EL PECADO PENA DEL PECADO

La misericordia divina y la muerte de los impíos

SANTO TOMÁS DE AQUINO

Doctor de la Iglesia

santo tomas1

SUMA TEOLÓGICA

I, q. 21, a. 4, ad 4

¿En todas las obras de Dios hay misericordia y justicia?

Objeción: Parece que no hay en todas las obras de Dios misericordia y justicia: porque hay obras, que se atribuyen a la misericordia de Dios, como la justificación del impío; y otras a la justicia, como su condenación. Así dice Santiago 2, 13: El que no haya obrado misericordia, será juzgado sin misericordia. Luego no en todas las obras de Dios resplandecen la misericordia y la justicia.

Respuesta: Diremos, que hay obras, que se atribuyen a la justicia de Dios, y otras a su misericordia; porque en las unas resalta más la justicia, y en las otras la misericordia.

Sin embargo, la misericordia se muestra aun en la condenación de los réprobos; no porque se les perdone el castigo por entero, sino bajo el concepto de que el castigo es menor del que merecen.

En la justificación del impío se muestra también la justicia; puesto que Dios no remite las culpas sino en consideración al amor, que su misericordia infunde en el corazón del culpable. Así se dice de la Magdalena, Lucas 7, 47: Le han sido perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho.

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Doctor de la Iglesia

San Alfonso María de Ligorio

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

Consideración 17

Abuso de la divina misericordia

Dios espera; mas cuando llega la hora de la justicia, no espera más y castiga.

Aguarda Dios al pecador a fin de que se enmiende (Is., 30, 18); pero al ver que el tiempo concedido para llorar los pecados sólo sirve para que los acreciente, se vale de ese mismo tiempo para ejercitar la justicia (Lm., 1, 15). De suerte que el propio tiempo concedido, la misma misericordia otorgada, serán parte para que el castigo sea más riguroso y el abandono más inmediato. «Hemos medicinado a babilonia y no ha sanado. Abandonémosla» (Jer., 51, 9).

¿Y cómo nos abandona Dios?

O envía la muerte al pecador, que así muere sin arrepentirse.

O bien le priva de las gracias abundantes y no le deja más que la gracia suficiente, con la cual, si bien podría el pecador salvarse, no se salvará.

Obcecada la mente, endurecido el corazón, dominado por malos hábitos, será la salvación moralmente imposible; y así seguirá, si no en absoluto, a lo menos moralmente abandonado. «Le quitará su cerca, y será talada…» (Is., 5, 5).

¡Oh, qué castigo! Triste señal es que el dueño rompa el cercado y deje que en la viña entren los que quisieren, hombres y ganados: prueba es de que la abandona.

Así, Dios, cuando deja abandonada un alma, le quita la valla del temor, de los remordimientos de conciencia, la deja en tinieblas sumida, y luego penetran en ella todos los monstruos del vicio (Sal. 103, 20). y el pecador, abandonado en esa oscuridad, lo desprecia todo: la gracia divina, la gloria, avisos, consejos y excomuniones; se burlará de su propia condenación (Pr., 18, 3).

Le dejará Dios en esta vida sin castigarle, y en esto consistirá su mayor castigo. «Apiadémonos del impío…; no aprenderá jamás justicia» (Is. 26, 10). Refiriéndose a ese pasaje, dice San Bernardo: «No quiero esa misericordia, más terrible que cualquier ira».

Terrible castigo es que Dios deje al pecador en sus pecados y, al parecer, no le pida cuenta de ellos (Sal. 10, 4). Diríase que no se indigna contra él (Ez., 16, 42) y que le permite alcanzar cuanto de este mundo desea (Sal. 80, 13).

¡Desdichados los pecadores que prosperan en la vida mortal!

¡Señal es de que Dios espera a ejercitar en ellos su justicia en la vida eterna!

Pregunta Jeremías (Jer., 12, 1): «¿Por qué el camino de los impíos va en prosperidad?» y responde en seguida (Jer., 12, 3): «Congrégalos como el rebaño para el matadero.»

No hay, pues, mayor castigo que el de que Dios permita al pecador añadir pecados a pecados, según lo que dice David (Sal. 68, 28-29): «Ponles maldad sobre maldad… Borrados sean del libro de los vivos»; acerca de lo cual dice San Belarmino: «No hay castigo tan grande como que el pecado sea pena del pecado».

Más le valiera a alguno de esos infelices que cuando cometió el primer pecado el señor le hubiera hecho morir; porque muriendo más tarde, padecerá tantos infiernos como pecados hubiere cometido.