LA INHÓSPITA TRINCHERA

Conservando los restos

LOS MACABEOS

Los dos Libros de los Macabeos son los últimos del Antiguo Testamento, cronológicamente posteriores a los de Esdras y Nehemías, que señalan el retorno de Babilonia.

Han recibido su nombre del tercer hijo del sacerdote Matatías: Judas; a quien por su valentía fue dado el sobrenombre de Makkébet (martillo). Ese apodo pasó a los hermanos de Judas y a toda su familia —por haber machacado ellos duramente a los enemigos—, que antiguamente se llamaba de los Hasmoneos, por Hasmonai, bisabuelo de Matatías.

El primer Libro empieza describiendo la situación política y religiosa de Palestina a raíz de la persecución de Antíoco IV Epífanes (175-164).

Con un rápido bosquejo histórico señala el autor las raíces de la situación política y religiosa de Palestina, contra la cual se levantó la dinastía asmonea. Este resumen histórico ocupa todo el capítulo primero.

En el verano del año 336 fue asesinado Filipos, sucediéndole en el trono su hijo Alejandro, a la sazón de veinte años de edad. El año anterior subió al trono su futuro rival, Darío III Codomano, por gracia del eunuco Bagoas.

En el pecho del joven macedonio hervía el deseo de vengar las ofensas que había infligido a Grecia el imperio persiano. Una vez afianzado en el trono y reforzadas las fronteras de Macedonia, cruzó los Dardanelos en la primavera del año 334, al frente de treinta mil soldados de infantería y cinco mil de caballería. Le seguía un reducido número de letrados, entre los cuales descuella Tolomeo, que recibió el encargo de tener al día la Crónica de los acontecimientos.

Apenas desembarcó en Abidos, consiguió la gran victoria de Granico (mayo-junio del año 334), que le abrió las puertas de Asia. A medida que se internaba iban cayendo en su poder las ciudades costeras. En octubre del año 333, la victoria sobre Darío Codomano abre al helenismo las puertas de Oriente. Las bases de Adrados, Biblos y Sidón se le rinden; Tiro cerróle sus puertas. Después de seis meses de sitio cayó la ciudad en su poder (julio del año 332). En su marcha hacia el sur sitió a Gaza, que se le rindió a los dos meses. En noviembre del año 332 llega victorioso al valle del Nilo. En la primavera del 331 se encuentra nuevamente en Tiro, en donde organizó la provincia siro-palestinense.

Cuenta Flavio Josefo que, después de la conquista de Gaza, Alejandro visitó Jerusalén, en donde fue acogido con grandes honores por parte del pueblo y del sumo sacerdote Yaddúa, ofreciendo sacrificios en el templo y concediendo grandes favores al pueblo judío.

Ante los grandes triunfos de Alejandro enmudeció la tierra (Jue. 3: 11-30; II Crón. 13: 23; Is. 14: 7), por lo que su corazón se engrió y llenó de orgullo, hasta el límite de reclamar para sí honores divinos. En el oasis de Siwa, los sacerdotes legitimaron su advenimiento al trono de los faraones, declarándolo hijo de Dios.

A estas locas pretensiones alude el autor del libro, ya que “nacimiento divino y dominación universal son dos pretensiones inseparables”. El autor del libro juzga a Alejandro por la fama que de él se ha conservado entre el pueblo, sin pretender estudiar a fondo el alma y las gestas del famoso general macedonio.

La muerte le sorprendió antes de nombrar sucesores. Al preguntársele en vida cuál sería su sucesor, respondió: “El mejor”. Es posible que en vida manifestara vagamente su pensamiento sobre quiénes debían sucederle a su muerte. El autor sagrado no quiere entrar en detalles. Cualquiera que fuese la última voluntad del conquistador, el texto sagrado tiene en cuenta preferentemente el hecho histórico de la división de mando entre los más conspicuos generales, faltando una sucesión dinástica directa.

En el consejo de oficiales se sistematizó la sucesión de Alejandro. Por unos veinte años, el imperio único sobrevivió a los conatos de las fuerzas disolventes. Las intrigas empezaron entre los Diádocos, o sea, los sucesores, eliminándose uno a otro.

Después de la victoria naval contra Tolomeo, en Salamina de Chipre, año 306, Antígono se arrogó el título de rey, ejemplo que imitaron Tolomeo en Egipto, Lisímaco en Tracia, Seleuco en Babilonia, Gasandro en Macedonia.

Prácticamente, Palestina sólo tuvo roces con los lágidas y los seléucidas, especialmente en el período comprendido entre el año 280 al 219 antes de Cristo. Durante todo este espacio de tiempo “se multiplicaron los males sobre la tierra”. El peor de ellos para el autor sagrado fue la penetración en tromba de la cultura griega, en el amplio sentido de la palabra, en Palestina, con graves amenazas para el judaísmo tradicional.

Seguidamente, el Libro relata la resistencia de Matatías, de estirpe sacerdotal, su celo por la Ley, y su muerte (capítulos I-II).

Matatías es la encarnación del sentimiento religioso y patriótico, el cual supo infundir a sus hijos y a un pequeño núcleo de su pueblo, que no rehusaba ningún sacrificio para obtener la victoria.

Ya en tiempos de Antíoco III existía en Jerusalén un grupo partidario del helenismo. Muchos judíos sentían la necesidad de abandonar moldes antiguos para colocarse en el nivel cultural de los pueblos de la gentilidad. El aislamiento judío era considerado por los griegos como signo de barbarie. La libertad de costumbres, de expresión y organización encandilaban a la juventud judía. El ideal griego era tentador; desde el punto de vista humano era una locura renunciar a él.

Para los helenizantes, el aislamiento impuesto por la Ley (Ex. 34: 11-16; Deut. 7: 1-11; 12: 29-31) había acarreado infinitos males a la nación judaica (Jer. 44: 16-19). Los más exaltados pedían la abrogación de la Ley mosaica, la destrucción total de los rollos de la Tora y la facultad de poder comer las carnes que el judaísmo consideraba impuras.

El hecho de que algunos acudieran al rey de Siria para conseguir de él la autorización de seguir las costumbres paganas, se explica, o bien para escapar a las penas que la Ley dictaba contra los apóstatas (Lev. 24: 14), o para pedir al rey abrogara el decreto de Antíoco III por el que se concedía a cada pueblo el derecho de seguir sus leyes y costumbres propias.

El jefe de esta expedición fue Jasón, al que concedió el rey la autorización para instalar un gimnasio y una mancebía en Jerusalén. Una vez en el poder, “se dio a introducir las costumbres griegas entre sus conciudadanos”. Los jóvenes judíos actuaban desnudos en el gimnasio griego, lo que dio pie a que se introdujera la costumbre de practicar una operación dolorosa, conocida por el nombre de epispasmós (I Cor. 7: 18), con el fin de borrar las señales de la circuncisión, considerada por los griegos como un atentado contra la dignidad personal e integridad corporal.

El año 172, el rey Tolomeo VI Fitometor cumplía catorce años de edad. Al morir su madre, Cleopatra, hermana de Seleuco IV y de Antíoco Epífanes, pasó el joven monarca a depender de dos tutores, que planearon la conquista de la Gelesiria, a saber, de los territorios de Fenicia y Palestina, que constituían el dote que Cleopatra debía aportar al casarse con Tolomeo V.

Enterado Antíoco de los planes de los tutores del rey por confidencias del embajador enviado a las fiestas de la entronización, hizo un despliegue de fuerzas en Palestina con el fin de impresionarles. Más tarde, aprovechando la coyuntura de que los romanos estaban empeñados en la guerra contra Perseo, rey de Macedonia, repelió la agresión de Egipto contra Palestina, penetrando con un numeroso ejército en las riberas del Nilo. En esta campaña empleó Antíoco carros armados con hoces, que habían usado profusamente los aqueménides, por razón de su gran movilidad en las pistas de la costa mediterránea. El elefante era el animal preferido por los seléucidas, recibiendo Seleuco I el título de elefantarco.

Puesto en fuga el ejército egipcio, Antíoco ocupó Pelusio, penetró hasta Menfis, hizo prisionero al joven monarca y se dirigió a Alejandría, cuyo sitio tuvo que abandonar. Con un inmenso botín regresó a Palestina, donde llegó el año 169, 143 de la era de los seléucidas.

Sus motivos tenía Antíoco para dirigirse a Jerusalén antes de entrar en Siria. En efecto, durante su permanencia en Egipto circuló el rumor de que había muerto, lo que aprovechó Jasón, animador del partido filoegipcio y ex sumo sacerdote depuesto por el rey, para adueñarse de Jerusalén.

Menelao entregó a Antíoco una importante cantidad con el fin de que le nombrara sumo sacerdote. El rey, avaro y necesitado de dinero, satisfizo sus anhelos, lo que obligó a Jasón a huir de Jerusalén y refugiarse en la región de Ammán, en Trans-Jordania. Dispuesto a quitar de en medio a todos sus rivales, aprovechó Menelao los servicios del regente Andrónico para asesinar a Onías III, el sumo sacerdote legítimo, hermano de Jasón.

En el golpe de mano que dio este último contra Jerusalén logró apoderarse de la ciudad, pero no pudo expugnar la ciudadela, al norte del templo, en donde se refugió Menelao. Al enterarse Jasón de que Antíoco se acercaba a la ciudad con su poderoso ejército, huyó de nuevo hacia su refugio de Trans-Jordania, buscando asilo entre los nabateos, cuyo rey, Areta I, lo encarceló.

Antíoco entró triunfante en Jerusalén. Acompañado por Menelao, sumo sacerdote, penetró en el templo, señalando a su paso por el lugar sagrado los objetos preciosos que debían entrar en el bagaje real.

La idea de los derechos de la monarquía divina era tan arraigada, que el dios Epífanes se creía con el derecho de disponer de la riqueza de los templos de su imperio sin cometer un pecado de sacrilegio. Antíoco se proclamó dios después de la victoria sobre Tolomeo VI, añadiendo al nombre el título de Theós Epiphanés, dios manifiesto, es decir, el dios solar Hor, título que lleva Tolomeo V en el decreto de Roseta. Con el tiempo, el simple apelativo de Epiphanés pudo designar más bien un título honorífico, correspondiente a ilustre. También se le conoció por el sobrenombre de epímane, maniático.

El saqueo del templo exacerbó el ánimo de los fieles, que demostraron públicamente su disconformidad con el proceder de Antíoco y del sumo sacerdote Menelao. La guardia real debió castigar su valentía con la muerte de los manifestantes, derramando su sangre sobre el pavimento sagrado, ya contaminado por las plantas de un rey gentil. El pillaje del templo desencadenó un duelo general, que el autor describe empleando el estilo de la lamentación.

A los dos años del saqueo del templo, a saber, en el año 145 de la era seléucida y 167 antes de Cristo, otro infortunio debía probar al sufrido pueblo judío. Soñaba Antíoco con anexionar Egipto a su imperio. Pero esta última vez no sucederán las cosas como en la primera, porque una embajada capitaneada por Popilio Laenas entregó a Antíoco el ultimátum del senado romano por el que se le intimaba a que abandonara Egipto si no quería perder la amistad de Roma. Viendo la inutilidad de sus esfuerzos, respondió: “Haré lo que el senado disponga”.

La noticia de la humillación real llegó a Palestina, llenando de gozo al partido pro-egipcio, que se forjaba la ilusión de pasar pronto a depender de Tolomeo. Pero fue Jerusalén el blanco de las iras del rey. Un emisario real, llamado Apolonio, penetró en Judea el año 167 antes de Cristo al frente de veintidós mil soldados. Fingió Apolonio que venía en calidad de amigo, sin abrigar aviesas intenciones contra el pueblo judío. Un sábado reunió sus tropas en los alrededores de la ciudad bajo la mirada curiosa de un público ocioso por la ley del descanso sabático, fiado en las palabras de paz del misarca. Cuando el público era más numeroso y ante el desconcierto general, se lanzaron los soldados contra la muchedumbre, que, presa de pánico, se atropellaba desordenadamente, buscando la manera de huir de la soldadesca, que blandía sus espadas desenvainadas contra los despavoridos judíos. Fue día de gran duelo para la ciudad.

Los ocupantes edificaron la ciudad de David con un muro alto y fuerte, torres también fuertes, convirtiéndola en ciudadela. Instalaron allí gente impía, hombres malvados, que en ella se hicieron fuertes. La aprovisionaron de armas y vituallas, y, juntando los despojos de Jerusalén, los depositaron en ella, viniendo a ser para la ciudad un gran lazo.

Desde el lugar alto del Acra se dominaba perfectamente la explanada del templo, de manera que los sirios podían hacer abortar o aplastar los intentos de rebelión de parte de los judíos. En esta fortaleza, rodeada de potentes muros, vivía una guarnición militar siria, sus familias y las de algunos judíos apóstatas. Para casos de emergencia, contenía depósitos de armas, víveres y objetos requisados a los particulares.

Fue una asechanza para el santuario, una grave y continua amenaza para Israel. Derramaron sangre inocente en torno al santuario y lo profanaron. A causa de ello huían los moradores de Jerusalén, que vino a ser habitación de extraños. Se hizo extraña a su propia prole, y sus hijos la abandonaron. Su santuario quedó desolado como el desierto; sus fiestas se convirtieron en duelo; sus sábados en oprobio, y en desprecio su honor. A la medida de su gloria creció su deshonra, y su magnificencia se volvió en duelo.

Los ciudadanos del Acra eran dueños de vidas y haciendas. Desde su posición elevada dominaban el templo, ridiculizaban las ceremonias religiosas y hacían extorsión a los peregrinos que acudían al lugar sagrado. Los mismos habitantes de la ciudad, fieles a las tradiciones patrias, huyeron de la misma para no ser el escarnio de sus connacionales apóstatas. El lugar que dejaban era ocupado inmediatamente por algún advenedizo de la gentilidad, de tal manera que, poco a poco, la Ciudad Santa se convirtió en morada de extraños. La vida religiosa se extinguió.

El rey Antíoco publicó un decreto en todo su reino de que todos formaran un solo pueblo, dejando cada uno sus peculiares leyes. Todas las naciones se avinieron a la disposición del rey. Muchos de Israel se acomodaron a este culto, sacrificando a los ídolos y profanando el sábado.

Dos bandos se debatían entre los judíos: la de los conservadores, que trataban de aislar a Israel del mundo que los rodeaba con el fin de impedir que elementos paganos entraran en el judaísmo tradicional; la de los helenizantes, que achacaban al aislamiento el germen de los males que aquejaban a Israel.

Abrir las fronteras y permitir que nuevos aires rejuvenecieran una religión y una cultura exótica y retrógrada era la máxima aspiración de los sincretistas judíos.

Antíoco quiso terminar con los particularismos dentro de su reino; de ahí el decreto de unificación nacional. Los pueblos paganos no opusieron a ello dificultad alguna; pero Israel sí. Los apóstatas aceptaron satisfechos la imposición real, sacrificando a los ídolos.

Por medio de mensajeros, el rey envió a Jerusalén y a las ciudades de Judá órdenes escritas de que siguieran todos aquellas leyes, aunque extrañas al país; que se suprimiesen en el santuario los holocaustos, el sacrificio y la libación; que se profanasen los sábados y las solemnidades; que se contaminase el santuario y el pueblo santo; que se edificasen altares y santuarios y templos idolátricos y se sacrificasen puercos y animales impuros; que dejasen a los hijos incircuncisos; que manchasen sus almas con todo género de impureza y de abominación, de suerte que diesen al olvido la Ley y mudasen todas sus instituciones, y que quien se negase a obrar conforme a este decreto del rey fuera condenado a muerte.

La ley general se aplicó inexorablemente a los judíos. Un enviado especial de Antíoco llegó a Jerusalén y a todas las ciudades de Judea para notificar a todos el contenido de la orden real.

Más que por iniciativa propia, Antíoco se decidió a dar este paso instigado por los judíos apóstatas. Empezó Antíoco por abolir el decreto de su padre Antíoco III en favor de los judíos, por el cual, entre otros privilegios, se les concedía que “todos los que forman parte del pueblo tienen obligación de vivir conforme a las leyes de sus antepasados”.

El pretexto invocado por Epífanes era la reunificación del imperio, resquebrajado por gran variedad de costumbres y religiones. En vez del altar legítimo, mandó el rey que se levantaran altares a los falsos dioses, templos con terrenos propios alrededor, y que se multiplicaran por los pueblos, campos y montañas las hornacinas con el correspondiente icono del dios en cuyo honor se erigían.

Era Antíoco ferviente devoto de Júpiter Olímpico. Pero acaso pretendió que debía ser él el dios que sustituyera a Yahvé. El año 166 acogía con satisfacción el grito enfervorizado de la muchedumbre que en Dafne le aclamaba como Theós Epiphánes Nikéforos. Es de suponer que el culto oficial del rey divinizado establecido por Antíoco III en cada satrapía fue reforzado por Epífanes.

A los judíos estaba terminantemente prohibido comer y sacrificar animales impuros. Antíoco mandó que se sacrificaran cerdos y otros animales impuros, tales como perros, camellos, liebres, etc. Con su decreto había herido de muerte al judaísmo ortodoxo. No había lugar ni persona que gozara de pureza legal.

Tal fue el decreto publicado en todo el reino. En todo Israel instituyó inspectores, y a las ciudades de Judá les dio la orden de que sacrificasen cada una por sí, ciudad por ciudad. Se les unieron muchos del pueblo, todos los que abandonaron la Ley. Fueron grandes los males que cometieron en la tierra, obligando a los verdaderos israelitas a ocultarse en todo género de escondrijos.

Los inspectores (episkopoi) cuidaron del cumplimiento del decreto en Jerusalén y ciudades de Palestina. Las medidas tomadas por Antíoco lograron la adhesión de muchos vacilantes en la fe. Su ejemplo fue causa de grandes males. Los verdaderos israelitas se veían obligados a renunciar a la vida de sociedad y a esconderse en parajes solitarios y desérticos, esperando tiempos mejores.

El día quince del mes de Casleu del año ciento cuarenta y cinco edificaron sobre el altar la abominación de la desolación, y en las ciudades de Judá de todo alrededor edificaron altares; ofrecieron incienso en las puertas de las casas y en las calles, y los libros de la Ley que hallaban los rasgaban y echaban al fuego. A quien se le hallaba con un libro de la alianza en su poder y observaba la Ley, en virtud del decreto real se le condenaba a muerte.

Convertida Jerusalén en ciudad griega, su templo tenía que correr la misma suerte. Por su condición de Polis, el Acra debía incorporarse al santuario local, por ser el templo, a los ojos de los griegos, uno de los elementos principales de la nueva ciudad. De ahí que a principios de diciembre del año 167 empezó la transformación del templo, perdiendo su condición de santuario de Yahvé y convirtiéndose en templo idolátrico.

Sobre el altar de los holocaustos fue levantada “la abominación de la desolación”. Esta expresión procede del Profeta Daniel, y designa un altar profano de pequeñas dimensiones que se levantó sobre el grandioso altar judío. Se alude también a una estatua en honor de Júpiter Olímpico.

Sea cual fuese su naturaleza específica, se trata evidentemente de algo que desconcertaba a los judíos ortodoxos al ver convertido el templo de Yahvé en guarida de ídolos. Esto era una abominación horrible.

Dioses paganos habían arrebatado a Yahvé la propiedad del altar donde antes se le ofrecían sacrificios. Era la primera vez que se cometía tan horrendo crimen. Antes, durante los reinados de Ajab y Manases, Yahvé quedaba en su casa, dueño de la misma, lo que no sucedía ahora.

Toda Palestina se paganizó. Exponentes del nuevo cambio eran los altares que se levantaron en todas, las ciudades, las hornacinas en honor de Apolo, Mercurio, Diana, que en cantidad respetable invadieron los caminos, los campos, los manantiales, los bosques y montes. A las divinidades colocadas en los pórticos de las casas se les ofrecía incienso o se les demostraba devoción con otras manifestaciones externas. Con saña especial, los esbirros del rey quemaron los ejemplares de la Torah que pudieron atrapar, por contenerse allí la regla de fe y costumbres por la que se regía el pueblo judío.

Las mujeres que circuncidaban a sus hijos eran muertas, según el decreto, con los hijos colgados a su cuello, ejecutándose al mismo tiempo a sus familiares y a los que habían practicado la circuncisión.

Muchos en Israel se mantuvieron fuertes en su resolución de no comer cosa impura, prefiriendo morir a contaminarse con los alimentos y profanar la santa alianza, y por ello murieron. Muy grande fue la cólera que se descargó sobre Israel por sus muchos pecados.

El autor sagrado ha puesto de relieve la conducta de muchos judíos que se doblegaron a las órdenes del rey. Muchos otros huyeron al desierto para no contaminarse y poder observar la Ley, o lucharon valientemente con las armas al lado de los jefes asmoneos, y muchos prefirieron morir a quebrantar los preceptos graves que les imponía la ley mosaica.

Se levantó por entonces Matatías, hijo de Juan, hijo de Simeón, sacerdote, de los hijos de Joarib, que abandonó Jerusalén y se estableció en Modín. Tenía cinco hijos: Juan, apellidado Caddis; Simón, llamado Tasi; Judas, apellidado Macabeo; Eleazar, apellidado Abarán, y Jonatán, llamado Apfos.

La figura de Matatías entra en la historia en los días en que arreciaba la persecución de Antíoco, que llegó a su grado máximo al “edificar sobre el altar la abominación de la desolación”.

Muchos oponían una resistencia pasiva, pero faltaba un jefe que aunara a los descontentos y formara una fuerza capaz de neutralizar las órdenes reales.

Matatías siguió el ejemplo de muchos israelitas que, indignados por la situación religiosa de Jerusalén, huyeron a las ciudades de provincia menos influenciadas por el helenismo. Matatías se retiró a Modín, a 12 kilómetros al este de Lidda y a 30 al noroeste de Jerusalén.

Viendo las abominaciones cometidas en Judá y en Jerusalén, dijo: “¡Ay de mí! ¿Por qué nací yo, para ver la ruina de mi pueblo y la ruina de la Ciudad Santa, obligado a habitar aquí mientras es entregada a los enemigos la Ciudad Santa, y el santuario en manos de los extranjeros? Su templo ha llegado a ser como un hombre deshonrado; los instrumentos de su gloria han sido llevados cautivos; sus niños, muertos en las plazas, y sus jóvenes, caídos bajo la espada del enemigo. ¿Qué nación no la ha desheredado de sus derechos reales y no se ha apoderado de sus despojos? Todo su ornato le fue arrebatado, y la que era libre fue hecha esclava. He aquí que nuestro santuario, que era nuestro honor y nuestra gloria, está desolado, profanado por las gentes. ¿Para qué vivir?” Rasgaron Matatías y sus hijos sus vestiduras y se vistieron de saco e hicieron gran duelo.

A Matatías se le partía el corazón al contemplar el avance de la impiedad y la inacción de los que podían y debían atajarlo.

La lamentación de Matatías expone los sentimientos que le embargaban ante el panorama religioso y político de la nación. Jerusalén ha perdido su encanto; el templo ha sido vaciado, quedando los gentiles dueños del mismo. Si tal es la triste realidad, ¿vale la pena vivir?

En tanto, llegaron a la ciudad de Modín los delegados del rey, encargados de forzar a la apostasía y organizar los sacrificios. Muchos israelitas se unieron a ellos, mientras Matatías y sus hijos se mantenían apartados.

Los enviados del rey se dirigieron a Matatías y le dijeron: “Tú eres un jefe, un hombre ilustre y un magnate en esta ciudad, apoyado por hijos y hermanos; acércate, pues, el primero, y haz conforme al decreto del rey, como hacen todas las naciones, los hombres de Judá y los que quedaron en Jerusalén. Y seréis tú y tus hijos los amigos del rey, y seréis enriquecidos, tú y tus hijos, de plata, oro y muchas mercedes”.

A lo que contestó Matatías en alta voz: “Aunque todas las naciones que forman el imperio abandonen el culto de sus padres y se sometan a vuestros mandatos, yo y mis hijos y mis hermanos viviremos en la alianza de nuestros padres. Líbrenos Dios de abandonar la Ley y sus preceptos. No escucharemos las órdenes del rey para salimos de nuestro culto, ni a la derecha ni a la izquierda”.

Cualquier vacilación por parte de Matatías podía arrastrar a todo un pueblo a la idolatría. Por lo mismo, con voz potente rechazó las lisonjeras palabras de los enviados reales.

Apenas había terminado de hablar, cuando en presencia de todos se acercó un judío para quemar incienso en el altar que había en Modín, según el decreto del rey. Al verlo Matatías, se indignó hasta estremecerse, y, llevado de justa ira, fue corriendo y le degolló sobre el altar. Al mismo tiempo mató al enviado del rey, que obligaba a sacrificar, y destruyó el altar. Así mostró su celo por la Ley.

La cólera de Matatías está conforme al derecho, por cuanto el Deuteronomio (13: 7-12; 17: 2-7) prescribía que se matara a los idólatras y a los que inducían a otros a cometer tan horrendo crimen.

Alzó luego Matatías el grito en la ciudad, y dijo: “¡Todo el que sienta celo por la Ley y sostenga la alianza, sígame!” Y huyeron él y sus hijos a los montes, abandonando cuanto tenían en la ciudad.

Entonces muchos que suspiraban por la justicia y la equidad bajaron al desierto para habitar allí, así ellos como sus hijos y sus mujeres y sus ganados, pues los males pesaban sobre ellos.

Y así que llegó a noticia de los enviados del rey y de las fuerzas que había en Jerusalén, en la ciudad de David, que aquellos hombres, desobedeciendo el decreto del rey, habían bajado para esconderse en el desierto, y que muchos los habían seguido, los sorprendieron; y acampando enfrente de ellos, se dispusieron a atacarles en día de sábado. Y les decían: “Basta con lo hecho hasta aquí. Salid y cumplid el decreto del rey, y viviréis”. Ellos contestaron: “No saldremos ni haremos lo mandado por el rey, profanando el sábado”. En seguida los acometieron, y ellos no les respondieron, ni les lanzaron una piedra, ni taparon sus escondrijos, diciendo: “Muramos todos en nuestra inocencia, y el cielo y la tierra serán testigos de que injustamente nos hacéis morir”. Y, acometidos en día de sábado, murieron ellos, sus mujeres, sus hijos y sus ganados, hasta mil hombres.

La actitud del pueblo ante la invitación de los enviados reales confirmó a Matatías en la impresión de que el pueblo judío se mantenía fiel a la religión de sus padres. Los que obedecían al rey eran llevados por el interés o por el miedo. Calculó él que al enarbolar la bandera de la rebelión serían muchos los que se aprestarían a defenderla. De ahí su proclama y su llamamiento a los que se sentían todavía solidarios con la supervivencia de su pueblo.

Abandonaron Modín, situada al borde de la Sefela, y huyeron a las montañas centrales del país, donde encontrarían grutas naturales para guarecerse, piedras para defenderse de sus perseguidores y acantilados para tener en jaque a las tropas enemigas en caso de que Antíoco mandara contra ellos su ejército.

Al lado de este puñado de valientes de Modín hubo otros que, animados por los mismos ideales, imitaron su ejemplo. Pero les faltó arranque para desprenderse “de cuanto tenían en la ciudad,” huyendo al desierto para habitar allí con sus hijos, sus mujeres y sus ganados.

La guarnición Siria de Jerusalén y provincias tuvo noticia del éxodo de judíos ortodoxos hacia el desierto, enviando contra ellos un destacamento de soldados. El encuentro con los fugitivos tuvo lugar en día de sábado. Las tropas de Antíoco escogieron adrede el sábado para presentar batalla, convencidos de que en dicho día no ofrecerían resistencia.

Cuando Matatías y sus amigos lo supieron, se dolieron grandemente, pero dijeron: “Si todos hacemos como nuestros hermanos han hecho, no combatiendo contra los gentiles por nuestras vidas y nuestras leyes, pronto nos exterminarán de la tierra”. Y tomaron aquel día esta resolución: Todo hombre, quienquiera que sea, que en día de sábado viniese a pelear contra nosotros, será de nosotros combatido, y no nos dejaremos matar todos, como nuestros hermanos, en sus escondrijos”.

Entonces se unió a ellos un grupo de asideos, israelitas, valientes, todos adictos a la Ley. Cuantos buscaban escapar a la persecución se unían a ellos, acrecentándose así sus fuerzas. Formaron un ejército, hirieron a los pecadores en su ira y a los impíos en su furor. Los restantes buscaban su salvación entre los gentiles.

La chispa reaccionaria había prendido en todo Israel. Al grupo insignificante de Matatías, de sus hijos y familiares, se unieron los que huyeron al desierto y, últimamente, los asideos.

Estos eran adictos a la Ley y valientes guerreros. No eran ni monjes ni guerreros en el sentido pleno de la palabra, pero tenían un poco de ambas cualidades.

Los asideos, no obstante su adhesión a los Macabeos, formaron un grupo distinto, hasta el punto de llamarse fariseos o separados por haberse opuesto a los asmoneos. No siempre compartían ellos el pensamiento de éstos, y en algunas ocasiones manifestaron puntos de enfoque opuestos. Sin embargo, se cree que en la lucha contra el helenismo tuvieron ellos gran influencia.

Recorrieron Matatías y sus amigos las ciudades, destruyendo altares y obligando a circuncidar a cuantos niños encontraban incircuncisos en los confines de Israel. Dieron caza a los insolentes, y sus operaciones tuvieron pleno éxito. Arrancaron la Ley de manos de los gentiles y de los reyes y no dejaron prosperar al pecador.

El temor a las represalias había inducido a muchas familias al abandono de la práctica de la circuncisión. Por haber huido los helenizantes, buscando refugio entre los gentiles, las gentes de los pueblos que se mantenían fieles a su fe ayudaron a Matatías en la labor del saneamiento religioso de Israel. Con particular ahínco perseguían a los hijos de la arrogancia, o sea, a los emisarios reales que se vanagloriaban de haber acabado con el judaísmo. Matatías y los suyos arrancaron la Ley de manos de los gentiles y de los reyes, quebrantando el cuerno del impío. Pero no pudo Matatías ver convertido en realidad el ideal de la independencia de Israel de la legislación que les imponían los pueblos paganos.

Acercándose el fin de los días de Matatías, dijo éste a sus hijos: “Al presente triunfa la soberbia y el castigo, es tiempo de ruina y de furiosa cólera. Hijos míos, mostraos celadores de la Ley y dad la vida por la alianza de nuestros mayores. Acordaos de las hazañas de vuestros padres en sus días y alcanzaréis gran gloria y nombre eterno. ¿No fue Abraham hallado fiel y le fue imputado a justicia? En el tiempo de la tribulación, José guardó la Ley, y vino a ser señor de Egipto. Finés, nuestro padre, por su gran celo recibió la promesa del sacerdocio eterno. Josué, por la observancia de la Ley, llegó a ser juez de Israel. Caleb, por su testimonio ante el pueblo, recibió la heredad de la tierra. David, por su misericordia, heredó el trono real por los siglos de los siglos. Elías, por su gran celo de la Ley, fue arrebatado al cielo. Ananías, Azarías y Misael, por su fe, fueron librados del fuego. Daniel, por su inocencia, fue libertado de la boca de los leones. Recorred de este modo todas las generaciones, y veréis cómo ninguno que confía en Dios es confundido. No temáis las amenazas de este malvado, porque su gloria se volverá en estiércol y en gusanos. Hoy se engríe, pero mañana no será hallado, porque se habrá vuelto al polvo y se habrán disipado sus planes. Vosotros, hijos míos, cobrad ánimo, combatid varonilmente por la Ley, que con esto vendréis a ser gloriosos. Yo sé que Simón, vuestro hermano, es hombre de consejo; oídle siempre, y sea él vuestro padre. Judas el Macabeo es fuerte y vigoroso desde su mocedad; que sea el capitán del ejército y quien dirija la guerra contra las naciones. Atraed a vosotros a todos los cumplidores de la Ley y tomad severa venganza de los ultrajes a vuestro pueblo. Dad a los gentiles su merecido y atended a la observancia de los preceptos de la Ley”.

Como otro Jacob, Matatías, ya viejo y agotado por sus campañas, reunió en torno a su lecho a sus hijos para dictarles su testamento. Empieza por recordarles la gravedad de los tiempos que corren. Estas circunstancias adversas no deben descorazonarles, antes bien deben servir de acicate para estimularles a la lucha hasta conseguir el triunfo definitivo, dando por ello la vida si fuere necesario.

La historia demuestra que Dios no desampara nunca a los que le permanecen fieles. Ningún temor deben inspirarles las amenazas de Antíoco, que, al igual que los otros hombres, acabará por reducirse a polvo, estiércol y gusanos.

Dios, en cambio, permanece eternamente y maneja en sus dedos los hilos de la historia. La lucha contra el hombre de pecado puede prolongarse más o menos, pero acabará con la victoria de los que combaten con fe las batallas del Señor.

Y, bendiciéndoles, fue a reunirse con sus padres. Murió el año 146, y los hijos le sepultaron en el sepulcro de sus padres, en Modín, y todo Israel hizo por él gran llanto.

Todo el pueblo fiel lamentó su pérdida, acaecida en el preciso momento en que Israel despertaba de su sueño y necesitaba de hombres de fe como Matatías. El impulso estaba dado; faltaba continuar la tarea, que sus hijos llevarían a cabo brillantemente.

Continuará…