LA INHÓSPITA TRINCHERA

Conservando los restos

LOS MACABEOS

(Segunda Entrega)

El fin y objeto de los dos Libros de los Macabeos no es solamente dar una exposición histórica de las guerras contra los más poderosos opresores de Israel, sino también, y más aun, poner de relieve las tremendas pruebas que sufrió el pueblo escogido por querer imitar a los paganos, y destacar el auxilio de la divina Providencia en aquella lucha de vida o muerte que, humanamente hablando, habría debido tener por consecuencia la aniquilación del pequeño pueblo judío.

Si esto no sucedió, si el curso de la historia tomó un rumbo contrario a toda expectación humana, estamos autorizados y obligados a atribuirlo a la intervención del Altísimo, que una vez más se mostró benigno para con su pueblo, del cual poco después había de nacer el Mesías.

Después de describir la situación política y religiosa de Palestina a raíz de la persecución de Antíoco IV Epífanes y la resistencia de Matatías, sigue la historia de los hijos de Matatías, sus batallas, victorias y proezas: Judas Macabeo (III, 1 – IX, 22), Jonatás (IX, 23- XII, 53) y Simón (capítulos XIII – XVI).

Los versículos 3 al 9 del Tercer Capítulo cantan la gloria de Judas Macabeo, figura central de todo el libro. Nótese la magnífica imagen en que el autor retrata al héroe de Dios: protegía con su espada todo el campamento:

“Y le sucedió su hijo Judas, que tenía el sobrenombre de Macabeo. Le ayudaban todos sus hermanos, y todos cuantos se habían unido con su padre, y peleaban con alegría por la defensa de Israel. Y dio Judas de nuevo lustre a la gloria de su pueblo; se revistió cual gigante la coraza, se ciñó sus armas para combatir, y protegía con su espada todo el campamento. Parecía un león en sus acciones, y se asemejaba a un cachorro cuando ruge sobre la presa. Persiguió a los malvados, buscándolos por todas partes; y abrasó en las llamas a los que turbaban el reposo de su pueblo. El temor que infundía su nombre hizo desaparecer a sus enemigos, todos los malvados se llenaron de turbación; y con su brazo obró la salud. Preparaba gran amargura a muchos reyes; sus acciones eran la alegría de Jacob, y será eternamente bendita su memoria. Recorrió las ciudades de Judá, exterminando de ellas a los impíos y apartó el azote de sobre Israel. Su nombradía llegó hasta el cabo del mundo, y reunió alrededor de sí a los que estaban a punto de perecer”.

El autor sagrado teje un elogio del nuevo héroe del pueblo de Dios.

Por él la fama de Israel traspasó las fronteras, que su hermano Simón ensanchará.

Su figura es como la de un gigante. Marcha a la cabeza de sus tropas. Es intrépido y arrojado como un león; como un cachorro de león ruge por la presa, pidiendo así a Dios su alimento. Como el león, Judas y sus hombres habitan en las montañas, se guarecen en los antros de las peñas, acechan desde allí al enemigo y se lanzan de improviso sobre su víctima.

Sus connacionales afiliados al helenismo eran la mira de sus pesquisas, entregando a la hoguera los culpables (5: 5 y 44; II Mac, 8: 33). Los enemigos se asombraban de la valentía del nuevo jefe y temblaban en su presencia.

Combatió victoriosamente contra Antíoco Epífanes, Antíoco Eupator y Demetrio I. Sus victorias elevaron la moral del pueblo y eran celebradas con cánticos y odas en toda la nación.

Las gentes que se apiñaron en torno a Judas Macabeo crecían en número de día en día. Las autoridades de Jerusalén calcularon que para infligirles una derrota definitiva necesitaban refuerzos de fuera, buscándolos en Samaría. Apolonio estaba al frente de las tropas apostadas en Samaría, distrito de la Celesiria.

Apolonio vio en ello una ocasión propicia para descargar su saña contra los odiados judíos. Pero el Macabeo no estaba desprevenido; le atacó de improviso, dejando muchos muertos sobre el campo, entre los cuales figuraba el mismo Apolonio.

Judas se apoderó en seguida de sus despojos, reservándose para sí la espada de Apolonio; de la cual se servía siempre en los combates.

La derrota de Apolonio tuvo repercusiones en el reino seléucida. Un general del cuerpo de ejército regular de Celesiria quiso borrar la ignominia del ejército sirio con una expedición de castigo y aprovechar la acción para cubrirse de gloria ante el soberano. A los soldados que reclutó en Siria se les juntaron algunos judíos apóstatas. Los “impíos”, como los llama el texto, más que en cubrirse de gloria, soñaban en la posibilidad de regresar a sus hogares, recobrar sus posesiones y vengarse de aquellos que les constreñían a expatriarse.

El camino que siguió el ejército de Serón fue probablemente el de la costa. Al llegar a la altura de Modín no vislumbró trazas del enemigo. Con precaución se internó hasta Betorón Bajo, donde acampó con su ejército. Más tarde continuó su avance hacia la subida de Betorón, con ánimo de proseguir su camino hacia el este. Pero Judas, apostado en la cima de la subida empinada y rocosa, le cortó el paso.

Según los cálculos humanos, era tanta la desproporción numérica, que la derrota era evidente. A ello se agregaba la circunstancia de estar extenuados por el hambre, provocada por el ayuno legal. La única ventaja del ejército de Judas, aparte de la invisible ayuda del Cielo, era la situación estratégica.

Los soldados de Judas, al ver el ejército que venía contra ellos, dijeron a Judas: “¿Cómo podremos nosotros pelear contra un ejército tan grande y valeroso, siendo, como somos, tan pocos, y estando debilitados por el ayuno de hoy?”

Judas respondió con admirables palabras, dignas de David: “El que manda combatir, da también la victoria”.

Así Gedeón dispersó a ciento veinte mil madianitas con trescientos hombres desarmados. Abrahán, con trescientos dieciocho criados venció a cuatro reyes. Judit derribó a Holofernes, David a Goliat.

Dice San Agustín: “Dios no manda lo imposible, sino que, al dar preceptos, advierte que se haga lo que se pueda y que se pida auxilio en lo que no pueda hacerse; entonces da la fuerza de obrar”.

Declaró, pues, Judas: “Fácil cosa es que muchos sean presa de pocos; pues cuando el Dios del cielo quiere dar la victoria lo mismo es para Él que haya poca o que haya mucha gente; porque el triunfo en los combates no depende de la multitud de las tropas, sino del cielo, que es de donde dimana la fortaleza. Ellos vienen contra nosotros con una turba de gente insolente y orgullosa, con el fin de aniquilarnos a nosotros, y a nuestras mujeres, y a nuestros hijos, y despojarnos; mas nosotros vamos a combatir por nuestras vidas y por nuestra Ley. El Señor mismo los hará pedazos en nuestra presencia; y así no los temáis”.

Una vez enardecidos los ánimos con las palabras de Judas, el diminuto ejército se lanzó contra el enemigo, que, imposibilitado de maniobrar por la estrechez del terreno, se replegó hacia la llanura, perseguido por Judas, desde la bajada de Bethorón hasta el llano; y habiendo quedado ochocientos hombres tendidos en el campo de batalla, huyeron los demás al país de los filisteos.

Con esto Judas y sus hermanos eran el terror de todas las naciones circunvecinas; y su fama llegó hasta los oídos del rey, y en todas partes se hablaba de las batallas de Judas. Comenzó a tomarse en serio la existencia de Judas y de su ejército. No se trataba de vulgares bandas de rebeldes y de descontentos, sino de un ejército bien disciplinado.

Estas escaramuzas y victorias sobre el ejército sirio levantaron la moral de los judíos ortodoxos; los débiles en la fe se reafirmaban en sus creencias; los apóstatas temían por su porvenir; las autoridades civiles y el ejército sirio perdían prestigio a los ojos de sus simpatizantes. El mismo rey se enteró de la osadía de Serón, que terminó con un resonante descalabro militar.

A un jefe de distrito, Apolonio, siguió un general de provincia, Serón, y, finalmente, el mismo rey, Antíoco. En los días en que el monarca se enteró de que las cosas de Palestina marchaban mal, estaba planeando una expedición a Oriente con el fin de castigar al rey de los partos. No le era posible de momento dirigir la campaña de Palestina. Pero pensaba que la victoria sobre el rey Arsaces VI aseguraría la paz en Oriente y llenaría las arcas reales para hacer frente a los gastos militares. De momento, y para asegurarse la fidelidad de las tropas, les pagó el sueldo de un año, prometiendo ser más generoso de regreso de Persia.

Dejó a Lisias, príncipe de sangre real, por lugarteniente del reino desde el Éufrates hasta el río de Egipto, y para que tuviese cuidado de la educación de su hijo Antíoco Eupato hasta que él volviese. Le dejó la mitad del ejército y los elefantes, y le comunicó órdenes sobre todo aquello que él quería que se hiciese; y también por lo respectivo a los habitantes de la Judea, y de Jerusalén, le mandó que enviase contra ellos un ejército para destruir y exterminar el poder de Israel; y los restos que quedaban en Jerusalén, y borrar de aquel país hasta la memoria de ellos; y que estableciese en toda aquella región habitantes de otras naciones, distribuyéndoles por suerte sus tierras.

Las órdenes reales eran severísimas: liquidación total del judaísmo.

Tomó, pues, el rey la otra mitad del ejército, y partiendo de Antioquía, capital de su reino, el año ciento cuarenta y siete, y pasado el rio Éufrates, recorrió las provincias superiores.

Mientras tanto, el enemigo se acerca a Jerusalén. Lisias no podía abandonar la capital del imperio, por lo que encargó a Tolomeo, hijo de Dorimeno, organizara y dirigiera la campaña contra Palestina. Tolomeo era gobernador de Celesiria y Fenicia. De momento envió un ejército de cuarenta mil hombres y siete mil caballos a las órdenes de Nicanor y de Gorgias, ambos amigos del rey.

Los mercaderes acompañaron al ejército basados en las promesas hechas por Nicanor de cederles noventa esclavos judíos por un talento.

El ejército expedicionario siguió en su avance la ruta de la costa mediterránea hasta llegar a la altura de Emaús, a treinta kilómetros al este de Jerusalén, punto estratégico situado en la Sefela, desde donde se podían dominar los accesos de Betorón y de Ayalón, el camino de Jerusalén y los territorios del sudeste.

Los Macabeos se percataron de la gravedad de la situación. Pero la suerte estaba echada; volver atrás era tanto como cavar la propia sepultura. Donde no llegaban sus fuerzas supliría Dios, apiadándose de los que luchaban por su pueblo escogido y por su casa, el templo.

Judas y sus hermanos, viendo, pues, que se aumentaban las calamidades, y que los ejércitos se iban acercando a sus confines, y habiendo sabido la orden que había dado el rey de exterminar y acabar con el pueblo, se dijeron unos a otros: “Reanimemos nuestro abatido pueblo, y peleemos en defensa de nuestra patria, y de nuestra santa religión”.

Se reunieron, pues, en un cuerpo para estar prontos a la batalla, y para hacer oración e implorar misericordia y gracia. Se hallaba a esta sazón Jerusalén sin habitantes; de modo que parecía un desierto. No se veían ya entrar ni salir los naturales de ella, era hollado el Santuario, los extranjeros eran dueños del alcázar, el cual servía de habitación a los gentiles. Desterrada estaba de Jacob toda alegría; no se oía ya en ella flauta ni cítara.

Habiéndose, pues, reunido, se fueron a Masfa, que está enfrente de Jerusalén; por haber sido Masfa en otro tiempo el lugar de la oración para Israel. Ayunaron aquel día, y se vistieron de cilicio, y se echaron ceniza sobre la cabeza, y rasgaron sus vestidos.

Y abrieron los libros de la Ley para conocer la voluntad divina. Dada la incertidumbre del momento, se necesitan las luces de lo alto para conocer lo que debe hacerse. A falta de profeta o de sacerdote que consulte al Señor, emplean el texto de la Escritura.

Al abrir el libro les salió un pasaje en el que se hablaba de la ayuda divina. Por lo mismo, su contraseña será: De Dios la ayuda (II Mac. 8: 23).

San Agustín conocía esta práctica de inquirir la voluntad de Dios mediante la apertura al azar de las Sagradas Escrituras. San Francisco de Asís buscó en el Evangelio el género de vida que tenían que seguir él y sus frailes.

También trajeron los ornamentos sacerdotales, y las primicias y diezmos; e hicieron venir a los nazareos que habían cumplido los días de su voto; y levantando su clamor hasta el cielo, dijeron:

¿Qué haremos de estos, y adónde los conduciremos? Tu Santuario está hollado y profanado, y cubiertos de lágrimas y de abatimiento tus sacerdotes; y he aquí que las naciones se han coligado contra nosotros para destruirnos. Tú sabes sus designios contra nosotros. ¿Cómo, pues, podremos sostenernos delante de ellos, si Tú, oh Dios, no nos ayudas?”

Todo esto fue una muestra de la fidelidad a la Ley. Dios se apiadará de su pueblo y hará de manera que en un tiempo no lejano se realice en el templo de Jerusalén lo que ahora se hace en Masfa.

Los que estaban presente no dudaban de que así sería. Por lo mismo tocan las trompetas. Estos toques de trompeta eran, a la vez, grito de guerra e invocación a Yahvé antes del combate.

Nombró después Judas los caudillos del ejército, los tribunos, los centuriones, y los cabos de cincuenta hombres, y los de diez. Y a aquellos que estaban construyendo casa, o acababan de casarse, o de plantar viñas, como también a los que tenían poco valor, les dijo que se volviesen cada uno a su casa, conforme a lo prevenido por la Ley. Levantaron luego los reales, y fueron a acamparse al mediodía de Emaús.

Y Judas les habló de esta manera: “Tomad las armas, y tened buen ánimo; y estad prevenidos para mañana, a fin de pelear contra estas naciones, que se han unido contra nosotros para aniquilarnos, y echar por tierra nuestra santa religión; porque más nos vale morir en el combate, que ver el exterminio de nuestra nación y del Santuario. Y venga lo que fuere la voluntad del cielo”.

Judas se apresta a la lucha, imponiendo una sólida organización a sus tropas. Sus hermanos estaban al frente de los principales destacamentos.

Conforme a la Ley (Deut. 20: 5-8), mandó a sus casas a los que podían entorpecer el entusiasmo y arrojo de los combatientes.

Seleccionados los combatientes, Judas les dirige las últimas recomendaciones: ceñirse bien la cintura para poder correr más y mejor; pensar que es mejor morir combatiendo que vivir como esclavos de un pueblo gentil. Mucha confianza en Dios, que es, en último término, el que decide el éxito o fracaso de la batalla.

Tomó Gorgias consigo cinco mil hombres de a pie, y mil caballos escogidos; y de noche partieron, para dar sobre el campamento de los judíos, y atacarlos de improviso; sirviéndoles de guías los del país que estaban en el alcázar. Tuvo Judas aviso de este movimiento, y marchó con los más valientes de los suyos para acometer al grueso del ejército del rey, que estaba en Emaús. Se hallaba el ejército todavía desparramado, fuera de los atrincheramientos. Gorgias llegó aquella noche al campamento de Judas, y no hallo en él alma viviente; se fue, pues, a buscarlos por los montes, diciendo: Estas gentes van huyendo de nosotros.

Mas así que se hizo de día, se dejó ver Judas en el llano, acompañado tan solamente de tres mil hombres, que se hallaban faltos de espadas y broqueles; y reconocieron que el ejército de los gentiles era muy fuerte, y que estaba rodeado de coraceros y de caballería, y que todos eran diestros en el combate.

Entonces Judas habló a los suyos de esta manera: “No os asuste su muchedumbre, ni temáis su encuentro. Acordaos del modo con que fueron librados nuestros padres en el Mar Rojo, cuando el Faraón iba en su alcance con un numeroso ejército; y clamemos ahora al cielo, y el Señor se compadecerá de nosotros, y se acordará de la Alianza hecha con nuestros padres, y destrozará hoy a nuestra vista ese ejército; con lo cual reconocerán todas las gentes que hay un salvador y libertador de Israel”.

Los sirios tuvieron noticia de los desplazamientos del diminuto ejército judío. Gorgias marchó a su encuentro con la intención de sorprender a Judas en algún sitio y obligarle a presentar batalla.

Hombres de la ciudadela, entre los cuales había judíos apóstatas, guiaron a Gorgias por el quebrado terreno. Supo Judas el itinerario del ejército de Gorgias y se desplazó a su vez, presentándosele la magnífica ocasión de atacar a los dos cuerpos de ejército por separado.

Burlando la búsqueda de Gorgias, se dirigió muy de mañana al campamento de Emaús. Desde su escondite examinó Judas de cerca el campamento general de los sirios y estudió las posibilidades de asaltarlo. La ocasión era propicia, porque parte del ejército andaba errante por la montaña en su busca. Además, el campamento hallábase en período de consolidación, de manera que muchos soldados vivaqueaban fuera del mismo, en completo desorden y con una disciplina militar relajada.

La escasez de hombres y armas frente al poderoso enemigo no impidió al Macabeo el gesto de valor y confianza, porque él no buscaba su gloria, sino la de Dios. Leemos en el libro de Judit que en todas partes en donde el pueblo de Dios entraba sin tener arco ni espada, quedaba victorioso porque el cielo combatía por él a causa de la confianza que tenía en Dios (Judit V, 16).

En esto levantaron sus ojos los extranjeros, y percibieron que los judíos venían marchando contra ellos, y salieron de los reales para acometerlos. Entonces los que seguían a Judas dieron la señal con las trompetas; y habiéndose trabado combate, fueron desbaratadas las tropas de los gentiles; y echaron a huir por aquella campiña. Mas todos los que se quedaron atrás, perecieron al filo de la espada. Y los vencedores fueron siguiéndoles al alcance hasta Gecerón, y hasta las campiñas de Idumea y de Azoto y de Jamnia, y murieron de ellos hasta tres mil hombres.

Se volvió después Judas con el ejército que le seguía, y dijo a sus tropas: “No os dejéis llevar de la codicia del botín; porque aun tenemos enemigos que vencer; y Gorgias se halla con su ejército cerca de nosotros en el monte. Ahora, pues, manteneos firmes contra nuestros enemigos, y vencedlos, y después tomaréis los despojos con toda seguridad”.

Hubiera sido contraproducente detenerse en desalojar a los fugitivos de las ciudades en que se habían refugiado, porque Gorgias merodeaba por los montes vecinos. Hubiera sido también fatal para los judíos dejarse llevar de la codicia ante los despojos del campamento asirio, olvidando que un cuerpo de ejército, todavía intacto, podía caer de un momento a otro sobre ellos. Contra estos peligros les previene Judas.

En efecto, aún estaba hablando Judas cuando se descubrió parte de las tropas, que estaban acechando desde el monte. Y reconoció Gorgias que los suyos habían sido puestos en fuga, y que habían sido entregados al fuego sus reales; pues la humareda que se veía le daba a entender lo sucedido. Cuando ellos vieron esto, y al mismo tiempo a Judas y su ejército en el llano preparados para la batalla, se intimidaron en gran manera, y echaron todos a huir a las tierras de las naciones extranjeras.

Gorgias no intentó presentar batalla, sino retirarse hacia la tierra de los filisteos, en busca del deshecho cuerpo de ejército al mando de Nicanor.

Con esto, Judas se volvió a tomar los despojos del campo, donde juntaron mucho oro y plata, y jacinto, y púrpura marina, y grandes riquezas. Y al volverse entonaban himnos, y bendecían a voces a Dios: porque el Señor es bueno, y eterna es su misericordia. Y con esta memorable victoria se salvó Israel en aquel día.

Los extranjeros que escaparon, fueron a llevar la nueva a Lisias de cuanto había sucedido; y así que lo oyó, quedó consternado, y como fuera de sí, por no haber salido las cosas en Israel según él se había prometido y conforme el rey había mandado.

Continuará…