REVERENDO PADRE LEONARDO CASTELLANI:121º ANIVERSARIO

16 DE NOVIEMBRE de 1899

HOMENAJE DE RADIO CRISTIANDAD

Un nuevo aniversario del nacimiento del que fue, a no dudar, el mejor pensador argentino. En acción de gracias, elevamos nuestra oración a Dios por el don concedido, y le rogamos premie esta alma sacerdotal con una mayor visión de la Vedad Eterna y la fruición suma del Bien Supremo.

Como homenaje, reproducimos tres de los Comentarios a las Parábolas de Nuestro Señor Jesucristo, que resumen la cuestión de la Sinagoga.

PARÁBOLAS DEL FIN DE LA SINAGOGA

I

¿A qué compararé esta generación? Se parecen a los chicos que están jugando en la plaza, y se gritan unos a otros: Os hemos tocado (con brío) la quena Y no bailasteis Os hemos cantado cantares de pena Y no llorasteis. (Mt., XI, 16)

En esta perícopa de san Mateo (resumida o desparramada en Lucas), verificada después de la “misión” de los Apóstoles, o sea en el segundo año y poco antes de la muerte del Bautista, Cristo hace un retrato desdeñoso de los Saduceos, reprocha a los Fariseos, y maldice a las ciudades infieles e ingratas donde su “buena nueva” no había prendido.

Es la primera vez que Cristo REPRUEBA a su pueblo.

Esto había de ir adelante hasta consumarse el Martes de Pasión en la terrible parábola de la Higuera Maldecida, que veremos luego.

Esto tiene gran importancia. Resuelve una dificultad tremenda en la lectura de las Escrituras.

Dios había hecho a los judíos promesas grandiosas que aparentemente no cumplió: les había prometido ponerlos a la cabeza de todos los pueblos y hace veinte siglos que están dispersos y oprimidos entre los pueblos, en situación inferior a los otros pueblos.

Esta dificultad tienen hoy todos los judíos religiosos, que simplemente no pueden entender sus propios profetas, a los cuales aceptan como “inspirados”.

Mas Cristo fue el último de los grandes profetas de Israel y (con sus dichos, sus hechos y su muerte) INTERPRETÓ a todos los demás.

Reprobó a su pueblo (que ya estaba intentando darle muerte), primero mansa y humorísticamente: había un juego de niños en que probablemente estos imitaban un baile y un funeral, como es uso de los niños.

Cristo aplicó las palabras de la ronda infantil a sí propio y a su Precursor: “Vino Juan que no comía ni bebía y habéis dicho: Tiene demonio. Vino el Hijo del Hombre que come y bebe, y habéis dicho: He aquí un hombre de francachela, manyín y vinolento, amigo de publicanos y pecadores”.

El decir, vino el ascetismo y vino el misticismo, y la religiosidad judía, ya corrompida, rechazó a ambos; hasta darles la muerte.

El pueblo judío mismo rechazó su salvación, su Reino, el cual le fue ofrecido hasta de sobra.

El reproche visa principalmente a los fariseos, que eran los directores religiosos de la nación.

Antes de Cristo había visado a los Saduceos, respondiendo a los Johannidas que habían venido de parte del Precursor a preguntarle si era o no el Mesías; no que Juan no lo supiera, pero sus discípulos lo necesitaban, (Ver El Evangelio de Jesucristo, pág. 329).

Los Saduceos eran los directores políticos de la nación, pues andaban en la corte de Herodes y de Pilatos como amigos y aun consejeros, lo mismo que un siglo antes en tiempo de los Macabeos en la corte de Antíoco.

Cristo hizo un breve retrato de la clase dirigente… de la Argentina de hoy día: “cañas agitadas por el viento y gentes vestidas con lujo y molicie, que andan rondando siempre por… ” las Casas Rosadas.

Una aristocracia que se corrompe es siempre igual: concentra sus afanes en el dinero, para arrapiñar el cual necesita el poder; ya sea que sepa trabajar, como una parte del barrio Norte, ya sea que no sepa, como otra parte.

Pero todos son bichos para la política; y que gobierne una potencia extranjera, romanos o helenos o sirios, Seleuco, Antíoco o Pilatos, no les importa. Es gente cultivada, porque tiene tiempo de leer, de ir al teatro o de oír música; pero superficial, “como cañas sacudidas por todo viento” de doctrina; gente del “último dernier cri” (como decía uno de ellos) de la literatura, la filosofía y la política: que se atiborran de literatura francesa, y ahora yanqui… quiero decir, helénica y romana, La “frivolité” que en castellano es casquivanería o tarambanismo (aproximadamente) es una de las más graves enfermedades del intelecto, siempre causada por un deterioro moral.

En Buenos Aires falla todo en los hospitales; y hay que llevarles a los míseros que allí caen no sólo comida sino aun remedios y vendas. Y sin embargo la Municipalidad estatuye un premio de 100.000 pesos, (premio Ricardo Rojas) al que perpetre un libro “que sea concordante con las esencias americanistas que rigen en el mencionado escritor con tendencias indigenistas”. (sic.) Es una tarambanería, que raya en lo criminal; y he tomado un ejemplo benigno.

En realidad es “propaganda liberal” en la cual gastan nuestros gobernantes millones de pesos; y eso infructuosamente, porque nadie les “lleva el apunte”.

El mencionado “prócer” fue liberal, aun cuando nunca haya sido muy “prócer”; Y sus libros, que son mediocres (y “con esencias indigenistas”) son propaganda liberal.

Los Saduceos, los diletantes, esnobs y figurones de la Corte, eran tan enemigos de Cristo como los Fariseos, aunque menos sañuda y brutalmente. No eran fanáticos religiosos sino al contrario escépticos; pero se ajuntaban con los fanáticos para tratar de enredar a Cristo.

“Seréis odio para todos por causa de mi palabra” -dijo Cristo a sus enviados; y Él lo estaba experimentando ahora. La palabra de la verdad hallaba resistencia por todos lados (en las clases superiores, que son las que dan el tono) lo mismo que ahora en la Argentina –guardando proporciones.

¿Qué es una nación? ¿Cuándo una nación es buena y cuándo mala? ¿Cuándo es noble y cuándo es plebeya? ¿Cuándo una nación es grande, como repiten ahora tanto en la Argentina los locutores y los discurseadores? Decir ahora que la Argentina es “un gran país”, es una necedad, tanto si lo es de veras como si no.

Una nación es siempre una cosa compleja, donde hay buenos y malos, nobles y villanos, hombres grandes y chanfaina.

Sin embargo una nación puede ser calificada (por un filósofo o un profeta) aunque en forma general y analógica (latet dolus in generalibus); pues siempre hay en ella una minoría que da la tónica, que impone a la mayoría su propio modo de vivir y de VER; pues las mayorías de suyo son indeterminadas, y deben recibir de una minoría superior su forma.

Y así se puede decir en rigor “mi nación es una gran nación”; pero es mejor no decirlo: por modestia si es verdad, por veracidad si no lo es.

Mas Cristo no calificó a toda su nación, lo cual es siempre indiscreto, sino sólo a su “generación”, a sus coetáneos. Dijo que era una generación depravada y bastarda; y que su clase dirigente era depravada y bastarda, es tan cierto como el Evangelio.

Y que la actual generación argentina en su “clase dirigente” (que no dirige, sino que “mete la mula”) al menos es chabacana, ignorante y ruin, es más cierto que el Evangelio, si fuera posible.

Y a continuación Cristo maldijo a Corozaín, Bethsaida Julia y Cafarnao, tres ciudades galileas donde había hecho milagros y en la última de las cuales moraba. Pronunció que si en Tiro, en Sidón, e incluso en Sodoma, se hubiesen hecho los milagros suyos, esas ciudades paganas e incluso degeneradas hubiesen hecho pública penitencia; como Nínive ante la prédica del profeta Jonás.

Esto no fue una presunción oratoria, pues Cristo tiene ciencia para saber lo que haría Fulano o Zutano puesto en talo cual circunstancia hipotética; es decir, ciencia de los “futuribles”, que llaman. Dios conoce lo que me hubiera pasado a mí, si en vez de hacerme jesuita me hubiera hecho dominico, por ejemplo: cosa que yo no sé. O si en vez de nacer en este gran país hubiese nacido en Andorra.

Lo curioso es que Cristo maldijo, y su maldición se cumplió: hoy día ni siquiera se sabe dónde estuvo Corozaín, “etiarn periere ruinae” – “Casas, palacios, Césares murieron – y aun las piedras que dellos se escribieron”.

Cristo maldijo; mas san Pablo mandó: “Bendecid y no maldigáis”. Se puede decir que Cristo tenía autoridad para maldecir y nosotros no; pero no basta, porque algunos santos maldijeron también, como Eliseo o san Vicente Ferrer, Santo Tomás dice que hay dos maneras de maldecir, formal y material.

Maldición formal, cuando uno arroja a la cara del prójimo el deseo de su mal, en forma que impresione su imaginación; que ese es el mecanismo de la maldición, y por eso muchas veces se cumplen, aun sin milagro; como si yo gritara a un enemigo mío (Dios me libre): “Ojalá que Frondizi te haga ministro”; que es una maldición gitana. Y eso es pecado.

Pero “maldición material”, que no es pecado, es de tres modos: uno, cuando se prevé que una cosa mala le va a suceder a alguien y uno se la descubre a gritos para prevenirla; y eso es más bien caridad, aunque se haga en forma ruda; como pasa con las cartas que de vez en cuando escribo a Roma.

Otro, cuando uno desea que un mal sea vengado por amor a la justicia, y por eso se pone a gritar y conjurar que venga el castigo; como hace el buen pueblo francés cuando sucede allá algún “affaire”, como el asesinato de Satanowsky o de la Señora Coronel Morando. Nosotros echamos tierra encima y nos callamos. Tito Livio escribió de los franceses (o “galos” de su tiempo) que eran “gritones”. Pluguiera a Dios lo fuésemos un poquito más los argentinos en cosas de justicia.

Tercero, cuando un pobre oprimido o atropellado clama lo que le ha pasado, con todas sus fuerzas, porque no puede menos: el derecho de llorar es el único que no le pueden quitar al pobre; aunque dice Roosevelt que también, gracias a la “democrassia”, tiene hoy día el derecho de ser feliz. Ese lloro suele ser escuchado por Dios.

Alguno me dirá aquí que el ejemplo de ésto es el poeta Mármol cuando escribió contra Rosas: “Ni el polvo de tus huesos la América tendrá” Pero se equivocaría grandemente. Mármol no fue ningún pobre oprimido o atropellado, sino un firulete y un gritón al cuete. El ejemplo es otro.

Aquí preguntará alguno por qué si Cristo sabía que sus milagros hubiesen convertido incluso a Sodoma, por qué no los hizo allí para salvarla. Aquí callamos. Tropezamos con el misterio de la inescrutable justa y misericordiosa a la vez Voluntad de Dios.

Pero hemos de quedar gratos al Evangelista de habernos descubierto una cosa que jamás hubiésemos concebido de no haberla leído: el que los fariseos acusaron a la grave y serena figura de Cristo de borrachín y farrista. Es más que blasfemia, es una especia de atroz idiotez. Realmente merecían ser maldecidos.

Me hace acordar de la prueba que da Mahoma de que Jesucristo fue sólo un “Enviado” de Dios, y que María no fue Madre de Dios: “¡los dos comían!” dice en el Koran, parte V, sura 75 (ó 79, en la trad. alemana de Hennig).

La intimación del fin de la Sinagoga que aquí comienza se repite y acerba más tarde, en las dos parábolas de la Higuera Infructuosa y en la terrible y ya desembozada de los Viñadores Homicidas: “el Reino os será quitado y trasladado a otra gente que haga fruto”.

II

“Uno tenía una higuera en su viña y viniendo a buscar fruto no encontró. Dijo al hortelano: Hace tres años que requiero fruta en este árbol y no hay. Háchalo; ¿para qué está ocupando tierra?” (Lc., XIII, 6).

Cristo comenzó a improbar y reprobar a su pueblo en el segundo año (tres años más o menos duró la predicación de Cristo), mansa y humorosamente a todo el pueblo (“esta generación”) y atrozmente a las tres Ciudades Maldecidas, Corozaín, Bethsaida y Cafarnao; como hemos visto.

Esta reprobación siguió adelante, aumentando en fuerza y en franqueza hasta la misma víspera de la Pasión; haciéndose entonces clara y definitiva.

Se generalizó en la maldición a Jerusalén; que aunque fue una profecía, fue también una maldición “material”, primero y segundo grado, según santo Tomás.

Se acerbó en la tremenda invectiva contra los fariseos, en esos ocho “Ay de vosotros Escribas y Fariseos hipócritas… ” de Mateo XXIII, 13. Se concretó en las dos parábolas del Convite, en que Cristo alude al retiro del Reino de los que ahora lo poseían para darlo a otros y aún más, dibujó detrás una sangrienta tragedia e incendio para los “sublevados”; doblada por la parábola de la Viña Robada, en que Cristo descubrió claramente lo que le iban a hacer a él (“éste es el Hijo y Heredero, matémoslo y la viña será nuestra”) y lo que les iba a pasar después a ellos.

Y finalmente, se volvió del todo directa y explícita en la parábola de la Higuera Estéril, que hemos citado, reforzada por una parábola en acción (el más raro de los milagros de Cristo, o el único raro) la Maldición de la Higuera el Lunes Santo; la cual se halla muerta el Martes Santo.

Entonces es cuando los Capitostes deciden: “No se puede tardar más. Hay que eliminarlo con escándalo o sin escándalo, con Pelatos o sin Pelatos; aunque sería con Pelatos. El pueblo podría lapidarnos. Hay que hacer que lo ejecute Pelatos”. Esto lo determinaron después de la Parábola de la Viña Robada (Lc., XX, 9), que traen los tres sinópticos.

Cristo encarnó en la parábola todo el proceso de la economía divina respecto a Israel incluso la Encarnación y la Pasión: “Han matado a mis Siervos (los Profetas) les voy a mandar a mi Hijo Bienquerido, respetarán al menos a mi Hijo”.

El Evangelista dice que comprendieron perfectamente la parábola, decidieron precisamente darle muerte. No lo respetaron ni al Hijo.

Con razón los Evangelistas marcan insistentes este punto de la reprobación paciente y progresiva, pero formal del pueblo de Israel por parte de Cristo: es un punto importantísimo.

Vamos a considerarlo.

Como está dicho, Dios había hecho a los israelitas promesas grandiosas que aparentemente no cumplió. Aunque ellas están en los profetas mescoladas y no coordinadas, oscuras o enigmáticas a veces, el conjunto es claro.

Basta recorrer superficialmente los libros proféticos para ver que desde Abraham hasta Malaquías, “el Enviado”, la imagen de un Rey invencible y un Reino grandioso se levanta cada vez más clara. En Él sería bendita la descendencia de Abraham, era el Esperado de las Naciones, salvaría a su pueblo, y la Ciudad de Dios se iría a la cumbre de los montes.

La salvación saldría para todo el mundo de Jerusalén, a ella confluirían los pueblos, y ella daría la Ley: los Israelitas serían vengados de sus cautiverios, de sus tributos y de sus rudos reveses.

Aunque muchas veces las profecías emplean imágenes bélicas de batallas, vencimientos y victorias, el Reino del Mesías es pintado como un Reino de paz, un estado de prosperidad, concordia y amistad, un reinado dentro de la Ley; de tan fabulosa grandeza que no se puede concebir mayor; como una Universal Edad de Oro, o el Paraíso Perdido recuperado al fin para todo el mundo.

Esto era la razón misma de la vida de Israel, y de su Religión. Los hebreos custodiaban esos libros poéticos y extáticos como su misma razón de ser, su orgullo y su esperanza. Ellos secaban sus lágrimas, ablandaban el pan del destierro y curaban sus tremendas heridas nacionales.

Y cuando Cristo predicaba, si Daniel no mintió, estaba llegado o por llegar “el tiempo”, “el día del Señor”, “la plenitud de los tiempos”: todos en ese tiempo lo decían.

Esta profecía que se concreta, se hincha y se engrandece al rodar de los siglos duró hasta Malaquías, el último profeta, que no tiene más que 53 “gestos proposicionales” o dobles versículos, pero que en cierto modo resume a todos.

Es mesiánica y al final parusíaca, como es general en los Profetas: está predicho en ella el sacrificio de la Misa, la venida del Bautista y la próxima llegada del Mesías, “el Dominador que vosotros buscáis y el Ángel (o el Enviado) del Testamento que vosotros queréis“.

Pero también están conminados de convertirse, sobre todo los sacerdotes, so amenaza de “ruptura del Pacto”.

En esta profecía (como en todas) está la clave para entender lo que pasó.

¿Qué pasó? Después de venido Cristo los judíos tronaron, hablando en plata.

Cuando llegó el tiempo en que su enjuto y estricto territorio debía abrirse y ellos repartirse por el mundo como victoriosos vencedores, salieron efectivamente por todo el mundo, pero como vencidos y cautivos.

La ciudad capital con su Templo (en el cual debía entrar, según Malaquías, el Dominador, o sea el Mesías) fue vandalizada e incendiada, su ejército exterminado, su población diezmada por el hambre, fuego y cuchillo, su territorio devastado; y el antiquísimo reino de David terminó en una tribulación que, aun en la sobria narración de Josefo, realmente parece que no ha tenido igual “desde el Diluvio acá”; y sobrevino la asombrosa dispersión, la “Diáspora”.

Un pueblo fundado y asentado por el monoteísmo, unido por el monoteísmo y que mantuvo el monoteísmo desde el principio durante 2.000 años, hasta su disolución como pueblo; y que lo ha mantenido desde entonces hasta aquí, en su estado de dispersión y destierro, otros 2.000 años; un pueblo que suministró sus apóstoles y confesores, incluso hasta el tormento y la muerte, a la creencia verdadera en un solo Dios; que sobre el monoteísmo modeló su legislación y su gobierno, su filosofía, su política y su literatura; de cuya verdad su poesía es la voz, fluyendo en composiciones religiosas que la Cristiandad en todas sus regiones y edades no ha podido superar y ha adoptado por suyas; un pueblo que produce profeta tras profeta que sobre esa verdad primigenia extienden sus revelaciones, con una firme referencia a un tiempo señalado en que esa revelación deberá obtener su compleción y cumplimiento; hasta que al fin el tiempo llega y la catástrofe.

¿No es una historia extraordinaria? ¿Hay una historia en toda la Historia más romántica, sorprendente y espantable que la historia de Israel? Oprimido y como prisionero del orden cristiano del cual se mantiene constantemente al margen, y sin poder ser digerido y asimilado durante 20 siglos, el judío se desquitó de su impotencia política adhiriéndose al Reino del Dinero y su secreto y menguado poder; se diría que cambiaron su Mesías por la Moneda -por treinta monedas o por treinta mil millones: ¡las Finanzas!

Yo no digo que todos los financistas sean judíos, como tampoco que todos los judíos son financistas; la mayoría son pobres, y muchos (créase o no) son caritativos; pero es cierto que esa “ciencia” tan boyante hoy, y que consiste en definitiva en vender dinero (vender como si fuese un bien una cosa que es un signo) fue invención suya, pues en definitiva no es sino la maña y el dolo del prestamista: de los prestamistas que vendían dinero en el atrio del Templo (y los Sacerdotes percibían un grueso porciento) cuyas mesas de cambio Cristo volteó dos veces con furor.

Por supuesto que los “cristianos” que aprendieron la “ciencia” e incluso la aventajaron, son aun peores, pues no tienen la excusa del judío de no tener otra cosa en qué ejercitar su deseo de poder, su nerviosa irrequietividad y su viva inteligencia.

Los “antisemitas” que hoy día odian ciegamente al judío, por despecho, envidia o superstición, son en realidad cristianos judaizados. No israelitas, no ciertamente; ni tampoco católicos.

En Malaquías está, como he dicho, la clave del misterio. Hablando en nombre de Dios o mejor dicho hablando como Dios, el Profeta reprende y amenaza la corrupción religiosa, que fue en ese tiempo (445 a. C.), detenida pero no cortada por la enérgica reforma del reyezuelo Nehemías; y amenaza con la “ruptura del pacto de Leví” y con hacerse un nuevo y más digno sacerdocio, a los malos Sacerdotes; a los cuales acusa de grosería y dolo en el culto, de avaricia, y de falta de fe; de que andan refunfuñando: “¿De qué nos ha valido servir a Dios tanto tiempo? Hemos andado tristes de balde”: la “acidia” o pereza espiritual, ese pecado capital que es el tropiezo temible del religioso.

Esos son los tres vicios que configuran ya entonces el futuro “fariseísmo”, No sabemos cómo se formó, porque faltan documentos escritos, en esos cuatro siglos entre Malaquías y Cristo, esa falsificación del ideal hebreo, ese ideal fraudulento de un Mesías napoleónico que debía imponer en el mundo el Reino de los Judíos por las armas y la violencia.

Pero allí está él, vigente con enorme fuerza, en el tiempo de Cristo: la corrupción denunciada por Malaquías se había consumado.

Un Judío actual podría decir a Dios: “No has cumplido tus promesas a Israel” y Dios responder -y Él me perdone que yo asuma su boca: -Mis promesas eran condicionadas, y ustedes quebraron el Pacto.

-Puede ser -sería la instancia-, pero ¿es digno de Dios que sus planes, proyectos y promesas sean arruinados por el mísero albedrío del hombre? ¿Es pues el hombre fuerte contra Dios?

-Mis planes no se quiebran nunca y mis promesas son sin arrepentimiento -dice Dios-. Espera un momento (un momento para Mí). La historia del mundo, y de Israel con él, no ha acabado su curso.

En efecto, al final de Malaquías surge una promesa que no es ya condicionada sino absoluta: es la promesa del triunfo definitivo de Israel en la Parusía: el capítulo IV.

Vendrá un día magno e inflamado que barrerá la impiedad; alumbrará a Israel de nuevo el Sol de Justicia; y su conversión a Dios no está ya solicitada sino simplemente profetizada: “He aquí que Yo os mandaré a Elías Profeta Antes que venga el día de Dios magno y terrible Y convertirá el corazón de los padres a sus hijos (a saber, el corazón de los judíos hacia los cristianos) Y el corazón de los hijos hacia sus padres (es decir, el corazón de los cristianos hacia los judíos) No sea que Yo venga en mi ira Y hiera de maldición toda la tierra.

Toda esta historia encierra una lección gravísima para el cristiano. El cristianismo tiene las promesas infalibles de Cristo; y en esas promesas se ensoberbecen o se adormecen, falseándolas, algunos; más la Sinagoga también tenía esas promesas; ¿qué le pasó? Algunos con el “he aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos; las puertas del Infierno no prevalecerán; y yo he rogado a Dios, oh Pedro, para que no falle tu fe”… se extienden a sí mismos y a sus paniaguados diplomas de intocables; porque la Iglesia es santa, ellos deben ser respetados como santos, hagan lo que hagan; porque las puertas del infierno no prevalecerán, ellos se inventan futuros triunfos temporales y aun mundanales de la Iglesia; y porque el Papa es infalible cuando (una vez por siglo) habla ex-cátedra, surgen una multitud de Papitas que son infalibles y que cada y cuando hablan, hablan ex cátedra.

Es un grave abuso, abuso de hacer temblar: es el mismo abuso de la palabra de Dios, de los fariseos. Contra este abuso está escrito: “Cuando Yo vuelva, ¿creéis que encontraré la fe en la tierra?”. La fe estará tan reducida y oculta como para no encontrarla.

¿Por culpa de quién? Mucho me temo que por culpa del engreimiento cristiano, contra el cual nos previene formalmente san Pablo: “si la oliva vera por su soberbia fue cortada; también puede ser cortado el acebuche injerto, que ni siquiera es la Oliva primitiva”.

Cristo declaró solemnemente la ruptura del Pacto divino con la Sinagoga; todas las amenazas divinas contenidas en los profetas cayeron sobre Israel; y su conversión y triunfo fueron aplazados para el fin del mundo.

Si ello ocurrirá antes, junto o después de la Parusía, yo no lo sé; pero no puedo creer que no ocurrirá NUNCA.

El Jardinero pidió al Viñatero un tiempo para mullir y abonar de nuevo la Higuera estéril; y el Señor no respondió nada.

Un poeta español ha puesto esta parábola en un hermoso soneto que no tengo a mano, ni mis amigos tampoco; por lo cual trataré de reconstruirlo, es decir, de rehacerlo:

Dijo el Señor con ira: “Y esta higuera

Es tiempo de higos y no lleva fruto.

Desde años ha no rinde su tributo

Ponle ya l’hacha en la raíz, ¡y afuera!

Dijo mi Ángel: “Señor, por tan siquiera

El cuidado pasado irresoluto

Deja que cave más este árbol bruto

Y ponga abono a ver. Te ruego, espera”.

Calló el Señor y un estremecimiento

Por las higueras y las viñas ricas

Cubrió al árbol estéril un momento

Y el Jardinero apercibió sus picas

Y se hizo un aire de silencio atento

Y yo escuché el fatídico memento:

“Alma, ay de ti si hoy más no fructificas”.

PARÁBOLA DE LA HIGUERA MALDITA

“No era tiempo de higos… Nunca más nazca fruto de ti en sempiterno… Maestro, mira la higuera que maldijiste, se secó…” (Mt., XXXI, 18; Mc., XI, 12).

Al comienzo de la Semana del Deicidio, hace Jesús una curiosa “parábola en acción”: maldice el Lunes Santo una higuera que no tenía higos para Él, mas “no era tiempo de higos”; y el Martes Santo, San Pedro le muestra que ella se ha secado; y Cristo responde oscuramente hablando de la fe, de la oración, del milagro y del poder de Dios; y del poder que tendrían ellos mismos.

Frente a esta parábola en acción se han secado también los exégetas, que no logran hallarle el higo, fuera de conclusiones “longepetitas” o vagas consideraciones morales.

Cuando callan, están mejor.

¿Por qué castiga Cristo a una higuera que se está allí quieta cumpliendo su deber? No la castigó, dice Orígenes.

¿Qué hizo entonces? Hizo una palabra. ¿Qué palabra, oh Doctor? Una palabra misteriosa. Menos mal.

Orígenes se queda con los Apóstoles; que “se asombraron”, dice dos veces el Evangelista.

Ella debe ser interpretada de acuerdo a la de la Higuera Infructuosa (Lc., XIII, 6) Y la Higuera Reverdeciente (Mt., XXIV, 32 y paralelos) que designan la misma realidad, y de las cuales esta “ficción” (como la llama Maldonado) con su inciso desconcertante (“no era tiempo de higos”) da la clave.

Es la conducta y la suerte de la Sinagoga la que está representada aquí: aquella higuera de que los Profetas habían repetidamente predicho que perdería sus frutos: “Yo corromperé su viña y su higuera” (Oseas, II, 12); “No hay uva en la viña ni higos en la higuera” (Jer, VIII, 13).

Hemos, dicho que casi todos, si no todos, los milagros de Cristo son también parábolas en acción, pues encierran un simbolismo: muy manifiesto a veces, como en las dos Pescas Milagrosas, las dos Multipanificaciones, las dos “Limpiezas” del Templo, que recuerdan la que hizo Nehemías; de las cuales dice San Jerónimo humorísticamente que fueron el mayor milagro de Cristo.

Incluso la primera resurrección de un muerto, el llamado con el nombre largo (que serviría para una calle de Buenos Aires) “El hijoúnicodelaviudadenaim”; tan limpia y descarnada, que Cristo hizo bruscamente sin ser rogado en un encuentro casual…,significa Su Poder sobre la Muerte y la futura presea de todos los mortales, quienesquiera sean, en virtud de ese Poder resucitador.

En ese gesto simple y aparentemente apresurado (“y lo devolvió a su madre”) Cristo dijo simplemente a los mortales: “Hay remedio para todo”, en contra del refrán que dice: “Para todo hay remedio, menos para la muerte…”

Pero en estotro milagro de la higuera no hay ninguna otra utilidad ni fin alguno, fuera de su simbolismo: y es el único en el cual Cristo destruye algo.

¿Qué quiso simbolizar? Con reverencia lo escudriñaremos.

Descartemos las interpretaciones vagas o tontas. Dicen que simboliza que: los que no dan frutos de buenas obras, son castigados por Dios (Beda). Resabido es eso y está ya redicho; mas aquí estaría mal dicho: pues esta higuera no da higos porque no es tiempo de higos.

Dicen otros (Eutimio) que significa que: cuando Dios pide, aunque sea imposibles, hay que hacerlos (?) porque Dios si lo pide, nos dará el poder… Desatino es ése; y en todo caso, si Cristo hubiese querido representarlo, tenía que haber hecho así: pedir higos a la higuera, la higuera no darlos en abril, Cristo hacerla fructificar de milagro, comer el fruto (“tenía hambre“, dice el Evangelista y Maldonado dice que ¡”fingía hambre”!) y después decir a los Apóstoles: “Cuando Dios pide una cosa a un hombre, aunque sea imposible… etcétera”.

Francamente hablando, estas son macanas.

La higuerita estaba allí santamente cumpliendo la ley de su Creador, de dar frutos en junio y no en abril: a nadie hacía injusticia, al contrario.

Ver a un hombre castigado en esa higuera, es disparate.

También es macana lo que dice J. A. Flynn citando la Catena Aurea (Crisóstomo y Teofilacto) de que fue hecho el esperpento con el fin de mostrar a los Apóstoles que Él tenía poder de destruir; y que podía destruir si quisiera a sus enemigos y autores de su sangrienta Pasión, a la cual caminaba; que si no lo hacía, no era porque no podía. Es macana, porque muchos signos aun más grandes de su poder ya les había dado; y éste, si fuera para eso, es más oscuro que medianoche.

No. La Higuera representa la Sinagoga (y pagó por ella en esta ocasión) y no ninguna otra cosa; y en eso sí está acorde la tradición patrística.

Cristo representó simplemente que la Sinagoga se iba a secar para siempre (y no por esta estación solamente) porque ya no tenía frutos de santidad, sino “solamente hojas”, vanas observaciones externas.

Esto se sabe porque poco después lo proclamó paladinamente, con otras tantas nítidas palabras, en la parábola de los Viñadores Homicidas: “Vendrá, perderá a estos colonos, y dará su Viña a otros”.

Dijeron ellos: ¡No lo quiera Dios! Él los miró fijamente y añadió: ¿Qué es lo que está escrito, pues? ¿No habéis leído en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores. Esa será hecha llave de arco. Por Dios esto ha sido hecho Y es asombroso a nuestros ojos…” Así pues yo os aseguro que será quitado de vosotros el Reino de Dios, y será dado a gente que lleve fruto. Y todo el que caiga sobre esta Piedra, se descalabrará; y al que le caiga la Piedra encima, lo hará trizas. Y oyendo esto los Fariseos y los Príncipes de los Sacerdotes, conocieron que de ellos hablaba. Y queriendo aprehenderlo, temieron a las turbas, que lo tenían por un profeta…” (Mt., XXI, 33; Lc., XX, 9), pues como tal lo habían aclamado dos días antes.

En esta parábola bien clara, la Higuera está cambiada en Viña, doblete común en el Antiguo Testamento, y también en el Evangelio: Viñas e higueras, higueras y viñas; y el acento está puesto, no en la muerte de la Sinagoga, sino en el castigo de los que entonces la gobernaban, a los cuales se incrimina: 1°, que no entregan los frutos al Dueño; 2°, no hacen caso de sus avisos; 3°, maltratan o matan a sus mensajeros (los profetas); y 4°, van a matar al mismo Hijo, con la intención de quedar dueños de la Viña.

La parábola misteriosa de la Higuera a la vera del camino está aquí declarada expresamente por Cristo.

Sí; pero, ¿y el “no era tiempo de higos”, CRUX de toda la cuestión? Pues quiere decir simplemente que llegará un “tiempo de higos” para la Sinagoga. No entonces. En otro tiempo.

¿Qué tiempo? Pues simplemente el que la Escritura llama siempre “el Tiempo”, es decir, la Parusía; la cual será o precedida o acompañada o seguida (esto no lo sé) por la conversión del pueblo judío; y por un reverdecimiento tal de la vieja Higuera “seca en sempiterno”, que al leerlo en los antiguos Profetas, uno se queda bizco; y San Pablo lo llamó “resurrección del mundo”.

Cristo predijo no sólo el secamiento de la Sinagoga, sino al mismo tiempo su futuro remoto reverdecer; como era digno de Él.

El “no era tiempo de higos” implica “algún día será tiempo de higos”.

Cristo contempla desde arriba los dos tiempos con luz profética, a la luz de la presciencia divina: por encima del libre albedrío humano.

Dios sabía que entonces la Sinagoga iba a perecer (por su culpa, ciertamente) y que algún día iba a resucitar, también por su albedrío.

Cristo hizo aquí una cosa importantísima: partió los Tiempos; que en los profetas anteriores están mezclados (por así decirlo) indistintos, indistinguibles. Isaías, Jeremías, Zacarías… hablan del Ungido o “Meshia” en sus dos Venidas en forma tal, que a veces es difícil discernir si una profecía es “mesiánica” o bien “parusíaca”, como dicen los sabios: en realidad, ellas son las dos cosas a la vez, con el acento puesto en uno u otro “Tiempo”.

Saber esto, para los judíos, era imposible; para nosotros, ahora, no.

Los vaticinios cristológicos tienen dos faces: se ha cumplido la faz mesiánica, no se ha cumplido aun la faz parusíaca.

Entre los dos “tiempos”, Cristo tenía que morir, y la Iglesia tenía que nacer y extenderse por un largo lapso; en el cual la higuera maldita no daría sus frutos.

Así se justifica la frase: “No dés fruto para siempre”.

El “siempre” sería aquí relativo y no absoluto.

La llamada “cuestión judía”, que realmente existe, en su fondo (que es religioso) voltea en torno de tres hechos enormes (presente, pasado y futuro) que saltan a los ojos: 1°, la actual abyección del pueblo judío, moral y física; 2°, el Deicidio: los judíos crucificaron a su Mesías; 3°, la futura Conversión y Restauración vaticinada: no solamente por San Pablo en su imponente cap. IX Ad Romanos, sino también por Cristo y por los Profetas anteriores, clarificados por el Nuevo Testamento.

Todo el “misterio judío”, que los “antisemitas” embarran, está aquí.

Veamos de nuevo la parábola anterior de la Higuera Infructuosa, ésta ya no obrada, sino hablada. El Patrón se queja de que año tras año su Higuera no da fruto (“Vino a ella buscando fruto, y no lo encontró”), las mismas palabras que recurren luego en la Higuera Maldita.

Manda pues que la corten de raíz. El Hortelano intercede, dice que la va a cavar, y alimentar con estiércol; y que después, si acaso…

EL PATRÓN NO RESPONDE NADA: ni sí, ni no.

El Hortelano es Cristo. En la Cruz intercedió: “Padre, perdónalos…”

El pueblo judío actualmente se nutre de estiércol: el Dinero es su abyección, más que su dispersión en todos los pueblos, más que los “progroms”, las persecuciones y el desprecio que sufre.

El Reino del Dinero, que hoy puede más que nunca, es de ellos; y con el dinero se defienden de los cristianos; y también los revientan, si pueden.

La Revolución Rusa (como otras menores de nuestra época) fue financiada con dinero judío; por la Banca Loeb, según dicen, la misma que tenemos ahora entre nosotros ayudándonos a hacernos grandes (“desarrollados”) y austeros; sobre todo austeros.

Pongo este solo ejemplo.

Hay muchos que muestran al oro judío al servicio de la propaganda anticristiana, de la Revolución, de la Antiglesia; al intelecto judío (en general) al servicio de la herejía y la disolución.

La raza judía ha resistido incólume en el mundo entre las tormentas de la historia, que han hundido y sumergido pueblos, imperios y naciones. Nadie ha podido asimilarla y nadie exterminarla: persecuciones, expulsiones y las más duras legislaciones se han mellado en ella.

Dios puso una señal en Caín para que nadie lo pudiera matar, dice el Génesis; y los judíos hicieron de Caín con respecto a Cristo; y Caín anduvo errante por la tierra; y sus hijos fueron industriosos y ricos… y predatores (Gen., cap. IV).

Pero esto no es para siempre.

Cristo dice “in aeternum” a la Higuera; pero eso quiere decir que no reverdecerá en la próxima primavera: significa un largo tiempo; o mejor dicho, significa “hasta el fin”.

Mas cuando al otro día Pedro le muestra la higuera seca, Cristo responde a despropósito aparentemente que para Dios no hay imposibles, que hay que orar, y que la Iglesia (ellos) harían milagros más grandes que el secar la higuera, mayores incluso de los que Él hizo.

¿A qué viene esto ahora?, dirían los Apóstoles. Pues viene a confirmar esta exégesis que yo inventé. Esto yo lo inventé, pero es verdad lo mismo, como le dijo Colón a Fray Juan Pérez de Marchena.

Fuera de broma, la exégesis es de San Jerónimo, indicada solamente (ver Lagrange, Mk, 293-HDB2,6) Y desarrollada con magnificencia (no exenta de algunas extravagancias… perdonables) por León Bloy en La Salvación por los Judíos (“Le salut par les Juifs”, Mere. de France, Paris, 1938).

Ella es la verdadera: no hay ninguna otra mejor; y ninguna otra posible.

Cuando Cristo más tarde nombró de nuevo al árbol de madera blanca, corteza mora, hojas grandes y oscuras, tallos lechosos y frutos deliciosos, al decir: “De la higuera aprended una comparación: cuando veis que las ramas se enyeman, y salen las hojitas tiernas, decís: Cerca está el verano; así cuando veáis que estos signos se cumplen…, ¿quiso decimos que el Signo Principal sería el reverdecer de la Sinagoga? Puede que sí. Yo creo que sí.

Pero en todo caso, es cierto que el extraño milagro de la Higuera Maldecida y al punto Aridecida, y el más extraño inciso de que “no era tiempo de higos” (situado ello en el solemne final de su vida y su lucha) no representaron otra cosa sino la Sinagoga y su sino.

Toda la tradición unánime lo ha visto, aunque (como noté) no todos los Doctores ni mucho menos, hayan sabido explicar el inciso desconcertante.

Nos guste o no, es verdad que los Judíos detentan una llave de la historia del mundo, por no decir LA llave.

La conversión es un acto libre; y solamente la Conversión de los Deicidas será “la resurrección del mundo”, dice San Pablo.

Los cristianos los han perseguido a ratos, la Iglesia ha tratado de protegerlos casi siempre, llamándolos empero “pérfidos” al mismo tiempo; es decir, errados en la fe; mas ellos, con los ojos vendados, y con los oráculos divinos celosamente conservados en sus manos, van.

En muchas catedrales góticas a ambos lados de la puerta están esculpidas la Iglesia y la Sinagoga, esta última con la Biblia en la mano y los ojos vendados: cuando comience a caer esa venda, y los judíos “miren al que enclavaron” (Zac., XII, 10; Jo, XIX, 37), el Enclavado se desprenderá de sus clavos, y bajará de la Cruz.