, ordenó que se procediera a la flagelación.

Pilato quiere hacer un poco de justicia a la inocencia, pero sin enfrentarse con la malicia de los príncipes y el furor de la masa. Es la eterna diplomacia del mundo… Y la solución fue darle un buen castigo al inocente y soltarlo… Y Pilato mandó flagelar a Jesús.

La flagelación era un preámbulo legal de toda pena de muerte. Al condenado se le ataba desnudo a una columna, con las manos arriba de la cabeza; es la mejor manera de inmovilizarlo, ya que no reposa más que sobre la punta de los pies.

El instrumento de la flagelación era el flagrum, instrumento específicamente romano, que se componía de un mango corto que tenía fijas dos o tres correas largas y resistentes, que en su extremidad libre llevaban bolas de plomo o huesos.

Las correas cortaban la piel y los balines producían profundas heridas contusas, de donde se seguía una hemorragia considerable y un debilitamiento de la resistencia vital.

El número de golpes estaba estrictamente limitado a cuarenta por el derecho hebraico. Entre los romanos, la ley no establecía otra limitación que la necesidad de no matar al condenado.

La flagelación era terrible; puestos los azotes en manos vigorosas, experimentadas, crueles e insensibles, pueden imaginarse los efectos desastrosos sobre el cuerpo humano. Las carnes se rasgaban, las heridas se hinchaban y la sangre brotaba a torrentes.

Además, como en esta circunstancia sólo se trataba de excitar la compasión del pueblo, los verdugos recibieron orden de no tener con Jesús conmiseración alguna.

Jesús se deja sujetar a la columna y maltratar por aquellos hombres que han perdido el sentido de la compasión. A los primeros golpes las correas dejan largas manchas lívidas; la piel ya está alterada y dolorida por las pequeñas hemorragias intradérmicas del sudor de sangre. Las bolas de plomo se marcan más. Después la piel infiltrada de sangre se desgarra por los golpes sucesivos. La sangre brota y se desprenden colgajos de piel. Toda la parte posterior no es más que una superficie rojiza.

A cada golpe el cuerpo se estremece en un sobresalto doloroso. Pero Él no abre la boca; y este mutismo redobla la rabia satánica de los verdugos. Cristo resiste el dolor sin defenderse, sin curarse, Él que ha curado a tantos…

La sangre corre desde la espalda hasta el piso, y un charco de sangre divina se forma a sus pies; una sed ardentísima; unos dolores insoportables; llagas hinchadas; temblor de extrema debilidad… El número de azotes es suficiente, aunque no se les haya contado; después de todo no han recibido orden de matarlo a latigazos; lo dejan reponer; al ser desatado cae desplomado sobre su propia sangre.

De esta manera se cumplía la profecía: Ha sido despedazado por nuestras iniquidades.

Las marcas de la flagelación se encuentran en abundancia en la Sábana Santa, repartidas en todo el cuerpo. La mayor parte de ellas se hallan en la parte posterior; sin embargo, existen también numerosas huellas sobre el pecho.

Entonces llevaron al Salvador, casi exánime, al patio del pretorio en donde se hallaba reunida la cohorte de soldados. En este lugar tuvo lugar una escena de irrisión sacrílega más irritante aún que la flagelación. Aún había tiempo para divertirse. Este pretende ser rey, como si no estuviera bajo las águilas romanas…; y rey de los judíos, es el colmo del ridículo. Se ha disgustado con los suyos; nosotros seremos sus vasallos.

Como era preciso cubrir de algún modo aquel cuerpo desgarrado y bañado en sangre, los soldados inventaron vestir como rey de burlas a aquel mismo Jesús a quien se acusaba de aspirar a la dignidad real.

¡Pronto, un manto y un cetro! Le han sentado sobre la base de una columna; una vieja clámide de legionario sobre sus hombros desnudos le confiere la púrpura real; una gruesa caña en su mano derecha y todo queda arreglado… Sólo falta una corona…

En un rincón hay un atado de leña de un arbusto que abunda en los matorrales. Es blando y tiene espinas muy largas, agudas y duras. Se trenza con precaución una especie de fondo de cesto, se lo aplican sobre la cabeza, se bajan los bordes y con una banda de juncos torcidos se le amarra entre la nuca y la frente.

Las espinas penetran en el cuero cabelludo y éste sangra. La cabeza se llena de sangre que escurre en hilillos sobre la frente, empapa los cabellos todos enredados y llega hasta la barba.

La comedia de la adoración ha comenzado. Cada uno, por turno, pasa a doblar la rodilla ante Él con un gesto burlón y horrible, seguido de una cachetada… y una mofa: ¡Salve!, rey de los judíos.

Exasperados por su silencio, le escupen la cara; le arrebatan el cetro y lo descargan sobre el casquete de espinas, que se hunden más…

Como en la columna de la flagelación, Jesús sufría estas humillaciones y torturas sin exhalar una sola queja.

En la Sábana Santa han quedado las marcas. Sobre la frente, en las sienes, en la nuca, en lo más alto de la cabeza hay todo un círculo de heridas. En total se cuentan 32 perforaciones. Además, se ve un hematoma sobre la frente; una gran contusión sobre el pómulo derecho, tan tumefacto que el párpado se ha hinchado; los cartílagos de la nariz destrozados y separados del hueso; la boca tumefacta y el labio hinchado, así como la mejilla.

Después de esta innoble y cruel parodia, los soldados condujeron de nuevo a Jesús a la presencia de Pilato. Éste, movido a compasión, creyó que la vista de aquel espectro cubierto de sangre excitaría por fin la conmiseración del pueblo. Para mayor humillación, Pilato presenta al reo destrozado a la vista del pueblo, pensando que les inspirará compasión; y que no habrá de exigir su muerte.

Desde lo alto de una galería exterior; se dirigió una vez más a aquella multitud exasperada ya por la tardanza: Os traigo de nuevo al acusado y vuelvo a declararos que lo juzgo inocente; pero, aunque fuera culpable, vais a ver en el estado en que se encuentra y os daréis por satisfechos.

Y Jesús, conducido por los soldados, apareció al lado de Pilato con el rostro bañado en sangre, la corona de espinas sobre la cabeza y el jirón de púrpura sobre sus hombros.

Extendiendo el brazo, Pilato lo mostró al pueblo exclamando con voz poderosa: Ecce homo !

¡He aquí al hombre! El infortunado juez imploraba la compasión de los judíos.

La voz de los jefes respondió: ¡Crucifícalo! Y un grito rabioso de endemoniados repitió con furor: ¡Quita, quita, crucifícale! La vista de la sangre irritaba a aquellos monstruos en vez de calmarlos.

Se indignó el corazón del romano ante semejante infamia; y arrojando una mirada de desprecio sobre aquella turba dominada por el odio, le dijo: Tomadle allá vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo en él delito.

Pilato eliminaba, pues, resueltamente el cargo de sedición con que los judíos habían contado para doblegarlo. Viéndose descubiertos, se aferraron nuevamente al pretendido crimen de blasfemia que le imputaba el Sanedrín, y vociferaron en tono amenazador: Es culpable, porque ha tenido la osadía de proclamarse Hijo de Dios y, según nuestra legislación, ese crimen merece la muerte.

Pilato al oír estas palabras sintió que se le helaba la sangre, temió aún más. Su mirada se detuvo nuevamente sobre Jesús, siempre tranquilo y paciente en medio de indecibles dolores e ignominias sin número. Le vinieron a la memoria aquellas palabras: Mi reino no es de este mundo, y se preguntó si no tendría delante de sus ojos a uno de esos genios benéficos que los dioses suelen enviar a los hombres para revelarles algún secreto. Los prodigios llevados a cabo por Jesús, el reciente sueño de Prócula, todo parecía confirmar sus temores.

Aterrorizado ante el pensamiento de haber hecho flagelar tal vez a un inmortal, dejó a los judíos y entró de nuevo al pretorio, en donde se hallaba Jesús; para aclarar aquel misterio, le preguntó: ¿De dónde eres tú?

Pilato conocía el origen humano de Jesús; en cuanto a su generación eterna, era demasiado incrédulo para admitirla.

Jesús guardó silencio y esto acabó de desconcertar al gobernador. Se sentía subyugado por el ascendiente de un ser del todo superior a los demás hombres. No pudo, sin embargo, dejar de manifestar que aquel silencio le parecía ofensivo a su dignidad. Y dijo a Jesús: ¿No me respondes? ¿Ignoras que tengo todo poder sobre ti y que de mí depende el hacerte crucificar o ponerte en libertad?

A esta afirmación del derecho de juzgar sin tomar en cuenta la justicia eterna, opuso Jesús el derecho de Dios: Tú no tienes otro poder sobre mí que el que te ha sido dado de lo Alto.

Al mismo tiempo, su ojo divino penetraba hasta el fondo del alma del gobernador para reprocharle la iniquidad de su conducta. Con todo, teniendo en cuenta los esfuerzos que había hecho para arrancarlo a la muerte, agregó: Los que me han puesto en tus manos, son más culpables que tú.

Trastornado e inquieto, salió Pilato completamente decidido a cumplir con su deber, aunque atrajera sobre sí la cólera de los judíos.

Pilato está pasmado de la ceguera increíble de los judíos, de su odio, así como del reo excepcional que tiene ante sí (su valor, su grandeza, su fuerza de voluntad, la finura de su pensamiento). Acaba de tener el último diálogo, y, si bien está un poco molesto, vacila en su decisión. Procura libertarle y dice a la chusma judía: Ved aquí a vuestro rey.

Quita, quita, crucifícale, responde ella.

¿A vuestro rey he de crucificar? Pilato piensa, una vez más, tener el argumento decisivo contra el poder popular…

Pero los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo aguardaban aquel momento crucial para asestarle el último golpe; y prorrumpieron con acento furibundo: No tenemos más rey sino al César… Si lo pones en libertad, no digas más que eres amigo del César, pues quienquiera que se llame rey, conspira evidentemente contra el César.

Al oír el nombre del César, olvidó a Jesús, olvidó los derechos de la justicia, olvidó el sentimiento de su dignidad personal…, lo olvidó todo.

El César era el terrible Tiberio, rodeado de sus delatores; era el monstruo que, por una simple sospecha, enviaba a la muerte a sus amigos y parientes.

Pilato se vio denunciado, destituido, perdido sin remedio…; y, sobreponiendo el interés a la conciencia, se decidió por fin sacrificar a Jesús.

Los judíos dieron en el blanco de la ambición política, y Pilato cedió, dando se sentencia condenatoria.

Otra actitud vil, canallesca, ruin… que se repetirá, una y otra vez, contra los miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo…

He aquí, pues, a este pueblo de Dios, a estos pontífices, escribas y magistrados, a estos judíos, que sin cesar se proclamaban los descendientes de Abraham y de David; helos aquí abdicando su nacionalidad, el reino del Mesías libertador, todas sus glorias del pasado, todas sus esperanzas del porvenir… Aquí están todos de rodillas delante del César reprochando a Pilato no ser bastante adicto al emperador.

Y, ¿por qué todo un pueblo se prosterna con tanta impudencia a los pies de los paganos? ¡Por odio a Cristo, el Hijo de Dios! Para alcanzar de Pilato que le clave en un patíbulo y que derrame las últimas gotas de su sangre.

El odio llevado hasta este extremo, ya no es un sentimiento humano…; como el traidor Judas, los judíos de la Pasión, verdaderos secuaces del infierno, obraban y hablaban como lo hubiera hecho el mismo Satanás.

Al verlos, en su sed de sangre, pisotear tan cínicamente las glorias todas de su nación, Pilato comprende que, resistiéndoles por más tiempo, todo puede temerlo de semejantes energúmenos.

Acosado por los remordimientos, pero más apegado a su puesto que a su deber, quería a lo menos, ya que había resuelto inmolar al inocente, lanzar una solemne protesta contra el decreto que se le exigía. Hizo, pues, traer agua y, lavándose las manos en presencia de la asamblea, exclamó: Soy inocente de la sangre de este justo…; vosotros responderéis de ella…

Un grito formidable salido de millares de pechos y resonó en la ciudad santa: ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!

Este grito subió hasta Dios y decidió la ruina de Jerusalén, el exterminio de todo un pueblo y la destrucción de la nación deicida.

Jesús lloraría al oír ese grito con que su pueblo pide su propia condenación.

Un instante después, un heraldo proclamaba la sentencia dictada por Pilato: Jesús de Nazaret, seductor del pueblo, despreciador del César, falso Mesías, será conducido a través de la ciudad hasta el lugar ordinario de las ejecuciones; y allí, despojado de sus vestiduras, será clavado en una cruz, permaneciendo suspendido en ella hasta su muerte.

Así terminó el más inicuo de todos los procesos.

Los príncipes de los sacerdotes se felicitaron de su triunfo; la multitud ebria de sangre, batió palmas; Pilato, taciturno y sombrío, volvió a su palacio para ocultar allí su vergüenza…

Sólo Jesús, el condenado a muerte, experimentaba, en medio de sus dolores, una alegría inefable: la hora del sacrificio que debía salvar al mundo, aquella hora por la cual tanto había suspirado desde su aparición en la tierra, había por fin llegado.

La chusma de los soldados se divertía con Jesús, mientras se hacían los preparativos para la crucifixión.

Barrabás, para no quedar solo, se entremezcla con el populacho y debe ir detrás de Jesús; pero pronto quedará olvidado y en la soledad de los ruines.

Mientras tanto, contemplemos la dignidad y la paciencia infinitas de Jesús.

Quiere ser Víctima en holocausto perfecto, sin reservarse nada para Sí.

Jesús quiere sufrir; hubiera podido salvarnos sin sufrir…

Jesús esconde su divinidad…; podría destruir a sus enemigos y no lo hace…; deja padecer crudelísimamente a su sacratísima humanidad…

Es por mí que Jesús sufre…, padece todo esto por mis pecados…

Entonces, ¿qué haré yo por Cristo? ¿Qué debo hacer y padecer yo por Él?