Padre Juan Carlos Ceriani: SAN LUCAS EVANGELISTA

Sermones-Ceriani

SAN LUCAS EVANGELISTA

(Domingo por la Propagación de la Fe)

El Señor designó todavía otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de Él a toda ciudad o lugar, adonde Él mismo quería ir. Y les dijo: La mies es grande, y los obreros son pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id: os envío como corderos entre lobos. No llevéis ni bolsa, ni alforja, ni calzado, ni saludéis a nadie por el camino. En toda casa donde entréis, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si hay allí un hijo de paz, reposará sobre él la paz vuestra; si no, volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den, porque el obrero es acreedor a su salario. No paséis de casa en casa. Y en toda ciudad en donde entréis y os reciban, comed lo que os pusieren delante. Curad los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios está llegando a vosotros”.

“Lucas, el médico amado”, como lo llama San Pablo en su Carta a los Colosenses, era un sirio nacido en Antioquía, de familia pagana.

Lucas, del griego, pasando por el latín, significa Luminoso, Portador de luz.

San Lucas fue educado en la cultura griega, y llegó a ser médico de profesión. Se le atribuyen también habilidades de pintor, así como haber confeccionado retratos de la Bienaventurada Virgen María; de los cuales el más famoso se conserva en la Capilla Paulina de Santa María la Mayor de Roma. La imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro sería original de él. Como veremos, también esculpió una talla de Nuestra Señora.

Alrededor del año 40 tuvo la gracia de convertirse a la fe de Jesucristo y encontrarse con San Pablo, cuyo fiel compañero y discípulo fue por muchos años.

No sabemos nada de las circunstancias de la conversión de Lucas, pero podemos deducir, a través de los Hechos de los Apóstoles, cuándo San Lucas se une a San Pablo.

En efecto, hasta el capítulo 16° los Hechos de los Apóstoles, asentados por San Lucas, están narrados en tercera persona, y de repente, inmediatamente después de la visión que tiene San Pablo de un macedonio que le pide que pase a Macedonia y los ayude, pasan a la primera persona del plural.

San Lucas escribió dos libros: el tercer Evangelio y Las Actas de los Apóstoles. Su símbolo es el Buey, porque su Evangelio empieza con el sacrificio de Zacarías en el Templo. Es el único escritor del Nuevo Testamento que no es israelita.

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El tercer Evangelio fue escrito en Roma a fines de la primera cautividad de San Pablo, o sea entre los años 62 y 63. Sus destinatarios fueron los cristianos de las iglesias fundadas por el Apóstol de los Gentiles. Por eso el Evangelio de San Lucas contiene un relato de la vida de Jesús que podemos considerar el más completo de todos, y hecho a propósito para nosotros, los cristianos de la gentilidad.

Al igual que San Pablo, no conoció a Nuestro Señor durante su vida en la tierra. Sin embargo, supo escribir cuidadosamente, inspirado y guiado por el Espíritu Santo, lo que escuchó de los testigos oculares. En efecto, como se puede comprobar en los prólogos de su Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, para su redacción San Lucas hizo una prolija investigación, entrevistando a diversas personas, incluyendo a los Apóstoles y la Madre de Jesús, que fueron testigos de los hechos y dichos del Salvador. Según él mismo lo dice, se informó de todo exactamente desde su primer origen, y escribió para dejar grabada la Tradición oral:

“Habiendo muchos tratado de componer una narración de las cosas plenamente confirmadas entre nosotros, según lo que nos han transmitido aquellos que fueron, desde el comienzo, testigos oculares y ministros de la palabra; me ha parecido conveniente, también a mí, que desde hace mucho tiempo he seguido todo exactamente, escribirlo todo en forma ordenada, óptimo Teófilo, a fin de que conozcas bien la certidumbre de las palabras en que fuiste instruido”.

Su Evangelio es el mejor redactado por el uso depurado y equilibrado del griego, como sólo se podía esperar en aquellos tiempos de una persona culta y erudita.

Es un escritor muy agradable, y el que tiene el estilo más hermoso en el Nuevo Testamento. El poeta Dante le dio a San Lucas este apelativo: “El que describe la amabilidad de Cristo”. Y con razón el Cardenal Mercier, cuando un alumno le consultó: “Por favor aconséjeme cuál es el mejor libro que se ha escrito acerca de Jesucristo”, le respondió: “Ese libro se llama: El Evangelio de San Lucas”. No faltó quien llamó a este escrito: “El libro más encantador del mundo”.

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Entrando en los detalles, comprobamos que sus orígenes paganos, su cercanía a San Pablo y el hecho de haber conocido a la Madre de Jesús son importantes en la composición de su Evangelio.

La relación particular con María Santísima es, pues, una de las características principales del Evangelio de San Lucas; el único que narra la infancia de Jesús y el que trata más sobre la Madre de Dios.

Gracias a él, conocemos las palabras de la Anunciación, de la visita a Santa Isabel y del Magnificat, de la Presentación del Niño en el Templo, así como los detalles precisos, tanto de la angustia de María Santísima y San José cuando el Niño Jesús se pierde a los doce años en Jerusalén, como de los sentimientos de María, quien, según San Lucas, “retenía todas estas palabras ponderándolas y repasándolas en su corazón”.

En esos rasgos se aprecia la sensibilidad narrativa, descriptiva y también iconográfica del artista.

Por sus noticias sobre el Niño y su Madre, se le llamó el Evangelista de la Virgen.

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Debido a su origen en la gentilidad y que escribe para cristianos de cultura griega, su Evangelio tiene un rasgo muy peculiar: hace muy pocas referencias a la Ley de Moisés y es el que más insiste en el alcance universal de la salvación, mostrándose también en eso fiel discípulo de San Pablo.

Su idea fundamental es el acceso de todos los pueblos a la Salvación, así como la participación en el Reino de Dios de todas las personas a las que la Ley judía aparta del culto: pobres, pecadores, mujeres y paganos.

San Lucas es consciente de los peligros de la legalidad judía, así como de las herejías y de la frivolidad pagana. Por eso demuestra en su Evangelio una sensibilidad particular en lo que se refiere a la evangelización de los gentiles.

El Cantor de la mansedumbre de Cristo, como lo llama el Dante, capta desde el principio el universalismo del mensaje de amor que Jesús confía a los suyos. Es precisamente él quien narra la parábola del Buen Samaritano; es él quien cita las palabras de aprecio de Jesús por la fe de la viuda de Sarepta, de Naamán el Sirio y del Samaritano leproso, que regresa para reconocer al Mesías y dar las gracias tras haber sido curado.

Con su visión de médico era muy comprensivo, pues veía a las personas tal cual son, mitad debilidad y mitad buena voluntad, y las comprendía y las amaba tal como eran.

Lo han llamado “El Evangelio de los pobres”, porque allí aparece Jesús prefiriendo siempre a los pequeños, a los enfermos, a los pobres y a los pecadores arrepentidos. Es un Jesús que corre al encuentro de aquellos para quienes la vida es más difícil, dura y angustiosa.

Otro nombre que le han dado a su escrito es el de “Evangelio de los pecadores”, porque presenta siempre a Jesús infinitamente comprensivo con los que han sido víctimas de sus propias pasiones. San Lucas quiere demostrar que el amor de Dios no tiene límites, ni rechaza a quien desea arrepentirse y cambiar de vida; por eso los pecadores lo leen con tanto agrado y consuelo, pues fue escrito pensando en ellos.

Conforme a lo dicho, es él quien narra la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón, es él quien habla del Hijo pródigo y el Padre misericordioso que lo recibe con los brazos abiertos, es él quien describe la escena de la pecadora perdonada que lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los seca con sus cabellos, es él quien cita las palabras de María Santísima en su Magnificat cuando dice que Dios “dispersó a los soberbios de corazón, derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos”.

Por ser el único que nos trae las parábolas del Hijo Prodigo y la Dracma Perdidas, del Buen Samaritano, etc., es llamado el “Evangelista de la misericordia”.

En su Evangelio demuestra una gran estimación por la mujer. Todas las mujeres que allí aparecen son amables, y Jesús siempre les demuestra gran aprecio y verdadera comprensión.

También se ha llamado “El evangelio de la oración”, porque presenta a Jesús orando en todos los grandes momentos de su vida e insistiendo continuamente en la necesidad de orar siempre y de no cansarse de orar.

Finalmente, no minimiza nunca la Cruz y nos deja la descripción más detallada de la agonía de Jesús, pero en él predomina el gozo: desde el nacimiento de Juan, con el cual “muchos se alegrarán”, al envío de los discípulos que, tras la Ascensión, “volvieron a Jerusalén con gran alegría”, llegando a la Parusía, anunciada de este modo: Mas cuando estas cosas comiencen a ocurrir, erguíos y levantad la cabeza, porque vuestra redención se acerca.

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En los Hechos de los Apóstoles, como historiador de la Iglesia naciente, San Lucas describe con entusiasmo la vida de la primitiva comunidad de Jerusalén, y presenta a San Pablo como el prototipo del misionero.

Relata la misión de los Apóstoles como un prolongado viaje que empieza en Jerusalén y termina en Roma, capital del mundo conocido.

En su estilo de griego y de literato, el mensaje de salvación canta un auténtico himno de acción de gracias, de alegría y de optimismo.

Cuatro temas se destacan en las Actas Apostólicas: el primer anuncio evangélico, la catequesis o esclarecimiento sistemático de la fe, la formación de las primeras comunidades, y la misión, encarnada principalmente en la figura de San Pablo.

San Juan Crisóstomo dice al respecto: “Incansable en el trabajo, ansioso de saber y sufrir, Lucas no acertaba a separarse de Pablo”.

Según remotas tradiciones, después de la muerte de San Pablo, San Lucas evangelizó en Egipto, Acaya y Bitinia; y selló con su sangre la verdad del Evangelio al morir crucificado en Patras, en la provincia romana de Acaya, Grecia, a los 84 años.

La tradición indica que San Lucas mandó ser enterrado junto con la imagen de Nuestra Señora, que él mismo había tallado.

Más tarde, como refiere San Jerónimo, sus huesos fueron transportados a Constantinopla, a la basílica de los Santos Apóstoles, junto con los del Apóstol San Andrés, en el año vigésimo del reinado de Constantino. El Emperador se hizo cargo de aquella imagen tallada, la cual originaría, siglos después, el culto a la Virgen de Guadalupe, de Extremadura, en España.

En tiempos de las Cruzadas, las reliquias del Santo llegaron a Padua, Italia, donde se conservan en la iglesia de Santa Justina. El cráneo, en cambio, fue trasladado, en 1354, de Padua a Praga, a la Catedral de San Vito, por voluntad del Emperador Carlos IV.

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En el marco de la Fiesta del incansable Evangelista San Lucas, este Domingo se consagra a rezar por la Propagación de la Fe.

Fue en febrero de 1926 cuando se publicó la Encíclica Rerum Ecclesiæ, en la que el papa Pío XI reafirmó la importancia y la urgencia de los objetivos misioneros programados al principio de su pontificado. “La Iglesia —afirma en esta Encíclica— no tiene otra razón de ser sino la de hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora, dilatando por todo el mundo el reino de Cristo”.

En ese contexto, un breve rescripto de la Sagrada Congregación de Ritos, con fecha 14 de abril de 1926, fue el acta fundacional del Domingo Mundial de las Misiones. Se fijó el penúltimo domingo de octubre como jornada de oración y propaganda misionera en todo el mundo católico; dicho día se puede rezar la Misa “Por la Propagación de la Fe”, o hacer la conmemoración.

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La grande y santísima misión confiada a sus discípulos por Nuestro Señor Jesucristo de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio debía perpetuarse hasta el fin de los tiempos, mientras hubiera en la tierra hombres para salvar.

La Iglesia, fiel al mandato divino, nunca ha dejado de enviar a todas partes mensajeros de la verdadera doctrina.

Ya desde la aurora misma de nuestra Redención, los pensamientos y cuidados preferentes de los Papas se encaminaron a llevar la luz de la doctrina evangélica y los beneficios de la civilización cristiana a los pueblos que yacían en las tinieblas y sombras de muerte.

Incluso en los tres primeros siglos, cuando, una en pos de otra, suscitaba el infierno encarnizadas persecuciones para oprimir en su cuna a la Iglesia, la voz de los predicadores evangélicos se difundió por todos los confines del Imperio Romano.

Pero desde que públicamente se concedió a la Iglesia paz y libertad, fue mucho mayor el avance del apostolado. Los Sumos Pontífices siempre procuraron que los hombres por ellos enviados recorriesen Europa; después todas las tierras que se iban descubriendo, derramando siempre la luz de una misma fe.

Llegó el turno para la evangelización de América, donde millares de misioneros y hombres apostólicos consagraron su vida a la propagación de la Fe.

San Francisco Javier, digno ciertamente de ser comparado con los mismos Apóstoles, trabajó heroicamente por la gloria de Dios y la salvación de las almas en las Indias Orientales y el Japón. Por fin, Australia, último continente descubierto, y las regiones interiores de África, exploradas por hombres de tesón y audacia, han recibido también pregoneros de la Fe. Y casi no queda ya isla tan apartada en la inmensidad del Pacífico adonde no haya llegado el celo y la actividad de los misioneros.

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Cualquiera puede comprobar que desde el funesto conciliábulo vaticanesco, la Roma actual ha perdido el espíritu misionero, el espíritu de conquista… La Roma apóstata y neoprotestante está animada por un espíritu ecumenista, pluralista, mundialista…

En efecto, el ecumenismo actual es la antítesis de la misión: si el “pueblo de Dios” tiene ahora las dimensiones de la humanidad, si todo hombre está ya, desde el comienzo, rescatado y justificado, si las religiones no católicas e incluso las no cristianas son medios de salvación, ¿para qué querer convertir a los otros, para qué intentar atraerlos al seno de la Iglesia Católica?

Si todos hombres se pueden salvar en cualquier religión y por medio de cualquiera de ellas, ¿para qué misionar?, ¿para qué abandonar familia y patria para sumergirse en medio de una sociedad pagana y hasta salvaje, a la cual, lejos de aportarle la civilización y el cristianismo, es uno el que va a recibir de ella su pseudo-cultura a través de la inculturación?

¡Sí!…, la ecumeni-manía moderna es la muerte del espíritu misionero. Son espíritus irreconciliables.

Nuestro Señor Jesucristo no andaba con ecumenismos… La Iglesia católica no está animada por el ecumenicismo, sino por el celo apostólico. Por eso nos hace rezar de este modo con la colecta de la Misa de la Propagación de la Fe:

“Oh, Dios, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad: envía obreros a tu mies, y concédeles el predicar con toda confianza tu palabra; para que tu doctrina se difunda y sea glorificada, y todos los hombres te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro”.

Es lo mismo que pedía el pueblo elegido en el Antiguo Testamento: “Infunde tu temor sobre todas las naciones que no te buscan, para que reconozcan que no hay otro Dios sino Tú y pregonen tus maravillas. Alza tu mano sobre las naciones extranjeras, para que vean tu poder… para que te reconozcan, como también nosotros hemos reconocido que no hay otro Dios fuera de ti, Señor”.

El celo apostólico le inspira a la Iglesia Católica, no sólo el apostolado misionero para convertir a los paganos, sino también el celo por el regreso de los cristianos disidentes a su seno.

Frente a este celo católico, el ecumenismo se propone un fin netamente distinto: un diálogo teológico entre la Iglesia Católica y las otras confesiones no católicas, e incluso con las religiones no cristianas.

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¿Cuáles son, pues los principios que rigen el verdadero celo apostólico y misionero de la Iglesia?

I-La identidad absoluta de la Iglesia instituida por Jesucristo con la Iglesia Católica. Es decir, la Iglesia Católica es la Iglesia de Jesucristo. Todo está aquí, en este principio.

Si se lo comprende, si se lo admite, se comprende el celo de la Iglesia por el retorno de los separados.

Si se lo rechaza, se cae en el falso ecumenismo, cuyo principio fundamental, enunciado por el conciliábulo vaticanesco, es que la Iglesia Católica no se identifica con la Iglesia de Jesucristo, sino que la Iglesia de Jesucristo subsiste en la iglesia católica, una más entre otras.

II-La unidad es una nota o propiedad característica de la Iglesia, y consiste en una unidad sublime de fe, de sacramentos y de gobierno. Jesucristo quiso para su Iglesia esta unidad como nota, como marca de su esencia divina.

Por lo tanto, la Iglesia Católica es una y única, es decir, indivisible en sí misma, y no hay más que una sola Iglesia verdadera.

III. El tercer principio se sigue del segundo, y se enuncia así: la Iglesia católica no puede perder su unidad. Por lo tanto, son aquellos que se separan de la Iglesia Católica los que pierden la unidad querida por Jesucristo.

Es un corolario del precedente: la unión de los cristianos (que no es lo mismo que la unidad de la Iglesia) no puede ser procurada sino favoreciendo el regreso de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, que ellos un día desgraciadamente han abandonado.

Por lo tanto, el falso ecumenismo, la caricatura de unidad, el ecumenismo lato, es falso e ilegítimo, puesto que reconoce a las falsas religiones, en cuanto tales, como medios de salvación, o al menos supone en ellas la virtud o capacidad salvífica sobrenatural.

Su expresión en Asís, el 27 de octubre de 1986, es la demostración de su herejía subyacente: «Asís es el reconocimiento de la divinidad del paganismo», declaró sin ambigüedades Su Excelencia Monseñor Antonio de Castro Mayer en Ecône, el 29 junio de 1988.

Pidamos a San Lucas que interceda por nosotros y nos alcance un verdadero celo apostólico.