PADRE CERIANI: LA SODOMÍA Y LA TEOLOGÍA MORAL

Misterios de iniquidad

SANTO TOMÁS DE AQUINO

LA SODOMÍA EN LA SUMA TEOLÓGICA

Hemos considerado la enseñanza de las Sagradas Escrituras sobre la homosexualidad. Ver Aquí

También vimos lo que dicen los Santos sobre el pecado contra la naturaleza que clama venganza al Cielo. Ver Aquí

Estudiemos ahora la enseñanza de Santo Tomás al respecto en su Suma Teológica.

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En primer lugar, Santo Tomás trata el tema de la lujuria consumada según la naturaleza.

Este género de lujuria es aquel que llega hasta su pleno término natural y del cual puede seguirse la generación de un nuevo ser.

IIa-IIæ, Cuestión 153

Artículo 1

La lujuria tiene como materia propia la concupiscencia y los placeres venéreos

“Como afirma San Isidoro, lujurioso viene a significar entregado a los placeres. Pero los placeres venéreos son los que más degradan la mente del hombre. Por eso se consideran los placeres venéreos como la materia más apropiada de la lujuria”.

IIa-IIæ, Cuestión 153

Artículo 2

Puede darse algún acto venéreo sin pecado

“Dice San Agustín que no hay pecado en lo que no es contrario a la naturaleza, ni al uso, ni al precepto.

No se comete pecado cuando el hombre hace uso de algunas cosas conforme al fin al que están destinadas, de un modo conveniente, siempre que tal fin sea realmente bueno.

Por consiguiente, el uso del placer venéreo puede darse sin pecado, si se realiza conforme a un modo y orden debidos, en cuanto que es conveniente para la conservación del género humano”.

IIa-IIæ, Cuestión 153

Artículo 3

La lujuria es pecado

“Cuanto más necesaria es una cosa, tanto más necesario es guardar en ella el orden de la razón y, por consiguiente, más pecado habrá en la transgresión de dicho orden en ella.

Ahora bien, el acto venéreo es muy necesario para el bien común, que consiste en la conservación del género humano. Por eso debe guardarse de manera especial, en esta materia, el orden de la razón y, consiguientemente, si se hace algo en contra de lo que la razón ordena, será vicioso.

Pero es propio de la lujuria el incumplir el orden y moderación que la razón exige en los actos venéreos.

Por tanto, la lujuria es ciertamente pecado.

Por ello, el que hace un uso desordenado de su cuerpo mediante la lujuria, ofende al Señor, que es el principal dueño de nuestro cuerpo”.

***

A lo enseñado por Santo Tomás, cabe recordar que no es lícito obrar únicamente por el bien deleitable, o sea, por el placer que se encuentra en la acción sin referirla, al menos implícitamente, a una finalidad honesta.

La razón es porque el bien honesto realiza plenamente la noción del bien, que es el objeto propio de la voluntad humana.

El bien deleitable sirve únicamente para facilitar la práctica del bien honesto, y, por eso mismo, no tiene nunca razón de fin, sino únicamente de medio.

No es lícito, por consiguiente, obrar por solo el placer que la acción nos produzca, ya que esto equivale a convertir en fin lo que no es más que un medio, contra la naturaleza misma de las cosas.

La Iglesia ha canonizado esta doctrina al condenar las siguientes proposiciones laxistas por el Decreto del Santo Oficio, del 4 de marzo de 1679:

— Comer y beber hasta hartarse, por el solo placer, no es pecado, con tal de que no dañe a la salud, porque lícitamente puede el apetito natural gozar de sus actos (Dz. 1158).

— El acto del matrimonio, practicado por el solo placer, carece absolutamente de toda culpa y de defecto venial (Dz. 1159).

Por lo tanto, solamente es lícito el placer conyugal en orden a los fines del Matrimonio, pero no es lícito cuando se excluyen positivamente.

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En la siguiente cuestión, Santo Tomás aborda el tema de la sodomía, incluida dentro de los pecados contra la naturaleza, los más graves en esta materia, opuestos al fin primario del matrimonio, esto es, la procreación.

IIa-IIæ, Cuestión 154

Artículo 1

Es adecuada la división de la lujuria en seis especies: simple fornicación, adulterio, incesto, estupro, rapto y vicio contra la naturaleza.

“El pecado de lujuria consiste en el uso del placer venéreo en contra de la recta razón. Esto puede suceder de dos modos.

En primer lugar, por la materia en la que se busca este deleite.

En segundo lugar, en cuanto que, aun habiendo una materia debida, no se cumplen otras condiciones necesarias.

Y dado que la circunstancia, en cuanto tal, no especifica el acto moral, sino que lo hace el objeto o materia del acto, es conveniente que las partes de la lujuria se tomen atendiendo a la materia u objeto.

La disconformidad con la recta razón puede tener su origen en un doble principio.

Primero, por no ordenarse al fin del acto venéreo. Por lo tanto:

Si se impide la generación de la prole, se da el vicio contra la naturaleza, como en todo acto venéreo del que no puede seguirse la generación.

— Si se impide la debida y digna educación de la prole, hay fornicación simple, de hombre libre con mujer libre.

La materia en la que se busca el acto venéreo puede estar en disconformidad con la razón bajo otro aspecto, en relación con otros hombres. Esto es posible por un doble capítulo.

Primero, por parte de la mujer con la que se peca, al no guardarse el respeto que se le debe. A esto responde el incesto, que es el abuso de una mujer unida por consanguinidad o afinidad.

En segundo lugar, si tenemos en cuenta aquella persona bajo cuya autoridad está la mujer.

En efecto, si está bajo la autoridad del esposo, se comete adulterio; si está bajo la autoridad paterna, se comete o bien estupro (si no se emplea violencia), o rapto (si se hace uso de violencia).

Las especies se diversifican por parte de la mujer más que por parte del hombre, ya que en el acto venéreo la mujer desempeña el papel de elemento pasivo, mientras que el hombre actúa como principio activo, y ya dijimos que las especies se diversifican por razón de la materia”.

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La lujuria consumada contra la naturaleza es aquella que llega a su pleno término o consumación, pero de tal forma que no puede seguirse la generación de un nuevo ser.

De suyo es mucho más grave que la lujuria según la naturaleza, porque envuelve mayor deformidad y subversión del recto orden natural.

Pero esto se entiende exclusivamente desde el punto de vista mismo de la lujuria. En efecto, en el género de lujuria, cualquiera de las formas antinaturales es, de suyo, más grave que cualquiera de las naturales.

Dentro de las distintas especies de lujuria contra la naturaleza se encuentras la sodomía.

IIa-IIæ, Cuestión 154

Artículo 11

El pecado contra la naturaleza es una especie de la lujuria

“Existe una determinada especie de lujuria en la que hay una razón de torpeza que hace que el acto venéreo sea malo. Esto puede darse bajo un doble aspecto:

En primer lugar, porque choca contra la recta razón, como sucede en todo vicio de lujuria.

En segundo lugar, porque se opone también al mismo orden natural del acto venéreo apropiado a la especie humana, y entonces se llama vicio contra la naturaleza.

Esto puede suceder de varios modos:

Primero, si se procura la polución sin coito carnal, por puro placer, lo cual constituye el pecado de inmundicia, al que suele llamarse molicie.

En segundo lugar, si se realiza el coito con una cosa de distinta especie, lo cual se llama bestialidad.

En tercer lugar, si se realiza el coito con el sexo no debido, sea de varón con varón o de mujer con mujer, como dice el Apóstol en Rom., 1, 26-27, y que se llama vicio sodomítico.

En cuarto lugar, cuando no se observa el modo natural de realizar el coito, sea porque se hace con un instrumento no debido o porque se emplean otras formas bestiales y monstruosas antinaturales”.

La tercera objeción plantea que la lujuria tiene como materia propia actos ordenados a la generación humana. Pero el vicio contra la naturaleza se refiere a actos de los que no puede seguirse la generación. Luego no es una especie de la lujuria.

A ella, Santo Tomás responde: “El lujurioso no busca la generación humana, sino el placer venéreo, que puede experimentarse sin realizar actos de los cuales se sigue la generación. Y esto es lo que se busca en el vicio contra naturaleza”.

***

Para completar este punto de doctrina agregamos lo siguiente:

En sentido estricto y perfecto se entiende por Sodomía o Inversión sexual el concúbito carnal entre personas del mismo sexo.

En sentido amplio o imperfecto es el pecado carnal entre personas de diverso sexo en vaso indebido.

Ambos casos pueden ser consumados o no consumados, según se llegue o no al acto perfecto y completo.

Son de distinta especie la perfecta y la imperfecta, la consumada y la no consumada.

La sodomía es de suyo un pecado gravísimo, por su enorme deformidad y oposición al orden natural.

Como ya sabemos, Dios castigó las ciudades nefandas de Sodoma (de donde viene el nombre de sodomía) y Gomorra, que se entregaban a este crimen, arrasándolas con fuego llovido del cielo (Gen. 19, 1-29), y en la Antigua Ley se sancionaba con la pena de muerte (Lev. 20, 13).

El Código canónico declara ipso facto infames a los seglares que hayan sido legítimamente condenados por este crimen (canon 357 § 1).

En muchas diócesis era pecado reservado al ordinario del lugar, o sea, que sólo puede absolverse con permiso especial del obispo.

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En el siguiente artículo Santo Tomás explica con singular maestría cuestiones de altísima importancia respecto del tema que estudiamos; aquí enuncia conceptos que una inteligencia normal no puede rechazar, ni un clérigo ignorar…:

— Sólo peca uno por verdadera malicia cuando la voluntad por sí misma se mueve al mal.

— Esto puede acontecer porque el sujeto tiene alguna disposición corrupta que le inclina al mal.

— Tal disposición corrupta puede ser una disposición mórbida por parte del cuerpo.

Ia-IIæ, Cuestión 78

Artículo 3:

No es necesario que quien peca por verdadera malicia peque por hábito

“La relación de la voluntad con el bien no es la misma que con el mal. Pues por la misma naturaleza de su fuerza se inclina al bien de la razón como a su objeto propio; de ahí que todo pecado se diga contra la naturaleza.

Luego el que la voluntad se incline por elección hacia algún mal, debe acontecer por otro motivo.

A veces ocurre por falta de la razón, como cuando uno peca por ignorancia; mas a veces por el impulso del apetito sensitivo, como cuando peca por pasión.

Mas ninguna de estas dos cosas es pecar por verdadera malicia; sino que sólo peca uno por verdadera malicia cuando la voluntad por sí misma se mueve al mal, cosa que puede acontecer de dos modos:

El primero porque el sujeto tiene alguna disposición corrupta que le inclina al mal, de modo que según esa disposición le es a uno cuasi conveniente y semejante alguna cosa mala, y a ésta, por razón de la conveniencia, tiende la voluntad como a un bien; pues cada cosa de suyo tiende a lo que le es conveniente.

Tal disposición corrupta:

— o es algún hábito adquirido por la costumbre, que se convierte en una segunda naturaleza;

o es una disposición mórbida por parte del cuerpo = como en el que, por la corrupción de la naturaleza en sí mismo, tiene ciertas disposiciones naturales a algunos pecados.

En segundo lugar, acontece también que la voluntad, removido algún impedimento, tiende por sí misma a algún mal. Por ejemplo, se retrae de pecar, no porque el pecado de suyo le desagrade, sino por la esperanza de la vida eterna y por temor del infierno; desaparecida la esperanza por la desesperación, o el temor por la presunción, se sigue el que peque por verdadera malicia, como sin freno.

Así, pues, es claro que el pecado de verdadera malicia siempre presupone en el hombre algún desorden, que, sin embargo, no siempre es un hábito.

Por consiguiente, no es necesario que quienquiera que peca por verdadera malicia peque por hábito”.

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Ahora bien, esa disposición mórbida por parte del cuerpo, ¿puede deberse también a una corrupción por parte del alma, que motive una delectación contra la naturaleza?

En el siguiente artículo Santo Tomás ya había adelantado las dos respuestas:

Ia-IIæ, Cuestión 31

Artículo 7:

Hay alguna delectación no natural

“Dice Aristóteles que ciertas delectaciones son morbosas y contra la naturaleza.

Se denomina natural lo que es conforme a la naturaleza.

Mas la naturaleza en el hombre puede tomarse de dos maneras:

— Una, en cuanto que el entendimiento o razón constituye principalmente la naturaleza del hombre, pues por ella es constituido el hombre en su especie.

Y en este sentido pueden llamarse delectaciones naturales de los hombres las que se encuentran en lo que conviene al hombre según la razón, como es natural al hombre deleitarse en la contemplación de la verdad y en los actos de las virtudes.

— De otra manera puede tomarse la naturaleza en el hombre en cuanto se contrapone a la razón, es decir, lo que es común al hombre y a otros seres, principalmente lo que no obedece a la razón.

Y en este sentido, las cosas que pertenecen a la conservación del cuerpo, bien en cuanto individuo, como la comida, la bebida, el lecho y cosas similares, o bien en cuanto a la especie, como el uso de las cosas venéreas, se dicen deleitables al hombre naturalmente.

Mas entre estas dos clases de delectaciones sucede que algunas son no naturales, absolutamente hablando, pero connaturales bajo cierto aspecto.

Porque acontece corromperse en algún individuo alguno de los principios naturales de la especie, y así, lo que es contra la naturaleza de la especie llega a ser natural accidentalmente a tal individuo, como es natural al agua que ha sido calentada el que caliente.

Así, pues, sucede que lo que es contra la naturaleza del hombre, ya en cuanto a la razón, ya en cuanto a la conservación del cuerpo, se hace connatural a un determinado hombre a causa de alguna corrupción natural existente en él.

Esta corrupción puede ser:

— o por parte del cuerpo, bien por enfermedad, como a los que tienen fiebre las cosas dulces les parecen amargas, y a la inversa;

— o bien a causa de la mala complexión, como algunos se deleitan comiendo tierra o carbón o algunas cosas similares;

— o también por parte del alma, como algunos, por costumbre, se deleitan en comer hombres o en el coito con bestias o con varones o en otras cosas similares, que no son conformes a la naturaleza humana”.

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El Reverendo Padre Leonardo Castellani, que conocía bien toda la obra de Santo Tomás de Aquino y tradujo la Suma Teológica, divulgó en 1953 un ensayo en el cual desacredita el libro El Homosexual en Norteamérica, cuyo autor se esconde detrás del pseudónimo Donald Webster Cory, y parece ser el creador del término de “gays” (“alegres”).

El escrito de Don Leonardo lleva por título Literatura desagradable, y fue publicado en Dinámica Social, Nº 32, Buenos Aires, abril de 1953.

Radio Cristiandad lo difundió en varias oportunidades. Ver Aquí

Su lectura es indispensable. De allí citamos ahora solamente lo siguiente:

El hecho obvio que es pasado por alto consiste en que: el sodomita es psicológicamente libre para hacer o dejar de hacer sus sodomías; y la sodomía consumada es un acto delictuoso, contra el cual repugna y clama hasta la misma natura.

A la pregunta del “alegre”: ¿qué culpa tenemos “nosotros” de tener esa incurable inclinación?, el Padre Castellani responde, con la Teología en la mano:

Pueden tener culpa o no de la “inclinación”; pero no se los sanciona por la “inclinación”, sino por sus actos probadamente libres, imputables y delictuosos.

Si “nacieron” con esa “inclinación” sin culpa propia —casi siempre por culpa de los padres, enseña la moderna ciencia psicológica—, su deber es ocultarla, resistir a ella y aguantarse, como si hubiesen nacido sádicos o… pirómanos; como nuestro deber de todos es resistir a todas las tentaciones que sean, naturales o innaturales.

A todos se nos exige que seamos sexualmente correctos, nos cueste o no nos cueste; y que a ellos les cueste más que a nosotros, es un cuento chino.

Si comienzan ellos alegremente a poner como principio primero de la Ética que “el hombre ha nacido para gozar”… entonces no nos entendemos más…; y nosotros vamos muertos; porque esto ya no es un sofisma, sino un absurdo ético, que no ha defendido —así en absoluto— ninguna ética, ni la de los cirenaicos.

Y es que para poder abdicar de ese desdichado pseudoprincipio de “vivir para gozar” y para poder luchar con éxito contra esa desdichada pseudoinclinacion, no hay otra cosa que la religión. Sin lo religioso es insoluble; y hasta ininteligible, si me apuran.

¿Y qué dice la religión de la sodomía? El nombre que le da ya lo dice: es uno de los cuatro pecados que “claman al cielo”, dice el viejo Catecismo de Astete.

¿Y por qué es uno de los cuatro pecados que claman al cielo? Pues simplemente por ser índice de profunda degeneración biológica, que está en su raíz primero; y es su fruto después en terrible “causalidad recíproca”, sembrando y desparramando el desequilibrio nervioso de que procede, y convirtiéndose a veces a la larga en demoniosis.

Una sanción jurídica es conveniente a la sociedad para defenderse en lo posible de ese peligro y plaga.

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¿Cómo te llamo? Decimejorge

Jorge Mario Bergoglio y Gabriel Bernardo Barba, entre otros, no pueden ignorar lo que enseña la Sagrada Escritura y la Tradición por medio de los Santos Doctores, refrendado por la Teología Moral Católica y vulgarizado en los Catecismos (incluso el de la propia iglesia conciliar, como hemos visto anteriormente).

Más allá de los intereses personales del Padre Carlo Maria Viganò, sus declaraciones son graves, no han sido desmentidas y, todo lo contrario, son a diario confirmadas…

Entre otras cosas, el 25 de julio pasado expresó:

“Quieren centrar la atención en el abuso de menores, alejándolo de la clara y consecuente condena de las conductas homosexuales, que a menudo son la causa de estos abusos. Para Bergoglio y su séquito, la sodomía no es un pecado que clame venganza en la presencia de Dios, como enseña el Catecismo. Las palabras de Bergoglio sobre este tema —y aún más las acciones y palabras de aquellos que lo rodean— desafortunadamente confirman que una operación de legitimación de la homosexualidad está en curso.

El propio cardenal Tobin —cuyos embarazosos mensajes en su teléfono celular hablan por sí mismos— ha declarado claramente que no está de acuerdo con la condena de la sodomía presente en el Catecismo, negándose a definir los actos homosexuales como “intrínsecamente desordenados”. Y estas declaraciones siguen el apoyo del cardenal Tobin al libro Building a Bridge del padre James Martin, S.J., que tiene el mismo contenido.

Así encontramos a un cardenal amigo de McCarrick alineado a favor de los movimientos LGBT y al jesuita que Bergoglio nombró como Consultor del Secretariado de Comunicaciones de la Santa Sede, incluso invitándolo a hablar en el Encuentro Mundial de las Familias en Dublín en 2018 y recibiéndolo en audiencia.

El Cardenal Cupich se ha expresado muchas veces a favor de los homosexuales, y durante el Sínodo de la Juventud —al que fue enviado a participar por designación directa del Papa sin haber sido elegido para representar a los obispos americanos— el polémico tema de las relaciones homosexuales fue insertado en el Instrumentum Laboris a pesar de que ningún grupo de jóvenes lo había solicitado. Recuerdo, de paso, que Cupich fue impuesto en la sede de Chicago por Bergoglio, en contra de la opinión de la Nunciatura.

Por lo tanto, los intereses son claramente los del “lobby gay”, que se ha infiltrado en la Iglesia y que está literalmente aterrorizado de que los buenos pastores arrojen luz sobre la influencia que ejerce en la Secretaría de Estado, en las Congregaciones de la Curia Romana, en las Diócesis y en toda la Iglesia”.

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Para concluir, recordemos el Comentario de Santo Tomás a la Epístola de San Pablo a los Romanos, I, 26-28:

“Por haber trocado la verdad de Dios en mentira, los entregó Dios, no ciertamente empujándolos al mal, sino abandonándolos a pasiones ignominiosas, o sea, a pecados contra natura, que se llaman pasiones por cuanto con propiedad se dice pasión aquello por lo que algo es llevado fuera del orden de su propia naturaleza … Y se les llama pasiones ignominiosas, porque no son dignas de mencionarse … En efecto, si los pecados de la carne comúnmente se censuran, porque por ellos se rebaja el hombre a lo que es bestial en él, con mucha mayor razón por el pecado contra natura, por el cual aun por debajo de la naturaleza bestial cae el hombre”.

Padre Juan Carlos Ceriani